La frustración tiene mucho que ver con las expectativas. Durante algún tiempo, la eliminación -o reducción, al menos- de las expectativas evitó muchas frustraciones y me sumió en algo parecido a la felicidad. Una felicidad sin estridencias, quizás algo cínica, quizás algo conformista... pero que aceptaba las cosas como venían y no como uno se empeñaba en que vinieran.
Si alguien me conoce de verdad -y en este blog no es fácil- sabrá perfectamente de mi distinción entre francotiradores y soñadores.
Quizás por eso, por mi ausencia total de expectativas con respecto al examen de mañana (Oposiciones a la Escuela Oficial de Idiomas), no me siento tan angustiado ni tan ansioso ni tan temeroso como los días anteriores. Es el día antes y el suspenso es algo demasiado obvio.
Necesario, quizás, para un Chico Escritor. Sin seguridad, a la vez, hay más urgencia. Sin expectativa, inmediatamente, hay más instinto. Y el instinto y la urgencia, de momento, me han ido funcionando muy bien. De hecho, sin ellos, seguro, hoy no estaría aquí.
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