viernes, octubre 11, 2019

Una semana en el motor de un autobús


La última vez que vi a D. -o más bien la última vez que él me vio a mí- rebosaba cocaína. Era 2011, una catarata de excesos. Estábamos con una chica preciosa, rumbo a un piano-bar y la situación se volvió un poco tensa porque la cocaína es lo que tiene. D. empezó a ponerse algo pesado, la chica algo incómoda y a mí me entró un ataque de pánico. El ambiente era horrible en aquel sitio: un montón de borrachos decadente conscientes de su decadencia y orgullosos de ella. De vez en cuando, algún grupo de postadolescentes a punto de echarles cacahuetes.

Las noches con D. eran así y de todos modos le queríamos. Era un tipo carismático, inagotable, de una energía sin fin. Una vez me llamó a las doce o la una de la madrugada para invitarme a una fiesta que iba a acabar en orgía. Yo estaba besándome con una actriz en algún lugar de Chueca y aun así fui porque nunca había estado en una fiesta-orgía y ni siquiera la culpabilidad -me sentía demasiado viejo a mis 33 años- conseguía frenar la euforia. Sospecho que a la actriz le sentó mal porque nuestra amistad se vino abajo en los meses posteriores. Ella acabó en otra cama. Yo me pasé dos horas esperando señales de D. que no llegaron nunca. Un tipo se paseaba con una copa en la mano y un disfraz de enfermero, puede que cirujano.

Ocho años después le mandé un mensaje para ver qué tal estaba. No contestó. Me pareció raro pero no quise averiguar más. Aquellas noches tenían que tener consecuencias y yo pensé que todo estaba bajo control pero probablemente no lo estuviera. Nos divertimos, eso seguro. Presumí mil veces de no esconder cadáveres en los armarios pero puede que no fuera del todo cierto. Ahora debería de dar igual pero hay cosas que nunca dejan de importarle a uno. Los mensajes sin respuesta, por ejemplo. Me hacen sentir como Peter Lorre en Casablanca, cuando Rick le dice aquello de "I´d despise you if I gave you any thought", que por otro lado es una frase buenísima.

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La colección de Lengua de Trapo sobre grandes discos de las últimas décadas es deliciosa. No sé si sigue en pie, supongo que no. Es una pena. Es ese tipo de colección que se sostiene incluso sin saber de qué están hablando. Creo que no he escuchado ninguno de los discos de los que trata: ni Los Planetas ni Enrique Morente ni Alaska. Cosas sueltas de Mecano y de Nacho Vegas. La crónica de "Una semana en el motor de un autobús", de Nando Cruz, es magnífica. Sabe contarlo todo sin caer en moralismos ni sensacionalismos baratos. La tensión entre la independencia y el mercado, entre la responsabilidad y el abismo, entre la creación como medio y como fin.

No siente especial fascinación por ninguno de sus personajes pero tampoco pretende bajar a nadie de ningún pedestal. En todo momento resulta creíble, incluso las partes que el propio autor reconoce no tener demasiado claras. Puede que el nicho sea muy estrecho y que quepamos pocos, pero creo que habría que reflotar un proyecto así, de lo más valiente y verdaderamente innovador que se ha hecho en la industria literaria española en mucho tiempo. Desconozco si es posible. De nuevo, supongo que no. Pero sería bonito, caramba.

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Luego hay otros malos rollos que son casi instintivos, como entrar en el colegio y de alguna manera sentirte observado o ninguneado y eso solo pueden ser prejuicios de tardoasaltante al Palacio de Invierno. El constante "yo no soy como vosotros" pero ahora vivido desde un cierto desamparo, desde un "y qué miedo me da" en demasiados sentidos. Peter Lorre, de nuevo, supongo, pero un Peter Lorre ya directamente paranoico, muy pasado, borracho y sentimental en la barra de un bar de Marruecos, esperando a que alguien vuelva de 2011 y le rescate. Un despropósito.

martes, octubre 08, 2019

Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer


Cuando vuelvo a casa me meto en la cama. No tanto porque en la cama esté a gusto sino porque en la cama estoy a salvo. Quien haya pasado por eso, sabrá de lo que le hablo. Son poco más de las nueve de la mañana y ha sido una noche complicada, de dolor de estómago, náuseas y niño agitado. Tengo sueño pero no solo es sueño, es otra cosa, no sé muy bien el qué. Al poco, ya en duermevela, empieza a sonar algo que puede ser una trompeta pero también un clarinete y que viene de una ventana del patio interior. Es un sonido que nos ha acompañado desde el primer día en esta casa pero que llevaba dos o tres años ausente.

Al principio, resulta hasta agradable, como vivir en una película de Garci, luego no tanto. Luego es más bien una molestia y una molestia que podría evitarse con solo cerrar la ventana mientras ensaya pero no. Siempre me ha parecido fascinante ese tipo de personalidad y más aún viniendo de un (aspirante a) músico. En cualquier caso, eso no es nada. Al rato, no sé, a las once quizá, empiezan los ruidos del televisor de abajo. Gritos que solo podrían venir de algún debate de Gran Hermano VIP pero que en realidad vienen del programa de Ferreras, que viene a ser lo mismo. Esta mañana, mientras dejábamos al niño en el colegio, Alsina empezó la entrevista con Albert Rivera con una pregunta que venía a decir: "¿No es contradictorio que todos ustedes se estén presentando como garantía del desbloqueo cuando son los responsables del bloqueo?"

Diez minutos después, Rivera seguía contestando.

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Me cuesta leer nada que no trate sobre los Beatles. Por eso, me temo, el libro de Foster Wallace se me hace un poco bola cuando no parece haber ninguna razón objetiva para ello. Tal y como me prometió el librero de Random House en la Feria del Libro es un libro ameno, rápido y entretenido, lejos de grandes pretensiones. Supongo que también influirán en esta digestión pesada mis prejuicios en torno al autor. Siempre me ha costado todo lo que ha escrito -incluyo el ensayo sobre Federer- y no me atrevo a ver en ello un defecto suyo porque el despliegue literario es enorme en cada página. Simplemente, se ve que no es lo que yo estoy buscando.

Por lo demás, las andanzas del escritor-reportero de treinta y pocos años a bordo de un crucero de lujo me recuerdan inevitablemente a mis propias andanzas en un hotel de costa en Sancti Petri. Los dos estuvimos una semana y comimos como animales y sentimos esas sonrisas obligadas y alucinamos ante el despliegue de animación, quizá en mi caso destinada a un público mucho más infantil que en el suyo. Sea como fuere, mientras me reconozco no puedo evitar sentirme ajeno. Yo no podría sacar ciento cincuenta páginas de Cádiz. Me pregunto si en algún momento habría podido y me respondo que sí pero es una respuesta con truco: serían ciento cincuenta páginas muy malas. Un vómito.

Esta mañana, de pasada, he leído la típica declaración de un escritor rollo "yo siempre voy a escribir, hasta que me muera". Tengamos cuidado con lo que prometemos porque llega un momento en el que incluso ese instinto primario acaba desapareciendo y solo encender el ordenador ya empieza a parecer una aventura.

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Al Niño Bonito le pueden las responsabilidades. Si no me pareciera terrible, me provocaría una enorme ternura. Se pone a llorar en la cama y se pone a llorar en el garaje. Por lo que él mismo dice, llora a menudo en clase por motivos un tanto absurdos: siente que no está a la altura y no sabe por qué él mismo se ha puesto el listón tan alto. Tiene cinco años y su mundo está a punto de explotar en mil pedazos y él lo sabe perfectamente. Tan bien como lo sé yo pero sin mis recursos para gestionar las crisis (risas).

Como único remedio, nos tumbamos los dos en la cama y nos contamos. "En el colegio a veces pasan cosas que no quiero que pasen" y no lo tolera. No lo permite. Es flagrantemente injusto que el mundo no se adapte sin más a su voluntad y le deje paso. El otro día me preguntaba si le iría a ver cuando jugara en el Barcelona de mayor, una pregunta sincera, como si necesitara tanto para impresionarme. "Yo te voy a ir a ver siempre, aunque juegues en el parque" y como la madre de Manolo Rodríguez, le llevaré un sandwich en papel albal si hace falta.

No estoy seguro de que lo entendiera.

jueves, octubre 03, 2019

Tres malentendidos sobre Errejón que complican la vida a la izquierda


Una de las razones por las que el partido de Errejón decidió dar el salto a la política nacional fue luchar contra el mantra que dice que la alta abstención perjudica a la izquierda. Su sentido era, pues, movilizar a ese posible electorado abstencionista harto de Sánchez e Iglesias, y así evitar que la derecha sumara 176 escaños por pura dejadez.

En un principio, la decisión fue muy bien acogida por determinados medios de comunicación progresistas y desde luego por el propio PSOE, que dio una cálida bienvenida a su nuevo adversario en la esperanza de que se comiera a Podemos y se convirtiera en socio prioritario para la próxima legislatura. Sin embargo, desde el punto de vista de esa izquierda concreta, creo que se están dando por hechas demasiadas cosas que no están tan claras. Centrémonos de momento en estas tres:

- "Era el momento de que Errejón se presentara, aportará aire fresco". No estoy de acuerdo ni desde el punto de vista personal ni desde el punto de vista del partido. En una sociedad hiperconsumista, un político que lleva en las televisiones cinco años de forma casi ininterrumpida no supone ningún aire fresco. Para algunos será una esperanza pero para otros, claramente, es una decepción. Si lo que quería era entrar cuanto antes en la rueda de grupo parlamentario-subvención-propaganda institucional-posible ministerio... con diez escaños le puede valer, pero a largo plazo la decisión es un error: Errejón no es ahora mismo más que la némesis de Iglesias y sorprendentemente Iglesias sigue aguantando, cosa que no estaba tan clara después del sainete de este verano. De hecho, la presencia de un enemigo de alguna manera "refuerza" al líder de Podemos y moviliza a su electorado. Si Errejón quiere tener algún papel importante en la política nacional debe esperar a que realmente se le vea como un elemento aglutinador y no lo contrario. Eso quizá lo habría conseguido dándose un poco de tiempo y esperando que determinadas aguas se calmaran.

En cuanto a la propia plataforma Más País, no creo que sea su momento. Generalmente, los partidos de una tendencia se consolidan como alternativa cuando el principal representante de esa tendencia está en apuros. Ciudadanos creció en Cataluña cuando PP y PSOE empezaron a desmoronarse, captando buena parte del voto no nacionalista; Podemos fue una expresión de la incapacidad del PSOE de plantar cara a un PP en pleno esplendor, mientras que Vox solo ha triunfado a costa del partido de Casado, condenado a la oposición por una moción de censura "de los enemigos de España". Es muy complicado conseguir un espacio en la izquierda cuando la izquierda es hegemónica y está en el gobierno. Aquí de nuevo, esperar habría sido una excelente opción.

- "La candidatura de Errejón va a significar el fin de Unidas Podemos". Yo también lo pensé en su momento, pero me asombra cómo siguen resistiendo las bases de UP en torno a su líder. Sin duda, el "relato" acerca de lo que pasó durante las negociaciones de gobierno lo han ganado por completo. Muchos votantes de UP irán a Más Madrid por supuesto, pero la mayoría ya se fue en su momento. ¿Y adónde se fue? Al PSOE. Era la única alternativa ante el personalismo exagerado de Iglesias. No era aquel voto al PSOE un voto convencido sino resignado que probablemente vaya de regreso en estas elecciones solo que ahora con dos posibles destinatarios: el propio Iglesias o Errejón.

Más País es una opción muy apetecible para todos aquellos votantes de izquierdas que siguen pensando que el PSOE es demasiado liberal pero a la vez se sienten seguros con Sánchez en el gobierno. Prácticamente lo único que sabemos del partido de Errejón es que no le va a poner muchas pegas al PSOE en una posible investidura, es decir, que determinados votantes pueden votarles tranquilamente sin "mancharse las manos" con el historial del PSOE y a la vez en la seguridad de que estos sí, tarde o temprano, se pondrán de acuerdo. Lo que nos lleva a...

- "Errejón será una pieza clave para la gobernabilidad". Al contrario. Seamos sinceros, ahora mismo solo hay dos escenarios que permitirían la gobernabilidad del país:

1- Un resultado espectacular del PSOE que les acerque a los 140-150 escaños en solitario.

2- Una mayoría absoluta de PP, Ciudadanos y Vox.

La presencia de Errejón descarta ya casi por completo el primer escenario. El PSOE no subirá en las próximas elecciones. Es más, lo más probable es que baje, quedando en una horquilla entre 110 y 120 escaños que hará aún más improbable un gobierno en solitario. Ante tal escenario, la alternativa volverá a ser el gobierno de coalición o de participación o como quieran... solo que ahora, en vez de tener que negociar con un socio potencial, tendrán que hacerlo con dos. Con dos que, además, se odian entre sí. Como mucho, podría ayudar al segundo escenario, pero tampoco lo veo tan apocalíptico. Una bajada potente del PSOE puede poner en peligro su victoria electoral pero la subida del PP tendría que ser tan desmedida que se llevara por delante a Ciudadanos y a Vox. Mientras en Cataluña y el País Vasco sea una fuerza residual, el PP lo tiene muy complicado para sumar mayorías absolutas. Necesita que las tres fuerzas de derecha sumen casi el 60% de los votos fuera de esos territorios. Teniendo en cuenta que acaban de celebrarse unas elecciones municipales y autonómicas que ganó el PSOE con cierta contunencia, me cuesta creer que la cosa haya cambiado tanto.

sábado, septiembre 28, 2019

You never give me your money


Es sábado por la mañana y el Niño Bonito ordena en fila ejércitos de Super Zings sobre un sofá donde se masca la tragedia. Tuiteo tumbado en el suelo mientras escucho una y otra vez el "Abbey Road" por los cascos. Escribo "One, two, three, four, five, six, seven... all good children go to Heaven" pero solo Alberto Losada pilla la referencia o solo a Alberto Losada le interesa. Al rato, enlazo una entrevista de radio de John Lennon haciendo promoción del disco cuando ya ni siquiera era parte del grupo sino que había anunciado su marcha en privado tras el subidón del concierto de la Plastic Ono Band en Toronto. Me parece interesante, curioso incluso, pero no interactúa nadie.

Al rato, veo unos comentarios algo subidos de tono de algunos colaboradores del programa "El Chiringuito" contra Julio Maldonado por razones poco claras. El experto de Movistar viene a decir en una entrevista que son un programa de entretenimiento, no estrictamente un programa de periodismo deportivo, y eso a ellos les ofende porque viven de la ofensa. Como uno de los argumentos viene a ser: "Nosotros no seremos tan listos, pero nos ve todo el mundo" y como parte del negocio consiste en repetir los éxitos constantes de audiencia, me da por buscar los datos, que no son para tanto, y publicarlos.

Ocho horas después, el tuit va por 400 RT y unos 500 likes. Lennon 0- Pedrerol 1. Algunas respuestas destilan un odio contra el programa que sinceramente me excede. Otros, como defensa, vienen a decir lo mismo que Maldonado: que es un programa divertido. Probablemente lo sea. En cualquier caso, es una burbuja. Una burbuja gritona que juega a intimidar con ruido. Y eso, que en realidad me da lo mismo porque la guerra de Super Zings ya ha empezado y el suelo se empieza a llenar de bajas y me va a tocar recoger, me entusiasma lo justo.

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La entrevista con Lennon no es un descubrimiento reciente. Está entre mis favoritos de YouTube desde que la escuchara en Fuerteventura, pleno julio, el viento azotando las palmeras con crueldad, indicios de una lluvia que no llegó nunca. Unos días era eso y otros días era McCartney comentando el White Album o George Harrison musicando mantras de camino al Hiper Dino para comprar comida y olvidar cuanto antes que Federer había regalado Wimbledon. A veces, me cuesta recordar que estuve ahí. A veces, me echo a llorar en el autobús leyendo un artículo sobre "A day in the life" por una mera cuestión de transferencia.

El problema de Fuerteventura es que por entonces yo no sabía demasiado del "Abbey Road". Cada disco de los Beatles da para una vida. Yo apenas había escuchado con atención "I want you (she´s so heavy)" o el medley que empieza con ese melancólico y equívoco "You never give me your money" que se ha convertido en la banda sonora de este otoño incipiente. Yo estuve en un concierto de Paul McCartney y cuando cantó "... and in the end, the love you take is equal to the love you make" pensé en "Moulin Rouge" y di por hecho que se trataba de un éxito olvidado de Wings.

Ahora las cosas han cambiado, en parte por el libro de Peter Doggett y en parte por mí mismo. Por ese viaje a Cádiz, Chiclana, Sancti Petri, de madrugada, ya en los últimos kilómetros, bang, bang, Maxwell Silver Hammer, justo antes de llegar al hotel donde pasaríamos una semana de irrealidad, piscina y playa. Yo estoy mal pero peor está mi hijo: sigue llevando la pulsera del "todo incluido" y no hay quien se la quite. Al principio prometió tirarla en octubre, ahora dice que hasta que no se case, nada.

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Pablo Iglesias dice a la prensa: "Podemos no nació para apuntalar el bipartidismo". Exacto. He ahí el único problema y la única contradicción. Podemos nació para asaltar los cielos y todo el mundo dio por hecho que un gobierno de coalición era solo un peldaño en el camino. Al menos, todos los bipartidistas. Como al parecer el poder de la estética sigue siendo un factor electoral decisivo, puede que ser fiel a su propia narrativa le sirva de algo en noviembre. Las primeras encuestas coinciden en señalar que Errejón le quitará sobre todo votos al PSOE. Tiene sentido. Si Iglesias tiene el atractivo de lo salvaje, Errejón cumple una doble función: te permite unir el charco y el radiador. Jugar al bipartidismo desde una cierta distancia, vaya. Iglesias se lo echará en cara varias veces y hará bien. Sus votantes solo entienden de redenciones y así la exigirán hasta el último momento. El error general es tan grande que lo mismo Pablo Casado va y gana las elecciones.

miércoles, septiembre 18, 2019

Menos millones y más cojones



La repetición de elecciones ha llevado aparejada la clásica catarata de insultos contra los políticos como mal absoluto. Entre los tópicos populistas y casi futboleros -una especie de "menos millones y más cojones"- se cuela la idea de que "mi voto no vale para nada" o que simplemente "no nos escuchan". Me atrevo a decir lo contrario. Me atrevo a decir que nos escuchan demasiado. Los políticos, en esencia, no deberían ser más que mediadores en un país en el que, como decía Ortega, se odia a los mediadores y se aboga casi siempre por la acción directa. Un país de taxistas. En ese sentido, han traicionado su propia esencia.

Si no ha habido acuerdo, si no ha habido siquiera una voluntad de acuerdo digna de consideración ha sido precisamente porque nuestro voto cuenta demasiado, porque están demasiado obsesionados con nosotros, porque intentan agradar a todo el mundo. Efectivamente, ahora todo es "relato", todo es material de escrutinio en redes sociales, tertulias amañadas y análisis politólogo. Cada decisión se mide según el número de "likes" que puede arrastrar o la respuesta en redes sociales que puede provocar. Es ridículo. Si los partidos y sus negociadores no se fían los unos de los otros es en parte porque sus votantes les exigen esa desconfianza y no quieren traicionarla. Los votantes gritan: "No ME defraudes" y sus intermediarios llevan el mandato hasta el exceso, es decir, hasta el bloqueo. Hagan lo que hagan, a alguien le va a parecer mal.

Tanto miedo tienen a la reacción popular que están dispuestos a preguntar dos, tres, cuatro veces antes de actuar. Es ridículo, en efecto, pero no porque te estén dejando de lado sino porque se han enamorado de ti, porque de repente tú estás en el centro de todo y tú, como es natural, no te decides. A veces te parecen bien tres ministerios y a veces te parece que menos de seis (y una vicepresidencia) es un insulto. No veo abismo alguno entre los ciudadanos y sus representantes y no lo digo como algo bueno sino como algo malo. Al representante hay que exigirle valor, no excusas. Hay que exigirle que decida por sí mismo y no por sus cuatro millones o siete millones de votantes, cada uno con una visión a menudo contradictoria. Hay que exigirle que deje de mirar Twitter cada cinco minutos y se enfrente a la realidad.

No hay indicio alguno de que los nuevos comicios vayan a cambiar demasiado las cosas: la derecha no sumará y la derecha, digan lo que digan, es la única que se maneja sin complejos. Es muy probable que nos encontremos ante un escenario absolutamente idéntico y, si eso pasara, bien estaría que se separara la campaña de la legislatura, el exceso de la realidad y se buscaran soluciones prácticas que por supuesto no van a agradar a nadie pero que hace que los países, mal que bien, tiren hacia adelante. Dejar de convertir la política en un concurso de popularidad en el que ganar es en cualquier caso imposible y volver a ella como al ámbito de lo posible, de lo preferible, de lo aceptable. Alejarse del hashtag como de la peste. Apagar los móviles -eso incluye el WhatsApp y el Telegram- y mirarse a los ojos. Aprender por qué te han elegido y dejar de pedir permiso para todo cada cinco meses.

En algún lado he leído que todo lo acontecido en los últimos meses representa el final del espíritu del 15-M. A mí me parece precisamente lo contrario: me parece el 15-M llevado a sus últimas consecuencias. Un movimiento nacido de la desconfianza, de ese "no les votes" que por supuesto dio la mayoría absoluta al PP y que acabó bloqueado en sus discusiones internas, en sus purismos y sus repartos. Asambleas y asambleas sin decisión alguna. Quien estuviera ahí, sabrá de lo que hablo. Y sabrá que lo visto estos días no se aleja tanto de aquella impotencia y aquella, también, búsqueda caprichosa de unicornios.

lunes, septiembre 16, 2019

Heartbeat City



Del libro "El enemigo conoce el sistema", escrito por Marta Peirano, se podrían rescatar mil cosas pero lo que a mí más me ha impactado es la explicación del "like" como mecanismo de recompensa. El terrón de azúcar para los caballitos. Efectivamente, casi todos los que participamos activamente en redes sociales lo hacemos por el "like", por ese pequeño momento de distorsión de la realidad que te hace sentirte amado, respetado, admirado... y que hace que enseguida quieras colgar otra cosa y otra y otra para seguir en la burbuja de tu pequeña comunidad, intercambiando sus "likes" por los tuyos, haciendo un mercadeo de fantasías en ocasiones entrañable y en ocasiones un tanto estúpido.

Que yo escribo para el "like" está claro. Lo digo aquí y ahora pero ustedes lo saben desde hace tiempo. El problema es vivir para el "like" o hacer del "like" la medida de todo. Esperar el "like" después de cada clase, por ejemplo, independientemente de que te lo hayas ganado o no. Frustrarte ante su ausencia. Diría que el "like" no solo ha cambiado nuestra forma de interactuar con el mundo sino que ha cambiado sobre todo el ritmo de interacción. Ahora no solo necesitamos ese "feedback" positivo (eso siempre ha sido así en una cultura del éxito) sino que lo necesitamos cada semana, cada día, cada hora y a decenas. Es imposible. Estamos creando al menos dos generaciones de insatisfechos y eso me preocupa más que los datos que Google pueda tener de mí.

Aunque solo sea porque en Google trabajan mis primos y de momento no vivo en China.

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Mi infancia son recuerdos de vídeos grabados en Beta por mi tío y mi madre. Vídeos de Level 42 y China Crisis. David Bowie y Mick Jagger. Vídeos imposibles de Thomas Dolby y vídeos sugerentes de The Cars. "Heartbeat City" y "Hello again". Andy Warhol secando vasos en la barra de un bar. Años más tarde, cuando decidí recuperar esa infancia, es decir, a los veintialgo, recuperé esas dos canciones y de paso el "Drive" -"You can´t go on thinking nothing´s wrong"- y me las metí en el iPod de turno.

Que yo supiera que había un grupo que se llamaba The Cars y que supiera que me gustaban sus canciones no quiere decir que tuviera la menor idea de quién era Ric Ocasek, aquel hombre excesivamente delgado que repetía: "Oh, Jackie, what took you so long?", una de mis frases favoritas en inglés. Esta mañana me entero de su muerte y las redes sociales se llenan de condolencias. Al parecer, todos llevábamos años escuchando a los Cars y todos nos lo teníamos calladísimo.

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Lo que no es normal -les digo a Ignacio y a su amigo en el bar irlandés donde hemos quedado para ver al Barcelona- es que mi hijo, con cinco años, se trague un Rayo Vallecano-Racing de Santander del minuto uno al noventa y cuatro sin perder ripio, solo una rápida excursión al baño y durante el descanso, y encima al día siguiente se lo cuente a sus abuelos como la cosa más normal del mundo: las expulsiones, el penalti, el gol de Bebé, lo malos que eran los del Racing, la perplejidad ante aquel estadio en medio de las casas, tan en medio que es casi indetectable, los balones escapándose entre los árboles como si fuera el patio de un colegio...

A mí eso es lo que no me parece normal pero a la vez es lo que fomento porque cuando lo cuento -como ahora- me hincho como un pavo y pienso que algo debe de tener de especial alguien que es capaz de prestar tanta atención a un juego y pone tanto empeño en entenderlo, igual que yo me aprendía de memoria los libretos en italiano de las óperas más famosas y calculaba los días de la semana con meses de antelación. No sé si Ignacio y su amigo estaban de acuerdo porque desde la distancia todo es más plano. Sé que en un contraataque del Valencia, Lenglet aculó tanto que acabó defendiendo a su propio portero y a todos nos pareció relativamente divertido.

jueves, septiembre 12, 2019

The end


 Llegamos justo a tiempo para ver a Eels, que siempre están bien. Es aún de día, un lento atardecer con viento frío, incómodo, y Mark Oliver Everett cuenta historias de peluquerías y guitarristas, todo para acabar con el riff inicial de "The end", una canción de los Beatles que curiosamente nadie reconoce. Ser grande incluye la posibilidad de pasar desapercibido de vez en cuando. Llevamos unos incómodos colgantes para apoyar los vasos. Puede que tengan sentido pero no logro evitar sentirme como una vaquita con mi cencerro. En realidad, hay algo de oveja en cada asistente a un gran festival, todos al escenario A y ahora todos al escenario B.

Los siguientes en tocar son The Cardigans. No los recordaba así, probablemente porque para mí los Cardigans no existieron más allá de sus singles y sus singles me encantaban pero de alguna manera no eran ellos. Ellos en ocasiones parecen incluso Portishead y en otras se van a una especie de previo de Muse. En cualquier caso, "Erase and rewind" y eso vale por un concierto entero. Cuando acabaron el repertorio del "Gran Turismo" supieron tirar por "For what it´s worth" y "Lovefool", es decir, supieron tirar por los singles, que es de lo que veníamos hablando. A mí me hicieron muy feliz.

La comida estaba mal distribuída, como siempre. Muchas colas a pesar de unos precios exagerados, infladísimos, propios de un festival cuya viabilidad no puede depender de los 50-60 euros de la entrada. Bastante variedad, eso sí. Lo mismo te tomabas una hamburguesa que unos calamares que un sandwich de pavo sin gluten o una deliciosa carne mechada. A lo lejos, Amaral. A unos quince o veinte años de distancia. La revolución y esas cosas. Guille sigue tocando la guitarra en la 304 y no parece que nada ni nadie vaya a sacarle de ahí.

Llegamos hinchados a Two Door Cinema Club. Hinchados y cansados. Vivimos instalados en un cansancio permanente sin explicación alguna. Están bien pero todas las canciones son iguales, con el mismo ritmo de guitarra saturada. Con todo, el público enloquece, algo pasado quizá al filo de la medianoche, borrachas y cocainómanos, exaltaciones desmedidas. La Chica Diploma y yo empezamos a sentirnos cada vez más aparte -y cada vez más helados- y decidimos irnos en mitad de uno de los grandes éxitos que no sé distinguir del resto, como cuando a mi amigo René le poníamos Oasis y no los diferenciaba de Paul McCartney. Como cuando mi padre insistía en que Paul Young y los Pet Shop Boys eran lo mismo.

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Tres semanas al menos esperando al martes 10 y por supuesto el martes 10 acaba llegando. La palabra no es "nervios" sino algo más. Algo más incluso que ansiedad. Puede que la palabra sea "bloqueo" o directamente "pánico". No sé. De repente, casi cinco meses después, tienes otra vez a veinte personas mirándote y esperando algo de ti. Algo que nunca sabes si vas a poder darles porque tampoco tienes claro exactamente qué es. Magia. Ilusión. Excitement. Siento que me puedo derrumbar en cualquier momento por el mareo que tengo (el primer día me hicieron dar un número de teléfono por si me caía redondo en medio de una clase, al parecer sucede en ocasiones) y garabateo como puedo en la pizarra mientras intento no perder algo parecido a una sonrisa.

Al poco, sin embargo, la cosa se complica. Siento que no estoy ahí, que estoy como Thom Yorke flotando en el Liffey esperando a que todo desaparezca completamente y me empieza a doler mucho el costado izquierdo, llegando al hombro. Me preocupa pero tampoco puedo dejar que eso me venza. El show debe continuar, eso está claro, y continúa. Continúa entre frases en inglés dichas a demasiada velocidad (los alumnos se quejan) y frases en español que pretenden relajar a alguien, probablemente a mí. Cuando les pido que me hagan preguntas en ninguna de las respuestas reconozco que me siento torpe, viejo y perdido. En ninguna les confieso que necesito ayuda, no escrutinio. En ninguna les comento, así, de pasada: "pues mira, aquí estoy, a punto de desmayarme pero al pie del cañón".

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No veo el escándalo en que PSOE y Podemos no lleguen a un acuerdo. Menos aún entiendo el escándalo de sus votantes y de Iñaki Gabilondo ya ni hablamos. Podemos surgió como alternativa al PSOE. No ya como alternativa, que eso es decir poco, sino como reacción visceral ante la supuesta derechización del PSOE. El alma de Podemos ha de ser profundamente anti-PSOE y desde luego lo es la de Pablo Iglesias. Podemos no se fía del PSOE ni se puede fiar... y por la misma razón hace bien el PSOE en no fiarse de Podemos. No son buenos compañeros de viaje porque uno nació para derribar al otro y quitarlo de en medio, aquellos tiempos en los que la palabra PASOK estaba en boca de todos. Podemos, en definitiva, nació para sustituir al PASOK y convertirse en Syriza y ahora no sabe cómo demonios hacer para gobernar con Pedro Sánchez.

Eso deberían saberlo sus votantes y me da que son plenamente conscientes de ello incluso entre tanto aspaviento. Si Podemos no acepta cualquier acuerdo es porque sabe que sus simpatizantes no se van a conformar con tan poco, que no se han organizado durante estos años para acabar siendo Izquierda Unida incluso en los pactos. Si PSOE no acaba de ofrecer una coalición digna de ese nombre es porque sabe también que sus votantes le acabarían pasando factura. Para eso, habrían abandonado el barco en su momento. Se quedaron para algo más que ver a Irene Montero de vicepresidenta. Si eso es sano o no, lo decidirán ustedes. En cualquier caso, es España, y así ha sido siempre.

jueves, septiembre 05, 2019

Érase una vez... en Sancti Petri


Nuestra última noche resulta ser también la última noche de la entrañable Olaf, una de las chicas del equipo de animación. Cuando acaba el ritual de bailes -siempre cierran con "Madre Tierra", de Chayanne, ellos sabrán por qué-, Anna pide un aplauso de despedida y anuncia que la van a tirar a la piscina. Nada improvisado, un simple ritual de despedida del Iberostar Royal Andalus. Olaf ni siquiera protesta, pone su típica cara de resignación alegre, la que ponía cuando bailaba "El pollito pío" delante de un montón de niños ausentes, e inicia su camino hacia el agua como quien va a la compra.

Detrás de ella vamos todos. Todos es todos. Un montón de alemanes, ingleses, holandeses, franceses y españoles que no nos queremos perder el momento. Es todo tan absurdo que en medio de la estampida, borracho, se me ocurre gritar "Al pilón, todos al pilón". ¿Qué diferencia a un turista de un paleto? Olaf cumple y se tira o la tira Anna, ahora no lo recuerdo bien, y todos marchamos sin ofrecerle siquiera una toalla para que se seque. No hace frío pero tampoco calor. Son las once y pico de la noche y el Niño Bonito apura espídico sus últimas horas, la cara pintada de gato y corriendo en círculos.

Queda el sentimiento extraño de que el lugar ya no te pertenece. A nosotros nadie nos tirará a una piscina ni nos aplaudirá como héroes. La vida sigue ahí como seguirá la nuestra en algún otro lado y hasta cierto punto resulta extraño, incluso feo. Al día siguiente salimos a las seis de la tarde para no pillar atasco pero eso quiere decir que a la una de la madrugada seguimos en el coche. La Chica Diploma lucha por no dormirse, el Niño Bonito descansa con su "roca lunar" aún en la mano, reliquia de la playa de Sancti Petri. La realidad vuelve y vuelve con violencia, como siempre, no queda otra.

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De "Érase una vez en Holywood" me quedo con el regalo a Sharon Tate. Es lo que más me llama la atención porque Tarantino no es de ese tipo de homenajes. Por supuesto, hay guiños a todo lo que fue aquella época y la que vendría después, en los setenta, pero eso ya se ha escrito en muchos lados. Para mí, la película es la cara de Margot Robbie haciendo de Sharon Tate metida en un cine de Los Ángeles, una sesión matinal, sala medio vacía pero aun así con risas puntuales. Tate mordiéndose las uñas, nerviosa, pero sin dejar de sonreír, una sonrisa que promete cosas, que promete entusiasmo, que promete una carrera exitosa. Sharon Tate disfrutando de su anonimato justo antes de que su rostro llene todos los periódicos, flirteando en la pantalla con un muy avejentado Dean Martin.

Tarantino dedicando cinco minutos de su metraje solamente a eso, sin diálogos ingeniosos, sin planos revolucionarios. La actriz muy por encima de la madre degollada. El momento en el que todo parecía posible y de repente se fue a la mierda.

Del resto de la película puedo decir poco porque me da la sensación de que me perdí demasiadas cosas esperando otras que no llegaron. Tal vez me he acostumbrado demasiado a Christoph Waltz o en su defecto a Tim Roth haciendo de Christoph Waltz. A la anécdota sin fin que acaba convirtiéndose en clave de la historia. Hasta cierto punto, "Érase una vez..." me pareció una película costumbrista, aun teniendo en cuenta que las costumbres de la época eran como mínimo algo excéntricas. En cualquier caso, ya digo, es probable que no me enterara del todo. Me pasa mucho últimamente.

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Sofía acepta que compongamos canciones juntos pero propone un método que me resulta incómodo. Diría que es un método que me bloquea pero utilizo ese verbo demasiadas veces últimamente. Un bloqueo absoluto ante todo lo que sea salirme de mi zona de confort, ante todo lo que no sea ir a comprar al Dino Express con George Harrison en los cascos o sentarme en la terraza a escuchar cómo John Lennon explica en la radio cada canción del "Abbey Road" sin perder la compostura. Todo es un mundo físico y mental y de las reuniones de departamento ya ni hablamos.

Volvamos de todos modos a Sofía en "Las Vidrieras", el bar al que la llevamos cuando murió su padre. Yo ante un señor desayuno y ella ante un Aquarius. Su propuesta es pensar en un concepto o una palabra que signifiquen algo para mí y a partir de ahí construir la letra de la canción. Puede funcionar, pero yo no sé qué significa algo para mí ahora mismo precisamente por lo que decía del bloqueo. Quizá la primera palabra debería ser esa, "bloqueo" y la segunda, puede ser, "incertidumbre". No sé. Me ha pedido una lista y debería tomarme cinco minutos escribirla. El problema es que llevo delante de la hoja dos días.

lunes, agosto 19, 2019

Lago di Garda V. Torri del Benaco


Hay un punto de melancolía y tristeza en Torri del Benaco. La constancia de que esto se acaba. El Lago sigue ahí, resplandesciente, como siguen ahí las montañas gigantes que lo rodean. El pueblo, además, tiene todo para poder disfrutarlo: apenas una calle llena de tiendas y poco transitada, una sucesión de restaurantes con terraza con vistas, un castillo por supuesto, y un aire pacífico a mañana de domingo. Sin embargo, nosotros ya no estamos ahí o estamos a medias. Nosotros paseamos lánguidos y abrazados con miedo a salirnos del pueblo en cualquier momento, nosotros buscamos un lugar donde comer aunque en principio no tengamos hambre, casi por cumplir.

Descartamos el lujo y acabamos en una clásica trattoria de las afueras donde la mamma se encarga de la cocina y nadie habla inglés. Está bien, no importa, mi italiano basta para pequeñas empresas. Hace algo de calor pero la pasta está a su punto, el pan recién hecho, las mesas tienen esos manteles a cuadros que diferencia lo pequeño de lo grande. Es un bonito sitio para acabar el viaje. De camino al aeropuerto paramos en una gasolinera y comprobamos que ya no hay hormigas, que se han ido todas, probablemente escondidas para el siguiente conductor. Tengo las piernas llenas de habones. Son las últimas canciones de RDS, incluida una que repite "Loco contigo" sin demasiado sentido. Jovanotti ha invitado a una pareja a casarse en su espectáculo "Jova Beach Party" y lógicamente han aceptado.

El vuelo es relativamente plácido. Incluso el pánico al despegue dura lo justo y acabo leyendo El País tranquilamente en pleno ascenso, aún con las manos sudorosas y frías. ¿De dónde vienen estos miedos? Cuando era niño, el despegue era lo más excitante del viaje. Luego llegaron las películas y los miedos, supongo. Después del periódico, mientras La Chica Diploma se ve un capítulo de una serie, yo acabo "Monsieur Pain" de Bolaño. Creo que es el último libro que me quedaba, así que ahora quedan las relecturas. La pregunta es la de siempre: ¿qué sentido tiene escribir después de Bolaño?, ¿cómo siquiera acercarse, yo, que no soy capaz de engarzar treinta páginas de sentido? Da igual, lo importante es que el avión aterrice y de hecho aterriza sin problemas. El resto depende más del valor que del talento.

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Sueño con Kirk Douglas, a sus casi 103 años. Sueño que estamos cenando con Kirk Douglas y le pregunto por el rodaje con Billy Wilder de "El Gran Carnaval" y ahí me doy cuenta de lo realmente mayor que está mientras cuenta anécdotas de un rodaje de los años cuarenta del que fue protagonista. Luego me despierto, estoy en casa. En seis semanas me he despertado en siete camas distintas. Pronto serán siete.

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Siguiendo con Wilder: su biografía insiste en el fracaso que fue "Uno, dos, tres". Cómo una comedia ágil, fresca, disparatada se convirtió en una torpeza en cuanto los soviéticos decidieron construir un muro para separar la ciudad en pleno rodaje. Es cierto que se hace una pequeña referencia al principio de la película, pero en opinión del propio Wilder estaba condenada. "Un hombre que se cae y se levanta tiene gracia. Un hombre que se cae y no se levanta no tiene gracia ninguna". Así era Berlín en 1961.

Con todo, "Uno, dos, tres" fue mi primera película de Wilder, siendo un niño, en alguno de esos ciclos que ahora se reservan erráticamente a la madrugada, generalmente sin publicidad previa ni manera de acertar la hora. El día antes de salir a Milán volví a verla y seguía siendo maravillosa, de un ingenio y una velocidad deslumbrantes. Cada escena, cada diálogo, es una obra maestra, es Wilder en su estado más puro. Viéndola en versión original por primera vez, es imposible no admirar el trabajo que se hizo para adaptar toda esa avalancha en el doblaje.

También tuve una hora para repasar "La dolce vita". No sé por qué me dio por ahí, supongo que quería comprobar si efectivamente ahí estaba ya Sorrentino y vaya si lo estaba. Un poco más moderado, quizá, más latente por cuestiones de censura. Aguanté hasta que Annita Ekberg se metía en la Fontana di Trevi y me hizo gracia que la fuente apareciera de la nada, como en la realidad, mientras el pobre Marcello andaba por ahí buscando leche en plena madrugada.

sábado, agosto 17, 2019

Lago di Garda IV. Una nuova era


La nueva canción de Jovanotti repite "Lo sentí? Lo sento... è l'inizio di una nuova era". Consiste en una base electrónica con un recitado por encima. Tiene pinta de estar hasta los huevos.

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En el campanario del castillo de Malcesine un niño de la edad de Álvaro protesta por tener que bajar las escaleras de espaldas. "Come si scende indietro?" insiste, apesadumbrado. Es el único niño que habla. No calla, de hecho. Hay otros, multitud de bebés en sus mochilas de porteo, pero guardan un escrupuloso silencio germánico, como si no quisieran defraudar al estereotipo tan pronto.

Comemos en una callejuela tranquila, de las pocas que quedan en el pueblo. Goethe estuvo aquí de visita en torno a 1790 pero debió de ser una excentricidad. O quizá no. Quizá entonces Malcesine, Garda, Verona, Venecia... fueran tan alemanas (tan austríacas) como lo son ahora.

Un camarero tropieza con la Chica Diploma y lo primero que se le ocurre decir es "enschuldigung". Yo le respondo "bitte" y seguimos comiendo.

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Como es la última tarde decidimos pasarla en el B&B mirando al lago desde la terraza. La alternativa era Verona, pero Verona correspondía a otro viaje. A la habitación de al lado han llegado unos franceses. También son los primeros. Puede que la chica de los desayunos sea holandesa, como Monika. No se maneja bien ni en inglés ni en italiano. Parece muy perdida, sobrepasada. Quiere volver pero tampoco sabe bien adónde.

viernes, agosto 16, 2019

Lago di Garda III. Sirmione


Me hacen gracia los que saludan al ferry desde sus barquitos a motor. No sé, me parece entrañable, una muestra casi infantil de felicidad absoluta. Ellos mueven las manos y nosotros -los más felices de nosotros- les devolvemos el gesto como diciendo "está bien, seguid así, seguid saludando barcos que se alejan".

Estamos de travesía entre Sirmione y Malcesine. Sirmione es algo diferente. Lo demás son escalas y Sirmione es destino; con su castillo, su iglesia del año 1000, sus ruinas romanas. Helados por todas partes. Unos helados gigantes  que hacen rabiar a la Chica Diploma, que se los tiene prohibidos.

Una playa, también. Playa insospechada pero indiscutible. Una playa sin arena, como me gustan a mí pero con su chiringuito, su juventud, su arrogancia.  Me gustaría poder contar algo más pero no es el día. Esto no es un trabajo. Quede una foto y una conciencia de Sirmione. Un "yo estuve ahí, yo me quemé la cara cruzando el Parque María Callas. Yo paré con el ferry en Garda, miré el pueblo con altivez y preferí que el viento siguiera azótandome el rostro".

jueves, agosto 15, 2019

Lago di Garda II. Limone


Desde el Hotel Paradiso, el agua del lago pasa a ser definitivamente verde. Enfrente quedan las nubes y por encima de las nubes unas montañas que nos gusta llamar Dolomitas. Es tierra de ciclistas, con motor y a pulso. La Universidad de Ferrara y el doctor Conconi quedan a un paso.

Las hormigas han reaparecido, igual de confusas que ayer. No sabemos qué buscan. Está claro que ellas tampoco. En una de las curvas asoma una cascada.

Monika resultó ser holandesa. Era la tercera opción posible e incluso lógica porque tiene un punto de alemana torpe o más bien de alemana sin interés alguno en ser alemana. Holandesa, entonces. El taxista de anoche, Luca, nos dijo que aquí no había muchos españoles y me pareció un eufemismo. Compartimos viaje con un grupo de jubilados de Leicester. Tengo la sensación de que nos engañó a todos.

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En Limone están de fiesta (o quizá vivan de fiesta) y todas las calles están decoradas con cartones redondos, amarillos, que anuncian una "Yellow night". Al lado del embarcadero de los ferrys hay un escenario. Es el pueblo turístico por excelencia y, para llegar, los coches se aprietan en carreteras imposibles, estrechas.

Ya no es tierra de bicis sino de motos. Motos y túneles y adelantamientos salvajes. Limone es la representación del pueblito como tanto le gusta a la Chica Diploma. Gente caminando móvil en mano porque cada rincón es una estampa, dos iglesias y un fuerte olor a cítrico.

De ahí cogemos el coche a Cascate de Varone, a ver las cuevas enfundados en unas toallas de playa: hace frío y el agua salpica en tromba. La naturaleza pretende rebelarse ante tanto simulacro pero no lo consigue, queda de nuevo como carne de vídeo, story de Instagram.

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En Riva del Garda nos dan de comer un poco a regañadientes. Nuestros horarios no son los suyos y nos lo hacen saber. Dos pechugas de pollo y gracias. Un descapotable blanco aparca en un rincón de una de esas plazas tan italianas, tan abiertas, con casas bajas y calles llegando de todos lados. Desde alguna tienda, algún bar (no conseguimos averiguar cuál) suena una especie de hilo musical que parece sacado de la propia RDS.

El concurso de hoy se llamaba "Indovina chi canta". Alguien destrozaba "Wonderwall" con saña.

Riva en general está llena de placitas agradables, con su sobria tranquilidad toscana en pleno Trentino. Una torre del siglo XIII da la hora, una chica canta Tom Petty en voz alta. No hay rastro de españoles aquí, solo una familia de latinoamericanos en el Spar: la madre hablaba en español, las hijas contratacaban en un inglés perfecto.

miércoles, agosto 14, 2019

Lago di Garda I. Malcesine


Son las doce y estamos en Milán. Es difícil de explicar o al menos a mí me resulta difícil de explicar porque a las seis estaba durmiendo en Madrid. Hay una señal que indica el camino a Como seis años después y un montón de hormigas resistentes, inmortales, que inspeccionan nuestro coche alquilado como si esperaran encontrar un fuet tras los asientos.

Búsqueda inútil. A las dos, paramos en Peschiera y las hormigas se rinden y huyen o simplemente mueren arrasadas por el calor. El caso es que no se vuelve a saber de ellas.

En la radio -también seis años después- suena RDS, 100% Grandi Sucesi. Al principio nos sorprenden con algo que puede ser reguetón italiano o puede ser trap, no estamos seguros. Nos miramos desconcertados, avejentados, como si seis años hubieran sido una vida (la vida del Niño Bonito) pero pronto la propia cadena se apiada de nosotros y nos echa un poco de Jovanotti, un poco de Pink, un poco de la "gioia di vivere" que caracteriza a la emisora. Cinco de cada diez italianos dejan a su pareja en vacaciones.

En 2013 fue "Estate" y fue Robin Thicke. En 2019, nos cabe esperar cualquier cosa.

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En Peschiera hay un ambiente variado y una exposición sobre el Festival de Woodstock. A lo lejos, los Alpes. Delante de nosotros, unas patatine al forno. La Chica Diploma quiere comprarme una camisa blanca para que deje de parecer un turista español y empiece a parecer un turista italiano.

Italianos y alemanes. Eso es Garda. Eso es Peschiera, que no es más que el balcón al lago. En la Oficina de Turismo (puede que fuera otra cosa) una chica se enamoró de mi acento británico. Luego me mandó a ver unas ruinas romanas que aún estoy buscando.

Todo en Peschiera está un poco por azar, como si no quisieran molestar a nadie. Esto no es Venezia. Esto no es Verona. Esto es Peschiera y los palazzi ocultan sus nombres. Un cisne blanco alarga el cuello como si alguien hubiera dicho su nombre. De cada tres locales, en dos venden helado. El otro es una tienda de ropa.

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Monika lo intenta pero no le sale. Al teléfono y en persona. Se impacienta con los españoles que llegan tarde, que no saben encender el aire acondicionado, que se dejan las maletas apoyadas en las escaleras. Monika, obviamente, no es italiana así que tendrá que ser alemana. Podría ser serbia, como Sonja, pero entonces no se habría escondido tanto, no llevaría su albergo con tal precisión prusiana.

De ser serbia, Monika no miraría a la Chica Diploma con condescendencia cuando pregunta por los mosquitos sino que le conseguiría ella misma un spray con una sonrisa. No se reiría a carcajadas cuando le preguntamos si la piscina es climatizada.

No, Monika tiene que ser alemana y como alemana ha concebido un negocio casi kantiano donde lo bello y lo sublime se rozan. Los parapentes se pierden tras las montañas. La piscina forma algo así como un lago diminuto. Garda desde la habitación, como en su momento Lugano. En medio, ya sabemos, seis años y un montón de curvas. Curvas suicidas, croatas. Hay sangre en una pared y el sol amenaza con ocultarse. Agosto. Algo parecido al viento pero más tímido, de paso, pónganle el nombre que quieran.

jueves, agosto 08, 2019

Vida de chalet II. Nadie es perfecto


Hay algo mágico en las conversaciones entre Hellmuth Karasek y Billy Wilder y supongo que es el uso del tiempo presente. El libro está fechado entre 1986 y 1994, año de su publicación y año en el que Fernando Trueba ganó su Oscar. Wilder no moriría hasta 2002, a los 96. La memoria de Wilder, además, es prodigiosa: todos aquellos recuerdos de la Viena imperial, del entierro de Francisco José, de la crisis de los años veinte, los burdeles camuflados, sus primeros escarceos como periodista de gran inventiva...

En Berlín trabajó de guía turístico hasta que le echaron y de “negro” en diversos guiones de la UFA. Luego, por supuesto, el éxito, pero el éxito se puede contar de mil maneras. Choca, ya digo, que alguien lo cuente en presente desde el pasado y en vida desde la muerte. Impresiona en 1994 y deslumbra en 2019, cuando se cumple un siglo de aquella visión del pequeño Otto de Habsburgo desfilando solo tras el féretro de su tío bisabuelo mientras todo un mundo, como diría Zweig, se venía abajo.

Le beneficia al libro su división en muchos capítulos de pocas páginas. Es lo mejor cuando se está ante un narrador de anécdotas. Para qué enrollarse. Cortita y al pie. Entre las virtudes de Karasek está la de saber echarse a un lado y entre las de Wilder está la de no abrumar. De hecho, se nota el cuidado del elefante por no aplastar a la hormiga, que bien puede ser el biógrafo como puede ser el lector. Wilder se sabe demasiado grande para un solo libro y conoce las posibles consecuencias. El resultado es delicioso. Uno no es el mejor guionista de la historia en vano.

*

Las piernas del Niño Bonito. Dice mi madre que son las piernas de un niño que se va haciendo mayor. Es posible. Desde luego, ha entrado en esa edad indefinida en la que es demasiado pequeño para algunas cosas y demasiado grande para otras. Cardenales en la tibia, arañazos en el gemelo, picaduras de araña por las rodillas y un espíritu de aventurero que vive su primera semana sin pañal en la cama con resultados desiguales.

La sonrisa del Niño Bonito. Una sonrisa enorme, franca, de satisfacción incamuflable cuando descubre en un rincón de la tienda los álbumes de la liga y en el otro rincón, recién abiertas, las cajas con sobres y sobres llenos de cromos. La ansiedad del Niño Bonito al colocar en su sitio a jugadores del Mallorca, del Osasuna, del Granada, de equipos que ni siquiera conoce. Ese maravilloso universo en el que lo único que cuenta, durante cinco minutos, es cuántos jugadores del Celta han salido y cuántos quedan por salir del Betis. Con quién va a cambiar los primeros repetidos.

¿Cómo no reconocerse? Yo tuve esas piernas como tuve esa sonrisa y esa ansiedad con esa misma colección pero en cromos de cartón que había que pegar con barra y apretar en las esquinas. La pulsión del quiosco. Mi tío Pancho regalándome 40 duros en sobres de los Pequeñecos o de lo que fuera. El olor a pegamento de los álbumes acolchados.

*

En un momento dado, Pepe le pregunta directamente a la Chica Diploma por su vida. Me gustaría poner la frase exacta pero no la recuerdo. Era bonita, elegante. La Chica Diploma se sonroja porque está acostumbrada a hacer ella las preguntas y ser ella la que escucha y se la nota un poco perdida: no sabe por dónde empezar pero agradece el gesto. Es normal. Siempre es bonito que alguien pregunte por ti, sobre todo alguien que no tiene ni la más remota idea de quién eres. Un interés sincero, gratuito, que choca con el empeño de algunos en convertirla en un personaje de sus propias narraciones.

Estamos en un bar de Torrelodones. “La posada”, se llama. Un contraste entre las reformas y el rancio abolengo. Pepe insiste en que Torrelodones es la cima de la civilización occidental y lo dice con la misma seguridad con la que dice todo, incluso lo que no piensa de verdad. Un hombre a prueba de polígrafos. Su anécdota favorita es: “Cerca de donde vivo hay un casino, un puticlub y una iglesia. La única que pone anuncios es la iglesia, que es justo donde no va nadie”.

El paseo nos lleva por todo el pueblo e incluye el instituto, el polideportivo y el centro de salud, que de hecho es probablemente lo que define a la civilización occidental contemporánea. A lo lejos, aislada en lo alto de una ladera, como sacada de un cuento de Poe, nos vigila la antigua mansión de los Franco Bahamonde, “el canto del pico”. A la Chica Diploma le da miedo. Es muy curioso lo nuestro. Curioso que los dos tengamos tantos miedos y casi nunca coincidan. Nuestros hijos se van a pasar la infancia desactivando bombas sin saberlo. No es una perspectiva demasiado halagüeña así que al menos intentaremos rodearles del mejor paisaje.

lunes, agosto 05, 2019

Vida de chalet 2019



Una de las cosas que más echo de menos de Corralejo es la ausencia absoluta de calor. El efecto constantemente mitigador, regulador casi, del viento. Nada que ver con este arriba y abajo madrileño y castellano, este sudor pegado día y noche, este aluvión de mosquitos sedientos. 

Eso y la mirada, por supuesto. Lo de la mirada es un tema muy difícil de explicar, casi metafísico. La mirada consiste en ser capaz de ver cosas extraordinarias en lo más normal del mundo y se tiene o no se tiene. Yo piso Madrid y me vuelvo ciego, no puedo evitarlo. Puedo hacer mil cosas más que en la tranquilidad de Corralejo pero es esa tranquilidad la que me permite apreciar los detalles, describirlos después durante párrafos y párrafos, convertirlos en algo singular.

¿Qué puedo contar ahora? ¿Qué puedo contar aquí? El niño se ha convertido en un sorprendente jugador de ping-pong y futbolín, lo que puede servirle de mucho si va al colegio correcto. Ayer, el monte ardía a lo lejos y sobre La Morcuera se cernían unas nubes negras que no sabíamos si eran señal de horror o de tormenta. La vida de chalet era una vida de esperar bárbaros, contar hacia atrás a la espera de septiembre. Ahora es otra cosa. Ahora probablemente la Chica Diploma no entienda que me pase las tardes encerrado en mi cuarto repasando mi novela o leyendo libros ajenos. No entiende que eso se haga con urgencia, casi como una tortura.

No la culpo.

¿Qué demonios es exactamente lo que nos impulsa a necesitar todo esto? A necesitar leer, necesitar escribir... ¿Qué es lo que nos obliga a juzgarnos todo el rato y compararnos? Lo más importante: ¿Cuándo acaban esas comparaciones y esos juicios y empieza el disfrute? Yo he dicho miles de veces que soy un pésimo escritor pero eso no quita para que sea un escritor, con todos los aprietos que eso conlleva. ¿Por qué? ¿Por qué este lío? ¿Por qué este continuo ataque de ansiedad? ¿Por qué obligar al lector a tragarse este rollo sobre uno mismo y no presentarle un mar de cuatro colores chocando contra rocas de lava?

Every artist is a cannibal, every poet is a thief; all kill their inspiration and sing about their grief

*

Algo de inspiración en algunos momentos de mi novela canaria. Algo que invita a pensar que si me lo tomara en serio... Una voz propia, eso sí lo diría. Hay ahí una voz pero es de momento la voz de un charlatán. Está el tipo de escritor que quiere contarte algo y el tipo de escritor que necesita contarte algo y ahí se ven las prisas, las repeticiones, los hilos que no llevan a ningún lado porque eso sería complicarlo todo demasiado y hay que acabar ya, hay que acabar ya...

Puede que el título final sea “El juego de Bruno”, pero hay que tener en cuenta que este es el cuarto título provisional en tres semanas y tampoco es que sea gran cosa. Esta mañana hemos bajado a por el álbum de cromos de la liga, pero no sale hasta mañana, tal vez pasado. El Niño Bonito quería también un muñeco de la colección “Dulces ojos del bosque” que cuesta cinco euros. Afortunadamente, no lo hemos encontrado y se ha tenido que conformar con un zumo de piña con patatas de bolsa.
En la dedicatoria hay dos nombres a la espera de que esos dos nombres tengan sentido cuando se publique el libro. Mañana saldremos definitivamente de dudas, supongo.

*

Iba a escribir algo de deporte, algo por ejemplo sobre los problemas del Barcelona a la hora de recuperar el balón tras pérdida. El desastre que es la presión alta porque no se entrena y los jugadores a veces incluso chocan entre sí. Cómo, en vez de organizarse a través de esa posición defensiva, el equipo se descoloca por completo y queda a merced de transiciones veloces que acaban con quien quede detrás reculando muerto de miedo. Fichar a jugadores de posición y convertirles en especialistas del uno contra uno. Funcionó con Mascherano y de aquella manera y el modelo se ha universalizado.

Iba a escribir sobre todo esto, pero me parece tan pesado como volver a escribir sobre Inés Arrimadas, así que lo dejo en la serie de WhatsApps con Ignacio Benedetti comentando las jugadas y el recuerdo del excelente amigo que era Diego Salazar y lo bonito que sería volver a vernos todos juntos y comentar durante horas por qué los alejados. Por pedante que quede.

viernes, agosto 02, 2019

Yesterday


Tenemos que volver a Madrid y por una serie de torpezas nos quedamos. Me siento un tigre enjaulado. La Chica Diploma me viene a decir que lo de ser un tigre quedará muy bonito en un blog pero que en la realidad soy un ser humano y jaulas, las justas. Tiene razón. "No deberías haberte metido en este lío", le digo y la abrazo. El lío soy yo. No digo el problema, digo el lío.

Tanto me quejo del tiempo que no tengo, que acabo en el Parque de Berlín con más tiempo del que me gustaría. El niño llora porque han eliminado a Jero de Pasapalabra. Yo lloraba cuando Chicho despedía cada temporada del Un, Dos, Tres y el plató se convertía en un almacén pidiendo polvo a gritos.

Peter Pan y Peter Panito, vaya tela.

En el Parque de Berlín solo hay runners y perros. A mi banco se acerca un señor de unos cincuenta años con bigote y me tiende un flyer de un concierto benéfico. "No, gracias", le digo, pero el hombre insiste: "También se puede donar sangre". "No, gracias, en serio", repito pero en realidad estoy a punto de levantarme, darle un abrazo y decirle: "No sé por qué te has metido en este lío". El lío soy yo, no digo el problema.

Anochece y es un anochecer casi violento, como si la policía municipal estuviera esperando en la puerta. Yo soy el que se queda. El que tiene tiempo.

*

La primera canción que suena en el New York Burger es "Thank you", de Dido, y yo tarareo el estribillo. El Niño Bonito me pregunta quién es y cuando le contesto, añado "es una canción bonita, ¿verdad?" y él asiente. Sí, es buena, coincide. "Buena, digo, no bonita", matiza al momento sin que yo tenga ni idea de en qué consiste para él la distinción.

Es curioso porque a mí no me parece especialmente buena, pero bonita un rato. Tanto que cuando Eminem la oyó intentó destrozarla y casi lo consigue. Eran los tiempos de Quiero TV y viajes al Bierzo. Cuando me decía: "Si vamos a caer, que sea a mi manera" y a los cinco minutos ya me habían noqueado tres veces.

El resto del hilo es un viaje sentimental desde "Creep" a "One" pasando por ese "I'm loving angels instead" que me propuse un mes de diciembre de 2005. Curioso aquel tiempo y el sentido de las oportunidades. Cada jugada era el anuncio de un gol y todos celebrábamos. Los porteros, ni que decir tiene, eran terribles.

*

Obviamente, "Yesterday" no es más que un homenaje a esa inmensa anomalía que fueron los Beatles. Lo que viene a demostrar la película es que ese mismo argumento no se podría sostener con ningún otro artista contemporáneo. Mi padre podría no entender un mundo sin Frank Zappa pero a la vez sería consciente de su peculiaridad, incluso haría gala de ella.

En ese sentido, buscar más explicaciones o tratar de encontrar razones semióticas o incluso incoherencias históricas es absurdo. Una pérdida de tiempo. La cinta solo funciona en la clave de esos dos únicos seres sobre la tierra que recuerdan sus canciones y dan gracias por poder volver a escucharlas. Si no estás ahí, si no te emocionas al reconocer extractos de la suite final de "Abbey Road", la cosa se complica y lo que queda es la típica comedia británica de fidelidades, peterpanes y amistades/amores ingenuas/genuinas.

En qué momento el cine comercial británico se emparentó con el argentino, lo desconozco. Moralina (al menos en este caso) incluida.

Como toda historia parece tener que hacerse una pregunta y contestarla, es curioso que la de "Yesterday" sea si es mejor creer en tu talento y sacrificarlo todo o ser un profesor de vida más o menos mediocre. El guion se inclina hacia lo segundo pero hay ahí algo de trampa: ese mismo guion lo ha acabado dirigiendo Danny Boyle con un presupuesto de Hollywood.

martes, julio 30, 2019

Tender



Como no tenemos aire acondicionado, vamos al cine. Somos una familia económicamente desconcertante. No es de los peores días de julio en Madrid pero aun así a las cuatro hace un calor pegajoso, aliviado tan solo -ay, los recuerdos- por un pequeño atisbo de lo que en la costa se llamaría brisa. Hay en nuestro paseo por el barrio de Prosperidad algo del padre y el niño de "Graceland", la canción de Paul Simon, pero a nosotros no nos rodean peregrinos de ninguna clase y no tenemos intención alguna de hacer historia: tan solo queremos ver una película y de camino, quizá, pillar un Magnum de chocolate, que es de lo mejor para el dolor de tripa, ya se sabe.

Al Niño Bonito no le gusta especialmente el cine pero le encantan las palomitas y básicamente ese es el anzuelo que le lleva a caminar durante veinte minutos bajo un sol irritante. Cuando llegamos, me pregunta: "¿Es una peli de verdad o una peli con señores?" En realidad, no es ninguna de las dos cosas. Señores no salen. De dibujos tampoco es. "Realidad modificada por efectos de ordenador" me parece una respuesta demasiado compleja. "De señores", respondo, a la espera de que aparezca alguno por casualidad... pero no, son solo animales y en cuanto se da cuenta el niño se queja, pero sigue comiendo y se le pasa.

Una particularidad reciente es que le ha dado por hablar en el cine. Antes, se metía en la sala y guardaba una actitud reverencial, como si estuviera un poco amedrentado por el ambiente. Ahora, no. Ahora el mundo es poco a poco su casa y eso incluye la sala seis de los cines Morasol, así que de vez en cuando comenta como esos jubilados que van a ver películas de ciencia ficción o de asesinatos. Al salir -la película le ha gustado, aunque se ha pasado la última media hora mirando atentamente su chupachups-, decidimos coger el camino a la sombra porque aún hace un calor de escándalo y pasamos por el V.O. y no sé por qué me acuerdo de L. O sí sé por qué pero no voy a contarlo ahora, no viene al caso. También me acuerdo de cuando tiroteaban a gente a la salida, pero ese es un recuerdo aún más feo.

El niño tiene tres euros en mano y amenaza con utilizarlos.

*

Los sueños buenos de verdad son los que hacen que te despiertes con los ojos llenos de lágrimas, es decir, los que consiguen emocionarte hasta el llanto y cruzan la barrera de lo real y lo imaginario. Por ejemplo, anoche, con "Tender", de Blur sonando en bucle y yo explicándole a alguien -no sé si a la Chica Diploma- que esa era la mejor canción de la historia, que era perfecta, tan perfecta que ante tal belleza solo cabía rendirse y echarse a llorar. Algo raro, porque a mí "Tender" me gusta pero tampoco demasiado y ni siquiera creo que sea la mejor canción de Damon Albarn.

Otro escenario recurrente de mis sueños es que tengo un piso para mí. Supongo que lo habré visto en alguna película o lo habré leído en algún libro: yo vivo en mi casa con mi mujer pero tengo un piso propio, un alquiler que no he dejado de pagar porque yo lo valgo y así, cuando tengo que huir, huyo ahí y me ahorro una pasta en Fuerteventuras y Alicantes y me impregno de los restos de mí que quedan en cada rincón. Las paredes son blancas como mi casa de Churruca, la felicidad es prácticamente la misma. I´m waiting for that feeling, waiting for that feeling to come.


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Terminé de ver "El Pionero". Había un lector en Twitter muy indignado porque decía que la serie no blanqueaba en ningún momento a Gil. Es un argumento que se puede defender aunque sea con dificultad durante tres capítulos y tres cuartos. Efectivamente, alrededor de Gil no hay mentira alguna: todos los datos están ahí y no se ocultan. Otra cosa es de qué manera se jerarquizan y quién los comenta. La presencia invasiva de la familia, en su mayor parte como familia y punto, es decir, sin nada concreto que añadir a esos datos más que la exoneración del conocido.

Ahora bien, lo de los últimos diez minutos roza el escándalo y ya siento el spoiler: Jesús Gil absuelto por "Tribunal Popular", el público entregado aplaudiéndole; Jesús Gil en su jacuzzi dejando su verdadero epitafio, el que la televisión le ha regalado: "Aquí yace el que luchó contra los imbéciles, contra los poderosos". Jesús Gil ya convertido finalmente en Robin Hood o en Curro Jiménez o lo que ustedes quieran con su hijo pequeño en el papel de Pepe Sancho.

Si el debate "héroe o villano" ya me parecía asombroso, imagínense esta conclusión ominosa, esta glorificación del finado. En los agradecimientos, por supuesto, la familia Gil ocupa un plano y todos los demás se agolpan en el siguiente. Aún hay clases. Por librarse, se libra hasta Isabel García Marcos, de cuyo oscurísimo papel en la Operación Malaya apenas se habla. Un mal catarro que se curó y punto. De hecho, en general, Malaya es una nota al pie y al pie, encima, de Julián Muñoz, el malo oficial.

Supongo que es en parte una producción para consumo externo, es decir, una manera de lanzar un personaje exótico a las filiales de HBO repartidas por el mundo. En ese sentido, si hasta Pablo Escobar tenía matices, ¿qué esperar de un mafioso de tercera?

domingo, julio 28, 2019

El chico que soñaba con ser Gianni Bugno


Cantabria nos despide con dos días de lluvia sin concesiones. Como si quisiera insinuarnos algo. Justo al tercero, en el que nos vamos de verdad, decide abrir con un sol maravilloso que entiendo que aún durará. Son días, por tanto, tranquilos, sin Rayos Verdes ni Pájaros Amarillos. Días sin baloncesto ni fútbol. Días más bien aburridos, vaya, de los que vuelven loca a la Chica Diploma. En un respiro del sábado, conseguimos bajar al pueblo con mi hermano, su mujer y sus hijos. Un respiro de parque, caballitos y manzanilla en un bar de jubilados.

El Niño Bonito revive en las treguas. Los tres primos se suben en lugares imposibles, sobre todo para la mayor, que tiene siete años ya. De vez en cuando viene alguien y le da un dinero "para que te compres lo que quieras". No saben lo que hacen; mi hijo tiene gustos extrañísimos. Dentro de poco serán cuatro y a ver cómo encaja la cosa. Me pregunto hasta qué punto no somos unos ludópatas, todos, hasta qué punto la vida no tiene un punto de jugador de casino que necesita barajar las cartas y repartir otra vez, sea porque hasta ahora todo ha ido bien o porque hasta ahora todo ha ido mal y es momento de recuperar las pérdidas.

Aquí estamos, barajando y esperando la carta y confiando en que no sume más de veintiuno. La Chica Diploma, con su media tripita ya, cuatro meses y medio, mitad de trayecto prácticamente. El Niño Bonito con sus dudas, sus enfados, sus reivindicaciones. Un rey que se resiste a abdicar. Yo les miro a todos y me quejo porque yo me quejo siempre: noches sin dormir por dolor de tripa, décimas de fiebre en escenarios insospechados. La vida, de nuevo, y lo que ello implica.

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Eduard manda un mensaje: ha leído los cuatro primeros capítulos de "El chico que soñaba con ser Gianni Bugno" y le han encantado. Contesto: "No sabes lo que me alegra oír eso" pero es una respuesta incorrecta. La más justa habría sido: "No sabes lo que me alivia oír eso". He trabajado meses solo en esos primeros cuatro capítulos: tono, extensión y contenido. Solo queda que le gusten los demás y que todo salga a término. Hijos y libros, aquí sólo faltan árboles para convertirme en un topicazo andante.

Por lo demás, creo que es un buen libro pero también creo que me van a caer palos por todos lados porque mezclar vida personal con contexto social con deporte suele generar más detractores que otra cosa. Con razón pero es mi estilo, qué le vamos a hacer. He tenido dos años y pico para escribirlo y reescribirlo y si por mí fuera me tiraría otros dos corrigiendo detalles, añadiendo anécdotas, eliminando frases innecesarias. Una cosa que no dije cuando aseguré que era un escritor sin talento es que poco a poco voy convirtiéndome en un escritor con criterio, que es un gran avance. Con criterio y sin miedo a borrar.

Escribir es básicamente saber lo que sobra. Entre otras muchas cosas, por supuesto, pero por encima de todas ellas.

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Castilla. Ni siquiera Madrid, Castilla. Comida familiar, voces que llegan del patio mientras atardece. Juegos de cartas y gin tonics. Una tierra que no aspira a que nadie venga y diga: "Esto es un paraíso". Una tierra consciente de sí misma y orgullosa, a veces hasta el exceso. El color pardo invadiéndolo todo, la llanura yerma, una especie de "waste land" a la española. Alguien gana y alguien pierde, la fiesta siga. Mi última neura: unos calambres en los antemuslos, una especie de abotargamiento en la cabeza. Me gusta contar lo que me pasa no vaya a ser que un día salte la noticia "Guille Ortiz ha muerto" y nadie pueda decir: "Sí, lo adelantó ayer en su blog". La letra "v" no funciona y tengo que cambiarla por la "v" en el borrador. Es posible que alguna se haya quedado en el texto definitivo pero hemos venido aquí a jugar y eso estamos haciendo.

viernes, julio 26, 2019

El Rayo Verde



En vez de a Gerra, vamos a “El rayo verde”, que es el sitio que han puesto en el prado contiguo. Las vistas no son las mismas, pero sin duda nos sirven. No hay la grandilocuencia Hotel Gerra Mayor sino algo más simple, más de andar por casa, de chill out y mojito sin alcohol y un montón de chavales con sus copas por la noche; gran parte de ellos, supongo, windsurferos.

Como la lluvia pone en peligro la instalación eléctrica, los cafés hay que cogerlos en el restaurante de al lado, una marisquería de perfil bajo, nada que ver con el Boga Boga o todas las que copan la zona de los arcos en San Vicente. Hace un frío tremendo. Esto no es Fuerteventura, aquí el viento no sirve para equilibrar el calor extremo. Aquí el viento no amaga, dispara.

Aun así, la Chica Diploma se pone su chal por encima y tira como puede. Son las cinco de la tarde, más o menos, y apenas hay dos o tres grupos repartidos por las distintas mesas: por ejemplo, dos chavales con su propia música puesta a todo volumen mientras por los propios altavoces de El Rayo Verde suena música de los setenta. A la vuelta, cogemos la carretera larga, la que pasa por las distintas playas antes de llegar a Merón y ahí ya sí enfilar el cruce hacia La Revilla.

Puede que sea un paraíso pero es un paraíso menos salvaje, más acomodado. Un paraíso sin rocas ni lava ni olas gigantes ni hostilidad ninguna más allá del viento. Un paraíso “light” hasta cierto punto pero un paraíso necesario. Imagino Madrid, ahora, y quiero morir.

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Cuando salimos del parking, el Niño Bonito está enfadadísimo. De un tremendo mal humor. Ha estado durmiendo gran parte del trayecto hasta Santander y verse de repente en medio de una feria no le hace ninguna gracia. “¿Por qué han puesto todo esto aquí?”, dice. “Porque están de fiestas”, contesta su madre. “Pues tampoco hacía falta emocionarse tanto, ¿no?” contesta en su mejor versión de Mister Scrooge. Le ofrecemos montarse en un carrusel enorme en medio del parque, pero pasa. Le ofrecemos subirse a las camas elásticas pero dice que le da igual.

Como queda media hora hasta que venga Mercedes, le propongo dar un paseo pero su respuesta está a la altura del momento: “¿Y para qué vamos a dar una vuelta? Yo entiendo que vengamos aquí para hacer algo, pero para esto....”. Está aturdido, creo, y echa de menos a sus abuelos. Con nosotros, por muy a gusto que esté, tiene dudas con respecto a la diversión potencial: intuye que en cualquier momento le vamos a arruinar la fiesta y prefiere lanzar un ataque como defensa.

Poco a poco se le va pasando. Un agua con gas y unas patatas en una terraza. Un bicho raro que le regala Mercedes en un puesto y que al principio, para variar, no le gusta nada pero del que termina enamorándose. Unas croquetas en la Casa de Comidas de Tetuán, justo al lado de Santa Lucía, donde vivió mi padre cuando llegó aquí hace 37 años y de Peña Herbosa, donde salíamos a tomar vinos todas las mañanas. Entre otras cosas.

Antes de entrar en el coche, le explicamos: “Es un camino largo de vuelta, es muy de noche, puede que te duermas, lo mejor es que te pongas un pañal” y por primera vez le sale toda la rabia del orgullo: “Siempre me tratáis como si fuera un bebé... y yo ya no soy un bebé”. Como es inevitable en estos momentos de tan alta intensidad, nos partimos de risa.

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No es que quiera meterme a estas alturas en política, pero diría que los votantes de Podemos están muy indignados por la oportunidad histórica que se ha perdido y que quizá jamás se repita en la historia de este país... y los del PSOE están silenciosos, puede que aliviados, reflejando la enorme desconfianza que tanto ellos como los políticos que han elegido sienten hacia la formación de Iglesias. Otra cosa sería Errejón, supongo. Claro que Errejón es un vendido a la CEOE y no sé qué. Cuando uno vive en la indignación constante y hace carrera de ello, luego es muy complicado descender a la realidad. Y la realidad no espera.

miércoles, julio 24, 2019

Playa de Oyambre



El Niño Bonito y la Chica Diploma vuelven al agua para quitarse la arena. Yo les miro desde lo alto de un chiringuito. Cada cuál según sus posibilidades, a cada cuál según su necesidad. Es una tarde de playa en el Cantábrico y el mar está más caliente que nunca, un mar recalentado de olas mediterráneas. El niño salta pero salta a destiempo, aún no ha aprendido y se divierte como un aprendiz. Sistemáticamente, el salto llega antes de la ola y al caer la ola le tumba. Risas. Todo le hace gracia. Todo es fascinante. Álvaro vive en una canción de Sidonie.

A su padre lo quiere para jugar a las palas pero tampoco sabe jugar a las palas. Coge la suya como si fuera una raqueta de tenis e intenta golpear plano, fuerte, buscando ángulos. No lo consigue. Esta misma tarde me ha ganado un partido de baloncesto sin necesidad de que yo me dejara. Poco a poco va haciendo progresos y, lo que es más importante, poco a poco va dejando atrás el fútbol, al que siempre miro con desconfianza.

Cuando le pregunto si le hace ilusión tener un hermanito, tuerce el gesto y me dice: “Ahora ya no tanto”. Le entiendo. “Yo estoy tan bien aquí solito que, claro...”. Le acaricio el pelo para que sepa, aún no sé muy bien el qué. Es difícil explicarle que todo va a ir a mejor en parte porque ni yo lo tengo claro. Su madre, tampoco, también es hija única. Acudimos a clichés y confiamos en que los clichés funcionen. Después le compramos unos sobaos para compensar cualquier daño.

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Marcos Pereda me espera como siempre en la media rotonda de entrada a nuestra urbanización y, como siempre, acabamos en el Hotel Gerra, desayunando de nuevo ante un mar enorme. “Estuve a punto de casarme aquí”, le explico, “pero era muy caro y estaba muy lejos”. A Marcos le conozco desde hace poco más de un año pero es como un amigo de toda la vida. Cosas del ciclismo y de determinada estética, supongo.

Me regala una revista francesa en la que colabora y me anima a que les escriba yo y ofrezca algo pero yo ya no sé qué ofrecer, no sé qué queda. Cuando hablamos del Tour, los dos estamos de acuerdo en que Pinot es nuestro favorito y que eso debe ser razón suficiente para que le pase cualquier cosa y pierda diez minutos en algún arcén. Yo presenté su libro y confío en que él, algún día, presente el mío.

Al volver, me deja en casa, donde todo es cuestión de cambiar de coche e ir a Solís, en concreto a Casa Jandro. Hace un bochorno terrible, como si ya no pudiera entender la vida sin viento. La Chica Diploma me pregunta si ya no estoy tan triste y yo le digo, para empezar, que en realidad nunca estuve tan triste, que simplemente echo de menos algunas cosas. Los dos cuidamos nuestra relación juntos cuidando nuestra relación por separado. Creo que hacemos bien.

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Murió Rutger Hauer, es decir, murió Roy Batty. Hace unos cuantos años, me encargaron un perfil del replicante para la edición impresa de la revista GQ. Eso fue antes de convertirme en colaborador de la edición digital. Ambas colaboraciones acabaron de la misma manera, con un silencio atronador. Quedan, en cualquier caso, las palabras.

martes, julio 23, 2019

The Dakota Building



La niebla cae sobre la autovía de Reinosa como lo hace en el norte: sin avisar. Son las once de la noche y el niño sigue sin dormirse así que lo damos por imposible y nos ponemos a hablar con él. El tema son las cosas que se pueden y que no se pueden contar a los padres. Yo defiendo la postura de que hay cosas que no hay por qué contar y que pertenecen a cada uno y que da igual si ese uno tiene cinco años o cincuenta: es su intimidad y punto.

Mi hijo piensa lo mismo. De hecho, lo practica. Precisamente por eso, en el fondo, mi argumento es una estrategia desesperada: si le dices a un niño que te lo cuente todo, la sospecha se instala inmediatamente en su cabeza. Si le dices que no hace falta, lo que se instala es la curiosidad. Hay un punto desesperante en ser hijo y yo aún me acuerdo de ello. Por ejemplo, cuando sé que se está haciendo pis y se lo digo y él se echa a llorar porque no entiende cómo lo sé. No lo entiende, no es justo y le da una rabia enorme.

Si vamos a ayudarnos el resto de la vida, mejor será empezar a saber cómo.

Llevo desde las once de la mañana viajando y con algo parecido a una gastroenteritis que puede ser tristeza, sin más. Muchas horas de Fuerteventura a Madrid y unas cuantas de Madrid a La Revilla. Quiero dormirme cuanto antes y no entiendo cómo el niño desaprovecha estas oportunidades como si nada. Está con sus padres y eso le basta, supongo. Tener cinco años y estar con tus padres, por muy sabihondos que sean, es la leche. Sigue bajando la niebla y empieza algo parecido a una tormenta. Desde la curva que da acceso a la casa nos mira una vaca, pensativa.

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Ahora bien, la pena como tal se dispara el martes por la mañana y es una pena hacia adentro, como siempre. Una pena de desdoblar camisas y deshacer maletas y darte cuenta de que todo acabó. Por ahora. Vuelve a caer la niebla, esta vez a las doce, y vuelve a hacerlo sin avisar. En la radio hablan de una alerta de tormenta que incluiría granizo. Bajamos al pueblo para comprar algunas medicinas y porque el niño quiere comprar un álbum de cromos que no sabe si existe. La expectativa determina la infancia.

San Vicente es el mismo de todos los veranos, es decir, una agradable mezcla de madrileños y vascos. En la panadería no queda pan y el cajero se traga las tarjetas. En la tienda de los periódicos nos confirman que los únicos álbumes de fútbol que quedan son los del año pasado y que –nadie entiende por qué- se siguen vendiendo de maravilla. El nuevo saldrá en agosto, dice el tendero, y el Niño Bonito asiente mientras señala lo siguiente que quiere comprar: unos sobres que se llaman “Egg´z world” y que básicamente son huevos de colores de tamaño diminuto a un euro la unidad.

Me equivoqué de carrera.

Después, nos reunimos con la Chica Diploma y entre los dos le compramos unos tickets para que se suba a los caballitos. Él prefiere un caldero que da vueltas a toda velocidad y, de hecho, él sigue girando y girando incluso cuando la música se para. Le estamos malcriando, ya, pero tampoco tenemos nada mejor que hacer. Tampoco sabemos hacerlo de otra manera, por otro lado. Es verano y este es su San Junípero. La casa de la playa. Si él pudiera elegir limbo, lo elegiría con porterías y canasta, como ha llegado este año.

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Las primeras páginas de “Freak Scene” son fascinantes y todo apunta a que el libro va a ir a mejor. Podrían haber empezado por The Stooges o la Velvet Underground pero han decidido empezar con Rough Trade y no me parece mal. De ahí a Tony Wilson y de Tony Wilson, ya se sabe, a Madchester. 24 Hour Party People. La última vez que vi esa película lo hice en casa de una chica que me invitó, probablemente, para hacer algo más que ver la película... pero yo me mostré irreductible. Poco después (o poco antes, imposible acordarse) yo la invité a mi casa a ver “Closer”. La que se mostró irreductible fue ella. Hizo muy bien.