En medio de la clase me vuelvo a dar cuenta de lo mucho que mi vida sentimental ha estado influida por canciones de Paul Simon, especialmente aquellos años intermedios, los que fueron de 2003 a 2005, los de mandarle a Rose of Sharon el "50 ways to leave your lover", los de repetir una y otra vez el "Train in the distance" o el "Maybe I think too much". Hay algo en común en todas esas canciones, aparte de la poesía, y es el sentimiento de que algo queda para siempre: You take two bodies and you twirl them into one, their hearts and their bones, and they won´t come undone, o esa pareja perdida en negociaciones y divorcios que aún hace tiempo para una (o dos) cenas juntos.
Luego están los momentos, ya digo, específicamente poéticos y que se me habían pasado por alto. La garganta que se emociona cuando recita Love like lightning shaking till it moans, y después una cierta sensación de aturdimiento, reconocer que eso no puedes traducirlo, quizás aproximarte pero traducirlo nunca porque es demasiado bonito y mis alumnas, mis queridas alumnas con sus pequeños problemas y sus historias de amor de ahora y de antes, asienten por no hacerme quedar mal, ensimismado como estoy en el viaje de Simon y Carrie Fisher, un judío y media judía errando por las montañas de Sangre de Cristo en Nuevo México, esquivando a los amigos de Héctor Salamanca.
También puede, simplemente, que estén esperando a que acabe la canción y así la clase y marcharse cuanto antes a tomar el café de después, como buenas estudiantes.
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De manera algo inopinada, T. se enganchó a los juegos de ordenador. No fue algo patológico, tampoco exageremos, pero de repente se vio con la constancia necesaria para pasar horas repitiendo movimientos en un remedo del Orient Express y una versión bastante avanzada de la historia de la Dalia Negra. Le gustaban el misterio y el reto, supongo. Los veranos empezaba puzzles gigantes que colocaba en la mesa del salón, puzzles de paisajes o, más a menudo, de cuadros. Aquello podía tener mil o dos mil o cinco mil piezas pero ella seguía, constante, sin rendirse nunca, cada pieza encajando con la siguiente.
No recuerdo qué hacía yo mientras. Eran los inicios de Internet y mi propia adicción era el Civilization, noches y madrugadas enteras mandando a colonos a descubrir el mundo, irrigando cosechas, enviando mensajeros a declarar guerras. Sé que yo también me enganché al juego del Orient Express -la bomba del ruso anarquista, escondida en el Pájaro de Fuego- pero me enganché a mi manera, es decir, haciendo trampas, mirando los trucos en cualquier página al efecto, demostrando desde el principio mi nula tolerancia al fracaso.
Fueron los últimos tiempos, de eso sí estoy seguro. Los tiempos de la distancia implícita, los dos incapaces de decirlo en alto hasta que ya fue demasiado tarde. Un divorcio en toda regla. Mi libro favorito por entonces era "Opiniones de un payaso" -también recuerdo leer en su casa, en dos tardes, "Cien años de soledad", hasta ese punto llegaba el respeto por el espacio del otro- pero aun así convertirme en Hans Schnier tan de repente no dejó de ser doloroso.
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Sábado por la noche con la Chica Diploma. Nuestro sábado. Metro hasta Tribunal y luego un paseo de novios. Yo creo que lo que nos hace falta es eso, sentirnos novios de nuevo, y pasear nuestro amor por la calle Monteleón, Ruiz, la plaza del 2 de mayo... Hablamos y escuchamos, como si estuviéramos en el descanso de algo, una tregua. La vida nos ha ido demasiado rápido, nos va demasiado rápido con demasiadas exigencias y responsabilidades, eso es todo. Acabamos en el "Lola Loba" porque el "Lolina" pilla un poco lejos y seguro que está hasta arriba. "Nunca hemos ido juntos a ese sitio", dice ella, aunque yo creo que sí.
Retos profesionales que no eclipsan los personales. Propósitos ludópatas. Sin la Chica Diploma, yo no sería nada, absolutamente nada, igual que sin el Niño Bonito, los tres ya convertidos en uno. Otra cosa, y ya lo he dicho más veces, es que pasar de ser uno a ser tres sea fácil. No lo es en absoluto. Cuando llega el habitual momento nostalgia, insisto en que mi acmé llegó en 2011, ese momento de plenitud en el que creía que me iba a comer el mundo. Ella niega con la cabeza: "Yo te conocía en 2011 y decías que nunca habías sido tan feliz como en 2007".
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El libro de Christophe Bassons: una mirada nueva al dopaje en el ciclismo. Los datos son los mismos pero varía la perspectiva. Hasta ahora, todo habían sido libros de arrepentidos, el de Bassons es el de alguien que no se dopó nunca y vio cómo todo el mundo le adelantaba y ninguneaba y su carrera acababa en nada. De joven prometedor campeón de Francia contrarreloj a vagón de cola en cada carrera, acabando anémico mientras sus compañeros apenas se esforzaban en pedalear. La importancia de la farmacología en el deporte, una importancia a la que no es ajena ninguna disciplina pero que nadie ha sabido convertir en una industria mafiosa como el ciclismo, con sus códigos de silencio, sus matones y sus palmeros.
En España nadie se ha enterado de la publicación, por supuesto, supongo que porque Christophe Bassons no es David Millar. Precisamente, quizá, porque Millar sí se dopaba.
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