martes, marzo 24, 2020

A fragile piece of porcelain


El vecino de abajo juega al ajedrez por teléfono. En una casa en silencio, retumban sus movimientos verbales. Alfil a G7 y cosas así. Tiene una voz potente y sus partidas duran horas, único sonido en todo el edificio por las mañanas. Por la tarde, el teléfono suena de nuevo (hay otro teléfono, un móvil que vibra, que de vez en cuando nos avisa de algo pero no sabemos desde dónde) y él vuelve a una partida que más parece un monólogo. Durante días, pensé que era una extraña locución de un documental de animales.

A las 19.58, el patio interior irrumpe en aplausos. Es así en todas las ciudades y al parecer la explicación está en la electricidad: los relojes vinculados a una red eléctrica (el del microondas, por ejemplo, el de la nevera, supongo que el de la televisión...) viven dos minutos por detrás del tiempo de los móviles y los relojes de pulsera. Así, dos o tres vecinos ansiosos empiezan el estruendo con sus vivas y los demás, perplejos, somos demasiado tímidos para andarles explicando física en estos momentos tan complicados. Todo un país con decalaje, todo un país tomado por sorpresa. Obviamente, en consecuencia, a las 20.03 se acaba la tregua.

¿Y qué pasa después? Después salgo a la compra y a tirar la basura en medio de un domingo noche. El Dia está cerrado pero los contenedores abiertos. Demasiado abiertos, diría, casi desvalijados. En la calle, los aplausos duran más que en los patios interiores porque tienen más incentivos (o más móviles). Un grupo de chicas adolescentes se reúnen en el portal de su casa y continúan con el jolgorio de forma obviamente artificial. En los balcones, empieza a sonar el himno de España entre vítores. El mundo de dentro y el mundo de fuera y sus abismos. A la hora, suenan cacerolas. Luego, de nuevo, silencio. Torre a A5. Poco más.

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El comentario decía algo así como "perdona, pero creo que tienes la piel muy fina". Exacto, ese es el asunto: que Guille tiene la piel muy fina, que los que conocen a Guille, los que han tratado con el Guille de carne y hueso o con el Guile virtual saben que no se le pueden decir determinadas cosas o no de determinada manera porque a Guille le hace daño. Guille sufre. Y cuando Guille, obstinado y solitario tauro, sufre, se bloquea y no sabe cómo reaccionar y entonces ya prepárate para cualquier cosa. "A fragile piece of porcelain", que diría John Paul III, pero sin heroína para mitigar el dolor.

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Gonzalo llama y es de lo más cariñoso, como siempre. A veces, es el paciente y a veces es el psiquiatra. Y viceversa. Dice: "No puedes decirle a tus hijos en 2030 que, mientras pasaba todo esto, te tirabas el día en redes sociales" pero no es tan fácil. No me concentro para leer, eso está claro, y en Twitter hay gente. Todo tipo de gente. Por ejemplo, están las charlas sobre Veruca Salt y los hilos de Carbajo sobre los Beatles. Conversamos sobre qué día, qué año, qué batería... soltamos pedanterías como "espera que te lo miro en Lewisohn" o "espera que te lo compruebo en Norman" y repasamos cada detalle de la pelea con Bob Wooler solo por el placer de recordar.

Eso no quiere decir que no trabaje -trabajo mucho, de hecho, quizá demasiado- ni que no haga otra cosa. Por ejemplo, veo la tele: ayer, Arantxa Sánchez Vicario le ganaba a Mary Pierce y Andrés Gimeno se ponía muy contento. El otro día, el Atlético de Madrid le ganó una liga de balonmano al Barcelona de Papitu. Juan de Dios Román comentaba muy sereno; Cecilio Alonso, algo más agitado.

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Papitu, por cierto. Papitu en un restaurante de Santander, puede que 1991. Papitu y otros jugadores del Teka cenando en el salón del "Valbanera" mientras Mercedes, mi padre y yo comíamos en otra mesa. Yo quería hablar con ellos y a mi padre le daba vergüenza. Mi padre detestaba molestar. Cuando por fin nos decidimos, creo que vino Mercedes conmigo. Yo tenía trece años, puede que catorce, y sé que Papitu hizo un chiste sobre el cocodrilo de Lacoste que llevaba en mi polo. Un polo falso, en realidad, comprado a los primeros manteros.

Me firmaron una servilleta, que creo que aún guardo en una billetera, aunque probablemente esté borrada la tinta, borrados los nombres, borrados los números con los que los deportistas suelen acompañar sus autógrafos, como si eso nos ayudara en algo a reconocerles. Luego nos volvimos a la mesa y supongo que me acabaría mi escalope de ternera. Mi recuerdo del Valbanera es ese: un montón de escalopes con mi padre cuando no había comida en casa y no le apetecía cocinar. Un camarero fanático del Teka que nos hablaba de jugadores rusos. Una calle en cuesta -como todo Santander- con un cartelito en la acera izquierda y, dentro, muchos escudos del Racing.

martes, marzo 17, 2020

Mientras el universo ronca


Trabajo desde el sofá con el portátil. Es la época de la ausencia absoluta de la privacidad y no sé si por solidaridad o porque ha huido del barrio, el vecino del clarinete ha dejado de tocar día y noche. La ventana del salón da a un patio interior de vecinos. Un inmenso patio interior que junta toda una manzana de pisos. El otro día coloqué ahí un taburete por si quería sentarme a teclear mientras anochecía. No me gustó la experiencia. El polvo que llega de la M-30 arrasa con todo: con mi ropa, con mi pantalla, supongo que con mis pulmones. Eso, incluso en tiempos de cuarentena.

A media tarde, la vecina -habitualmente silenciosa, puede que ya también desesperada o tal vez desinhibida, sin más- pone un disco de grandes éxitos de Los Secretos. De la segunda etapa de Los Secretos, es decir, nada de "Déjame" o "Sobre un vidrio mojado" sino más bien "Ojos de gata", "Quiero beber hasta perder el control", "Y no amanece"... Es molesto pero a la vez es agradable, al menos hasta que la vecina se viene arriba y se pone a cantar y entonces me pregunto qué pensará ella cuando yo me vengo arriba y me pongo a cantar los Beatles o me invento alguna canción para el Niño Bonito o el Rey Sol.

Solo que el Niño Bonito y el Rey Sol ya no están. Tampoco la Chica Diploma. Pasan estos días en casa de sus padres, lo cual es triste pero a la vez es esperanzador, porque quién sabe qué será de esas familias que tienen que estar encerradas quince días con niños de por medio (con bebés de por medio, incluso). Yo ya no canto o canto muy poco. El domingo ni siquiera me quité el pijama y me dejé llevar. Necesito comprar aceite. Por la noche, duermo en mi cama por primera vez en tres meses y sueño con Isa. Sueño con que Isa se rinde, con que salimos de mi casa de Ramos Carrión -yo creo que Isa nunca estuvo en mi casa de Ramos Carrión, pero puede que sí- y me dice que está bien, sin síntomas, pero que lo va a dejar, que no merece la pena, y nos abrazamos porque nos echamos de menos y en el sueño me lo creo e incluso me despierto con ganas de contárselo a todo el mundo: esto es lo que va a pasar. Pero no, no va a pasar, claro, qué tontería.

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A las ocho, obedientemente, salgo a la terraza, solo que a veces hace frío y me meto enseguida en el salón. Otra opción sería abrir la ventana sin más y aplaudir desde ahí, pero me parece poco épico. Toda esta mitología de los balcones está afectando a mi yo estético y ahí me planto a aplaudir en medio de un jolgorio de "vivas" y de niños disfrutando por fin de algo que rompe la monotonía y a veces tengo la sensación de que nos estamos aplaudiendo a nosotros mismos, no ya a la comunidad, sino cada uno a cada uno, una especie de "bien hecho, Guille" que nadie te dirá ya porque ya no hablas con nadie. Bien hecho, ¿el qué? Ese sería otro tema.

Creo que de mi lado del patio se aplaude menos pero probablemente sea una cuestión de acústica. El primer día salí con el móvil para grabarlo todo porque pensé que sería algo especial, un momento único. Al instante estaban las redes sociales repletas del mismo vídeo en distintas versiones. No, no somos especiales. Aplaudimos lo que no vemos y eso es un bonito acto de fe, aplaudimos quizá para espantar, eso también es posible. Nuestra manera de decir "tú o yo, enano, pero yo soy más fuerte". El enano aquí es el virus, por supuesto. A los cinco minutos, a veces más, paran los gritos y las ovaciones. Para entonces, yo ya llevo dos actualizando Google Classroom.

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También tiene que haber tiempo para el ocio. Si consigo concentrarme -no sucede muy a menudo- cojo el libro de Cristina Morales y avanzo unas diez páginas, quince a lo sumo. No es ella, soy yo. El libro, de hecho, me parece de lo más entretenido pero te obliga a pensar y yo no quiero pensar ("You´re taking the fun out of everything, you´re making me think when I don´t wanna think"). Si no consigo concentrarme, me voy a Filmin y me dejo llevar porque Filmin acuna mucho más que HBO o Netflix. Filmin te mima y te susurra "todo va a ir bien" como tú haces con Isa en tus sueños.

Pongo "Retrato de una mujer en llamas" y poco a poco me va llegando la belleza. Muy poco a poco, como si no quisiera molestar. La belleza de ese encierro de tres chicas en un gran palacio. La belleza de las miradas cómplices, de los celos, de la contención. En realidad, la película es un tratado de contención que, como casi siempre, se desborda para luego volver. Ni una sola estridencia. Una naturalidad de pelo en sobaco. El sexo, sí, pero sin exhibiciones. La tristeza. Un tratado de contención y tristeza y una demostración de tres actrices en dulce. A mí, a los 42 años, me cuesta mucho que una película me vuelva a hacer sentir adolescente. Esta lo consiguió. Su amor perdido era de alguna manera cualquiera de los míos.

martes, febrero 25, 2020

Como un dolor de muelas



Nos juntamos los cuatro en la consulta del pediatra. De dos en dos. El Niño Bonito espera paciente a que le confirmen que tiene que vacunarse contra la varicela y el Rey Sol llora preventivamente, un continuo "por si acaso". Después, nos vamos a desayunar al VIPS, como toda familia madrileña de clase media. El mayor está feliz, como siempre. El pequeño duerme... y cuando no duerme, su padre le coge y le tranquiliza.

Todo gira en torno a esta imagen. Y cuando digo todo, es todo; nada más que contar, nada nuevo. Tal vez las noches llenas de pesadillas en las que resulta que trabajo de profesor y tengo que volver al centro y ni siquiera sé explicar qué hago ahí, por qué he faltado tanto tiempo y pruebo a esconderme dentro del propio sueño, a hacerme invisible para que nadie me pida cuentas, para quedar menos expuesto, menos vulnerable, menos "piece of fragile porcelain", que diría Juan Pablo III. 

Cuando B. vino a mi boda, reconoció que nunca se habría imaginado que yo me fuera a casar. Que en sus larguísimas noches en Kenia o en Somalia o donde fuera imaginando al detalle el presente y el futuro de cada uno de nosotros, jamás cayó en que yo pudiera enamorarme y casarme con alguien. Siete años más tarde (seis y medio) no solo estoy casado sino que tengo dos hijos. Si B. se entera, me mata. Es raro, solo quiero decir eso. Y si alguien me pregunta "¿qué es raro?", yo tendría que decir "todo" y encogerme de hombros.

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Empieza justo después de tomar una onza de chocolate, un dolor profundo en la encía, de diente roto, astillado, clavado donde más duele. La cosa se queda así durante unas horas y luego empeora, mejora y empeora. El mundo en vilo por un virus y yo muerto de dolor por una muela. Cuando llamo a Adeslas, me dicen que mejor me vaya a Urgencias, que es más fácil eso que pedir hora en consulta. Es lo que debería hacer. Según Internet, siempre el mejor médico, estoy a un paso corto de un infarto o una endocarditis. Y, sin embargo, aquí estoy, desoxidándome, haciendo como si nada y prolongando las molestias, bañándolas en colutorio, llamando al New York Burger y celebrando íntimamente que se hayan olvidado las patatas fritas.

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Vi "Parásitos". Una película que me resulta imposible odiar, despreciar ni admirar. Dos horas de mi vida. Punto.

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Por supuesto, como todos, he tenido tiempo para investigar sobre el coronavirus hasta el punto de convertirme en algo parecido a un experto. Es complicado encontrar términos medios pero tal vez sea bueno buscarlos. Los brotes de coronavirus son peligrosos. Son muy peligrosos. Otra cosa es la concepción que tengamos del peligro, claro. No estamos ante un apocalipsis ni esto es "REC"  ni habrá una invasión de ultracuerpos a partir de un crucero amarrado en Japón. No parece un virus especialmente contagioso ni especialmente letal. Simplemente es nuevo y no es poca cosa. Cuando la gente lo compara con la gripe común obvia una cosa: la gripe la conocemos, estamos habituados a ella, sabemos combatirla... y aun así nos mata. Una cosa no sustituye a la otra. Si el coronavirus se confirma como pandemia, si el número de casos crece sin control, simplemente los sistemas sanitarios de buena parte del mundo estarán en un buen lío y nadie quiere eso.

Si a los miles de afectados por la gripe o por la neumonía en cada país, le añadimos otros tantos ingresados con otra enfermedad contagiosa, el reto será mayúsculo. No un reto por sobrevivir, no un reto por mantener nuestra sociedad tal y como la conocemos, simplemente un reto de adaptación a las nuevas circunstancias. Las dos cosas han de tenerse en cuenta: no vamos a morir todos, pero tampoco es un catarro de invierno. Las precauciones son lógicas y necesarias, sin que eso requiera un tratamiento mediático de carrusel deportivo. Minuto y resultado. Aún es demasiado pronto para determinar tendencias, las muestras son pequeñas y probablemente erráticas: ¿cuántos casos de gripe o neumonía fueron en realidad coronavirus y a los pacientes se les dio de alta sin más al recuperarse?, ¿cuántos en un país de 1500 millones de habitantes, muchos de ellos en zonas rurales con escaso control sanitario?

Eso es lo bueno y lo malo: probablemente -y esto no es caer en una conspiranoia-, el número de afectados sea mucho mayor del que se sabe. Por otro lado, si es así, simplemente es porque el resto ha pasado desapercibido. 

miércoles, febrero 19, 2020

The New Pope


El Niño Bonito pide agua. Son las doce y media de la noche, casi la una, y acabo de cenar corriendo un bocadillo de chorizo. Desde las nueve, he tenido un niño de dos meses colgando de un fular pegado al pecho. Los dos tumbados en la cama, el chupete siempre en la boca por si acaso, algún despertar fugaz apagado por el correspondiente meneo. La respiración agitada, que es la manera que tienen los bebés de demostrar que su sueño es profundo, los ojos moviéndose detrás de los párpados. ¿Sueña el Rey Sol con ovejas eléctricas? ¿Sueña con la calle oscura y los neones de las tiendas interrumpiendo la monotonía negra? ¿Con el fraseo incomprensible de las señoras de abrigo de piel que se acercan a decirle monerías?

Su padre, mientras, mira el móvil. A veces, comprueba que el Atlético de Madrid sigue ganando -le va mucho en ello, le va la alegría de su otro hijo- y a veces se pone un capítulo de "The new Pope", la serie que le tiene fascinado. Es la suya una fascinación estética que no tiene por qué compartirse. Una fascinación de frases precisas, planos perfectos, chicas bailando al compás de música electrónica, un abuso quizá de la cámara lenta. Una fascinación por las referencias y el subtexto. Alguien en Twitter lo comparaba con Lynch y puedo estar de acuerdo en parte, pero yo a Lynch nunca lo he entendido, nunca he sentido que se dirigiera a a mí. Sorrentino, sí.

Sorrentino, a punto de cumplir los 50, que decide no hacer una continuación al uso de la anterior temporada sino que crea casi una serie nueva con nuevos protagonistas y la llena de personajes improbables y de subtramas que darían de por sí para nuevas películas -así, Ester; así, Voiello; así, Adam; así, el médico de Venecia y su vida de palacio-. El complejo universo Sorrentino. De Andreotti y la Democracia Cristiana a la curia vaticana pasando por Jep Gambardella y Silvio Berlusconi. ¿Cómo se hace eso, Paolo, me explicas? ¿Cómo se convierte cada sueño en una imagen y esa imagen a la vez en la reproducción de una obra de arte del Renacimiento? ¿Cómo se reconstruye Italia en cada secuencia?

El padre pregunta y nadie responde, claro, solo faltaba. Se levanta y deja al bebé en el carrito. La Chica Diploma duerme a su lado. Espera el bocadillo, el agua del Niño Bonito y una noche corta. Como todas.

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Entre las anécdotas que Paul McCartney repite en cada entrevista está la charla con Elvis Presley, el día que fueron a visitarle a su mansión en Los Ángeles. Sobre el encuentro en sí, la verdad es que he leído muchas versiones: que Paul cogió el bajo y se pusieron a tocar, que Elvis estaba viendo la tele y no les hizo apenas caso, que estuvieron tanteándose un rato y al final, ya aburrido, Elvis sacó una especie de casino portátil y se pusieron todos a jugar para especial deleite de Brian Epstein, ludópata de primera...

Otra cosa que le gusta contar a McCartney es que en la versión que hacía Elvis de "Yesterday" cambiaba la frase "I said something wrong" por "I must have said something wrong", lo que a Paul le hace mucha gracia porque le parece un pelín arrogante. Es curioso porque en Spotify se puede encontrar la grabación del concierto de 1969 en Las Vegas y no cambia la letra en absoluto. En otras versiones de años posteriores, sí hay alguna modificación algo fanfarrona pero no respecto a esos versos: en vez de "I´m not half the man I used to be", Elvis canta "I´m not half the stud I used to be" entre risas cómplices. Probablemente estuviera drogado. Para encontrar la modificación de McCartney hay que irse a la grabación de un ensayo y la verdad es que suena casi más bonito así.

Creo que en el fondo lo que le hace gracia a Paul es que Elvis estuviera cantando SUS canciones. No las de John, no las de George, sino las suyas. El medley "Yesterday / Hey Jude" que también puede encontrarse por Internet, por ejemplo. Gracia y un cierto orgullo, por supuesto. Si en algo coincidían los cuatro Beatles era en su admiración por "El Rey". Ringo, por ejemplo, cuando les introdujeron en el "Rock and Roll Hall of Fame", soltó un irónico "vaya, siempre nos habían dicho que éramos un grupo de pop". No lo eran. No lo fueron hasta Epstein y no lo fueron después.

Excepto, quizá, Paul McCartney.

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Después del vaso de agua queda el móvil. Es un error pero es mi error y tampoco voy a andar pidiendo disculpas por todo. Ya casi la una y Genko (Miguel) y yo seguimos hablando del viaje Fin de Curso a Atenas. Sé quién es pero también sé que apenas tuvimos trato. Ninguno de los dos acierta a entender por qué. Yo soy consciente de que fui un adolescente gilipollas, pero no recuerdo que los demás fueran otra cosa, salvo quizá Dani Pacios. Teníamos muchos amigos en común pero no consigo recordar ni una conversación. Tal vez sobre fútbol. Tal vez sobre el Estudiantes. ¿Jugaba Genko con nosotros al baloncesto? En ese caso, quizá fuera tan malo como yo y por eso no me acuerdo, aunque los compañeros de estigma tienden a reconocerse...

Más raro es lo de Atenas porque Atenas, por raro que parezca, acabó siendo más pequeña que el Ramiro de Maeztu, reducida a un par de plantas de hotel y cuatro o cinco habitaciones donde nos reuníamos y nos separábamos y nos escondíamos y nos besábamos furtivamente. Yo creo que recuerdo al grupo de Miguel, creo que es el grupo que se sentaba al fondo del autobús y conseguía que todos nos partiéramos de risa. Lo tengo como un grupo carismático o como mínimo admirable. Un grupo con el que pasé mucho tiempo porque mucho tiempo pasé con Dani y con Javi y con Silvia y con Miriam y creo que ahí las fronteras empiezan a borrarse.

Atenas, en cualquier caso. Genko recuerda el museo arqueológico. Yo recuerdo que fui con Bruno porque me gustaba una chica (¿Patricia?, ¿quizá Cristina?) y que acabó sangrándole la nariz y nos tuvimos que quedar fuera. También recuerdo que Silvia y yo intentamos volver más tarde pero nos perdimos y acabamos tomando pollo en el Barrio de Plaka. Nos perdíamos mucho y no estoy seguro de que lo hiciéramos a propósito. Una vez acabamos en una pista de baloncesto jugando con unos griegos con pinta de matones. Por supuesto, no nos atrevimos a ganar. La última noche acabó con un despliegue de fuegos artificiales y a mí me pareció una despedida fantástica. Luego me explicaron que celebraban la independencia.

Hice unas fotos maravillosas que revelamos en la Calle Stadiou. Al año, las había perdido. En una de ellas, mi riccordo, sí, io mi riccordo, hacíamos una foto de grupo en una isla del Egeo. Algunos de pie y otros sentados. Como parecíamos un equipo de fútbol, yo crucé las manos sobre el pecho como hacían los porteros en los ochenta. Nadie entendió el chiste. Nadie entendía nada, de hecho, y casi nadie lo intentaba.

lunes, febrero 17, 2020

Mi amor por los espejos


Quizá San Junípero no sea Fuerteventura y tal vez el acmé, el famoso acmé, no haya que cifrarlo en 2011 ni en 2005 sino en 2003, siempre que sea un acmé de los sentidos -una explosión, vaya- y no una madurez en sentido estricto. El poder y sus márgenes. El momento, ahí quería llegar yo, que uno elegiría repetir durante toda una eternidad en bucle. Vivir siempre entre el jueves en el que M. y yo entramos ansiosos buscando una habitación de una noche en el Tryp Gran Vía y acabar en el domingo en el que R. se despide en la Estación de Sants con un "Cuídate mucho, Guille" y la mirada que Wendy dedica a los niños perdidos.

Tal vez, sin contexto, sin la enorme amoralidad de esa alegría, es decir, separándola de lo que yo era y lo que me convertí, de lo sucio del antes y lo solitario del después, esa sea la sensación que quisiera repetir por siempre y no ya una visión paradisíaca de una isla en lontananza, no ya un concierto bajo la nieve. San Junípero en forma de Alvia de cinco horas con un CD "quemado", lleno de canciones de Franco Battiato y de Lucio Dalla y aquel "All the way to Reno" de R.E.M. en el que creía como si estuviera compuesto para mí, solo para mí.

La arrogancia post-adolescente. Si algún día le preguntara a Jude Law en lo alto de un autobús de dos pisos cuál es mi eufemismo, incluso él diría "arrogante". Un arrogante depresivo y todo lo que eso implica. Una montaña rusa. Viernes, sábado y domingo en el Meliá Barcelona. A moveable feast, a fucking moveable feast, C.C. recién salida del baño y la calle Aribao y un paseo por la playa de Sitges en pleno febrero bajo una iluminación de película de Woody Allen. La bolsa de McDonald´s en una habitación triple para uso individual y una versión merengue de "Ne me quitte pas" (daños colaterales del Kazaa) en la bañera. La soledad saciada. La plenitud, de nuevo. La incertidumbre. Lo dicho, San Junípero.

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El problema de la plenitud o más bien el problema de fijar la plenitud hace diecisiete años y por razones tan inmediatas, tan piscina, tan "lo que sea cuando sea", es que el resto de tu vida se convierte hasta cierto punto en decadencia o, si se quiere, en un lento desenamoramiento de uno mismo. De ahí, quizá, los hijos. De ahí, quizá, una especie de testigo que va pasando: lo que uno ya no va a vivir -y es duro saber que no vas a volver a vivir lo que tú mismo has catalogado como el momento más feliz de tu vida, es decir, que hasta cierto punto todo va a ser un pequeño simulacro mejor o peor llevado- que lo vivan ellos. Que investiguen en su propia exaltacion física, en su propio enamoramiento, en su propio investigar los límites. A veces pienso que abrazo a mis hijos como Nietzsche abrazaba caballos, con una nostalgia previa. Yo, pequeño gordo cuarentón que no ama lo que hace, que cuenta las semanas de baja hacia atrás porque teme a la realidad, que incluso prefiere esta especie de limbo retribuido, de fortaleza de pañales, antes que volver a enfrentarse con los hechos: una vida laboral incompleta, apenas elegida, sobrellevada con ansiolíticos y canciones de los Beatles a pleno pulmón por las escaleras.

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Sigo impresionado por la muerte de Gistau. O por la vida de Gistau, más bien. Por todo ese amor que ha salido de golpe y en todas las direcciones. Dan ganas de traerle de vuelta a la vida no solo por él sino por todos los que le amaron. La amistad. Gistau es para mí la imagen de la amistad y a veces me invade cierta tristeza, incluso cierta envidia: yo siempre quise tener esos amigos, ese grupo de amigos hombres, leales, que se entienden con gestos y perdonan todo. Partido y copa en el bar. Nunca he sido capaz. Creo que siempre he aspirado a la amistad masculina y siempre he fracasado sin que pueda culpar muy bien a nadie. Quizá, en el fondo, el Niño Bonito sea el último intento.

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Antes siquiera de llegar al hospital, la oficina de management de Sabina ya había anunciado la fecha de su siguiente concierto. Eso es, en resumen, todo lo que va mal del caso Sabina y ahí es dónde deberian apuntar las miradas en vez de tanto fijarse en el dedo.

martes, febrero 11, 2020

De vuelta del asador de pollos


El Niño Bonito tose, el Rey Sol tose. El Niño Bonito tose, el Rey Sol tose. Sorben sus mocos y se enfadan y los dos a su manera gritan "mami" pero no se despiertan o al menos no de momento. Para eso estamos sus padres. El Niño Bonito gira en su cama nido hasta que se da con uno de los lados, suena "pam" y se queda tranquilo. Por la mañana, cuando le pregunte por todo esto: por las toses, las quejas, los pañuelos, los golpes secos... dirá que no se acuerda y será verdad. Nuestro pequeño sonámbulo.

Lo del Rey Sol es otra cosa. El Rey Sol, con laringitis a sus siete semanas, con los ojos rojos de colirio y sus intentos de queja que se quedan en un ronquido afónico a lo Abuelo Rabbit en Peppa Pig. El Rey Sol y algo que entendemos que es carraspera porque no es exactamente ahogo. Muchas cosas a la vez, cara de "bueno, ¿pero cuándo empieza lo bueno aquí?". La noche se juega en dos habitaciones y los dos equipos luchan por el empate. Tardes de Niño Jesús y virus flotantes. Un niño chino con la cara roja y un montón de gente esquivándole con cara de espanto.

A las siete y cuarto, como siempre, me despierto, pero tardo un rato en hacerme a la idea de que el ciclo empieza de nuevo. Cuando voy a la cocina a tomar mi ansiolítico, oigo una puerta e imagino que es la Chica Diploma, tan desesperada como yo, pero no, es el Niño Bonito que ha salido de la habitación dando tumbos y en cuanto me ve, se le pone una sonrisa de oreja a oreja y me abraza y así nos quedamos los dos un buen rato antes de que se haga demasiado tarde.

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Voy donde Juanma Trueba y charlamos un rato de Gonzalo Vázquez. De la necesidad de Gonzalo Vázquez en cualquier proyecto que quiera presumir de calidad. Él no le conoce pero Emmanuel sí y entre los dos vamos turnando nuestro entusiasmo. En ese momento, las cuatro y media de la tarde, Gonzalo es un genio sin reconocimiento... pero a las seis horas, sigue siendo un genio con un Premio Gigantes del Basket en la mano junto a su inseparable Andrés Monje. Me parece una curiosidad bonita que seguro que él sabe llevar con la distancia necesaria pero que de alguna manera es lo que parece: el reconocimiento no solo a un presente sino a una trayectoria enfrente de todo el mundo del baloncesto, incluyendo los que en más de una ocasión no le han valorado lo suficiente.

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Por cierto, una vez estuve en la fiesta de los Premios Gigantes y me sentí como Kenneth Branagh en la fiesta que da Leonardo di Caprio en "Celebrity". Todo el mundo era mucho más guapo y ahí estaba yo, con un bebé de nueve meses, en el paro, mendigando una colaboración, una palabra de ánimo, un email o un teléfono al que llamar más adelante por si acaso. Mucha gente dijo que me conocía pero con el tiempo no estoy muy seguro de que fuera verdad. Sí recuerdo que un famoso periodista que empezaba en un proyecto muy bueno me dijo que me estaban considerando para encargarme de la sección de deportes y me pidió que estuviera atento para hacer la entrevista.

Era justo antes de Semana Santa y nos íbamos de vacaciones. Mi mujer planteó la posibilidad de que canceláramos todo y nos quedáramos, pensando que si alguien te dice algo así, si alguien te ve desesperado y te dice algo así, es porque de verdad lo piensa. Mi mujer no es periodista. "No va a llamar", le dije, y todo siguió como estaba planeado. Pasó la Semana Santa y el puente de mayo y empezó el programa en cuestión y efectivamente aquel tipo no llamó nunca. Probablemente ni siquiera se lo planteara. Me dejó su número de teléfono para localizarle pero siempre estaba apagado. Recuerdo que en aquel momento pensé que lo mismo me había dado un número falso.

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Lo que mejor retrata a David Gistau no es lo que dicen sus amigos, por bonito que sea, sino lo que decimos los que apenas le conocimos. Toda la cantidad de historias que empiezan por algo así como "me ayudó desinteresadamente cuando no teníamos casi relación". Esa también es mi historia. En mayo de 2011 yo era un entusiasta educado del 15M y Gistau era uno de sus educados detractores. Coincidimos en Twitter y conectamos de inmediato. Le interesaba mi punto de vista, me escuchaba, no se dejaba llevar por prejuicios... nos intercambiamos teléfonos y hablamos de quedar un día en persona, pero nunca lo hicimos.

Cuando le dije que estaba preparando un libro al respecto, habló inmediatamente con Ymelda Navajo, editora de La Esfera de los Libros, y me consiguió una entrevista. Por entonces, yo no había tenido nunca una entrevista con un editor en mi vida y estaba histérico perdido, como si se abriera un campo enorme delante de mí. Lo primero que me dijo Navajo fue "Me ha dicho David que eres un tipo muy interesante".

David no sabía a ciencia cierta si yo era un tipo muy interesante o no, pero prefirió jugársela y decir que sí.  Un santo decir sí nietzscheano, ese era Gistau para mí. Nos vimos en persona unos años después, creo que en 2014, en la clásica fiesta de El Mundo por la Feria del Libro. Charlamos un rato, se acordaba perfectamente de mí aunque hacía tiempo que había dejado Twitter -y eso también dice mucho de él, dice que no estaba para gilipolleces- y nunca habíamos pasado de la fase WhatsApp. Creo que estuvimos hablando con Santiago González de que el PSOE iba camino de convertirse en el PASOK y a mitad de la charla desapareció en la noche o tal vez desaparecí yo.

No volví a saber de él más que en referencias de Rafa Latorre, Manuel Jabois o algún otro de nuestros amigos comunes. Me enteré de que estaba en coma como todo el mundo, por el artículo de El Español. Cuando preguntaba a sus conocidos, me decían "va mejorando, poco a poco". Probablemente era una versión pactada y en cualquier caso era lo que querían pensar. Por las redes vuelan sus columnas sobre la paternidad y sus entrevistas donde solo quería seguir vivo. También algunas fotos donde era feliz, sin matices. Y esas, que son las más alegres, son a la vez las más dolorosas.

viernes, febrero 07, 2020

Por qué creo que el Barcelona no jugó bien en Bilbao


Después del partido entre el Athletic de Bilbao y el Barcelona -un buen rato después, de hecho, porque tenía que dormir al niño- puse en Twitter una serie de comentarios sobre lo que me había parecido el encuentro. En general, no eran precisamente positivos porque la sensación que me había causado el equipo no había sido positiva en absoluto. Sin embargo, el sentir generalizado que percibí es que yo había visto otro partido y que el Barcelona había jugado muy bien, había dominado, había tenido oportunidades y no había merecido perder.

En lo de la victoria o la derrota no entro, porque si me he pasado un año y pico criticando el juego del equipo con Valverde pese a ganar ligas y copas, no voy a justificar ahora una opinión porque Unai Simón hiciera dos intervenciones fabulosas. Más allá del resultado, hay cuestiones que doy por hechas y que por tanto no valoro. No digo que no tengan valor sino que no entran en mi análisis y explico por qué: que un equipo objetivamente superior al otro y con mejores jugadores dé sensación de dominio y tenga más oportunidades es algo que doy por hecho. Obviamente, el plan del Athletic no era tener el balón, jugarlo, acorralar al Barcelona y juntar una ocasión de gol tras otra. La idea era dejar que el contrario lo tuviera, presionar lo más arriba posible, juntar muy bien las líneas para que no hubiera superioridades, confiar en tu portero porque es algo inevitable -recuerden lo de Unai en el Bernabéu- y fiarlo todo a una o dos oportunidades que puedas tener arriba.

Eso es el previo. Ya sé que fue un partido muy entretenido, con cierta sensación de velocidad y que Messi y Griezmann tuvieron dos oportunidades muy claras, más claras que las que tuvo Iñaki Williams, desde luego. Vamos ahora a otra cosa, al juego más allá de los highlights del resumen de televisión.

El Barcelona, en mi opinión y no cabe descartar que haya visto otro partido, no controló el juego. Lo intentó, ojo, que ya es un avance, pero no lo consiguió. Hasta cierto punto es normal después de cinco años de frenesí y transiciones. No puedes enseñar conceptos básicos de asociación y posición en tres semanas ni cambiar de la noche a la mañana tantas costumbres. Tuvo el balón pero casi siempre fue una posesión defensiva, casi de supervivencia, para evitar perderlo. A mí me parece que los jugadores están inseguros desde el primer partido, que no "rompen a jugar", que están más preocupados por el error que por generar algo nuevo. Es una percepción, pero me dura desde el día de Granada, no puedo evitarlo.

De esa manera, el Barcelona tiene problemas con el balón en los pies desde el inicio de la jugada. Es decir, tiene problemas serios para generar jugadas. No para culminarlas, porque efectivamente para eso está Messi o está Griezmann o podría estar cualquiera de los jugadores de 100-150 millones de euros que ha ido fichando el club si no estuvieran lesionados o cedidos. La mejora está en el inicio. Está en que Ter Stegen no acabe rifando balones en la salida o regalándoselos directamente al rival porque no hay otra opción o que el ataque empiece por un carrilero que además no maneja bien la pelota.

Quique sabrá la razón por la que sigue insistiendo en el 3-5-2 que ya hacía en el Betis con matices, pero tengo la impresión de que en el Barcelona no sale bien porque no acaba de conseguir lo que busca. Me explico: el tercer central es Sergi Roberto. ¿Su función es defender? Obviamente, no. Incluir ahí a ese jugador, como cuando Cruyff colocaba a Eusebio de lateral, es un recurso para poder sacar el balón jugado desde atrás sin tener que recurrir a Lenglet. El problema es que la circulación no mejora con Sergi Roberto o los demás compañeros no tienen paciencia y lo que  nos encontramos es que Messi acaba bajando cincuenta metros a recibir e inventarse jugadas.

¿Qué pasa entonces? Que Messi es la leche. Y como Messi es la leche, la sensación de peligro es constante, porque además ayer estaba motivado y cabreado después de lo de Abidal. Y Messi te puede hacer una jugada individual hasta el área, o meter un pase entre líneas a lo Xavi o hacer lo que le dé la gana. Pero el objetivo no es que Messi haga eso sino que lo hagan los dos centrocampistas por los que has pagado otros 150 millones de euros y que Messi reciba donde realmente genera una diferencia única. Eso ya se hacía con Valverde, y al menos, como estaba Suárez, pues entre los dos se lo comían y se lo guisaban. Sin Suárez, ¿quién culmina el heroísmo de Messi si consigue salir del embudo? ¿Ansu Fati? ¿Esta versión de Griezmann? Es complicado.

De hecho, la salida de Arthur, que sigue siendo suplente primero de Vidal y luego de Rakitic dio paso a los mejores minutos del Barcelona. Yo creo que la gente directamente ha olvidado esos primeros veinte minutos tras el descanso de errores constantes y recuerda solo esta parte en la que las cosas empezaron a funcionar con sentido: si Arthur hace su trabajo, Messi no lo tiene que hacer por él y puede hacer el suyo. Lo mismo pasa con Griezmann o Fati o el acompañante que sea. El problema que hay en ese momento aún es que es muy difícil generar superioridades más allá de la genialidad si el ataque tiene que ir constantemente por el centro porque el balón no se abre con garantías a la banda.

Vamos al siguiente punto: la amplitud del campo. Cruyff cogía a Stoichkov y lo pegaba a la línea. Al búlgaro no le hacía ni puta gracia pero tenía que apechugar porque marcaba menos goles pero ayudaba más al equipo... y el equipo ganaba y esa es la manera más rápida de llevarse Balones de Oro. Van Gaal lo hizo después con Rivaldo y Guardiola con Henry y Villa. El objetivo de poner ese tipo de jugadores en la banda es doble: por su calidad, obligas a los defensas a tener que cerrar un doble hueco: el propio del extremo y la diagonal con el central. Eso te obliga a pensar y te descoloca si quieres controlar el juego atrás. Puede que el balón esté en la otra punta del campo, pero tú tienes que estar pendiente del tuyo, que te puede atraer a su posición o arrastrarte a la suya. Si el ataque consiste en Messi driblando jugadores por el centro, sí, claro, la genialidad forma parte del juego y puede acabar en gol. De hecho, estuvo muy cerca muchas veces, pero para mí -para mí- no es jugar bien al fútbol.

Setién juega con dos carrileros. Ya lo hacía en el Betis. Ayer, los carrileros fueron Alba y Semedo. A mí no me parece mal jugar con carrileros si luego ayudan en el centro del campo o al menos fijan posiciones rivales. Alba es tan potente que genera desequilibrios solo con sus desmarques, pero Semedo ni eso. Ninguno de los dos participa con éxito de la salida del balón porque no tienen calidad para ello (Guardiola llegó a jugar con Alaba, Lahm e incluso Alves de "falsos" medio centros). El único perfil de Alba y Semedo es "para adelante y a centrar". Eso es relativamente fácil de controlar, sobre todo si no hay un arrastre anterior, y en ocasiones te obliga a atacar con nueve hombres en vez de once. De hecho, supongo que el aficionado recuerda los minutos de descuento después del gol en los que Semedo no sabía qué demonios hacer con la pelota y hasta tres veces la pasó a su central, que a su vez se la devolvió mientras el partido expiraba, todo para coger y tirar para adelante en conducción y que sea lo que dios quiera. La jugada acabó en falta y la falta, blandita, blandita y bombeada en las manos del portero.

Yo no digo que el Athletic propusiera mucho más, pero es que no estaba obligado a ello. El Athletic, de entrada, era un equipo que estaba pasando una mala racha y que no ganaba en casa desde diciembre. Un equipo con muchísimos problemas para marcar goles pero con una defensa, a diferencia de otros años, bastante apañada si no la meneas. El Barcelona no la meneó. Fue a chocarse contra el muro constantemente y, sí, hubo oportunidades por el mero aplastamiento y si alguien cree que mereció ganar, pues es libre de hacerlo porque no sé cómo se miden esas cosas... pero creo que se le puede exigir más.

Un matiz sobre la exigencia: todos estos comentarios son, hasta cierto punto, abstractos. Me explico, de nuevo: Setién acaba de llegar y no ha tenido tiempo para trabajar con el grupo. Qué demonios, ni siquiera hay grupo, son quince o dieciséis jugadores y encima cabreados con el director deportivo y con el presidente y con el Mundo Deportivo o el Sport o el que toque... Cuando digo "hay que exigirle" lo digo por decir. Es muy lógico que este equipo en este momento juegue así porque el trabajo está apenas iniciado. Ahora bien, si esto se hubiera hecho antes, cuando hubo que hacerlo, en el verano, estoy convencido de que los resultados serían mejores.

¿Qué futuro le espera al Barcelona? Solo me faltaría a mí saber eso, pero no pinta bien. Hay un punto de descontrol y desesperación y falta de confianza en el sistema y en ellos mismos. Los defensas siguen corriendo hacia atrás despavoridos en cuanto hay una pérdida. Ayer, Piqué dejó un metro y medio de distancia a Williams en un contraataque cuando Iñaki ya estaba incluso dentro del área. Le faltó meterse en la portería. Viene pasando mucho durante los últimos años. Hay confusión. Una confusión lógica pero innegable. Una mezcla entre los nuevos conceptos y el instinto del futbolista, que en las malas, tira hacia su zona de comodidad. Un equipo incómodo e inseguro es a la vez un equipo que comete más errores y que falla más oportunidades, siempre ha sido así.

Al Athletic le bastaron cinco minutos de apretón para solventar la eliminatoria. No sé si los jugadores del Barcelona estaban cansados pero entregaron la pelota en el peor momento posible. En dos centros laterales pudo marcar Williams pero en el primero pifió el remate cuando estaba solo delante del portero. A la segunda, fue un despeje de Busquets el que se coló en la portería. Eso es mala suerte. Lo que no es mala suerte es que en el minuto 92 estés defendiendo en tu área. Eso es descontrol. Y a eso me refería con que el Barcelona no jugó bien en Bilbao.

miércoles, febrero 05, 2020

Joaquín Sabina, los neones y la revista Almiar


Un año y medio antes de que muriera mi abuela, es decir, un año antes de que perdiera la cabeza, escribí un reportaje sobre el concierto de Joaquín Sabina en Salamanca para la revista Almiar. El reportaje era un poco tramposo porque en aquel momento vivía perdidamente enamorado de mí mismo y se hablaba casi tanto de mí y de mis compañeras de viaje como del propio Joaquín, limitado a cinco minutos de conversación intrascendente en su camerino. La última vez que le vi fuera de un tanatorio.

El caso es que, pese a todo, el reportaje era bonito, o parecía bonito y salía mi tío, claro, y a alguien se le ocurrió imprimirlo y medio encuadernarlo para que mi abuela lo pudiera leer y tuviera un recuerdo orgulloso de aquel viaje y todo lo que significaba. Hasta cierto punto, una continuidad entre el niño que crió en los años 60 y el adolescente que había soportado en los 90.

En cualquier caso, la experiencia estuvo muy por encima del reportaje, como no siempre ocurre. Una noche de finales de enero o principios de febrero en una ciudad llena de nieve y neones de puticlubs. Sé que en un momento dado me eché a llorar y que fue solo por un ojo. No recuerdo cuándo ni por qué lado. Tampoco recuerdo si B. se sentaba ahí o no. Creo que si. Tenía 28 años y todo iba sobre ruedas. Cuando pienso en mi acmé suelo situarlo en 2011, cuando vivía en Malasaña, colaboraba en doscientos cincuenta y tres medios de comunicación y escribía novelas de crimen y misterio en la Sierra de Madrid. Quizá sea una idea equívoca de lo que es la plenitud. Quizá la plenitud fuera la salud de mi abuela, todos vivos, aquella casita de Ramos Carrión y el entusiasmo del futuro por delante.

*

El reportaje, ya digo, era para la revista Almiar. Si hablamos de acmés (que también son ganas), probablemente mi etapa en la revista Almiar sea la más fructífera de mi vida y la más completa. Hacía lo que me daba la gana y, sí, lo hacía gratis porque merecía la pena y porque en esa página no había ni un mísero banner de publicidad. Gracias a Almiar pude entrevistar a un montón de artistas emergentes: estuve en la grabación del último capítulo de La Hora Chanante, entrevistando a Dani Mateo en "Noche Sin Tregua", con Nena Daconte mucho antes de "Tenía tanto que darte" y con Christina Rosenvinge y sus dos niños en la Plaza de la Paja.

Cualquier cosa que quisiera hacer, Pedro Martínez me la permitía. No he conocido a nadie en estos años posteriores que tuviera la confianza ciega que Pedro tenía en mí ni que le echara las horas que le echaba al margen de su trabajo en pulir y editar mis desbarres. Esa amabilidad sonriente propia del que disfruta haciendo lo que hace. Su generosidad sin límites. Volviendo a la entrada anterior, aunque es probable que mi mejor trabajo se haya publicado en JotDown o en GQ o vaya usted a saber dónde, lo cierto es que nunca fui tan feliz como en Almiar, con mis propios universos, mi curiosidad, mi entusiasmo y mis crónicas desde el Festival de San Sebastián.

Dejé de colaborar en torno a 2008 o 2009, cuando empecé a tener un piso que pagar y unas responsabilidades que me consumían demasiado tiempo. En Almiar publicó también Lara Moreno sus poesías bastante antes de que le publicaran poemarios y tuviera columna en El País. Todo el mundo era bienvenido. No sé qué habrá sido de Pedro ni de la revista -sí sé que sigue en funcionamiento- pero me gustaría decirles que les echo mucho de menos.

*

Como Pancho va a Operación Triunfo a hablar de composición e intuyo que básicamente habla de Sabina (como yo), decido ponerme de nuevo en Spotify el disco que compusieron casi entre él y mi madre para Ana Belén y que se llamaba "Como una novia". Dice mi madre que es un disco triste y desde luego alegre no es. Cuando lo grabaron yo tenía trece años y no entendía las canciones o no quería entenderlas porque tampoco era fácil para mí.

Sin embargo, ya entonces, pese a toda mi rebeldía preadolescente, tenía la sensación de que eran magníficas: "Será porque..." que se convirtió en "Camino de vuelta", "Debajito de un árbol", "Los restos del naufragio", "Como una novia" o la perturbadora "Sola en el lugar". De la grabación de aquel disco, recuerdo una tarde en el estudio escuchando a Ana Belén meter voces y quedarme con la boca abierta, completamente fascinado ante aquel chorro que hacía lo que quería con la canción.

Y, pese a todo, sigo creyendo que la maqueta era mejor, pero puede que me equivoque. Creo que a esas canciones les sentaba mejor la voz de Pancho, incluso la de Antonio García de Diego, que la de Ana Belén. A esas canciones. El disco, de hecho, pasó bastante desapercibido en un momento en el que Ana Belén aún era alguien importante, justo entre el "Arde París" y el "Derroche". Aparte de las canciones de mi madre y mi tío hay una joyita de Manolo Tena que se llama "El fantasma del Estudio Uno" y que, por lo que sea, tampoco me cuadra con la cantante. No sé, como si toda esa infelicidad, todos esos relatos de pequeñas derrotas no cuajaran con una producción algo excesiva y una de las sonrisas icónicas de este país. Puede que sea cosa mía.

sábado, febrero 01, 2020

La isla de las tentaciones


Era el principio del siglo y veíamos la televisión aún con algo de inocencia. "Ed TV" y "El show de Truman" no quedaban ni cinco años atrás, "Gran Hermano" había sido una sorpresa por la ternura de sus participantes, de "Operación Triunfo" mejor ni hablamos: lágrimas y lágrimas y emociones patrias. En ese contexto apareció "Confianza ciega". En un contexto en el que los concursantes eran reales o lo parecían y los guionistas tenían menos trabajo o desde luego menos exigencias.

Precisamente esa inocencia es lo que hacia del programa algo cruel, descarnado. Tres parejas se separaban durante dos semanas para vivir la experiencia rodeados de modelos. Tres parejas que de verdad se querían. Tres parejas que no pensaban más allá del concurso, un mundo sin "Sálvame Deluxe" ni polígrafos. Y, sin embargo, el objetivo era que sufrieran. El objetivo -"jo, Nube, tía, los hemos perdido"- era que ese amor supuestamente sincero se acabara a cambio de un poco de audiencia y mofa popular.

L. y yo nos llamábamos en cada descanso y comentábamos el nuevo escándalo. Eran escándalos sutiles porque la televisión de entonces, ya digo, no admitía ni el "edredoning". Fantaseábamos con nuestro propio programa, "Confianza Cero", en el que poder ponernos las botas. A nuestra manera, éramos felices.

Tal vez lo que eche de menos de aquel programa sea a mí mismo y a mis veinticinco años. Tal vez lo que eche de más de esta especie de continuación llamada "La isla de las tentaciones" es lo burdo que es todo. Tronistas de Mediaset buscando "repre" a tanto la hora. De paja para arriba. Lo que veo que no cambia es que las malas son las mujeres. Nube enamorándose de Pedro. Fani en la picota pública. Bien, puede ser verdad, pero no coincide con mi experiencia del mundo. Aunque mi experiencia del mundo, ya se ha visto, quizá sea demasiado naïf.

*

Las mañanas del Rey Sol son lo mejor del día. Tiene sueño después de buena parte de la noche comiendo y se le puede dejar a la luz de la ventana, tumbado en la cama, posición de ranita ("cucaracho" le llama su hermano), investigando el mundo, incluso sonriendo a veces. Nos lo pone fácil y eso que no está el horno para bollos. Dos hijos es mucho esfuerzo, es un trabajo a tiempo completo y no puede uno en medio de su baja laboral sino acordarse de los siglos y siglos en los que esto no se consideró siquiera un trabajo. Incluso a John Lennon le tomó cinco años cuidar a Sean y eso que estaba en el Dakota rodeado de cuidadoras y astrólogos.

En fin, el Rey Sol. Difícil pronunciarme al respecto porque el listón está tan alto... tan, tan alto. Me gusta su punto ausente, la constancia de que todo este debate interior a él no le afecta en absoluto, más que nada porque no se lo merece. Las dudas de los padres no son las de los hijos. De vez en cuando le dan accesos de llanto y no hay dónde esconderse, la casa se hace diminuta y la Chica Diploma y yo nos miramos desesperados, diciéndonos con los ojos: "No puedo hacer más, me encantaría pero no puedo".

Y no podemos, esa es la verdad. Sobre todo ella, desde luego. Yo me conformo con que pase el tiempo y a veces le digo "te quiero" porque es imposible no querer a un bebé bizco, débil, que apoya la oreja a tu pecho para oír el corazón latir, que gruñe cuando respira por los mocos -"Porquete", le llamamos nosotros- y que te necesita tanto que no sabes dónde meterte. Un bebé de seis semanas que en su momento fue un bebé de un día, dos días, tres días, completamente perdido y ajeno. Se va haciendo al mundo. Poco a poco. Y nosotros, supongo, a él.

*

A la espera de saber qué es el "coronavirus" -sí, un virus que se contagia y mata gente, como todos los virus-, el tratamiento mediático vuelve a rozar lo bochornoso. Ayer, en La Sexta -"periodismo en estado puro"- hicieron un carrusel deportivo entre opinadores, supuestos expertos y conexiones con el aeropuerto donde iban a llegar los repatriados de Wuhan. Horas y horas en bucle sin avanzar nada, sin poner un punto de sensatez, de calma, de datos.

Por lo demás, las redes se llenan de conspiraciones y vídeos de gente desplomada por la calle como si fuera una película de zombis. Se cuentan los casos y los países y se advierte: todo esto hay que multiplicarlo por diez, por cien, por mil. Yo no digo que la cosa sea para alertarse porque desde luego en China con calma no se lo han tomado pero no se puede tratar una epidemia como si fuera el fichaje de Mbappé.

A veces, pienso que nos aburrimos demasiado y que necesitamos vivir en esta especie de alerta constante. En las trincheras. Así hasta que llegue la realidad y nos pille dormidos.

sábado, enero 25, 2020

Valencia 2-Barcelona 0


¿Qué quiere hacer el Barcelona? Cambiar el estilo de juego a mitad de temporada y a la vez seguir optando a todos los títulos. Sinceramente, no sé si eso es posible ni realista. Tendría que ser tan superior a los demás candidatos como para permitirse hacer la adaptación en plena competición y que aun así le valiera para seguir ganando. En realidad, lo práctico, lo asumible habría sido elegir entre estas dos opciones:

- Seguir como estaba, es decir, seguir con los contraataques y el juego de áreas y confiar en que aunque sea por poco se gane algún título.

- Afrontar una verdadera revolución de juego, volver a juntar jugadores, asociarse en torno al balón, superar líneas con el pase y desconfiar del constante uno contra uno... aunque eso cueste tiempo y probablemente resultados.

En Valencia vimos lo peor de las dos versiones: el equipo no ganó y tampoco se avanzó en el aprendizaje táctico. Vamos con algunas cuestiones, sin ánimo de hacer de esto un tratado sino la simple opinión de un aficionado al que le gusta analizar a su equipo:

1. La puesta en escena fue buena. A mí me pareció buena, al menos. Toque, toque y toque. Teniendo en cuenta la cantidad de goles que recibía el Barcelona de Valverde en los primeros minutos de los partidos, era una buena noticia ver al equipo instalado en campo contrario, sin crear apenas peligro pero demostrando quién mandaba ahí.

2. La disposición táctica me resultó algo confusa: empezó en algo que podría ser un 3-5-2 con Fati y Alba de carrileros, pero en el que Fati se solía colocar más arriba, de extremo, con lo que a menudo pasaba a un 3-3-4 con el balón en los pies. En defensa, Alba bajaba la posición y Sergi Roberto dejaba la posición central para cubrir banda. 

3. El problema es que en el juego de posición -si de eso se trata- no debería haber un "en defensa" y un "en ataque" sino una posición desde la que se juega el balón o se intenta recuperar con la ayuda de los compañeros. Durante veinte minutos se hizo bien pese a ese desequilibrio de bandas. Eso sí, en ataque, nada, todo por el medio, con Griezmann y Messi de delanteros centros sin prácticamente oler el balón.

4. Ahora bien, a partir del minuto 20, la cosa cambió mucho. El Valencia pudo marcar una, dos, tres veces. Piqué hizo un penalti cómico y Ter Stegen y el poste evitaron un gol cantado cuyo rechazo tampoco se pudo aprovechar. Al principio, el Barcelona reaccionó como debe: con una posesión de dos minutos que sirvió no para atacar sino para defenderse y congelar el ímpetu del Valencia. Esa fue una buena decisión, muy de Guardiola, pero que no vio continuación: Alba se echó para atrás para formar definitivamente defensa de cuatro, Griezmann pasó a banda derecha, dejando a Fati la izquierda con Messi como delantero centro. El problema seguía siendo el mismo: el centro del campo no generaba juego, no generaba peligro, la circulación seguía siendo lentísima y no forzaba al equipo contrario.

5. Un inciso. En el fútbol siempre va a haber contraataques. Lo ideal en este esquema de juego no es evitarlos sino obligar al contrario a que los inicie lo más lejos posible de la portería y de manera más o menos forzada: un lateral acosado que tira un balón para arriba y llega al delantero casi por casualidad, una pelota dividida que genera una superioridad inesperada... pero en los demás casos, el rival debe estar más preocupado de defender que de preparar el contraataque y no debe tener tiempo para organizarlo. Esa es la esencia del juego de posición y es lo que no hizo el Barcelona: pese a la cantidad de pases, pese a una organización más o menos sensata, el Valencia ni se cansó ni tuvo que dejar de pensar ni se vio obligado a opciones desesperadas para iniciar su ataque. Al revés, se replegó lo justo y esperó el error, sabiendo que llegaría tarde o temprano.

6. Y en esas comenzó la segunda parte y comenzó con gol del Valencia (seis jugadores del Barcelona en el área pequeña y Maxi Gómez remató solo) y ya sí que se vino todo abajo. El equipo no había tirado a puerta, había concedido muchas oportunidades... pero mantenía una cierta cordura de juego. Busquets intentaba mantener la posición, Arthur jugaba al primer toque, la pelota circulaba... A partir del minuto 60, aquello fue el caos. Y lo peligroso es que ese caos no se medía solo por el resultado, sino por el juego en sí mismo, por la disposición táctica que invitaba a ello.

7. Vidal entró por Arthur y el caso es que el entrenador nunca supo qué hacer con él. Al principio, mandó a De Jong a hacer una especie de triple delantero falso con Messi y Griezmann mientras encargaba a Vidal la dirección del equipo. O eso o así se organizaron ellos. En cualquier caso, fue un desastre. Luego, Vidal también se colocó pegado al área, de espaldas a la portería, pero no bajó De Jong, de manera que durante veinte minutos, el Barcelona tenía a Fati y a Alba pegados a la banda pero incapaces de abrir el campo ni de desbordar -el partido de Fati fue especialmente malo y van tres, pero si no se perdonan cosas a los diecisiete años, no se perdonan nunca- y a otros tres jugadores pisando la frontal del área, estáticos. ¿Se imaginan un escenario mejor para los defensas rivales?

8. ¿Quién quedaba? Messi, por supuesto. Y Messi lo intentó. Y pudo marcar. Pero ya no era el Messi que remató la jugada colectiva contra el Granada, era el Messi de los viejos tiempos, el Messi héroe que tenía que absorber todo el juego y tirar paredes o regatear a medio equipo contrario. El hecho de que aun así casi lo consiguiera habla muy bien de él pero muy mal del engranaje colectivo. De Jong estaba completamente perdido ahí, Griezmann también, a Vidal me cuesta ubicarle pero aparte de tumbar a tres rivales en tres entradas de tarjeta no hizo mucho más. La hipótesis "Messi como héroe" no requería una revolución y ahí llega lo verdaderamente peligroso de la derrota.

9. Porque si el Barcelona pierde 2-0 en Valencia como perdió 2-0 en Granada, pero hace sus rondos, crea sus superioridades, interioriza conceptos, se acerca a los objetivos de su técnico... pues estupendo. Responde a la segunda posibilidad que se esbozaba al inicio de este artículo. Pero no, el Barcelona perdió 2-0 en Valencia (y aún no sé por qué el VAR decidió que no fuera 3-0) jugando veinte o veinticinco minutos a la desesperada, con Vidal como única esperanza, con cinco tíos arriba completamente parados y sin medio del campo: solo Messi para generar paredes y Busquets detrás, solo contra el mundo. Si a eso le unimos que Sergi Roberto empezó a subir un poco para ayudar a su compañero, pero sin fijar tampoco ninguna posición ni ningún rival, fuimos pasando del 3-2-5 a una especie de 2-2-1-5... y cuando uno tiene que utilizar tantos números para definir una táctica, es que no es una táctica, es un arrebato.

10. Así, estaba claro que en cuanto el Barcelona perdiera un balón, el Valencia iba a marcar. Y perdió muchos, pero el Valencia solo hizo sangre en uno, lo que al menos evitó la humillación. Setién hizo los cambios en el minuto 85, pero obviamente no modificaron nada y el partido se fue diluyendo como si nada, con los únicos espasmos de vida de alguna jugada completamente individual de Messi, justo lo que tanto criticábamos.

En definitiva, no solo se perdió sino que ni siquiera se sentaron bases para ganar en el futuro. No hubo juego colectivo como tal en toda la segunda parte, el equipo dejó de estar junto ya en la primera y siguieron los problemas para crear peligro porque con carrileros es muy difícil generar superioridades. Te vale para llegar y meter un centro -varios hubo- pero, ¿quién los remata? Messi pilló uno, pero, claro, es Messi, mide 1,65 y suficiente hizo con que no se le fuera muy lejos. Los extremos en el Barcelona clásico, fijan al lateral y crean la superioridad con el lateral contrario para después hacer diagonales sin balón y que el de atrás llegue con ventaja o se pueda filtrar un pase de gol. No vimos nada de eso. Vimos a Fati contra tres una y otra vez sin ayuda alguna o a Alba instalado en una posición a la que debe llegar.

Nada más lejos de mi intención sacar conclusiones tan pronto. No voy a ocultar que Setién me gusta, que me ha gustado en sus otros equipos y que me parece un técnico válido y sólido. Hará bien en mantenerse firme y no buscar atajos. Puede que el Barcelona gane algún título porque es el Barcelona pero pinta a que no. Ya pintaba con Valverde. Al menos, que se mantenga firme en su idea y que caiga con ella si es que hay que caer. Si al final puede quedarse tres años, que vaya poniendo las bases. Si se va en verano, bueno, que le echen de menos. Pero esto, no. Bajo ningún concepto. 

miércoles, enero 22, 2020

The love you make


Me despierto en torno a las 4.30. El Niño Bonito y yo compartimos cuarto, él tose esporádicamente y murmura expresiones del tipo "quiero mamá" o "papá bueno". El Rey Sol ocupa mi sitio en la cama de la Chica Diploma. De momento, ha tenido a bien no darnos ni una noche toledana. De momento. Come, duerme y de vez en cuando llora sin que sepamos por qué. Todos estamos aún un poco descolocados.

Como llevamos durmiendo desde las once -nunca más tarde-, resulta que ya no tengo sueño y pronto me doy cuenta de que no me voy a volver a dormir o no tan fácilmente. Me duele la nuca, quizá por una mala postura, quizá por un exceso de estrés. De vez en cuando me mareo y me sobresalto y me angustio y pienso en irme al sofá a ver a Luka Doncic pero el partido de Luka Doncic ya ha acabado y solo me queda coger el móvil y repasar las estadísticas.

De repente, me encuentro mirando calles de Londres en Google Maps. Las cinco de la mañana y el padre insomne repasa con la mirada sus paseos de hace veinticinco años por Bayswater Road, por Queensway, por Gloucester Terrace... sus hoteles en Sussex Gardens, la estatua de Peter Pan en Kensington, el Serpentine calmado bajo un cielo extrañamente azul. Londres. Ese nombre solía decirme algo. Solía decirme mucho, de hecho y ahora no sé bien por qué. Qué tendrá Londres que no tenga Corralejo.

Qué tenía Londres más allá de los cuadros expuestos en las verjas de Kensington Gardens, más allá de la luna baja sobre un puente en Saint James´s Park, más allá de la eterna Marylebone Road hasta el cruce con Baker Street, camino del Meliá White House. Espacio, quizá. Sensación de espacio, quiero decir, solo que con los años el ahogo llega a un punto que requiere algo más que casas de dos pisos, requiere de mares e islas al fondo. Londres ya no es un ansiolítico, no es un sedante, hace falta doblar la dosis antes de que lleguen las seis de la mañana en las campanadas de un reloj de pared descompasado.

Orchard Hotel. Donde empezó todo. Edgware Road, donde los McChicken complementaban una dieta de salchichas y fish and chips. Park Lane y sus concesionarios de coches de lujo. Marble Arch, por supuesto. Ampliar y reducir el mapa hasta que pase por fin la noche, pase por fin el insomnio y duerma una media hora final, justo antes de que la alarma anuncie que ya es hora de despertarse, de despertar al niño, de preparar todo para llevarle al colegio. Justo antes de que la Chica Diploma entre con el Rey Sol en brazos, ojos como platos desde las siete de la mañana, y nos salude con su "hola, chicos" y todos nos enredemos en sus piernas.

*

Pero antes del insomnio, el sueño, claro. Un sueño raro, de otro tiempo. Algo londinense, en parte, porque la Chica Langosta es Londres también, es su gesto serio saliendo del metro de Hyde Park Corner y buscando su propio hotel donde trabajar de limpiadora. Si tuviera que definir a la Chica Langosta en una frase sería algo así como "Nunca tuvo miedo", aunque si lo pienso bien, probablemente no sea del todo cierta.

La Chica Langosta, en cualquier caso, en el sueño como visitante. Unos días en Madrid antes de ir a cualquier otro lado. La Chica Langosta joven, muy joven, veinteañera, preciosa, y yo, por supuesto, enamorado de ella, pidiéndole que se quede, que la echo de menos, y ella dudando. La Chica Langosta en algún lugar esperándome. Con el tiempo te das cuenta de que querer a alguien es básicamente esperarle, y ahí está ella y ahí estoy yo -me dejo un café frío y algo de comer en un bar, luego vuelvo- que la abrazo como si fuera a coger un avión a Toulouse y cuando me despierto (cuatro y media, Doncic, cuarto del Niño Bonito) la sensación de que ese sueño tiene sentido, de que no llega veinte años tarde, que es justo el tiempo que le corresponde, sino que hoy es ayer y todos somos jóvenes e insaciables o lo seremos.

*

Las partes del libro de Peter Brown que más me gustan son las que no están copiadas del "Shout!" de Philip Norman. Digo "copiadas" pero no sé bien lo que digo porque igual a los dos se les han ocurrido las mismas anécdotas y es todo casualidad. No tiene pinta, en cualquier caso. Había leído que era un libro de cotilleos y lo es, pero a mí me gustan mucho los cotilleos, al fin y al cabo vivo en una casa donde Telecinco y Clan se alternan para copar la pantalla del único televisor.

Es, claramente, el libro de un "outsider", es decir, de alguien que lo ve todo desde fuera aunque, en rigor, esté dentro. Alguien que no es un fanático ni vio su juventud marcada ni una vez pudo tocar a Paul McCartney ni nada de eso. Es el libro de alguien que trabajó con esa gente durante años y que sí, sabe que son estrellas, pero sobre todo les ve como seres humanos. Y así, no tiene problemas en hablar de orgías ni de embarazos silenciados ni de drogas ni de la locura que fueron aquellos últimos dos años en los que ni más ni menos que Alexis Mardas ("Magic Alex") se convirtió en una referencia de cordura.

La heroína, la cocaína, los negocios absurdos, los amigos peligrosos, la música arrinconada... La historia oficial de los Beatles dice que cuando Ringo se fue en medio de la grabación del White Album -no solo es que apenas grabaran baterías en ese disco, es que después de grabarlas, con Ringo ya en casa, Paul se ponía tras los platos y lo borraba todo para acabar guardando su propia versión- todos se pusieron de acuerdo para convencerle de que volviera. No lo cuenta así Brown: cuando Ringo se fue, nadie se dio por aludido, nadie se preocupó por él... y solo cuando él mismo se convenció de que en casa tampoco hacía nada, fue cuando los otros tres le llenaron la batería de flores como bienvenida.

En fin, muchas cosas. Yoko Ono, por ejemplo. Una versión de Yoko Ono como una loca en busca de fama y dinero que probablemente esté demasiado influida por Cynthia Powell, la primera mujer de Lennon. En lo que a Brian Epstein respecta, incluso Norman es más duro y entra en más detalles. Quien quiera conocerlos, que lea ambos libros. Sigue sorprendiendo, cómo no, que todo eso pasara en seis años. Que empezara como fenómeno a principios de 1963 y acabara en verano de 1969. Four seasons in one day. Si cansa leerlo, imagínense vivirlo. Como para no volver a coincidir jamás en un mismo cuarto.

lunes, enero 20, 2020

Quique Setién y el debate imposible: luces y sombras de su primer Barça


Creo que es bueno que aceptemos cuanto antes que no va a haber un debate mínimamente sosegado en torno a la figura de Quique Setién y su trabajo en el Barcelona. Es lo normal en estos tiempos, así que tampoco es una sorpresa, pero la figura de Quique polariza demasiado como para pedir sosiego: habrá quien vea en cualquier jugada anodina un brote verde y una revolución y habrá quien se le tire al cuello después de cada mal resultado, después de cada declaración con aire más o menos prepotente.

Queda, por tanto, el reto casi imposible de buscar puntos medios. De intentar entender y explicar la teoría y juzgar su ejecución práctica. De huir de la escolástica tanto como de los prejuicios tipo "¿con quién ha empatado a este tipo?". Empecemos una tarea tan desagradecida por el principio, es decir, por el primer partido contra el Granada y la apuradísima victoria 1-0 frente a un equipo con diez hombres.

1- La clave está en el medio del campo. De hecho, la clave está en el balón, pero es bueno que el balón esté en el medio del campo porque por ahí se pueden multiplicar las opciones de ataque y se pueden detener fácilmente los intentos de contra rival. Como ahí está la clave, Setién puso a Busquets a jugar de Busquets por primera vez desde los tiempos del "Tata" Martino. El partido del canterano fue imperial: estuvo en todos lados sin apenas moverse, sin verse obligado a carreras agotadoras para cubrir espacios de un lado a otro. Busquets fue subiendo su posición en el campo, como en los tiempos de Guardiola, y del minuto 20 en adelante, ya estaba instalado en el sector contrario, repartiendo el juego y recuperando un balón tras otro solo por una cuestión de posición. No es que estuviera acabado, es que le estaban obligando a hacer lo que no sabe.

2- En eso ayudaron, con su disciplina, sus otros dos compañeros de posición: Rakitic y Vidal. Especialmente el chileno. A mí es un jugador que no me gusta demasiado pero que me disgustaba más aún en el entorno caótico de Valverde. Si vas a usar tres mediocampistas para organizar al equipo, uno no puede estar constantemente fuera de posición. Sé que luce mucho, sé que eso le permite llegar más al área, sé que esas carreras brutales detrás del balón en defensa son muy agradecidas por el público... pero destrozan cualquier intento de juego colectivo. Vidal iba por un lado y los otros diez iban por otro. Aun con sus limitaciones para el juego asociativo, el chileno hizo contra el Granada lo que le pidieron que hiciera. Y eso, pasados los treinta, es de agradecer. No hubo rebelión, no hubo lucimiento personal, hubo trabajo posicional, buenos pases cortos, posición fijada en defensa para evitar contras e incluso vio que podía descolgarse en la jugada del gol y lo hizo. En resumen, tuvimos todo lo bueno de la época de Valverde controlando lo malo.

3- Con todo, el juego del Barcelona fue lentísimo. También es verdad que nos hemos acostumbrado tanto a la velocidad enloquecida de casi todos los equipos y casi todo en esta vida que la paciencia no sobra. Creo que Setién necesita a Rakitic y a Vidal porque no tiene muchas más alternativas en ese puesto pero que para que la idea culmine en algo mínimamente vistoso tendrá que recurrir a Arthur, De Jong y Puig cuando los tres estén en condiciones. Hubo un momento casi cómico en el que los tres expertos de Movistar Plus coincidieron en que la entrada de Arthur no serviría de nada al Barcelona porque el Barcelona "ya tenía el balón". Exacto. Lo tenía hasta aburrir, pero no sabía qué hacer con él o no sabía hacerlo a la velocidad debida. Precisamente por eso, Arthur era una pieza indispensable y lo será en el futuro.

4- Tengo dudas sobre la posición de Griezmann, y eso que creo que el francés también hizo un partido muy correcto, muy asociativo, que recordaba al hombre que fue campeón del mundo en 2018 solucionando las jugadas con uno o dos toques. Tengo dudas, en general, del doble delantero falso. Más que nada porque ya lo intentó Guardiola con Cesc y Messi en la 2011/2012 y los resultados fueron mejorables. También es verdad que la capacidad defensiva y de sufrimiento de Griezmann no te la da Suárez, eso desde luego. Ni Cesc. Pero en el 4-3-3 clásico, los puntas abren campo, no lo cierran, y aunque es obligación de todo jugador correr hacia atrás y tapar las contras, lo ideal es que en la práctica no tengan que hacerlo tantas veces.

5- Eso nos lleva a los laterales: Sergi Roberto jugó más bien como tercer central, algo así como Reiziger en los tiempos de Van Gaal. De esa manera, el Barcelona se aseguró la posición defensiva, que creo que era la gran obsesión de Setién para empezar el partido, y una mejor salida del balón. Por otro lado, toda la profundidad en la banda derecha quedó en los pies de Ansu Fati, un jugador aún por formar y que abusa lógicamente del uno contra uno. El partido de Fati fue horrible pero eso es comprensible a estas alturas, bueno es que lo siga intentando pero con más sentido. Tal vez, Carles Pérez se convierta en mejor opción al ser más académico y poder jugar a pie cambiado.

6- En cuanto a Jordi Alba, lo cierto es que jugó de extremo para compensar la posición centrada de Griezmann y formar en la práctica una línea de cuatro arriba. El partido lo permitía en defensa, pero eso no es lo que me preocupa. Alba, como Alves en su momento, es un jugador que tiene que llegar, no estar. Es un jugador que tiene que aparecer tras la diagonal del extremo arrastrando al lateral contrario. Ese es su hueco y aunque aun así lo encontró varias veces, lo cierto es que verle ya instalado arriba, me parece que limita las posibilidades de ataque del Barcelona. Es algo que habrá que ir mejorando y quizá no quede otra que poner a Griezmann de extremo extremo y a Alba en su posición natural. Ya iremos viendo.

7- Messi tiene que recordar cosas. Es el mejor jugador del mundo y probablemente fuera el más desequilibrante del partido. Ahora bien, jugó por su cuenta, y lo importante es convencerle de que ya no hace falta. Que no es necesario lanzarse contra la defensa una y otra vez buscando la jugada imposible. Que esa jugada ya puede aparecer de otra manera, que hay un juego colectivo detrás que acabará encontrándole como le encontró en la jugada del gol. De él se dijo que "estuvo muy participativo" y es verdad. Yo creo que Messi SIEMPRE quiere participar y cuanto más, mejor. El asunto es que si le colocas a cincuenta metros de la pelota tiene una forma de participar y si le colocas a un pase corto de distancia y rodeado de compañeros tiene otra. Setién ha apostado por la segunda y está en manos de Leo aprovechar la circunstancia.

8- La clave era estar todos juntos y eso se consiguió. Todos juntos en ataque y todos juntos en defensa. Acostumbrados a las heroicidades de Ter Stegen durante tres años, se agradece que durante el partido de ayer apenas interviniera. Sé que el Granada tiró una al poste, pero no hubo más opciones y no se dio la clásica desbandada defensiva de "todos corriendo para atrás" en cuanto el rival recupera el balón. La opción del Granada no fue un demérito ajeno sino un mérito propio. Un tiro excelente desde fuera del área que bien mereció acabar en la portería pero le faltó un giro del balón en la dirección adecuada.

9- Hasta aquí, más o menos, la explicación táctica. Alguien se preguntará: "Bueno, si todo salió tan bien y con tanto sentido, ¿por qué demonios tardó el Barcelona 75 minutos en marcar su gol ante un equipo que jugaba (injustamente) con un hombre menos? Eso es lo otro que hay que explicar y lo que va a ser un problema muy serio el resto de la temporada. Todos los jugadores estuvieron correctos y aplicados en el sistema. Ahora bien, estaban tan pendientes de hacerlo todo según les habían dicho, tan incómodos en estos nuevos hábitos, que lo hicieron a cámara lenta. Aunque no era una posesión absurda rollo España-Rusia, era una posesión poco productiva. Que desgastaba, sí, y eso no es poco, pero que era fácilmente contrarrestable porque todo sucedía a velocidad de caracol... y ahí cualquier equipo bien entrenado defensivamente te va a encontrar el antídoto antes incluso de primer picotazo.

10- Para jugar así -para volver a jugar así- hace falta creer en este tipo de juego, confiar en el compañero, entender mucha teoría y entrenar una barbaridad. En definitiva, hace falta tiempo. Justo lo que Setién no tiene. Su aire de provisionalidad no ayuda. Todos sabemos que en seis meses este hombre está en el paro de nuevo. Los jugadores, también. Setién habría sido un buen fichaje para iniciar la temporada, pero meterse en una revolución a mitad de las tres competiciones suena a suicidio competitivo. Habrá errores de bulto y se vivirán con la tensión habitual en el entorno barcelonista. Tendremos partidos espantosos que se intentarán justificar con el viento, la hierba y no sé qué cosas más. Se pedirá paciencia pero no la habrá. Nunca hay paciencia. No la hay en el Betis, la va a haber en el Barcelona.

11- En resumen, el famoso debate "jugar bien o ganar" se pervertirá hasta puntos extremos. Salvo casos flagrantes -partidos que se ganen jugando de maravilla o que se pierdan jugando de pena-, unos tirarán por un lado y otros tirarán por el contrario. Es absurdo. Lo que se busca aquí, lo que debe buscar todo entrenador, es la mejor manera para ganar. El Barcelona ha tenido su manera durante años y sigue teniendo jugadores en la plantilla para practicarlo. Es el santo y seña del club. Uno no se imagina al Madrid sin sangre, sin lucha, sin presión, sin competitividad... como no debería haber pasado por tantos años de un Barcelona despreciando el balón. No como un tótem sino como un recurso. El recurso para la victoria. Todos juntos lo compartimos, todos juntos lo recuperamos. Porque nos divierte. Y porque, más allá del fanatismo este de los números, es obvio que si el rival tiene la pelota el 18% del tiempo tiene más complicado meterme un gol.

Siempre que yo sepa qué demonios hacer el 82% del tiempo restante. De momento, no está nada claro.