Así que querer a Warhol es querer su palabrería y sus imágenes de Dennis Hopper durmiéndose y Marcel Duchamp sobre una pared blanca, reproduciéndose infinitamente y una sesión de vestuario y maquillaje para que Andy aparezca vestido de mujer, sin sonreír nunca, en mil poses de político inglés descubierto en escándalo sexual.
Querer a Warhol es complicado, no tanto como querer al Warhol´s pero casi. Chiste para gambiteros.
A la salida nos hacemos una foto preciosa en un fotomatón postmoderno: la Chica Portada apenas entrevista -voy a ser el protagonista de su microrrelato visual-, su cara cortada en un cuarto y ni siquiera lineal, algo así como una media luna que le deja un ojo y parte de los labios rojos a la vista y el resto se supone. Isa a mi izquierda, sonriente, algo más expuesta y yo en medio, mirando arriba y abajo, luego arriba sólo, un gesto algo condescendiente. Una familia que saca de los nervios a toda una cola. Un pibón con actitud. Un chico que ha descubierto que puede tener mal genio.
Warhol, sin más. Un título exagerado para una buena exposición, pero que a veces tiene ese punto de "se han encontrado esto en el trastero y lo han colgado sin más". Y un siglo después, eso a veces cuesta.