Decir que la culpa es nuestra es solo
parte de la verdad pero desde luego es verdad en buena parte. Son
tiempos de cazadores y francotiradores. Tiempos de buscar culpables bajo
las piedras y remover la piedra solo para tirarles una más grande. Yo
eso lo entiendo porque estoy tan cabreado como cualquiera y quiero que
alguien pague, claro que sí, sea Blesa o sea Ortega Cano, que ya puestos
parece que da lo mismo.
A lo largo de la semana pasada se celebró el segundo aniversario del
15-M y yo me atreví a escribir esto en mi blog: “Aquello era de todo
menos revolucionario. La mayoría queríamos volver a lo de antes, a
nuestra vida feliz llena de promesas y recompensas:
estudio-carrera-trabajo-sueldo digno-matrimonio-primera casa-primer
hijo- segundo hijo-segunda casa- jubilación dorada en Marina D´or,
ciudad de vacaciones”. En efecto, los que nos reunimos en Sol aquellos
días íbamos desde los antisistema más furibundos hasta los burgueses —o
más bien hijos de burgueses- más preocupados por la pérdida evidente de
su estatus.
En cualquier caso fue una excelente terapia de grupo porque estaba
claro que todos, los unos y los otros, aunque mucho más nosotros, los
que veinte años atrás podríamos haber sido “niños de papá” y acabamos de
becarios precarios o carne de ERE, estábamos bastante perdidos. No solo
indignados, que también, supongo, sino perdidos, porque en ningún
momento hemos sabido manejarnos en la vida y es bien triste que uno
tenga que escribir esto con 36 años.
Mi generación, y acotemos a los nacidos en los 70 y principios de los
80, ha sido una generación terrible, una generación que se ha plegado a
todo y lo ha hecho sin levantar la voz ni una vez no fuera a molestar a
alguien, llegando al ridículo de llamar “hada de madrina y luz de la
oportunidad” a la ministra del paro a ver si nos da un carguito. Sé que
se ha puesto de moda llamarnos “llorones” pero teniendo en cuenta que
salimos al mercado de trabajo en los 90 y estamos en 2013, tampoco se
nos puede acusar de falta de paciencia. Nos comimos las ETT desde el
principio, nos comimos los sueldos basura, las becas que no eran sino
trabajos gratuitos encubiertos, los contratos por dos meses o tres meses
en profesiones liberales que normalmente te aseguraban una tranquilidad
y una posibilidad de planificación de la vida…
La nuestra ha sido una generación estúpida, de decir “sí a todo” como
el que se fía del instalador de una aplicación sin sospechar en virus
ni en troyanos. Hemos vivido en una burbuja que reflejaba con maestría
Aleix Saló en su libro “Simiocracia”: la burbuja de creerse que si
trabajábamos gratis, que si aprendíamos tres o cuatro idiomas, que si no
protestábamos… el futuro sería mejor. Que la resignación en el fondo
era una inversión, cosa que se ha demostrado falsa. Nuestra resignación
—y aquí no pretendo ponerme revolucionario, insisto este artículo es muy
conservador, este artículo solo dice: “Quiero la vida de mis padres”-
ha hecho que esas condiciones, completamente ajenas a la concepción
original del liberalismo y propia de chantajistas y trileros, se haya
impuesto en todos lados y que sea la herencia que recibirá y contra la
que tendrá que luchar la siguiente generación. Si les queda algo.
Y es que uno de los peligros que afronta la sociedad española es la
fractura generacional. Estamos muy cerca. Lo que tarden los que se han
ido a poner copas por media Europa en volver. Nuestra generación, o la
gran mayoría, y en ella incluyo al mejor físico joven de Europa y a la
chica que colaboró en la investigación del proyecto de clonación, no
tiene ingresos suficientes para mantenerse por sí misma. Mucho menos
para formar una familia. El apoyo de nuestros padres y abuelos
desaparecerá tarde o temprano porque el chicle no puede estirarse toda
la vida y entonces, ¿qué quedará?
Los tiburones.
Considerar esta situación como cosa de “antisistemas” o apelar al
discurso de “es que no trabajan porque no quieren” o, como hace
Cospedal, confiar en que “los españoles quieren sacar el país adelante
trabajando y no protestando en la calle” olvida el hecho palmario de que
aunque de verdad quisieran, ya no pueden. Que han podido en condiciones
miserables durante años, contratos a media jornada, cotizaciones
falseadas, pero ahora ya no pueden. Buena parte de los españoles, que no
estamos colocados en una asesoría de un ayuntamiento o una diputación o
en la presidencia de las juventudes del partido de turno, no podemos, y
mal estaría que encima nos señalen en público como irresponsables.
Porque ya fuimos suficientemente irresponsables como para colocar la
cabeza entre los dientes de gente que no era ni de izquierdas ni de
derechas sino ladrones. Y ahora, claro, nos quejamos, porque la otra
alternativa es pensar en el futuro, un futuro en otro país, un futuro
sin jubilación, un futuro en el que los servicios serán para cualquiera
menos para nosotros, que, si uno lo piensa bien, no nos los ganamos
nunca por el mero hecho de no saber decir nunca que no.
Artículo publicado originalmente en el diario El Imparcial, dentro de la sección "La zona sucia"
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