sábado, febrero 01, 2020

La isla de las tentaciones


Era el principio del siglo y veíamos la televisión aún con algo de inocencia. "Ed TV" y "El show de Truman" no quedaban ni cinco años atrás, "Gran Hermano" había sido una sorpresa por la ternura de sus participantes, de "Operación Triunfo" mejor ni hablamos: lágrimas y lágrimas y emociones patrias. En ese contexto apareció "Confianza ciega". En un contexto en el que los concursantes eran reales o lo parecían y los guionistas tenían menos trabajo o desde luego menos exigencias.

Precisamente esa inocencia es lo que hacia del programa algo cruel, descarnado. Tres parejas se separaban durante dos semanas para vivir la experiencia rodeados de modelos. Tres parejas que de verdad se querían. Tres parejas que no pensaban más allá del concurso, un mundo sin "Sálvame Deluxe" ni polígrafos. Y, sin embargo, el objetivo era que sufrieran. El objetivo -"jo, Nube, tía, los hemos perdido"- era que ese amor supuestamente sincero se acabara a cambio de un poco de audiencia y mofa popular.

L. y yo nos llamábamos en cada descanso y comentábamos el nuevo escándalo. Eran escándalos sutiles porque la televisión de entonces, ya digo, no admitía ni el "edredoning". Fantaseábamos con nuestro propio programa, "Confianza Cero", en el que poder ponernos las botas. A nuestra manera, éramos felices.

Tal vez lo que eche de menos de aquel programa sea a mí mismo y a mis veinticinco años. Tal vez lo que eche de más de esta especie de continuación llamada "La isla de las tentaciones" es lo burdo que es todo. Tronistas de Mediaset buscando "repre" a tanto la hora. De paja para arriba. Lo que veo que no cambia es que las malas son las mujeres. Nube enamorándose de Pedro. Fani en la picota pública. Bien, puede ser verdad, pero no coincide con mi experiencia del mundo. Aunque mi experiencia del mundo, ya se ha visto, quizá sea demasiado naïf.

*

Las mañanas del Rey Sol son lo mejor del día. Tiene sueño después de buena parte de la noche comiendo y se le puede dejar a la luz de la ventana, tumbado en la cama, posición de ranita ("cucaracho" le llama su hermano), investigando el mundo, incluso sonriendo a veces. Nos lo pone fácil y eso que no está el horno para bollos. Dos hijos es mucho esfuerzo, es un trabajo a tiempo completo y no puede uno en medio de su baja laboral sino acordarse de los siglos y siglos en los que esto no se consideró siquiera un trabajo. Incluso a John Lennon le tomó cinco años cuidar a Sean y eso que estaba en el Dakota rodeado de cuidadoras y astrólogos.

En fin, el Rey Sol. Difícil pronunciarme al respecto porque el listón está tan alto... tan, tan alto. Me gusta su punto ausente, la constancia de que todo este debate interior a él no le afecta en absoluto, más que nada porque no se lo merece. Las dudas de los padres no son las de los hijos. De vez en cuando le dan accesos de llanto y no hay dónde esconderse, la casa se hace diminuta y la Chica Diploma y yo nos miramos desesperados, diciéndonos con los ojos: "No puedo hacer más, me encantaría pero no puedo".

Y no podemos, esa es la verdad. Sobre todo ella, desde luego. Yo me conformo con que pase el tiempo y a veces le digo "te quiero" porque es imposible no querer a un bebé bizco, débil, que apoya la oreja a tu pecho para oír el corazón latir, que gruñe cuando respira por los mocos -"Porquete", le llamamos nosotros- y que te necesita tanto que no sabes dónde meterte. Un bebé de seis semanas que en su momento fue un bebé de un día, dos días, tres días, completamente perdido y ajeno. Se va haciendo al mundo. Poco a poco. Y nosotros, supongo, a él.

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A la espera de saber qué es el "coronavirus" -sí, un virus que se contagia y mata gente, como todos los virus-, el tratamiento mediático vuelve a rozar lo bochornoso. Ayer, en La Sexta -"periodismo en estado puro"- hicieron un carrusel deportivo entre opinadores, supuestos expertos y conexiones con el aeropuerto donde iban a llegar los repatriados de Wuhan. Horas y horas en bucle sin avanzar nada, sin poner un punto de sensatez, de calma, de datos.

Por lo demás, las redes se llenan de conspiraciones y vídeos de gente desplomada por la calle como si fuera una película de zombis. Se cuentan los casos y los países y se advierte: todo esto hay que multiplicarlo por diez, por cien, por mil. Yo no digo que la cosa sea para alertarse porque desde luego en China con calma no se lo han tomado pero no se puede tratar una epidemia como si fuera el fichaje de Mbappé.

A veces, pienso que nos aburrimos demasiado y que necesitamos vivir en esta especie de alerta constante. En las trincheras. Así hasta que llegue la realidad y nos pille dormidos.