domingo, noviembre 06, 2011

Margin Call, Solmeliá y tasas de conversión


Al poco de empezar, me llamaron para una reunión más o menos ejecutiva. Estaba dentro del departamento de reservas, un eufemismo para decir que era un teleoperador. Había sido el primero de mi promoción -en España, ya en 2002, para ser teleoperador tenías que saber dos idiomas aparte del tuyo, tener una licenciatura y formar parte de una promoción, en mi caso, la de agosto- y supongo que me convertí en algo así como un "wonder boy" por mi manía de vender todo el rato. Uno es compulsivo incluso para las cosas más estúpidas.

El caso es que yo había olvidado esa reunión hasta que vi una parecida esta noche en "Margin call": el chico que sale de la nada y acaba reuniéndose con el CEO y todo su equipo directivo en una madrugada de Nueva York. Aquel chico supo comportarse: contestó cuando le preguntaron, calló el resto del tiempo. No fue mi caso, supongo, porque ya digo que no me acuerdo. Sí me acuerdo de que no me volvieron a llamar a ninguna reunión y que de hecho mi carrera profesional como teleoperador de mierda no solo se estancó a partir de ahí sino que mi propia reputación social entre mis compañeros se derrumbó por completo: yo era el pelota al que Susana Santiago llamaba a las reuniones de jefazos.

No sé, supongo que aquello fue raro. El sistema de castas. Un mundo obsoleto, el de las llamadas telefónicas para reservar hoteles en plena era de Internet, preocupado en mantener su estatus frente al mundo y su propio estatus interno: director de reservas, directora de la central de reservas, supervisora, coordinadoras (tres), jefes de equipo (siete u ocho) y "agentes responsables" que se encargaban de trabajar los fines de semana.

Todo el mundo pensaba que yo llegaría a alguno de esos puestos de responsabilidad pero a lo más que llegué fue a una borrachera infame en el Tryp Atocha persiguiendo a tres chicas a la vez para acabar consiguiendo una, más o menos mi "conversion rate" en la empresa, muy lejos de mi propia tasa de conversión vital, que suele ser de una chica cada 25 ó 50 intentos y no estoy exagerando. Vivía en un incómodo término medio dentro de todo ese escalafón y sus suspicacias. Teníamos 25 años, ¿qué podíamos hacer? Nos entusiasmaba el cotilleo.

Empezaron a pasar cosas raras: a los seis meses, ya había ganado todos los incentivos y el odio de mis compañeros. También el de mis superiores, que, como quedó explicado, eran muchos. Empezaron a marginarme, luego me dieron algún toque de atención porque me hacía el listillo. Era cierto. Yo siempre he sido un listillo y siempre lo seré. Con las botas puestas. Un día me dijeron que tenía que mejorar mi rendimiento -habían echado a mi novia un mes antes, ellos sospechaban que una cosa tenía que ver con la otra y de nuevo era probable que tuvieran razón- y al fin de semana siguiente yo me despedí de la empresa.

Cualquier vida basada en una narrativa cuyas frases empiezan por el sujeto "ellos" es una vida condenada al fracaso. Una narrativa paranoica. No voy a decir que aquello fuera inteligente pero me hizo sentir mejor. No voy a decir que no me volvieron a ningunear o a vacilar nunca, ni que no lo estén haciendo ahora, solo me refiero a ese momento en el que dices "Basta" o en el que crees que lo has dicho. Las victorias estéticas. Hoy paseaba por Fuencarral, camino al cine, y de una tienda de ropa salía el "What you waiting for?" de Gwen Stefani. Todas las cosas que he olvidado, es terrible.

¿Lo que me gustaría? No creo en el futuro, sinceramente, y no me manejo demasiado bien en el presente. Supongo que instalarme en algún punto del pasado estaría bien. Intentar repescar un momento completo y perfecto del pasado -¿Fuerteventura, el primer fin de semana de Laura Cuello, alguna noche perdida de adolescente, mi 31º cumpleaños?- y regodearme en él. Instalarme ahí por completo, como en un sueño. La narrativa de mi sueño se basa precisamente en que el sueño es mío, es decir, que juego en casa, y todo se me está permitido. La pesadilla es justo lo contrario: la sensación de que ya no controlas ni tu propio sueño, que incluso dormir se ha convertido en un partido en campo griego.

Alguien, hace poco, y no recuerdo quién, admiraba mi capacidad para hacer melancolía incluso del presente. Sí, melancolía y la infinita tristeza. Crecí rodeado de canciones tristes. Mi madre hacía canciones tristes antes incluso que Kurt Cobain. Mis padres, esos beatniks! En fin, eso es todo, Fuencarral abajo y Carretas arriba... Carretas abajo y Fuencarral arriba. Pensamientos sobre la moral kantiana. Lo triste que se veía todo desde la moral kantiana y lo peligroso que era irse a un nietzscheanismo puro. Otro momento en el que regodearme: la noche que pasé insomne intentando convencerme de que A no era A, horas después de ser expulsado de clase por negarme a aceptar el principio de identidad.

No siempre tuve un blog, no siempre tuve un diario. Mi historia tendría que ser contada por otros si mereciera la pena. Eso o inventarla de nuevo. La narrativa. Soportar los mensajes de "me olvidé de que habíamos quedado". Si han quedado con alguien y se les olvida -puede pasarle a cualquiera- no se lo digan así. Piensen en esos perritos abandonados de los anuncios y su cara triste tras la leyenda "Él nunca lo haría".