Pero entiendan que, en este momento, la analogía me resulte curiosa, cuando menos.
Por lo demás, me cuesta la aridez de Coetzee, una especie de marca de estilo que va dejando en sus libros sobre Sudáfrica: el "veld", los nativos, el afrikaan colándose en cada página con su posterior traducción. Por supuesto, es un escritor soberbio. Ahí está "Esperando a los bárbaros" o las primeras hojas de "Desgracia", absolutamente sublimes.
Cuando se mete en el bosque, sin embargo, yo me pierdo y no sé a quién pedir ayuda. Le sigo de lejos, con la mirada, pero no capto la intensidad y me da la sensación de que todo ahí es intensidad, violencia contenida. La obra de Coetzee es un esfuerzo por esconder la violencia que sin embargo está ahí continuamente, como si el escritor se estremeciera en su presencia y quisiera taparnos los ojos a la vez que señala alarmado.
Como se hace con los niños.
Lo que me gusta de "Infancia": la normalidad con la que se presenta el hecho de ser distinto. Si se compara con el artista adolescente de Joyce, es un prodigio de modestia. Eso y el hecho de que huya de la "mirada inocente". La infancia de Coetzee es una infancia llena de culpabilidades y secretos y voluntades amputadas. Miedos, distancias, diferencias... Fingir que no se entiende pero entenderlo todo.
Salvarse, en una palabra.