Desde mis tiempos de furibundo votante de IU y asistente a manifestaciones sentía cierta simpatía por Gallardón. Zanjas y grúas después, esa simpatía, a la fuerza, ha menguado.
Me desagrada su empeño por quedar bien con todo el mundo, desde luego, pero también veo una virtud política en ello. El hecho de que eso que yo veo una virtud, se vea en determinados ámbitos como debilidad ante la izquierda o rendición o claudicación de sus principios hace que me reafirme: es una virtud.
No es que todos los que critican a Gallardón me caigan mal, pero es cierto que en este último (o penúltimo) linchamiento todos los que me caen mal a mí tienen una palabra para el alcalde. Lo que me invita a pensar, necesariamente, en que algo está haciendo bien.
Alguna fuente o un parque o algo...
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