Salgo de la fase -1 por una cuestión de peso más que de curiosidad. Me he ido a 82 kilos. Hace dos años, pesaba 63. Antes de la cuarentena, estaba en torno a 75, un poco por encima de lo ideal para mí. Salgo de la fase -1, por tanto, con un poco de urgencia, caminando como un hombre perdido, sin rumbo pero acelerado, atravesando puentes por encima de la M-30, sudando la camiseta, una escultura de Botero trotando por la avenida de Alfonso XIII.
A menudo, me ahogo. Casi siempre. Me ahogo cuando camino a toda velocidad y me ahogo cuando estoy en casa, tranquilo, tumbado en la cama. Se llama ansiedad crónica. A veces lo confundo con insuficiencia cardíaca y por eso voy a la Anderson, me hago un análisis, un electro, una ecografía y una prueba de esfuerzo en la que me da un ataque de vértigo. Todo sale bien. Luego, cruzo el puente de vuelta como si nada y aprieto el puño cuando consigo llegar al otro lado sin rendirme. El Michael Jordan de las caminatas.
Cuando llego a casa, tengo la sensación de volver de un anuncio italiano: es primavera y la gente parece feliz. Los chicos se besan en los parques, beben en los bancos, se pasean sin camiseta con su lógica arrogancia post-adolescente. Las terrazas están llenas. La gente bebe, come y se niega a entender lo más terrible de esta enfermedad: como en una película de zombis, el enemigo puede ser tu padre, tu hijo, tu mejor amigo. El enemigo puede estar en cualquier lado y especialmente en quien te hace sentir seguro, confiado, querido. A quien abrazas. A quien besas. A quien quieres tanto que te niegas a seguir con ese rollo de la mascarilla y te niegas a nuevas normalidades y buscas volver a la antigua. Es mayo. Nada puede ir mal en mayo. Chamartín festeja victorias, como siempre ha sido, y los demás miramos desde nuestra distancia habitual.
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En los cascos, John Lennon. John Lennon y Yoko Ono explicando durante tres horas y media al director de la Rolling Stone que no se acuerdan de nada, ni de "Abbey Road". Irónicamente, el director, Jann Wenner, decide publicar la charla bajo el nombre de "Lennon Remembers". Cuando acaba la entrevista, a veces Pavement y a veces Paul Simon, el concierto en Central Park, probablemente la cumbre de su carrera. La noche que apuntaba a tormenta y acabó en una gloriosa fiesta de verano.
Pasando IBM, donde grupos de chicos juegan al baloncesto, escucho la frase "And in remembering a road sign, I´m remembering a girl when I was young..." y pienso que eso me define a la perfección. O me definía, no estoy seguro, y me pregunto cuál es esa chica a la que recuerdo cuando veo una señal de tráfico o cuando paseo por Santa Hortensia y quizá sea esa chica o sea la chica a la que le envié "50 ways to leave your lover" para animarla a que se viniera conmigo o quizá todas las que se subieron al Greyhound en Pittsburgh para buscar América los dos juntos.
Da igual. Ya da igual. Paso mucho tiempo delante del ordenador y una cosa suele llevar a la otra y acabo, por ejemplo, en la grabación en vídeo de "A day in the life" y me echo a llorar, a llorar de verdad porque pienso en el mundo de ayer y en que en cualquier momento, Ringo se morirá o, peor aún, se morirá Paul y nadie podrá cantar "Helter Skelter" en directo diciendo "esto es mío, esto lo hice yo en 1968, jódete Pete Townshed" y nadie podrá gritar desde el fondo "I´ve got blisters on my fingers" mientras vuelve a estrellar la baqueta contra la batería como queriendo contradecirse.
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Hace muchos años, Nan me llamaba "Guille Metralleta". Nos acabábamos de conocer en torno a un bar y un taller literario y todos íbamos ahí con nuestros relatos y nuestros blogs. Solo el mío se actualizaba tres o cuatro veces al día. Yo sé que Nan lo decía con cariño y en aquel momento yo lo tomaba como un elogio. Sencillamente, no podía parar. Tenía pánico a parar porque no sabía que me podía pasar si me quedaba quieto. Ahora, ya no me gusta tanto. Hay algo del viejo Guille Metralleta que vuelve y habrá que mantenerlo a raya. No se puede abusar tanto de la dopamina. Luego empezamos con los ahogos y las cardiólogas y, sinceramente, no merece la pena.
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