Cae la tarde y anochece en Madrid. Quedamos cinco: Pilar, Iñaki Uriarte, Montano, Ernesto y yo, muertos de frío frente a una tienda de discos cercana a la plaza de Callao que va cerrando con una enorme parsimonia: primero las puertas, luego candados, persianas... Miro y desconecto porque la mesa está hablando sobre Montaigne y yo no he leído nada de Montaigne. Me falta valor para reconocerlo pero al menos me sobra sensatez como para no aparentar que sí lo he leído y cultivar estupendismo.
Por lo demás, la velada, aunque gélida -Iñaki quería una terraza para poder fumar tranquilo, un indigente le pide dinero mientras él se mide el azúcar- es maravillosa. Nietzsche, Schopenhauer, Heidegger, cátedras perdidas y ganadas... Algo de arqueología intelectual si se quiere, pero a veces desenterrar cadáveres con la cucharita es tan divertido, tan necesario. Al fin y al cabo, el cadáver no dejo de ser yo, mis años de licenciado en filosofía, de lector compulsivo no ya de todas las obras de Borges sino de los tratados alrededor de Borges, espectador de entrevistas que acabaron treinta años atrás...
Iñaki dice que no va a publicar más. Lo dice con la boca pequeña y sin tremendismos. No es una cuestión moral, no es una decisión irreversible: simplemente es la constatación de que no cree haber escrito en estos cinco años nada realmente publicable. Hace un tiempo me mandó un email con unas notas de lectura que guardo como oro en paño porque me encantaron. Como no las recuerdo bien dos años más tarde, no quiero mencionárselas: puede que fueran cosas nuevas o puede simplemente que fueran textos que ya vienen publicados en esta tercera entrega.
Cuando llego a casa lo compruebo: efectivamente, ya los ha incluido. Entre las hojas que me mandó en su momento ya estaba el comentario sobre "La regret d´Heraclite" y el abrazo o amor de Matilde Urbach. Me sorprende que no le contestara en su momento aclarándole que el cambio no tenía nada que ver con María Kodama sino con la aliteración de la "s" en la pronunciación argentina. Me extraña tanto que veo muy probable que lo hiciera y no lo recuerde. Puede, incluso, no es descartable, que él me respondiera y después lo haya olvidado también. Y así, entre olvido y olvido, podemos seguir cada dos años, lo que creo que dice algo de nosotros pero no sé el qué.
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Cada vez que veo a Iñaki le hago la misma pregunta: "¿Sigue bien tu madre?, ¿sigue vivo Borges?" Lo hago con un miedo horrible porque sé que algún día la respuesta será "no". Afortunadamente, ese día no fue ayer.
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Un día me puse malo y tuve que dejar los cascos, el micrófono y avisar a supervisión de que tenía un ataque de ansiedad y necesitaba ir a casa por la medicación. No pusieron pegas pero aun así yo me sentí culpable por mi cargante exceso de responsabilidad y en cuanto volví a Sor Ángela de la Cruz les envié un email a todas las jefas prometiéndoles que no volvería a pasar, que mi productividad no se vería afectada y que estaba a la altura de la presión del trabajo, las llamadas en espera, los clientes cabreados y los hoteles empeñados en que les vendieras todas las habitaciones del mundo.
No sé si aquello era "Matrix" pero yo desde luego era lo más parecido al agente Smith. Creo que el resto lo llevó bastante bien, excepto los miserables habituales. Cuando la distancia entre los mandos y mi hiperactividad se hizo patente, me limité a hacer mi trabajo lo mejor posible, que básicamente consistía en hacerles más y más ricos. Un día incluso echaron a mi novia y yo no pude sino darles la razón. No públicamente, al menos, sino en privado, diciéndoselo a ella a la cara. Creo que no se sintió decepcionada porque estaba en una etapa en la que no esperaba nada de nadie y mucho menos de mí.
Poco después, en cualquier caso, decidí irme. Una cuestión de orgullo, por supuesto. Vete cinco minutos antes de que te echen. Me encerré en una habitación triple para uso individual del Meliá Barcelona y dejé pasar los días hasta que me tocara reincorporarme. Les mandé un email confirmando mi baja y se enfadaron muchísimo. Para rematar la faena, fui tan gilipollas de trabajar el día entero. Mi novia me dejó o yo dejé a mi novia, nunca nos pusimos de acuerdo ni siquiera en eso. Doce años después, cuando uno piensa en su futuro profesional sabe que, de ninguna manera, va a poder volver a pasar por algo así.
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V. me descubrió muchas cosas en muy poco tiempo: apenas un año de amistad frenética, pero vaya año: de los quince a los dieciséis. Entre las cosas que me descubrió -el fútbol, "Regreso al Futuro", algunas chicas increíbles, cierta autoestima- hubo algo que no fue sino un redescubrimiento para mí: Roxette. A V., fanático como yo de los Red Hot Chili Peppers y no tanto del grunge ni del Brit Pop, le encantaban los dos primeros discos del grupo sueco, igual que me habían encantado a mí años antes, hasta el punto de que suyo fue el primer concierto al que fui sin padres ni adultos, en el Pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid.
Yo les había conocido, como todos, con "The look" y había seguido su trayectoria con un cierto entusiasmo que derivó en el magnífico "Tourism", un disco que aún me emociona y me acompaña en el Spotify a la hora de la ducha. Él me dejó "Look sharp" y "Joyride" enteros. Eran magníficos. Especialmente las canciones que cantaba Per Gessle, las de Marie Friedriksson me interesaban menos aunque fueran más comerciales.
El éxito masivo posterior a "It must have been love" me alejó bastante de ellos por una estúpida cuestión estética y una serie de malentendidos me alejaron muchísimo de V. justo después del apogeo de San Miguel en Cuenca, noches encadenadas con turbas y peñas y vídeos de U2. Fue una pena porque yo a V. no solo le quería sino que le admiraba. La distancia se convirtió en un evidente desprecio por su parte, un desprecio doloroso. Sin duda, yo tuve que hacerle daño antes para que él reaccionara así. La experiencia me dice que tuve que ser un adolescente terrible, teniendo en cuenta lo lejos que ha quedado todo el mundo. El recuerdo, sin embargo, es más indulgente: no creo que matara a nadie, solo hice algunas tonterías enormes que venían gratis con la edad. Las mismas tonterías que repetían ellos y que, con el tiempo, me han acabado resultando incluso entrañables.
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González insinúa que Aguirre le está moviendo la silla para poder presentarse tranquilamente a alcaldesa. Habla también de una campaña de los medios contra él, igual que Monedero, igual que todos. Por supuesto, el presidente de la Comunidad no se atreve a pronunciar directamente el nombre de su antecesora, que no deja de ser su jefa. Si la justicia demostrara las últimas acusaciones respecto al ático de Marbella y las presiones policiales, el círculo se cerraría: Güemes, Mato, Sepúlveda, Granados, González... Si Aguirre no les ayudaba, al menos les vigilaba. Era su presidenta, tanto en el partido como en el gobierno. Todos se forraron con chanchullos pero ella está aquí de nuevo para vigilar que no se vuelva a repetir. De todas las situaciones vomitivas de este país, ésta es la más asquerosa con creces. Ojalá Aguirre pueda explicar cómo demonios lo hizo durante nueve años para no enterarse de nada e insistir ahora en que es la gestora que necesita una alcaldía en ruinas. Que lo haga en su columna de El Mundo, a ser posible.
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