lunes, agosto 19, 2019

Lago di Garda V. Torri del Benaco


Hay un punto de melancolía y tristeza en Torri del Benaco. La constancia de que esto se acaba. El Lago sigue ahí, resplandesciente, como siguen ahí las montañas gigantes que lo rodean. El pueblo, además, tiene todo para poder disfrutarlo: apenas una calle llena de tiendas y poco transitada, una sucesión de restaurantes con terraza con vistas, un castillo por supuesto, y un aire pacífico a mañana de domingo. Sin embargo, nosotros ya no estamos ahí o estamos a medias. Nosotros paseamos lánguidos y abrazados con miedo a salirnos del pueblo en cualquier momento, nosotros buscamos un lugar donde comer aunque en principio no tengamos hambre, casi por cumplir.

Descartamos el lujo y acabamos en una clásica trattoria de las afueras donde la mamma se encarga de la cocina y nadie habla inglés. Está bien, no importa, mi italiano basta para pequeñas empresas. Hace algo de calor pero la pasta está a su punto, el pan recién hecho, las mesas tienen esos manteles a cuadros que diferencia lo pequeño de lo grande. Es un bonito sitio para acabar el viaje. De camino al aeropuerto paramos en una gasolinera y comprobamos que ya no hay hormigas, que se han ido todas, probablemente escondidas para el siguiente conductor. Tengo las piernas llenas de habones. Son las últimas canciones de RDS, incluida una que repite "Loco contigo" sin demasiado sentido. Jovanotti ha invitado a una pareja a casarse en su espectáculo "Jova Beach Party" y lógicamente han aceptado.

El vuelo es relativamente plácido. Incluso el pánico al despegue dura lo justo y acabo leyendo El País tranquilamente en pleno ascenso, aún con las manos sudorosas y frías. ¿De dónde vienen estos miedos? Cuando era niño, el despegue era lo más excitante del viaje. Luego llegaron las películas y los miedos, supongo. Después del periódico, mientras La Chica Diploma se ve un capítulo de una serie, yo acabo "Monsieur Pain" de Bolaño. Creo que es el último libro que me quedaba, así que ahora quedan las relecturas. La pregunta es la de siempre: ¿qué sentido tiene escribir después de Bolaño?, ¿cómo siquiera acercarse, yo, que no soy capaz de engarzar treinta páginas de sentido? Da igual, lo importante es que el avión aterrice y de hecho aterriza sin problemas. El resto depende más del valor que del talento.

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Sueño con Kirk Douglas, a sus casi 103 años. Sueño que estamos cenando con Kirk Douglas y le pregunto por el rodaje con Billy Wilder de "El Gran Carnaval" y ahí me doy cuenta de lo realmente mayor que está mientras cuenta anécdotas de un rodaje de los años cuarenta del que fue protagonista. Luego me despierto, estoy en casa. En seis semanas me he despertado en siete camas distintas. Pronto serán siete.

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Siguiendo con Wilder: su biografía insiste en el fracaso que fue "Uno, dos, tres". Cómo una comedia ágil, fresca, disparatada se convirtió en una torpeza en cuanto los soviéticos decidieron construir un muro para separar la ciudad en pleno rodaje. Es cierto que se hace una pequeña referencia al principio de la película, pero en opinión del propio Wilder estaba condenada. "Un hombre que se cae y se levanta tiene gracia. Un hombre que se cae y no se levanta no tiene gracia ninguna". Así era Berlín en 1961.

Con todo, "Uno, dos, tres" fue mi primera película de Wilder, siendo un niño, en alguno de esos ciclos que ahora se reservan erráticamente a la madrugada, generalmente sin publicidad previa ni manera de acertar la hora. El día antes de salir a Milán volví a verla y seguía siendo maravillosa, de un ingenio y una velocidad deslumbrantes. Cada escena, cada diálogo, es una obra maestra, es Wilder en su estado más puro. Viéndola en versión original por primera vez, es imposible no admirar el trabajo que se hizo para adaptar toda esa avalancha en el doblaje.

También tuve una hora para repasar "La dolce vita". No sé por qué me dio por ahí, supongo que quería comprobar si efectivamente ahí estaba ya Sorrentino y vaya si lo estaba. Un poco más moderado, quizá, más latente por cuestiones de censura. Aguanté hasta que Annita Ekberg se metía en la Fontana di Trevi y me hizo gracia que la fuente apareciera de la nada, como en la realidad, mientras el pobre Marcello andaba por ahí buscando leche en plena madrugada.

sábado, agosto 17, 2019

Lago di Garda IV. Una nuova era


La nueva canción de Jovanotti repite "Lo sentí? Lo sento... è l'inizio di una nuova era". Consiste en una base electrónica con un recitado por encima. Tiene pinta de estar hasta los huevos.

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En el campanario del castillo de Malcesine un niño de la edad de Álvaro protesta por tener que bajar las escaleras de espaldas. "Come si scende indietro?" insiste, apesadumbrado. Es el único niño que habla. No calla, de hecho. Hay otros, multitud de bebés en sus mochilas de porteo, pero guardan un escrupuloso silencio germánico, como si no quisieran defraudar al estereotipo tan pronto.

Comemos en una callejuela tranquila, de las pocas que quedan en el pueblo. Goethe estuvo aquí de visita en torno a 1790 pero debió de ser una excentricidad. O quizá no. Quizá entonces Malcesine, Garda, Verona, Venecia... fueran tan alemanas (tan austríacas) como lo son ahora.

Un camarero tropieza con la Chica Diploma y lo primero que se le ocurre decir es "enschuldigung". Yo le respondo "bitte" y seguimos comiendo.

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Como es la última tarde decidimos pasarla en el B&B mirando al lago desde la terraza. La alternativa era Verona, pero Verona correspondía a otro viaje. A la habitación de al lado han llegado unos franceses. También son los primeros. Puede que la chica de los desayunos sea holandesa, como Monika. No se maneja bien ni en inglés ni en italiano. Parece muy perdida, sobrepasada. Quiere volver pero tampoco sabe bien adónde.

viernes, agosto 16, 2019

Lago di Garda III. Sirmione


Me hacen gracia los que saludan al ferry desde sus barquitos a motor. No sé, me parece entrañable, una muestra casi infantil de felicidad absoluta. Ellos mueven las manos y nosotros -los más felices de nosotros- les devolvemos el gesto como diciendo "está bien, seguid así, seguid saludando barcos que se alejan".

Estamos de travesía entre Sirmione y Malcesine. Sirmione es algo diferente. Lo demás son escalas y Sirmione es destino; con su castillo, su iglesia del año 1000, sus ruinas romanas. Helados por todas partes. Unos helados gigantes  que hacen rabiar a la Chica Diploma, que se los tiene prohibidos.

Una playa, también. Playa insospechada pero indiscutible. Una playa sin arena, como me gustan a mí pero con su chiringuito, su juventud, su arrogancia.  Me gustaría poder contar algo más pero no es el día. Esto no es un trabajo. Quede una foto y una conciencia de Sirmione. Un "yo estuve ahí, yo me quemé la cara cruzando el Parque María Callas. Yo paré con el ferry en Garda, miré el pueblo con altivez y preferí que el viento siguiera azótandome el rostro".

jueves, agosto 15, 2019

Lago di Garda II. Limone


Desde el Hotel Paradiso, el agua del lago pasa a ser definitivamente verde. Enfrente quedan las nubes y por encima de las nubes unas montañas que nos gusta llamar Dolomitas. Es tierra de ciclistas, con motor y a pulso. La Universidad de Ferrara y el doctor Conconi quedan a un paso.

Las hormigas han reaparecido, igual de confusas que ayer. No sabemos qué buscan. Está claro que ellas tampoco. En una de las curvas asoma una cascada.

Monika resultó ser holandesa. Era la tercera opción posible e incluso lógica porque tiene un punto de alemana torpe o más bien de alemana sin interés alguno en ser alemana. Holandesa, entonces. El taxista de anoche, Luca, nos dijo que aquí no había muchos españoles y me pareció un eufemismo. Compartimos viaje con un grupo de jubilados de Leicester. Tengo la sensación de que nos engañó a todos.

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En Limone están de fiesta (o quizá vivan de fiesta) y todas las calles están decoradas con cartones redondos, amarillos, que anuncian una "Yellow night". Al lado del embarcadero de los ferrys hay un escenario. Es el pueblo turístico por excelencia y, para llegar, los coches se aprietan en carreteras imposibles, estrechas.

Ya no es tierra de bicis sino de motos. Motos y túneles y adelantamientos salvajes. Limone es la representación del pueblito como tanto le gusta a la Chica Diploma. Gente caminando móvil en mano porque cada rincón es una estampa, dos iglesias y un fuerte olor a cítrico.

De ahí cogemos el coche a Cascate de Varone, a ver las cuevas enfundados en unas toallas de playa: hace frío y el agua salpica en tromba. La naturaleza pretende rebelarse ante tanto simulacro pero no lo consigue, queda de nuevo como carne de vídeo, story de Instagram.

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En Riva del Garda nos dan de comer un poco a regañadientes. Nuestros horarios no son los suyos y nos lo hacen saber. Dos pechugas de pollo y gracias. Un descapotable blanco aparca en un rincón de una de esas plazas tan italianas, tan abiertas, con casas bajas y calles llegando de todos lados. Desde alguna tienda, algún bar (no conseguimos averiguar cuál) suena una especie de hilo musical que parece sacado de la propia RDS.

El concurso de hoy se llamaba "Indovina chi canta". Alguien destrozaba "Wonderwall" con saña.

Riva en general está llena de placitas agradables, con su sobria tranquilidad toscana en pleno Trentino. Una torre del siglo XIII da la hora, una chica canta Tom Petty en voz alta. No hay rastro de españoles aquí, solo una familia de latinoamericanos en el Spar: la madre hablaba en español, las hijas contratacaban en un inglés perfecto.

miércoles, agosto 14, 2019

Lago di Garda I. Malcesine


Son las doce y estamos en Milán. Es difícil de explicar o al menos a mí me resulta difícil de explicar porque a las seis estaba durmiendo en Madrid. Hay una señal que indica el camino a Como seis años después y un montón de hormigas resistentes, inmortales, que inspeccionan nuestro coche alquilado como si esperaran encontrar un fuet tras los asientos.

Búsqueda inútil. A las dos, paramos en Peschiera y las hormigas se rinden y huyen o simplemente mueren arrasadas por el calor. El caso es que no se vuelve a saber de ellas.

En la radio -también seis años después- suena RDS, 100% Grandi Sucesi. Al principio nos sorprenden con algo que puede ser reguetón italiano o puede ser trap, no estamos seguros. Nos miramos desconcertados, avejentados, como si seis años hubieran sido una vida (la vida del Niño Bonito) pero pronto la propia cadena se apiada de nosotros y nos echa un poco de Jovanotti, un poco de Pink, un poco de la "gioia di vivere" que caracteriza a la emisora. Cinco de cada diez italianos dejan a su pareja en vacaciones.

En 2013 fue "Estate" y fue Robin Thicke. En 2019, nos cabe esperar cualquier cosa.

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En Peschiera hay un ambiente variado y una exposición sobre el Festival de Woodstock. A lo lejos, los Alpes. Delante de nosotros, unas patatine al forno. La Chica Diploma quiere comprarme una camisa blanca para que deje de parecer un turista español y empiece a parecer un turista italiano.

Italianos y alemanes. Eso es Garda. Eso es Peschiera, que no es más que el balcón al lago. En la Oficina de Turismo (puede que fuera otra cosa) una chica se enamoró de mi acento británico. Luego me mandó a ver unas ruinas romanas que aún estoy buscando.

Todo en Peschiera está un poco por azar, como si no quisieran molestar a nadie. Esto no es Venezia. Esto no es Verona. Esto es Peschiera y los palazzi ocultan sus nombres. Un cisne blanco alarga el cuello como si alguien hubiera dicho su nombre. De cada tres locales, en dos venden helado. El otro es una tienda de ropa.

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Monika lo intenta pero no le sale. Al teléfono y en persona. Se impacienta con los españoles que llegan tarde, que no saben encender el aire acondicionado, que se dejan las maletas apoyadas en las escaleras. Monika, obviamente, no es italiana así que tendrá que ser alemana. Podría ser serbia, como Sonja, pero entonces no se habría escondido tanto, no llevaría su albergo con tal precisión prusiana.

De ser serbia, Monika no miraría a la Chica Diploma con condescendencia cuando pregunta por los mosquitos sino que le conseguiría ella misma un spray con una sonrisa. No se reiría a carcajadas cuando le preguntamos si la piscina es climatizada.

No, Monika tiene que ser alemana y como alemana ha concebido un negocio casi kantiano donde lo bello y lo sublime se rozan. Los parapentes se pierden tras las montañas. La piscina forma algo así como un lago diminuto. Garda desde la habitación, como en su momento Lugano. En medio, ya sabemos, seis años y un montón de curvas. Curvas suicidas, croatas. Hay sangre en una pared y el sol amenaza con ocultarse. Agosto. Algo parecido al viento pero más tímido, de paso, pónganle el nombre que quieran.

jueves, agosto 08, 2019

Vida de chalet II. Nadie es perfecto


Hay algo mágico en las conversaciones entre Hellmuth Karasek y Billy Wilder y supongo que es el uso del tiempo presente. El libro está fechado entre 1986 y 1994, año de su publicación y año en el que Fernando Trueba ganó su Oscar. Wilder no moriría hasta 2002, a los 96. La memoria de Wilder, además, es prodigiosa: todos aquellos recuerdos de la Viena imperial, del entierro de Francisco José, de la crisis de los años veinte, los burdeles camuflados, sus primeros escarceos como periodista de gran inventiva...

En Berlín trabajó de guía turístico hasta que le echaron y de “negro” en diversos guiones de la UFA. Luego, por supuesto, el éxito, pero el éxito se puede contar de mil maneras. Choca, ya digo, que alguien lo cuente en presente desde el pasado y en vida desde la muerte. Impresiona en 1994 y deslumbra en 2019, cuando se cumple un siglo de aquella visión del pequeño Otto de Habsburgo desfilando solo tras el féretro de su tío bisabuelo mientras todo un mundo, como diría Zweig, se venía abajo.

Le beneficia al libro su división en muchos capítulos de pocas páginas. Es lo mejor cuando se está ante un narrador de anécdotas. Para qué enrollarse. Cortita y al pie. Entre las virtudes de Karasek está la de saber echarse a un lado y entre las de Wilder está la de no abrumar. De hecho, se nota el cuidado del elefante por no aplastar a la hormiga, que bien puede ser el biógrafo como puede ser el lector. Wilder se sabe demasiado grande para un solo libro y conoce las posibles consecuencias. El resultado es delicioso. Uno no es el mejor guionista de la historia en vano.

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Las piernas del Niño Bonito. Dice mi madre que son las piernas de un niño que se va haciendo mayor. Es posible. Desde luego, ha entrado en esa edad indefinida en la que es demasiado pequeño para algunas cosas y demasiado grande para otras. Cardenales en la tibia, arañazos en el gemelo, picaduras de araña por las rodillas y un espíritu de aventurero que vive su primera semana sin pañal en la cama con resultados desiguales.

La sonrisa del Niño Bonito. Una sonrisa enorme, franca, de satisfacción incamuflable cuando descubre en un rincón de la tienda los álbumes de la liga y en el otro rincón, recién abiertas, las cajas con sobres y sobres llenos de cromos. La ansiedad del Niño Bonito al colocar en su sitio a jugadores del Mallorca, del Osasuna, del Granada, de equipos que ni siquiera conoce. Ese maravilloso universo en el que lo único que cuenta, durante cinco minutos, es cuántos jugadores del Celta han salido y cuántos quedan por salir del Betis. Con quién va a cambiar los primeros repetidos.

¿Cómo no reconocerse? Yo tuve esas piernas como tuve esa sonrisa y esa ansiedad con esa misma colección pero en cromos de cartón que había que pegar con barra y apretar en las esquinas. La pulsión del quiosco. Mi tío Pancho regalándome 40 duros en sobres de los Pequeñecos o de lo que fuera. El olor a pegamento de los álbumes acolchados.

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En un momento dado, Pepe le pregunta directamente a la Chica Diploma por su vida. Me gustaría poner la frase exacta pero no la recuerdo. Era bonita, elegante. La Chica Diploma se sonroja porque está acostumbrada a hacer ella las preguntas y ser ella la que escucha y se la nota un poco perdida: no sabe por dónde empezar pero agradece el gesto. Es normal. Siempre es bonito que alguien pregunte por ti, sobre todo alguien que no tiene ni la más remota idea de quién eres. Un interés sincero, gratuito, que choca con el empeño de algunos en convertirla en un personaje de sus propias narraciones.

Estamos en un bar de Torrelodones. “La posada”, se llama. Un contraste entre las reformas y el rancio abolengo. Pepe insiste en que Torrelodones es la cima de la civilización occidental y lo dice con la misma seguridad con la que dice todo, incluso lo que no piensa de verdad. Un hombre a prueba de polígrafos. Su anécdota favorita es: “Cerca de donde vivo hay un casino, un puticlub y una iglesia. La única que pone anuncios es la iglesia, que es justo donde no va nadie”.

El paseo nos lleva por todo el pueblo e incluye el instituto, el polideportivo y el centro de salud, que de hecho es probablemente lo que define a la civilización occidental contemporánea. A lo lejos, aislada en lo alto de una ladera, como sacada de un cuento de Poe, nos vigila la antigua mansión de los Franco Bahamonde, “el canto del pico”. A la Chica Diploma le da miedo. Es muy curioso lo nuestro. Curioso que los dos tengamos tantos miedos y casi nunca coincidan. Nuestros hijos se van a pasar la infancia desactivando bombas sin saberlo. No es una perspectiva demasiado halagüeña así que al menos intentaremos rodearles del mejor paisaje.

lunes, agosto 05, 2019

Vida de chalet 2019



Una de las cosas que más echo de menos de Corralejo es la ausencia absoluta de calor. El efecto constantemente mitigador, regulador casi, del viento. Nada que ver con este arriba y abajo madrileño y castellano, este sudor pegado día y noche, este aluvión de mosquitos sedientos. 

Eso y la mirada, por supuesto. Lo de la mirada es un tema muy difícil de explicar, casi metafísico. La mirada consiste en ser capaz de ver cosas extraordinarias en lo más normal del mundo y se tiene o no se tiene. Yo piso Madrid y me vuelvo ciego, no puedo evitarlo. Puedo hacer mil cosas más que en la tranquilidad de Corralejo pero es esa tranquilidad la que me permite apreciar los detalles, describirlos después durante párrafos y párrafos, convertirlos en algo singular.

¿Qué puedo contar ahora? ¿Qué puedo contar aquí? El niño se ha convertido en un sorprendente jugador de ping-pong y futbolín, lo que puede servirle de mucho si va al colegio correcto. Ayer, el monte ardía a lo lejos y sobre La Morcuera se cernían unas nubes negras que no sabíamos si eran señal de horror o de tormenta. La vida de chalet era una vida de esperar bárbaros, contar hacia atrás a la espera de septiembre. Ahora es otra cosa. Ahora probablemente la Chica Diploma no entienda que me pase las tardes encerrado en mi cuarto repasando mi novela o leyendo libros ajenos. No entiende que eso se haga con urgencia, casi como una tortura.

No la culpo.

¿Qué demonios es exactamente lo que nos impulsa a necesitar todo esto? A necesitar leer, necesitar escribir... ¿Qué es lo que nos obliga a juzgarnos todo el rato y compararnos? Lo más importante: ¿Cuándo acaban esas comparaciones y esos juicios y empieza el disfrute? Yo he dicho miles de veces que soy un pésimo escritor pero eso no quita para que sea un escritor, con todos los aprietos que eso conlleva. ¿Por qué? ¿Por qué este lío? ¿Por qué este continuo ataque de ansiedad? ¿Por qué obligar al lector a tragarse este rollo sobre uno mismo y no presentarle un mar de cuatro colores chocando contra rocas de lava?

Every artist is a cannibal, every poet is a thief; all kill their inspiration and sing about their grief

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Algo de inspiración en algunos momentos de mi novela canaria. Algo que invita a pensar que si me lo tomara en serio... Una voz propia, eso sí lo diría. Hay ahí una voz pero es de momento la voz de un charlatán. Está el tipo de escritor que quiere contarte algo y el tipo de escritor que necesita contarte algo y ahí se ven las prisas, las repeticiones, los hilos que no llevan a ningún lado porque eso sería complicarlo todo demasiado y hay que acabar ya, hay que acabar ya...

Puede que el título final sea “El juego de Bruno”, pero hay que tener en cuenta que este es el cuarto título provisional en tres semanas y tampoco es que sea gran cosa. Esta mañana hemos bajado a por el álbum de cromos de la liga, pero no sale hasta mañana, tal vez pasado. El Niño Bonito quería también un muñeco de la colección “Dulces ojos del bosque” que cuesta cinco euros. Afortunadamente, no lo hemos encontrado y se ha tenido que conformar con un zumo de piña con patatas de bolsa.
En la dedicatoria hay dos nombres a la espera de que esos dos nombres tengan sentido cuando se publique el libro. Mañana saldremos definitivamente de dudas, supongo.

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Iba a escribir algo de deporte, algo por ejemplo sobre los problemas del Barcelona a la hora de recuperar el balón tras pérdida. El desastre que es la presión alta porque no se entrena y los jugadores a veces incluso chocan entre sí. Cómo, en vez de organizarse a través de esa posición defensiva, el equipo se descoloca por completo y queda a merced de transiciones veloces que acaban con quien quede detrás reculando muerto de miedo. Fichar a jugadores de posición y convertirles en especialistas del uno contra uno. Funcionó con Mascherano y de aquella manera y el modelo se ha universalizado.

Iba a escribir sobre todo esto, pero me parece tan pesado como volver a escribir sobre Inés Arrimadas, así que lo dejo en la serie de WhatsApps con Ignacio Benedetti comentando las jugadas y el recuerdo del excelente amigo que era Diego Salazar y lo bonito que sería volver a vernos todos juntos y comentar durante horas por qué los alejados. Por pedante que quede.

viernes, agosto 02, 2019

Yesterday


Tenemos que volver a Madrid y por una serie de torpezas nos quedamos. Me siento un tigre enjaulado. La Chica Diploma me viene a decir que lo de ser un tigre quedará muy bonito en un blog pero que en la realidad soy un ser humano y jaulas, las justas. Tiene razón. "No deberías haberte metido en este lío", le digo y la abrazo. El lío soy yo. No digo el problema, digo el lío.

Tanto me quejo del tiempo que no tengo, que acabo en el Parque de Berlín con más tiempo del que me gustaría. El niño llora porque han eliminado a Jero de Pasapalabra. Yo lloraba cuando Chicho despedía cada temporada del Un, Dos, Tres y el plató se convertía en un almacén pidiendo polvo a gritos.

Peter Pan y Peter Panito, vaya tela.

En el Parque de Berlín solo hay runners y perros. A mi banco se acerca un señor de unos cincuenta años con bigote y me tiende un flyer de un concierto benéfico. "No, gracias", le digo, pero el hombre insiste: "También se puede donar sangre". "No, gracias, en serio", repito pero en realidad estoy a punto de levantarme, darle un abrazo y decirle: "No sé por qué te has metido en este lío". El lío soy yo, no digo el problema.

Anochece y es un anochecer casi violento, como si la policía municipal estuviera esperando en la puerta. Yo soy el que se queda. El que tiene tiempo.

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La primera canción que suena en el New York Burger es "Thank you", de Dido, y yo tarareo el estribillo. El Niño Bonito me pregunta quién es y cuando le contesto, añado "es una canción bonita, ¿verdad?" y él asiente. Sí, es buena, coincide. "Buena, digo, no bonita", matiza al momento sin que yo tenga ni idea de en qué consiste para él la distinción.

Es curioso porque a mí no me parece especialmente buena, pero bonita un rato. Tanto que cuando Eminem la oyó intentó destrozarla y casi lo consigue. Eran los tiempos de Quiero TV y viajes al Bierzo. Cuando me decía: "Si vamos a caer, que sea a mi manera" y a los cinco minutos ya me habían noqueado tres veces.

El resto del hilo es un viaje sentimental desde "Creep" a "One" pasando por ese "I'm loving angels instead" que me propuse un mes de diciembre de 2005. Curioso aquel tiempo y el sentido de las oportunidades. Cada jugada era el anuncio de un gol y todos celebrábamos. Los porteros, ni que decir tiene, eran terribles.

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Obviamente, "Yesterday" no es más que un homenaje a esa inmensa anomalía que fueron los Beatles. Lo que viene a demostrar la película es que ese mismo argumento no se podría sostener con ningún otro artista contemporáneo. Mi padre podría no entender un mundo sin Frank Zappa pero a la vez sería consciente de su peculiaridad, incluso haría gala de ella.

En ese sentido, buscar más explicaciones o tratar de encontrar razones semióticas o incluso incoherencias históricas es absurdo. Una pérdida de tiempo. La cinta solo funciona en la clave de esos dos únicos seres sobre la tierra que recuerdan sus canciones y dan gracias por poder volver a escucharlas. Si no estás ahí, si no te emocionas al reconocer extractos de la suite final de "Abbey Road", la cosa se complica y lo que queda es la típica comedia británica de fidelidades, peterpanes y amistades/amores ingenuas/genuinas.

En qué momento el cine comercial británico se emparentó con el argentino, lo desconozco. Moralina (al menos en este caso) incluida.

Como toda historia parece tener que hacerse una pregunta y contestarla, es curioso que la de "Yesterday" sea si es mejor creer en tu talento y sacrificarlo todo o ser un profesor de vida más o menos mediocre. El guion se inclina hacia lo segundo pero hay ahí algo de trampa: ese mismo guion lo ha acabado dirigiendo Danny Boyle con un presupuesto de Hollywood.

martes, julio 30, 2019

Tender



Como no tenemos aire acondicionado, vamos al cine. Somos una familia económicamente desconcertante. No es de los peores días de julio en Madrid pero aun así a las cuatro hace un calor pegajoso, aliviado tan solo -ay, los recuerdos- por un pequeño atisbo de lo que en la costa se llamaría brisa. Hay en nuestro paseo por el barrio de Prosperidad algo del padre y el niño de "Graceland", la canción de Paul Simon, pero a nosotros no nos rodean peregrinos de ninguna clase y no tenemos intención alguna de hacer historia: tan solo queremos ver una película y de camino, quizá, pillar un Magnum de chocolate, que es de lo mejor para el dolor de tripa, ya se sabe.

Al Niño Bonito no le gusta especialmente el cine pero le encantan las palomitas y básicamente ese es el anzuelo que le lleva a caminar durante veinte minutos bajo un sol irritante. Cuando llegamos, me pregunta: "¿Es una peli de verdad o una peli con señores?" En realidad, no es ninguna de las dos cosas. Señores no salen. De dibujos tampoco es. "Realidad modificada por efectos de ordenador" me parece una respuesta demasiado compleja. "De señores", respondo, a la espera de que aparezca alguno por casualidad... pero no, son solo animales y en cuanto se da cuenta el niño se queja, pero sigue comiendo y se le pasa.

Una particularidad reciente es que le ha dado por hablar en el cine. Antes, se metía en la sala y guardaba una actitud reverencial, como si estuviera un poco amedrentado por el ambiente. Ahora, no. Ahora el mundo es poco a poco su casa y eso incluye la sala seis de los cines Morasol, así que de vez en cuando comenta como esos jubilados que van a ver películas de ciencia ficción o de asesinatos. Al salir -la película le ha gustado, aunque se ha pasado la última media hora mirando atentamente su chupachups-, decidimos coger el camino a la sombra porque aún hace un calor de escándalo y pasamos por el V.O. y no sé por qué me acuerdo de L. O sí sé por qué pero no voy a contarlo ahora, no viene al caso. También me acuerdo de cuando tiroteaban a gente a la salida, pero ese es un recuerdo aún más feo.

El niño tiene tres euros en mano y amenaza con utilizarlos.

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Los sueños buenos de verdad son los que hacen que te despiertes con los ojos llenos de lágrimas, es decir, los que consiguen emocionarte hasta el llanto y cruzan la barrera de lo real y lo imaginario. Por ejemplo, anoche, con "Tender", de Blur sonando en bucle y yo explicándole a alguien -no sé si a la Chica Diploma- que esa era la mejor canción de la historia, que era perfecta, tan perfecta que ante tal belleza solo cabía rendirse y echarse a llorar. Algo raro, porque a mí "Tender" me gusta pero tampoco demasiado y ni siquiera creo que sea la mejor canción de Damon Albarn.

Otro escenario recurrente de mis sueños es que tengo un piso para mí. Supongo que lo habré visto en alguna película o lo habré leído en algún libro: yo vivo en mi casa con mi mujer pero tengo un piso propio, un alquiler que no he dejado de pagar porque yo lo valgo y así, cuando tengo que huir, huyo ahí y me ahorro una pasta en Fuerteventuras y Alicantes y me impregno de los restos de mí que quedan en cada rincón. Las paredes son blancas como mi casa de Churruca, la felicidad es prácticamente la misma. I´m waiting for that feeling, waiting for that feeling to come.


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Terminé de ver "El Pionero". Había un lector en Twitter muy indignado porque decía que la serie no blanqueaba en ningún momento a Gil. Es un argumento que se puede defender aunque sea con dificultad durante tres capítulos y tres cuartos. Efectivamente, alrededor de Gil no hay mentira alguna: todos los datos están ahí y no se ocultan. Otra cosa es de qué manera se jerarquizan y quién los comenta. La presencia invasiva de la familia, en su mayor parte como familia y punto, es decir, sin nada concreto que añadir a esos datos más que la exoneración del conocido.

Ahora bien, lo de los últimos diez minutos roza el escándalo y ya siento el spoiler: Jesús Gil absuelto por "Tribunal Popular", el público entregado aplaudiéndole; Jesús Gil en su jacuzzi dejando su verdadero epitafio, el que la televisión le ha regalado: "Aquí yace el que luchó contra los imbéciles, contra los poderosos". Jesús Gil ya convertido finalmente en Robin Hood o en Curro Jiménez o lo que ustedes quieran con su hijo pequeño en el papel de Pepe Sancho.

Si el debate "héroe o villano" ya me parecía asombroso, imagínense esta conclusión ominosa, esta glorificación del finado. En los agradecimientos, por supuesto, la familia Gil ocupa un plano y todos los demás se agolpan en el siguiente. Aún hay clases. Por librarse, se libra hasta Isabel García Marcos, de cuyo oscurísimo papel en la Operación Malaya apenas se habla. Un mal catarro que se curó y punto. De hecho, en general, Malaya es una nota al pie y al pie, encima, de Julián Muñoz, el malo oficial.

Supongo que es en parte una producción para consumo externo, es decir, una manera de lanzar un personaje exótico a las filiales de HBO repartidas por el mundo. En ese sentido, si hasta Pablo Escobar tenía matices, ¿qué esperar de un mafioso de tercera?

domingo, julio 28, 2019

El chico que soñaba con ser Gianni Bugno


Cantabria nos despide con dos días de lluvia sin concesiones. Como si quisiera insinuarnos algo. Justo al tercero, en el que nos vamos de verdad, decide abrir con un sol maravilloso que entiendo que aún durará. Son días, por tanto, tranquilos, sin Rayos Verdes ni Pájaros Amarillos. Días sin baloncesto ni fútbol. Días más bien aburridos, vaya, de los que vuelven loca a la Chica Diploma. En un respiro del sábado, conseguimos bajar al pueblo con mi hermano, su mujer y sus hijos. Un respiro de parque, caballitos y manzanilla en un bar de jubilados.

El Niño Bonito revive en las treguas. Los tres primos se suben en lugares imposibles, sobre todo para la mayor, que tiene siete años ya. De vez en cuando viene alguien y le da un dinero "para que te compres lo que quieras". No saben lo que hacen; mi hijo tiene gustos extrañísimos. Dentro de poco serán cuatro y a ver cómo encaja la cosa. Me pregunto hasta qué punto no somos unos ludópatas, todos, hasta qué punto la vida no tiene un punto de jugador de casino que necesita barajar las cartas y repartir otra vez, sea porque hasta ahora todo ha ido bien o porque hasta ahora todo ha ido mal y es momento de recuperar las pérdidas.

Aquí estamos, barajando y esperando la carta y confiando en que no sume más de veintiuno. La Chica Diploma, con su media tripita ya, cuatro meses y medio, mitad de trayecto prácticamente. El Niño Bonito con sus dudas, sus enfados, sus reivindicaciones. Un rey que se resiste a abdicar. Yo les miro a todos y me quejo porque yo me quejo siempre: noches sin dormir por dolor de tripa, décimas de fiebre en escenarios insospechados. La vida, de nuevo, y lo que ello implica.

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Eduard manda un mensaje: ha leído los cuatro primeros capítulos de "El chico que soñaba con ser Gianni Bugno" y le han encantado. Contesto: "No sabes lo que me alegra oír eso" pero es una respuesta incorrecta. La más justa habría sido: "No sabes lo que me alivia oír eso". He trabajado meses solo en esos primeros cuatro capítulos: tono, extensión y contenido. Solo queda que le gusten los demás y que todo salga a término. Hijos y libros, aquí sólo faltan árboles para convertirme en un topicazo andante.

Por lo demás, creo que es un buen libro pero también creo que me van a caer palos por todos lados porque mezclar vida personal con contexto social con deporte suele generar más detractores que otra cosa. Con razón pero es mi estilo, qué le vamos a hacer. He tenido dos años y pico para escribirlo y reescribirlo y si por mí fuera me tiraría otros dos corrigiendo detalles, añadiendo anécdotas, eliminando frases innecesarias. Una cosa que no dije cuando aseguré que era un escritor sin talento es que poco a poco voy convirtiéndome en un escritor con criterio, que es un gran avance. Con criterio y sin miedo a borrar.

Escribir es básicamente saber lo que sobra. Entre otras muchas cosas, por supuesto, pero por encima de todas ellas.

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Castilla. Ni siquiera Madrid, Castilla. Comida familiar, voces que llegan del patio mientras atardece. Juegos de cartas y gin tonics. Una tierra que no aspira a que nadie venga y diga: "Esto es un paraíso". Una tierra consciente de sí misma y orgullosa, a veces hasta el exceso. El color pardo invadiéndolo todo, la llanura yerma, una especie de "waste land" a la española. Alguien gana y alguien pierde, la fiesta siga. Mi última neura: unos calambres en los antemuslos, una especie de abotargamiento en la cabeza. Me gusta contar lo que me pasa no vaya a ser que un día salte la noticia "Guille Ortiz ha muerto" y nadie pueda decir: "Sí, lo adelantó ayer en su blog". La letra "v" no funciona y tengo que cambiarla por la "v" en el borrador. Es posible que alguna se haya quedado en el texto definitivo pero hemos venido aquí a jugar y eso estamos haciendo.

viernes, julio 26, 2019

El Rayo Verde



En vez de a Gerra, vamos a “El rayo verde”, que es el sitio que han puesto en el prado contiguo. Las vistas no son las mismas, pero sin duda nos sirven. No hay la grandilocuencia Hotel Gerra Mayor sino algo más simple, más de andar por casa, de chill out y mojito sin alcohol y un montón de chavales con sus copas por la noche; gran parte de ellos, supongo, windsurferos.

Como la lluvia pone en peligro la instalación eléctrica, los cafés hay que cogerlos en el restaurante de al lado, una marisquería de perfil bajo, nada que ver con el Boga Boga o todas las que copan la zona de los arcos en San Vicente. Hace un frío tremendo. Esto no es Fuerteventura, aquí el viento no sirve para equilibrar el calor extremo. Aquí el viento no amaga, dispara.

Aun así, la Chica Diploma se pone su chal por encima y tira como puede. Son las cinco de la tarde, más o menos, y apenas hay dos o tres grupos repartidos por las distintas mesas: por ejemplo, dos chavales con su propia música puesta a todo volumen mientras por los propios altavoces de El Rayo Verde suena música de los setenta. A la vuelta, cogemos la carretera larga, la que pasa por las distintas playas antes de llegar a Merón y ahí ya sí enfilar el cruce hacia La Revilla.

Puede que sea un paraíso pero es un paraíso menos salvaje, más acomodado. Un paraíso sin rocas ni lava ni olas gigantes ni hostilidad ninguna más allá del viento. Un paraíso “light” hasta cierto punto pero un paraíso necesario. Imagino Madrid, ahora, y quiero morir.

*

Cuando salimos del parking, el Niño Bonito está enfadadísimo. De un tremendo mal humor. Ha estado durmiendo gran parte del trayecto hasta Santander y verse de repente en medio de una feria no le hace ninguna gracia. “¿Por qué han puesto todo esto aquí?”, dice. “Porque están de fiestas”, contesta su madre. “Pues tampoco hacía falta emocionarse tanto, ¿no?” contesta en su mejor versión de Mister Scrooge. Le ofrecemos montarse en un carrusel enorme en medio del parque, pero pasa. Le ofrecemos subirse a las camas elásticas pero dice que le da igual.

Como queda media hora hasta que venga Mercedes, le propongo dar un paseo pero su respuesta está a la altura del momento: “¿Y para qué vamos a dar una vuelta? Yo entiendo que vengamos aquí para hacer algo, pero para esto....”. Está aturdido, creo, y echa de menos a sus abuelos. Con nosotros, por muy a gusto que esté, tiene dudas con respecto a la diversión potencial: intuye que en cualquier momento le vamos a arruinar la fiesta y prefiere lanzar un ataque como defensa.

Poco a poco se le va pasando. Un agua con gas y unas patatas en una terraza. Un bicho raro que le regala Mercedes en un puesto y que al principio, para variar, no le gusta nada pero del que termina enamorándose. Unas croquetas en la Casa de Comidas de Tetuán, justo al lado de Santa Lucía, donde vivió mi padre cuando llegó aquí hace 37 años y de Peña Herbosa, donde salíamos a tomar vinos todas las mañanas. Entre otras cosas.

Antes de entrar en el coche, le explicamos: “Es un camino largo de vuelta, es muy de noche, puede que te duermas, lo mejor es que te pongas un pañal” y por primera vez le sale toda la rabia del orgullo: “Siempre me tratáis como si fuera un bebé... y yo ya no soy un bebé”. Como es inevitable en estos momentos de tan alta intensidad, nos partimos de risa.

*

No es que quiera meterme a estas alturas en política, pero diría que los votantes de Podemos están muy indignados por la oportunidad histórica que se ha perdido y que quizá jamás se repita en la historia de este país... y los del PSOE están silenciosos, puede que aliviados, reflejando la enorme desconfianza que tanto ellos como los políticos que han elegido sienten hacia la formación de Iglesias. Otra cosa sería Errejón, supongo. Claro que Errejón es un vendido a la CEOE y no sé qué. Cuando uno vive en la indignación constante y hace carrera de ello, luego es muy complicado descender a la realidad. Y la realidad no espera.

miércoles, julio 24, 2019

Playa de Oyambre



El Niño Bonito y la Chica Diploma vuelven al agua para quitarse la arena. Yo les miro desde lo alto de un chiringuito. Cada cuál según sus posibilidades, a cada cuál según su necesidad. Es una tarde de playa en el Cantábrico y el mar está más caliente que nunca, un mar recalentado de olas mediterráneas. El niño salta pero salta a destiempo, aún no ha aprendido y se divierte como un aprendiz. Sistemáticamente, el salto llega antes de la ola y al caer la ola le tumba. Risas. Todo le hace gracia. Todo es fascinante. Álvaro vive en una canción de Sidonie.

A su padre lo quiere para jugar a las palas pero tampoco sabe jugar a las palas. Coge la suya como si fuera una raqueta de tenis e intenta golpear plano, fuerte, buscando ángulos. No lo consigue. Esta misma tarde me ha ganado un partido de baloncesto sin necesidad de que yo me dejara. Poco a poco va haciendo progresos y, lo que es más importante, poco a poco va dejando atrás el fútbol, al que siempre miro con desconfianza.

Cuando le pregunto si le hace ilusión tener un hermanito, tuerce el gesto y me dice: “Ahora ya no tanto”. Le entiendo. “Yo estoy tan bien aquí solito que, claro...”. Le acaricio el pelo para que sepa, aún no sé muy bien el qué. Es difícil explicarle que todo va a ir a mejor en parte porque ni yo lo tengo claro. Su madre, tampoco, también es hija única. Acudimos a clichés y confiamos en que los clichés funcionen. Después le compramos unos sobaos para compensar cualquier daño.

*

Marcos Pereda me espera como siempre en la media rotonda de entrada a nuestra urbanización y, como siempre, acabamos en el Hotel Gerra, desayunando de nuevo ante un mar enorme. “Estuve a punto de casarme aquí”, le explico, “pero era muy caro y estaba muy lejos”. A Marcos le conozco desde hace poco más de un año pero es como un amigo de toda la vida. Cosas del ciclismo y de determinada estética, supongo.

Me regala una revista francesa en la que colabora y me anima a que les escriba yo y ofrezca algo pero yo ya no sé qué ofrecer, no sé qué queda. Cuando hablamos del Tour, los dos estamos de acuerdo en que Pinot es nuestro favorito y que eso debe ser razón suficiente para que le pase cualquier cosa y pierda diez minutos en algún arcén. Yo presenté su libro y confío en que él, algún día, presente el mío.

Al volver, me deja en casa, donde todo es cuestión de cambiar de coche e ir a Solís, en concreto a Casa Jandro. Hace un bochorno terrible, como si ya no pudiera entender la vida sin viento. La Chica Diploma me pregunta si ya no estoy tan triste y yo le digo, para empezar, que en realidad nunca estuve tan triste, que simplemente echo de menos algunas cosas. Los dos cuidamos nuestra relación juntos cuidando nuestra relación por separado. Creo que hacemos bien.

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Murió Rutger Hauer, es decir, murió Roy Batty. Hace unos cuantos años, me encargaron un perfil del replicante para la edición impresa de la revista GQ. Eso fue antes de convertirme en colaborador de la edición digital. Ambas colaboraciones acabaron de la misma manera, con un silencio atronador. Quedan, en cualquier caso, las palabras.

martes, julio 23, 2019

The Dakota Building



La niebla cae sobre la autovía de Reinosa como lo hace en el norte: sin avisar. Son las once de la noche y el niño sigue sin dormirse así que lo damos por imposible y nos ponemos a hablar con él. El tema son las cosas que se pueden y que no se pueden contar a los padres. Yo defiendo la postura de que hay cosas que no hay por qué contar y que pertenecen a cada uno y que da igual si ese uno tiene cinco años o cincuenta: es su intimidad y punto.

Mi hijo piensa lo mismo. De hecho, lo practica. Precisamente por eso, en el fondo, mi argumento es una estrategia desesperada: si le dices a un niño que te lo cuente todo, la sospecha se instala inmediatamente en su cabeza. Si le dices que no hace falta, lo que se instala es la curiosidad. Hay un punto desesperante en ser hijo y yo aún me acuerdo de ello. Por ejemplo, cuando sé que se está haciendo pis y se lo digo y él se echa a llorar porque no entiende cómo lo sé. No lo entiende, no es justo y le da una rabia enorme.

Si vamos a ayudarnos el resto de la vida, mejor será empezar a saber cómo.

Llevo desde las once de la mañana viajando y con algo parecido a una gastroenteritis que puede ser tristeza, sin más. Muchas horas de Fuerteventura a Madrid y unas cuantas de Madrid a La Revilla. Quiero dormirme cuanto antes y no entiendo cómo el niño desaprovecha estas oportunidades como si nada. Está con sus padres y eso le basta, supongo. Tener cinco años y estar con tus padres, por muy sabihondos que sean, es la leche. Sigue bajando la niebla y empieza algo parecido a una tormenta. Desde la curva que da acceso a la casa nos mira una vaca, pensativa.

*

Ahora bien, la pena como tal se dispara el martes por la mañana y es una pena hacia adentro, como siempre. Una pena de desdoblar camisas y deshacer maletas y darte cuenta de que todo acabó. Por ahora. Vuelve a caer la niebla, esta vez a las doce, y vuelve a hacerlo sin avisar. En la radio hablan de una alerta de tormenta que incluiría granizo. Bajamos al pueblo para comprar algunas medicinas y porque el niño quiere comprar un álbum de cromos que no sabe si existe. La expectativa determina la infancia.

San Vicente es el mismo de todos los veranos, es decir, una agradable mezcla de madrileños y vascos. En la panadería no queda pan y el cajero se traga las tarjetas. En la tienda de los periódicos nos confirman que los únicos álbumes de fútbol que quedan son los del año pasado y que –nadie entiende por qué- se siguen vendiendo de maravilla. El nuevo saldrá en agosto, dice el tendero, y el Niño Bonito asiente mientras señala lo siguiente que quiere comprar: unos sobres que se llaman “Egg´z world” y que básicamente son huevos de colores de tamaño diminuto a un euro la unidad.

Me equivoqué de carrera.

Después, nos reunimos con la Chica Diploma y entre los dos le compramos unos tickets para que se suba a los caballitos. Él prefiere un caldero que da vueltas a toda velocidad y, de hecho, él sigue girando y girando incluso cuando la música se para. Le estamos malcriando, ya, pero tampoco tenemos nada mejor que hacer. Tampoco sabemos hacerlo de otra manera, por otro lado. Es verano y este es su San Junípero. La casa de la playa. Si él pudiera elegir limbo, lo elegiría con porterías y canasta, como ha llegado este año.

*

Las primeras páginas de “Freak Scene” son fascinantes y todo apunta a que el libro va a ir a mejor. Podrían haber empezado por The Stooges o la Velvet Underground pero han decidido empezar con Rough Trade y no me parece mal. De ahí a Tony Wilson y de Tony Wilson, ya se sabe, a Madchester. 24 Hour Party People. La última vez que vi esa película lo hice en casa de una chica que me invitó, probablemente, para hacer algo más que ver la película... pero yo me mostré irreductible. Poco después (o poco antes, imposible acordarse) yo la invité a mi casa a ver “Closer”. La que se mostró irreductible fue ella. Hizo muy bien.

domingo, julio 21, 2019

The Lost Weekend XXI. My sweet lord.


Salgo a la calle por penúltima vez (la última será mañana, a las once, cuando me recojan para ir al aeropuerto) y por un momento todo me resulta hostil, como si esta isla ya no me perteneciera, como si yo estuviera aquí de prestado y de prestado, deprisa, deprisa, pudiera mirar por última vez los hoteles, las piscinas, la marea altísima, más alta que nunca, como si me estuviera gritando "insert coin" con cada ola que rompe en la orilla.

Afortunadamente, la sensación se pasa rápido. En cuanto llego a mi bar con piscina, el bar que ha sustituido al "Waikiki" en mi pequeño corazón de turista. El que me recibe con "Hey Jude" a todo trapo y deja la canción hasta el final, minutos y minutos de "na... nanananananá" mientras Paul McCartney se desgañita por encima. He pasado 35 años de mi vida negándome a la evidencia de que esa canción es un temazo. Con "Let it be" sí que no trago.

El camarero sabe lo que tomo y me lo sirve directamente. Es canario y vacilón. De hecho, me llama "el señor Jameson con Coca-Cola" y cuando se lo comenta al camarero italiano de las otras veces siento la tentación de corregirles: il dottore Jameson con Coca-Cola, prego! El buen rollo es tremendo, a la altura de la música. Suena "Here comes the sun" y luego todos silbamos al ritmo de "Walk of life". Para culminar diez minutos mágicos, nos ponen "My sweet lord" y uno se pregunta cómo es posible juntar la música de "She´s so fine" con un montón de cantos budistas y que te salga esa puta maravilla. El abismo entre el todo y las partes.

La siguiente es "Pumped-up kicks", de Foster The People. Casi nadie se la sabe. Incomprensiblemente, además, bajan el volumen.

Yo sé que San Junípero es el limbo. He estado pensando mucho en el tema estos días y en rigor no puede ser otra cosa: un lugar de paso cortesía de la sanidad privada. San Junípero es el limbo, sí, pero yo no he conocido aún ningún lugar mejo, aí que para mí seguirá siendo siempre el paraíso. Hasta que muera.

*

Durante el camino de la costa hacia el pueblo, el viento trae canciones del otro lado de la bahía. De vez en cuando, también, trae la voz de una niña y eso es más inquietante. La voz de una niña que canta con un megáfono o más bien con un micrófono de esos de karaoke casero. Un sonido a la vez infantil y metálico que retumba en cada piedra y parece esconderse en cada seto hasta el punto de que me paro varias veces y miro cuidadosamente por si hay alguien ahí, pero no, no hay nadie, solo submarinistas y pescadores. Última hora de la tarde.

En el "Waikiki" (el rey ha muerto pero sigue siendo el rey) me ponen una nueva versión de "Layla". Esta vez cantada por una chica en un tono muy alto, popero, pero con base de hip-hop detrás. Incalificable. El chileno ha vuelto a su bar y cuando me ve, me pregunta "¿qué tal todo, mucho trabajo?" y al decirle yo que me voy mañana, se sorprende: "Pensé que vivías aquí, como vienes tanto...". Dos semanas en esta isla es un mundo, por supuesto, casi nadie se atreve a tanto. Dos semanas y te dan la nacionalidad, así de sencillo.

Le mando un mensaje a la Chica Diploma con lo que siento en este momento: "no pinto nada en Madrid, veníos vosotros". Sé que no le va a hacer gracia pero es la verdad. Aquí podríamos ser todos felices; a veces, tengo la sensación de que en Madrid no es feliz nadie. En la playa están haciendo una sardinada y cantando canciones tradicionales. Dos chicas francesas se lanzan a la arena desde lo alto, unos tres metros. Las miro hipnotizado y me pregunto cómo es posible que ninguno les estemos diciendo nada, como si formaran parte de mi novela o algo así.

Luego sus voces se oirán con eco por las piedras y nos preguntaremos por qué.

La casa está ya prácticamente como me la dejaron. Es el momento más triste del día: el de barrer, fregar, recoger, hacer la maleta. No digo el más pesado, digo el más triste. Esta mañana vi el tercer capítulo de  "El pionero" por si había algo que contar aquí pero no daba para una entrada. Más de lo mismo: no hay jerarquía. El otro día me dijeron en Twitter que no era verdad que blanquearan a Gil en el documental. Lo que no es verdad es que mientan acerca de Gil, pero eso yo no lo he dicho nunca.

sábado, julio 20, 2019

The Lost Weekend XX. Isn´t it romantic?


La arrogancia de la juventud, de los cuerpos prietos y las expectativas. Es fin de semana y es verano y un grupo de chicos canarios se explican unos a otros el caso Alcasser siguiendo la premisa: "Es como lo de Julen pero más bestia". Me siento bien pero un poco descolocado. Mañana, domingo, todo irá mejor. Siempre he sido un chico de domingos y ahora puedo tambièn ser un perfecto padre de familia en fuga. He terminado la parte de la novela que vine a escribir (103 páginas al final, nueve capítulos, queda un cuarto aproximadamente) y me ha dado por ir a celebrarlo con un copazo a la terraza de los italianos.

Las vistas son las mismas que cada día pero cada día consiguen parecer distintas porque son siempre maravillosas. Mi San Junípero. Me pregunta mi madre si ya estoy triste por irme pero no, todavía  no, todavía mi cabeza está en la novela y en el libro de Gianni Bugno y en parte también en qué voy a inventarme para esta penúltima entrada del viaje. He llegado al límite. Estoy como Geraint Thomas subiendo el Tourmalet, al primer ataque me voy a la lona.

Ayer no hubo fuegos artificiales pero sí música hasta altas horas de la madrugada. Yo intentaba dormir y no podía, como siempre. Yo estaba pasado de revoluciones Yo ya no soy joven ni arrogante ni memorioso y cada idea me tiene que pillar con la libreta JotDown al lado, en la mesilla, para encender brevemente la luz y apuntar lo que haga falta. "Meter anécdota de algo" en el peor de los casos. Veinte de veintiuno. No es exactamente pena pero sí vértigo. La misma sensación del primer día: ¿por qué no aquí, por qué no toda la vida? En mi novela, los chicos desaparecen porque no es oro todo lo que reluce. Vida de salón de juegos y decadencia. Una manera como otra cualquiera de convencerme de que esto pudiera no ser el paraíso sino simplemente el limbo. Con sus peligros.

*

Haciendo tiempo para el sueño que no llega y acabado ya el libro de Richard Ford, decido ponerme "Isn´t it romantic?", la comedia romántica de Netflix contra las comedias románticas. Abunda en lo que decía el otro día sobre determinadas producciones españolas: la cosa más sencilla, menos pretenciosa y más llena de clichés de la ficción estadounidense tiene más gracia en una escena que muchas de nuestras comedias más "originales" en una temporada entera. Siento ser injusto porque seguro que hay excepciones; que Globomedia y Paquita Salas me perdonen.

La actuación es irreprochable y el guion funciona. Por supuesto, es una comedia romántica, con lo que eso conlleva para quien no sea un entregado del género pero cumple su función y la cumple en menos de una hora y media. Los guapos son muy guapos y los feos son muy feos sin que haga falta que nos lo recuerden a cada momento. Liam Hemsworth, de hecho, es probablemente el hombre más despampanante sobre la tierra y en eso hasta la Chica Diploma estará de acuerdo. ¿Qué más? Pocas cosas. Una escena de karaoke rollo "La boda de mi mejor amigo" muy lograda y un cameo de Jennifer Aniston.

Mucho dinero en muy poca cosa, eso también es verdad y quizá debí haber mencionado este "detalle" antes de liarme a comparaciones. Puede que un solo plano ya cueste lo mismo que "La vergüenza" entera... y así, hacer humor, es un poco más fácil.

*

Algunas reacciones a mi valoración de ayer como escritor mediocre. Javier Lorenzo me manda un mensaje de lo más amable y Jorge Díaz insiste en que soy el mejor escritor de mi generación, cosa que lleva diciendo muchos años. Es admirable que no se canse. Yo no pretendía reflejar un estado de ánimo sino una percepción objetiva: creo que mi obra literaria -no hablo de mis artículos o mis posts aquí o algún hallazgo puntual- no está a la altura de los autores que leo. Creo, de hecho, que hay un abismo entre los autores que leo y lo que a mí me sale cuando me pongo delante del ordenador con tres semanas por delante.

Eso por un lado. Por otro, es la constatación también de hechos objetivos que no tienen que ver conmigo. Si mañana mismo, Random House o Planeta vinieran a pagarme 200.000 euros por cualquiera de mis tres novelas inéditas, yo seguiría pensando que son mediocres, pero no solo ese no es el caso sino que la realidad va por otro lado, claramente:

- Todas las editoriales del mundo, las grandes y las pequeñas, rechazaron mis dos novelas. Todas menos una rechazaron mi libro de relatos y resultó que no tenía distribuidora. Las rechazaron tras leer las obras y tras no dignarse siquiera a leerlas. No puedo pensar que son todos tontos.

- Trabajé como traductor y me echaron. No es que me echaran, es que me insultaron, nigunearon mi trabajo, me llamaron estafador, no me dieron ninguna opción a defenderme, borraron mi nombre apropiándose de mi trabajo y no pagaron un duro. Quien lo hizo, recibió a cambio un importante puesto en el sector.

- Colaboré en muchas revistas y muchos medios. Con algunos acabé en el juzgado porque no pagaban, pero eso no era culpa mía. En otras, directamente, fui fulminado. A menudo, sin razón, sin un solo mensaje, sin una llamada de explicación. Sin contestar siquiera cuando tragaba orgullo y pedía otra oportunidad. Me trataron como a un perro, en definitiva.

Cuando se juntan las dos cosas: una valoración subjetiva con unos indicios objetivos llega ese juicio quizá demasiado estricto pero sincero: con talento, todo esto no habría pasado. Dice la Chica Diploma que tampoco habría pasado con un poco de don de gentes pero recurrir al "don de gentes" para excusar mis fracasos me parece aún más triste. Lo dicho: un buen jugador para el Racing y en determinadas posiciones. Poco más. No es lo que esperábamos. Cierro el debate.

viernes, julio 19, 2019

The Lost Weekend XIX. Magaluf sin balcones.


El momento cómico del día llega cuando miro mis apuntes para el capítulo octavo de la novela y empiezan por un "meter anécdota de algo" para la primera escena. Cojonudo. Ese soy yo cuando me veo inspirado. Una anécdota de algo. A bote pronto. De la nada. Y lo curioso es que voy y me pongo y escribo tres, cuatro, cinco páginas hasta llegar a las noventa que van ya en apenas diez días, más los diecinueve posts con este más tres o cuatro poemas más la corrección de un libro más una canción. Sé que no es la primera vez que lo digo, pero obviamente es porque necesito decirlo, necesito escribírmelo y que no se me olvide.

Con todo, creo que este fin de semana perdido no ha hecho sino reforzar mi condición de "escribidor". Dominic Thiem perdiendo una nueva final de Roland Garros. Como escritor, más bien poco. Como narrador, como creador, prácticamente nada. Bolaño critica a los que escriben para la inmortalidad y creen que lo van a conseguir. Lo mío es mucho peor: escribo para llegar al 22 de julio y a estas alturas no creo ni que me publiquen una novela en vida. Y mira que esta es la tercera.

No importa. Hay que escribir mejor, supongo. El problema ya no es ajeno, es propio. Estas tres semanas me han servido para ser aún más consciente de mis carencias. Quizá si a estas tres le siguieran otras tres y luego otras tres... pero ahí ya estamos como el jugador que le pide al Real Madrid partidos que solo puede tener en el Betis. Mi ausencia de talento, de originalidad, de ingenio, es escandalosa y nadie me va a convencer de lo contrario. Queda el hígado. Tirar hacia adelante con el hígado y "meter anécdota de algo" para rellenar páginas. El escribidor. Poco más, ya lo siento.

*

Ayer amenazó tormenta. La primera vez en serio en estas dos semanas. Amenazó tormenta y aun así yo me fui a mi bar con piscina... solo que cambié las chanclas por zapatillas. Seguía el camarero italiano pero había pocos turistas. A mí la lluvia me encanta, como me encanta este cielo gris, triste, un cielo que separa héroes y villanos. Los que se quedan en casa y los que salimos pese a todo. I´m only happy when it rains, I´m only happy when it´s complicated. No solo me tomé mi café sino que fui al  pueblo en busca de bronca, es decir, de cena.

El bar del chileno es por las tardes el bar de un chico al que no le entiendo cuando habla. Un chico muy simpático, por otro lado, nada que reprocharle. Se da un aire a Peter Sellers en "El guateque". Pido una hamburguesa con patatas y me sirven una maravilla. Las nubes siguen ahí pero no rompen, igual solo querían echar un vistazo. Ver que todo está en orden. La terraza se llena de gente y la noche cae muy deprisa, algo de lo que no me había dado cuenta hasta ahora: lo que dura el atardecer y lo rápido que anochece.

Paseo por la calle principal, la calle Magaluf sin balcones. Los bares están abarrotados y de uno de ellos sale el sonido de una chica haciendo una versión preciosa del "Dakota" de Stereophonics. You made me feel like the one, made me feel like the one. The one. Mejor eso que todo el chill out y la bossanova y el fingir que se es algo que no es. Me quedaría y grabaría un vídeo pero tengo obligaciones. Capítulo séptimo, segunda parte. "Meter anécdota de algo". Que lo mismo podría esperar diez minutos más, pero no, yo no soy de esos. El escribidor vuelve a casa y nada más llegar oye el sonido de bombas a lo lejos que resultan ser fuegos artificiales. Alguien celebra una fiesta a lo grande. El 18 de julio. En Canarias.

*

"Vota Juan" me dura tres capítulos, a diferencia de "Vergüenza", que me duró uno. No es mi tipo de humor, supongo. Creo que tenemos un problema si vendemos todo como una obra maestra, incluso si vendemos todo lo que hacen nuestros amigos como una obra maestra. Entiendo los miedos, ojo. Yo dije hace unos meses que una película no me había gustado y un amigo de hace años enseñó los dientes. Nadie quiere verse en situaciones incómodas.

Pero supongo que hay que hacerlo. "Vota Juan" es una mezcla de personajes estereotipados y chistes fáciles que provocan que incluso Javier Cámara quede mal. No lo consiguen con María Pujalte, eso sí. El guion me recuerda a esos que escribía yo para mis cortometrajes y que no pasaban una segunda lectura. Quizá al audiovisual también le haga falta un Bolaño, alguien que ponga los puntos sobre las íes. O quizá baste con ser consciente de que no se puede acertar siempre y no pasa nada. No todas mis clases son maravillosas, muchas de ellas son infumables.

Eso no quiere decir que sea mal profesor.

jueves, julio 18, 2019

The Lost Weekend XVIII. Bohemian like you


Izquierda en vez de derecha y un nuevo bar con una piscina redonda en medio, llena de agua de un tono esmeralda. Suena una canción al piano. Al fondo, la Isla de Lobos. El camarero es un italiano que ejerce de italiano, algo realmente insólito en Corralejo y francamente molesto. Le dura lo que tarda su compañera en quitarse la ropa de trabajo y marcharse a casa. Sin público, no hay espectáculo. Ese es el principio. Un grupo de turistas ingleses formado por una o quizá dos familias llegan y se empeñan en que el chico ponga a Harry Belafonte.

Ellos también ejercen de turistas ingleses y también resultan molestos hasta que empieza a sonar el "Come mister tally man, tally me banana" y nos envuelve en su buen rollo y hay una chica tumbada en una hamaca, descalza, que mueve los brazos mientras suena la música y fuma un cigarrillo. Lleva un traje azul estampado en flores, con cierta clase, y se viene definitivamente arriba cuando suena "The house of the rising sun", acompañando cada acorde con un chasquido de dedos, como si estuviera dirigiendo una orquesta de Eurovisión.

Aparte del italiano, los ingleses, la chica y yo hay una pareja de rusos tomando una copa. Él baila al ritmo de America -"I´ve been through the desert on a horse with no name, it felt good to be out of the rain"- y ella farfulla incómoda. Es un buen sitio para leer y yo termino el libro de Bolaño. Tendría ahora 66 años y llevaría dieciséis escribiendo obras de arte. Todos somos, en cierta medida, sus huérfanos. Cuando acaba "Paint it black" ya casi es de noche y pienso en irme. El atardecer aquí es larguísimo y me parece que llevo la vida apurando este descafeinado.

*

Cuando éramos jóvenes, teníamos algo parecido a un listado de canciones en medio de las cuáles uno no se podía ir bajo ningún concepto. Una de ellas era "Bohemian like you", de The Dandy Warhols. Queda raro escuchar la canción en medio de tanto "oldie goldie" pero supongo que a estas alturas "Bohemian like you" es un "oldie goldie" también.

En lo que a mí respecta, y Honky Tonk aparte, la canción es una mañana de sábado en San Sebastián, pase de las nueve de "Delirious", la película de Tom Di Cillo. Una resaca espantosa, histórica, que se convierte de nuevo en borrachera tras la entradilla frenética. Cuando era bohemio, como tú. Cuando me gustaba todo el mundo, dipsomanía de cariño. El otro día, en casa, me puse el disco famoso de Deacon Blue y no me acordaba de lo bueno que era. Era muy temprano, las ocho o las nueve de la mañana, y probablemente fuera sábado.

*

Roberto Bolaño llega a Santiago de Chile en 1998, meses después de la muerte en el DF de su amigo Mario Santiago (Ulises Lima). De creer lo que él mismo ha escrito en "La muerte de Ulises", acaba de ir a visitar su casa de camino a la Feria de Guadalajara. Le han abierto tres mexicanos enormes, sin camiseta, que aseguran ser los últimos seguidores de Santiago y que se maravillan ante el hecho de que él sea ni más ni menos que Roberto Bolaño. Le invitan a beber pero él no puede beber ni agua y se limita a contar su biografía y ahí acaba el relato incompleto.

Han pasado veinticinco años del golpe de Pinochet y su huída precisamente a México. Dice que se siente raro por no sentirse raro. Que esperaba otra cosa. También le extraña que haya en el mundo más chilenos. "Desde hace más de veinte años cuando hablaban de el chileno ese a la fuerza tenía que ser yo". Tiene varios compromisos mediáticos. Acaba de recibir el Premio Rómulo Gallegos por una novela aún no publicada y que se llama "Los detectives salvajes". Mario Santiago es uno de sus protagonistas. De momento, la gente le conoce por "La literatura nazi en América" y sobre todo por "Estrella distante", su última novela.

Su éxito es relativamente reciente, lo ha conseguido a los cuarenta y dos años después de dedicarle toda una vida. Para cuando le ha llegado, su hígado ya está al límite y quien dice el hígado dice también el colon y el páncreas. Tampoco es nada nuevo, lleva muriéndose desde que era joven. Una de las entrevistas le lleva a la cadena de televisión Arco Iris, en concreto al programa "Off the record", que es un título absurdo para un programa de entrevistas. Bolaño no lo conoce, eso se ve desde el principio. Ni conoce el programa ni conoce al presentador, Fernando Villagrán. No hay, desde luego, complicidad alguna entre ellos y de hecho los malentendidos son frecuentes.

Bolaño, ya a los cuarenta y cinco, se muestra condescendiente. Los medios son escasos. Hay que ver bien el vídeo de YouTube para darse cuenta de que no es un vídeo de YouTube. En 1998, YouTube no existía, así que ha de tratarse de una televisión local. Es amable en las respuestas y duro en los juicios. Tiene mucha rabia aún dentro. Todos los años del ninguneo. Sabe (o intuye) que se está muriendo y habla ya de "Amuleto", que saldrá en pocos meses. Su vida se ha convertido en una cuenta atrás para publicar todo lo que ha ido esbozando durante años y aprovechar el tirón para dejarle alguna herencia a su mujer y a sus hijos.

Cuando habla de la nueva narrativa chilena dice que ni es narrativa ni es nueva. Cuando le hablan de poesía, arremete contra el verso libre y la prosa recortada sin más. Cuando le hablan de premios, dice que él siempre había competido en regional preferente y lo dice con un acento casi completamente castellano y que se dio cuenta de lo triste que era todo cuando vio que Antonio di Benedetto también se presentaba para poder sacar dos duros. De vez en cuando, el presentador lanza un elogio y Bolaño, cortés, se desvive en agradecimientos. Las pausas comerciales no son sino una sobreimpresión en blanco y negro que dice: "Este programa no cuenta con el apoyo del Ministerio de Educación (Ni de la División de Cultura)".

El programa también está dolido. Quién sabe qué será del hígado de Villagrán. Bolaño fuma. Pide que si hay una pelea, que si la crítica española se decide a vapulearlo por "Los detectives salvajes" que por favor no le toquen el hígado, que todos los golpes vayan al rostro ("como Robert de Niro en Toro Salvaje"). A la hora, todo ha acabado y todo empieza: un nuevo coche, una agente de prensa que le lleva a un nuevo estudio, un nuevo entrevistador que intenta sacar algo en claro de aquel semidesconocido.

A los cinco años, morirá sin ver el éxito mundial de "2666". Su última entrevista saldrá en Playboy. El mismo tono, la misma severidad. El mismo listón al que nos asomamos con pánico los mismos impostores.

miércoles, julio 17, 2019

The Lost Weekend XVII. Sharp Objects


Estoy en la terraza del bar del chileno y un niño se aburre. Estas cosas pasan. Se desespera entre sillones e interrumpe a sus padres con un "aita, aita" repetitivo. Los padres no le hacen caso y se masca la tragedia. Por los altavoces suena una versión chill out, casi bossanova, de "Wonderwall". Hace diez minutos, en otro bar, la misma canción sonaba a ritmo "be bop". Esta vez, el colmo del despropósito es "Tears in Heaven" en reggae. Si ya no respetamos ni a Eric Clapton, creo que hemos tocado fondo.

El niño, que tiene seis años y se llama Dani, sigue aburriéndose. Sus padres quieren tomarse un gin tonic mientras miran al mar y él quiere cualquier otra cosa. A los seis años, uno no entiende de más paraíso que el de jugar con tus padres, tus tíos, tus abuelos... Así, el niño va tensando la cuerda hasta que se rompe. Y es un momento desagradable, la verdad, no solo por los gritos del padre y el llanto desconsolado del niño que grita a su vez como si esto fuera una serie de HBO sino por los propios reproches entre adultos: "Es que no le entiendes", " es que siempre le permites todo, cuestionas mi autoridad".

La mecha ha prendido y ya no paran de explotar bombas.

Por mi parte, yo intento tomar mi filete vigilando que la cosa no se salga de madre porque si se sale de madre y le tumbo con dos puñetazos de artes marciales sé que al menos la mitad de Twitter dirá que he hecho bien. La otra dirá que he hecho mal, claro. Intento tomar mi filete y la cosa se calma, pero no puedo evitar pensar en el Niño Bonito, en que nosotros nunca hablaremos así al Niño Bonito -y no estoy diciendo que potencialmente eso no sea un error- y que nunca nos hablaremos así entre nosotros. Que el día que nos hablemos así entre nosotros, delante de todo el mundo, delante de nuestro hijo, será el último día.

*

Todavía aturdido, con mal cuerpo, cojo las chanclas y vuelvo a casa andando en vez de en taxi. Cruzo la playa, especialmente bonita bajo esta luz menguante. La tranquilidad de los pueblos de costa a las nueve de la noche. Una calma que anuncia tormenta. Hay tribus ocultas cerca del puerto. Llamo a la Chica Diploma y le cuento la historia porque estoy aún conmovido. Luego se la cuento al Niño Bonito, que pone todo su interés, como si le fuera mucho en entender lo ocurrido.

"¿Qué hizo mal el nene?" es su primera pregunta, porque no tiene madera de Espartaco todavía. Le explico que lo único que hizo mal el nene fue aburrirse, pero no acaba de entender. "¿Entonces qué hizo mal?" Mal y bien. La educación moderna va por un lado y el instinto por otro: dos opciones, ni una más. "Yo creo que a los nenes no hay que gritarles así ni aunque se porten mal", le digo, pero no tiene opinión al respecto. Igual a él le parece bien gritar a los nenes porque a veces los nenes pueden ser muy mezquinos unos con otros.

Le interesa más contarme que quiere hacer dos colecciones y me lo dice con el convencimiento con el que yo dije: "Me voy a ir tres semanas a escribir" y me he metido en este lío en el que cada dos horas le mando algo a mi mujer para que vea que no me relajo. Que igual podría relajarme, de hecho ella me lo pide, pero yo no sé relajarme, ese es mi gran problema. Yo veo en cada oportunidad, un reto, a mi manera. Por lo demás, Orestes ha ganado y el Atleti va a fichar a muchos jugadores. Esto me lo explica tres veces porque, aunque lo entendí a la primera, él está convencido de que es demasiado complejo para mí.

No, nunca gritaré así al Niño Bonito. Será un criminal despiadado e iré a la cárcel a abrazarle. Un niño mimado y consentido, sin valores. Incapaz de olvidar el día que Griezmann se fue al equipo de su padre.

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Lo mejor de "Sharp Objects" son las horas que paso hablando con mi madre para que me explique un final que sigo sin entender. Una serie que une familias, no es poco. Sin entrar en demasiados detalles para evitar spoilers digamos que es el típico producto Gillian Flynn en el que todo es excesivo y no deja de dar vueltas. No hay una narración lineal de los acontecimientos porque siempre hay una sorpresa nueva que descoloca todo lo anterior. Los indicios del capítulo uno no existen en el cinco y los del cinco se pierden en el ocho. O, más bien, en cada capítulo se van desperdigando tantos indicios que al final cualquier solución es plausible.

La ambientación es prodigiosa, eso sí, y ahí la serie no escatima. Yo habría escatimado pero ellos no y esa parte la entiendo. Si los objetos van a estar afilados que lo estén a la vuelta de cada esquina. "Heridas abiertas" lo han llamado en castellano, que no es exactamente lo mismo pero no está mal. Misuri. Los confederados. Recuerdos de la guerra civil. Escribía Joan Didion en sus notas: "La Guerra de Secesión fue ayer pero de 1960 ha pasado un siglo". Y eso lo escribía en 1969.

Los actores están soberbios. A mí me puede molestar ligeramente que Amy Adams se pase ocho capítulos susurrando, pero supongo que le han dicho que lo haga así. Lo de Patricia Clarkson es un espectáculo y Eliza Scanlen es todo un descubrimiento, más que nada porque el papel de adolescente traviesa está muy trillado y es muy fácil hacerlo mal en ese terreno. En general, dentro de lo que es una serie tramposa se podría añadir una trampa más: todo el mundo es demasiado guapo. Hasta los policías. Es un mundo de guapos peligrosos y desde la inversión de valores que supuso "American Psycho", sabemos que cuanto más guapo, más peligroso. Como si el mundo, encima, les debiera algo.

martes, julio 16, 2019

The Lost Weekend XVI. El secreto del mal.



Me levanto a las siete de la mañana para poder quedarme a vivir ahí, a contratiempo, pero no me dejan: al rato son las ocho y luego las nueve y para las once ya he participado en un podcast, he puesto una lavadora que ha dejado el suelo del patio empapado (sin rastro de la cucaracha, fue un trabajo limpio y rápido), he corregido tres capítulos de mi libro sobre Gianni Bugno para la Editorial Contra y he leído unas cincuenta páginas del enésimo libro póstumo de Roberto Bolaño, en este caso, "El secreto del mal".

Sobre los libros póstumos de Roberto Bolaño no hay consenso alguno: están quienes los odian y están quienes los adoran. Yo tiendo a adorarlos. Especialmente los que están hechos de pedazos y no aspiran a una continuidad, como este. Los que son ejercicios, relatos breves, reflexiones... Tanto en los que salen policías y jorobaditos como en los que se analiza el futuro de la literatura argentina. Bolaño es desbordante. Bolaño fue un grito de esperanza durante años: si a él empezaron a publicarle en serio con cuarenta años, ¿por qué no podría pasarme a mí?

Pero yo ya no cumpliré cuarenta años. Y yo no escribo así ni por asomo.

Bolaño narra bailando desde el precipicio y yo cuento todas mis historias mirándome los pies no vaya a pisar a alguien. Una torpeza entrañable. Mi novela va por las sesenta páginas y sigo sin saber muy bien qué estoy haciendo; prefiero al menos no mirar atrás, que ya es un avance.

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Cuando me siento demasiado cansado (he conseguido rellenar cada minuto del día con una obligación) me tumbo en la cama y abro la ventana para oír el viento golpear las palmeras. Es un sonido de lo más relajante y por un momento puedo cerrar los ojos, sentir el aire y pensar que estoy en Santander, como cuando llegaba de viaje y lo primero que hacía era subirme a mi habitación y dejar que una brisa parecida pero más tranquila me arrullara hasta dormirme. Los pósters en las paredes, los libros de Philip K. Dick...

El problema es que aquí no duermo. Recargo pero no duermo. Demasiado activado el cerebro como para  bajar a cero a voluntad. Mejor las siete, insisto. Mejor la primera luz del día y el lento despertar propio. Las persianas bajadas de los vecinos y el borboteo del agua de las piscinas en esta especie de urbanización.

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He cambiado la rutina de visitas a Corralejo de la mañana a la tarde. De entrada, hace más frío o menos calor, como prefieran. La gente es distinta: si hay bañistas es porque están volviendo, el resto vamos de domingo, aunque un domingo de isla canaria, con sus bermudas y sus camisas largas. El atardecer se convierte en el gran y único espectáculo y a las terrazas no les importa invadir el camino de la costa. El Savannah lleva unos días cerrado, así que me siento enfrente del Waikiki, justo en la punta del cabo y me pongo a leer mientras temo que la sombrilla se venza y acabe en mi cara.

La música sube un peldaño en sofisticación. Ya no hay reggaetón ni salsa. Es todo chill-out o algo parecido al house. El despropósito culmina en el bar del chileno con una versión reggae del "Don´t dream it´s over" de Crowded House. Ni rastro de "Layla" por ningún lado, eso son vicios diurnos. El hombre  que se parece a Mark Knopfler canta "Brothers in Arms". No sé si pescado o carne, así que carne en el restaurante y luego otro café mirando este atardecer larguísimo, porque aquí amanece muy rápido, más de lo que a uno le gustaría, pero atardece a gusto del consumidor. Hasta que no pague el último, el sol no se marcha.

lunes, julio 15, 2019

The Lost Weekend XV. Dolor y gloria


Como ya no les dejo fuet en la cocina, a las hormigas no les queda más remedio que comer cucarachas. Ayer salí a comprar mientras oía cánticos Hare Krishna en la lista de reproducción que Spotify le dedica a George Harrison. Pocas cosas, pero necesitaba respirar: escribo en tres sitios distintos mientras leo dos libros y sigo una serie - "Sharp Objects"- que es demasiado truculenta. Mucho cachondeíto con lo del tío que se escaquea tres semanas, mucho "te tendrían que poner un monumento", pero en una semana van casi cincuenta páginas y quince posts y ocho libros y un corazón roto a manos de Novak Djokovic.

Otra cosa es Sonja, claro. Sonja festeja en su casa porque nació en el mismo pueblo que Nole, que es el mismo pueblo de Vlade Divac. Serbia es lo que tiene. Sus gritos no ahondan mi duelo, al contrario, lo mitigan. ¿Saben un problema que me estoy encontrando? Que cada vez vivo más en la ficción y no me encuentro a mí mismo; que cada cosa que hago ya está pensada únicamente para ser escrita. Que, de hecho, paso más tiempo frente al ordenador que en la playa o el pueblo o los Hiper Dinos que llenan la isla.

En rigor, ahora mismo, medio en trance, podría estar en cualquier lado. Pero prefiero estar aquí. Una periodista me escribe para que le mande unos audios sobre "Ganar es de horteras" y se sorprende porque los envío al momento. Easy come, easy go. Todo va bien pero me va a faltar una semana. También es cierto que, una semana más, y me acabaría volviendo loco.

*

"Dolor y gloria" es una delicia. Es curioso adjetivar de esta manera una película de Almodóvar, quien destaca habitualmente por lo contrario, pero se agradece este tono fin de fiesta. Todos los personajes están comedidos, las situaciones están controladas, no hay presidiarios disfrazados de tigres e incluso el humor huye de lo escatológico. Sensaciones a flor de piel acompañadas de su habitual gusto por la escenografía y una menor pomposidad en los diálogos.

Nadie ha dirigido mejor a Penélope Cruz en toda su carrera. Penélope Cruz es y será siempre la chica de aires cojos que iba cargada con una bolsa de plástico camino a su casa en "Jamón, jamón" mientras Javier Bardem le decía obscenidades. Cuando Penélope Cruz se pone a gritar, a soltar, a explotar... no queda más remedio que mirarla como Scarlett Johansson, con cara de "qué me estás contando".

Pero eso da Oscars, claro.

Con "Dolor y gloria", lo más que conseguirá será una nominación al Goya que gane otra mientras el presentador de turno se pasa la gala vacilándola. Tener 45 años y seguir aparentando 18, eso es magia, eso es inocencia. ¿Y qué decir de Antonio Banderas? Tener 60 y ser tan increíblemente guapo, tan pausado, tan creíble, tan George Clooney si George Clooney pudiera hacer de Almodóvar. Banderas se fue a Holywood y se convirtió en poco más que una mascota. El puto gato con botas. Cuando vuelve y no le obligan a hacer como si estuviera en El Hormiguero, demuestra ser un actor soberbio.

Por lo demás, en la película no pasan grandes cosas y no saben lo que se agradece. Un director avejentado, en crisis, hipocondríaco, con un miedo horrible a la muerte y a la vida, entendiendo por vida lo que ocurre "ahí afuera". Un hombre mayor con adicciones de hombre joven. Un montón de médicos. Le explica al cirujano sus proyectos de futuro pero sus proyectos de futuro solo sirven para que el anestesista le duerma. Creo que vi a Alba García, estoy casi seguro, pero en los créditos pusieron Alba Gómez. Fueron dos horas de buen gusto y tranquilidad. Hace ocho años -cuando la película del tigre y de los transplantes de piel y no sé qué historias- me prometí no volver a ver una película suya pero yo tengo más peligro que Espinosa de los Monteros en una investidura, lo que a veces es una ventaja.

Del "Macguffin" de la tos y los ahogos, mejor no hablamos que no quiero más spoilers.

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Termino "Sur y oeste", las notas de viaje de Joan Didion para dos reportajes que nunca llevó a cabo. Didion es admirable a tantos niveles que es difícil quedarse solo con uno. De entrada, es admirable en sí misma. Admirable y fascinante, por qué no decirlo: toda esa seguridad que transmite el personaje Joan Didion, esa contundencia en el juicio, en la descripción, la precisión quirúrgica de la frase, del diálogo... y la enorme fragilidad de la Joan Didion persona, sus cuarenta kilos, sus inseguridades, la manera en la que habla de sí misma. La cantidad de alcohol que aparece en cada libro...

A Joan Didion ya la conocía de sobra antes del famoso documental, "The center will not hold", pero me impresionó verla así, tan deslavazada, tan dubitativa, tan negándose a la realidad de las adicciones de su hija Quintana Roo. Quintana Roo, la compañera de juergas de Bret Easton Ellis en las universidades de California, ahí es nada. Tan, tan fuerte, tan Oriana Fallaci a veces, tan Gertrude Atherton incluso, y tan, tan delicada, tan fácil de tumbar soplándole como a una pluma.

Pero, sobre todo, es admirable y fascinante como escritora. No sobra nunca una palabra. Hay reportajes más logrados y reportajes menos conseguidos. Está ese maravilloso "Slouching toward Bethlehem" y el mejorable en ocasiones "A book of common prayer" (en ocasiones, insisto), pero lo impresionante de Didion es lo alto que coloca el listón. A partir de ahí, a veces lo supera con más suficiencia y a veces con menos, pero no lo derriba nunca. Para una escritora compulsiva, el reto es formidable. ¿Cómo escribir tanto y hacerlo siempre bien? La pulcritud, la exactitud, la fortaleza.

El sur como tierra de salvajes sin solución; hormigas y cucarachas. El oeste como magdalena de Proust. La chica que hacía de animadora mientras editaba el periódico del instituto.

Joan Didion como cheer-leader, a qué cosas obliga la adolescencia en un país obesionado por los concursos de popularidad.