miércoles, mayo 20, 2020

La prensa de pago y la indefensión social


Lo primero que habría que decir es que la prensa siempre fue de pago. Hasta hace treinta años, por lo menos, aun con ciertas excepciones. El problema es que durante todo ese tiempo, la prensa de pago no tuvo competencia... y cuando la tuvo, lo notó: primero, la radio; luego, la televisión. La decisión de El Mundo, El País y El Confidencial de cerrar sus contenidos a suscriptores es la consecuencia de años y años de pérdida de lectores en quioscos, con la correspondiente pérdida de publicidad y la dependencia -más o menos encubierta según el caso- del dinero interesado de partidos políticos, grandes empresas y administraciones de todo signo.

El sueño de un periodismo online gratuito que mantenga unos mínimos de calidad, pueda dar trabajo y sueldo a suficientes personas y además sea rentable económicamente parece llegar definitivamente a su fin. Uno no puede vivir toda la vida de los becarios. El cambio a plataformas de pago parece una exigencia. A algunos les irá mejor que a otros, como siempre, pero no había futuro en el pasado. No había modelo en el "todo gratis". Hemos tenido veinte años como mínimo para probar algo que funcionase y no lo hemos conseguido. Pese a lo que pueda pensar aún buena parte de la opinión pública, los periodistas en su gran mayoría cobran dos duros, trabajan un montón de horas, soportan unas exigencias brutales y su seguridad contractual suele ser precaria.

Que eso cambie me parece bien. Lo que no sé es hasta qué punto la sociedad va a quedar indefensa. Y bien que se lo merece, se podría decir. Y bien que no le importa, me temo. En un momento en el que parece que los extremos ganan más fuerza que nunca y el concepto de tribu ideológica triunfa por todo el país, quedarnos sin referencias no es una gran noticia. Mientras tal partido o tal medio puede inventarse un bulo y pasarlo de cuenta a cuenta o de WhatsApp a WhatsApp sin límite aparente, la verdad apenas podrá ser compartida. Quedará solo para aquellos que puedan pagar por ella. ¿Como antes, entonces? Sí, pero con matices. Con el matiz, de entrada, de masas enfurecidas alimentadas por el mismo producto, el mismo formato, pero sin diques.

Ha sido la sociedad la que ha expulsado al periodismo y ha abrazado al entretenimiento. Las comparaciones con Netflix son constantes y a menudo burlescas: ¿por qué pagar por un periódico lo que pago por tantas series, tantas películas?, ¿qué me aporta la realidad que no me esté aportando ya la ficción? Puede que no haya habido pedagogía suficiente. Puede que el propio periodismo haya abrazado al entretenimiento de forma tan desesperada que a la gente se le hayan borrado los límites. A las 10, Javier Negre y Monedero; a las 11, lo nuevo en Supervivientes. Si la verdad queda en manos de quien quiere buscarla y no de quien se la encuentra, vamos a tener un problema gordo. Ya lo tenemos, de hecho, pero aún peor. De alguna manera, nos quedamos indefensos y no conocemos siquiera al enemigo.

*

El mejor momento de la noche es, sin duda, cuando la Chica Diploma entra en el chat junto al Niño Bonito. La cara del Niño Bonito entre tantas caras, mirándose a sí mismo y mirando a los otros. Mirando a su padre -"papá, papá, cómo lo has hecho para que haya tanta gente"- y aceptando retos al parchís y a las damas. El niño frente al mundo de los mayores, buscando también su aceptación, su reconocimiento, su distancia de una infancia que a veces da sensación de incomodarle.

Los demás jugamos a ser los de antes y lo conseguimos sin problemas. La Chica Disney dice que ya no quiere ese apodo, que prefiere cualquier otro pero a mí me cuesta mucho cambiar las rutinas y eso debería saberlo. Además, "la chica Disney" le pega a la perfección, define su inocencia, incluso a los 36 años cumplidos. Nadie puede leer "la chica Disney" y pensar "joder, esa tiene que ser una hija de puta de cuidado...". Lo más probable es que quiera achucharla, envolverla y llevársela a casa. Le digo que lo pensaré solo si se le ocurre uno mejor, pero no se le ocurre y, al rato, el agobio se le pasa.

Rubio sigue siendo Rubio a las doce y media de la noche, conexión fugaz de domingo para decirle buenas noches. La Chica Selectiva parece otra desde que puede correr por la Ciudad Universitaria. Fer y Rocío, que nunca tuvieron apodos, que nunca hizo falta literaturizarlos, vuelven a estar al otro lado del café aunque esta vez el café sea una pantalla. Yo me noto cambiado, pero me gusta. Quizá la felicidad y la euforia sean cosas distintas y las haya estado confundiendo demasiado tiempo. Como un niño bonito cualquiera en el cumpleaños de su padre.

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Rocío, por cierto, pregunta "¿cómo lleva la Chica Diploma que hables de tus ex todo el rato?". Hacía tiempo que nadie me lo comentaba, más que nada porque cada vez las ex quedan más lejos y hablo menos de ellas. Es sencillo: la Chica Diploma sabe que cuando hablo de mis ex en realidad hablo de mí. Que no hay más nostalgia ahí que la nostalgia por mí mismo, más página abierta que la de mi juventud. Sabe que fui feliz y no le importa, al contrario. Sabe que necesito recordármelo de vez en cuando: decirme "qué feliz fuiste y qué bien te rodeaste y qué maravilloso y sorprendente fue cada pequeño detalle y cuánto quisiste y cuánto te quisieron". Así, de nuevo, la literatura. Ella siempre llevó bien la literatura, nunca la vio como una amenaza. No era una amenaza, de hecho, ni mucho menos lo va a empezar a ser ahora. Se complementan. Y ella lo sabe.

jueves, mayo 14, 2020

It´s my birthday too, yeah


Otros cumpleaños, claro, porque ya habrá tiempo de hablar de este:

- La noche con la Chica Langosta cantando "21, today" de los Cranberries mientras garabateaba notas en su cama.

- Las tardes en Moralzarzal comiendo pollos asados con todos esos magníficos adolescentes. Camiseta de Hole raída y un EP de Veruca Salt.

- Un hotel-spa de lujo en Alicante con la Chica Diploma y el Niño Bonito. Ella, radiante, como siempre. Él, refunfuñando desde su Bugaboo o tirándose arena encima en la playa loco de alegría. Un niño sin términos medios. Dani y yo en un concierto de Lichis escuchando versiones de Antonio Vega.

- El Viejo Café Colonial con las dos plantas abarrotadas. Todos mis amigos del mundo tal y como lo conocíamos e incluso de antes. Apología del bloqueo ciego. Isa, frágil como era entonces, en 2005, intentando sonreír y adaptarse a un entorno que no era el suyo pero era el mío y con eso le valía, regalándome libros improbables. L. en una mesa con sus amigas, puede incluso que con la Chica Berklee, pero igual ahora estoy mezclando recuerdos.

- Un concurso de popularidad muy mal entendido y muy mal ejecutado. Un falso sentido de la popularidad, en general, que arreglaron, como siempre los Chicos Top of the Pops con B. a la cabeza, porque lo que me ha cuidado a mí B. no está en los escritos. Y eso, a sus 22 años...

Pero, sobre todo, la madre de todos los cumpleaños, en 2008, el año sin sentido. La cafetería Tere y luego Las Vistillas. La cantidad de gente maravillosa, ecléctica, inopinada que se plantó ahí solo para estar conmigo. La noche que acaba en San Ginés con una aspirante a fotógrafa que se parece a Inma del Moral, ella con su chocolate con churros, yo con mi descafeinado de sobre, los dos sentados a la puerta de una Joy Eslava cerrada.

Del resto, fogonazos. Terrazas de La Badila, mesas pegadas en La Petisqueira. Durante años, he tenido un pánico horrible, un convencimiento tenebroso, de que mi acmé ya había pasado. Que se quedó allá por ese 2008 o incluso 2011 y que lo que quedaba era decadencia. Ahora tengo dudas. Quizá el acmé sea aquí y sea ahora. Primavera de 2020. Un acmé que llega en medio de una pandemia, lo cual encaja perfectamente con mi estética. 43 años hoy, casado, dos hijos, dos trabajos o puede que tres, ya no sé ni cuántos libros. Cuando hablo con la Chica Diploma sobre el futuro y los dos nos agobiamos, me limito a decirle: "Estamos bien, estamos vivos, estamos sanos..." y por primera vez en mucho tiempo, eso ha dejado de ser un tópico.

*

A las ocho, hacemos una pausa en las videoconferencias para poder salir a la ventana o a la terraza a aplaudir. Son tres-cuatro minutos de desconexión para luego seguir con algo que se parece a una clase pero que no lo es, es más bien una charla entre amigos solo que uno de ellos resulta ser el profesor. A veces hablamos sobre procrastinar, a veces hablamos sobre educación, a veces hablamos sobre peleas con los padres o con los hijos...

El caso es que, cuando vuelvo frente al ordenador y retomo la conexión, me han preparado un precioso mural con cartulinas que lee, de arriba abajo y de izquierda derecha, "Thanks, a good very to forget Guille!!! :-) is impossible much". Todos ahí, con su dibujo frente al ordenador, tapándoles la cara. Tan monos. Tan entrañables. Me sé todas sus historias. Incluso con las pausas, incluso con la mala memoria, me sé todas sus historias. Eso es dar clase: sumergirte cada año en cuatro novelas nuevas y analizar cada personaje.

Les explico que no ha sido un año fácil para nadie pero que ellos me lo han hecho fácil a mí y por eso soy yo el que les tengo que dar las gracias. Les cuento el día, finales de marzo, 1000 muertos al día en España, calles desiertas, ulular de sirenas de ambulancias por la calle hora tras hora, miedo y distancia, que le dije a mi madre: "No puedo hacer esto, no tiene ningún sentido hacer esto, es como seguir tocando en la orquesta del Titanic" y ella me dijo: "Tienes que hacerlo porque ellos se sienten igual que tú, los mismos muertos, los mismos miedos... y mientras tú estés ahí enseñándoles inglés, ellos pueden olvidarse por un rato".

Y cuando se lo digo, parece que lo entienden. Algunos traen cervezas y brindamos todos a la cámara de un ordenador. No sabemos nada de qué será de nosotros: ni yo sé qué será de mi trabajo ni ellos de sus estudios. Por un momento, ya digo, nos da igual.

domingo, mayo 10, 2020

America


Creo que he escrito demasiados libros y demasiadas líneas de texto para explicar lo que Paul Simon resumió en un estribillo:

Kathy, I´m lost, I said, though I knew she was sleeping
I´m empty and I´m aching and I don´t know why.
Counting the cars on the New Jersey Turnpike...
They´ve all come to look for America, all come to look for America

Y sí, básicamente, ese es el resumen. El viaje, la compañía y el destino. En medio de todo ello, un sentimiento de confusión, de dolor en ocasiones, pero sobre todo una excitación constante.

¿Qué ha variado durante los años? Bueno, para empezar, América no siempre ha estado en el mismo sitio, así que en realidad nunca bastó con coger un autobús y sentarse a fumar cigarrillos. Luego, sobre todo, la compañía. Kathy. Yo me pasé la vida buscando a Kathy y puede que en el fondo, Kathy y America fueran lo mismo. Yo buscaba en mis relaciones sentimentales una compañera de viaje a la que poder decirle "estoy perdido" pero sin decírselo, es decir, aprovechando el sueño.

Kathys ya digo, hubo muchas, pero la que se quedó en el autobús fue la Chica Diploma. Sospecho que a ella le gustaría otra cosa. Que a ella le gustaría llegar. A mí me sigue entusiasmando el camino y la sensación de no saber lo que estás haciendo -"and I looked at the scenery, she read her magazine..."- pero si el camino merece la pena es porque lo estoy recorriendo con ella y simplemente quería que lo supiera, especialmente ahora que tenemos dos enanos dando patadas desde el asiento de atrás.

*

Empezamos a las diez de la noche y acabamos a las tres de la madrugada. En medio, la velocidad, el ping-pong. Eso no lo hemos perdido, pese a los años y la distancia. Somos rápidos y nos entendemos con una mirada, una frase. Es un registro de complicidad al que no es tan difícil volver cuando ya lo interiorizaste en su momento. Rubio, Fer Heads y la Chica Disney. Las videoconferencias llegan justo en el momento de revisión de los momentos pasados en forma de blog secreto... y al poco rato -la primera cerveza- ya te queda claro por qué era todo tan fácil y por qué las noches se alargaban tanto. No necesitábamos nada más que a nosotros. Incluso la música podía cambiar pero si estábamos juntos, bastaba, porque una cosa llevaba a otra y en el fondo lo que no queríamos era despegarnos jamás. Queríamos apurar y apurar y apurar por no tener que decirnos adiós, incluso cuando la mañana empezaba a pasarnos por encima.

Yo no tuve nunca amigos como ellos. Tuve otros y fueron maravillosos, pero no como ellos. Sí, todo el mundo se esfuerza pero no todo el mundo llega a la fase 4. Dudo mucho que yo sea la fase 4 de nadie, por otro lado, así que no me escandaliza decirlo. Puede que sea difícil datar el inicio de esa amistad sin fisuras, el momento en el que alguien -probablemente, Fer- dijo "vamos a ser los Boston Celtics" pero yo creo que, si hubiera que ponerle fecha al pico, al famoso pico, sería el 14 de septiembre de 2013, es decir, el día que me casé con la Chica Diploma, así que no, no son mundos separados ni tienen por qué serlo. Todo es América y en América cabemos todos aunque solo Kathy vista de blanco.

*

A mí me gustaba el sentimiento de comunidad cuando en medio del apocalipsis veíamos que los datos de Italia mejoraban. Hablamos de los tiempos en los que "mejorar" no se daba de suyo. Me gustaba leer entre los números y buscar el que indicara una perspectiva más positiva. Me gustaba dar la buena nueva al mundo, aunque muchos no la creyeran. A mí eso era lo que me gustaba y por eso me puse a analizar cifras y más cifras. España, en rigor, vino mucho después. Hasta que le cogí el punto a España pasó más tiempo porque los datos de España eran incomprensibles. Dos meses después, siguen siéndolo.

Además, el problema de España es que uno lo vive sin distancia alguna. La distancia es esencial para el optimismo en determinadas cosas. España está ahí fuera en la gente sin mascarilla tosiendo en la calle con una sonrisa en la boca justo cuando tú vas a pasar, está en las reuniones clandestinas en las casas de los amigos, está en las visitas a los abuelos, niños de la mano, está en los chicos que se reúnen para hacer un aperitivo clandestino al lado del parque. Los novios que se reencuentran y pasean entre besos. El sexo animal post-cuarentena.

Y todo eso, claro, me deja a mí en una posición muy difícil porque, en medio de esa euforia, mi cometido acaba siendo el contrario: buscar las malas noticias. Buscar la correspondencia en datos de lo que uno ve en el mundo. Igual que el confinamiento de Italia tenía que dar sus frutos aunque fueran escondidos, la irresponsabilidad hace que mires los datos cada mañana con una precaución infinita. Y no mola. No mola nada porque acabas siendo una especie de "grinch" en estas navidades de mayo. Acabas siendo el "aguafiestas", el chico que no baila, el chico con el que nadie quiere bailar, de hecho, porque está pensando en otra cosa y te pisa los pies todo el rato.

martes, abril 28, 2020

En la muerte de Michael Robinson


En el improbable libro de Alex Leith sobre la primera temporada de David Beckham en el Real Madrid -"El Becks: A season in the sun"-, llega un momento en el que el autor se entrevista con Michael Robinson y como buenos ingleses lo hacen en un bar. Por supuesto, ambos acaban borrachos. Una borrachera de amigos que se ven por primera vez en la vida, de esas de película "bromance". Robinson llevaba por entonces ya años siendo una de las grandes referencias del periodismo deportivo, el experto por excelencia de las retransmisiones de Canal Plus, un hombre respetado y querido dentro de una jungla que poco entiende de empatía. Y, sin embargo, a la cita no se presentó el experto sino la persona. Y Leith lo metió en su libro porque, en buena parte, el propio libro había dejado de tratar sobre el fútbol y se había convertido en una celebración de la vida en España.

Nunca conocí en persona a Michael Robinson. No creo que hiciera falta para asegurar que era un hombre feliz y que encontró en España un auténtico parque de atracciones. Desprendía entusiasmo. El fútbol, el deporte en general, parecían una excusa en segundo plano para disfrutar del día a día, de la vida en su totalidad. Quizá por eso nunca se metió en guerras ni en discusiones mediáticas. Él había venido desde tan lejos para pasarlo bien, no para tirarle ladrillazos a nadie. Esa felicidad la contagiaba en cada entrevista, en cada retransmisión, en cada comentario. Nos enseñó que uno podía reírse en medio de un partido de la máxima sin parecer en ningún momento grosero ni ridículo. Que uno podía disfrutar de ese partido sin necesidad de histrionismos.

Supongo que Robinson apareció en mi vida como futbolista guerrero del Osasuna. Lo supongo pero ya no lo recuerdo. He visto muchas imágenes suyas pero sé que son posteriores. Para mí, Robinson era el comentarista un poco torpe con las palabras que me deslumbró en el Mundial de 1990. Ya por entonces tenía cierto gusto por hacerlo fácil. Eran los tiempos en los que no resultaba tan habitual que un ex futbolista -recién retirado, además- hiciera de comentarista y desde luego, que lo hiciera con tanta locuacidad aunque fuera complicado entender su castellano.

Creo que uno de sus grandes aciertos, una de sus marcas personales, fue no solo mantener la locuacidad y el entusiasmo sino la dificultad con el idioma. En eso recordaba al también fallecido Radomir Antic y no en vano el serbio le propuso un lugar en el banquillo del Atlético de Madrid justo cuando empezaba el famoso "año del doblete". Robinson hablaba raro y logró que eso formara parte de su encanto. La indefinición ante la "erre" que tanto caracteriza a los ingleses. Naturalidad ante todo.

Repasar la cantidad de programas de calidad en los que participó es ridículo y además puede que la memoria me falle, así que vayamos al primero: "El día después". En un principio, el programa estaba pensado para Nacho Lewin y Jorge Valdano, una combinación quizá excesiva en lo teórico. Pedante, vaya. Relaño vio claro que hacía falta otra cosa y que Robinson se lo podía dar. Y se lo dio. Desde la pizarra cibernética a lo que el ojo no ve a un divertidísimo "rap del inglés" que por mucho que busco en YouTube no encuentro nunca. 

Michael Robinson. Nos hemos acostumbrado tanto a la muerte en estas seis semanas, hemos visto tantos y tantos números por delante de nuestras narices que aún estamos demasiado en shock como para darnos cuenta de la realidad. Hemos normalizado la muerte diaria como normalizaba él la vida. Michael Robinson, por supuesto, en la portada del PC Fútbol, la mejor operación de marketing de la historia. Cuántos niños, cuántos adolescentes, crecimos con sus comentarios a los partidos en los que nuestro Leganés o nuestro Villarreal de turno le ganaba al Milan la Copa de Europa...

Creo que me faltan palabras, que no soy capaz de describir todo lo que Robinson ha significado en mi biografía. No ya como deportista ni como experto ni como ejemplo periodístico. Al revés, como ejemplo de vida. Leith y Robinson, borrachos como piojos en un bar comentando partidos de los 70 y 80 del Liverpool y el Arsenal. La vida, ya digo, y, después, todo lo demás. Con estilo, por supuesto, pero sin dramas. En un mundo de chapapote, consiguió salir limpio. Lloverán los homenajes y serán todos merecidos. Hay algo en la muerte de Robinson que recuerda a la de David Gistau: nadie saldrá a hablar mal de él, no se encontrará ningún enemigo ajustando cuentas. Y si alguien lo hiciera, si alguien se atreviera a tanto, sería unánimamente reconocido como un miserable.

viernes, abril 24, 2020

Lennon Remembers


Patricio empezaba siempre los conciertos sentado a un teclado al borde del escenario. Normalmente, hacía unos diez minutos de teclado y voz en los que poco a poco se iban incorporando los demás miembros de la banda, empezando por Chiloé, al que siempre recuerdo en un rincón del escenario del Búho Real, con su pelo largo y su barba y sus gafas de sol, un poco a lo Jimmy Ríos -"Open the door, goddamn it"- y continuando por todos los demás. La presentación de Patricio era sobria pero clara: aparte de su presencia imponente, flequillo que se empeñaba en soplar para apartarlo de la cara, dejaba a la vista en su teclado unas letras formadas con cinta aislante que leían la palabra EGO, en mayúsculas.

"Ego". Pensé en que esta entrada se hundiera en el fango del ego y repasara todos los libros que he escrito y traducido a lo largo de estos años, pero yo no soy Patricio, yo no tengo su facilidad para ponerme delante del mundo y mirarle de frente, no ya retador sino indiferente, y mandarle callar. Solo diré que cada cinco años hay uno en el que dejo de sentirme un miserable y de repente me siento tremendamente especial, orgulloso y capaz. El año en el que me publican algo. Y ahí sí que soy como un niño salido de una cuarentena, completamente descontrolado y eufórico, pegando saltos y carreras, gritando todo lo alto que permiten mis pulmones: "Soy escritor, soy escritor".

Lo cual, no nos engañemos, siempre ha sido cierto... pero, ay, el ego. El ego es jodido porque es frágil. El mío, al menos. La Chica Diploma me pide que disfrute de esto porque sabe que no se repetirá en tiempo. Que lo que vendrá será más feo y me hará dudar de nuevo y volveré a mi "éramos tan felices, éramos tan felices..." perpetuo con importantes dosis de frustración. No voy a decir que he hecho cosas que nunca habría soñado con hacer, pero es cierto que comparto catálogo en muchas editoriales con gente a la que admiro mucho. El siguiente paso sería plantarme ahí con mi libro, el que fuera, soplarme los rizos y mirar fijamente al público recordándoles que, no importa lo que digan, yo sé que me lo merezco. Seguimos esperando el día.

*

A las dos de la mañana me doy cuenta de que el móvil no se está cargando. Pruebo a cambiar el cargador de enchufe, pero no, sigue sin cargar. Es un momento de pánico no ya por mi evidente adicción a internet sino por una cuestión práctica: si tengo que ir en algún momento al hospital, si me tienen que ingresar y aislar -y un hipocondríaco siempre tiene eso en mente- mi teléfono móvil y mi cargador serán la condición de posibilidad de cualquier contacto con el mundo.

Las luces del patio interior siguen encendidas, han vuelto a dar cuerda al reloj de pared que da las campanadas como el Big Ben sin atender a horarios. En cualquier momento. Las dos y doce, por ejemplo, mientras enciendo de nuevo el ordenador y busco tutoriales por YouTube y encuentro a un hombre que explica un truco que funciona contra todo pronóstico. Además de hipocondríaco, soy pesimista, así que mis pronósticos nunca valen gran cosa, pero esa es otra historia.

Y así, ya puedo acostarme, porque, en fin, el móvil ya queda cargando desde su 40% de batería... pero no, no me fío, y me quedo de lado en la cama, con el cuerpo girado hacia la mesilla de noche, el teléfono en la mano, comprobando que sube, que llega al 41%, luego al 42%, y ya que estoy vuelvo a Twitter y vuelvo a Facebook y vuelvo a Instagram y vuelvo al EGO, al cultivo del EGO para ver si algún día crece sano y fuerte e incluso cuando por fin ya apago la luz y apago todo y me tumbo -deben de ser las dos y media, quizá más tarde- sigo inquieto porque sé que en algún momento, a traición, va a sonar el reloj lejano. Va a dar unas campanadas absurdas y en rigor no puedo saber cuánto tiempo falta igual que no sé siquiera ni qué hora es, y me angustia un rato hasta que por fin me duermo, no sé ni con qué sueño porque soñar cada vez es más difícil, y a las seis-siete horas me levanto fresco, optimista, alegre. Al menos hasta que vuelvo a encender el móvil.

*

En los ratos libres, en los pocos ratos libres, en vez de leer, me pongo la grabación completa de la entrevista de John Lennon para Rolling Stone en 1970, la que luego Jann Wenner publicaría como libro bajo el título "Lennon Remembers" para gran enfado del propio Beatle. No es lo mismo leer la entrevista que escucharla. Si se lee, Lennon parece un hombre alterado, demasiado angustiado por todo, loco por borrar su pasado cuanto antes, soltando leches a un lado y a otro (no tanto a Paul, sino más bien al "entorno Beatle", esto es, George Martin, Brian Epstein, Peter Brown, Derek Taylor, Neil Aspinall...), desquiciado.

De hecho, años después, cuando intentó hacer las paces con todo el mundo, vino a justificar que esa entrevista había sido una especie de catarsis y que utilizar una catarsis para luego echársela en cara continuamente era injusto. No lo sé. De entrada, lo que llama la atención es lo cansado y aburrido que está Lennon en toda la entrevista. No parece alterado en absoluto. No parece perder el control en ningún momento. Simplemente, empieza casi todas las frases con un "I don´t know". Por no saber, no sabe ni cuándo grabó "Rubber soul" y cuándo grabó "el disco ese con la portada en blanco y un dibujo de Klaus Voormann". Wenner le tiene que recordar que están hablando de "Revolver". No sé hasta qué punto "Lennon remembers" acaba siendo un título incluso irónico.

No sé, puede que fuera muy drogado y que las drogas le tranquilizaran. Es otra opción. Yoko parece tranquila, también. Ni siquiera parece que estén ajustando cuentas sino charlando con un amigo. Todo es "bullshit". Todo. "The Beatles´Myth". Años después, en cualquier caso, se le pasaría. Entre 1973 y 1975 ("The lost weekend"), Lennon daría cien entrevistas insinuando que quizá no sería mal momento para volver a reunirse, que empezaba a apetecerle. Por entonces, Paul tenía Wings y seguía sintiéndose dolido. En el fondo, de todos, y por raro que parezca ahora, Paul fue el que más distancia puso de 1970 en adelante con respecto al rollo Beatles. George estaba a sus cosas: asumiendo un éxito que no se repetía, destrozándose la voz en megagiras por Estados Unidos y divorciándose de Pattie Boyd.

En la entrevista, Lennon también habla del ego, de la necesidad de deshacerse del ego a veces pero también de decirse "Eh, eh, esperad, YO he hecho ESTO", aunque no se acuerde muy bien de en qué disco lo metió. Componer "I´m only sleeping", "Dr. Robert", "She said, she said", "Tomorrow never knows", "And your bird can sing", grabarlas a la vez y luego olvidarte incluso del título. Otro nivel.


domingo, abril 19, 2020

The smell of puke and piss


Una de las putadas de envejecer es que el recuerdo que dejas no siempre es el más amable. Por ejemplo, yo, que viví treinta años aproximadamente en casa de mi abuela, me he quedado para siempre con su imagen de los últimos meses, los de residencia Caser, los del deterioro físico y el mental, los cada vez más torpes paseos por el pasillo y al final la silla de ruedas. Me he quedado con su cara en medio de un grupo de ancianos que asiste a un concierto, todos en silencio, todos ausentes. Sus ojos encontrándome al fondo del salón y su sonrisa. La sonrisa de quien descubre a su nieto, de quien descubre en cierto modo el futuro.

Una de las putadas de que los demás envejezcan es que te acabas sintiendo culpable. Por ejemplo, de no haber provocado más sonrisas. No haber estado ahí más tiempo. Pero es normal, te dices, es normal. Tú tenías treinta años -ni siquiera-, tú intentabas construir ahí fuera una vida en muchos sentidos, tú tenías algo que quizá no fueran responsabilidades pero era vitalidad, tú escribías libros que quedaban en la estantería de su habitación y acumulabas vivencias e incluso encontraste un trabajo con el que ir pagando los excesos.

Y al fin y al cabo, tú estuviste ahí, no puedes decir que no. Porque si no hubieras estado ahí, no recordarías aún el olor constante a lejía y desinfectante, ni a la señora de pelo rubio, siempre engalanada, que se quedó con la habitación de al lado, ni los gestos perdidos de las manos, ni la búsqueda de la niña que no existía, ni te hubieras aprendido los paneles de "La ruleta de la fortuna" por las mañanas ni las peripecias de "Yo soy Bea" por las tardes. No sabrías quién era Belén, la directora, ni temblarías al recordar las caras desencajadas de los enfermos de la tercera planta. ¿Acaso no fuiste tú el que le llevaste el disco de Jorge Drexler?, ¿acaso no le colocabas los cascos de su pequeña radio?

Con lo que sí, estuviste, pero ahora no te parece suficiente porque basta la distancia para que cualquier cosa se vuelva diminuta. Es normal. Esto también pasará. Incluso escribiste varios capítulos de un libro sobre una chica que trabajaba de cuidadora y no sabía qué hacer. No le gustó a nadie pero tú tenías que escribirlo igual. Lo que a ti te gustaría es recordar lo anterior, simplemente, pero eso no siempre es posible. Recordar la infancia y la adolescencia y cómo se partía de risa viendo "El semáforo" o "La parodia nacional" o "La casa de los líos" o cómo miraba a Hache con cierta desconfianza cuando Hache pasaba por casa. Una vez, al menos. Después de ver una preciosa furgoneta naranja de la que se había enamorado.

*

De entre la inmensa cloaca que es Twitter, sale de vez en cuando algo parecido a la compañía. Las pequeñas charlas con desconocidos que hacen amenas las tardes frente al ordenador organizando clases y ordenando videoconferencias. La gente perdida, como tú. Los que preguntan porque necesitan una respuesta, sea un poco la que sea, e intuyan que tú se la vas a dar, que tú te mueres por dar respuestas aunque no las tengas. Aunque no las des, de hecho, porque el traje de gurú te queda largo, porque te has convertido en algo así como el enano que susurra a Zaratustra: "¿Tú sabes eso? Eso no lo sabe nadie".

El chico que quiere saber si su hermano debe cancelar su boda. El que pregunta si debe despedir a la interna que vive con él y sus hijos en casa. Yo solo sé que no sé nada pero que, por lo que sea, lo parece. Yo antes era el que preguntaba pero me di cuenta de que las respuestas no tenían sentido. Mejor esperar y ver. Mejor aparcar la urgencia y darse cuenta de que cinco semanas no son tanto, que si un problema ha tardado cien años en presentarse, no se le puede despedir en lo que duran unas vacaciones de verano.

Y así pasa el tiempo. Con la extraña sensación de que te están escuchando. Con la enorme responsabilidad de que te estén escuchando. Y, por supuesto, tú piensas que no es para tanto porque tú eres así (aunque a veces... a veces sí te lo crees, sí, un rato, porque está bien un rato pero luego ya no) y, bueno, lees otro artículo, buscas otra mediación, despistas un poco al hambre y al sueño, ves el trailer de un documental sobre los Bulls de Jordan y te echas a llorar, olvidas tus medicaciones y cuentas el dinero: hasta noviembre, si no encuentro trabajo, hasta diciembre, quizá. Hasta enero, si todo sigue siendo pasta y huevos con patatas.

*

Una de las cosas que mejor funciona en "Lectura fácil" es el sexo. Yo creo que no tengo ni una sola escena de sexo en toda mi literatura, que empieza a ser amplia. No sé cómo hacerlo. González Pons, tampoco. Pero Cristina Morales, sí. Cristina Morales te impone tanto su universo, te deja tan claro los límites desde el principio, que estás dispuesto a aceptar cualquier cosa que suceda. Y si es comerse un coño o una polla es comerse una polla o un coño. Todo ocurre por la razón del personaje y punto.

Ahora bien, si eso ya tiene mérito, hacer metaliteratura erótica -una escena dentro de otra escena, una felación dentro de un cunilingus- es directamente asombroso. No sé, he tardado más de un mes en acabar el libro, pero ha merecido la pena. Me gusta mucho de una escritora que me diga "oye, este es mi libro, y estos son mis personajes y estas son mis reglas". Que no intente complacerme. Que no tontee conmigo ni se haga la seductora. Que imponga. Quizá todo libro deba ser eso: una imposición. Yo creo que "Limbo" es una imposición, aunque sea de otro nivel. Un libro debe atreverse a bloquear a cualquier seguidor antes de que su autor siga calculando las consecuencias.

Debe decirle al lector que se calle y escuche. Que no es su momento. No aún, por lo menos. Echarlo a patadas, si hace falta, y a la vez insinuarle que, si se queda, nada volverá a ser igual.

domingo, abril 12, 2020

Lectura fácil


A las 2,30 de la madrugada bajo las persianas de la habitación pero antes echo un vistazo al enorme patio interior. Casi todas las luces están encendidas. Una versión pandémica de "La ventana indiscreta", con sus balcones, sus cortinas descorridas, su intimidad en escaparate, casi como una invitación al extraño. ¿Habrá sido así siempre? No lo sé. Son las 2,30, insisto, y todos siguen despiertos, como si esperaran algo. Salones modernos con televisores de muchas pulgadas. Un insomnio en crecimiento exponencial.

En la parte de abajo hay una especie de terrazas de ladrillo donde a las ocho se juntan grupos de gente a aplaudir. Sospecho que no es la idea, pero bueno. No sé si fue ayer o fue el Viernes Santo, uno de los vecinos se arrancó con una saeta. No puse mucha atención pero sonaba bien. Mejor que "Resistiré", eso desde luego. Hace tiempo que a las nueve nadie sale con sus cacerolas, pero eso son rachas, pronto volverá la desesperación y el desencanto.

Desde mi patio interior no puedo increpar a nadie que se salte las normas pero sí puedo escuchar todo el día las sirenas. Sirenas que no sé si anuncian ambulancias o coches de policía; supongo que lo primero, porque cuesta imaginar una persecución por una calle completamente vacía. Un sonido lejano que se va acercando, se queda por toda la casa durante cinco segundos, y luego desaparece de nuevo. No exactamente como una alerta de bombardeo, pero supongo que parecido. Salvando las distancias, claro, que ahora mismo es lo suyo .

*

En Teledeporte, echan la etapa de Hautacam de 1994, la de Leblanc, Induráin y Pantani. Sospecho que Televisión Española tiene algún problema con los derechos recientes porque no tiene ningún sentido no ver nada del Tour de Contador de 2007 ni el de Sastre de 2008 ni las luchas intestinas en el Astana de Bruyneel de 2009. Quizá simplemente están yendo por bloques y ya llegará el momento. No tengo ni idea.

Hautacam 1994, en cualquier caso. Santuario de Lourdes. Era julio y estábamos en casa de S. jugando a un rudimentario juego de fútbol para PC en el que los jugadores llevaban nombres falsos porque no tenían los derechos. Por ejemplo, Julen Guerrero era Guerro, sin más, y el comentarista lo pronunciaba con diéresis. Yo veía la tele, veía a toda aquella gente caer detrás de Induráin como si un imán les arrastrara a la base de la montaña y mi hermano y S. jugaban todo el rato distintas versiones del Brasil-Argentina. No recuerdo quién iba con quién pero sí recuerdo que los dos intentaban jugar bonito.

Tenia diecisiete años, ellos dieciocho. Si no me equivoco, durante esos días tenía que estar celebrándose el Mundial de fútbol y quizá ya habíamos vuelto de Portugal, aquellas noches de Barrio Alto, comas etílicos y pensiones de putas en el barrio de Intendente. Traté de escribir una novela sobre ello pero no me salió, claro. Tengo la tendencia a empezar en verano todo lo que escribo y así siempre hay margen para la decadencia. S. vivía en Hortaleza, casi Manoteras. En la misma casa que una chica que a mí me gustaba mucho. Años después, se mudó al lado del Malaspina y llegamos a ser muy buenos amigos, incluso fuimos a Albacete en su coche a ver el debut de Fernando Torres con el Atleti.

Luego, creo que se enfadó. No lo sé. Luego pasaron muchas cosas y es normal a esas edades. Yo no me enfadé, desde luego. Creo que le ha ido muy bien y ha estado en muchos medios y está ahora de jefazo en alguno de ellos. Era un buen tipo. Cuando estábamos en el Ramiro y jugábamos al baloncesto, los dos de lejos, sin arriesgar entre tanto atleticismo, con nuestro tiro de tres como único recurso, nos sonreíamos sudorosos y él me llamaba "compañero de estigma". Una definición preciosa que me apropié de inmediato.

*

A veces, también leo. Cuatro semanas para, por fin, tener casi terminado "Lectura fácil", de Cristina Morales. Y eso, insisto, que me está gustando... pero no tengo la cabeza para nada que no sean números, que no sea inmediato y que no sea yo. Me tumbo en la cama con el libro y tengo dos opciones: poner el piloto automático y pasar páginas como bobo o prestarle la atención que se merece porque es un libro en el que en cada página hay algo. Algo que te agradará o te desagradará pero que casi siempre te pillará por sorpresa. Es muy complicado hacer un libro en principio tan normal y que en realidad sea tan denso. Uno de esos libros de los que es imposible hacer sinopsis porque lo que hay es debate.

Mientras, estiro las piernas hacia el pecho o las retuerzo una contra la otra o las dejo caer a un lado de la cama. Me ha dado un ataque de ciática tremendo en el lado izquierdo y está pasando al derecho, como si fuera la conjuntivitis de un niño pequeño. Eso es de tanto sentarme, eso es de tanta tensión y tan pocas posibilidades de liberarla. La semana pasada eran los vértigos y la ansiedad, hoy son los piramidales y los muslos. La Chica Diploma me dice que busque una crema relajante, pero no está por ningún lado. Esta es una casa hecha a su imagen y semejanza y a mí me cuesta una barbaridad descifrar los espejos.

Veo una entrevista con Contador y leo un foro en el que hablan del uso de la EPO en los años 90. En Teledeporte han pasado a la lucha canaria. Las luces del patio, ya digo, encendidas, como encendidas al fondo las del edificio Vodafone con su rojo lejano. El primer día me saqué un pequeño taburete para trabajar en la terraza. Ahí se ha quedado. Lo que antes era pereza poco a poco va dando paso a algo parecido al pudor. El pudor de estar solo, quizá, y no tener ninguna gana de compartirlo.


viernes, abril 10, 2020

Limbo


Termino de leer mi novela apresurada y resulta que me gusta. Supongo que en realidad me gusto yo, pero, en fin, eso tampoco es mala noticia. La novela está bien escrita y cuenta exactamente lo que yo quiero contar y como quiero contarlo. Creo que eso antes no pasaba. Creo que antes todo era más académico, más "qué esperan los demás que escriba". Ahora, no. Ahora, quizá porque los dos experimentos anteriores han acabado aparcados en mi ordenador, he decidido hacer lo que me dé la gana y creo que así se va a quedar.

No es una gran historia. Tampoco es un gran personaje. Pero es una bonita narración, un poco como este blog. Un acompañamiento por un momento complicado y una isla complicada, simplemente. No va a cambiar el mundo y eso es un alivio estupendo. El libro ha pasado por varios títulos. Empezó como "Fuerteventura", sin más, luego pasó a "The lost weekend", lo cambié por "El juego de Chiara" (no sé por qué me pareció más comercial... pero Chiara es una mota en este jarrón) y parece que se va a quedar como "Limbo".

Me gusta la idea de "Limbo" porque es precisamente la idea de la que parte el libro y a la que llega. Ni santos ni diablos. Una historia de redención en un lugar para redimirse. Creo, además, que el limbo como tal ya no existe, y desde luego suena mejor que "purgatorio". Me gusta incluso la idea de hacer una trilogía con los otros dos libros y titularlos "Cielo" e "Infierno", no solo por capricho sino porque tendría sentido. Puede que un día lo haga. Solo por hacerlo, que es como se hacen las cosas.

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Parte de la idea del título está, por supuesto, en las páginas del libro, en la cantidad de veces que repetía la palabra en cada capítulo; tantas que he tenido que meter podadora a destajo. La comparación constante con "San Junípero", el capítulo de "Black Mirror". Algo así como un "San Junípero" en el que de repente algo sale mal y nadie sabe qué es. Ni hay por qué saberlo ni hay por qué explicarlo. La incomodidad y punto. Debe de ser frustrante.

Pero si el libro se llama así (de momento, esto va por impulsos) es porque en un momento dado se menciona la canción de Bryan Ferry. Una canción de 1987 que pasó completamente desapercibida, de la que nadie se acuerda, inquietante, inconexa y con un punto misterioso que no culmina en nada concreto. Como mi libro. Una canción que, como Chiara, es una mota dentro de la discografía excelsa de Ferry, sea en solitario o con Roxy Music (las horas con mi hermano escuchando "Avalon", en el cuarto de fondo mientras aporreábamos el teclado jugando al PC Fútbol).

Una canción, sin embargo, que me fascinó con once años, en un especial de esos de Nochevieja que hacían antes con artistas de todo tipo. Puede ser el de 1987 a 1988 o el de 1988 a 1989, el año que los Pet Shop Boys tocaron el "Domino Dancing" y Vaitiare me pareció la chica más guapa del mundo. La Nochevieja que pasé con mi padre, en su casa de Cuatro Caminos, estoy casi seguro, aunque en esto, como en casi todo, me puedo equivocar.

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El reloj se vuelve a parar a las 9.40, como si fuera una canción de Aute equivocada. Lo hizo ayer por la noche y lo ha hecho hoy por la mañana. Creo que no es una cuestión de pilas sino que las manecillas se paran ahí por pura mecánica. Como si me quisieran avisar de algo. Como si me dijeran: "mira, en serio, lo dejamos aquí". Pero no, claro, el ritmo no para. Además de rehacer novelas, escribo artículos y corrijo redacciones. Organizo videoconferencias para mis alumnos y calculo porcentajes de fallecidos en Bélgica.

Es una vida, quizá, con demasiada adrenalina. Ayer, hablaba con la Chica Diploma mientras tendía una lavadora. Al final, fueron dos. Siempre hay algo pasando en algún lado, incluso cuando en principio no pasa nada. Cuestión de expectativas. A las cinco estaba tan cansado que me eché a dormir. En general, el cansancio lo es todo. Un cansancio mental que puede confundirse a veces con irritación, poca paciencia. Acabo regañando a mi mujer y a mi hijo mayor. Mi hijo pequeño aún no me entiende. Le veo en vídeos y aquello no es un bebé, es un cachalote. Hemos creado un monstruo.

Vuelvo aquí. Tengo en este momento 34 pestañas abiertas en el portátil y no me pierdo. Sé dónde está Canarias y dónde está Castilla y León. Sé dónde está Worldometers y dónde está Cyclingnews. Sé dónde está Le Monde, dónde The Guardian y dónde The New York Times. Sé dónde están los enlaces al libro de Bugno y sé dónde están mis aulas virtuales. Funciono con dos pestañas de Twitter abiertas todo el rato porque a menudo las necesito. Mi reloj me da señales que yo ignoro. El otro día vi a Toni Kukoc jugar contra Italia una final de un Eurobasket y se me erizó la piel.

domingo, abril 05, 2020

La valse d´Amélie


Conocí a la Chica Portada porque me había enamorado de su amiga dos días antes. Dos meses después. me enamoré de otra amiga suya y así estuvimos un año y medio pero esa sería una historia muy larga. Conocí a la Chica Portada, digo, y esa misma noche me dijo que tocaba el piano... pero que nunca lo tocaba en público. Yo estaba borracho y ella probablemente también y le solté aquello de "ya verás, un día te podré oír tocar" y ella dijo "no" como le dice un borracho a otro cuando los dos tienen veintipico años: con una contundencia abrumadora. Aquella noche no era Nochevieja, pero todos quisimos pensar que sí.

El caso es que nos hicimos muy amigos. Tan amigos que parecíamos sacados de "Dawson crece", con nuestros portales bajo la lluvia. Ella era muy madridista y yo no. Tuvo una historia con un chico que era del Celta pero nunca quiso llamarlo "novio". Yo la vacilaba mucho. Ella sabía leerme a la perfección y nunca me pareció que fuera fácil. Ella sabía leer a todo el mundo a la perfección y por eso sabía siempre dónde colocarse. Puede que eso sea lo que Andrés Barba llame "astucia". Hubo un tiempo que pensé que me había enamorado de ella -hubo un tiempo que en fin...- y habría tenido toda la lógica del mundo. Como coincidió con que estaba leyendo "El libro de Rachel", yo le escribí "El libro de Rubio" y lo dejé metido en mi ordenador bajo llave. Solo se lo enseñé cuando ella ya estaba en otro continente y yo andaba casado y probablemente con un hijo.

Mucho antes de eso, antes quizá del enamoramiento o lo que fuera, me invitó a su casa. Yo he pasado en casa de la Chica Portada todo tipo de tardes improbables, pero aquella fue especial: efectivamente, se sentó al piano y tocó. Tocó "La valse d´Amélie", tocó "Clocks", de Coldplay, y seguro que tocó muchas más. En aquel momento, me sentí la persona más afortunada del mundo. La persona más querida del mundo. La Chica Portada desde luego nunca se enamoró de mí y desde luego nunca tuvo dudas ni escribió cuadernos prohibidos... pero se sentó al piano, venció su vergüenza y me hizo sentir importante. Y puede que al final el amor sea eso. El amor de verdad, digo, no el de "poli deluxe" y revista adolescente.

*

De todos modos, eso ya había pasado antes, ojo. Todo ha pasado antes, que diría Nietzsche. Pasó con la Chica Berklee en 2003. La chica Berklee, pianista profesional, también se negaba a tocar para sus amigos y solo cuando se rendía, cuando le daban esos ataques de ansiedad en los que se daba cuenta de que no podía sostener el mundo ella sola, me invitaba a su habitación enorme y se ponía a tocar cualquier cosa. Yo le enseñé una melodía con cuatro o cinco acordes muy básicos (yo también tenía piano en casa, el piano de mi tío, yo también estudié tres años en una academia cuando era un niño) y a ella le gustó y empezó a hacer variaciones y se comprometió a componer algo llamado "La incertidumbre de Ortiz" pero luego se fue a Boston a vivir y todo se complicó mucho.

Fueron aquellos días de junio y julio de 2003 algo extraños y divertidos. Me acuerdo que dormimos juntos varias veces. Solo dormir. Nos gustaba despertarnos el uno al lado del otro. A la Chica Berklee le gustaban los hombres pero sobre todo le gustaban las mujeres y en parte, eso decía ella, se iba a Estados Unidos a recuperar un amor de adolescencia. Por el camino, encontró otro y decidió quedárselo. Hizo muy bien. Cuando acabó esa relación -y duró casi seis años-, ya vivía en Nueva York, barrio de Brooklyn, estación de Prospect Park, pero estaba cansada. Organizó un viaje de tres meses por todo el país para encontrar una universidad donde pudiera dar clase de composición y yo le acompañé en la primera parte, hasta Seattle.

Íbamos en un coche amarillo del año 90, que nosotros llamaríamos Ford Fiesta pero ellos llamaban Ford Festiva. Le pusimos de nombre Ramón y nos obligó a visitar talleres mecánicos en varios estados de la unión. Por las noches, dormíamos en moteles Super 9 o en parques nacionales. Ella leía "Guerra mundial Z" (era 2009) y yo leía "2666". Teníamos un mapa enorme de carreteras y los destinos apuntados en una libreta. Seguía componiendo pero en vez de usar un piano, usaba una aplicación de Apple y se ponía cascos. En la tele no hacían más que pasar reportajes sobre Michael Jackson.

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Sospecho que la vecina de al lado ha estado enferma. No lo puedo asegurar. Sí recuerdo las toses muy al principio, cuando cada tos era más motivo de chiste que de preocupación. Luego, algunas conversaciones sueltas. Vivimos en un bloque de pisos con tabiques estrechos. A veces, viene gente a visitarla y yo siento la tentación de llamar a la policía, rollo "Fresa y chocolate". Luego se me pasa. También es verdad, ahora que lo pienso, que quizá cantaba demasiado para estar enferma. Aun dando por bueno que "el que canta, su mal espanta", no puedo dejar de asociar música con alegría, con un cierto optimismo.

Desde hace una semana o así, su música ha desaparecido y queda el Canal 24 Horas y la radio. Es bonito escuchar la radio en una casa. No ya en el coche o de paso hacia algún lado. En casa. Elegir la radio frente a las demás alternativas, generalmente, creo, la SER, lo que la hace poco proclive a las caceroladas de las nueve de la noche. Cuando paso la aspiradora, me siento un poco culpable, e intento hacerlo lo más rápido posible. Sé que ella me escucha a mí tanto como yo la escucho a ella. Sé que ella también entiende parte de mis conversaciones de teléfono y se ha tenido que dar cuenta de que yo no oigo la radio nunca, pero tampoco veo la tele. Yo voy con el ordenador a todos lados y ahí me pongo Filmin o HBO o Movistar o lo que corresponda.

Música también, por qué no. Esta mañana me levanté con ganas de escuchar "Chica pop", de Zahara, que siempre me ha parecido una canción tristísima dentro de un disco que Universal se empeñó en vender como alegre. Después, me decidí por Yann Tiersen. Creo que si han llegado hasta aquí, no tengo que explicarles por qué. Volumen bajo, bajísimo incluso. Puede que antes de comer me ponga la banda sonora original de "Underground" por aquello de ir animando el día. Espero que ella lo entienda, espero que no se asuste al oír los disparos y las trompetas de los zíngaros. Espero que esto acabe cuanto antes. Ayer, en Twitter, un seguidor me dejó un bonito mensaje: "No quiero causarte ninguna molestia, pero creo que deberías descansar un poco". Más razón que un santo, tenía, pero es que yo nunca he sabido hacer eso.

miércoles, abril 01, 2020

La virgen de agosto


Creo que el objetivo de Jonás Trueba era que todos nos enamoráramos de Itsaso Arana -que todos entendiéramos su amor por Itsaso Arana- y quizá el de Itsaso Arana fuera que todos nos enamoráramos un poco de Madrid, no ya de Madrid en términos estéticos sino puramente sentimentales. Esto es, que nos reencontráramos con lo mejor de nosotros mismos recordándonos en esas terrazas, en esos parques, en esas verbenas. En cualquier caso, ambos lo han conseguido. También hay que reconocer que no era difícil.

"La virgen de agosto", con ese punto veraniego, luminoso, juvenil y su aire natural en unos diálogos que rozan intencionadamente la pedantería sin importarles, no puede sino recordarme a Eric Rohmer. Incluso los chicos que se cruzan en el camino de Eva, con sus pelos al viento y su aire atormentado, podrían haber protagonizado "Cuento de verano" o cualquiera de las "Rendez-vous de París" que tanto marcaron mi adolescencia. Es una película agradable, soberbiamente interpretada y dirigida... porque esa naturalidad ante la cámara no es fácil de pedir ni de dar. De hecho, en la naturalidad es donde buena parte de los actores españoles fracasan.

Hay un equilibrio tenso en toda la película. Cuando Arana, con sus sonrisas, con su actitud siempre positiva ante la vida, con su capacidad para solucionar problemas, empieza a parecerse a Amélie Poulain, el guion sabe poner el freno y pararla: "Qué haces tú aquí dándonos lecciones a todos", viene a decirle, buen rollito, uno de sus interlocutores. Por lo demás, no sé si la película tiene mucho interés para quien no sea madrileño porque las claves son demasiado internas. Desde luego, todo el mundo puede reconocer y valorar el Palacio Real o el Templo de Debod, pero el 90% de la película es una broma privada en el que el público tiene que ser cómplice para entender el contexto y su importancia.

¿Y saben qué? Que está bien que sea así y no se explique nada. Y que pasé un rato muy agradable. Y que no es nada fácil en estos momentos.

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Por ejemplo, yo, si veo el templo de Debod me acuerdo de aquella actriz con la que paseaba por los lugares más tópicos allá por 2006, cuando ella tenía 22 años y yo 29 y todos mis intentos de seducción estaban llamados al fracaso pero aun así ahí seguíamos los dos, disfrutando de un juego que sabíamos condenado sin importarnos en exceso. A. y G. reflejados en A. y G., entrando en exposiciones, fantaseando con coger el funicular de la Casa de Campo, esperando autobuses nocturnos en un banco junto a la farmacia 24 horas de Cea Bermúdez.

Por ejemplo, yo, si veo la agitación de las noches de verano cerca del viaducto, si intuyo las escaleras que suben y bajan al café del Nuncio, si imagino el Contraclub con sus luces rojas, me acuerdo de aquella estudiante de periodismo a la que no le gustaba Love of Lesbian y con la que paseaba de la mano de madrugada, camino de su casa por si se perdía, mientras un grupo de alegres borrachines que encajarían perfectamente en la película nos gritaban "que se besen, que se besen" y nosotros nos mirábamos sin saber muy bien qué hacer porque obviamente queríamos besarnos pero a la vez estábamos abrumados por las consecuencias así que creo que sí, que nos dimos un pico, pero también puede que no y que eso fuera más tarde, pero en cualquier caso fue bonito. Bonito el paseo, bonita la hinchada, bonito Madrid. Grandes los lectores.

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Luego, claro, el contraste. La nieve del 30 de marzo, la lluvia del 31, siempre tras la ventana, por supuesto. El supermercado con las puertas cerradas para que vayamos pasando de uno en uno, para que en una extensión enorme no coincidamos más de diez personas, todos con nuestros guantes, la mayoría con sus mascarillas. Una cajera y un reponedor. La calle Clara del Rey ahora ya sí, por fin, totalmente vacía, con el 72 pasando regularmente, cada quince minutos, sin pasajeros, solo cumpliendo un trámite, y los coches de policía patrullando en círculos.

Esa es mi ciudad y esa es mi vida en comparación con la ciudad y la vida a la que remite Trueba. Hay momentos en los que siento que la angustia va a poder conmigo, en los que noto opresión por todo el cuerpo, dolores difusos, taquicardias, ganas de llorar, una soledad inmensa, mareos y vértigos. Miedo, en resumen, un miedo horrible al presente y un miedo horrible al futuro que es mejor ni mencionar. Documentales de deportes y series de narcotraficantes. Ansiolíticos a mansalva. Un desasosiego no ya de guerra, sino de preguerra. De ahí que hable de angustia y no de ansiedad, eso lo definió Barthelme mejor que nadie.

Las noches alargándose a las dos y media o las tres de la madrugada. Los despertares continuos. En la mesilla, un vaso de agua con un antibiótico y un Alprazolam. Me cuesta respirar pero respiro. Me cuesta comer pero como. Me cuesta estar aquí, concentrado frente al ordenador, pero estoy. Así ha sido mi vida en los últimos veinte años y así seguirá siendo. ¿Por qué no me acostumbro? Porque en eso consiste la enfermedad: en no saber acostumbrarse. No saber hacer caso a Larry David, sentarse en el sofá y hacer lo mínimo. Me pagarían igual, ¿no? Pero no, no puedo. Y en el pecado llevo la penitencia.

martes, marzo 24, 2020

A fragile piece of porcelain


El vecino de abajo juega al ajedrez por teléfono. En una casa en silencio, retumban sus movimientos verbales. Alfil a G7 y cosas así. Tiene una voz potente y sus partidas duran horas, único sonido en todo el edificio por las mañanas. Por la tarde, el teléfono suena de nuevo (hay otro teléfono, un móvil que vibra, que de vez en cuando nos avisa de algo pero no sabemos desde dónde) y él vuelve a una partida que más parece un monólogo. Durante días, pensé que era una extraña locución de un documental de animales.

A las 19.58, el patio interior irrumpe en aplausos. Es así en todas las ciudades y al parecer la explicación está en la electricidad: los relojes vinculados a una red eléctrica (el del microondas, por ejemplo, el de la nevera, supongo que el de la televisión...) viven dos minutos por detrás del tiempo de los móviles y los relojes de pulsera. Así, dos o tres vecinos ansiosos empiezan el estruendo con sus vivas y los demás, perplejos, somos demasiado tímidos para andarles explicando física en estos momentos tan complicados. Todo un país con decalaje, todo un país tomado por sorpresa. Obviamente, en consecuencia, a las 20.03 se acaba la tregua.

¿Y qué pasa después? Después salgo a la compra y a tirar la basura en medio de un domingo noche. El Dia está cerrado pero los contenedores abiertos. Demasiado abiertos, diría, casi desvalijados. En la calle, los aplausos duran más que en los patios interiores porque tienen más incentivos (o más móviles). Un grupo de chicas adolescentes se reúnen en el portal de su casa y continúan con el jolgorio de forma obviamente artificial. En los balcones, empieza a sonar el himno de España entre vítores. El mundo de dentro y el mundo de fuera y sus abismos. A la hora, suenan cacerolas. Luego, de nuevo, silencio. Torre a A5. Poco más.

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El comentario decía algo así como "perdona, pero creo que tienes la piel muy fina". Exacto, ese es el asunto: que Guille tiene la piel muy fina, que los que conocen a Guille, los que han tratado con el Guille de carne y hueso o con el Guile virtual saben que no se le pueden decir determinadas cosas o no de determinada manera porque a Guille le hace daño. Guille sufre. Y cuando Guille, obstinado y solitario tauro, sufre, se bloquea y no sabe cómo reaccionar y entonces ya prepárate para cualquier cosa. "A fragile piece of porcelain", que diría John Paul III, pero sin heroína para mitigar el dolor.

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Gonzalo llama y es de lo más cariñoso, como siempre. A veces, es el paciente y a veces es el psiquiatra. Y viceversa. Dice: "No puedes decirle a tus hijos en 2030 que, mientras pasaba todo esto, te tirabas el día en redes sociales" pero no es tan fácil. No me concentro para leer, eso está claro, y en Twitter hay gente. Todo tipo de gente. Por ejemplo, están las charlas sobre Veruca Salt y los hilos de Carbajo sobre los Beatles. Conversamos sobre qué día, qué año, qué batería... soltamos pedanterías como "espera que te lo miro en Lewisohn" o "espera que te lo compruebo en Norman" y repasamos cada detalle de la pelea con Bob Wooler solo por el placer de recordar.

Eso no quiere decir que no trabaje -trabajo mucho, de hecho, quizá demasiado- ni que no haga otra cosa. Por ejemplo, veo la tele: ayer, Arantxa Sánchez Vicario le ganaba a Mary Pierce y Andrés Gimeno se ponía muy contento. El otro día, el Atlético de Madrid le ganó una liga de balonmano al Barcelona de Papitu. Juan de Dios Román comentaba muy sereno; Cecilio Alonso, algo más agitado.

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Papitu, por cierto. Papitu en un restaurante de Santander, puede que 1991. Papitu y otros jugadores del Teka cenando en el salón del "Valbanera" mientras Mercedes, mi padre y yo comíamos en otra mesa. Yo quería hablar con ellos y a mi padre le daba vergüenza. Mi padre detestaba molestar. Cuando por fin nos decidimos, creo que vino Mercedes conmigo. Yo tenía trece años, puede que catorce, y sé que Papitu hizo un chiste sobre el cocodrilo de Lacoste que llevaba en mi polo. Un polo falso, en realidad, comprado a los primeros manteros.

Me firmaron una servilleta, que creo que aún guardo en una billetera, aunque probablemente esté borrada la tinta, borrados los nombres, borrados los números con los que los deportistas suelen acompañar sus autógrafos, como si eso nos ayudara en algo a reconocerles. Luego nos volvimos a la mesa y supongo que me acabaría mi escalope de ternera. Mi recuerdo del Valbanera es ese: un montón de escalopes con mi padre cuando no había comida en casa y no le apetecía cocinar. Un camarero fanático del Teka que nos hablaba de jugadores rusos. Una calle en cuesta -como todo Santander- con un cartelito en la acera izquierda y, dentro, muchos escudos del Racing.

martes, marzo 17, 2020

Mientras el universo ronca


Trabajo desde el sofá con el portátil. Es la época de la ausencia absoluta de la privacidad y no sé si por solidaridad o porque ha huido del barrio, el vecino del clarinete ha dejado de tocar día y noche. La ventana del salón da a un patio interior de vecinos. Un inmenso patio interior que junta toda una manzana de pisos. El otro día coloqué ahí un taburete por si quería sentarme a teclear mientras anochecía. No me gustó la experiencia. El polvo que llega de la M-30 arrasa con todo: con mi ropa, con mi pantalla, supongo que con mis pulmones. Eso, incluso en tiempos de cuarentena.

A media tarde, la vecina -habitualmente silenciosa, puede que ya también desesperada o tal vez desinhibida, sin más- pone un disco de grandes éxitos de Los Secretos. De la segunda etapa de Los Secretos, es decir, nada de "Déjame" o "Sobre un vidrio mojado" sino más bien "Ojos de gata", "Quiero beber hasta perder el control", "Y no amanece"... Es molesto pero a la vez es agradable, al menos hasta que la vecina se viene arriba y se pone a cantar y entonces me pregunto qué pensará ella cuando yo me vengo arriba y me pongo a cantar los Beatles o me invento alguna canción para el Niño Bonito o el Rey Sol.

Solo que el Niño Bonito y el Rey Sol ya no están. Tampoco la Chica Diploma. Pasan estos días en casa de sus padres, lo cual es triste pero a la vez es esperanzador, porque quién sabe qué será de esas familias que tienen que estar encerradas quince días con niños de por medio (con bebés de por medio, incluso). Yo ya no canto o canto muy poco. El domingo ni siquiera me quité el pijama y me dejé llevar. Necesito comprar aceite. Por la noche, duermo en mi cama por primera vez en tres meses y sueño con Isa. Sueño con que Isa se rinde, con que salimos de mi casa de Ramos Carrión -yo creo que Isa nunca estuvo en mi casa de Ramos Carrión, pero puede que sí- y me dice que está bien, sin síntomas, pero que lo va a dejar, que no merece la pena, y nos abrazamos porque nos echamos de menos y en el sueño me lo creo e incluso me despierto con ganas de contárselo a todo el mundo: esto es lo que va a pasar. Pero no, no va a pasar, claro, qué tontería.

*

A las ocho, obedientemente, salgo a la terraza, solo que a veces hace frío y me meto enseguida en el salón. Otra opción sería abrir la ventana sin más y aplaudir desde ahí, pero me parece poco épico. Toda esta mitología de los balcones está afectando a mi yo estético y ahí me planto a aplaudir en medio de un jolgorio de "vivas" y de niños disfrutando por fin de algo que rompe la monotonía y a veces tengo la sensación de que nos estamos aplaudiendo a nosotros mismos, no ya a la comunidad, sino cada uno a cada uno, una especie de "bien hecho, Guille" que nadie te dirá ya porque ya no hablas con nadie. Bien hecho, ¿el qué? Ese sería otro tema.

Creo que de mi lado del patio se aplaude menos pero probablemente sea una cuestión de acústica. El primer día salí con el móvil para grabarlo todo porque pensé que sería algo especial, un momento único. Al instante estaban las redes sociales repletas del mismo vídeo en distintas versiones. No, no somos especiales. Aplaudimos lo que no vemos y eso es un bonito acto de fe, aplaudimos quizá para espantar, eso también es posible. Nuestra manera de decir "tú o yo, enano, pero yo soy más fuerte". El enano aquí es el virus, por supuesto. A los cinco minutos, a veces más, paran los gritos y las ovaciones. Para entonces, yo ya llevo dos actualizando Google Classroom.

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También tiene que haber tiempo para el ocio. Si consigo concentrarme -no sucede muy a menudo- cojo el libro de Cristina Morales y avanzo unas diez páginas, quince a lo sumo. No es ella, soy yo. El libro, de hecho, me parece de lo más entretenido pero te obliga a pensar y yo no quiero pensar ("You´re taking the fun out of everything, you´re making me think when I don´t wanna think"). Si no consigo concentrarme, me voy a Filmin y me dejo llevar porque Filmin acuna mucho más que HBO o Netflix. Filmin te mima y te susurra "todo va a ir bien" como tú haces con Isa en tus sueños.

Pongo "Retrato de una mujer en llamas" y poco a poco me va llegando la belleza. Muy poco a poco, como si no quisiera molestar. La belleza de ese encierro de tres chicas en un gran palacio. La belleza de las miradas cómplices, de los celos, de la contención. En realidad, la película es un tratado de contención que, como casi siempre, se desborda para luego volver. Ni una sola estridencia. Una naturalidad de pelo en sobaco. El sexo, sí, pero sin exhibiciones. La tristeza. Un tratado de contención y tristeza y una demostración de tres actrices en dulce. A mí, a los 42 años, me cuesta mucho que una película me vuelva a hacer sentir adolescente. Esta lo consiguió. Su amor perdido era de alguna manera cualquiera de los míos.

martes, febrero 25, 2020

Como un dolor de muelas



Nos juntamos los cuatro en la consulta del pediatra. De dos en dos. El Niño Bonito espera paciente a que le confirmen que tiene que vacunarse contra la varicela y el Rey Sol llora preventivamente, un continuo "por si acaso". Después, nos vamos a desayunar al VIPS, como toda familia madrileña de clase media. El mayor está feliz, como siempre. El pequeño duerme... y cuando no duerme, su padre le coge y le tranquiliza.

Todo gira en torno a esta imagen. Y cuando digo todo, es todo; nada más que contar, nada nuevo. Tal vez las noches llenas de pesadillas en las que resulta que trabajo de profesor y tengo que volver al centro y ni siquiera sé explicar qué hago ahí, por qué he faltado tanto tiempo y pruebo a esconderme dentro del propio sueño, a hacerme invisible para que nadie me pida cuentas, para quedar menos expuesto, menos vulnerable, menos "piece of fragile porcelain", que diría Juan Pablo III. 

Cuando B. vino a mi boda, reconoció que nunca se habría imaginado que yo me fuera a casar. Que en sus larguísimas noches en Kenia o en Somalia o donde fuera imaginando al detalle el presente y el futuro de cada uno de nosotros, jamás cayó en que yo pudiera enamorarme y casarme con alguien. Siete años más tarde (seis y medio) no solo estoy casado sino que tengo dos hijos. Si B. se entera, me mata. Es raro, solo quiero decir eso. Y si alguien me pregunta "¿qué es raro?", yo tendría que decir "todo" y encogerme de hombros.

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Empieza justo después de tomar una onza de chocolate, un dolor profundo en la encía, de diente roto, astillado, clavado donde más duele. La cosa se queda así durante unas horas y luego empeora, mejora y empeora. El mundo en vilo por un virus y yo muerto de dolor por una muela. Cuando llamo a Adeslas, me dicen que mejor me vaya a Urgencias, que es más fácil eso que pedir hora en consulta. Es lo que debería hacer. Según Internet, siempre el mejor médico, estoy a un paso corto de un infarto o una endocarditis. Y, sin embargo, aquí estoy, desoxidándome, haciendo como si nada y prolongando las molestias, bañándolas en colutorio, llamando al New York Burger y celebrando íntimamente que se hayan olvidado las patatas fritas.

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Vi "Parásitos". Una película que me resulta imposible odiar, despreciar ni admirar. Dos horas de mi vida. Punto.

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Por supuesto, como todos, he tenido tiempo para investigar sobre el coronavirus hasta el punto de convertirme en algo parecido a un experto. Es complicado encontrar términos medios pero tal vez sea bueno buscarlos. Los brotes de coronavirus son peligrosos. Son muy peligrosos. Otra cosa es la concepción que tengamos del peligro, claro. No estamos ante un apocalipsis ni esto es "REC"  ni habrá una invasión de ultracuerpos a partir de un crucero amarrado en Japón. No parece un virus especialmente contagioso ni especialmente letal. Simplemente es nuevo y no es poca cosa. Cuando la gente lo compara con la gripe común obvia una cosa: la gripe la conocemos, estamos habituados a ella, sabemos combatirla... y aun así nos mata. Una cosa no sustituye a la otra. Si el coronavirus se confirma como pandemia, si el número de casos crece sin control, simplemente los sistemas sanitarios de buena parte del mundo estarán en un buen lío y nadie quiere eso.

Si a los miles de afectados por la gripe o por la neumonía en cada país, le añadimos otros tantos ingresados con otra enfermedad contagiosa, el reto será mayúsculo. No un reto por sobrevivir, no un reto por mantener nuestra sociedad tal y como la conocemos, simplemente un reto de adaptación a las nuevas circunstancias. Las dos cosas han de tenerse en cuenta: no vamos a morir todos, pero tampoco es un catarro de invierno. Las precauciones son lógicas y necesarias, sin que eso requiera un tratamiento mediático de carrusel deportivo. Minuto y resultado. Aún es demasiado pronto para determinar tendencias, las muestras son pequeñas y probablemente erráticas: ¿cuántos casos de gripe o neumonía fueron en realidad coronavirus y a los pacientes se les dio de alta sin más al recuperarse?, ¿cuántos en un país de 1500 millones de habitantes, muchos de ellos en zonas rurales con escaso control sanitario?

Eso es lo bueno y lo malo: probablemente -y esto no es caer en una conspiranoia-, el número de afectados sea mucho mayor del que se sabe. Por otro lado, si es así, simplemente es porque el resto ha pasado desapercibido. 

miércoles, febrero 19, 2020

The New Pope


El Niño Bonito pide agua. Son las doce y media de la noche, casi la una, y acabo de cenar corriendo un bocadillo de chorizo. Desde las nueve, he tenido un niño de dos meses colgando de un fular pegado al pecho. Los dos tumbados en la cama, el chupete siempre en la boca por si acaso, algún despertar fugaz apagado por el correspondiente meneo. La respiración agitada, que es la manera que tienen los bebés de demostrar que su sueño es profundo, los ojos moviéndose detrás de los párpados. ¿Sueña el Rey Sol con ovejas eléctricas? ¿Sueña con la calle oscura y los neones de las tiendas interrumpiendo la monotonía negra? ¿Con el fraseo incomprensible de las señoras de abrigo de piel que se acercan a decirle monerías?

Su padre, mientras, mira el móvil. A veces, comprueba que el Atlético de Madrid sigue ganando -le va mucho en ello, le va la alegría de su otro hijo- y a veces se pone un capítulo de "The new Pope", la serie que le tiene fascinado. Es la suya una fascinación estética que no tiene por qué compartirse. Una fascinación de frases precisas, planos perfectos, chicas bailando al compás de música electrónica, un abuso quizá de la cámara lenta. Una fascinación por las referencias y el subtexto. Alguien en Twitter lo comparaba con Lynch y puedo estar de acuerdo en parte, pero yo a Lynch nunca lo he entendido, nunca he sentido que se dirigiera a a mí. Sorrentino, sí.

Sorrentino, a punto de cumplir los 50, que decide no hacer una continuación al uso de la anterior temporada sino que crea casi una serie nueva con nuevos protagonistas y la llena de personajes improbables y de subtramas que darían de por sí para nuevas películas -así, Ester; así, Voiello; así, Adam; así, el médico de Venecia y su vida de palacio-. El complejo universo Sorrentino. De Andreotti y la Democracia Cristiana a la curia vaticana pasando por Jep Gambardella y Silvio Berlusconi. ¿Cómo se hace eso, Paolo, me explicas? ¿Cómo se convierte cada sueño en una imagen y esa imagen a la vez en la reproducción de una obra de arte del Renacimiento? ¿Cómo se reconstruye Italia en cada secuencia?

El padre pregunta y nadie responde, claro, solo faltaba. Se levanta y deja al bebé en el carrito. La Chica Diploma duerme a su lado. Espera el bocadillo, el agua del Niño Bonito y una noche corta. Como todas.

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Entre las anécdotas que Paul McCartney repite en cada entrevista está la charla con Elvis Presley, el día que fueron a visitarle a su mansión en Los Ángeles. Sobre el encuentro en sí, la verdad es que he leído muchas versiones: que Paul cogió el bajo y se pusieron a tocar, que Elvis estaba viendo la tele y no les hizo apenas caso, que estuvieron tanteándose un rato y al final, ya aburrido, Elvis sacó una especie de casino portátil y se pusieron todos a jugar para especial deleite de Brian Epstein, ludópata de primera...

Otra cosa que le gusta contar a McCartney es que en la versión que hacía Elvis de "Yesterday" cambiaba la frase "I said something wrong" por "I must have said something wrong", lo que a Paul le hace mucha gracia porque le parece un pelín arrogante. Es curioso porque en Spotify se puede encontrar la grabación del concierto de 1969 en Las Vegas y no cambia la letra en absoluto. En otras versiones de años posteriores, sí hay alguna modificación algo fanfarrona pero no respecto a esos versos: en vez de "I´m not half the man I used to be", Elvis canta "I´m not half the stud I used to be" entre risas cómplices. Probablemente estuviera drogado. Para encontrar la modificación de McCartney hay que irse a la grabación de un ensayo y la verdad es que suena casi más bonito así.

Creo que en el fondo lo que le hace gracia a Paul es que Elvis estuviera cantando SUS canciones. No las de John, no las de George, sino las suyas. El medley "Yesterday / Hey Jude" que también puede encontrarse por Internet, por ejemplo. Gracia y un cierto orgullo, por supuesto. Si en algo coincidían los cuatro Beatles era en su admiración por "El Rey". Ringo, por ejemplo, cuando les introdujeron en el "Rock and Roll Hall of Fame", soltó un irónico "vaya, siempre nos habían dicho que éramos un grupo de pop". No lo eran. No lo fueron hasta Epstein y no lo fueron después.

Excepto, quizá, Paul McCartney.

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Después del vaso de agua queda el móvil. Es un error pero es mi error y tampoco voy a andar pidiendo disculpas por todo. Ya casi la una y Genko (Miguel) y yo seguimos hablando del viaje Fin de Curso a Atenas. Sé quién es pero también sé que apenas tuvimos trato. Ninguno de los dos acierta a entender por qué. Yo soy consciente de que fui un adolescente gilipollas, pero no recuerdo que los demás fueran otra cosa, salvo quizá Dani Pacios. Teníamos muchos amigos en común pero no consigo recordar ni una conversación. Tal vez sobre fútbol. Tal vez sobre el Estudiantes. ¿Jugaba Genko con nosotros al baloncesto? En ese caso, quizá fuera tan malo como yo y por eso no me acuerdo, aunque los compañeros de estigma tienden a reconocerse...

Más raro es lo de Atenas porque Atenas, por raro que parezca, acabó siendo más pequeña que el Ramiro de Maeztu, reducida a un par de plantas de hotel y cuatro o cinco habitaciones donde nos reuníamos y nos separábamos y nos escondíamos y nos besábamos furtivamente. Yo creo que recuerdo al grupo de Miguel, creo que es el grupo que se sentaba al fondo del autobús y conseguía que todos nos partiéramos de risa. Lo tengo como un grupo carismático o como mínimo admirable. Un grupo con el que pasé mucho tiempo porque mucho tiempo pasé con Dani y con Javi y con Silvia y con Miriam y creo que ahí las fronteras empiezan a borrarse.

Atenas, en cualquier caso. Genko recuerda el museo arqueológico. Yo recuerdo que fui con Bruno porque me gustaba una chica (¿Patricia?, ¿quizá Cristina?) y que acabó sangrándole la nariz y nos tuvimos que quedar fuera. También recuerdo que Silvia y yo intentamos volver más tarde pero nos perdimos y acabamos tomando pollo en el Barrio de Plaka. Nos perdíamos mucho y no estoy seguro de que lo hiciéramos a propósito. Una vez acabamos en una pista de baloncesto jugando con unos griegos con pinta de matones. Por supuesto, no nos atrevimos a ganar. La última noche acabó con un despliegue de fuegos artificiales y a mí me pareció una despedida fantástica. Luego me explicaron que celebraban la independencia.

Hice unas fotos maravillosas que revelamos en la Calle Stadiou. Al año, las había perdido. En una de ellas, mi riccordo, sí, io mi riccordo, hacíamos una foto de grupo en una isla del Egeo. Algunos de pie y otros sentados. Como parecíamos un equipo de fútbol, yo crucé las manos sobre el pecho como hacían los porteros en los ochenta. Nadie entendió el chiste. Nadie entendía nada, de hecho, y casi nadie lo intentaba.

lunes, febrero 17, 2020

Mi amor por los espejos


Quizá San Junípero no sea Fuerteventura y tal vez el acmé, el famoso acmé, no haya que cifrarlo en 2011 ni en 2005 sino en 2003, siempre que sea un acmé de los sentidos -una explosión, vaya- y no una madurez en sentido estricto. El poder y sus márgenes. El momento, ahí quería llegar yo, que uno elegiría repetir durante toda una eternidad en bucle. Vivir siempre entre el jueves en el que M. y yo entramos ansiosos buscando una habitación de una noche en el Tryp Gran Vía y acabar en el domingo en el que R. se despide en la Estación de Sants con un "Cuídate mucho, Guille" y la mirada que Wendy dedica a los niños perdidos.

Tal vez, sin contexto, sin la enorme amoralidad de esa alegría, es decir, separándola de lo que yo era y lo que me convertí, de lo sucio del antes y lo solitario del después, esa sea la sensación que quisiera repetir por siempre y no ya una visión paradisíaca de una isla en lontananza, no ya un concierto bajo la nieve. San Junípero en forma de Alvia de cinco horas con un CD "quemado", lleno de canciones de Franco Battiato y de Lucio Dalla y aquel "All the way to Reno" de R.E.M. en el que creía como si estuviera compuesto para mí, solo para mí.

La arrogancia post-adolescente. Si algún día le preguntara a Jude Law en lo alto de un autobús de dos pisos cuál es mi eufemismo, incluso él diría "arrogante". Un arrogante depresivo y todo lo que eso implica. Una montaña rusa. Viernes, sábado y domingo en el Meliá Barcelona. A moveable feast, a fucking moveable feast, C.C. recién salida del baño y la calle Aribao y un paseo por la playa de Sitges en pleno febrero bajo una iluminación de película de Woody Allen. La bolsa de McDonald´s en una habitación triple para uso individual y una versión merengue de "Ne me quitte pas" (daños colaterales del Kazaa) en la bañera. La soledad saciada. La plenitud, de nuevo. La incertidumbre. Lo dicho, San Junípero.

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El problema de la plenitud o más bien el problema de fijar la plenitud hace diecisiete años y por razones tan inmediatas, tan piscina, tan "lo que sea cuando sea", es que el resto de tu vida se convierte hasta cierto punto en decadencia o, si se quiere, en un lento desenamoramiento de uno mismo. De ahí, quizá, los hijos. De ahí, quizá, una especie de testigo que va pasando: lo que uno ya no va a vivir -y es duro saber que no vas a volver a vivir lo que tú mismo has catalogado como el momento más feliz de tu vida, es decir, que hasta cierto punto todo va a ser un pequeño simulacro mejor o peor llevado- que lo vivan ellos. Que investiguen en su propia exaltacion física, en su propio enamoramiento, en su propio investigar los límites. A veces pienso que abrazo a mis hijos como Nietzsche abrazaba caballos, con una nostalgia previa. Yo, pequeño gordo cuarentón que no ama lo que hace, que cuenta las semanas de baja hacia atrás porque teme a la realidad, que incluso prefiere esta especie de limbo retribuido, de fortaleza de pañales, antes que volver a enfrentarse con los hechos: una vida laboral incompleta, apenas elegida, sobrellevada con ansiolíticos y canciones de los Beatles a pleno pulmón por las escaleras.

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Sigo impresionado por la muerte de Gistau. O por la vida de Gistau, más bien. Por todo ese amor que ha salido de golpe y en todas las direcciones. Dan ganas de traerle de vuelta a la vida no solo por él sino por todos los que le amaron. La amistad. Gistau es para mí la imagen de la amistad y a veces me invade cierta tristeza, incluso cierta envidia: yo siempre quise tener esos amigos, ese grupo de amigos hombres, leales, que se entienden con gestos y perdonan todo. Partido y copa en el bar. Nunca he sido capaz. Creo que siempre he aspirado a la amistad masculina y siempre he fracasado sin que pueda culpar muy bien a nadie. Quizá, en el fondo, el Niño Bonito sea el último intento.

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Antes siquiera de llegar al hospital, la oficina de management de Sabina ya había anunciado la fecha de su siguiente concierto. Eso es, en resumen, todo lo que va mal del caso Sabina y ahí es dónde deberian apuntar las miradas en vez de tanto fijarse en el dedo.

martes, febrero 11, 2020

De vuelta del asador de pollos


El Niño Bonito tose, el Rey Sol tose. El Niño Bonito tose, el Rey Sol tose. Sorben sus mocos y se enfadan y los dos a su manera gritan "mami" pero no se despiertan o al menos no de momento. Para eso estamos sus padres. El Niño Bonito gira en su cama nido hasta que se da con uno de los lados, suena "pam" y se queda tranquilo. Por la mañana, cuando le pregunte por todo esto: por las toses, las quejas, los pañuelos, los golpes secos... dirá que no se acuerda y será verdad. Nuestro pequeño sonámbulo.

Lo del Rey Sol es otra cosa. El Rey Sol, con laringitis a sus siete semanas, con los ojos rojos de colirio y sus intentos de queja que se quedan en un ronquido afónico a lo Abuelo Rabbit en Peppa Pig. El Rey Sol y algo que entendemos que es carraspera porque no es exactamente ahogo. Muchas cosas a la vez, cara de "bueno, ¿pero cuándo empieza lo bueno aquí?". La noche se juega en dos habitaciones y los dos equipos luchan por el empate. Tardes de Niño Jesús y virus flotantes. Un niño chino con la cara roja y un montón de gente esquivándole con cara de espanto.

A las siete y cuarto, como siempre, me despierto, pero tardo un rato en hacerme a la idea de que el ciclo empieza de nuevo. Cuando voy a la cocina a tomar mi ansiolítico, oigo una puerta e imagino que es la Chica Diploma, tan desesperada como yo, pero no, es el Niño Bonito que ha salido de la habitación dando tumbos y en cuanto me ve, se le pone una sonrisa de oreja a oreja y me abraza y así nos quedamos los dos un buen rato antes de que se haga demasiado tarde.

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Voy donde Juanma Trueba y charlamos un rato de Gonzalo Vázquez. De la necesidad de Gonzalo Vázquez en cualquier proyecto que quiera presumir de calidad. Él no le conoce pero Emmanuel sí y entre los dos vamos turnando nuestro entusiasmo. En ese momento, las cuatro y media de la tarde, Gonzalo es un genio sin reconocimiento... pero a las seis horas, sigue siendo un genio con un Premio Gigantes del Basket en la mano junto a su inseparable Andrés Monje. Me parece una curiosidad bonita que seguro que él sabe llevar con la distancia necesaria pero que de alguna manera es lo que parece: el reconocimiento no solo a un presente sino a una trayectoria enfrente de todo el mundo del baloncesto, incluyendo los que en más de una ocasión no le han valorado lo suficiente.

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Por cierto, una vez estuve en la fiesta de los Premios Gigantes y me sentí como Kenneth Branagh en la fiesta que da Leonardo di Caprio en "Celebrity". Todo el mundo era mucho más guapo y ahí estaba yo, con un bebé de nueve meses, en el paro, mendigando una colaboración, una palabra de ánimo, un email o un teléfono al que llamar más adelante por si acaso. Mucha gente dijo que me conocía pero con el tiempo no estoy muy seguro de que fuera verdad. Sí recuerdo que un famoso periodista que empezaba en un proyecto muy bueno me dijo que me estaban considerando para encargarme de la sección de deportes y me pidió que estuviera atento para hacer la entrevista.

Era justo antes de Semana Santa y nos íbamos de vacaciones. Mi mujer planteó la posibilidad de que canceláramos todo y nos quedáramos, pensando que si alguien te dice algo así, si alguien te ve desesperado y te dice algo así, es porque de verdad lo piensa. Mi mujer no es periodista. "No va a llamar", le dije, y todo siguió como estaba planeado. Pasó la Semana Santa y el puente de mayo y empezó el programa en cuestión y efectivamente aquel tipo no llamó nunca. Probablemente ni siquiera se lo planteara. Me dejó su número de teléfono para localizarle pero siempre estaba apagado. Recuerdo que en aquel momento pensé que lo mismo me había dado un número falso.

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Lo que mejor retrata a David Gistau no es lo que dicen sus amigos, por bonito que sea, sino lo que decimos los que apenas le conocimos. Toda la cantidad de historias que empiezan por algo así como "me ayudó desinteresadamente cuando no teníamos casi relación". Esa también es mi historia. En mayo de 2011 yo era un entusiasta educado del 15M y Gistau era uno de sus educados detractores. Coincidimos en Twitter y conectamos de inmediato. Le interesaba mi punto de vista, me escuchaba, no se dejaba llevar por prejuicios... nos intercambiamos teléfonos y hablamos de quedar un día en persona, pero nunca lo hicimos.

Cuando le dije que estaba preparando un libro al respecto, habló inmediatamente con Ymelda Navajo, editora de La Esfera de los Libros, y me consiguió una entrevista. Por entonces, yo no había tenido nunca una entrevista con un editor en mi vida y estaba histérico perdido, como si se abriera un campo enorme delante de mí. Lo primero que me dijo Navajo fue "Me ha dicho David que eres un tipo muy interesante".

David no sabía a ciencia cierta si yo era un tipo muy interesante o no, pero prefirió jugársela y decir que sí.  Un santo decir sí nietzscheano, ese era Gistau para mí. Nos vimos en persona unos años después, creo que en 2014, en la clásica fiesta de El Mundo por la Feria del Libro. Charlamos un rato, se acordaba perfectamente de mí aunque hacía tiempo que había dejado Twitter -y eso también dice mucho de él, dice que no estaba para gilipolleces- y nunca habíamos pasado de la fase WhatsApp. Creo que estuvimos hablando con Santiago González de que el PSOE iba camino de convertirse en el PASOK y a mitad de la charla desapareció en la noche o tal vez desaparecí yo.

No volví a saber de él más que en referencias de Rafa Latorre, Manuel Jabois o algún otro de nuestros amigos comunes. Me enteré de que estaba en coma como todo el mundo, por el artículo de El Español. Cuando preguntaba a sus conocidos, me decían "va mejorando, poco a poco". Probablemente era una versión pactada y en cualquier caso era lo que querían pensar. Por las redes vuelan sus columnas sobre la paternidad y sus entrevistas donde solo quería seguir vivo. También algunas fotos donde era feliz, sin matices. Y esas, que son las más alegres, son a la vez las más dolorosas.

viernes, febrero 07, 2020

Por qué creo que el Barcelona no jugó bien en Bilbao


Después del partido entre el Athletic de Bilbao y el Barcelona -un buen rato después, de hecho, porque tenía que dormir al niño- puse en Twitter una serie de comentarios sobre lo que me había parecido el encuentro. En general, no eran precisamente positivos porque la sensación que me había causado el equipo no había sido positiva en absoluto. Sin embargo, el sentir generalizado que percibí es que yo había visto otro partido y que el Barcelona había jugado muy bien, había dominado, había tenido oportunidades y no había merecido perder.

En lo de la victoria o la derrota no entro, porque si me he pasado un año y pico criticando el juego del equipo con Valverde pese a ganar ligas y copas, no voy a justificar ahora una opinión porque Unai Simón hiciera dos intervenciones fabulosas. Más allá del resultado, hay cuestiones que doy por hechas y que por tanto no valoro. No digo que no tengan valor sino que no entran en mi análisis y explico por qué: que un equipo objetivamente superior al otro y con mejores jugadores dé sensación de dominio y tenga más oportunidades es algo que doy por hecho. Obviamente, el plan del Athletic no era tener el balón, jugarlo, acorralar al Barcelona y juntar una ocasión de gol tras otra. La idea era dejar que el contrario lo tuviera, presionar lo más arriba posible, juntar muy bien las líneas para que no hubiera superioridades, confiar en tu portero porque es algo inevitable -recuerden lo de Unai en el Bernabéu- y fiarlo todo a una o dos oportunidades que puedas tener arriba.

Eso es el previo. Ya sé que fue un partido muy entretenido, con cierta sensación de velocidad y que Messi y Griezmann tuvieron dos oportunidades muy claras, más claras que las que tuvo Iñaki Williams, desde luego. Vamos ahora a otra cosa, al juego más allá de los highlights del resumen de televisión.

El Barcelona, en mi opinión y no cabe descartar que haya visto otro partido, no controló el juego. Lo intentó, ojo, que ya es un avance, pero no lo consiguió. Hasta cierto punto es normal después de cinco años de frenesí y transiciones. No puedes enseñar conceptos básicos de asociación y posición en tres semanas ni cambiar de la noche a la mañana tantas costumbres. Tuvo el balón pero casi siempre fue una posesión defensiva, casi de supervivencia, para evitar perderlo. A mí me parece que los jugadores están inseguros desde el primer partido, que no "rompen a jugar", que están más preocupados por el error que por generar algo nuevo. Es una percepción, pero me dura desde el día de Granada, no puedo evitarlo.

De esa manera, el Barcelona tiene problemas con el balón en los pies desde el inicio de la jugada. Es decir, tiene problemas serios para generar jugadas. No para culminarlas, porque efectivamente para eso está Messi o está Griezmann o podría estar cualquiera de los jugadores de 100-150 millones de euros que ha ido fichando el club si no estuvieran lesionados o cedidos. La mejora está en el inicio. Está en que Ter Stegen no acabe rifando balones en la salida o regalándoselos directamente al rival porque no hay otra opción o que el ataque empiece por un carrilero que además no maneja bien la pelota.

Quique sabrá la razón por la que sigue insistiendo en el 3-5-2 que ya hacía en el Betis con matices, pero tengo la impresión de que en el Barcelona no sale bien porque no acaba de conseguir lo que busca. Me explico: el tercer central es Sergi Roberto. ¿Su función es defender? Obviamente, no. Incluir ahí a ese jugador, como cuando Cruyff colocaba a Eusebio de lateral, es un recurso para poder sacar el balón jugado desde atrás sin tener que recurrir a Lenglet. El problema es que la circulación no mejora con Sergi Roberto o los demás compañeros no tienen paciencia y lo que  nos encontramos es que Messi acaba bajando cincuenta metros a recibir e inventarse jugadas.

¿Qué pasa entonces? Que Messi es la leche. Y como Messi es la leche, la sensación de peligro es constante, porque además ayer estaba motivado y cabreado después de lo de Abidal. Y Messi te puede hacer una jugada individual hasta el área, o meter un pase entre líneas a lo Xavi o hacer lo que le dé la gana. Pero el objetivo no es que Messi haga eso sino que lo hagan los dos centrocampistas por los que has pagado otros 150 millones de euros y que Messi reciba donde realmente genera una diferencia única. Eso ya se hacía con Valverde, y al menos, como estaba Suárez, pues entre los dos se lo comían y se lo guisaban. Sin Suárez, ¿quién culmina el heroísmo de Messi si consigue salir del embudo? ¿Ansu Fati? ¿Esta versión de Griezmann? Es complicado.

De hecho, la salida de Arthur, que sigue siendo suplente primero de Vidal y luego de Rakitic dio paso a los mejores minutos del Barcelona. Yo creo que la gente directamente ha olvidado esos primeros veinte minutos tras el descanso de errores constantes y recuerda solo esta parte en la que las cosas empezaron a funcionar con sentido: si Arthur hace su trabajo, Messi no lo tiene que hacer por él y puede hacer el suyo. Lo mismo pasa con Griezmann o Fati o el acompañante que sea. El problema que hay en ese momento aún es que es muy difícil generar superioridades más allá de la genialidad si el ataque tiene que ir constantemente por el centro porque el balón no se abre con garantías a la banda.

Vamos al siguiente punto: la amplitud del campo. Cruyff cogía a Stoichkov y lo pegaba a la línea. Al búlgaro no le hacía ni puta gracia pero tenía que apechugar porque marcaba menos goles pero ayudaba más al equipo... y el equipo ganaba y esa es la manera más rápida de llevarse Balones de Oro. Van Gaal lo hizo después con Rivaldo y Guardiola con Henry y Villa. El objetivo de poner ese tipo de jugadores en la banda es doble: por su calidad, obligas a los defensas a tener que cerrar un doble hueco: el propio del extremo y la diagonal con el central. Eso te obliga a pensar y te descoloca si quieres controlar el juego atrás. Puede que el balón esté en la otra punta del campo, pero tú tienes que estar pendiente del tuyo, que te puede atraer a su posición o arrastrarte a la suya. Si el ataque consiste en Messi driblando jugadores por el centro, sí, claro, la genialidad forma parte del juego y puede acabar en gol. De hecho, estuvo muy cerca muchas veces, pero para mí -para mí- no es jugar bien al fútbol.

Setién juega con dos carrileros. Ya lo hacía en el Betis. Ayer, los carrileros fueron Alba y Semedo. A mí no me parece mal jugar con carrileros si luego ayudan en el centro del campo o al menos fijan posiciones rivales. Alba es tan potente que genera desequilibrios solo con sus desmarques, pero Semedo ni eso. Ninguno de los dos participa con éxito de la salida del balón porque no tienen calidad para ello (Guardiola llegó a jugar con Alaba, Lahm e incluso Alves de "falsos" medio centros). El único perfil de Alba y Semedo es "para adelante y a centrar". Eso es relativamente fácil de controlar, sobre todo si no hay un arrastre anterior, y en ocasiones te obliga a atacar con nueve hombres en vez de once. De hecho, supongo que el aficionado recuerda los minutos de descuento después del gol en los que Semedo no sabía qué demonios hacer con la pelota y hasta tres veces la pasó a su central, que a su vez se la devolvió mientras el partido expiraba, todo para coger y tirar para adelante en conducción y que sea lo que dios quiera. La jugada acabó en falta y la falta, blandita, blandita y bombeada en las manos del portero.

Yo no digo que el Athletic propusiera mucho más, pero es que no estaba obligado a ello. El Athletic, de entrada, era un equipo que estaba pasando una mala racha y que no ganaba en casa desde diciembre. Un equipo con muchísimos problemas para marcar goles pero con una defensa, a diferencia de otros años, bastante apañada si no la meneas. El Barcelona no la meneó. Fue a chocarse contra el muro constantemente y, sí, hubo oportunidades por el mero aplastamiento y si alguien cree que mereció ganar, pues es libre de hacerlo porque no sé cómo se miden esas cosas... pero creo que se le puede exigir más.

Un matiz sobre la exigencia: todos estos comentarios son, hasta cierto punto, abstractos. Me explico, de nuevo: Setién acaba de llegar y no ha tenido tiempo para trabajar con el grupo. Qué demonios, ni siquiera hay grupo, son quince o dieciséis jugadores y encima cabreados con el director deportivo y con el presidente y con el Mundo Deportivo o el Sport o el que toque... Cuando digo "hay que exigirle" lo digo por decir. Es muy lógico que este equipo en este momento juegue así porque el trabajo está apenas iniciado. Ahora bien, si esto se hubiera hecho antes, cuando hubo que hacerlo, en el verano, estoy convencido de que los resultados serían mejores.

¿Qué futuro le espera al Barcelona? Solo me faltaría a mí saber eso, pero no pinta bien. Hay un punto de descontrol y desesperación y falta de confianza en el sistema y en ellos mismos. Los defensas siguen corriendo hacia atrás despavoridos en cuanto hay una pérdida. Ayer, Piqué dejó un metro y medio de distancia a Williams en un contraataque cuando Iñaki ya estaba incluso dentro del área. Le faltó meterse en la portería. Viene pasando mucho durante los últimos años. Hay confusión. Una confusión lógica pero innegable. Una mezcla entre los nuevos conceptos y el instinto del futbolista, que en las malas, tira hacia su zona de comodidad. Un equipo incómodo e inseguro es a la vez un equipo que comete más errores y que falla más oportunidades, siempre ha sido así.

Al Athletic le bastaron cinco minutos de apretón para solventar la eliminatoria. No sé si los jugadores del Barcelona estaban cansados pero entregaron la pelota en el peor momento posible. En dos centros laterales pudo marcar Williams pero en el primero pifió el remate cuando estaba solo delante del portero. A la segunda, fue un despeje de Busquets el que se coló en la portería. Eso es mala suerte. Lo que no es mala suerte es que en el minuto 92 estés defendiendo en tu área. Eso es descontrol. Y a eso me refería con que el Barcelona no jugó bien en Bilbao.