miércoles, mayo 20, 2020

La prensa de pago y la indefensión social


Lo primero que habría que decir es que la prensa siempre fue de pago. Hasta hace treinta años, por lo menos, aun con ciertas excepciones. El problema es que durante todo ese tiempo, la prensa de pago no tuvo competencia... y cuando la tuvo, lo notó: primero, la radio; luego, la televisión. La decisión de El Mundo, El País y El Confidencial de cerrar sus contenidos a suscriptores es la consecuencia de años y años de pérdida de lectores en quioscos, con la correspondiente pérdida de publicidad y la dependencia -más o menos encubierta según el caso- del dinero interesado de partidos políticos, grandes empresas y administraciones de todo signo.

El sueño de un periodismo online gratuito que mantenga unos mínimos de calidad, pueda dar trabajo y sueldo a suficientes personas y además sea rentable económicamente parece llegar definitivamente a su fin. Uno no puede vivir toda la vida de los becarios. El cambio a plataformas de pago parece una exigencia. A algunos les irá mejor que a otros, como siempre, pero no había futuro en el pasado. No había modelo en el "todo gratis". Hemos tenido veinte años como mínimo para probar algo que funcionase y no lo hemos conseguido. Pese a lo que pueda pensar aún buena parte de la opinión pública, los periodistas en su gran mayoría cobran dos duros, trabajan un montón de horas, soportan unas exigencias brutales y su seguridad contractual suele ser precaria.

Que eso cambie me parece bien. Lo que no sé es hasta qué punto la sociedad va a quedar indefensa. Y bien que se lo merece, se podría decir. Y bien que no le importa, me temo. En un momento en el que parece que los extremos ganan más fuerza que nunca y el concepto de tribu ideológica triunfa por todo el país, quedarnos sin referencias no es una gran noticia. Mientras tal partido o tal medio puede inventarse un bulo y pasarlo de cuenta a cuenta o de WhatsApp a WhatsApp sin límite aparente, la verdad apenas podrá ser compartida. Quedará solo para aquellos que puedan pagar por ella. ¿Como antes, entonces? Sí, pero con matices. Con el matiz, de entrada, de masas enfurecidas alimentadas por el mismo producto, el mismo formato, pero sin diques.

Ha sido la sociedad la que ha expulsado al periodismo y ha abrazado al entretenimiento. Las comparaciones con Netflix son constantes y a menudo burlescas: ¿por qué pagar por un periódico lo que pago por tantas series, tantas películas?, ¿qué me aporta la realidad que no me esté aportando ya la ficción? Puede que no haya habido pedagogía suficiente. Puede que el propio periodismo haya abrazado al entretenimiento de forma tan desesperada que a la gente se le hayan borrado los límites. A las 10, Javier Negre y Monedero; a las 11, lo nuevo en Supervivientes. Si la verdad queda en manos de quien quiere buscarla y no de quien se la encuentra, vamos a tener un problema gordo. Ya lo tenemos, de hecho, pero aún peor. De alguna manera, nos quedamos indefensos y no conocemos siquiera al enemigo.

*

El mejor momento de la noche es, sin duda, cuando la Chica Diploma entra en el chat junto al Niño Bonito. La cara del Niño Bonito entre tantas caras, mirándose a sí mismo y mirando a los otros. Mirando a su padre -"papá, papá, cómo lo has hecho para que haya tanta gente"- y aceptando retos al parchís y a las damas. El niño frente al mundo de los mayores, buscando también su aceptación, su reconocimiento, su distancia de una infancia que a veces da sensación de incomodarle.

Los demás jugamos a ser los de antes y lo conseguimos sin problemas. La Chica Disney dice que ya no quiere ese apodo, que prefiere cualquier otro pero a mí me cuesta mucho cambiar las rutinas y eso debería saberlo. Además, "la chica Disney" le pega a la perfección, define su inocencia, incluso a los 36 años cumplidos. Nadie puede leer "la chica Disney" y pensar "joder, esa tiene que ser una hija de puta de cuidado...". Lo más probable es que quiera achucharla, envolverla y llevársela a casa. Le digo que lo pensaré solo si se le ocurre uno mejor, pero no se le ocurre y, al rato, el agobio se le pasa.

Rubio sigue siendo Rubio a las doce y media de la noche, conexión fugaz de domingo para decirle buenas noches. La Chica Selectiva parece otra desde que puede correr por la Ciudad Universitaria. Fer y Rocío, que nunca tuvieron apodos, que nunca hizo falta literaturizarlos, vuelven a estar al otro lado del café aunque esta vez el café sea una pantalla. Yo me noto cambiado, pero me gusta. Quizá la felicidad y la euforia sean cosas distintas y las haya estado confundiendo demasiado tiempo. Como un niño bonito cualquiera en el cumpleaños de su padre.

*

Rocío, por cierto, pregunta "¿cómo lleva la Chica Diploma que hables de tus ex todo el rato?". Hacía tiempo que nadie me lo comentaba, más que nada porque cada vez las ex quedan más lejos y hablo menos de ellas. Es sencillo: la Chica Diploma sabe que cuando hablo de mis ex en realidad hablo de mí. Que no hay más nostalgia ahí que la nostalgia por mí mismo, más página abierta que la de mi juventud. Sabe que fui feliz y no le importa, al contrario. Sabe que necesito recordármelo de vez en cuando: decirme "qué feliz fuiste y qué bien te rodeaste y qué maravilloso y sorprendente fue cada pequeño detalle y cuánto quisiste y cuánto te quisieron". Así, de nuevo, la literatura. Ella siempre llevó bien la literatura, nunca la vio como una amenaza. No era una amenaza, de hecho, ni mucho menos lo va a empezar a ser ahora. Se complementan. Y ella lo sabe.

jueves, mayo 14, 2020

It´s my birthday too, yeah


Otros cumpleaños, claro, porque ya habrá tiempo de hablar de este:

- La noche con la Chica Langosta cantando "21, today" de los Cranberries mientras garabateaba notas en su cama.

- Las tardes en Moralzarzal comiendo pollos asados con todos esos magníficos adolescentes. Camiseta de Hole raída y un EP de Veruca Salt.

- Un hotel-spa de lujo en Alicante con la Chica Diploma y el Niño Bonito. Ella, radiante, como siempre. Él, refunfuñando desde su Bugaboo o tirándose arena encima en la playa loco de alegría. Un niño sin términos medios. Dani y yo en un concierto de Lichis escuchando versiones de Antonio Vega.

- El Viejo Café Colonial con las dos plantas abarrotadas. Todos mis amigos del mundo tal y como lo conocíamos e incluso de antes. Apología del bloqueo ciego. Isa, frágil como era entonces, en 2005, intentando sonreír y adaptarse a un entorno que no era el suyo pero era el mío y con eso le valía, regalándome libros improbables. L. en una mesa con sus amigas, puede incluso que con la Chica Berklee, pero igual ahora estoy mezclando recuerdos.

- Un concurso de popularidad muy mal entendido y muy mal ejecutado. Un falso sentido de la popularidad, en general, que arreglaron, como siempre los Chicos Top of the Pops con B. a la cabeza, porque lo que me ha cuidado a mí B. no está en los escritos. Y eso, a sus 22 años...

Pero, sobre todo, la madre de todos los cumpleaños, en 2008, el año sin sentido. La cafetería Tere y luego Las Vistillas. La cantidad de gente maravillosa, ecléctica, inopinada que se plantó ahí solo para estar conmigo. La noche que acaba en San Ginés con una aspirante a fotógrafa que se parece a Inma del Moral, ella con su chocolate con churros, yo con mi descafeinado de sobre, los dos sentados a la puerta de una Joy Eslava cerrada.

Del resto, fogonazos. Terrazas de La Badila, mesas pegadas en La Petisqueira. Durante años, he tenido un pánico horrible, un convencimiento tenebroso, de que mi acmé ya había pasado. Que se quedó allá por ese 2008 o incluso 2011 y que lo que quedaba era decadencia. Ahora tengo dudas. Quizá el acmé sea aquí y sea ahora. Primavera de 2020. Un acmé que llega en medio de una pandemia, lo cual encaja perfectamente con mi estética. 43 años hoy, casado, dos hijos, dos trabajos o puede que tres, ya no sé ni cuántos libros. Cuando hablo con la Chica Diploma sobre el futuro y los dos nos agobiamos, me limito a decirle: "Estamos bien, estamos vivos, estamos sanos..." y por primera vez en mucho tiempo, eso ha dejado de ser un tópico.

*

A las ocho, hacemos una pausa en las videoconferencias para poder salir a la ventana o a la terraza a aplaudir. Son tres-cuatro minutos de desconexión para luego seguir con algo que se parece a una clase pero que no lo es, es más bien una charla entre amigos solo que uno de ellos resulta ser el profesor. A veces hablamos sobre procrastinar, a veces hablamos sobre educación, a veces hablamos sobre peleas con los padres o con los hijos...

El caso es que, cuando vuelvo frente al ordenador y retomo la conexión, me han preparado un precioso mural con cartulinas que lee, de arriba abajo y de izquierda derecha, "Thanks, a good very to forget Guille!!! :-) is impossible much". Todos ahí, con su dibujo frente al ordenador, tapándoles la cara. Tan monos. Tan entrañables. Me sé todas sus historias. Incluso con las pausas, incluso con la mala memoria, me sé todas sus historias. Eso es dar clase: sumergirte cada año en cuatro novelas nuevas y analizar cada personaje.

Les explico que no ha sido un año fácil para nadie pero que ellos me lo han hecho fácil a mí y por eso soy yo el que les tengo que dar las gracias. Les cuento el día, finales de marzo, 1000 muertos al día en España, calles desiertas, ulular de sirenas de ambulancias por la calle hora tras hora, miedo y distancia, que le dije a mi madre: "No puedo hacer esto, no tiene ningún sentido hacer esto, es como seguir tocando en la orquesta del Titanic" y ella me dijo: "Tienes que hacerlo porque ellos se sienten igual que tú, los mismos muertos, los mismos miedos... y mientras tú estés ahí enseñándoles inglés, ellos pueden olvidarse por un rato".

Y cuando se lo digo, parece que lo entienden. Algunos traen cervezas y brindamos todos a la cámara de un ordenador. No sabemos nada de qué será de nosotros: ni yo sé qué será de mi trabajo ni ellos de sus estudios. Por un momento, ya digo, nos da igual.

domingo, mayo 10, 2020

America


Creo que he escrito demasiados libros y demasiadas líneas de texto para explicar lo que Paul Simon resumió en un estribillo:

Kathy, I´m lost, I said, though I knew she was sleeping
I´m empty and I´m aching and I don´t know why.
Counting the cars on the New Jersey Turnpike...
They´ve all come to look for America, all come to look for America

Y sí, básicamente, ese es el resumen. El viaje, la compañía y el destino. En medio de todo ello, un sentimiento de confusión, de dolor en ocasiones, pero sobre todo una excitación constante.

¿Qué ha variado durante los años? Bueno, para empezar, América no siempre ha estado en el mismo sitio, así que en realidad nunca bastó con coger un autobús y sentarse a fumar cigarrillos. Luego, sobre todo, la compañía. Kathy. Yo me pasé la vida buscando a Kathy y puede que en el fondo, Kathy y America fueran lo mismo. Yo buscaba en mis relaciones sentimentales una compañera de viaje a la que poder decirle "estoy perdido" pero sin decírselo, es decir, aprovechando el sueño.

Kathys ya digo, hubo muchas, pero la que se quedó en el autobús fue la Chica Diploma. Sospecho que a ella le gustaría otra cosa. Que a ella le gustaría llegar. A mí me sigue entusiasmando el camino y la sensación de no saber lo que estás haciendo -"and I looked at the scenery, she read her magazine..."- pero si el camino merece la pena es porque lo estoy recorriendo con ella y simplemente quería que lo supiera, especialmente ahora que tenemos dos enanos dando patadas desde el asiento de atrás.

*

Empezamos a las diez de la noche y acabamos a las tres de la madrugada. En medio, la velocidad, el ping-pong. Eso no lo hemos perdido, pese a los años y la distancia. Somos rápidos y nos entendemos con una mirada, una frase. Es un registro de complicidad al que no es tan difícil volver cuando ya lo interiorizaste en su momento. Rubio, Fer Heads y la Chica Disney. Las videoconferencias llegan justo en el momento de revisión de los momentos pasados en forma de blog secreto... y al poco rato -la primera cerveza- ya te queda claro por qué era todo tan fácil y por qué las noches se alargaban tanto. No necesitábamos nada más que a nosotros. Incluso la música podía cambiar pero si estábamos juntos, bastaba, porque una cosa llevaba a otra y en el fondo lo que no queríamos era despegarnos jamás. Queríamos apurar y apurar y apurar por no tener que decirnos adiós, incluso cuando la mañana empezaba a pasarnos por encima.

Yo no tuve nunca amigos como ellos. Tuve otros y fueron maravillosos, pero no como ellos. Sí, todo el mundo se esfuerza pero no todo el mundo llega a la fase 4. Dudo mucho que yo sea la fase 4 de nadie, por otro lado, así que no me escandaliza decirlo. Puede que sea difícil datar el inicio de esa amistad sin fisuras, el momento en el que alguien -probablemente, Fer- dijo "vamos a ser los Boston Celtics" pero yo creo que, si hubiera que ponerle fecha al pico, al famoso pico, sería el 14 de septiembre de 2013, es decir, el día que me casé con la Chica Diploma, así que no, no son mundos separados ni tienen por qué serlo. Todo es América y en América cabemos todos aunque solo Kathy vista de blanco.

*

A mí me gustaba el sentimiento de comunidad cuando en medio del apocalipsis veíamos que los datos de Italia mejoraban. Hablamos de los tiempos en los que "mejorar" no se daba de suyo. Me gustaba leer entre los números y buscar el que indicara una perspectiva más positiva. Me gustaba dar la buena nueva al mundo, aunque muchos no la creyeran. A mí eso era lo que me gustaba y por eso me puse a analizar cifras y más cifras. España, en rigor, vino mucho después. Hasta que le cogí el punto a España pasó más tiempo porque los datos de España eran incomprensibles. Dos meses después, siguen siéndolo.

Además, el problema de España es que uno lo vive sin distancia alguna. La distancia es esencial para el optimismo en determinadas cosas. España está ahí fuera en la gente sin mascarilla tosiendo en la calle con una sonrisa en la boca justo cuando tú vas a pasar, está en las reuniones clandestinas en las casas de los amigos, está en las visitas a los abuelos, niños de la mano, está en los chicos que se reúnen para hacer un aperitivo clandestino al lado del parque. Los novios que se reencuentran y pasean entre besos. El sexo animal post-cuarentena.

Y todo eso, claro, me deja a mí en una posición muy difícil porque, en medio de esa euforia, mi cometido acaba siendo el contrario: buscar las malas noticias. Buscar la correspondencia en datos de lo que uno ve en el mundo. Igual que el confinamiento de Italia tenía que dar sus frutos aunque fueran escondidos, la irresponsabilidad hace que mires los datos cada mañana con una precaución infinita. Y no mola. No mola nada porque acabas siendo una especie de "grinch" en estas navidades de mayo. Acabas siendo el "aguafiestas", el chico que no baila, el chico con el que nadie quiere bailar, de hecho, porque está pensando en otra cosa y te pisa los pies todo el rato.

martes, abril 28, 2020

En la muerte de Michael Robinson


En el improbable libro de Alex Leith sobre la primera temporada de David Beckham en el Real Madrid -"El Becks: A season in the sun"-, llega un momento en el que el autor se entrevista con Michael Robinson y como buenos ingleses lo hacen en un bar. Por supuesto, ambos acaban borrachos. Una borrachera de amigos que se ven por primera vez en la vida, de esas de película "bromance". Robinson llevaba por entonces ya años siendo una de las grandes referencias del periodismo deportivo, el experto por excelencia de las retransmisiones de Canal Plus, un hombre respetado y querido dentro de una jungla que poco entiende de empatía. Y, sin embargo, a la cita no se presentó el experto sino la persona. Y Leith lo metió en su libro porque, en buena parte, el propio libro había dejado de tratar sobre el fútbol y se había convertido en una celebración de la vida en España.

Nunca conocí en persona a Michael Robinson. No creo que hiciera falta para asegurar que era un hombre feliz y que encontró en España un auténtico parque de atracciones. Desprendía entusiasmo. El fútbol, el deporte en general, parecían una excusa en segundo plano para disfrutar del día a día, de la vida en su totalidad. Quizá por eso nunca se metió en guerras ni en discusiones mediáticas. Él había venido desde tan lejos para pasarlo bien, no para tirarle ladrillazos a nadie. Esa felicidad la contagiaba en cada entrevista, en cada retransmisión, en cada comentario. Nos enseñó que uno podía reírse en medio de un partido de la máxima sin parecer en ningún momento grosero ni ridículo. Que uno podía disfrutar de ese partido sin necesidad de histrionismos.

Supongo que Robinson apareció en mi vida como futbolista guerrero del Osasuna. Lo supongo pero ya no lo recuerdo. He visto muchas imágenes suyas pero sé que son posteriores. Para mí, Robinson era el comentarista un poco torpe con las palabras que me deslumbró en el Mundial de 1990. Ya por entonces tenía cierto gusto por hacerlo fácil. Eran los tiempos en los que no resultaba tan habitual que un ex futbolista -recién retirado, además- hiciera de comentarista y desde luego, que lo hiciera con tanta locuacidad aunque fuera complicado entender su castellano.

Creo que uno de sus grandes aciertos, una de sus marcas personales, fue no solo mantener la locuacidad y el entusiasmo sino la dificultad con el idioma. En eso recordaba al también fallecido Radomir Antic y no en vano el serbio le propuso un lugar en el banquillo del Atlético de Madrid justo cuando empezaba el famoso "año del doblete". Robinson hablaba raro y logró que eso formara parte de su encanto. La indefinición ante la "erre" que tanto caracteriza a los ingleses. Naturalidad ante todo.

Repasar la cantidad de programas de calidad en los que participó es ridículo y además puede que la memoria me falle, así que vayamos al primero: "El día después". En un principio, el programa estaba pensado para Nacho Lewin y Jorge Valdano, una combinación quizá excesiva en lo teórico. Pedante, vaya. Relaño vio claro que hacía falta otra cosa y que Robinson se lo podía dar. Y se lo dio. Desde la pizarra cibernética a lo que el ojo no ve a un divertidísimo "rap del inglés" que por mucho que busco en YouTube no encuentro nunca. 

Michael Robinson. Nos hemos acostumbrado tanto a la muerte en estas seis semanas, hemos visto tantos y tantos números por delante de nuestras narices que aún estamos demasiado en shock como para darnos cuenta de la realidad. Hemos normalizado la muerte diaria como normalizaba él la vida. Michael Robinson, por supuesto, en la portada del PC Fútbol, la mejor operación de marketing de la historia. Cuántos niños, cuántos adolescentes, crecimos con sus comentarios a los partidos en los que nuestro Leganés o nuestro Villarreal de turno le ganaba al Milan la Copa de Europa...

Creo que me faltan palabras, que no soy capaz de describir todo lo que Robinson ha significado en mi biografía. No ya como deportista ni como experto ni como ejemplo periodístico. Al revés, como ejemplo de vida. Leith y Robinson, borrachos como piojos en un bar comentando partidos de los 70 y 80 del Liverpool y el Arsenal. La vida, ya digo, y, después, todo lo demás. Con estilo, por supuesto, pero sin dramas. En un mundo de chapapote, consiguió salir limpio. Lloverán los homenajes y serán todos merecidos. Hay algo en la muerte de Robinson que recuerda a la de David Gistau: nadie saldrá a hablar mal de él, no se encontrará ningún enemigo ajustando cuentas. Y si alguien lo hiciera, si alguien se atreviera a tanto, sería unánimamente reconocido como un miserable.

viernes, abril 24, 2020

Lennon Remembers


Patricio empezaba siempre los conciertos sentado a un teclado al borde del escenario. Normalmente, hacía unos diez minutos de teclado y voz en los que poco a poco se iban incorporando los demás miembros de la banda, empezando por Chiloé, al que siempre recuerdo en un rincón del escenario del Búho Real, con su pelo largo y su barba y sus gafas de sol, un poco a lo Jimmy Ríos -"Open the door, goddamn it"- y continuando por todos los demás. La presentación de Patricio era sobria pero clara: aparte de su presencia imponente, flequillo que se empeñaba en soplar para apartarlo de la cara, dejaba a la vista en su teclado unas letras formadas con cinta aislante que leían la palabra EGO, en mayúsculas.

"Ego". Pensé en que esta entrada se hundiera en el fango del ego y repasara todos los libros que he escrito y traducido a lo largo de estos años, pero yo no soy Patricio, yo no tengo su facilidad para ponerme delante del mundo y mirarle de frente, no ya retador sino indiferente, y mandarle callar. Solo diré que cada cinco años hay uno en el que dejo de sentirme un miserable y de repente me siento tremendamente especial, orgulloso y capaz. El año en el que me publican algo. Y ahí sí que soy como un niño salido de una cuarentena, completamente descontrolado y eufórico, pegando saltos y carreras, gritando todo lo alto que permiten mis pulmones: "Soy escritor, soy escritor".

Lo cual, no nos engañemos, siempre ha sido cierto... pero, ay, el ego. El ego es jodido porque es frágil. El mío, al menos. La Chica Diploma me pide que disfrute de esto porque sabe que no se repetirá en tiempo. Que lo que vendrá será más feo y me hará dudar de nuevo y volveré a mi "éramos tan felices, éramos tan felices..." perpetuo con importantes dosis de frustración. No voy a decir que he hecho cosas que nunca habría soñado con hacer, pero es cierto que comparto catálogo en muchas editoriales con gente a la que admiro mucho. El siguiente paso sería plantarme ahí con mi libro, el que fuera, soplarme los rizos y mirar fijamente al público recordándoles que, no importa lo que digan, yo sé que me lo merezco. Seguimos esperando el día.

*

A las dos de la mañana me doy cuenta de que el móvil no se está cargando. Pruebo a cambiar el cargador de enchufe, pero no, sigue sin cargar. Es un momento de pánico no ya por mi evidente adicción a internet sino por una cuestión práctica: si tengo que ir en algún momento al hospital, si me tienen que ingresar y aislar -y un hipocondríaco siempre tiene eso en mente- mi teléfono móvil y mi cargador serán la condición de posibilidad de cualquier contacto con el mundo.

Las luces del patio interior siguen encendidas, han vuelto a dar cuerda al reloj de pared que da las campanadas como el Big Ben sin atender a horarios. En cualquier momento. Las dos y doce, por ejemplo, mientras enciendo de nuevo el ordenador y busco tutoriales por YouTube y encuentro a un hombre que explica un truco que funciona contra todo pronóstico. Además de hipocondríaco, soy pesimista, así que mis pronósticos nunca valen gran cosa, pero esa es otra historia.

Y así, ya puedo acostarme, porque, en fin, el móvil ya queda cargando desde su 40% de batería... pero no, no me fío, y me quedo de lado en la cama, con el cuerpo girado hacia la mesilla de noche, el teléfono en la mano, comprobando que sube, que llega al 41%, luego al 42%, y ya que estoy vuelvo a Twitter y vuelvo a Facebook y vuelvo a Instagram y vuelvo al EGO, al cultivo del EGO para ver si algún día crece sano y fuerte e incluso cuando por fin ya apago la luz y apago todo y me tumbo -deben de ser las dos y media, quizá más tarde- sigo inquieto porque sé que en algún momento, a traición, va a sonar el reloj lejano. Va a dar unas campanadas absurdas y en rigor no puedo saber cuánto tiempo falta igual que no sé siquiera ni qué hora es, y me angustia un rato hasta que por fin me duermo, no sé ni con qué sueño porque soñar cada vez es más difícil, y a las seis-siete horas me levanto fresco, optimista, alegre. Al menos hasta que vuelvo a encender el móvil.

*

En los ratos libres, en los pocos ratos libres, en vez de leer, me pongo la grabación completa de la entrevista de John Lennon para Rolling Stone en 1970, la que luego Jann Wenner publicaría como libro bajo el título "Lennon Remembers" para gran enfado del propio Beatle. No es lo mismo leer la entrevista que escucharla. Si se lee, Lennon parece un hombre alterado, demasiado angustiado por todo, loco por borrar su pasado cuanto antes, soltando leches a un lado y a otro (no tanto a Paul, sino más bien al "entorno Beatle", esto es, George Martin, Brian Epstein, Peter Brown, Derek Taylor, Neil Aspinall...), desquiciado.

De hecho, años después, cuando intentó hacer las paces con todo el mundo, vino a justificar que esa entrevista había sido una especie de catarsis y que utilizar una catarsis para luego echársela en cara continuamente era injusto. No lo sé. De entrada, lo que llama la atención es lo cansado y aburrido que está Lennon en toda la entrevista. No parece alterado en absoluto. No parece perder el control en ningún momento. Simplemente, empieza casi todas las frases con un "I don´t know". Por no saber, no sabe ni cuándo grabó "Rubber soul" y cuándo grabó "el disco ese con la portada en blanco y un dibujo de Klaus Voormann". Wenner le tiene que recordar que están hablando de "Revolver". No sé hasta qué punto "Lennon remembers" acaba siendo un título incluso irónico.

No sé, puede que fuera muy drogado y que las drogas le tranquilizaran. Es otra opción. Yoko parece tranquila, también. Ni siquiera parece que estén ajustando cuentas sino charlando con un amigo. Todo es "bullshit". Todo. "The Beatles´Myth". Años después, en cualquier caso, se le pasaría. Entre 1973 y 1975 ("The lost weekend"), Lennon daría cien entrevistas insinuando que quizá no sería mal momento para volver a reunirse, que empezaba a apetecerle. Por entonces, Paul tenía Wings y seguía sintiéndose dolido. En el fondo, de todos, y por raro que parezca ahora, Paul fue el que más distancia puso de 1970 en adelante con respecto al rollo Beatles. George estaba a sus cosas: asumiendo un éxito que no se repetía, destrozándose la voz en megagiras por Estados Unidos y divorciándose de Pattie Boyd.

En la entrevista, Lennon también habla del ego, de la necesidad de deshacerse del ego a veces pero también de decirse "Eh, eh, esperad, YO he hecho ESTO", aunque no se acuerde muy bien de en qué disco lo metió. Componer "I´m only sleeping", "Dr. Robert", "She said, she said", "Tomorrow never knows", "And your bird can sing", grabarlas a la vez y luego olvidarte incluso del título. Otro nivel.