jueves, septiembre 12, 2019

The end


 Llegamos justo a tiempo para ver a Eels, que siempre están bien. Es aún de día, un lento atardecer con viento frío, incómodo, y Mark Oliver Everett cuenta historias de peluquerías y guitarristas, todo para acabar con el riff inicial de "The end", una canción de los Beatles que curiosamente nadie reconoce. Ser grande incluye la posibilidad de pasar desapercibido de vez en cuando. Llevamos unos incómodos colgantes para apoyar los vasos. Puede que tengan sentido pero no logro evitar sentirme como una vaquita con mi cencerro. En realidad, hay algo de oveja en cada asistente a un gran festival, todos al escenario A y ahora todos al escenario B.

Los siguientes en tocar son The Cardigans. No los recordaba así, probablemente porque para mí los Cardigans no existieron más allá de sus singles y sus singles me encantaban pero de alguna manera no eran ellos. Ellos en ocasiones parecen incluso Portishead y en otras se van a una especie de previo de Muse. En cualquier caso, "Erase and rewind" y eso vale por un concierto entero. Cuando acabaron el repertorio del "Gran Turismo" supieron tirar por "For what it´s worth" y "Lovefool", es decir, supieron tirar por los singles, que es de lo que veníamos hablando. A mí me hicieron muy feliz.

La comida estaba mal distribuída, como siempre. Muchas colas a pesar de unos precios exagerados, infladísimos, propios de un festival cuya viabilidad no puede depender de los 50-60 euros de la entrada. Bastante variedad, eso sí. Lo mismo te tomabas una hamburguesa que unos calamares que un sandwich de pavo sin gluten o una deliciosa carne mechada. A lo lejos, Amaral. A unos quince o veinte años de distancia. La revolución y esas cosas. Guille sigue tocando la guitarra en la 304 y no parece que nada ni nadie vaya a sacarle de ahí.

Llegamos hinchados a Two Door Cinema Club. Hinchados y cansados. Vivimos instalados en un cansancio permanente sin explicación alguna. Están bien pero todas las canciones son iguales, con el mismo ritmo de guitarra saturada. Con todo, el público enloquece, algo pasado quizá al filo de la medianoche, borrachas y cocainómanos, exaltaciones desmedidas. La Chica Diploma y yo empezamos a sentirnos cada vez más aparte -y cada vez más helados- y decidimos irnos en mitad de uno de los grandes éxitos que no sé distinguir del resto, como cuando a mi amigo René le poníamos Oasis y no los diferenciaba de Paul McCartney. Como cuando mi padre insistía en que Paul Young y los Pet Shop Boys eran lo mismo.

*

Tres semanas al menos esperando al martes 10 y por supuesto el martes 10 acaba llegando. La palabra no es "nervios" sino algo más. Algo más incluso que ansiedad. Puede que la palabra sea "bloqueo" o directamente "pánico". No sé. De repente, casi cinco meses después, tienes otra vez a veinte personas mirándote y esperando algo de ti. Algo que nunca sabes si vas a poder darles porque tampoco tienes claro exactamente qué es. Magia. Ilusión. Excitement. Siento que me puedo derrumbar en cualquier momento por el mareo que tengo (el primer día me hicieron dar un número de teléfono por si me caía redondo en medio de una clase, al parecer sucede en ocasiones) y garabateo como puedo en la pizarra mientras intento no perder algo parecido a una sonrisa.

Al poco, sin embargo, la cosa se complica. Siento que no estoy ahí, que estoy como Thom Yorke flotando en el Liffey esperando a que todo desaparezca completamente y me empieza a doler mucho el costado izquierdo, llegando al hombro. Me preocupa pero tampoco puedo dejar que eso me venza. El show debe continuar, eso está claro, y continúa. Continúa entre frases en inglés dichas a demasiada velocidad (los alumnos se quejan) y frases en español que pretenden relajar a alguien, probablemente a mí. Cuando les pido que me hagan preguntas en ninguna de las respuestas reconozco que me siento torpe, viejo y perdido. En ninguna les confieso que necesito ayuda, no escrutinio. En ninguna les comento, así, de pasada: "pues mira, aquí estoy, a punto de desmayarme pero al pie del cañón".

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No veo el escándalo en que PSOE y Podemos no lleguen a un acuerdo. Menos aún entiendo el escándalo de sus votantes y de Iñaki Gabilondo ya ni hablamos. Podemos surgió como alternativa al PSOE. No ya como alternativa, que eso es decir poco, sino como reacción visceral ante la supuesta derechización del PSOE. El alma de Podemos ha de ser profundamente anti-PSOE y desde luego lo es la de Pablo Iglesias. Podemos no se fía del PSOE ni se puede fiar... y por la misma razón hace bien el PSOE en no fiarse de Podemos. No son buenos compañeros de viaje porque uno nació para derribar al otro y quitarlo de en medio, aquellos tiempos en los que la palabra PASOK estaba en boca de todos. Podemos, en definitiva, nació para sustituir al PASOK y convertirse en Syriza y ahora no sabe cómo demonios hacer para gobernar con Pedro Sánchez.

Eso deberían saberlo sus votantes y me da que son plenamente conscientes de ello incluso entre tanto aspaviento. Si Podemos no acepta cualquier acuerdo es porque sabe que sus simpatizantes no se van a conformar con tan poco, que no se han organizado durante estos años para acabar siendo Izquierda Unida incluso en los pactos. Si PSOE no acaba de ofrecer una coalición digna de ese nombre es porque sabe también que sus votantes le acabarían pasando factura. Para eso, habrían abandonado el barco en su momento. Se quedaron para algo más que ver a Irene Montero de vicepresidenta. Si eso es sano o no, lo decidirán ustedes. En cualquier caso, es España, y así ha sido siempre.

jueves, septiembre 05, 2019

Érase una vez... en Sancti Petri


Nuestra última noche resulta ser también la última noche de la entrañable Olaf, una de las chicas del equipo de animación. Cuando acaba el ritual de bailes -siempre cierran con "Madre Tierra", de Chayanne, ellos sabrán por qué-, Anna pide un aplauso de despedida y anuncia que la van a tirar a la piscina. Nada improvisado, un simple ritual de despedida del Iberostar Royal Andalus. Olaf ni siquiera protesta, pone su típica cara de resignación alegre, la que ponía cuando bailaba "El pollito pío" delante de un montón de niños ausentes, e inicia su camino hacia el agua como quien va a la compra.

Detrás de ella vamos todos. Todos es todos. Un montón de alemanes, ingleses, holandeses, franceses y españoles que no nos queremos perder el momento. Es todo tan absurdo que en medio de la estampida, borracho, se me ocurre gritar "Al pilón, todos al pilón". ¿Qué diferencia a un turista de un paleto? Olaf cumple y se tira o la tira Anna, ahora no lo recuerdo bien, y todos marchamos sin ofrecerle siquiera una toalla para que se seque. No hace frío pero tampoco calor. Son las once y pico de la noche y el Niño Bonito apura espídico sus últimas horas, la cara pintada de gato y corriendo en círculos.

Queda el sentimiento extraño de que el lugar ya no te pertenece. A nosotros nadie nos tirará a una piscina ni nos aplaudirá como héroes. La vida sigue ahí como seguirá la nuestra en algún otro lado y hasta cierto punto resulta extraño, incluso feo. Al día siguiente salimos a las seis de la tarde para no pillar atasco pero eso quiere decir que a la una de la madrugada seguimos en el coche. La Chica Diploma lucha por no dormirse, el Niño Bonito descansa con su "roca lunar" aún en la mano, reliquia de la playa de Sancti Petri. La realidad vuelve y vuelve con violencia, como siempre, no queda otra.

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De "Érase una vez en Holywood" me quedo con el regalo a Sharon Tate. Es lo que más me llama la atención porque Tarantino no es de ese tipo de homenajes. Por supuesto, hay guiños a todo lo que fue aquella época y la que vendría después, en los setenta, pero eso ya se ha escrito en muchos lados. Para mí, la película es la cara de Margot Robbie haciendo de Sharon Tate metida en un cine de Los Ángeles, una sesión matinal, sala medio vacía pero aun así con risas puntuales. Tate mordiéndose las uñas, nerviosa, pero sin dejar de sonreír, una sonrisa que promete cosas, que promete entusiasmo, que promete una carrera exitosa. Sharon Tate disfrutando de su anonimato justo antes de que su rostro llene todos los periódicos, flirteando en la pantalla con un muy avejentado Dean Martin.

Tarantino dedicando cinco minutos de su metraje solamente a eso, sin diálogos ingeniosos, sin planos revolucionarios. La actriz muy por encima de la madre degollada. El momento en el que todo parecía posible y de repente se fue a la mierda.

Del resto de la película puedo decir poco porque me da la sensación de que me perdí demasiadas cosas esperando otras que no llegaron. Tal vez me he acostumbrado demasiado a Christoph Waltz o en su defecto a Tim Roth haciendo de Christoph Waltz. A la anécdota sin fin que acaba convirtiéndose en clave de la historia. Hasta cierto punto, "Érase una vez..." me pareció una película costumbrista, aun teniendo en cuenta que las costumbres de la época eran como mínimo algo excéntricas. En cualquier caso, ya digo, es probable que no me enterara del todo. Me pasa mucho últimamente.

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Sofía acepta que compongamos canciones juntos pero propone un método que me resulta incómodo. Diría que es un método que me bloquea pero utilizo ese verbo demasiadas veces últimamente. Un bloqueo absoluto ante todo lo que sea salirme de mi zona de confort, ante todo lo que no sea ir a comprar al Dino Express con George Harrison en los cascos o sentarme en la terraza a escuchar cómo John Lennon explica en la radio cada canción del "Abbey Road" sin perder la compostura. Todo es un mundo físico y mental y de las reuniones de departamento ya ni hablamos.

Volvamos de todos modos a Sofía en "Las Vidrieras", el bar al que la llevamos cuando murió su padre. Yo ante un señor desayuno y ella ante un Aquarius. Su propuesta es pensar en un concepto o una palabra que signifiquen algo para mí y a partir de ahí construir la letra de la canción. Puede funcionar, pero yo no sé qué significa algo para mí ahora mismo precisamente por lo que decía del bloqueo. Quizá la primera palabra debería ser esa, "bloqueo" y la segunda, puede ser, "incertidumbre". No sé. Me ha pedido una lista y debería tomarme cinco minutos escribirla. El problema es que llevo delante de la hoja dos días.

lunes, agosto 19, 2019

Lago di Garda V. Torri del Benaco


Hay un punto de melancolía y tristeza en Torri del Benaco. La constancia de que esto se acaba. El Lago sigue ahí, resplandesciente, como siguen ahí las montañas gigantes que lo rodean. El pueblo, además, tiene todo para poder disfrutarlo: apenas una calle llena de tiendas y poco transitada, una sucesión de restaurantes con terraza con vistas, un castillo por supuesto, y un aire pacífico a mañana de domingo. Sin embargo, nosotros ya no estamos ahí o estamos a medias. Nosotros paseamos lánguidos y abrazados con miedo a salirnos del pueblo en cualquier momento, nosotros buscamos un lugar donde comer aunque en principio no tengamos hambre, casi por cumplir.

Descartamos el lujo y acabamos en una clásica trattoria de las afueras donde la mamma se encarga de la cocina y nadie habla inglés. Está bien, no importa, mi italiano basta para pequeñas empresas. Hace algo de calor pero la pasta está a su punto, el pan recién hecho, las mesas tienen esos manteles a cuadros que diferencia lo pequeño de lo grande. Es un bonito sitio para acabar el viaje. De camino al aeropuerto paramos en una gasolinera y comprobamos que ya no hay hormigas, que se han ido todas, probablemente escondidas para el siguiente conductor. Tengo las piernas llenas de habones. Son las últimas canciones de RDS, incluida una que repite "Loco contigo" sin demasiado sentido. Jovanotti ha invitado a una pareja a casarse en su espectáculo "Jova Beach Party" y lógicamente han aceptado.

El vuelo es relativamente plácido. Incluso el pánico al despegue dura lo justo y acabo leyendo El País tranquilamente en pleno ascenso, aún con las manos sudorosas y frías. ¿De dónde vienen estos miedos? Cuando era niño, el despegue era lo más excitante del viaje. Luego llegaron las películas y los miedos, supongo. Después del periódico, mientras La Chica Diploma se ve un capítulo de una serie, yo acabo "Monsieur Pain" de Bolaño. Creo que es el último libro que me quedaba, así que ahora quedan las relecturas. La pregunta es la de siempre: ¿qué sentido tiene escribir después de Bolaño?, ¿cómo siquiera acercarse, yo, que no soy capaz de engarzar treinta páginas de sentido? Da igual, lo importante es que el avión aterrice y de hecho aterriza sin problemas. El resto depende más del valor que del talento.

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Sueño con Kirk Douglas, a sus casi 103 años. Sueño que estamos cenando con Kirk Douglas y le pregunto por el rodaje con Billy Wilder de "El Gran Carnaval" y ahí me doy cuenta de lo realmente mayor que está mientras cuenta anécdotas de un rodaje de los años cuarenta del que fue protagonista. Luego me despierto, estoy en casa. En seis semanas me he despertado en siete camas distintas. Pronto serán siete.

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Siguiendo con Wilder: su biografía insiste en el fracaso que fue "Uno, dos, tres". Cómo una comedia ágil, fresca, disparatada se convirtió en una torpeza en cuanto los soviéticos decidieron construir un muro para separar la ciudad en pleno rodaje. Es cierto que se hace una pequeña referencia al principio de la película, pero en opinión del propio Wilder estaba condenada. "Un hombre que se cae y se levanta tiene gracia. Un hombre que se cae y no se levanta no tiene gracia ninguna". Así era Berlín en 1961.

Con todo, "Uno, dos, tres" fue mi primera película de Wilder, siendo un niño, en alguno de esos ciclos que ahora se reservan erráticamente a la madrugada, generalmente sin publicidad previa ni manera de acertar la hora. El día antes de salir a Milán volví a verla y seguía siendo maravillosa, de un ingenio y una velocidad deslumbrantes. Cada escena, cada diálogo, es una obra maestra, es Wilder en su estado más puro. Viéndola en versión original por primera vez, es imposible no admirar el trabajo que se hizo para adaptar toda esa avalancha en el doblaje.

También tuve una hora para repasar "La dolce vita". No sé por qué me dio por ahí, supongo que quería comprobar si efectivamente ahí estaba ya Sorrentino y vaya si lo estaba. Un poco más moderado, quizá, más latente por cuestiones de censura. Aguanté hasta que Annita Ekberg se metía en la Fontana di Trevi y me hizo gracia que la fuente apareciera de la nada, como en la realidad, mientras el pobre Marcello andaba por ahí buscando leche en plena madrugada.

sábado, agosto 17, 2019

Lago di Garda IV. Una nuova era


La nueva canción de Jovanotti repite "Lo sentí? Lo sento... è l'inizio di una nuova era". Consiste en una base electrónica con un recitado por encima. Tiene pinta de estar hasta los huevos.

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En el campanario del castillo de Malcesine un niño de la edad de Álvaro protesta por tener que bajar las escaleras de espaldas. "Come si scende indietro?" insiste, apesadumbrado. Es el único niño que habla. No calla, de hecho. Hay otros, multitud de bebés en sus mochilas de porteo, pero guardan un escrupuloso silencio germánico, como si no quisieran defraudar al estereotipo tan pronto.

Comemos en una callejuela tranquila, de las pocas que quedan en el pueblo. Goethe estuvo aquí de visita en torno a 1790 pero debió de ser una excentricidad. O quizá no. Quizá entonces Malcesine, Garda, Verona, Venecia... fueran tan alemanas (tan austríacas) como lo son ahora.

Un camarero tropieza con la Chica Diploma y lo primero que se le ocurre decir es "enschuldigung". Yo le respondo "bitte" y seguimos comiendo.

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Como es la última tarde decidimos pasarla en el B&B mirando al lago desde la terraza. La alternativa era Verona, pero Verona correspondía a otro viaje. A la habitación de al lado han llegado unos franceses. También son los primeros. Puede que la chica de los desayunos sea holandesa, como Monika. No se maneja bien ni en inglés ni en italiano. Parece muy perdida, sobrepasada. Quiere volver pero tampoco sabe bien adónde.

viernes, agosto 16, 2019

Lago di Garda III. Sirmione


Me hacen gracia los que saludan al ferry desde sus barquitos a motor. No sé, me parece entrañable, una muestra casi infantil de felicidad absoluta. Ellos mueven las manos y nosotros -los más felices de nosotros- les devolvemos el gesto como diciendo "está bien, seguid así, seguid saludando barcos que se alejan".

Estamos de travesía entre Sirmione y Malcesine. Sirmione es algo diferente. Lo demás son escalas y Sirmione es destino; con su castillo, su iglesia del año 1000, sus ruinas romanas. Helados por todas partes. Unos helados gigantes  que hacen rabiar a la Chica Diploma, que se los tiene prohibidos.

Una playa, también. Playa insospechada pero indiscutible. Una playa sin arena, como me gustan a mí pero con su chiringuito, su juventud, su arrogancia.  Me gustaría poder contar algo más pero no es el día. Esto no es un trabajo. Quede una foto y una conciencia de Sirmione. Un "yo estuve ahí, yo me quemé la cara cruzando el Parque María Callas. Yo paré con el ferry en Garda, miré el pueblo con altivez y preferí que el viento siguiera azótandome el rostro".

jueves, agosto 15, 2019

Lago di Garda II. Limone


Desde el Hotel Paradiso, el agua del lago pasa a ser definitivamente verde. Enfrente quedan las nubes y por encima de las nubes unas montañas que nos gusta llamar Dolomitas. Es tierra de ciclistas, con motor y a pulso. La Universidad de Ferrara y el doctor Conconi quedan a un paso.

Las hormigas han reaparecido, igual de confusas que ayer. No sabemos qué buscan. Está claro que ellas tampoco. En una de las curvas asoma una cascada.

Monika resultó ser holandesa. Era la tercera opción posible e incluso lógica porque tiene un punto de alemana torpe o más bien de alemana sin interés alguno en ser alemana. Holandesa, entonces. El taxista de anoche, Luca, nos dijo que aquí no había muchos españoles y me pareció un eufemismo. Compartimos viaje con un grupo de jubilados de Leicester. Tengo la sensación de que nos engañó a todos.

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En Limone están de fiesta (o quizá vivan de fiesta) y todas las calles están decoradas con cartones redondos, amarillos, que anuncian una "Yellow night". Al lado del embarcadero de los ferrys hay un escenario. Es el pueblo turístico por excelencia y, para llegar, los coches se aprietan en carreteras imposibles, estrechas.

Ya no es tierra de bicis sino de motos. Motos y túneles y adelantamientos salvajes. Limone es la representación del pueblito como tanto le gusta a la Chica Diploma. Gente caminando móvil en mano porque cada rincón es una estampa, dos iglesias y un fuerte olor a cítrico.

De ahí cogemos el coche a Cascate de Varone, a ver las cuevas enfundados en unas toallas de playa: hace frío y el agua salpica en tromba. La naturaleza pretende rebelarse ante tanto simulacro pero no lo consigue, queda de nuevo como carne de vídeo, story de Instagram.

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En Riva del Garda nos dan de comer un poco a regañadientes. Nuestros horarios no son los suyos y nos lo hacen saber. Dos pechugas de pollo y gracias. Un descapotable blanco aparca en un rincón de una de esas plazas tan italianas, tan abiertas, con casas bajas y calles llegando de todos lados. Desde alguna tienda, algún bar (no conseguimos averiguar cuál) suena una especie de hilo musical que parece sacado de la propia RDS.

El concurso de hoy se llamaba "Indovina chi canta". Alguien destrozaba "Wonderwall" con saña.

Riva en general está llena de placitas agradables, con su sobria tranquilidad toscana en pleno Trentino. Una torre del siglo XIII da la hora, una chica canta Tom Petty en voz alta. No hay rastro de españoles aquí, solo una familia de latinoamericanos en el Spar: la madre hablaba en español, las hijas contratacaban en un inglés perfecto.

miércoles, agosto 14, 2019

Lago di Garda I. Malcesine


Son las doce y estamos en Milán. Es difícil de explicar o al menos a mí me resulta difícil de explicar porque a las seis estaba durmiendo en Madrid. Hay una señal que indica el camino a Como seis años después y un montón de hormigas resistentes, inmortales, que inspeccionan nuestro coche alquilado como si esperaran encontrar un fuet tras los asientos.

Búsqueda inútil. A las dos, paramos en Peschiera y las hormigas se rinden y huyen o simplemente mueren arrasadas por el calor. El caso es que no se vuelve a saber de ellas.

En la radio -también seis años después- suena RDS, 100% Grandi Sucesi. Al principio nos sorprenden con algo que puede ser reguetón italiano o puede ser trap, no estamos seguros. Nos miramos desconcertados, avejentados, como si seis años hubieran sido una vida (la vida del Niño Bonito) pero pronto la propia cadena se apiada de nosotros y nos echa un poco de Jovanotti, un poco de Pink, un poco de la "gioia di vivere" que caracteriza a la emisora. Cinco de cada diez italianos dejan a su pareja en vacaciones.

En 2013 fue "Estate" y fue Robin Thicke. En 2019, nos cabe esperar cualquier cosa.

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En Peschiera hay un ambiente variado y una exposición sobre el Festival de Woodstock. A lo lejos, los Alpes. Delante de nosotros, unas patatine al forno. La Chica Diploma quiere comprarme una camisa blanca para que deje de parecer un turista español y empiece a parecer un turista italiano.

Italianos y alemanes. Eso es Garda. Eso es Peschiera, que no es más que el balcón al lago. En la Oficina de Turismo (puede que fuera otra cosa) una chica se enamoró de mi acento británico. Luego me mandó a ver unas ruinas romanas que aún estoy buscando.

Todo en Peschiera está un poco por azar, como si no quisieran molestar a nadie. Esto no es Venezia. Esto no es Verona. Esto es Peschiera y los palazzi ocultan sus nombres. Un cisne blanco alarga el cuello como si alguien hubiera dicho su nombre. De cada tres locales, en dos venden helado. El otro es una tienda de ropa.

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Monika lo intenta pero no le sale. Al teléfono y en persona. Se impacienta con los españoles que llegan tarde, que no saben encender el aire acondicionado, que se dejan las maletas apoyadas en las escaleras. Monika, obviamente, no es italiana así que tendrá que ser alemana. Podría ser serbia, como Sonja, pero entonces no se habría escondido tanto, no llevaría su albergo con tal precisión prusiana.

De ser serbia, Monika no miraría a la Chica Diploma con condescendencia cuando pregunta por los mosquitos sino que le conseguiría ella misma un spray con una sonrisa. No se reiría a carcajadas cuando le preguntamos si la piscina es climatizada.

No, Monika tiene que ser alemana y como alemana ha concebido un negocio casi kantiano donde lo bello y lo sublime se rozan. Los parapentes se pierden tras las montañas. La piscina forma algo así como un lago diminuto. Garda desde la habitación, como en su momento Lugano. En medio, ya sabemos, seis años y un montón de curvas. Curvas suicidas, croatas. Hay sangre en una pared y el sol amenaza con ocultarse. Agosto. Algo parecido al viento pero más tímido, de paso, pónganle el nombre que quieran.

jueves, agosto 08, 2019

Vida de chalet II. Nadie es perfecto


Hay algo mágico en las conversaciones entre Hellmuth Karasek y Billy Wilder y supongo que es el uso del tiempo presente. El libro está fechado entre 1986 y 1994, año de su publicación y año en el que Fernando Trueba ganó su Oscar. Wilder no moriría hasta 2002, a los 96. La memoria de Wilder, además, es prodigiosa: todos aquellos recuerdos de la Viena imperial, del entierro de Francisco José, de la crisis de los años veinte, los burdeles camuflados, sus primeros escarceos como periodista de gran inventiva...

En Berlín trabajó de guía turístico hasta que le echaron y de “negro” en diversos guiones de la UFA. Luego, por supuesto, el éxito, pero el éxito se puede contar de mil maneras. Choca, ya digo, que alguien lo cuente en presente desde el pasado y en vida desde la muerte. Impresiona en 1994 y deslumbra en 2019, cuando se cumple un siglo de aquella visión del pequeño Otto de Habsburgo desfilando solo tras el féretro de su tío bisabuelo mientras todo un mundo, como diría Zweig, se venía abajo.

Le beneficia al libro su división en muchos capítulos de pocas páginas. Es lo mejor cuando se está ante un narrador de anécdotas. Para qué enrollarse. Cortita y al pie. Entre las virtudes de Karasek está la de saber echarse a un lado y entre las de Wilder está la de no abrumar. De hecho, se nota el cuidado del elefante por no aplastar a la hormiga, que bien puede ser el biógrafo como puede ser el lector. Wilder se sabe demasiado grande para un solo libro y conoce las posibles consecuencias. El resultado es delicioso. Uno no es el mejor guionista de la historia en vano.

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Las piernas del Niño Bonito. Dice mi madre que son las piernas de un niño que se va haciendo mayor. Es posible. Desde luego, ha entrado en esa edad indefinida en la que es demasiado pequeño para algunas cosas y demasiado grande para otras. Cardenales en la tibia, arañazos en el gemelo, picaduras de araña por las rodillas y un espíritu de aventurero que vive su primera semana sin pañal en la cama con resultados desiguales.

La sonrisa del Niño Bonito. Una sonrisa enorme, franca, de satisfacción incamuflable cuando descubre en un rincón de la tienda los álbumes de la liga y en el otro rincón, recién abiertas, las cajas con sobres y sobres llenos de cromos. La ansiedad del Niño Bonito al colocar en su sitio a jugadores del Mallorca, del Osasuna, del Granada, de equipos que ni siquiera conoce. Ese maravilloso universo en el que lo único que cuenta, durante cinco minutos, es cuántos jugadores del Celta han salido y cuántos quedan por salir del Betis. Con quién va a cambiar los primeros repetidos.

¿Cómo no reconocerse? Yo tuve esas piernas como tuve esa sonrisa y esa ansiedad con esa misma colección pero en cromos de cartón que había que pegar con barra y apretar en las esquinas. La pulsión del quiosco. Mi tío Pancho regalándome 40 duros en sobres de los Pequeñecos o de lo que fuera. El olor a pegamento de los álbumes acolchados.

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En un momento dado, Pepe le pregunta directamente a la Chica Diploma por su vida. Me gustaría poner la frase exacta pero no la recuerdo. Era bonita, elegante. La Chica Diploma se sonroja porque está acostumbrada a hacer ella las preguntas y ser ella la que escucha y se la nota un poco perdida: no sabe por dónde empezar pero agradece el gesto. Es normal. Siempre es bonito que alguien pregunte por ti, sobre todo alguien que no tiene ni la más remota idea de quién eres. Un interés sincero, gratuito, que choca con el empeño de algunos en convertirla en un personaje de sus propias narraciones.

Estamos en un bar de Torrelodones. “La posada”, se llama. Un contraste entre las reformas y el rancio abolengo. Pepe insiste en que Torrelodones es la cima de la civilización occidental y lo dice con la misma seguridad con la que dice todo, incluso lo que no piensa de verdad. Un hombre a prueba de polígrafos. Su anécdota favorita es: “Cerca de donde vivo hay un casino, un puticlub y una iglesia. La única que pone anuncios es la iglesia, que es justo donde no va nadie”.

El paseo nos lleva por todo el pueblo e incluye el instituto, el polideportivo y el centro de salud, que de hecho es probablemente lo que define a la civilización occidental contemporánea. A lo lejos, aislada en lo alto de una ladera, como sacada de un cuento de Poe, nos vigila la antigua mansión de los Franco Bahamonde, “el canto del pico”. A la Chica Diploma le da miedo. Es muy curioso lo nuestro. Curioso que los dos tengamos tantos miedos y casi nunca coincidan. Nuestros hijos se van a pasar la infancia desactivando bombas sin saberlo. No es una perspectiva demasiado halagüeña así que al menos intentaremos rodearles del mejor paisaje.

lunes, agosto 05, 2019

Vida de chalet 2019



Una de las cosas que más echo de menos de Corralejo es la ausencia absoluta de calor. El efecto constantemente mitigador, regulador casi, del viento. Nada que ver con este arriba y abajo madrileño y castellano, este sudor pegado día y noche, este aluvión de mosquitos sedientos. 

Eso y la mirada, por supuesto. Lo de la mirada es un tema muy difícil de explicar, casi metafísico. La mirada consiste en ser capaz de ver cosas extraordinarias en lo más normal del mundo y se tiene o no se tiene. Yo piso Madrid y me vuelvo ciego, no puedo evitarlo. Puedo hacer mil cosas más que en la tranquilidad de Corralejo pero es esa tranquilidad la que me permite apreciar los detalles, describirlos después durante párrafos y párrafos, convertirlos en algo singular.

¿Qué puedo contar ahora? ¿Qué puedo contar aquí? El niño se ha convertido en un sorprendente jugador de ping-pong y futbolín, lo que puede servirle de mucho si va al colegio correcto. Ayer, el monte ardía a lo lejos y sobre La Morcuera se cernían unas nubes negras que no sabíamos si eran señal de horror o de tormenta. La vida de chalet era una vida de esperar bárbaros, contar hacia atrás a la espera de septiembre. Ahora es otra cosa. Ahora probablemente la Chica Diploma no entienda que me pase las tardes encerrado en mi cuarto repasando mi novela o leyendo libros ajenos. No entiende que eso se haga con urgencia, casi como una tortura.

No la culpo.

¿Qué demonios es exactamente lo que nos impulsa a necesitar todo esto? A necesitar leer, necesitar escribir... ¿Qué es lo que nos obliga a juzgarnos todo el rato y compararnos? Lo más importante: ¿Cuándo acaban esas comparaciones y esos juicios y empieza el disfrute? Yo he dicho miles de veces que soy un pésimo escritor pero eso no quita para que sea un escritor, con todos los aprietos que eso conlleva. ¿Por qué? ¿Por qué este lío? ¿Por qué este continuo ataque de ansiedad? ¿Por qué obligar al lector a tragarse este rollo sobre uno mismo y no presentarle un mar de cuatro colores chocando contra rocas de lava?

Every artist is a cannibal, every poet is a thief; all kill their inspiration and sing about their grief

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Algo de inspiración en algunos momentos de mi novela canaria. Algo que invita a pensar que si me lo tomara en serio... Una voz propia, eso sí lo diría. Hay ahí una voz pero es de momento la voz de un charlatán. Está el tipo de escritor que quiere contarte algo y el tipo de escritor que necesita contarte algo y ahí se ven las prisas, las repeticiones, los hilos que no llevan a ningún lado porque eso sería complicarlo todo demasiado y hay que acabar ya, hay que acabar ya...

Puede que el título final sea “El juego de Bruno”, pero hay que tener en cuenta que este es el cuarto título provisional en tres semanas y tampoco es que sea gran cosa. Esta mañana hemos bajado a por el álbum de cromos de la liga, pero no sale hasta mañana, tal vez pasado. El Niño Bonito quería también un muñeco de la colección “Dulces ojos del bosque” que cuesta cinco euros. Afortunadamente, no lo hemos encontrado y se ha tenido que conformar con un zumo de piña con patatas de bolsa.
En la dedicatoria hay dos nombres a la espera de que esos dos nombres tengan sentido cuando se publique el libro. Mañana saldremos definitivamente de dudas, supongo.

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Iba a escribir algo de deporte, algo por ejemplo sobre los problemas del Barcelona a la hora de recuperar el balón tras pérdida. El desastre que es la presión alta porque no se entrena y los jugadores a veces incluso chocan entre sí. Cómo, en vez de organizarse a través de esa posición defensiva, el equipo se descoloca por completo y queda a merced de transiciones veloces que acaban con quien quede detrás reculando muerto de miedo. Fichar a jugadores de posición y convertirles en especialistas del uno contra uno. Funcionó con Mascherano y de aquella manera y el modelo se ha universalizado.

Iba a escribir sobre todo esto, pero me parece tan pesado como volver a escribir sobre Inés Arrimadas, así que lo dejo en la serie de WhatsApps con Ignacio Benedetti comentando las jugadas y el recuerdo del excelente amigo que era Diego Salazar y lo bonito que sería volver a vernos todos juntos y comentar durante horas por qué los alejados. Por pedante que quede.

viernes, agosto 02, 2019

Yesterday


Tenemos que volver a Madrid y por una serie de torpezas nos quedamos. Me siento un tigre enjaulado. La Chica Diploma me viene a decir que lo de ser un tigre quedará muy bonito en un blog pero que en la realidad soy un ser humano y jaulas, las justas. Tiene razón. "No deberías haberte metido en este lío", le digo y la abrazo. El lío soy yo. No digo el problema, digo el lío.

Tanto me quejo del tiempo que no tengo, que acabo en el Parque de Berlín con más tiempo del que me gustaría. El niño llora porque han eliminado a Jero de Pasapalabra. Yo lloraba cuando Chicho despedía cada temporada del Un, Dos, Tres y el plató se convertía en un almacén pidiendo polvo a gritos.

Peter Pan y Peter Panito, vaya tela.

En el Parque de Berlín solo hay runners y perros. A mi banco se acerca un señor de unos cincuenta años con bigote y me tiende un flyer de un concierto benéfico. "No, gracias", le digo, pero el hombre insiste: "También se puede donar sangre". "No, gracias, en serio", repito pero en realidad estoy a punto de levantarme, darle un abrazo y decirle: "No sé por qué te has metido en este lío". El lío soy yo, no digo el problema.

Anochece y es un anochecer casi violento, como si la policía municipal estuviera esperando en la puerta. Yo soy el que se queda. El que tiene tiempo.

*

La primera canción que suena en el New York Burger es "Thank you", de Dido, y yo tarareo el estribillo. El Niño Bonito me pregunta quién es y cuando le contesto, añado "es una canción bonita, ¿verdad?" y él asiente. Sí, es buena, coincide. "Buena, digo, no bonita", matiza al momento sin que yo tenga ni idea de en qué consiste para él la distinción.

Es curioso porque a mí no me parece especialmente buena, pero bonita un rato. Tanto que cuando Eminem la oyó intentó destrozarla y casi lo consigue. Eran los tiempos de Quiero TV y viajes al Bierzo. Cuando me decía: "Si vamos a caer, que sea a mi manera" y a los cinco minutos ya me habían noqueado tres veces.

El resto del hilo es un viaje sentimental desde "Creep" a "One" pasando por ese "I'm loving angels instead" que me propuse un mes de diciembre de 2005. Curioso aquel tiempo y el sentido de las oportunidades. Cada jugada era el anuncio de un gol y todos celebrábamos. Los porteros, ni que decir tiene, eran terribles.

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Obviamente, "Yesterday" no es más que un homenaje a esa inmensa anomalía que fueron los Beatles. Lo que viene a demostrar la película es que ese mismo argumento no se podría sostener con ningún otro artista contemporáneo. Mi padre podría no entender un mundo sin Frank Zappa pero a la vez sería consciente de su peculiaridad, incluso haría gala de ella.

En ese sentido, buscar más explicaciones o tratar de encontrar razones semióticas o incluso incoherencias históricas es absurdo. Una pérdida de tiempo. La cinta solo funciona en la clave de esos dos únicos seres sobre la tierra que recuerdan sus canciones y dan gracias por poder volver a escucharlas. Si no estás ahí, si no te emocionas al reconocer extractos de la suite final de "Abbey Road", la cosa se complica y lo que queda es la típica comedia británica de fidelidades, peterpanes y amistades/amores ingenuas/genuinas.

En qué momento el cine comercial británico se emparentó con el argentino, lo desconozco. Moralina (al menos en este caso) incluida.

Como toda historia parece tener que hacerse una pregunta y contestarla, es curioso que la de "Yesterday" sea si es mejor creer en tu talento y sacrificarlo todo o ser un profesor de vida más o menos mediocre. El guion se inclina hacia lo segundo pero hay ahí algo de trampa: ese mismo guion lo ha acabado dirigiendo Danny Boyle con un presupuesto de Hollywood.