miércoles, diciembre 04, 2019

Tiro, defensa y otras supuestas carencias de Luka Doncic


De Luka Doncic se habla tanto y de una manera tan entregada que a veces parece que la única manera de hacer un análisis medianamente original sobre su juego es rebuscar en los puntos débiles y cebarse con ellos. No va a ser ese el caso en este artículo. De entrada, todo lo que se diga sobre Doncic es poco, y las virtudes son tantas que es imposible dejarlas a un lado: su dominio del juego, su visión de la cancha, su facilidad para la penetración y en general la abrumadora producción ofensiva que absolutamente nadie esperaba, incluso en tiempos de récords en la NBA.

Sus números son espectaculares y aún podrían ser mejores con un par de cambios en el equipo. Solo imaginar qué sería de los pases a las esquinas de Doncic -su mejor faceta como pasador- si el triple final no estuviera en manos de Finney-Smith o de Tim Hardaway Jr. da miedo. Tampoco la conexión con Porzingis acaba de funcionar y en eso tiene mucho que ver el precario estado de forma del letón, algo muy lógico teniendo en cuenta la lesión de la que sale. Incapaz de desarrollar su juego habitual cara al aro, Porzingis tiene que buscarse las habichuelas como un Powell más, posteando y posteando para acabar soltando una pedrada de tres metros a la media vuelta. Ese no es su juego y es de suponer que cuando se encuentre más seguro y mejor de piernas veremos una versión más completa y parecida a la que vimos en los Knicks.

Por otro lado, no nos engañemos, si Doncic tuviera mejores compañeros se vería obligado a compartir más las responsabilidades. Ahora mismo, todos los ataques de Dallas pasan por sus manos excepto cuando sale J.J. Barea o en ocasiones Delon Wright, los únicos jugadores exteriores de los Mavs capaces de generar juego por sí mismos. Con todo, 31 puntos, 10 rebotes y 9 asistencias de media en 34 minutos es una barbaridad... y lograrlo mientras tu equipo no deja de ganar partidos ya es la leche.

Esto no quita, ya decía al principio, para que los "peros" lluevan sobre Doncic... y yo creo que los "peros" están muy bien y aún mejor cuando el jugador es joven y tiene margen de sobra para corregirse. Entre las principales pegas que se ponen al esloveno están sus frecuentes pérdidas de balón, su defensa y sus tiros algo precipitados. Vamos a estudiar caso por caso:

- Pérdidas de balón

Probablemente, el aspecto más diferencial de Doncic es el uso de su cuerpo. Es un base de 2,05 con una capacidad para generar espacios tremenda. Ahora bien, el hecho de que asuma la dirección de todas y cada una de las jugadas de su equipo en ataque a veces frente a dos o incluso tres defensores, multiplica el riesgo de perder la pelota, especialmente ante defensores más pequeños que hacen que tenga que preocuparse más del bote que de la situación de sus compañeros, como se vio el otro día con Pat Beverley.

El juego de Doncic es un juego arriesgado y todavía está en el proceso de saber cuándo tiene sentido arriesgar y cuándo es una locura sin sentido. Abusa quizá del pase en salto y del cruce por la zona, algo que quizá -no es broma- ha aprendido de Sergio Llull. Como en el caso del mallorquín, cuando la jugada sale bien, la ventaja es enorme... pero cuando sale mal, el contraataque suele ser de los de mate seguro.

Como muchas otras facetas de su juego, da la sensación de que las pérdidas de balón disminuyen conforme se acerca el final de los partidos. Ahí, selecciona mucho mejor sus opciones y procura no complicar tanto las jugadas. Mientras tenga la confianza de Carlisle -y se nota que a Carlisle le cuesta porque no deja de ser Carlisle- podrá permitirse algunos lujos, pero, vaya, con 20 años, tampoco vamos a pedirle que sea Jason Kidd a los 35.

- Tiros precipitados

Pese a que Doncic roza el 50% en tiros de campo -una barbaridad para un base que anota tal cantidad de puntos-, su porcentaje en tiros de tres sigue siendo bastante bajo: apenas por encima del 33%. No extraña teniendo en cuenta que muchos de sus lanzamientos son francamente mejorables y sin duda mejorarán con el tiempo. En mi opinión, ese empeño en el tiro exterior tiene varias razones y mencionaré algunas de ellas: 

En la NBA actual, un jugador exterior que no amenace con el tiro es un jugador llamado casi siempre a la irrelevancia, especialmente en los playoffs, donde la mayoría de las penetraciones acaban con el atacante en el suelo y el árbitro mirando a otro lado. Si no, que se lo pregunten a Antetokounpo. Para aprovechar su mayor virtud, que es esa penetración a cámara lenta generando espacios con el cuerpo y protegiendo el balón hasta el último momento, Doncic necesita ser una amenaza desde fuera. Necesita lanzar y lanzar y mandar el mensaje de que no va a dejar de intentarlo. Conforme vayan mejorando sus porcentajes, las defensas se pegarán más y será más fácil penetrar y sacar faltas.

Aparte, como decía, el lanzamiento exterior te da una cantidad de "puntos gratis" tremenda y Doncic va a necesitar esos puntos cuando quiera jugarse títulos. Necesita ir creando un "tiro propio", que puede ser ese step back hacia su izquierda con tiro enteramente de muñeca. Es un tiro complicadísimo pero imparable. Probablemente le compense soportar esos malos porcentajes si le sirve como práctica para ir perfeccionando el movimiento y su eficacia. Si de verdad empieza a meter esos tiros con cierta regularidad, a lo Kevin Durant, estaríamos ante un jugador imparable en ataque.

- Defensa

En un mundo de prejuicios, ser europeo y blanquito como la leche lleva inmediatamente a que todo el mundo piense que eres "blando" y mal defensor. No hay nada en el juego de Doncic que justifique esa opinión. Por supuesto, teniendo en cuenta la enorme carga ofensiva que asume y las limitaciones de todo cuerpo post-adolescente, hay multitud de jugadas en las que Doncic "descansa" en defensa. De hecho, Carlisle ha diseñado un sistema que no penaliza apenas esas desconexiones: Dallas defiende con tal cantidad de ayudas y cambios que al final parece que estén haciendo una zona de ajustes en la que Doncic juega como hombre liberado, atento a las ayudas y soltando rápido a su defendido en los uno contra uno.

En ese sistema, Doncic se siente cómodo y no es en ningún modo un problema para su equipo. De hecho, los equipos rivales apenas le atacan porque saben que superarle es muy complicado: tiene una gran envergadura, es rápido, se desplaza bien lateralmente y tiene un gran sentido de anticipación de la jugada. No sería de extrañar que con los años acabara entre los que más balones roban por partido con esos brazos enormes. Para defender, hay que tener cuerpo, inteligencia y ganas. Doncic tiene las tres cosas y solo le falta algo de experiencia, pero eso se resolverá.

¿Es Kawhi Leonard? Hombre, pues no, obviamente. Pero tampoco es Carmelo Anthony. Dallas es un equipo que defiende muy bien aunque todavía a rachas. Cuando consiguen cerrarse bien y llegar a las ayudas sin perder poder en el rebote, los parciales son de escándalo. Algo bueno estará haciendo Doncic en ese sentido. Aparte, insistamos en ello: tiene 20 años, ¿qué jugador de 20 años era un excelente defensor en su segunda temporada en la liga? Lo normal es que estés de tercer año en alguna universidad. Todo esto se verá más claro cuando lleguen los play-offs y se acaben las zonitas y las historias, pero por lo que he visto hasta ahora, Doncic no me parece ningún "chollo" atrás. Aguanta, sufre y pelea. De eso se trata.





 

domingo, diciembre 01, 2019

Popscene


Siempre tuve la sensación de que las grandes discotecas "indie" de Madrid pretendían imitar al "Popscene" de Londres... aunque también es verdad que cuando iba a Londres yo solo visitaba el "Popscene", así que tampoco tengo mucho con qué comparar. En 1996, por ejemplo, con Dani y Jone y todas aquellas chicas catalanas con las que cantaba Albert Pla en taxis ilegales. El "Popscene" era algo así como el paraíso porque yo ya había estado antes en discotecas así de grandes pero en ninguna de ellas me ponían a Radiohead ni a The Verve ni mucho menos a The Bluetones ni a The Auteurs, por mucho que los Auteurs siempre pensaran que tenían poco que ver con el "Brit Pop" ni desde luego con el "Cool Britannia".

Y es que el Cool Britannia era cosa seria y además coincidió con la Eurocopa de fútbol, la del "it´s coming home, it´s coming home... football´s coming home". Por mucho que se quiera asociar a Tony Blair con el movimiento, lo cierto es que su esplendor y el inicio de su decadencia fue cosa de John Major y el partido conservador. En el apoliticismo de aquellos hedonistas macarras había bastante de conservadurismo patriotero, como recuerda Brett Anderson en sus memorias. Mucho más en la prensa afín, empeñada en colocar banderas británicas por todos lados, aunque fueran sobreimposiciones.

Así, ya digo, el "Popscene" y esa tradición tan julio de 1996 -Inglaterra ya había perdido con Alemania en penaltis, Tim Henman había caído en cuartos de final de Wimbledon- de estrellar la copa de cristal en la cara del otro. La violencia del "Popscene" era la misma violencia que había visto en "Pachá" o "Ku" o "Archie´s" o cualquier lugar donde los skinheads y similares campaban a sus anchas a mediados de década. La diferencia era la música y por entonces la música era todo. Richard Ashcroft apartando el mundo a empujones y el mundo conenado a tener que apartarse.

Noches de tortilla española, chicas pelirrojas y un poco de "Je t´aime" junto al inevitable "Moi, non plus".

*

Todos mis problemas adolescentes con J. -y creo recordar que no fueron pocos- quedan perdonados con la cinta maravillosa que nos grabó y que de alguna manera educó nuestro gusto musical. Era una cinta sesentera, de clásicos. Solo había una canción de los Beatles y era el "reprise" del Sgt. Pepper´s, que yo no sabía que existía y que es doscientas veces mejor que el tema original. Ahí estaba el "If you wanna be a rock and roll star" de los Byrds y todo ese optimismo 1967-1968 que contrastaba con los Incesticides y los Black Hole Suns.

Una cinta muy Malasaña, si se quiere, muy último metro de la 01,30 dirección Esperanza. La única canción que no encajaba por fecha -"There she goes", de The LA´s- encajaba perfectamente por estética. Era una cinta feliz, con los Rolling Stones cantando "Let´s spend the night together" y los Kinks descargando adrenalina con el "You really got me". Aunque había grupos americanos, la cinta era muy "Swinging London" y así todo el pasado se nos vino encima de repente: sábados de The Animals y domingos de Jimi Hendrix.

De lo que fue mi adolescencia tengo recuerdos confusos, como de casi todo. Recuerdo haber sido muy feliz y recuerdo no haber tenido nunca la conciencia de estar siendo feliz. Sí recuerdo la música como un tesoro, como mi tesoro, como una especie de lenguaje propio que servía para salir de la egolatría de los diecisiete años. Mañanas buscando las "demos" del "Achtung Baby" por el Rastro y de acabar berreando "Salome" esperando a que pasara el 19. Una cierta sensación de equilibrio y belleza y dolor, todo junto, como un estupefaciente de acción inmediata. Algo de secuencialidad pero simultaneidad casi siempre, con todas sus consecuencias.

*

"My sweet lord" es Fuerteventura y así será siempre. El chiringuito camino de Corralejo, con su piscina y sus hamacas y sus camareros italianos y su música maravillosa. El whisky con Coca-cola y la Isla de Lobos. Esa burbuja en la que en cada minuto me sentía un escritor, un artista, un bohemio y de alguna manera -una manera-burbuja, un sueño que es imposible diferenciar de la vigilia- eso mismo me convertía en un bohemio, un artista, un escritor.

Por otro lado, "My sweet lord" también, junto a muchos otros mantras musicados, de camino al HiperDino para comprar espagueti sin gluten y algo de chocolate con leche. El día que Federer perdió un partido que ganaba 8-7, 40-15 y que yo seguía por una aplicación de móvil mirando las estadísticas hasta que me di cuenta de que no podía más, quizá al 9-9 o al 10-10 y me fui a pasear, a comprar, a lo que fuera. "Wah-wah" en los oídos y en la garganta y Federer estrellando pelotas contra la red y una enorme sensación de tristeza que no se compensaba ni con los gritos de la casa de al lado, donde una familia serbia celebraba.

Fuerteventura era eso y entiendo que no sea fácil encontrarle el atractivo: camareros italianos, familias serbias y George Harrison y Eric Clapton por todos lados, como si la isla la hubiera comprado Pattie Boyd. La simultaneidad, de nuevo. Las hormigas correteando por la encimera. Las palmeras golpeadas por el viento de madrugada y exactamente la misma temperatura, la misma, desde la mañana hasta la noche.

jueves, noviembre 28, 2019

La desaparición del Estudiantes



La agonía del Estudiantes viene haciéndose larga y dolorosa, no solo para el moribundo sino para toda la familia que lo mira impotente. El presidente del club -creo que es del club, puede que sea de la Fundación o de la SAD, hace tiempo que decidí desvincularme de esa catarata de cargos- está en plena ronda de entrevistas para hacer saber que el Estudiantes, ahora sí, se nos muere, que no le quedan más de seis meses de vida y que solo la improbable suscripción de cinco millones en acciones por parte de sus simpatizantes o la aparición de un mecenas que decida tirar su dinero por darse el capricho de tener un club de baloncesto puede salvarlo in extremis.

Creo que Galindo está siendo todo lo sincero que se debe ser en algunas cuestiones y no tanto en otras. Desde luego, hace bien en pedir auxilio a gritos porque la situación es desesperada, hace bien además en descartar determinadas compañías, aunque tirarse de los pelos ante la posible entrada de una casa de apuestas como accionista y mantener a Wanabet como co-patrocinador es un poco hipócrita. Hace bien, incluso, señalando el principal problema: el baloncesto español es tremendamente deficitario. Probablemente lo sea casi todo el baloncesto europeo con algunas excepciones. El baloncesto español ha vivido durante tres décadas en una enorme burbuja de cajas de ahorro, familias ostentosas y, sobre todo, ilusión competitiva con dos clubes de fútbol contra los que no tiene ningún sentido competir porque pueden permitirse perder 30 millones de euros por temporada y no pasa nada.

Decir esto no es, desde luego, la mejor manera de atraer inversores. Lo que Galindo les viene a decir es: "Meted dinero aquí porque lo necesitamos... pero no confiéis ni por un segundo en recuperarlo". Una mentalidad, por cierto, muy de casa de apuestas. Ahora bien, insisto, me gusta su honestidad. Lo que no me gusta es que eso pueda interpretarse como un "me lavo las manos", un "la culpa de todo esto no es del Estudiantes ni mucho menos mía". Ahí se equivoca Galindo: que haya un problema  sistémico no anula la responsabilidad individual. Aparte, calla un detalle que a mí siempre me ha parecido el más grave: los impagos a jugadores, ex-jugadores, técnicos, agentes, proveedores...

Dice Galindo que no tiene sentido "arrastrarse" más y lo dice refiriéndose a la situación deportiva del club. Hombre, a nadie le gusta estar luchando por no descender todos los años pero no hay nada indigno en sí al respecto. Dice también que la deuda con Hacienda es la que capa las posibilidades del equipo aunque saca pecho porque de catorce millones se ha bajado a siete en pocos años. Lo que no dice es lo verdaderamente indigno: que haya unas partidas presupuestarias para fichar a jugadores como Toney Douglas mientras no hay dinero para pagar a ex-jugadores como Gentile o Clavell que restriegan el nombre del club por el barro en sus redes sociales.

Hace ya seis años me confesaba un director deportivo que era imposible hacer un proyecto digno de ese nombre en el Estudiantes porque nadie confiaba en poder cobrar en tiempo y forma y que, al final, quien venía era un poco para promocionarse, como quien escribe en la revista digital de unos amigos.

Con todo, lo que más me choca de toda esta situación es el poco eco que esta debacle está recibiendo en el mundo del baloncesto, como si no se lo acabaran de creer. No hace falta ser aficionado del Estudiantes para entender que la desaparición del Estudiantes sería una tragedia. Este mismo verano, la selección española se ha proclamado campeona del mundo con dos jugadores en sus filas que debutaron como profesionales en el equipo madrileño: Javier Beirán y Juancho Hernangómez. En el equipo campeón de 2006, ese papel lo ocupaban Sergio Rodríguez, Felipe Reyes y Carlos Jiménez. En pocas palabras, incluso en el peor momento deportivo y económico de su historia -junto, quizá, a la gran crisis de los años 70-, el Estudiantes puede presumir de haber formado o al menos dado su primera oportunidad a cinco campeones del mundo. Aparte, otros talentos como Darío Brizuela, Edgar Vicedo o Jaime Fernández fueron clave en las llamadas "ventanas" de clasificación para China.

Aunque hace tiempo que las canteras de Joventut y Estudiantes dejaron de ser las más importantes del país -en ese sentido, la del Real Madrid arrasa en cualquier comparativa-, lo cierto es que siguen siendo necesarias para dotar a la liga y a la selección de al menos una clase media razonable. Eso en términos competitivos, porque la cantera del Estudiantes no es simplemente una cadena de montaje para crear jugadores profesionales. La cantera del Estudiantes son decenas de equipos de niñas y niños de todas las edades y condiciones físicas. Son los chavales que salen en silla de ruedas en los tiempos muertos de los partidos o los niños de ocho años que ni siquiera llegan a la canasta cuando les toca jugar en el descanso.

Que el Estudiantes ha hecho todo lo posible por acabar en esta situación está claro. Descargar culpas es absurdo. Que el baloncesto como negocio es una ruina, también es un hecho. Lo que está en juego aquí es otra cosa: es la viabilidad del deporte formativo. Si nadie está dispuesto a salvar a un equipo de Liga Endesa, por lo menos que se garanticen las categorías inferiores. Eso es todo lo que me parece razonable pedir en este momento. Si yo supiera al cien por cien que mi dinero va a ir ahí, sin duda haría el esfuerzo. Si sospecho que va a acabar alimentando la ilusión de que realmente es posible fichar a Aradoris, Gentiles y Douglas, es razonable que me lo piense.

miércoles, noviembre 27, 2019

Free as a bird



La juventud. La desbordante juventud de Alcalá de Henares. Las manos acercándose y alejándose en los autobuses, las charlas intrascendentes, el parloteo casi contagioso. Algo parecido al entusiasmo, solo que un entusiasmo natural, no impostado, de serie, inútil buscarle explicaciones, inútil incluso pedirle conciencia de sí mismo. La juventud universitaria llenando rutas y la confusión de idiomas en los asientos de atrás: un inglés más o menos torpe, un italiano más o menos forzado.

A la Chica Diploma le da "una pena horrible" que me fije en esos detalles. Yo creo que tampoco es para tanto pero sin duda lo que de verdad le da pena es la acumulación de nostalgias. Qué le vamos a hacer. El otro día, sin venir a cuento, me acordé de aquellas tarjetas que compraba en los quioscos para conseguir llamadas internacionales más baratas y aliviar a mi abuela de preocupaciones. Lo que no conseguí recordar es por qué las compraba; si las compraba para hablar con la Chica Langosta en Toulouse -es posible, una vez la llamé a la residencia de Le Mirail, pero me enredé en una conversación en un francés imposible y no conseguí que me la pasaran- o si las compraba para hablar con la Chica Berklee en Boston, una opción más probable.

Sí recordé los aeropuertos, por una de esas asociaciones extrañas. El día que acompañé a L y el día que acompañé a I. El miedo. Un miedo horrible a todo lo que estaba por venir. Los abrazos exagerados, imposibles en otro contexto. El avión a Toulouse salía de Madrid cuando aún no había ni amanecido, el avión a Boston lo hizo entre ataques de ansiedad, la espalda apoyada en una pared y la mirada perdida. Luego se fue más gente pero ya lo hicieron como adultos, es decir, solos. Siempre he pensado que en ese sentido no he tenido demasiada suerte, pero quizá tener suerte, como decía Radio Futura, sea pedir demasiado.

*

Al Niño Bonito le ha dado por escribir. Coge mi libreta, la misma libreta en la que estoy volcando las entrevistas con Manolo, y se dedica a garabatear palabras y frases cada vez con mayor sentido. Esta mañana, por ejemplo, ha decidido apuntarse lo que va a hacer hoy en el patio:

1- Footbol

2- Footbol

3- Jugar con A. e I.

4- Jugar con I.

5- Jugar con M.

Creo que es el único niño de cinco años que tiene una agenda sin trabajar en Inditex. En eso se parece a su padre, creo.

*

No sé qué pensar de "Free as a bird". Ni siquiera sé por qué me dedico a ponerme "Free as a bird" en los cascos después de veinticinco años sin escucharla. Es tan triste y fría como la recordaba. Una canción de ultratumba. Por otro lado, puede que eso pretendiera, sin más, y entonces, ¿quién soy yo para criticar nada? Luego, cuando llego al aula, me pongo el vídeo y me divierte pero a la vez me resulta excesivo: una sobrecarga de referencias a menudo demasiado obvias, es decir, demasiado McCartney.

De vez en cuando, sigo buscando en YouTube joyitas en forma de entrevistas de radio o programas de la televisión sueca, la australiana... lo que sea que nos cuente algo nuevo después de treinta, cuarenta, cincuenta años. Cada vez es más complicado. Helencilla me pasó el PDF de las "Recording Sessions" de Mark Lewisohn y lo compagino con el segundo tomo de la autobiografía de Brett Anderson. El otro día soñé que mi cuñada se metía con el "medley" final de "Abbey Road" -"la segunda vez que lo escuchas, te cansa" o algo así decía- y yo me echaba a llorar escuchando "The end", pensando en lo insoportable que era que el mundo se hubiera visto desprovisto de tanta belleza, como el adolescente aquel que grababa una bolsa de plástico azotada por el viento y sentía que su corazón iba a reventar.

jueves, noviembre 21, 2019

Loving John


Hay algo especialmente irónico en la traducción al español del libro de May Pang como "Adorable John". No solo el hecho de que tenga poco que ver con el original "Loving John" ("Amando a John") sino que el tal John (Lennon) aparece en las páginas como una persona de todo menos adorable. Al igual que en las memorias de Cynthia Lennon, el ex miembro de los Beatles se muestra como un hombre irascible, caprichoso, obsesivamente celoso y tremendamente agresivo en cuanto se toma dos copas de más. Nada que no supiéramos sobre el autor de "Woman is the niggar of the world".

En realidad, el libro no deja en buen lugar a nadie y ahí está buena parte de su atractivo: de entrada, la propia May Pang resulta muy poco creíble. Como narradora y como personaje. No hay en ella nada de iniciativa, de proyecto, de voluntad. Todo parece pasarle como si fuera inevitable, un juguete del destino. Pareciera que, al menos desde 1973 a 1977, todas las decisiones sobre su vida las estuvieran tomando otras personas sin que a ella acabara de parecerle mal: ahora vete con John, ahora vuélvete, ahora deja este apartamento, ahora ve a vivir a este otro...

Yoko queda como la gran manipuladora, un papel en el que encaja como un guante. Las diez-quince llamadas diarias, la organización desde la lejanía de cada detalle de la vida de su marido, su obsesión por las apariencias, el derroche constante y el empeño casi siempre frustrante de establecerse como artista en solitario. En favor de Pang hay que decir que todas estas críticas se hacen como de pasada, sin cebarse demasiado, mostrando sin explicar mucho, lo que probablemente le dé una mayor impresión de verosimilitud.

Aparte, por supuesto, el "name-dropping": Mick Jagger, David Bowie, Elton John, Keith Moon, Harry Nilsson... y los inevitables George, Paul, Ringo y Julian Lennon, a quien se reservan las mayores muestras de cariño sano. En una época bastante difícil de documentar, Pang relata dos momentos clave para entender la relación entre John y dos de sus ex-compañeros, aunque no sé si hay más fuentes que corroboren su versión: a George se le pinta como un tipo rabioso, continuamente enfadado, reprochando a John que no le hubiera apoyado nunca, gritándole como loco "quiero mirarte a los ojos" justo antes de uno de sus conciertos en el Madison Square Garden durante la desastrosa gira estadounidense de 1974.

Ahí, John ejerce inevitablemente de hermano mayor y contenido. Parece tomarse en serio la necesidad de ayudar a George y en cierto modo se siente cómodo en ese papel. Otra cosa es con Paul McCartney. Es cierto que sorprende la cantidad de veces que Paul y Linda aparecen en el libro compartiendo tiempo con Lennon, pero incluso en los enfoques más optimistas se palpa la tensión constante. En el relato de Pang, da la sensación de que Paul nunca entendió a John, de que seguía en su mundo de felicidad y no acababa de encontrar la manera de conectar con su antiguo compañero.

Un antiguo compañero que, por otro lado, no estuvo nunca dispuesto a ponérselo fácil. Nunca. Las reacciones de Lennon a todo lo que hace McCartney son de cierto fastidio y una infinita prudencia. Solo cuando parece dejarse llevar y acepta viajar a Nueva Orleans en enero de 1975 para grabar juntos de nuevo después de seis años, aparece Yoko en escena para llevárselo al Dakota y dejarlo ahí encerrado una buena temporada.

Si esa es la verdad o si hay que creer la versión oficial ("nos reencontramos en el camerino de Elton John después del concierto de Acción de Gracias de 1974 y fue como si no hubiera pasado un segundo") es algo que me supera por completo. No tengo ni idea. Seguro que ya está Lewisohn por ahí investigando.

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Me choca, como a tantos, el empeño de determinados líderes socialistas en explicarnos que el pacto exprés con Unidas Podemos era la única opción posible. Me choca, por un lado, porque no solo estuvieron intentando convencerme de lo contrario durante meses sino que además lo consiguieron. Yo fui de esos millones de votantes socialistas que no fuimos a Ferraz a gritar "Con Iglesias, no" pero que veíamos con cierto recelo tener a gente de Podemos dentro del gobierno del país y premiamos a Sánchez con nuestro voto para que reforzara su posición y pudiera gobernar en solitario como tanto se empeñó en repetir.

Gobernar en solitario, además, tenía la ventaja de que facilitaba la investidura. Es cierto que la posición del PP con VOX soplándole en la nuca es complicada, pero sigo sospechando que, pese a todo, en una segunda investidura, "in extremis", Casado se habría abstenido y habría dejado gobernar al PSOE como el PSOE hizo con Rajoy en 2016 cuando Podemos les ponía a ellos en apuros. La cosa cambia mucho ahora: no se trata ya de investir a Sánchez sino de investir a Sánchez Y a Iglesias. Es tanto pedir que parece descartable, así que hay que pensar que Redondo y compañía manejaban otra opción cuando se lanzaron literalmente a los brazos de UP pese a sumar diez escaños menos que en abril.

Por otro lado, no acabo de ver es cuál es esa posibilidad. Vivimos tiempos en los que más que política lo que se hace es echar las cartas y repartir cuantas veces sea necesario. La pregunta que ERC ha planteado a sus bases es una clara invitación a mantenerse en el "No" que ya votaron en la anterior investidura. Y si ERC vota "no", la única alternativa para Sánchez es que Ciudadanos al menos se abstenga... y aun así podría no valer. Ha pasado de estar en manos de Iglesias a estar en manos de Inés Arrimadas, con la diferencia de que, en el mejor de los casos, a Iglesias se lo va a comer una legislatura entera y sobre su sentido de lealtad a algo que no sea su propio proyecto tengo serias dudas.

En fin, era eso o permanecer fiel a su petición electoral y a los que entonces le apoyamos. Ya vemos cómo les ha salido a otros eso de saltarse sus principios en busca de votos e ir dando bandazos. Ellos sabrán lo que hacen: ynas terceras elecciones solo servirían para que la derecha arrasara hasta llegar a la mayoría absoluta. Y entonces, nos íbamos a reír mucho con las mesas y los cálculos.

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Lo bueno de buscar colegio es que tienes excusa para no quedarte toda la mañana en la cama: ausente, caliente, protegido. Lo malo es que es difícil decidirse. La idea de que el Niño Bonito salga de una burbuja para meterle en otra burbuja es apetecible, sobre todo porque nada te garantiza que fuera de las burbujas se aprenda demasiado en un mundo tan individualista y tan solitario como el que vivimos. Si yo me puedo aislar del mundo leyendo sobre los Beatles día y noche, ¿por qué no va a poder mi hijo perderse en su rincón de los abrazos y quedarse tan tranquilo?

Al final lo que queda es el miedo a equivocarse, que es algo que tiene mucho que ver con la política, por cierto. El miedo a las consecuencias de tal decisión o la contraria. Aquí no nos jugamos votos sino vidas. O al menos esa parte de la vida ajena que depende de uno mismo. En ese sentido, de equivocarnos, lo suyo sería equivocarnos con algo que realmente nos convenza, porque ya entregados a la ludopatía al menos juguemos con nuestras cartas y no cambiemos en el último momento porque Mayra nos haya convencido.

Eso no garantiza nada, pero al menos de ería hacernos sentir más tranquilos.