sábado, febrero 20, 2021

La isla de las tentaciones. Forever Young (I wanna be)


Tal y como yo lo veo, el encanto de "La isla de las tentaciones" es enfrentarnos a la juventud que soñamos y nunca tuvimos. No así, desde luego, no en una isla paradisíaca, rodeado de lo que parecen buenos amigos, solos contra el mundo y con algunas de las personas más guapas del país intentando hacer lo posible porque nos enamoremos de ellas. En "La isla de las tentaciones" todo el mundo es despampanante y eso es lo primero que le distancia del producto original, "Confianza ciega", donde, a ver, los chicos eran televisivos, por supuesto, pero no modelos -salvo quizá Nube, tía, los hemos perdido- y lo que se vendía cruelmente era la normalidad. Gente normal que sabe que está viviendo una excepción tan ficticia que es capaz de destrozar su vida por alargar un poco más el sueño.


En "La isla de las tentaciones" esto no es así. Tú intuyes que esas personas son reales pero no lo sabes del todo. En rigor podrían ser actores o, peor aún, tronistas. Si veíamos sádicamente a Francine Gálvez para regodearnos en el dolor ajeno, ahora vemos a Sandra Barneda para disfrutar de un espectáculo sensacional. La belleza. "La juventud", que diría Sorrentino, porque Sorrentino sería un excelente director de programa, Sorrentino se pasaría horas y horas viendo el producto e intentando buscar el punto nostálgico, estético, que ahora mismo le falta porque no lo necesita. Son todos jóvenes y guapos y disfrutan de sus cuerpos y del poder que les dieron los dioses y nosotros los vemos y no somos capaces siquiera de odiarlos ni amarlos como se odia o se ama al protagonista de una teleserie turca porque están aún más lejos.

Nosotros, insisto, proyectamos nuestra juventud frustrada de chicos feos, del montón, que quizá estuvieron alguna vez de Erasmus o algo parecido, no sé, que conocieron a la chica o el chico de sus sueños y ni siquiera les devolvió la mirada y abrazamos su ficción haciéndola nuestra, apurando también nuestro sueño -el de verdad, el de la alarma del móvil del día siguiente, de nuevo el tedio, el orden, la prisa, la mediocridad...- para poder sentirnos junto a la cámara parte de esa fiesta, de esa postadolescencia que no acaba nunca. Siempre jóvenes, siempre bellos, siempre juguetones. En "Confianza ciega", la inmoralidad dolía. En "La isla de las tentaciones" se suspende el juicio constantemente, una vida más allá del bien y del mal de cuerpos sinuosos, estatuas griegas. Hay algo allí de "San Junípero" también. Si esperamos al siguiente capítulo es porque sabemos que es lo más cerca que vamos a estar del paraíso en siete días.

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Yo abarqué mucho pero no apreté casi nada. No lo digo con orgullo porque en la vida hay que apretar con cuidado pero sin miedo. Así, conocí a demasiada gente pero muy poca se quedó. Por supuesto, me fascinaron los talentosos como me fascinan los guapos televisivos. Por supuesto, quise ser como ellos, uno más, parte del grupo, la pandilla, la tendencia, la generación... Yo no rehuí en ningún caso el compadreo pero nadie quiso hacer piña conmigo y así me quedé en un grupo de uno. A mí me habría venido genial un mínimo de habilidad social para llevarme bien con la gente. No solo caer bien, sino llevarse bien, insisto, un concepto que me parece prodigioso.

Como en aquellas películas en las que el muerto lo único que echa de menos es no poder haberse despedido, a mí a veces me entran ganas de volver a 2011 y decir adiós a toda esa gente maravillosa. A las jóvenes actrices, los guionistas incipientes, los músicos llamados a llenar pabellones... a todos los que compartían descafeinados conmigo en la Baja Malasaña. A todas a las que hacía partícipes de mis ataques de euforia o depresión, borracho, subiendo la Corredera hacia la calle Churruca. Yo querría al menos volver y decir adiós y pedir perdón por haber desaparecido porque yo no sabía que iba a desaparecer -nunca dije adiós, yo no dije adiós pensando no volver a verte- y mucho menos sabía que no iba a encontrar la manera de aparecer de nuevo. 

Porque, al fin y al cabo, yo, escapista había sido siempre, eso no extraña a nadie. Pero eran aquellos tiempos en los que el mundo te esperaba. Otros tiempos, sin duda. Empecé a hacer charlas en YouTube simplemente porque necesitaba escucharos. Durante muchos años mi actividad social, literaria, profesional... fue prácticamente una referencia constante a mí mismo. No voy a decir que hoy no lo siga siendo, pero al menos ahora hay otro. Hay otro que cuenta, otro al que escuchar, otro que se toma la molestia durante una hora de estar ahí conmigo, con el-que-no-está por excelencia. Claro que estoy cansado de poner voces de bebé y estar instalado en la virtualidad. Quién no lo estaría a los 43 años, es completamente impropio. Y sin embargo, no sé volver. No me acuerdo ni de cómo se intentaba.

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El jueves no fue un gran día. A ver, estamos en medio de una pandemia que dura un año, tampoco vamos a pedir euforias baratas. Cuando sonó esto, me puse a llorar sin saber muy bien por qué pero sin poder parar. En Spotify, he cambiado mi lista de reproducción de 1971 por la de 1995. Por lo que sea, después de la ducha, recordé la sonrisa juguetona de M. a la salida de una fiesta en la facultad de psicología. Sonrisas y juegos. Juventud. Lo dicho, tentaciones.

jueves, febrero 04, 2021

Future nostalgia


Pero es que la tierra temblaba bajo mis pies. Bajo nuestros pies, en algo parecido a una despedida en la Rambla de Catalunya, a la altura del hotel Le Meridien. Esa sensación mágica de plenitud, de "esto es ya lo que faltaba para sentirnos especiales". Veintiún años, creo. Veintiuno y ya metido en una canción de Radio Futura, en una de las mejores canciones de Radio Futura mientras T. y la Chica Langosta reían algo achispadas. En la nostalgia del futuro recordaremos otros momentos en los que la tierra tiembla, en la que el universo se mueve de izquierda a derecha y luego de derecha a izquierda otra vez. El problema será que ya no temblará de entusiasmo sino de miedo. Las noticias que nos darán serán malas y nos conmoverán como nos conmovía la alegría desbordada del alcohol y Els Quatre Gats.

Cotilleando el otro día en una de las páginas con las que colaboro, me recordaban que nadie cree ser más infeliz, que nadie encuentra menos sentido a su vida, que cuando navega por la década de los cuarenta. Todo ha sido ya y hay miedo a todo lo que será. Poco presente. Hoy, por ejemplo, mi cara en Ciclismo a Fondo, la revista que leía cuando viajaba a ver a mi padre a Santander; el colegio de mi adolescencia descrito por mí en Gigantes del Basket y un sobre acolchado con la  dirección de Gianni Bugno para enviarle un libro mío. El niño come al ritmo del segundo disco de Dua Lipa y el penúltimo de Radio Futura. ¿No era esto lo que siempre habíamos querido? Piénsalo bien: ¿no era exactamente esto y no ninguna otra cosa? ¿Puede que esta infelicidad, este guisante, no sea en el fondo nada más que un exceso? Un "he llegado, vale, y ahora, ¿qué?" El mal de Drácula. Algo entre la ludopatía y, directamente, el vampirismo.

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Dua Lipa tiene un verso en una de sus canciones -puede que sea "Good in bed" y puede que no- que dice "Everyone before you was a waste of time". No, hombre no. Eso no. Eso es cebarse. Yo, que sé que he sido la pérdida de tiempo de demasiada gente, prefiero la mentalidad del "Antes", de Jorge Drexler. Me manejo mal en el romanticismo exclusivista. Lo de ahora, claro, pero también lo de antes, como un complemento. Con excepciones, por supuesto. El martes llamé a mi ex novia pero no me cogió el teléfono. Quería saber qué tal estaba porque había pasado junto a su antiguo trabajo. Me parece bien llamar a las ex novias porque para mí no fueron ninguna pérdida de tiempo, desde luego. También me parece bien que no lo cojan porque eso quiere decir que tienen cosas mejores que hacer. A la Chica Diploma también la llamó su ex y tampoco se lo cogió, pero no había nada de maldad ni de rencor en ello. En el fondo, una llamada perdida siempre ha sido más emotivo que una conversación quizá tediosa. "Llama y cuelga" como sinónimo de "me acuerdo de ti". Cuando no podíamos pagarnos ni el establecimiento de llamada.

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Como al Rey Sol le gusta la música y como a mí me gusta sentirme joven, pasamos las mañanas viendo Hit TV,  que es una manera de agarrarse a la realidad algo desesperada. Dua Lipa sale todo el rato, como también sale Camila Cabello. Hay una canción que me encanta que no sé si se llama "Say so" y que es muy divertida. En realidad, no hay mucha diferencia respecto a cuando me ponía Quiero TV en 2001 de música de fondo mientras escribía relatos nostálgicos. Es básicamente la misma música y sigue el mismo concepto industrial: no hay grupos, hay solistas. Chicas y chicos guapísimos, espectaculares, como rara vez los había antes. Mucho auto-tune también, pero a quién le importa.

Sumergirse en los vídeos de Hit TV es fascinante y me encanta explicar esas historias de muchachas con picores y chicos lánguidos al Niño Bonito. "Están un poco locatis" dice, y a continuación Harry Stiles canta rodeado de modelos lo de "Watermelon". La inocencia. La carne para un niño de seis años -no digamos para uno de trece meses- es eso: carne, sin más, sin implicaciones ocultas. De algún modo, es la manera que he elegido este año de salirme de mi zona de confort y no veo qué tiene de malo. Miami y Los Ángeles, Los Ángeles y Miami. Menos Dua Lipa, de nuevo. Dua Lipa es una cosa seria y hasta cierto punto inclasificable. Aunque solo sea porque "Physical" tiene demasiado de Justice vs Simian como para que me sea ajena. Aparte, ese aire de "me da absolutamente igual todo esto", cosa que probablemente sea cierto y habla muy bien de ella.

martes, enero 26, 2021

La vereda



Lo malo de la vereda es la soledad, pero con eso ya contábamos. Para ir acompañado, mucho mejor el camino, dónde va a parar. Lo bueno, por el contrario, es dejar de sentirte el tipo de la barra del bar de Billy Joel, el que dice "Billy, I believe this is killing me" as a smile runs away from your face. Dejar de canturrear a lo Gerry Rafferty aquello de "One more year and then you´ll be happy, just one more year and then you´ll be happy". Ver la tristeza de las canciones como algo ajeno, algo de gente que no dio el salto, que no cogió atajos. Es un alivio, en serio. Lo de antes era espantoso: todo ese continuo recordarte que ni siquiera lo estabas intentando, tú que no te rendías nunca.


Otra cosa es la tristeza interior, claro, esa sigue. La Chica Diploma no lo entiende. Nadie lo entiende, por otro lado. El guisante en el colchón. O el garbanzo, ya no recuerdo. Un día hablaba con mi madre sobre qué demonios quería decir exactamente esa historia y no nos poníamos de acuerdo. Puede que la princesa fuera una caprichosa sin más, puede que no estuviera en sus manos evitarlo. En la personalidad sentimental, no queda sino elegir entre imperfecciones y ser consciente de ello. Es una putada, pero qué le vamos a hacer. Así, la vereda. No, la vereda no era la solución a todo pero puede que sea mejor que el camino. La elección es esa. Yo me veo bastante guapo pero no sé si eso basta a esta edad. No sé lo que corresponde a cada momento, solo lo intuyo en la distancia.


En fin, un año para recordar. Un año con pinta de hiato. No saben las cosas que me quedan por hacer, ni se las imaginan. Y por otro lado, ser consciente de que he hecho ya todo lo que tenía pensado: ¿Qué querías, Guille? ¿Escribir libros, publicarlos, casarte con una chica preciosa, tener los hijos más bonitos del mundo, ganarte la vida con la admiración ajena, sentirte satisfecho por tu trabajo, sonreír en televisión cinco minutos a la semana, estrechar las manos de los hombres que admiraste, bajar la cabeza intimidado cuando María Rey levanta la mano para saludarte? Uno se anima al exhibicionismo y de repente hay 13.000 personas mirando. 


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A mí me pasa con la Chica Langosta lo que a Paul McCartney con John Lennon. Necesito convencerme de que fui su amigo. No cualquier amigo, sino un amigo especial, distinto, alguien que de alguna manera merecería ser recordado. Necesito vencer el fatalismo y la versión oficial. Paul lo tiene fácil, le basta con encargar otro montaje a Peter Jackson y ya está. Yo lo tengo más complicado porque necesito magdalenas por todos lados y no siempre hay en stock. Lo que pasa es que a veces Xoan Tallón y un tal Didier que escribe en Dauphiné Libéré y de repente ahí está ella en Barcelona, a solas conmigo, unos pasos detrás de los demás, eufórica, hablando del sexo descubierto, del sexo en su esplendor, un sexo salvaje, disfrutado y no culpable.


Yo tenía que ser alguien, entonces. Yo necesitaría llamar a algún director de éxito y pedirle una nueva versión de todo aquello: de los abrazos en los aeropuertos, de las noches escuchando a George Michael en "La Fira", de los atardeceres en Príncipe de Vergara soñando con estanterías que fueran del techo al suelo. Entonces, quizá, me convencería de que sí, de que yo me merezco el recuerdo de la Chica Langosta. Que aquello no fue una amistad más de instituto, algo fugaz y casi forzado, acotado en su tiempo. La transcendencia. La puta transcendencia. A veces, me imagino el día siguiente a mi muerte, ese "¿qué dirán los demás de mí, habrá alguien que me recuerde?" y casi siempre pienso que no, que todo seguirá como si nada, sin adjetivos. Quizá la tripa revuelta de un niño de seis años, el tiempo que dure el olvido en arrasar con todo.


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Antes de creerme Paul McCartney, me creí Hristo Stoichkov. Era 1994 y me reconcilié con una amiga solo para que ella pudiera ser Johan Cruyff. Siempre he llevado la estética demasiado lejos. Luego llega el garbanzo, claro, o el guisante, y uno no sabe qué hacer con él. Todo, hasta ese momento, ha sido siempre taaaaan banal. O no. Simplemente lidiamos con ello de la manera que mejor sabíamos: recreándolo.

miércoles, septiembre 09, 2020

Los juegos del hambre


Pensé en dejar la Escuela Oficial de Idiomas porque yo no soy un héroe. Ni siquiera estoy seguro de hasta qué punto soy un profesor, pero eso lo dejamos para otro día. No soy un héroe y no quería que me exigieran como tal pero no hubo suerte. Tampoco alternativas, no nos engañemos. Igual hay alguien en algún lado diciendo: "Deberíamos impedir que hubiera 1.000 ingresos diarios en hospitales, deberíamos evitar que septiembre se lleve por delante a 2.000 personas" pero tampoco tiene alternativas y también le sale caro.

Trabajo en un centro donde cuando te toman la temperatura siempre da 35,5. Trabajo en un centro donde todo el mundo está desbordado, no hay alfombrillas para zapatos, no hay protocolo de seguridad como tal o no se facilita a los recién llegados, no hay cuarentenas de contacto con el papel, no hay dos turnos de limpieza así que somos los profesores los que limpiamos entre grupo y grupo, no hay posibilidad ni siquiera de reunirse online porque las reuniones (claustros, departamentos, niveles...) son obligatoriamente presenciales, como todo. Esto, en un distrito por encima de los 500 casos por 100.000 habitantes cada 14 días. En una ciudad donde cada día mueren 20-25 personas y 300 ingresan en los hospitales.

Da igual. No voy a caer en la complacencia de culpar exclusivamente a la administración de todo esto. Acabaremos cayendo por puro sudapollismo. Acabaremos cayendo porque necesitamos los huevos. Agachamos la cabeza, seguimos adelante y asumimos que quizá el siguiente seamos nosotros y quizá nuestras familias pero que no dejamos de tener un buen sueldo y algo es algo. Los juegos del hambre. Confiar en que suene el disparo en el cielo y anuncie que en realidad le ha tocado a otro. Y quizá luego a otro. Esquivar las balas, eso es todo. Sobreponerse. No pensar. "Si me pongo a pensarlo, me deprimo", dijo el otro día un alto cargo del centro donde trabajo. Yo no quería ser un héroe pero no me quedó más remedio. No culpo a nadie. Como le dijo George Harrison a John Lennon en aquella gira de 1974: "Me metí en esto solo y solo voy a acabarlo".

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Quedan los niños. A ratos, ojo, que también tienen lo suyo, pero, sí, quedan los niños. Abrazarlos y besarlos y pensar "están ahí, nos queremos, no esperan nada de mí que no les pueda dar". A veces, el Niño Bonito me coge él a mí y me empieza a rascar la cabeza porque sabe que me gusta, como si me estuviera diciendo "no te preocupes, yo te protejo". Como si supiera que necesito protección, él, a sus seis años. No le corresponde, pero me dejo. Luego le llevo a la psicóloga. Soy un desastre de padre. Él es una bendición de hijo.

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A veces, pienso en por qué no me quedé más tiempo en casa de mi abuela. Tenía 30 años. Podría haber negociado algo, supongo. Aquello era mi vida, toda mi vida repartida por los rincones de una casa de la que nunca quise salir. Los alquileres aún no habían explotado, la crisis sonaba muy a lo lejos, como una cosa que les pasa a otros. Tenía trabajo pero quería dejarlo, la historia de mi vida. De algún modo, sentí que me echaban cuando en realidad me echaba a mí mismo. Ocho años después, me pasó lo mismo pero ahí sí que me echaron  con todas las letras. No quiero que me pase lo mismo, supongo. Quizá sea astucia y quizá sea simplemente miedo.

jueves, septiembre 03, 2020

The late great Johnny Ace



"It was the year of the Beatles, it was the year of the Stones". Sí, pero en realidad podría ser cualquier año porque lo que cuenta es la chica del verano anterior y Londres y la sensación de estar regalando los días, de que los días te sobran y puedes arrojarlos al aire y luego recogerlos como en una película de furtivos. Eso es lo importante y a eso va la canción. Podría ser el año de Bad Bunny y el año de Taylor Swift. Lo será para alguien algún día, dejémosle que crezca. Lo que cambian son los nombres, lo que se mantiene es la nostalgia y nadie, absolutamente nadie, retrata la nostalgia como Paul Simon en sus canciones.

Lo bueno, además, de Simon es que no es un "penas". Ni siquiera un moralista. No hay una "cabaña del Turmo" haciendo de magdalena de Proust en sus canciones. Simplemente, como si nada, se suelta la bomba: el tren a lo lejos, la chica que quiere descubrir América, las imágenes de una juventud que a veces parece eterna. Los propios reproches: "Maybe I think too much" sonando en mi cabeza a cada hora que el Rey Sol no duerme, agitado, el dedo en la boca y la respiración jadeante sin que sepamos muy bien por qué. Así hasta que acaba en la hamaca, como su hermano a su edad, y poco a poco va cediendo el dedo y el ceño y el bebé se relaja hasta quedarse dormido con la boca abierta, liberado de algo que, insisto, no sabemos qué es.

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En los mejores días, pienso que este podría ser el blog de Paul Simon. Un Paul Simon muy cutre, claro. Un Paul Simon de barrio de Prosperidad contando batallitas. En los peores, esto es Celtas Cortos pero sin reproches. Yo ahora querría contar una historia muy sencilla, una historia reciente, agradable, con un giro cínico y cómico y en el fondo entrañable para ganarme todas las simpatías. La típica historia que luego en Twitter merece que alguien postee: "El gran Guille Ortiz...". El gran Guille Ortiz, hay que joderse. No, no tengo la historia. La estoy buscando mientras escribo esto pero lo que sale es un llanto desconsolado, un bloqueo de pánico y una angustia en el pecho. Lo dicho, un penas, es lo que hay.

Volví a San Blas pero no reconocí nada. Eso fue lo más sorprendente de todo. No ya el bloqueo, la angustia ni el llanto, que eran de esperar. La memoria. No reconocí las aulas ni los pasillos ni un rincón en el que... No reconocí el camino al metro, la gente rara con la mascarilla colgando, las terrazas de barrio llenas. Los descampados aún esperando. No sé, no es lo habitual. Estuve ahí un mes y medio, creo, pero eso tampoco lo recuerdo del todo bien. No creo haber sido infeliz. Debió de haber sido 2008, el año de Arcade Fire y el año de Bloc Party. De los vídeos en los que todo se derrumbaba con estilo. Cuando regalaba los días yo también y me ponía guapo para el fin de semana y la chica del verano anterior aparecía por mi cumpleaños con una venda en la muñeca para disimular los cortes.

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Oh, el Niño Bonito. Si yo pudiera ayudar en algo al Niño Bonito. Si yo pudiera ver al menos los resultados de esa ayuda. El Niño Bonito. El Niño Bonito. Repetir su nombre como él repite sus "lo siento, lo siento, lo siento" o sus "te quiero, te quiero muchísimo" porque él de momento no es Paul Simon ni Cifu y si compusiera una canción, lo mismo le salía "Lithium". El Niño Bonito como ansiolítico. No ya él sino el nombre (de nuevo la nostalgia, ¿ven?). La continuidad del nombre como hilo de todos sus recuerdos, de su contacto, de abrazarnos con todas nuestras fuerzas. No hay nada más bonito que ver al Niño Bonito jugar y ser feliz. Nada. No me van a convencer. No hay nada más bonito que el Niño Bonito eufórico ni nada más triste que el Niño Bonito cuando los ojos se le empiezan a llenar de lágrimas y tú entiendes que él no entiende por qué. El Niño Bonito. Así podría pasarme hasta las tres de la tarde y quizá, en ese caso, encontraría el valor para salir ahí fuera y enfrentarme al mundo.

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El camino, por supuesto, eso lo entiendo perfectamente. ¿Pero qué hay de la felicidad absoluta, de la liberación de la vereda? No siempre, claro, pero a veces. La vereda. Sí, quizá esta vez, la vereda.