viernes, octubre 11, 2019

Una semana en el motor de un autobús


La última vez que vi a D. -o más bien la última vez que él me vio a mí- rebosaba cocaína. Era 2011, una catarata de excesos. Estábamos con una chica preciosa, rumbo a un piano-bar y la situación se volvió un poco tensa porque la cocaína es lo que tiene. D. empezó a ponerse algo pesado, la chica algo incómoda y a mí me entró un ataque de pánico. El ambiente era horrible en aquel sitio: un montón de borrachos decadente conscientes de su decadencia y orgullosos de ella. De vez en cuando, algún grupo de postadolescentes a punto de echarles cacahuetes.

Las noches con D. eran así y de todos modos le queríamos. Era un tipo carismático, inagotable, de una energía sin fin. Una vez me llamó a las doce o la una de la madrugada para invitarme a una fiesta que iba a acabar en orgía. Yo estaba besándome con una actriz en algún lugar de Chueca y aun así fui porque nunca había estado en una fiesta-orgía y ni siquiera la culpabilidad -me sentía demasiado viejo a mis 33 años- conseguía frenar la euforia. Sospecho que a la actriz le sentó mal porque nuestra amistad se vino abajo en los meses posteriores. Ella acabó en otra cama. Yo me pasé dos horas esperando señales de D. que no llegaron nunca. Un tipo se paseaba con una copa en la mano y un disfraz de enfermero, puede que cirujano.

Ocho años después le mandé un mensaje para ver qué tal estaba. No contestó. Me pareció raro pero no quise averiguar más. Aquellas noches tenían que tener consecuencias y yo pensé que todo estaba bajo control pero probablemente no lo estuviera. Nos divertimos, eso seguro. Presumí mil veces de no esconder cadáveres en los armarios pero puede que no fuera del todo cierto. Ahora debería de dar igual pero hay cosas que nunca dejan de importarle a uno. Los mensajes sin respuesta, por ejemplo. Me hacen sentir como Peter Lorre en Casablanca, cuando Rick le dice aquello de "I´d despise you if I gave you any thought", que por otro lado es una frase buenísima.

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La colección de Lengua de Trapo sobre grandes discos de las últimas décadas es deliciosa. No sé si sigue en pie, supongo que no. Es una pena. Es ese tipo de colección que se sostiene incluso sin saber de qué están hablando. Creo que no he escuchado ninguno de los discos de los que trata: ni Los Planetas ni Enrique Morente ni Alaska. Cosas sueltas de Mecano y de Nacho Vegas. La crónica de "Una semana en el motor de un autobús", de Nando Cruz, es magnífica. Sabe contarlo todo sin caer en moralismos ni sensacionalismos baratos. La tensión entre la independencia y el mercado, entre la responsabilidad y el abismo, entre la creación como medio y como fin.

No siente especial fascinación por ninguno de sus personajes pero tampoco pretende bajar a nadie de ningún pedestal. En todo momento resulta creíble, incluso las partes que el propio autor reconoce no tener demasiado claras. Puede que el nicho sea muy estrecho y que quepamos pocos, pero creo que habría que reflotar un proyecto así, de lo más valiente y verdaderamente innovador que se ha hecho en la industria literaria española en mucho tiempo. Desconozco si es posible. De nuevo, supongo que no. Pero sería bonito, caramba.

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Luego hay otros malos rollos que son casi instintivos, como entrar en el colegio y de alguna manera sentirte observado o ninguneado y eso solo pueden ser prejuicios de tardoasaltante al Palacio de Invierno. El constante "yo no soy como vosotros" pero ahora vivido desde un cierto desamparo, desde un "y qué miedo me da" en demasiados sentidos. Peter Lorre, de nuevo, supongo, pero un Peter Lorre ya directamente paranoico, muy pasado, borracho y sentimental en la barra de un bar de Marruecos, esperando a que alguien vuelva de 2011 y le rescate. Un despropósito.

martes, octubre 08, 2019

Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer


Cuando vuelvo a casa me meto en la cama. No tanto porque en la cama esté a gusto sino porque en la cama estoy a salvo. Quien haya pasado por eso, sabrá de lo que le hablo. Son poco más de las nueve de la mañana y ha sido una noche complicada, de dolor de estómago, náuseas y niño agitado. Tengo sueño pero no solo es sueño, es otra cosa, no sé muy bien el qué. Al poco, ya en duermevela, empieza a sonar algo que puede ser una trompeta pero también un clarinete y que viene de una ventana del patio interior. Es un sonido que nos ha acompañado desde el primer día en esta casa pero que llevaba dos o tres años ausente.

Al principio, resulta hasta agradable, como vivir en una película de Garci, luego no tanto. Luego es más bien una molestia y una molestia que podría evitarse con solo cerrar la ventana mientras ensaya pero no. Siempre me ha parecido fascinante ese tipo de personalidad y más aún viniendo de un (aspirante a) músico. En cualquier caso, eso no es nada. Al rato, no sé, a las once quizá, empiezan los ruidos del televisor de abajo. Gritos que solo podrían venir de algún debate de Gran Hermano VIP pero que en realidad vienen del programa de Ferreras, que viene a ser lo mismo. Esta mañana, mientras dejábamos al niño en el colegio, Alsina empezó la entrevista con Albert Rivera con una pregunta que venía a decir: "¿No es contradictorio que todos ustedes se estén presentando como garantía del desbloqueo cuando son los responsables del bloqueo?"

Diez minutos después, Rivera seguía contestando.

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Me cuesta leer nada que no trate sobre los Beatles. Por eso, me temo, el libro de Foster Wallace se me hace un poco bola cuando no parece haber ninguna razón objetiva para ello. Tal y como me prometió el librero de Random House en la Feria del Libro es un libro ameno, rápido y entretenido, lejos de grandes pretensiones. Supongo que también influirán en esta digestión pesada mis prejuicios en torno al autor. Siempre me ha costado todo lo que ha escrito -incluyo el ensayo sobre Federer- y no me atrevo a ver en ello un defecto suyo porque el despliegue literario es enorme en cada página. Simplemente, se ve que no es lo que yo estoy buscando.

Por lo demás, las andanzas del escritor-reportero de treinta y pocos años a bordo de un crucero de lujo me recuerdan inevitablemente a mis propias andanzas en un hotel de costa en Sancti Petri. Los dos estuvimos una semana y comimos como animales y sentimos esas sonrisas obligadas y alucinamos ante el despliegue de animación, quizá en mi caso destinada a un público mucho más infantil que en el suyo. Sea como fuere, mientras me reconozco no puedo evitar sentirme ajeno. Yo no podría sacar ciento cincuenta páginas de Cádiz. Me pregunto si en algún momento habría podido y me respondo que sí pero es una respuesta con truco: serían ciento cincuenta páginas muy malas. Un vómito.

Esta mañana, de pasada, he leído la típica declaración de un escritor rollo "yo siempre voy a escribir, hasta que me muera". Tengamos cuidado con lo que prometemos porque llega un momento en el que incluso ese instinto primario acaba desapareciendo y solo encender el ordenador ya empieza a parecer una aventura.

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Al Niño Bonito le pueden las responsabilidades. Si no me pareciera terrible, me provocaría una enorme ternura. Se pone a llorar en la cama y se pone a llorar en el garaje. Por lo que él mismo dice, llora a menudo en clase por motivos un tanto absurdos: siente que no está a la altura y no sabe por qué él mismo se ha puesto el listón tan alto. Tiene cinco años y su mundo está a punto de explotar en mil pedazos y él lo sabe perfectamente. Tan bien como lo sé yo pero sin mis recursos para gestionar las crisis (risas).

Como único remedio, nos tumbamos los dos en la cama y nos contamos. "En el colegio a veces pasan cosas que no quiero que pasen" y no lo tolera. No lo permite. Es flagrantemente injusto que el mundo no se adapte sin más a su voluntad y le deje paso. El otro día me preguntaba si le iría a ver cuando jugara en el Barcelona de mayor, una pregunta sincera, como si necesitara tanto para impresionarme. "Yo te voy a ir a ver siempre, aunque juegues en el parque" y como la madre de Manolo Rodríguez, le llevaré un sandwich en papel albal si hace falta.

No estoy seguro de que lo entendiera.

jueves, octubre 03, 2019

Tres malentendidos sobre Errejón que complican la vida a la izquierda


Una de las razones por las que el partido de Errejón decidió dar el salto a la política nacional fue luchar contra el mantra que dice que la alta abstención perjudica a la izquierda. Su sentido era, pues, movilizar a ese posible electorado abstencionista harto de Sánchez e Iglesias, y así evitar que la derecha sumara 176 escaños por pura dejadez.

En un principio, la decisión fue muy bien acogida por determinados medios de comunicación progresistas y desde luego por el propio PSOE, que dio una cálida bienvenida a su nuevo adversario en la esperanza de que se comiera a Podemos y se convirtiera en socio prioritario para la próxima legislatura. Sin embargo, desde el punto de vista de esa izquierda concreta, creo que se están dando por hechas demasiadas cosas que no están tan claras. Centrémonos de momento en estas tres:

- "Era el momento de que Errejón se presentara, aportará aire fresco". No estoy de acuerdo ni desde el punto de vista personal ni desde el punto de vista del partido. En una sociedad hiperconsumista, un político que lleva en las televisiones cinco años de forma casi ininterrumpida no supone ningún aire fresco. Para algunos será una esperanza pero para otros, claramente, es una decepción. Si lo que quería era entrar cuanto antes en la rueda de grupo parlamentario-subvención-propaganda institucional-posible ministerio... con diez escaños le puede valer, pero a largo plazo la decisión es un error: Errejón no es ahora mismo más que la némesis de Iglesias y sorprendentemente Iglesias sigue aguantando, cosa que no estaba tan clara después del sainete de este verano. De hecho, la presencia de un enemigo de alguna manera "refuerza" al líder de Podemos y moviliza a su electorado. Si Errejón quiere tener algún papel importante en la política nacional debe esperar a que realmente se le vea como un elemento aglutinador y no lo contrario. Eso quizá lo habría conseguido dándose un poco de tiempo y esperando que determinadas aguas se calmaran.

En cuanto a la propia plataforma Más País, no creo que sea su momento. Generalmente, los partidos de una tendencia se consolidan como alternativa cuando el principal representante de esa tendencia está en apuros. Ciudadanos creció en Cataluña cuando PP y PSOE empezaron a desmoronarse, captando buena parte del voto no nacionalista; Podemos fue una expresión de la incapacidad del PSOE de plantar cara a un PP en pleno esplendor, mientras que Vox solo ha triunfado a costa del partido de Casado, condenado a la oposición por una moción de censura "de los enemigos de España". Es muy complicado conseguir un espacio en la izquierda cuando la izquierda es hegemónica y está en el gobierno. Aquí de nuevo, esperar habría sido una excelente opción.

- "La candidatura de Errejón va a significar el fin de Unidas Podemos". Yo también lo pensé en su momento, pero me asombra cómo siguen resistiendo las bases de UP en torno a su líder. Sin duda, el "relato" acerca de lo que pasó durante las negociaciones de gobierno lo han ganado por completo. Muchos votantes de UP irán a Más Madrid por supuesto, pero la mayoría ya se fue en su momento. ¿Y adónde se fue? Al PSOE. Era la única alternativa ante el personalismo exagerado de Iglesias. No era aquel voto al PSOE un voto convencido sino resignado que probablemente vaya de regreso en estas elecciones solo que ahora con dos posibles destinatarios: el propio Iglesias o Errejón.

Más País es una opción muy apetecible para todos aquellos votantes de izquierdas que siguen pensando que el PSOE es demasiado liberal pero a la vez se sienten seguros con Sánchez en el gobierno. Prácticamente lo único que sabemos del partido de Errejón es que no le va a poner muchas pegas al PSOE en una posible investidura, es decir, que determinados votantes pueden votarles tranquilamente sin "mancharse las manos" con el historial del PSOE y a la vez en la seguridad de que estos sí, tarde o temprano, se pondrán de acuerdo. Lo que nos lleva a...

- "Errejón será una pieza clave para la gobernabilidad". Al contrario. Seamos sinceros, ahora mismo solo hay dos escenarios que permitirían la gobernabilidad del país:

1- Un resultado espectacular del PSOE que les acerque a los 140-150 escaños en solitario.

2- Una mayoría absoluta de PP, Ciudadanos y Vox.

La presencia de Errejón descarta ya casi por completo el primer escenario. El PSOE no subirá en las próximas elecciones. Es más, lo más probable es que baje, quedando en una horquilla entre 110 y 120 escaños que hará aún más improbable un gobierno en solitario. Ante tal escenario, la alternativa volverá a ser el gobierno de coalición o de participación o como quieran... solo que ahora, en vez de tener que negociar con un socio potencial, tendrán que hacerlo con dos. Con dos que, además, se odian entre sí. Como mucho, podría ayudar al segundo escenario, pero tampoco lo veo tan apocalíptico. Una bajada potente del PSOE puede poner en peligro su victoria electoral pero la subida del PP tendría que ser tan desmedida que se llevara por delante a Ciudadanos y a Vox. Mientras en Cataluña y el País Vasco sea una fuerza residual, el PP lo tiene muy complicado para sumar mayorías absolutas. Necesita que las tres fuerzas de derecha sumen casi el 60% de los votos fuera de esos territorios. Teniendo en cuenta que acaban de celebrarse unas elecciones municipales y autonómicas que ganó el PSOE con cierta contunencia, me cuesta creer que la cosa haya cambiado tanto.

sábado, septiembre 28, 2019

You never give me your money


Es sábado por la mañana y el Niño Bonito ordena en fila ejércitos de Super Zings sobre un sofá donde se masca la tragedia. Tuiteo tumbado en el suelo mientras escucho una y otra vez el "Abbey Road" por los cascos. Escribo "One, two, three, four, five, six, seven... all good children go to Heaven" pero solo Alberto Losada pilla la referencia o solo a Alberto Losada le interesa. Al rato, enlazo una entrevista de radio de John Lennon haciendo promoción del disco cuando ya ni siquiera era parte del grupo sino que había anunciado su marcha en privado tras el subidón del concierto de la Plastic Ono Band en Toronto. Me parece interesante, curioso incluso, pero no interactúa nadie.

Al rato, veo unos comentarios algo subidos de tono de algunos colaboradores del programa "El Chiringuito" contra Julio Maldonado por razones poco claras. El experto de Movistar viene a decir en una entrevista que son un programa de entretenimiento, no estrictamente un programa de periodismo deportivo, y eso a ellos les ofende porque viven de la ofensa. Como uno de los argumentos viene a ser: "Nosotros no seremos tan listos, pero nos ve todo el mundo" y como parte del negocio consiste en repetir los éxitos constantes de audiencia, me da por buscar los datos, que no son para tanto, y publicarlos.

Ocho horas después, el tuit va por 400 RT y unos 500 likes. Lennon 0- Pedrerol 1. Algunas respuestas destilan un odio contra el programa que sinceramente me excede. Otros, como defensa, vienen a decir lo mismo que Maldonado: que es un programa divertido. Probablemente lo sea. En cualquier caso, es una burbuja. Una burbuja gritona que juega a intimidar con ruido. Y eso, que en realidad me da lo mismo porque la guerra de Super Zings ya ha empezado y el suelo se empieza a llenar de bajas y me va a tocar recoger, me entusiasma lo justo.

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La entrevista con Lennon no es un descubrimiento reciente. Está entre mis favoritos de YouTube desde que la escuchara en Fuerteventura, pleno julio, el viento azotando las palmeras con crueldad, indicios de una lluvia que no llegó nunca. Unos días era eso y otros días era McCartney comentando el White Album o George Harrison musicando mantras de camino al Hiper Dino para comprar comida y olvidar cuanto antes que Federer había regalado Wimbledon. A veces, me cuesta recordar que estuve ahí. A veces, me echo a llorar en el autobús leyendo un artículo sobre "A day in the life" por una mera cuestión de transferencia.

El problema de Fuerteventura es que por entonces yo no sabía demasiado del "Abbey Road". Cada disco de los Beatles da para una vida. Yo apenas había escuchado con atención "I want you (she´s so heavy)" o el medley que empieza con ese melancólico y equívoco "You never give me your money" que se ha convertido en la banda sonora de este otoño incipiente. Yo estuve en un concierto de Paul McCartney y cuando cantó "... and in the end, the love you take is equal to the love you make" pensé en "Moulin Rouge" y di por hecho que se trataba de un éxito olvidado de Wings.

Ahora las cosas han cambiado, en parte por el libro de Peter Doggett y en parte por mí mismo. Por ese viaje a Cádiz, Chiclana, Sancti Petri, de madrugada, ya en los últimos kilómetros, bang, bang, Maxwell Silver Hammer, justo antes de llegar al hotel donde pasaríamos una semana de irrealidad, piscina y playa. Yo estoy mal pero peor está mi hijo: sigue llevando la pulsera del "todo incluido" y no hay quien se la quite. Al principio prometió tirarla en octubre, ahora dice que hasta que no se case, nada.

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Pablo Iglesias dice a la prensa: "Podemos no nació para apuntalar el bipartidismo". Exacto. He ahí el único problema y la única contradicción. Podemos nació para asaltar los cielos y todo el mundo dio por hecho que un gobierno de coalición era solo un peldaño en el camino. Al menos, todos los bipartidistas. Como al parecer el poder de la estética sigue siendo un factor electoral decisivo, puede que ser fiel a su propia narrativa le sirva de algo en noviembre. Las primeras encuestas coinciden en señalar que Errejón le quitará sobre todo votos al PSOE. Tiene sentido. Si Iglesias tiene el atractivo de lo salvaje, Errejón cumple una doble función: te permite unir el charco y el radiador. Jugar al bipartidismo desde una cierta distancia, vaya. Iglesias se lo echará en cara varias veces y hará bien. Sus votantes solo entienden de redenciones y así la exigirán hasta el último momento. El error general es tan grande que lo mismo Pablo Casado va y gana las elecciones.

miércoles, septiembre 18, 2019

Menos millones y más cojones



La repetición de elecciones ha llevado aparejada la clásica catarata de insultos contra los políticos como mal absoluto. Entre los tópicos populistas y casi futboleros -una especie de "menos millones y más cojones"- se cuela la idea de que "mi voto no vale para nada" o que simplemente "no nos escuchan". Me atrevo a decir lo contrario. Me atrevo a decir que nos escuchan demasiado. Los políticos, en esencia, no deberían ser más que mediadores en un país en el que, como decía Ortega, se odia a los mediadores y se aboga casi siempre por la acción directa. Un país de taxistas. En ese sentido, han traicionado su propia esencia.

Si no ha habido acuerdo, si no ha habido siquiera una voluntad de acuerdo digna de consideración ha sido precisamente porque nuestro voto cuenta demasiado, porque están demasiado obsesionados con nosotros, porque intentan agradar a todo el mundo. Efectivamente, ahora todo es "relato", todo es material de escrutinio en redes sociales, tertulias amañadas y análisis politólogo. Cada decisión se mide según el número de "likes" que puede arrastrar o la respuesta en redes sociales que puede provocar. Es ridículo. Si los partidos y sus negociadores no se fían los unos de los otros es en parte porque sus votantes les exigen esa desconfianza y no quieren traicionarla. Los votantes gritan: "No ME defraudes" y sus intermediarios llevan el mandato hasta el exceso, es decir, hasta el bloqueo. Hagan lo que hagan, a alguien le va a parecer mal.

Tanto miedo tienen a la reacción popular que están dispuestos a preguntar dos, tres, cuatro veces antes de actuar. Es ridículo, en efecto, pero no porque te estén dejando de lado sino porque se han enamorado de ti, porque de repente tú estás en el centro de todo y tú, como es natural, no te decides. A veces te parecen bien tres ministerios y a veces te parece que menos de seis (y una vicepresidencia) es un insulto. No veo abismo alguno entre los ciudadanos y sus representantes y no lo digo como algo bueno sino como algo malo. Al representante hay que exigirle valor, no excusas. Hay que exigirle que decida por sí mismo y no por sus cuatro millones o siete millones de votantes, cada uno con una visión a menudo contradictoria. Hay que exigirle que deje de mirar Twitter cada cinco minutos y se enfrente a la realidad.

No hay indicio alguno de que los nuevos comicios vayan a cambiar demasiado las cosas: la derecha no sumará y la derecha, digan lo que digan, es la única que se maneja sin complejos. Es muy probable que nos encontremos ante un escenario absolutamente idéntico y, si eso pasara, bien estaría que se separara la campaña de la legislatura, el exceso de la realidad y se buscaran soluciones prácticas que por supuesto no van a agradar a nadie pero que hace que los países, mal que bien, tiren hacia adelante. Dejar de convertir la política en un concurso de popularidad en el que ganar es en cualquier caso imposible y volver a ella como al ámbito de lo posible, de lo preferible, de lo aceptable. Alejarse del hashtag como de la peste. Apagar los móviles -eso incluye el WhatsApp y el Telegram- y mirarse a los ojos. Aprender por qué te han elegido y dejar de pedir permiso para todo cada cinco meses.

En algún lado he leído que todo lo acontecido en los últimos meses representa el final del espíritu del 15-M. A mí me parece precisamente lo contrario: me parece el 15-M llevado a sus últimas consecuencias. Un movimiento nacido de la desconfianza, de ese "no les votes" que por supuesto dio la mayoría absoluta al PP y que acabó bloqueado en sus discusiones internas, en sus purismos y sus repartos. Asambleas y asambleas sin decisión alguna. Quien estuviera ahí, sabrá de lo que hablo. Y sabrá que lo visto estos días no se aleja tanto de aquella impotencia y aquella, también, búsqueda caprichosa de unicornios.

lunes, septiembre 16, 2019

Heartbeat City



Del libro "El enemigo conoce el sistema", escrito por Marta Peirano, se podrían rescatar mil cosas pero lo que a mí más me ha impactado es la explicación del "like" como mecanismo de recompensa. El terrón de azúcar para los caballitos. Efectivamente, casi todos los que participamos activamente en redes sociales lo hacemos por el "like", por ese pequeño momento de distorsión de la realidad que te hace sentirte amado, respetado, admirado... y que hace que enseguida quieras colgar otra cosa y otra y otra para seguir en la burbuja de tu pequeña comunidad, intercambiando sus "likes" por los tuyos, haciendo un mercadeo de fantasías en ocasiones entrañable y en ocasiones un tanto estúpido.

Que yo escribo para el "like" está claro. Lo digo aquí y ahora pero ustedes lo saben desde hace tiempo. El problema es vivir para el "like" o hacer del "like" la medida de todo. Esperar el "like" después de cada clase, por ejemplo, independientemente de que te lo hayas ganado o no. Frustrarte ante su ausencia. Diría que el "like" no solo ha cambiado nuestra forma de interactuar con el mundo sino que ha cambiado sobre todo el ritmo de interacción. Ahora no solo necesitamos ese "feedback" positivo (eso siempre ha sido así en una cultura del éxito) sino que lo necesitamos cada semana, cada día, cada hora y a decenas. Es imposible. Estamos creando al menos dos generaciones de insatisfechos y eso me preocupa más que los datos que Google pueda tener de mí.

Aunque solo sea porque en Google trabajan mis primos y de momento no vivo en China.

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Mi infancia son recuerdos de vídeos grabados en Beta por mi tío y mi madre. Vídeos de Level 42 y China Crisis. David Bowie y Mick Jagger. Vídeos imposibles de Thomas Dolby y vídeos sugerentes de The Cars. "Heartbeat City" y "Hello again". Andy Warhol secando vasos en la barra de un bar. Años más tarde, cuando decidí recuperar esa infancia, es decir, a los veintialgo, recuperé esas dos canciones y de paso el "Drive" -"You can´t go on thinking nothing´s wrong"- y me las metí en el iPod de turno.

Que yo supiera que había un grupo que se llamaba The Cars y que supiera que me gustaban sus canciones no quiere decir que tuviera la menor idea de quién era Ric Ocasek, aquel hombre excesivamente delgado que repetía: "Oh, Jackie, what took you so long?", una de mis frases favoritas en inglés. Esta mañana me entero de su muerte y las redes sociales se llenan de condolencias. Al parecer, todos llevábamos años escuchando a los Cars y todos nos lo teníamos calladísimo.

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Lo que no es normal -les digo a Ignacio y a su amigo en el bar irlandés donde hemos quedado para ver al Barcelona- es que mi hijo, con cinco años, se trague un Rayo Vallecano-Racing de Santander del minuto uno al noventa y cuatro sin perder ripio, solo una rápida excursión al baño y durante el descanso, y encima al día siguiente se lo cuente a sus abuelos como la cosa más normal del mundo: las expulsiones, el penalti, el gol de Bebé, lo malos que eran los del Racing, la perplejidad ante aquel estadio en medio de las casas, tan en medio que es casi indetectable, los balones escapándose entre los árboles como si fuera el patio de un colegio...

A mí eso es lo que no me parece normal pero a la vez es lo que fomento porque cuando lo cuento -como ahora- me hincho como un pavo y pienso que algo debe de tener de especial alguien que es capaz de prestar tanta atención a un juego y pone tanto empeño en entenderlo, igual que yo me aprendía de memoria los libretos en italiano de las óperas más famosas y calculaba los días de la semana con meses de antelación. No sé si Ignacio y su amigo estaban de acuerdo porque desde la distancia todo es más plano. Sé que en un contraataque del Valencia, Lenglet aculó tanto que acabó defendiendo a su propio portero y a todos nos pareció relativamente divertido.

jueves, septiembre 12, 2019

The end


 Llegamos justo a tiempo para ver a Eels, que siempre están bien. Es aún de día, un lento atardecer con viento frío, incómodo, y Mark Oliver Everett cuenta historias de peluquerías y guitarristas, todo para acabar con el riff inicial de "The end", una canción de los Beatles que curiosamente nadie reconoce. Ser grande incluye la posibilidad de pasar desapercibido de vez en cuando. Llevamos unos incómodos colgantes para apoyar los vasos. Puede que tengan sentido pero no logro evitar sentirme como una vaquita con mi cencerro. En realidad, hay algo de oveja en cada asistente a un gran festival, todos al escenario A y ahora todos al escenario B.

Los siguientes en tocar son The Cardigans. No los recordaba así, probablemente porque para mí los Cardigans no existieron más allá de sus singles y sus singles me encantaban pero de alguna manera no eran ellos. Ellos en ocasiones parecen incluso Portishead y en otras se van a una especie de previo de Muse. En cualquier caso, "Erase and rewind" y eso vale por un concierto entero. Cuando acabaron el repertorio del "Gran Turismo" supieron tirar por "For what it´s worth" y "Lovefool", es decir, supieron tirar por los singles, que es de lo que veníamos hablando. A mí me hicieron muy feliz.

La comida estaba mal distribuída, como siempre. Muchas colas a pesar de unos precios exagerados, infladísimos, propios de un festival cuya viabilidad no puede depender de los 50-60 euros de la entrada. Bastante variedad, eso sí. Lo mismo te tomabas una hamburguesa que unos calamares que un sandwich de pavo sin gluten o una deliciosa carne mechada. A lo lejos, Amaral. A unos quince o veinte años de distancia. La revolución y esas cosas. Guille sigue tocando la guitarra en la 304 y no parece que nada ni nadie vaya a sacarle de ahí.

Llegamos hinchados a Two Door Cinema Club. Hinchados y cansados. Vivimos instalados en un cansancio permanente sin explicación alguna. Están bien pero todas las canciones son iguales, con el mismo ritmo de guitarra saturada. Con todo, el público enloquece, algo pasado quizá al filo de la medianoche, borrachas y cocainómanos, exaltaciones desmedidas. La Chica Diploma y yo empezamos a sentirnos cada vez más aparte -y cada vez más helados- y decidimos irnos en mitad de uno de los grandes éxitos que no sé distinguir del resto, como cuando a mi amigo René le poníamos Oasis y no los diferenciaba de Paul McCartney. Como cuando mi padre insistía en que Paul Young y los Pet Shop Boys eran lo mismo.

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Tres semanas al menos esperando al martes 10 y por supuesto el martes 10 acaba llegando. La palabra no es "nervios" sino algo más. Algo más incluso que ansiedad. Puede que la palabra sea "bloqueo" o directamente "pánico". No sé. De repente, casi cinco meses después, tienes otra vez a veinte personas mirándote y esperando algo de ti. Algo que nunca sabes si vas a poder darles porque tampoco tienes claro exactamente qué es. Magia. Ilusión. Excitement. Siento que me puedo derrumbar en cualquier momento por el mareo que tengo (el primer día me hicieron dar un número de teléfono por si me caía redondo en medio de una clase, al parecer sucede en ocasiones) y garabateo como puedo en la pizarra mientras intento no perder algo parecido a una sonrisa.

Al poco, sin embargo, la cosa se complica. Siento que no estoy ahí, que estoy como Thom Yorke flotando en el Liffey esperando a que todo desaparezca completamente y me empieza a doler mucho el costado izquierdo, llegando al hombro. Me preocupa pero tampoco puedo dejar que eso me venza. El show debe continuar, eso está claro, y continúa. Continúa entre frases en inglés dichas a demasiada velocidad (los alumnos se quejan) y frases en español que pretenden relajar a alguien, probablemente a mí. Cuando les pido que me hagan preguntas en ninguna de las respuestas reconozco que me siento torpe, viejo y perdido. En ninguna les confieso que necesito ayuda, no escrutinio. En ninguna les comento, así, de pasada: "pues mira, aquí estoy, a punto de desmayarme pero al pie del cañón".

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No veo el escándalo en que PSOE y Podemos no lleguen a un acuerdo. Menos aún entiendo el escándalo de sus votantes y de Iñaki Gabilondo ya ni hablamos. Podemos surgió como alternativa al PSOE. No ya como alternativa, que eso es decir poco, sino como reacción visceral ante la supuesta derechización del PSOE. El alma de Podemos ha de ser profundamente anti-PSOE y desde luego lo es la de Pablo Iglesias. Podemos no se fía del PSOE ni se puede fiar... y por la misma razón hace bien el PSOE en no fiarse de Podemos. No son buenos compañeros de viaje porque uno nació para derribar al otro y quitarlo de en medio, aquellos tiempos en los que la palabra PASOK estaba en boca de todos. Podemos, en definitiva, nació para sustituir al PASOK y convertirse en Syriza y ahora no sabe cómo demonios hacer para gobernar con Pedro Sánchez.

Eso deberían saberlo sus votantes y me da que son plenamente conscientes de ello incluso entre tanto aspaviento. Si Podemos no acepta cualquier acuerdo es porque sabe que sus simpatizantes no se van a conformar con tan poco, que no se han organizado durante estos años para acabar siendo Izquierda Unida incluso en los pactos. Si PSOE no acaba de ofrecer una coalición digna de ese nombre es porque sabe también que sus votantes le acabarían pasando factura. Para eso, habrían abandonado el barco en su momento. Se quedaron para algo más que ver a Irene Montero de vicepresidenta. Si eso es sano o no, lo decidirán ustedes. En cualquier caso, es España, y así ha sido siempre.

jueves, septiembre 05, 2019

Érase una vez... en Sancti Petri


Nuestra última noche resulta ser también la última noche de la entrañable Olaf, una de las chicas del equipo de animación. Cuando acaba el ritual de bailes -siempre cierran con "Madre Tierra", de Chayanne, ellos sabrán por qué-, Anna pide un aplauso de despedida y anuncia que la van a tirar a la piscina. Nada improvisado, un simple ritual de despedida del Iberostar Royal Andalus. Olaf ni siquiera protesta, pone su típica cara de resignación alegre, la que ponía cuando bailaba "El pollito pío" delante de un montón de niños ausentes, e inicia su camino hacia el agua como quien va a la compra.

Detrás de ella vamos todos. Todos es todos. Un montón de alemanes, ingleses, holandeses, franceses y españoles que no nos queremos perder el momento. Es todo tan absurdo que en medio de la estampida, borracho, se me ocurre gritar "Al pilón, todos al pilón". ¿Qué diferencia a un turista de un paleto? Olaf cumple y se tira o la tira Anna, ahora no lo recuerdo bien, y todos marchamos sin ofrecerle siquiera una toalla para que se seque. No hace frío pero tampoco calor. Son las once y pico de la noche y el Niño Bonito apura espídico sus últimas horas, la cara pintada de gato y corriendo en círculos.

Queda el sentimiento extraño de que el lugar ya no te pertenece. A nosotros nadie nos tirará a una piscina ni nos aplaudirá como héroes. La vida sigue ahí como seguirá la nuestra en algún otro lado y hasta cierto punto resulta extraño, incluso feo. Al día siguiente salimos a las seis de la tarde para no pillar atasco pero eso quiere decir que a la una de la madrugada seguimos en el coche. La Chica Diploma lucha por no dormirse, el Niño Bonito descansa con su "roca lunar" aún en la mano, reliquia de la playa de Sancti Petri. La realidad vuelve y vuelve con violencia, como siempre, no queda otra.

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De "Érase una vez en Holywood" me quedo con el regalo a Sharon Tate. Es lo que más me llama la atención porque Tarantino no es de ese tipo de homenajes. Por supuesto, hay guiños a todo lo que fue aquella época y la que vendría después, en los setenta, pero eso ya se ha escrito en muchos lados. Para mí, la película es la cara de Margot Robbie haciendo de Sharon Tate metida en un cine de Los Ángeles, una sesión matinal, sala medio vacía pero aun así con risas puntuales. Tate mordiéndose las uñas, nerviosa, pero sin dejar de sonreír, una sonrisa que promete cosas, que promete entusiasmo, que promete una carrera exitosa. Sharon Tate disfrutando de su anonimato justo antes de que su rostro llene todos los periódicos, flirteando en la pantalla con un muy avejentado Dean Martin.

Tarantino dedicando cinco minutos de su metraje solamente a eso, sin diálogos ingeniosos, sin planos revolucionarios. La actriz muy por encima de la madre degollada. El momento en el que todo parecía posible y de repente se fue a la mierda.

Del resto de la película puedo decir poco porque me da la sensación de que me perdí demasiadas cosas esperando otras que no llegaron. Tal vez me he acostumbrado demasiado a Christoph Waltz o en su defecto a Tim Roth haciendo de Christoph Waltz. A la anécdota sin fin que acaba convirtiéndose en clave de la historia. Hasta cierto punto, "Érase una vez..." me pareció una película costumbrista, aun teniendo en cuenta que las costumbres de la época eran como mínimo algo excéntricas. En cualquier caso, ya digo, es probable que no me enterara del todo. Me pasa mucho últimamente.

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Sofía acepta que compongamos canciones juntos pero propone un método que me resulta incómodo. Diría que es un método que me bloquea pero utilizo ese verbo demasiadas veces últimamente. Un bloqueo absoluto ante todo lo que sea salirme de mi zona de confort, ante todo lo que no sea ir a comprar al Dino Express con George Harrison en los cascos o sentarme en la terraza a escuchar cómo John Lennon explica en la radio cada canción del "Abbey Road" sin perder la compostura. Todo es un mundo físico y mental y de las reuniones de departamento ya ni hablamos.

Volvamos de todos modos a Sofía en "Las Vidrieras", el bar al que la llevamos cuando murió su padre. Yo ante un señor desayuno y ella ante un Aquarius. Su propuesta es pensar en un concepto o una palabra que signifiquen algo para mí y a partir de ahí construir la letra de la canción. Puede funcionar, pero yo no sé qué significa algo para mí ahora mismo precisamente por lo que decía del bloqueo. Quizá la primera palabra debería ser esa, "bloqueo" y la segunda, puede ser, "incertidumbre". No sé. Me ha pedido una lista y debería tomarme cinco minutos escribirla. El problema es que llevo delante de la hoja dos días.

lunes, agosto 19, 2019

Lago di Garda V. Torri del Benaco


Hay un punto de melancolía y tristeza en Torri del Benaco. La constancia de que esto se acaba. El Lago sigue ahí, resplandesciente, como siguen ahí las montañas gigantes que lo rodean. El pueblo, además, tiene todo para poder disfrutarlo: apenas una calle llena de tiendas y poco transitada, una sucesión de restaurantes con terraza con vistas, un castillo por supuesto, y un aire pacífico a mañana de domingo. Sin embargo, nosotros ya no estamos ahí o estamos a medias. Nosotros paseamos lánguidos y abrazados con miedo a salirnos del pueblo en cualquier momento, nosotros buscamos un lugar donde comer aunque en principio no tengamos hambre, casi por cumplir.

Descartamos el lujo y acabamos en una clásica trattoria de las afueras donde la mamma se encarga de la cocina y nadie habla inglés. Está bien, no importa, mi italiano basta para pequeñas empresas. Hace algo de calor pero la pasta está a su punto, el pan recién hecho, las mesas tienen esos manteles a cuadros que diferencia lo pequeño de lo grande. Es un bonito sitio para acabar el viaje. De camino al aeropuerto paramos en una gasolinera y comprobamos que ya no hay hormigas, que se han ido todas, probablemente escondidas para el siguiente conductor. Tengo las piernas llenas de habones. Son las últimas canciones de RDS, incluida una que repite "Loco contigo" sin demasiado sentido. Jovanotti ha invitado a una pareja a casarse en su espectáculo "Jova Beach Party" y lógicamente han aceptado.

El vuelo es relativamente plácido. Incluso el pánico al despegue dura lo justo y acabo leyendo El País tranquilamente en pleno ascenso, aún con las manos sudorosas y frías. ¿De dónde vienen estos miedos? Cuando era niño, el despegue era lo más excitante del viaje. Luego llegaron las películas y los miedos, supongo. Después del periódico, mientras La Chica Diploma se ve un capítulo de una serie, yo acabo "Monsieur Pain" de Bolaño. Creo que es el último libro que me quedaba, así que ahora quedan las relecturas. La pregunta es la de siempre: ¿qué sentido tiene escribir después de Bolaño?, ¿cómo siquiera acercarse, yo, que no soy capaz de engarzar treinta páginas de sentido? Da igual, lo importante es que el avión aterrice y de hecho aterriza sin problemas. El resto depende más del valor que del talento.

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Sueño con Kirk Douglas, a sus casi 103 años. Sueño que estamos cenando con Kirk Douglas y le pregunto por el rodaje con Billy Wilder de "El Gran Carnaval" y ahí me doy cuenta de lo realmente mayor que está mientras cuenta anécdotas de un rodaje de los años cuarenta del que fue protagonista. Luego me despierto, estoy en casa. En seis semanas me he despertado en siete camas distintas. Pronto serán siete.

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Siguiendo con Wilder: su biografía insiste en el fracaso que fue "Uno, dos, tres". Cómo una comedia ágil, fresca, disparatada se convirtió en una torpeza en cuanto los soviéticos decidieron construir un muro para separar la ciudad en pleno rodaje. Es cierto que se hace una pequeña referencia al principio de la película, pero en opinión del propio Wilder estaba condenada. "Un hombre que se cae y se levanta tiene gracia. Un hombre que se cae y no se levanta no tiene gracia ninguna". Así era Berlín en 1961.

Con todo, "Uno, dos, tres" fue mi primera película de Wilder, siendo un niño, en alguno de esos ciclos que ahora se reservan erráticamente a la madrugada, generalmente sin publicidad previa ni manera de acertar la hora. El día antes de salir a Milán volví a verla y seguía siendo maravillosa, de un ingenio y una velocidad deslumbrantes. Cada escena, cada diálogo, es una obra maestra, es Wilder en su estado más puro. Viéndola en versión original por primera vez, es imposible no admirar el trabajo que se hizo para adaptar toda esa avalancha en el doblaje.

También tuve una hora para repasar "La dolce vita". No sé por qué me dio por ahí, supongo que quería comprobar si efectivamente ahí estaba ya Sorrentino y vaya si lo estaba. Un poco más moderado, quizá, más latente por cuestiones de censura. Aguanté hasta que Annita Ekberg se metía en la Fontana di Trevi y me hizo gracia que la fuente apareciera de la nada, como en la realidad, mientras el pobre Marcello andaba por ahí buscando leche en plena madrugada.

sábado, agosto 17, 2019

Lago di Garda IV. Una nuova era


La nueva canción de Jovanotti repite "Lo sentí? Lo sento... è l'inizio di una nuova era". Consiste en una base electrónica con un recitado por encima. Tiene pinta de estar hasta los huevos.

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En el campanario del castillo de Malcesine un niño de la edad de Álvaro protesta por tener que bajar las escaleras de espaldas. "Come si scende indietro?" insiste, apesadumbrado. Es el único niño que habla. No calla, de hecho. Hay otros, multitud de bebés en sus mochilas de porteo, pero guardan un escrupuloso silencio germánico, como si no quisieran defraudar al estereotipo tan pronto.

Comemos en una callejuela tranquila, de las pocas que quedan en el pueblo. Goethe estuvo aquí de visita en torno a 1790 pero debió de ser una excentricidad. O quizá no. Quizá entonces Malcesine, Garda, Verona, Venecia... fueran tan alemanas (tan austríacas) como lo son ahora.

Un camarero tropieza con la Chica Diploma y lo primero que se le ocurre decir es "enschuldigung". Yo le respondo "bitte" y seguimos comiendo.

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Como es la última tarde decidimos pasarla en el B&B mirando al lago desde la terraza. La alternativa era Verona, pero Verona correspondía a otro viaje. A la habitación de al lado han llegado unos franceses. También son los primeros. Puede que la chica de los desayunos sea holandesa, como Monika. No se maneja bien ni en inglés ni en italiano. Parece muy perdida, sobrepasada. Quiere volver pero tampoco sabe bien adónde.