viernes, febrero 04, 2022

La noche que murió el Guru Josh


Hubo una época en la que todas mis historias eran una recreación de Hemingway. Los diálogos cortos de Hemingway, incluso los silencios. Los sobreentendidos, a menudo llevados al exceso. Durante años y años, me dediqué a buscar la manera de escribir de nuevo, a lo Pierre Menard, "The short happy life of Francis Macomber". Creo que lo conseguí. Creo, incluso, que lo publiqué, pero nadie se enteró. Desde entonces, tengo la sensación de que todas mis historias son una recreación de "American Graffiti": chicos perdidos que se cruzan de noche y que le tienen miedo a algo. Supongo que "La noche que murió el Guru Josh" tendría que ser algo así, quizá ambientada en los noventa, claro, el juego de adelantarse a la realidad -Guru Josh murió, pero en 2015, en Ibiza- o entender la muerte como una metáfora o algo por el estilo.


Chicos perdidos y chicas que esquivan a los chicos perdidos. No necesariamente chicas temerarias, cualquier otra cosa. Chicas normales, pongamos, no sé. El otro día, por razones obvias, me acordé de la novia de John Cobra sobre el escenario aquel donde el "cantante" se tocaba los huevos y le pedía encarecidamente al público que se los comiera mientras Anne Igartiburu ponía el grito en el cielo y José María Íñigo le miraba con cara de "me desayuno a cinco como tú cada mañana". La novia de John Cobra detrás de John Cobra como un corderito, intentando cogerle la mano para calmarle, poco más que una adolescente. Chica perdida, supongo. No sé si chico temerario o, aquí también, cualquier otra cosa.


Durante un tiempo tuve un imán para las chicas frágiles. Yo sé que las buscaba, pero no para protegerlas entre el centeno, no para evitar que se las comiera ningún cordero. Las buscaba para ver si juntos conseguíamos entender algo. Una manera de hacer equipo. Yo buscaba chicas frágiles porque entendía que las chicas normales nunca perderían el tiempo conmigo. Luego -no sé cuándo- me convertí en otra cosa. Puede, simplemente, que me aburriera. El otro día, me preguntaban en un podcast por qué hacía tantas cosas tan distintas. La respuesta es simple: "Me aburro con facilidad". Y, como si nada, no sé si dejé de perderme, pero sí dejé de encontrarle el encanto. Y, de un plumazo, también, las chicas frágiles, las lánguidas Annie Halls, desaparecieron. No diré que, a veces, no las echo de menos.


*


Buscando en internet, encuentro una actuación de Guru Josh en el programa "Un día es un día", de Ángel Casas. Julio de 1990. Casas le presenta como "el personaje más estrafalario del pop actual", como si quisiera decir "este no llega a los cincuenta y un años ni de coña", aunque llegó. Creo recordar que mi abuela y yo veíamos ese programa en casa por las noches. Como tantos programas en una casa con un cuarto de estar, un televisor y dos cadenas.. El otro día soñé con ella. Era un sueño bonito, en plan "buf, cómo hemos llegado hasta aquí", como si fuéramos dos centrocampistas del Rayo Vallecano jugando las semifinales de la Copa del Rey.


En el programa, aparece Guru Josh acompañado por un tipo que imita tocar una trompeta -el playback es de escándalo-, rodeado de dos teclados que aporrea para reproducir todos los instrumentos del single mientras baila un poco a lo Capitán Haddock si el Capitán Haddock bailara. Detrás de ellos, un par de chicos mazados se mueven al estilo "Vogue" y dos chicas se incorporan en el estribillo, como si nadie les hubiera avisado antes de que aquello había empezado. El Guru Josh parece feliz. En realidad, parece drogado, pero igual esto es un prejuicio absurdo -1990, discotecas, Ibiza...- y "feliz" es la palabra justa y adecuada.


Paul Walden -ese era su nombre en realidad- tiene 26 años. Acaba de cumplirlos. Aunque es británico, tiene cara de francés, quizá por la cercanía de la isla de Jersey a la Normandía. Británico errático que lo mismo te estudia odontología que compone uno de los himnos "trance pop" de las siguientes décadas. Tan grande le vino lo de "Infinity", que, obviamente, ya no tuvo un éxito más en su carrera. Tampoco lo necesitó. En julio de 1990, yo acababa de cumplir trece años. En algún momento de ese verano, teníamos planeado un viaje a Menorca, pero yo me puse malo el día de antes y no fui. Me quedé en casa viendo un concierto de Madonna, de la gira "Blond Ambition". En un mes, empezaba octavo de EGB. 


*


Voy a poner aquí que el Rey Sol sigue sin dormir bien, simplemente para recordarlo cuando lo lea años más tarde. Duerme como el Guru Josh baila: a tirones. En medio, inmensos momentos de madrugada que hay que cubrir como sea. Esta noche, me ha tocado dormir a mí con él. Yo, en la cama, y él en la cuna. Cuando se despertaba, le movía un poquito con la mano y parecía valerle. Eso, hasta las cinco de la mañana, que me ha rescatado la Chica Diploma y yo me he ido a dormir a la cama nido encima de la del Niño Bonito. De esas noches en las que duermes en una misma casa, pero en tres sitios distintos.


Yo no sé qué sería capaz de hacer si no estuviera siempre dormido. Supongo que lo mismo que ahora, no me hago grandes ilusiones. Siempre con lo mínimo, Guille Ortiz, siempre con lo mínimo. La vida, durante muchos años, fue una tensión entre lo que quería y lo que tenía. Ahora, que tengo casi todo lo que quiero, echo de menos lo básico: dormir, ver la televisión, escuchar música, terminar mi libro sobre los Portland Trail Blazers de la temporada 1979/80. Ser un niño perdido, incluso ser un Peter Pan que cuida de los niños perdidos tiene su fecha de caducidad. El otro día se lo explicaba a mi mujer: "en quince años, tendré sesenta".


Eso no quiere decir que no haya días terribles. Hay días terribles. Días en los que no puedes moverte y lo único que quieres -hayas dormido o no- es desaparecer porque simplemente no das para más -well, it´s a bittersweet symphony, that´s life. Try to make ends meet, you´re a slave to the money, then you die-, pero, ¿acaso no le pasa esto a todo el mundo?