martes, marzo 24, 2020

A fragile piece of porcelain


El vecino de abajo juega al ajedrez por teléfono. En una casa en silencio, retumban sus movimientos verbales. Alfil a G7 y cosas así. Tiene una voz potente y sus partidas duran horas, único sonido en todo el edificio por las mañanas. Por la tarde, el teléfono suena de nuevo (hay otro teléfono, un móvil que vibra, que de vez en cuando nos avisa de algo pero no sabemos desde dónde) y él vuelve a una partida que más parece un monólogo. Durante días, pensé que era una extraña locución de un documental de animales.

A las 19.58, el patio interior irrumpe en aplausos. Es así en todas las ciudades y al parecer la explicación está en la electricidad: los relojes vinculados a una red eléctrica (el del microondas, por ejemplo, el de la nevera, supongo que el de la televisión...) viven dos minutos por detrás del tiempo de los móviles y los relojes de pulsera. Así, dos o tres vecinos ansiosos empiezan el estruendo con sus vivas y los demás, perplejos, somos demasiado tímidos para andarles explicando física en estos momentos tan complicados. Todo un país con decalaje, todo un país tomado por sorpresa. Obviamente, en consecuencia, a las 20.03 se acaba la tregua.

¿Y qué pasa después? Después salgo a la compra y a tirar la basura en medio de un domingo noche. El Dia está cerrado pero los contenedores abiertos. Demasiado abiertos, diría, casi desvalijados. En la calle, los aplausos duran más que en los patios interiores porque tienen más incentivos (o más móviles). Un grupo de chicas adolescentes se reúnen en el portal de su casa y continúan con el jolgorio de forma obviamente artificial. En los balcones, empieza a sonar el himno de España entre vítores. El mundo de dentro y el mundo de fuera y sus abismos. A la hora, suenan cacerolas. Luego, de nuevo, silencio. Torre a A5. Poco más.

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El comentario decía algo así como "perdona, pero creo que tienes la piel muy fina". Exacto, ese es el asunto: que Guille tiene la piel muy fina, que los que conocen a Guille, los que han tratado con el Guille de carne y hueso o con el Guile virtual saben que no se le pueden decir determinadas cosas o no de determinada manera porque a Guille le hace daño. Guille sufre. Y cuando Guille, obstinado y solitario tauro, sufre, se bloquea y no sabe cómo reaccionar y entonces ya prepárate para cualquier cosa. "A fragile piece of porcelain", que diría John Paul III, pero sin heroína para mitigar el dolor.

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Gonzalo llama y es de lo más cariñoso, como siempre. A veces, es el paciente y a veces es el psiquiatra. Y viceversa. Dice: "No puedes decirle a tus hijos en 2030 que, mientras pasaba todo esto, te tirabas el día en redes sociales" pero no es tan fácil. No me concentro para leer, eso está claro, y en Twitter hay gente. Todo tipo de gente. Por ejemplo, están las charlas sobre Veruca Salt y los hilos de Carbajo sobre los Beatles. Conversamos sobre qué día, qué año, qué batería... soltamos pedanterías como "espera que te lo miro en Lewisohn" o "espera que te lo compruebo en Norman" y repasamos cada detalle de la pelea con Bob Wooler solo por el placer de recordar.

Eso no quiere decir que no trabaje -trabajo mucho, de hecho, quizá demasiado- ni que no haga otra cosa. Por ejemplo, veo la tele: ayer, Arantxa Sánchez Vicario le ganaba a Mary Pierce y Andrés Gimeno se ponía muy contento. El otro día, el Atlético de Madrid le ganó una liga de balonmano al Barcelona de Papitu. Juan de Dios Román comentaba muy sereno; Cecilio Alonso, algo más agitado.

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Papitu, por cierto. Papitu en un restaurante de Santander, puede que 1991. Papitu y otros jugadores del Teka cenando en el salón del "Valbanera" mientras Mercedes, mi padre y yo comíamos en otra mesa. Yo quería hablar con ellos y a mi padre le daba vergüenza. Mi padre detestaba molestar. Cuando por fin nos decidimos, creo que vino Mercedes conmigo. Yo tenía trece años, puede que catorce, y sé que Papitu hizo un chiste sobre el cocodrilo de Lacoste que llevaba en mi polo. Un polo falso, en realidad, comprado a los primeros manteros.

Me firmaron una servilleta, que creo que aún guardo en una billetera, aunque probablemente esté borrada la tinta, borrados los nombres, borrados los números con los que los deportistas suelen acompañar sus autógrafos, como si eso nos ayudara en algo a reconocerles. Luego nos volvimos a la mesa y supongo que me acabaría mi escalope de ternera. Mi recuerdo del Valbanera es ese: un montón de escalopes con mi padre cuando no había comida en casa y no le apetecía cocinar. Un camarero fanático del Teka que nos hablaba de jugadores rusos. Una calle en cuesta -como todo Santander- con un cartelito en la acera izquierda y, dentro, muchos escudos del Racing.

martes, marzo 17, 2020

Mientras el universo ronca


Trabajo desde el sofá con el portátil. Es la época de la ausencia absoluta de la privacidad y no sé si por solidaridad o porque ha huido del barrio, el vecino del clarinete ha dejado de tocar día y noche. La ventana del salón da a un patio interior de vecinos. Un inmenso patio interior que junta toda una manzana de pisos. El otro día coloqué ahí un taburete por si quería sentarme a teclear mientras anochecía. No me gustó la experiencia. El polvo que llega de la M-30 arrasa con todo: con mi ropa, con mi pantalla, supongo que con mis pulmones. Eso, incluso en tiempos de cuarentena.

A media tarde, la vecina -habitualmente silenciosa, puede que ya también desesperada o tal vez desinhibida, sin más- pone un disco de grandes éxitos de Los Secretos. De la segunda etapa de Los Secretos, es decir, nada de "Déjame" o "Sobre un vidrio mojado" sino más bien "Ojos de gata", "Quiero beber hasta perder el control", "Y no amanece"... Es molesto pero a la vez es agradable, al menos hasta que la vecina se viene arriba y se pone a cantar y entonces me pregunto qué pensará ella cuando yo me vengo arriba y me pongo a cantar los Beatles o me invento alguna canción para el Niño Bonito o el Rey Sol.

Solo que el Niño Bonito y el Rey Sol ya no están. Tampoco la Chica Diploma. Pasan estos días en casa de sus padres, lo cual es triste pero a la vez es esperanzador, porque quién sabe qué será de esas familias que tienen que estar encerradas quince días con niños de por medio (con bebés de por medio, incluso). Yo ya no canto o canto muy poco. El domingo ni siquiera me quité el pijama y me dejé llevar. Necesito comprar aceite. Por la noche, duermo en mi cama por primera vez en tres meses y sueño con Isa. Sueño con que Isa se rinde, con que salimos de mi casa de Ramos Carrión -yo creo que Isa nunca estuvo en mi casa de Ramos Carrión, pero puede que sí- y me dice que está bien, sin síntomas, pero que lo va a dejar, que no merece la pena, y nos abrazamos porque nos echamos de menos y en el sueño me lo creo e incluso me despierto con ganas de contárselo a todo el mundo: esto es lo que va a pasar. Pero no, no va a pasar, claro, qué tontería.

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A las ocho, obedientemente, salgo a la terraza, solo que a veces hace frío y me meto enseguida en el salón. Otra opción sería abrir la ventana sin más y aplaudir desde ahí, pero me parece poco épico. Toda esta mitología de los balcones está afectando a mi yo estético y ahí me planto a aplaudir en medio de un jolgorio de "vivas" y de niños disfrutando por fin de algo que rompe la monotonía y a veces tengo la sensación de que nos estamos aplaudiendo a nosotros mismos, no ya a la comunidad, sino cada uno a cada uno, una especie de "bien hecho, Guille" que nadie te dirá ya porque ya no hablas con nadie. Bien hecho, ¿el qué? Ese sería otro tema.

Creo que de mi lado del patio se aplaude menos pero probablemente sea una cuestión de acústica. El primer día salí con el móvil para grabarlo todo porque pensé que sería algo especial, un momento único. Al instante estaban las redes sociales repletas del mismo vídeo en distintas versiones. No, no somos especiales. Aplaudimos lo que no vemos y eso es un bonito acto de fe, aplaudimos quizá para espantar, eso también es posible. Nuestra manera de decir "tú o yo, enano, pero yo soy más fuerte". El enano aquí es el virus, por supuesto. A los cinco minutos, a veces más, paran los gritos y las ovaciones. Para entonces, yo ya llevo dos actualizando Google Classroom.

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También tiene que haber tiempo para el ocio. Si consigo concentrarme -no sucede muy a menudo- cojo el libro de Cristina Morales y avanzo unas diez páginas, quince a lo sumo. No es ella, soy yo. El libro, de hecho, me parece de lo más entretenido pero te obliga a pensar y yo no quiero pensar ("You´re taking the fun out of everything, you´re making me think when I don´t wanna think"). Si no consigo concentrarme, me voy a Filmin y me dejo llevar porque Filmin acuna mucho más que HBO o Netflix. Filmin te mima y te susurra "todo va a ir bien" como tú haces con Isa en tus sueños.

Pongo "Retrato de una mujer en llamas" y poco a poco me va llegando la belleza. Muy poco a poco, como si no quisiera molestar. La belleza de ese encierro de tres chicas en un gran palacio. La belleza de las miradas cómplices, de los celos, de la contención. En realidad, la película es un tratado de contención que, como casi siempre, se desborda para luego volver. Ni una sola estridencia. Una naturalidad de pelo en sobaco. El sexo, sí, pero sin exhibiciones. La tristeza. Un tratado de contención y tristeza y una demostración de tres actrices en dulce. A mí, a los 42 años, me cuesta mucho que una película me vuelva a hacer sentir adolescente. Esta lo consiguió. Su amor perdido era de alguna manera cualquiera de los míos.

martes, febrero 25, 2020

Como un dolor de muelas



Nos juntamos los cuatro en la consulta del pediatra. De dos en dos. El Niño Bonito espera paciente a que le confirmen que tiene que vacunarse contra la varicela y el Rey Sol llora preventivamente, un continuo "por si acaso". Después, nos vamos a desayunar al VIPS, como toda familia madrileña de clase media. El mayor está feliz, como siempre. El pequeño duerme... y cuando no duerme, su padre le coge y le tranquiliza.

Todo gira en torno a esta imagen. Y cuando digo todo, es todo; nada más que contar, nada nuevo. Tal vez las noches llenas de pesadillas en las que resulta que trabajo de profesor y tengo que volver al centro y ni siquiera sé explicar qué hago ahí, por qué he faltado tanto tiempo y pruebo a esconderme dentro del propio sueño, a hacerme invisible para que nadie me pida cuentas, para quedar menos expuesto, menos vulnerable, menos "piece of fragile porcelain", que diría Juan Pablo III. 

Cuando B. vino a mi boda, reconoció que nunca se habría imaginado que yo me fuera a casar. Que en sus larguísimas noches en Kenia o en Somalia o donde fuera imaginando al detalle el presente y el futuro de cada uno de nosotros, jamás cayó en que yo pudiera enamorarme y casarme con alguien. Siete años más tarde (seis y medio) no solo estoy casado sino que tengo dos hijos. Si B. se entera, me mata. Es raro, solo quiero decir eso. Y si alguien me pregunta "¿qué es raro?", yo tendría que decir "todo" y encogerme de hombros.

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Empieza justo después de tomar una onza de chocolate, un dolor profundo en la encía, de diente roto, astillado, clavado donde más duele. La cosa se queda así durante unas horas y luego empeora, mejora y empeora. El mundo en vilo por un virus y yo muerto de dolor por una muela. Cuando llamo a Adeslas, me dicen que mejor me vaya a Urgencias, que es más fácil eso que pedir hora en consulta. Es lo que debería hacer. Según Internet, siempre el mejor médico, estoy a un paso corto de un infarto o una endocarditis. Y, sin embargo, aquí estoy, desoxidándome, haciendo como si nada y prolongando las molestias, bañándolas en colutorio, llamando al New York Burger y celebrando íntimamente que se hayan olvidado las patatas fritas.

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Vi "Parásitos". Una película que me resulta imposible odiar, despreciar ni admirar. Dos horas de mi vida. Punto.

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Por supuesto, como todos, he tenido tiempo para investigar sobre el coronavirus hasta el punto de convertirme en algo parecido a un experto. Es complicado encontrar términos medios pero tal vez sea bueno buscarlos. Los brotes de coronavirus son peligrosos. Son muy peligrosos. Otra cosa es la concepción que tengamos del peligro, claro. No estamos ante un apocalipsis ni esto es "REC"  ni habrá una invasión de ultracuerpos a partir de un crucero amarrado en Japón. No parece un virus especialmente contagioso ni especialmente letal. Simplemente es nuevo y no es poca cosa. Cuando la gente lo compara con la gripe común obvia una cosa: la gripe la conocemos, estamos habituados a ella, sabemos combatirla... y aun así nos mata. Una cosa no sustituye a la otra. Si el coronavirus se confirma como pandemia, si el número de casos crece sin control, simplemente los sistemas sanitarios de buena parte del mundo estarán en un buen lío y nadie quiere eso.

Si a los miles de afectados por la gripe o por la neumonía en cada país, le añadimos otros tantos ingresados con otra enfermedad contagiosa, el reto será mayúsculo. No un reto por sobrevivir, no un reto por mantener nuestra sociedad tal y como la conocemos, simplemente un reto de adaptación a las nuevas circunstancias. Las dos cosas han de tenerse en cuenta: no vamos a morir todos, pero tampoco es un catarro de invierno. Las precauciones son lógicas y necesarias, sin que eso requiera un tratamiento mediático de carrusel deportivo. Minuto y resultado. Aún es demasiado pronto para determinar tendencias, las muestras son pequeñas y probablemente erráticas: ¿cuántos casos de gripe o neumonía fueron en realidad coronavirus y a los pacientes se les dio de alta sin más al recuperarse?, ¿cuántos en un país de 1500 millones de habitantes, muchos de ellos en zonas rurales con escaso control sanitario?

Eso es lo bueno y lo malo: probablemente -y esto no es caer en una conspiranoia-, el número de afectados sea mucho mayor del que se sabe. Por otro lado, si es así, simplemente es porque el resto ha pasado desapercibido. 

miércoles, febrero 19, 2020

The New Pope


El Niño Bonito pide agua. Son las doce y media de la noche, casi la una, y acabo de cenar corriendo un bocadillo de chorizo. Desde las nueve, he tenido un niño de dos meses colgando de un fular pegado al pecho. Los dos tumbados en la cama, el chupete siempre en la boca por si acaso, algún despertar fugaz apagado por el correspondiente meneo. La respiración agitada, que es la manera que tienen los bebés de demostrar que su sueño es profundo, los ojos moviéndose detrás de los párpados. ¿Sueña el Rey Sol con ovejas eléctricas? ¿Sueña con la calle oscura y los neones de las tiendas interrumpiendo la monotonía negra? ¿Con el fraseo incomprensible de las señoras de abrigo de piel que se acercan a decirle monerías?

Su padre, mientras, mira el móvil. A veces, comprueba que el Atlético de Madrid sigue ganando -le va mucho en ello, le va la alegría de su otro hijo- y a veces se pone un capítulo de "The new Pope", la serie que le tiene fascinado. Es la suya una fascinación estética que no tiene por qué compartirse. Una fascinación de frases precisas, planos perfectos, chicas bailando al compás de música electrónica, un abuso quizá de la cámara lenta. Una fascinación por las referencias y el subtexto. Alguien en Twitter lo comparaba con Lynch y puedo estar de acuerdo en parte, pero yo a Lynch nunca lo he entendido, nunca he sentido que se dirigiera a a mí. Sorrentino, sí.

Sorrentino, a punto de cumplir los 50, que decide no hacer una continuación al uso de la anterior temporada sino que crea casi una serie nueva con nuevos protagonistas y la llena de personajes improbables y de subtramas que darían de por sí para nuevas películas -así, Ester; así, Voiello; así, Adam; así, el médico de Venecia y su vida de palacio-. El complejo universo Sorrentino. De Andreotti y la Democracia Cristiana a la curia vaticana pasando por Jep Gambardella y Silvio Berlusconi. ¿Cómo se hace eso, Paolo, me explicas? ¿Cómo se convierte cada sueño en una imagen y esa imagen a la vez en la reproducción de una obra de arte del Renacimiento? ¿Cómo se reconstruye Italia en cada secuencia?

El padre pregunta y nadie responde, claro, solo faltaba. Se levanta y deja al bebé en el carrito. La Chica Diploma duerme a su lado. Espera el bocadillo, el agua del Niño Bonito y una noche corta. Como todas.

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Entre las anécdotas que Paul McCartney repite en cada entrevista está la charla con Elvis Presley, el día que fueron a visitarle a su mansión en Los Ángeles. Sobre el encuentro en sí, la verdad es que he leído muchas versiones: que Paul cogió el bajo y se pusieron a tocar, que Elvis estaba viendo la tele y no les hizo apenas caso, que estuvieron tanteándose un rato y al final, ya aburrido, Elvis sacó una especie de casino portátil y se pusieron todos a jugar para especial deleite de Brian Epstein, ludópata de primera...

Otra cosa que le gusta contar a McCartney es que en la versión que hacía Elvis de "Yesterday" cambiaba la frase "I said something wrong" por "I must have said something wrong", lo que a Paul le hace mucha gracia porque le parece un pelín arrogante. Es curioso porque en Spotify se puede encontrar la grabación del concierto de 1969 en Las Vegas y no cambia la letra en absoluto. En otras versiones de años posteriores, sí hay alguna modificación algo fanfarrona pero no respecto a esos versos: en vez de "I´m not half the man I used to be", Elvis canta "I´m not half the stud I used to be" entre risas cómplices. Probablemente estuviera drogado. Para encontrar la modificación de McCartney hay que irse a la grabación de un ensayo y la verdad es que suena casi más bonito así.

Creo que en el fondo lo que le hace gracia a Paul es que Elvis estuviera cantando SUS canciones. No las de John, no las de George, sino las suyas. El medley "Yesterday / Hey Jude" que también puede encontrarse por Internet, por ejemplo. Gracia y un cierto orgullo, por supuesto. Si en algo coincidían los cuatro Beatles era en su admiración por "El Rey". Ringo, por ejemplo, cuando les introdujeron en el "Rock and Roll Hall of Fame", soltó un irónico "vaya, siempre nos habían dicho que éramos un grupo de pop". No lo eran. No lo fueron hasta Epstein y no lo fueron después.

Excepto, quizá, Paul McCartney.

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Después del vaso de agua queda el móvil. Es un error pero es mi error y tampoco voy a andar pidiendo disculpas por todo. Ya casi la una y Genko (Miguel) y yo seguimos hablando del viaje Fin de Curso a Atenas. Sé quién es pero también sé que apenas tuvimos trato. Ninguno de los dos acierta a entender por qué. Yo soy consciente de que fui un adolescente gilipollas, pero no recuerdo que los demás fueran otra cosa, salvo quizá Dani Pacios. Teníamos muchos amigos en común pero no consigo recordar ni una conversación. Tal vez sobre fútbol. Tal vez sobre el Estudiantes. ¿Jugaba Genko con nosotros al baloncesto? En ese caso, quizá fuera tan malo como yo y por eso no me acuerdo, aunque los compañeros de estigma tienden a reconocerse...

Más raro es lo de Atenas porque Atenas, por raro que parezca, acabó siendo más pequeña que el Ramiro de Maeztu, reducida a un par de plantas de hotel y cuatro o cinco habitaciones donde nos reuníamos y nos separábamos y nos escondíamos y nos besábamos furtivamente. Yo creo que recuerdo al grupo de Miguel, creo que es el grupo que se sentaba al fondo del autobús y conseguía que todos nos partiéramos de risa. Lo tengo como un grupo carismático o como mínimo admirable. Un grupo con el que pasé mucho tiempo porque mucho tiempo pasé con Dani y con Javi y con Silvia y con Miriam y creo que ahí las fronteras empiezan a borrarse.

Atenas, en cualquier caso. Genko recuerda el museo arqueológico. Yo recuerdo que fui con Bruno porque me gustaba una chica (¿Patricia?, ¿quizá Cristina?) y que acabó sangrándole la nariz y nos tuvimos que quedar fuera. También recuerdo que Silvia y yo intentamos volver más tarde pero nos perdimos y acabamos tomando pollo en el Barrio de Plaka. Nos perdíamos mucho y no estoy seguro de que lo hiciéramos a propósito. Una vez acabamos en una pista de baloncesto jugando con unos griegos con pinta de matones. Por supuesto, no nos atrevimos a ganar. La última noche acabó con un despliegue de fuegos artificiales y a mí me pareció una despedida fantástica. Luego me explicaron que celebraban la independencia.

Hice unas fotos maravillosas que revelamos en la Calle Stadiou. Al año, las había perdido. En una de ellas, mi riccordo, sí, io mi riccordo, hacíamos una foto de grupo en una isla del Egeo. Algunos de pie y otros sentados. Como parecíamos un equipo de fútbol, yo crucé las manos sobre el pecho como hacían los porteros en los ochenta. Nadie entendió el chiste. Nadie entendía nada, de hecho, y casi nadie lo intentaba.

lunes, febrero 17, 2020

Mi amor por los espejos


Quizá San Junípero no sea Fuerteventura y tal vez el acmé, el famoso acmé, no haya que cifrarlo en 2011 ni en 2005 sino en 2003, siempre que sea un acmé de los sentidos -una explosión, vaya- y no una madurez en sentido estricto. El poder y sus márgenes. El momento, ahí quería llegar yo, que uno elegiría repetir durante toda una eternidad en bucle. Vivir siempre entre el jueves en el que M. y yo entramos ansiosos buscando una habitación de una noche en el Tryp Gran Vía y acabar en el domingo en el que R. se despide en la Estación de Sants con un "Cuídate mucho, Guille" y la mirada que Wendy dedica a los niños perdidos.

Tal vez, sin contexto, sin la enorme amoralidad de esa alegría, es decir, separándola de lo que yo era y lo que me convertí, de lo sucio del antes y lo solitario del después, esa sea la sensación que quisiera repetir por siempre y no ya una visión paradisíaca de una isla en lontananza, no ya un concierto bajo la nieve. San Junípero en forma de Alvia de cinco horas con un CD "quemado", lleno de canciones de Franco Battiato y de Lucio Dalla y aquel "All the way to Reno" de R.E.M. en el que creía como si estuviera compuesto para mí, solo para mí.

La arrogancia post-adolescente. Si algún día le preguntara a Jude Law en lo alto de un autobús de dos pisos cuál es mi eufemismo, incluso él diría "arrogante". Un arrogante depresivo y todo lo que eso implica. Una montaña rusa. Viernes, sábado y domingo en el Meliá Barcelona. A moveable feast, a fucking moveable feast, C.C. recién salida del baño y la calle Aribao y un paseo por la playa de Sitges en pleno febrero bajo una iluminación de película de Woody Allen. La bolsa de McDonald´s en una habitación triple para uso individual y una versión merengue de "Ne me quitte pas" (daños colaterales del Kazaa) en la bañera. La soledad saciada. La plenitud, de nuevo. La incertidumbre. Lo dicho, San Junípero.

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El problema de la plenitud o más bien el problema de fijar la plenitud hace diecisiete años y por razones tan inmediatas, tan piscina, tan "lo que sea cuando sea", es que el resto de tu vida se convierte hasta cierto punto en decadencia o, si se quiere, en un lento desenamoramiento de uno mismo. De ahí, quizá, los hijos. De ahí, quizá, una especie de testigo que va pasando: lo que uno ya no va a vivir -y es duro saber que no vas a volver a vivir lo que tú mismo has catalogado como el momento más feliz de tu vida, es decir, que hasta cierto punto todo va a ser un pequeño simulacro mejor o peor llevado- que lo vivan ellos. Que investiguen en su propia exaltacion física, en su propio enamoramiento, en su propio investigar los límites. A veces pienso que abrazo a mis hijos como Nietzsche abrazaba caballos, con una nostalgia previa. Yo, pequeño gordo cuarentón que no ama lo que hace, que cuenta las semanas de baja hacia atrás porque teme a la realidad, que incluso prefiere esta especie de limbo retribuido, de fortaleza de pañales, antes que volver a enfrentarse con los hechos: una vida laboral incompleta, apenas elegida, sobrellevada con ansiolíticos y canciones de los Beatles a pleno pulmón por las escaleras.

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Sigo impresionado por la muerte de Gistau. O por la vida de Gistau, más bien. Por todo ese amor que ha salido de golpe y en todas las direcciones. Dan ganas de traerle de vuelta a la vida no solo por él sino por todos los que le amaron. La amistad. Gistau es para mí la imagen de la amistad y a veces me invade cierta tristeza, incluso cierta envidia: yo siempre quise tener esos amigos, ese grupo de amigos hombres, leales, que se entienden con gestos y perdonan todo. Partido y copa en el bar. Nunca he sido capaz. Creo que siempre he aspirado a la amistad masculina y siempre he fracasado sin que pueda culpar muy bien a nadie. Quizá, en el fondo, el Niño Bonito sea el último intento.

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Antes siquiera de llegar al hospital, la oficina de management de Sabina ya había anunciado la fecha de su siguiente concierto. Eso es, en resumen, todo lo que va mal del caso Sabina y ahí es dónde deberian apuntar las miradas en vez de tanto fijarse en el dedo.