domingo, mayo 23, 2021

Yoga

Termino "Yoga" en tan solo dos semanas, una lectura tan agradable como casi todas las de Carrère. No sé por qué todo el mundo ha puesto el libro a parir, se me escapa. Sospecho que tiene que ver con el principio, ese principio tan lento, tan de meditación, tan de observarse a uno mismo y ver qué pasa. No sé, a mí me gustó. Me tranquilizó. Me invitaba a pasar una página tras otra sin expectativas, que es un poco lo que es el yoga. Me animaba a escribir, también, a escribir como Carrére, cosa que siempre me pasa y nunca consigo, claro.


También yo probé la meditación un par de veces y no llegué muy lejos, así que entiendo el aburrimiento. ¿Qué demonios nos está contando este tipo sobre sus fosas nasales? Pero, mientras, el tiempo pasa y pasan los pensamientos y es delicioso que sea así, sin agarrarse a ninguno en concreto, solo sensaciones. En el fondo, este blog, al menos en su evolución y desde luego a partir de 2014 es un poco "Yoga". Antes podía ser una narración de lo externo (Alex Terieur, para los que hayan leído el libro) pero desde entonces son reflexiones sueltas que solo me afectan a mí.


Por ejemplo, aquella charla pandémica con LC en la que me presentaba a su novio y yo le decía que era muy guapo y ella me decía que sí y que mi mujer también y concluía con un "hemos ganado" que nunca supe bien qué quería decir más allá del convencimiento con el que lo decía. Recuerdo incluso la repetición pocas líneas de Whats App después: "Sí, pero nosotros ya hemos ganado", que, en el fondo, no sé si era una victoria o una rendición. Un "ya está, ya hay paz, ya hay paz". La victoria de LC además tenía algo de improbable, algo que nos llevaría de cabeza a la hubris si no fuera precisamente porque la partida la daba por acabada: no era nuestra victoria una victoria conjunta, no era un "dos contra el mundo". La idea de LC era que los dos, por separado, habíamos conseguido vencer. Que los dos habíamos derrotado al universo o, según sus gustos algo "new age", que los dos lo habíamos conquistado, atraído, para que nos colmara de parejas bellas y turgentes. 


"Yo solo le pedía a Dios una chica bonita", repetía Ray Loriga en 1992, y Dios fue todo oídos. Conmigo le costó más tiempo. A LC no sé si le dio peces pero desde luego la enseñó a pescar. Todo esto me vino a la cabeza al terminar uno de los capítulos. Uno de los tantos pensamientos intrusivos en esas ciento cincuenta primeras páginas que tanto desesperó a tantos buenos lectores. Por lo demás, lo escandaloso, lo fallido del libro no es que hable mucho de sí mismo sino que apenas hable de lo que importa: el divorcio. Pero al fin y al cabo eso ya lo sabíamos porque se publicó en la prensa antes de que el libro saliera de la imprenta. Sabíamos que era un libro capado y tramposo y que precisamente por eso era también una rendición.


Aun así, quedan páginas maravillosas. A mí me gustan las de la locura y el centro de salud mental porque yo siempre he pensado que soy carne de centro de salud mental. Carne de electroshock y delirio. Me gusta la sensación de felicidad tras una buena medicación. Me gusta la evasión del mundo. Lo único que esperan de ti es que no te cagues encima y hasta eso podrían perdonarte. Luego, la parte griega es formidable. Incompleta, claro, como todo, porque todo tiene un aire de "tengo que contaros algo, estoy tan desesperado, lo estoy pasando tan mal que me da igual lo que penséis, yo necesito contároslo y así contármelo a mí mismo. Estoy perdido. Digo que ya no estoy perdido porque sigo perdido pero no quiero alardear". Es un libro muy mío, si se piensa, o, más bien, un libro muy para mí.


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Los posters de la habitación no están bien alineados. No hay el exquisito ejercicio de simetría que uno podría esperar de una Chica Diploma. A Kurt Cobain hubo que ponerle más abajo porque no cabía en línea recta. El de Bowie sospecho que está algo torcido pero quizá es mi impresión con mi propia cabeza torcida en la cama. Al de los Beatles no hay nada que reprocharle. El Niño Bonito pregunta: "¿Quién es el que salta aburrido?" Y, por supuesto, el que salta aburrido, como si quisiera estar en cualquier otro lugar ya a sus 20 años recién cumplidos, antes incluso del éxito desmedido, los gritos y el samsara, es George Harrison.


Lo que más le interesa a mi hijo mayor de los Beatles es la muerte de John Lennon. Me la recuerda varias veces, no vaya a haber resucitado. Tiene un pánico atroz a viajar a Estados Unidos y que se líe un tiroteo en cualquier esquina. A mí me pasó lo mismo hasta que crucé Wyoming y la cosa fue razonablemente bien. Estamos los cuatro en la cama: la Chica Diploma, el Niño Bonito, el Rey Sol y yo. Ella dice estar demasiado cansada y busca explicaciones porque necesita que a cada consecuencia le siga una sola causa. Yo creo que estamos agotados, sin más, y la perspectiva de estarlo aún más en los próximos años me paraliza. Yo querría meter la cabeza bajo el edredón y perderme. Abrir los ojos para encontrarme a Bowie, a Kurt y a los Fab Four y volver a cerrarlos. Sentirme en casa. Soñar otra noche más que estoy solo y sentir un cierto alivio en ello. Como le digo a mi mujer tras despertarme, "no sé cómo no se me ocurrió que así podría leer un rato".


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Ganó el Atleti la liga pero el Niño Bonito no celebró como se esperaba de él. Lleva dos semanas poniéndose la equipación completa para ver los partidos y pasando por ellos como un forastero. Ni una mueca de inquietud ante los goles de Budimir o Plano, ni una celebración exaltada ante los de Luis Suárez. Todo en él es a matter of fact. A mí me hacía ilusión que ganara el Atleti por ver al niño feliz y me encuentro con un niño al que básicamente le da igual todo. Puede que le hubiera molestado la derrota, pero tampoco tiene pinta. A su madre le parece una buena noticia y en términos generales lo es: reservemos las pasiones para lo que realmente es preciso. Lo que pasa es que yo ya me había hecho ilusiones y, ya se sabe, las ilusiones son un poco traicioneras.


Al día siguiente, desciende el Estudiantes y el que se queda como estaba soy yo. Bloqueado, quizá. No sé. Creo que hay un Estudiantes en mi vida hasta "Ganar es de horteras" y otro después. Como si yo, a lo Carrère, a lo LC,  ya me hubiera quitado el peso de encima, ya hubiera contado todo lo que había que contar y ya pudiera rendirme. Aquel descenso y este descenso, ¿cuál es la diferencia? Nueve años más de sufrimiento, nueve años más de nóminas para un montón de amigos. Yo entiendo a los que dicen que es una excelente oportunidad para reformarse pero yo no creo demasiado en las segundas oportunidades. No con un club en quiebra y unos vicios enquistados.


Yo podría escribir hoy que algo de mi infancia, de mi adolescencia, de mi juventud, se ha venido abajo con estrépito... ¿pero acaso no es exactamente eso lo que escribí en 2012? ¿Para qué repetirme? Yo ya me despedí de esa juventud, de esa adolescencia, de esa infancia y cerré la puerta. Era necesario. Al año siguiente, murió mi padre. El otro día le expliqué a una amiga el momento en el que mi madre visitó a mi padre en el hospital cuando aún estaba consciente y todos ahí sabíamos que era la última vez que se iban a ver y me eché a llorar. Ahí me di cuenta de todo el peso, me di cuenta del duelo atrasado pero no solo de eso. A los dos años, nació mi hijo. La vida estaba condenada a ser otra y no hacía falta una pandemia para ser consciente de ello. Lo que no quiere decir que la pandemia se ahorrara la visita. Habría sido mucho pedir.

sábado, febrero 20, 2021

La isla de las tentaciones. Forever Young (I wanna be)


Tal y como yo lo veo, el encanto de "La isla de las tentaciones" es enfrentarnos a la juventud que soñamos y nunca tuvimos. No así, desde luego, no en una isla paradisíaca, rodeado de lo que parecen buenos amigos, solos contra el mundo y con algunas de las personas más guapas del país intentando hacer lo posible porque nos enamoremos de ellas. En "La isla de las tentaciones" todo el mundo es despampanante y eso es lo primero que le distancia del producto original, "Confianza ciega", donde, a ver, los chicos eran televisivos, por supuesto, pero no modelos -salvo quizá Nube, tía, los hemos perdido- y lo que se vendía cruelmente era la normalidad. Gente normal que sabe que está viviendo una excepción tan ficticia que es capaz de destrozar su vida por alargar un poco más el sueño.


En "La isla de las tentaciones" esto no es así. Tú intuyes que esas personas son reales pero no lo sabes del todo. En rigor podrían ser actores o, peor aún, tronistas. Si veíamos sádicamente a Francine Gálvez para regodearnos en el dolor ajeno, ahora vemos a Sandra Barneda para disfrutar de un espectáculo sensacional. La belleza. "La juventud", que diría Sorrentino, porque Sorrentino sería un excelente director de programa, Sorrentino se pasaría horas y horas viendo el producto e intentando buscar el punto nostálgico, estético, que ahora mismo le falta porque no lo necesita. Son todos jóvenes y guapos y disfrutan de sus cuerpos y del poder que les dieron los dioses y nosotros los vemos y no somos capaces siquiera de odiarlos ni amarlos como se odia o se ama al protagonista de una teleserie turca porque están aún más lejos.

Nosotros, insisto, proyectamos nuestra juventud frustrada de chicos feos, del montón, que quizá estuvieron alguna vez de Erasmus o algo parecido, no sé, que conocieron a la chica o el chico de sus sueños y ni siquiera les devolvió la mirada y abrazamos su ficción haciéndola nuestra, apurando también nuestro sueño -el de verdad, el de la alarma del móvil del día siguiente, de nuevo el tedio, el orden, la prisa, la mediocridad...- para poder sentirnos junto a la cámara parte de esa fiesta, de esa postadolescencia que no acaba nunca. Siempre jóvenes, siempre bellos, siempre juguetones. En "Confianza ciega", la inmoralidad dolía. En "La isla de las tentaciones" se suspende el juicio constantemente, una vida más allá del bien y del mal de cuerpos sinuosos, estatuas griegas. Hay algo allí de "San Junípero" también. Si esperamos al siguiente capítulo es porque sabemos que es lo más cerca que vamos a estar del paraíso en siete días.

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Yo abarqué mucho pero no apreté casi nada. No lo digo con orgullo porque en la vida hay que apretar con cuidado pero sin miedo. Así, conocí a demasiada gente pero muy poca se quedó. Por supuesto, me fascinaron los talentosos como me fascinan los guapos televisivos. Por supuesto, quise ser como ellos, uno más, parte del grupo, la pandilla, la tendencia, la generación... Yo no rehuí en ningún caso el compadreo pero nadie quiso hacer piña conmigo y así me quedé en un grupo de uno. A mí me habría venido genial un mínimo de habilidad social para llevarme bien con la gente. No solo caer bien, sino llevarse bien, insisto, un concepto que me parece prodigioso.

Como en aquellas películas en las que el muerto lo único que echa de menos es no poder haberse despedido, a mí a veces me entran ganas de volver a 2011 y decir adiós a toda esa gente maravillosa. A las jóvenes actrices, los guionistas incipientes, los músicos llamados a llenar pabellones... a todos los que compartían descafeinados conmigo en la Baja Malasaña. A todas a las que hacía partícipes de mis ataques de euforia o depresión, borracho, subiendo la Corredera hacia la calle Churruca. Yo querría al menos volver y decir adiós y pedir perdón por haber desaparecido porque yo no sabía que iba a desaparecer -nunca dije adiós, yo no dije adiós pensando no volver a verte- y mucho menos sabía que no iba a encontrar la manera de aparecer de nuevo. 

Porque, al fin y al cabo, yo, escapista había sido siempre, eso no extraña a nadie. Pero eran aquellos tiempos en los que el mundo te esperaba. Otros tiempos, sin duda. Empecé a hacer charlas en YouTube simplemente porque necesitaba escucharos. Durante muchos años mi actividad social, literaria, profesional... fue prácticamente una referencia constante a mí mismo. No voy a decir que hoy no lo siga siendo, pero al menos ahora hay otro. Hay otro que cuenta, otro al que escuchar, otro que se toma la molestia durante una hora de estar ahí conmigo, con el-que-no-está por excelencia. Claro que estoy cansado de poner voces de bebé y estar instalado en la virtualidad. Quién no lo estaría a los 43 años, es completamente impropio. Y sin embargo, no sé volver. No me acuerdo ni de cómo se intentaba.

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El jueves no fue un gran día. A ver, estamos en medio de una pandemia que dura un año, tampoco vamos a pedir euforias baratas. Cuando sonó esto, me puse a llorar sin saber muy bien por qué pero sin poder parar. En Spotify, he cambiado mi lista de reproducción de 1971 por la de 1995. Por lo que sea, después de la ducha, recordé la sonrisa juguetona de M. a la salida de una fiesta en la facultad de psicología. Sonrisas y juegos. Juventud. Lo dicho, tentaciones.

jueves, febrero 04, 2021

Future nostalgia


Pero es que la tierra temblaba bajo mis pies. Bajo nuestros pies, en algo parecido a una despedida en la Rambla de Catalunya, a la altura del hotel Le Meridien. Esa sensación mágica de plenitud, de "esto es ya lo que faltaba para sentirnos especiales". Veintiún años, creo. Veintiuno y ya metido en una canción de Radio Futura, en una de las mejores canciones de Radio Futura mientras T. y la Chica Langosta reían algo achispadas. En la nostalgia del futuro recordaremos otros momentos en los que la tierra tiembla, en la que el universo se mueve de izquierda a derecha y luego de derecha a izquierda otra vez. El problema será que ya no temblará de entusiasmo sino de miedo. Las noticias que nos darán serán malas y nos conmoverán como nos conmovía la alegría desbordada del alcohol y Els Quatre Gats.

Cotilleando el otro día en una de las páginas con las que colaboro, me recordaban que nadie cree ser más infeliz, que nadie encuentra menos sentido a su vida, que cuando navega por la década de los cuarenta. Todo ha sido ya y hay miedo a todo lo que será. Poco presente. Hoy, por ejemplo, mi cara en Ciclismo a Fondo, la revista que leía cuando viajaba a ver a mi padre a Santander; el colegio de mi adolescencia descrito por mí en Gigantes del Basket y un sobre acolchado con la  dirección de Gianni Bugno para enviarle un libro mío. El niño come al ritmo del segundo disco de Dua Lipa y el penúltimo de Radio Futura. ¿No era esto lo que siempre habíamos querido? Piénsalo bien: ¿no era exactamente esto y no ninguna otra cosa? ¿Puede que esta infelicidad, este guisante, no sea en el fondo nada más que un exceso? Un "he llegado, vale, y ahora, ¿qué?" El mal de Drácula. Algo entre la ludopatía y, directamente, el vampirismo.

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Dua Lipa tiene un verso en una de sus canciones -puede que sea "Good in bed" y puede que no- que dice "Everyone before you was a waste of time". No, hombre no. Eso no. Eso es cebarse. Yo, que sé que he sido la pérdida de tiempo de demasiada gente, prefiero la mentalidad del "Antes", de Jorge Drexler. Me manejo mal en el romanticismo exclusivista. Lo de ahora, claro, pero también lo de antes, como un complemento. Con excepciones, por supuesto. El martes llamé a mi ex novia pero no me cogió el teléfono. Quería saber qué tal estaba porque había pasado junto a su antiguo trabajo. Me parece bien llamar a las ex novias porque para mí no fueron ninguna pérdida de tiempo, desde luego. También me parece bien que no lo cojan porque eso quiere decir que tienen cosas mejores que hacer. A la Chica Diploma también la llamó su ex y tampoco se lo cogió, pero no había nada de maldad ni de rencor en ello. En el fondo, una llamada perdida siempre ha sido más emotivo que una conversación quizá tediosa. "Llama y cuelga" como sinónimo de "me acuerdo de ti". Cuando no podíamos pagarnos ni el establecimiento de llamada.

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Como al Rey Sol le gusta la música y como a mí me gusta sentirme joven, pasamos las mañanas viendo Hit TV,  que es una manera de agarrarse a la realidad algo desesperada. Dua Lipa sale todo el rato, como también sale Camila Cabello. Hay una canción que me encanta que no sé si se llama "Say so" y que es muy divertida. En realidad, no hay mucha diferencia respecto a cuando me ponía Quiero TV en 2001 de música de fondo mientras escribía relatos nostálgicos. Es básicamente la misma música y sigue el mismo concepto industrial: no hay grupos, hay solistas. Chicas y chicos guapísimos, espectaculares, como rara vez los había antes. Mucho auto-tune también, pero a quién le importa.

Sumergirse en los vídeos de Hit TV es fascinante y me encanta explicar esas historias de muchachas con picores y chicos lánguidos al Niño Bonito. "Están un poco locatis" dice, y a continuación Harry Stiles canta rodeado de modelos lo de "Watermelon". La inocencia. La carne para un niño de seis años -no digamos para uno de trece meses- es eso: carne, sin más, sin implicaciones ocultas. De algún modo, es la manera que he elegido este año de salirme de mi zona de confort y no veo qué tiene de malo. Miami y Los Ángeles, Los Ángeles y Miami. Menos Dua Lipa, de nuevo. Dua Lipa es una cosa seria y hasta cierto punto inclasificable. Aunque solo sea porque "Physical" tiene demasiado de Justice vs Simian como para que me sea ajena. Aparte, ese aire de "me da absolutamente igual todo esto", cosa que probablemente sea cierto y habla muy bien de ella.

martes, enero 26, 2021

La vereda



Lo malo de la vereda es la soledad, pero con eso ya contábamos. Para ir acompañado, mucho mejor el camino, dónde va a parar. Lo bueno, por el contrario, es dejar de sentirte el tipo de la barra del bar de Billy Joel, el que dice "Billy, I believe this is killing me" as a smile runs away from your face. Dejar de canturrear a lo Gerry Rafferty aquello de "One more year and then you´ll be happy, just one more year and then you´ll be happy". Ver la tristeza de las canciones como algo ajeno, algo de gente que no dio el salto, que no cogió atajos. Es un alivio, en serio. Lo de antes era espantoso: todo ese continuo recordarte que ni siquiera lo estabas intentando, tú que no te rendías nunca.


Otra cosa es la tristeza interior, claro, esa sigue. La Chica Diploma no lo entiende. Nadie lo entiende, por otro lado. El guisante en el colchón. O el garbanzo, ya no recuerdo. Un día hablaba con mi madre sobre qué demonios quería decir exactamente esa historia y no nos poníamos de acuerdo. Puede que la princesa fuera una caprichosa sin más, puede que no estuviera en sus manos evitarlo. En la personalidad sentimental, no queda sino elegir entre imperfecciones y ser consciente de ello. Es una putada, pero qué le vamos a hacer. Así, la vereda. No, la vereda no era la solución a todo pero puede que sea mejor que el camino. La elección es esa. Yo me veo bastante guapo pero no sé si eso basta a esta edad. No sé lo que corresponde a cada momento, solo lo intuyo en la distancia.


En fin, un año para recordar. Un año con pinta de hiato. No saben las cosas que me quedan por hacer, ni se las imaginan. Y por otro lado, ser consciente de que he hecho ya todo lo que tenía pensado: ¿Qué querías, Guille? ¿Escribir libros, publicarlos, casarte con una chica preciosa, tener los hijos más bonitos del mundo, ganarte la vida con la admiración ajena, sentirte satisfecho por tu trabajo, sonreír en televisión cinco minutos a la semana, estrechar las manos de los hombres que admiraste, bajar la cabeza intimidado cuando María Rey levanta la mano para saludarte? Uno se anima al exhibicionismo y de repente hay 13.000 personas mirando. 


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A mí me pasa con la Chica Langosta lo que a Paul McCartney con John Lennon. Necesito convencerme de que fui su amigo. No cualquier amigo, sino un amigo especial, distinto, alguien que de alguna manera merecería ser recordado. Necesito vencer el fatalismo y la versión oficial. Paul lo tiene fácil, le basta con encargar otro montaje a Peter Jackson y ya está. Yo lo tengo más complicado porque necesito magdalenas por todos lados y no siempre hay en stock. Lo que pasa es que a veces Xoan Tallón y un tal Didier que escribe en Dauphiné Libéré y de repente ahí está ella en Barcelona, a solas conmigo, unos pasos detrás de los demás, eufórica, hablando del sexo descubierto, del sexo en su esplendor, un sexo salvaje, disfrutado y no culpable.


Yo tenía que ser alguien, entonces. Yo necesitaría llamar a algún director de éxito y pedirle una nueva versión de todo aquello: de los abrazos en los aeropuertos, de las noches escuchando a George Michael en "La Fira", de los atardeceres en Príncipe de Vergara soñando con estanterías que fueran del techo al suelo. Entonces, quizá, me convencería de que sí, de que yo me merezco el recuerdo de la Chica Langosta. Que aquello no fue una amistad más de instituto, algo fugaz y casi forzado, acotado en su tiempo. La transcendencia. La puta transcendencia. A veces, me imagino el día siguiente a mi muerte, ese "¿qué dirán los demás de mí, habrá alguien que me recuerde?" y casi siempre pienso que no, que todo seguirá como si nada, sin adjetivos. Quizá la tripa revuelta de un niño de seis años, el tiempo que dure el olvido en arrasar con todo.


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Antes de creerme Paul McCartney, me creí Hristo Stoichkov. Era 1994 y me reconcilié con una amiga solo para que ella pudiera ser Johan Cruyff. Siempre he llevado la estética demasiado lejos. Luego llega el garbanzo, claro, o el guisante, y uno no sabe qué hacer con él. Todo, hasta ese momento, ha sido siempre taaaaan banal. O no. Simplemente lidiamos con ello de la manera que mejor sabíamos: recreándolo.

miércoles, septiembre 09, 2020

Los juegos del hambre


Pensé en dejar la Escuela Oficial de Idiomas porque yo no soy un héroe. Ni siquiera estoy seguro de hasta qué punto soy un profesor, pero eso lo dejamos para otro día. No soy un héroe y no quería que me exigieran como tal pero no hubo suerte. Tampoco alternativas, no nos engañemos. Igual hay alguien en algún lado diciendo: "Deberíamos impedir que hubiera 1.000 ingresos diarios en hospitales, deberíamos evitar que septiembre se lleve por delante a 2.000 personas" pero tampoco tiene alternativas y también le sale caro.

Trabajo en un centro donde cuando te toman la temperatura siempre da 35,5. Trabajo en un centro donde todo el mundo está desbordado, no hay alfombrillas para zapatos, no hay protocolo de seguridad como tal o no se facilita a los recién llegados, no hay cuarentenas de contacto con el papel, no hay dos turnos de limpieza así que somos los profesores los que limpiamos entre grupo y grupo, no hay posibilidad ni siquiera de reunirse online porque las reuniones (claustros, departamentos, niveles...) son obligatoriamente presenciales, como todo. Esto, en un distrito por encima de los 500 casos por 100.000 habitantes cada 14 días. En una ciudad donde cada día mueren 20-25 personas y 300 ingresan en los hospitales.

Da igual. No voy a caer en la complacencia de culpar exclusivamente a la administración de todo esto. Acabaremos cayendo por puro sudapollismo. Acabaremos cayendo porque necesitamos los huevos. Agachamos la cabeza, seguimos adelante y asumimos que quizá el siguiente seamos nosotros y quizá nuestras familias pero que no dejamos de tener un buen sueldo y algo es algo. Los juegos del hambre. Confiar en que suene el disparo en el cielo y anuncie que en realidad le ha tocado a otro. Y quizá luego a otro. Esquivar las balas, eso es todo. Sobreponerse. No pensar. "Si me pongo a pensarlo, me deprimo", dijo el otro día un alto cargo del centro donde trabajo. Yo no quería ser un héroe pero no me quedó más remedio. No culpo a nadie. Como le dijo George Harrison a John Lennon en aquella gira de 1974: "Me metí en esto solo y solo voy a acabarlo".

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Quedan los niños. A ratos, ojo, que también tienen lo suyo, pero, sí, quedan los niños. Abrazarlos y besarlos y pensar "están ahí, nos queremos, no esperan nada de mí que no les pueda dar". A veces, el Niño Bonito me coge él a mí y me empieza a rascar la cabeza porque sabe que me gusta, como si me estuviera diciendo "no te preocupes, yo te protejo". Como si supiera que necesito protección, él, a sus seis años. No le corresponde, pero me dejo. Luego le llevo a la psicóloga. Soy un desastre de padre. Él es una bendición de hijo.

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A veces, pienso en por qué no me quedé más tiempo en casa de mi abuela. Tenía 30 años. Podría haber negociado algo, supongo. Aquello era mi vida, toda mi vida repartida por los rincones de una casa de la que nunca quise salir. Los alquileres aún no habían explotado, la crisis sonaba muy a lo lejos, como una cosa que les pasa a otros. Tenía trabajo pero quería dejarlo, la historia de mi vida. De algún modo, sentí que me echaban cuando en realidad me echaba a mí mismo. Ocho años después, me pasó lo mismo pero ahí sí que me echaron  con todas las letras. No quiero que me pase lo mismo, supongo. Quizá sea astucia y quizá sea simplemente miedo.