sábado, diciembre 25, 2010

El Informe Robinson: El año en que fuimos campeones del Mundo

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Recuerdo el absurdo de las dos horas en la Plaza de Callao, la gente tirándonos agua desde los balcones, mirando al fondo, por si algo se movía en el cruce con Plaza de España. Recuerdo a las familias, los niños, los estudiantes de vacaciones, todos ahí quietos, esperando un autobús eufórico durante tiempo y tiempo y tiempo, como si no tuviéramos nada que hacer. Los gritos al pulpo Paul, las pancartas patrioteras.

Recuerdo la soledad. No sé si la soledad hubiera estado siempre, y me refiero al hecho de que para un futbolero desde los 6 años ser campeón del Mundo era algo tan grande que difícilmente podía ser compartido, pero desde luego había mucho de soledad física. Y enfermedad. Recuerdo a mi enfermedad y a mí paseando por la Castellana, sin rumbo, la noche de antes, las niñas monas con sus bikinis preparados para meterse en las fuentes. El sueño mezclado con la euforia. Los gritos, otra vez, incluso los empujones, los coches pitando y la gente saliendo por las ventanas y la sensación de "esto no nos puede estar pasando a nosotros", que es una sensación maravillosa e irreal.

La Plaza de Colón. Los policías. Las pantallas gigantes.

Recuerdo los móviles en lo alto, todos peleándonos como paparazzi para conseguir la mejor imagen, el mejor vídeo. El autobús lleno de jugadores borrachos. Iker Casillas. Capdevila haciendo gestos. El atasco. No podían pasar de tanta gente que había, todos con sus dos horas a las espaldas y su sonrisa de oreja a oreja. Campeones del Mundo. Campeones del Mundo. Pulpo Paul, Pulpo Paul, Pulpo Paul... Recuerdo las callejuelas entre Callao y Ópera. Puede que lloviera y puede que me confunda de día. Probablemente me confunda de día porque era julio y en Príncipe Pío se montó una tremenda y con lluvia supongo que nada de eso hubiera sido posible.

Las callejuelas y las conversaciones de teléfono. Y la soledad, de nuevo. A Iniesta le ponían vídeos de Roger Federer llorando en Australia por haber perdido con Nadal y después llorando en París por ganar Roland Garros. Todo con apenas cinco meses de diferencia. A mí, en algún momento, me pondrán vídeos de Iniesta. Este vídeo, por ejemplo: el Informe Robinson, tan emocionante como era de prever. Soy el clásico idiota que se pone a llorar cuando recuerda partidos de fútbol, conmigo no se lleven a engaños.