Además de las canciones rencorosas, me gustaban las canciones entusiastas. Como decía en el anterior post, los finales de los 90 se llenaron de canciones entusiastas y presidentes de los Estados Unidos bailando en las gradas. Don´t give up, you´ve got the music in you cantaban los New Radicals, y yo, con mi tendencia a rendirme e inmediatamente decir "No, para adelante" me veía perfectamente reflejado y buscaba ese ritmo que estaba dentro de mí e imaginaba en qué podía consistir el cambio de edad, de situación.
Los post-adolescentes, ya universitarios, tiraban hacia Huertas o La Latina. A mí, sinceramente, no me gustaban esos sitios porque me hacían sentir demasiado mayor. Incluso con 21 años, uno se podía sentir demasiado mayor bailando pachanga en Huertas. Normalmente, me quedaba en casa con T. o íbamos a cenar y al cine. No era divertido. Para ninguno de los dos. Yo, por ejemplo, fantaseaba con noches de fiesta y baile y copas y nuevos amigos y universitarias y charlas sobre Hegel y el principio de identidad, y vagaba por Cantoblanco con Dani y Agustín, escribiendo pequeños relatos sobre chicas con ojos verdes.
Pero, luego, cena y cine, o ni siquiera eso. Queríamos pensar que nos valía.
El problema era la música, como siempre. Si lo piensan bien, se darán cuenta de que el problema siempre es la música. El infinito abanico de posibilidades de cuatro minutos que te abren las canciones y desbarata cualquier conformismo rutinario. Don´t give up, you´ve got the music in you. Esa era la promesa, entonces. Nosotros, con 16 años, ya cerrábamos bares en Malasaña, ¿qué nos quedaba ahora? Volver a ser los tipos que algún día fuimos.
La canción era contagiosa, rítmica, llena de energía. Por casa ya paseaban las cintas de Sebadoh y Guided by Voices. A mí me gustaban una que decía "Sometimes I get the feeling that you don´t want me around" y otra llamada "As we go up, we go down" y que, con una alegría casi McCartneyana, empezaba: I can terrorise, I see terror in your eyes. Para mí, todo eso era la voluntad de poder. Perdonen que me ponga pedante, pero yo por entonces estudiaba a Nietzsche y a Schopenhauer en largos seminarios de tarde. La posibilidad de aterrorizar, igual que la posibilidad de seguir adelante, no rendirse, sentir el ritmo, eran embriagadoras.
Eso y Ricky Martin. No sé por qué no he hablado aquí antes de Ricky Martin, sus vídeos eróticos y sus bailes de cadera, coros de fondo casi tribales y gritos de "Allez, allez, allez".
Si se fijan, todo es parecido: entusiasmo de fin de siglo. Llámenlo "vida loca" o como quieran. Cuando recuerdo esos años, aparte de sentir una profunda melancolía insatisfecha y seguramente injustificable, me viene a la mente la canción de The New Radicals. Un "one-hit wonder", sin duda. No he vuelto a saber nada de ellos.
Lo dijo Prince quince años antes: "Tonight we´re gonna party like it´s 1999". Y eso era, 1999. Solo quedaba saber si estaríamos a la altura.
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