Si a mí me preguntas: "¿Tuviste una adolescencia feliz?", mi respuesta sería "Sí". Y además, un "sí" entusiasta, sin matices. Por supuesto, luego llega la estética y acaba con todo y lo que quedan son los cánticos de Soundgarden en campamentos perdidos y todas las chicas que nunca tuve y la nota de suicidio de Kurt Cobain y todo ese rollo, pero, de verdad, yo fui bastante feliz: tuve buenos amigos, arrasé Malasaña, saqué buenas notas, no coqueteé con las drogas, vi al Estudiantes ganar alguna Copa del Rey e incluso yo mismo llegué a meter más de un triple en el Magariños.
Lo que pasa es que cuando tienes 15 años hay bajones, claro. Con 33 te puede fastidiar más o menos no conseguir lo que quieres, pero es que con 15 ni siquiera tienes la más remota idea de lo que quieres, y a veces tu objeto de deseo empieza por A. y a veces empieza por L. y acaba empezando por T. y tampoco intentes buscarle mucha lógica a tus hormonas.
El caso es que a veces me deprimía como se deprime un adolescente: tardes enteras sin hablar, meditabundo, alejado de la realidad, absorto en la injusticia del mundo... y mi banda sonora de por entonces era Antonio Vega, en concreto, aquel disco de resurrección que se llamaba "No me iré mañana" y que tenía ese punto triste e incomprensible de Antonio Vega con una mezcla de algo parecido a la esperanza. Un adolescente y un heroinómano tienen mucho en común, si se ponen a pensarlo.
Mi canción favorita era el single. No siempre me pasa pero no siempre lo evito. "Lo mejor de nuestra vida", se llamaba. Era muy buena canción porque era muy buen disco. En mi opinión, su mejor disco, aunque "El sitio de mi recreo" quizá fuera más celebrado por lo que tenía de -parecía entonces- obra agónica, casi póstuma. En "Lo mejor de nuestra vida" se hablaba de amor, desamor y lo que queda después. Era triste porque había perdido a la mujer de su vida y a ver si eso ahora va a haber que celebrarlo. Era bonito porque, bueno, los dos lo superaban, y como decía Rilke: "sobreponerse es todo".
Tanto rollo y al final seguro que la canción hablaba de alguna droga. Every artist is a liar, every poet is a thief, all kill their inspiration and sing about their grief, ¿les he contado cuando me paseaba por ese mismo chalet con unas gafas de sol enorme imitando el falsete de Bono?
En fin, yo me subía a la buhardilla de mi chalet de clase media en la sierra madrileña con el CD, el "loro", algún cuaderno, puede que algún juego de ordenador en el que entrenara a algún equipo de fútbol de una manera muy rudimentaria, y me pasaba ahí las horas, los días e incluso los meses. Fuera, había avispas y arañas. Un día vinieron A. y L. a comer y yo, como siempre, no supe decidirme.
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