jueves, septiembre 12, 2019

The end


 Llegamos justo a tiempo para ver a Eels, que siempre están bien. Es aún de día, un lento atardecer con viento frío, incómodo, y Mark Oliver Everett cuenta historias de peluquerías y guitarristas, todo para acabar con el riff inicial de "The end", una canción de los Beatles que curiosamente nadie reconoce. Ser grande incluye la posibilidad de pasar desapercibido de vez en cuando. Llevamos unos incómodos colgantes para apoyar los vasos. Puede que tengan sentido pero no logro evitar sentirme como una vaquita con mi cencerro. En realidad, hay algo de oveja en cada asistente a un gran festival, todos al escenario A y ahora todos al escenario B.

Los siguientes en tocar son The Cardigans. No los recordaba así, probablemente porque para mí los Cardigans no existieron más allá de sus singles y sus singles me encantaban pero de alguna manera no eran ellos. Ellos en ocasiones parecen incluso Portishead y en otras se van a una especie de previo de Muse. En cualquier caso, "Erase and rewind" y eso vale por un concierto entero. Cuando acabaron el repertorio del "Gran Turismo" supieron tirar por "For what it´s worth" y "Lovefool", es decir, supieron tirar por los singles, que es de lo que veníamos hablando. A mí me hicieron muy feliz.

La comida estaba mal distribuída, como siempre. Muchas colas a pesar de unos precios exagerados, infladísimos, propios de un festival cuya viabilidad no puede depender de los 50-60 euros de la entrada. Bastante variedad, eso sí. Lo mismo te tomabas una hamburguesa que unos calamares que un sandwich de pavo sin gluten o una deliciosa carne mechada. A lo lejos, Amaral. A unos quince o veinte años de distancia. La revolución y esas cosas. Guille sigue tocando la guitarra en la 304 y no parece que nada ni nadie vaya a sacarle de ahí.

Llegamos hinchados a Two Door Cinema Club. Hinchados y cansados. Vivimos instalados en un cansancio permanente sin explicación alguna. Están bien pero todas las canciones son iguales, con el mismo ritmo de guitarra saturada. Con todo, el público enloquece, algo pasado quizá al filo de la medianoche, borrachas y cocainómanos, exaltaciones desmedidas. La Chica Diploma y yo empezamos a sentirnos cada vez más aparte -y cada vez más helados- y decidimos irnos en mitad de uno de los grandes éxitos que no sé distinguir del resto, como cuando a mi amigo René le poníamos Oasis y no los diferenciaba de Paul McCartney. Como cuando mi padre insistía en que Paul Young y los Pet Shop Boys eran lo mismo.

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Tres semanas al menos esperando al martes 10 y por supuesto el martes 10 acaba llegando. La palabra no es "nervios" sino algo más. Algo más incluso que ansiedad. Puede que la palabra sea "bloqueo" o directamente "pánico". No sé. De repente, casi cinco meses después, tienes otra vez a veinte personas mirándote y esperando algo de ti. Algo que nunca sabes si vas a poder darles porque tampoco tienes claro exactamente qué es. Magia. Ilusión. Excitement. Siento que me puedo derrumbar en cualquier momento por el mareo que tengo (el primer día me hicieron dar un número de teléfono por si me caía redondo en medio de una clase, al parecer sucede en ocasiones) y garabateo como puedo en la pizarra mientras intento no perder algo parecido a una sonrisa.

Al poco, sin embargo, la cosa se complica. Siento que no estoy ahí, que estoy como Thom Yorke flotando en el Liffey esperando a que todo desaparezca completamente y me empieza a doler mucho el costado izquierdo, llegando al hombro. Me preocupa pero tampoco puedo dejar que eso me venza. El show debe continuar, eso está claro, y continúa. Continúa entre frases en inglés dichas a demasiada velocidad (los alumnos se quejan) y frases en español que pretenden relajar a alguien, probablemente a mí. Cuando les pido que me hagan preguntas en ninguna de las respuestas reconozco que me siento torpe, viejo y perdido. En ninguna les confieso que necesito ayuda, no escrutinio. En ninguna les comento, así, de pasada: "pues mira, aquí estoy, a punto de desmayarme pero al pie del cañón".

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No veo el escándalo en que PSOE y Podemos no lleguen a un acuerdo. Menos aún entiendo el escándalo de sus votantes y de Iñaki Gabilondo ya ni hablamos. Podemos surgió como alternativa al PSOE. No ya como alternativa, que eso es decir poco, sino como reacción visceral ante la supuesta derechización del PSOE. El alma de Podemos ha de ser profundamente anti-PSOE y desde luego lo es la de Pablo Iglesias. Podemos no se fía del PSOE ni se puede fiar... y por la misma razón hace bien el PSOE en no fiarse de Podemos. No son buenos compañeros de viaje porque uno nació para derribar al otro y quitarlo de en medio, aquellos tiempos en los que la palabra PASOK estaba en boca de todos. Podemos, en definitiva, nació para sustituir al PASOK y convertirse en Syriza y ahora no sabe cómo demonios hacer para gobernar con Pedro Sánchez.

Eso deberían saberlo sus votantes y me da que son plenamente conscientes de ello incluso entre tanto aspaviento. Si Podemos no acepta cualquier acuerdo es porque sabe que sus simpatizantes no se van a conformar con tan poco, que no se han organizado durante estos años para acabar siendo Izquierda Unida incluso en los pactos. Si PSOE no acaba de ofrecer una coalición digna de ese nombre es porque sabe también que sus votantes le acabarían pasando factura. Para eso, habrían abandonado el barco en su momento. Se quedaron para algo más que ver a Irene Montero de vicepresidenta. Si eso es sano o no, lo decidirán ustedes. En cualquier caso, es España, y así ha sido siempre.

jueves, septiembre 05, 2019

Érase una vez... en Sancti Petri


Nuestra última noche resulta ser también la última noche de la entrañable Olaf, una de las chicas del equipo de animación. Cuando acaba el ritual de bailes -siempre cierran con "Madre Tierra", de Chayanne, ellos sabrán por qué-, Anna pide un aplauso de despedida y anuncia que la van a tirar a la piscina. Nada improvisado, un simple ritual de despedida del Iberostar Royal Andalus. Olaf ni siquiera protesta, pone su típica cara de resignación alegre, la que ponía cuando bailaba "El pollito pío" delante de un montón de niños ausentes, e inicia su camino hacia el agua como quien va a la compra.

Detrás de ella vamos todos. Todos es todos. Un montón de alemanes, ingleses, holandeses, franceses y españoles que no nos queremos perder el momento. Es todo tan absurdo que en medio de la estampida, borracho, se me ocurre gritar "Al pilón, todos al pilón". ¿Qué diferencia a un turista de un paleto? Olaf cumple y se tira o la tira Anna, ahora no lo recuerdo bien, y todos marchamos sin ofrecerle siquiera una toalla para que se seque. No hace frío pero tampoco calor. Son las once y pico de la noche y el Niño Bonito apura espídico sus últimas horas, la cara pintada de gato y corriendo en círculos.

Queda el sentimiento extraño de que el lugar ya no te pertenece. A nosotros nadie nos tirará a una piscina ni nos aplaudirá como héroes. La vida sigue ahí como seguirá la nuestra en algún otro lado y hasta cierto punto resulta extraño, incluso feo. Al día siguiente salimos a las seis de la tarde para no pillar atasco pero eso quiere decir que a la una de la madrugada seguimos en el coche. La Chica Diploma lucha por no dormirse, el Niño Bonito descansa con su "roca lunar" aún en la mano, reliquia de la playa de Sancti Petri. La realidad vuelve y vuelve con violencia, como siempre, no queda otra.

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De "Érase una vez en Holywood" me quedo con el regalo a Sharon Tate. Es lo que más me llama la atención porque Tarantino no es de ese tipo de homenajes. Por supuesto, hay guiños a todo lo que fue aquella época y la que vendría después, en los setenta, pero eso ya se ha escrito en muchos lados. Para mí, la película es la cara de Margot Robbie haciendo de Sharon Tate metida en un cine de Los Ángeles, una sesión matinal, sala medio vacía pero aun así con risas puntuales. Tate mordiéndose las uñas, nerviosa, pero sin dejar de sonreír, una sonrisa que promete cosas, que promete entusiasmo, que promete una carrera exitosa. Sharon Tate disfrutando de su anonimato justo antes de que su rostro llene todos los periódicos, flirteando en la pantalla con un muy avejentado Dean Martin.

Tarantino dedicando cinco minutos de su metraje solamente a eso, sin diálogos ingeniosos, sin planos revolucionarios. La actriz muy por encima de la madre degollada. El momento en el que todo parecía posible y de repente se fue a la mierda.

Del resto de la película puedo decir poco porque me da la sensación de que me perdí demasiadas cosas esperando otras que no llegaron. Tal vez me he acostumbrado demasiado a Christoph Waltz o en su defecto a Tim Roth haciendo de Christoph Waltz. A la anécdota sin fin que acaba convirtiéndose en clave de la historia. Hasta cierto punto, "Érase una vez..." me pareció una película costumbrista, aun teniendo en cuenta que las costumbres de la época eran como mínimo algo excéntricas. En cualquier caso, ya digo, es probable que no me enterara del todo. Me pasa mucho últimamente.

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Sofía acepta que compongamos canciones juntos pero propone un método que me resulta incómodo. Diría que es un método que me bloquea pero utilizo ese verbo demasiadas veces últimamente. Un bloqueo absoluto ante todo lo que sea salirme de mi zona de confort, ante todo lo que no sea ir a comprar al Dino Express con George Harrison en los cascos o sentarme en la terraza a escuchar cómo John Lennon explica en la radio cada canción del "Abbey Road" sin perder la compostura. Todo es un mundo físico y mental y de las reuniones de departamento ya ni hablamos.

Volvamos de todos modos a Sofía en "Las Vidrieras", el bar al que la llevamos cuando murió su padre. Yo ante un señor desayuno y ella ante un Aquarius. Su propuesta es pensar en un concepto o una palabra que signifiquen algo para mí y a partir de ahí construir la letra de la canción. Puede funcionar, pero yo no sé qué significa algo para mí ahora mismo precisamente por lo que decía del bloqueo. Quizá la primera palabra debería ser esa, "bloqueo" y la segunda, puede ser, "incertidumbre". No sé. Me ha pedido una lista y debería tomarme cinco minutos escribirla. El problema es que llevo delante de la hoja dos días.