
En el fondo, la entrega del libro tiene algo de vertiginoso: es el fin práctico del reportaje y la colaboración. Es mucho más, desde luego, pero eso queda para mí. Es una manera de decir: "éste soy yo". Hasta ahora ha sido complicado determinarlo, porque les he conocido como periodista y no quiero ser periodista y Arantza se ríe con la dedicatoria y viene a decir que a partir de ahora me considerará escritor, si lo prefiero.
"Aunque también soy periodista, lo reconozco"-digo, concediendo que la realidad está por encima de mis deseos.
"Entonces no te avergüences", dicen las dos casi a la vez. No, no me avergüenzo, pero tengo sentimientos encontrados. Me gusta ser un camaleón -el sustantivo es de mi psicóloga- y a la vez me gustaría que la gente supiera con quién está tratando, que se tomara en serio lo de escribir, publicar, ser un gran autor de relatos. Claro que eso no depende de la gente, no depende de Ernesto ni de Paula ni de Arantza ni del colaborador de Dani Mateo en "Noche Sin Tregua" que me acompaña en el ascensor.
Depende de mí.

Lo más que pueden hacer ellos es colgar en su cocina mi crónica de la Fiestaca Chanante. No era una gran crónica, pero alguien la ha decidido poner ahí. "No sabemos quién ha sido pero no hemos sido nosotras", admite Arantza, algo incómoda también, o menos cómoda que Paula, desde luego. Una pareja formidable, en cualquier caso.
Lo más que puedo hacer yo es empezar a escribir, aunque no esté inspirado, ni convencido, aunque las palabras salgan solas pero sin demasiada emotividad, sin demasiada emoción. Algo forzadas. Hoy ha sido el día y el primer relato no es un gran relato. Pero es un relato, o el comienzo de un relato, y eso es algo. Pero es hoy, pese a todo, y eso es mucho, más que mucho.