miércoles, febrero 19, 2020

The New Pope


El Niño Bonito pide agua. Son las doce y media de la noche, casi la una, y acabo de cenar corriendo un bocadillo de chorizo. Desde las nueve, he tenido un niño de dos meses colgando de un fular pegado al pecho. Los dos tumbados en la cama, el chupete siempre en la boca por si acaso, algún despertar fugaz apagado por el correspondiente meneo. La respiración agitada, que es la manera que tienen los bebés de demostrar que su sueño es profundo, los ojos moviéndose detrás de los párpados. ¿Sueña el Rey Sol con ovejas eléctricas? ¿Sueña con la calle oscura y los neones de las tiendas interrumpiendo la monotonía negra? ¿Con el fraseo incomprensible de las señoras de abrigo de piel que se acercan a decirle monerías?

Su padre, mientras, mira el móvil. A veces, comprueba que el Atlético de Madrid sigue ganando -le va mucho en ello, le va la alegría de su otro hijo- y a veces se pone un capítulo de "The new Pope", la serie que le tiene fascinado. Es la suya una fascinación estética que no tiene por qué compartirse. Una fascinación de frases precisas, planos perfectos, chicas bailando al compás de música electrónica, un abuso quizá de la cámara lenta. Una fascinación por las referencias y el subtexto. Alguien en Twitter lo comparaba con Lynch y puedo estar de acuerdo en parte, pero yo a Lynch nunca lo he entendido, nunca he sentido que se dirigiera a a mí. Sorrentino, sí.

Sorrentino, a punto de cumplir los 50, que decide no hacer una continuación al uso de la anterior temporada sino que crea casi una serie nueva con nuevos protagonistas y la llena de personajes improbables y de subtramas que darían de por sí para nuevas películas -así, Ester; así, Voiello; así, Adam; así, el médico de Venecia y su vida de palacio-. El complejo universo Sorrentino. De Andreotti y la Democracia Cristiana a la curia vaticana pasando por Jep Gambardella y Silvio Berlusconi. ¿Cómo se hace eso, Paolo, me explicas? ¿Cómo se convierte cada sueño en una imagen y esa imagen a la vez en la reproducción de una obra de arte del Renacimiento? ¿Cómo se reconstruye Italia en cada secuencia?

El padre pregunta y nadie responde, claro, solo faltaba. Se levanta y deja al bebé en el carrito. La Chica Diploma duerme a su lado. Espera el bocadillo, el agua del Niño Bonito y una noche corta. Como todas.

*

Entre las anécdotas que Paul McCartney repite en cada entrevista está la charla con Elvis Presley, el día que fueron a visitarle a su mansión en Los Ángeles. Sobre el encuentro en sí, la verdad es que he leído muchas versiones: que Paul cogió el bajo y se pusieron a tocar, que Elvis estaba viendo la tele y no les hizo apenas caso, que estuvieron tanteándose un rato y al final, ya aburrido, Elvis sacó una especie de casino portátil y se pusieron todos a jugar para especial deleite de Brian Epstein, ludópata de primera...

Otra cosa que le gusta contar a McCartney es que en la versión que hacía Elvis de "Yesterday" cambiaba la frase "I said something wrong" por "I must have said something wrong", lo que a Paul le hace mucha gracia porque le parece un pelín arrogante. Es curioso porque en Spotify se puede encontrar la grabación del concierto de 1969 en Las Vegas y no cambia la letra en absoluto. En otras versiones de años posteriores, sí hay alguna modificación algo fanfarrona pero no respecto a esos versos: en vez de "I´m not half the man I used to be", Elvis canta "I´m not half the stud I used to be" entre risas cómplices. Probablemente estuviera drogado. Para encontrar la modificación de McCartney hay que irse a la grabación de un ensayo y la verdad es que suena casi más bonito así.

Creo que en el fondo lo que le hace gracia a Paul es que Elvis estuviera cantando SUS canciones. No las de John, no las de George, sino las suyas. El medley "Yesterday / Hey Jude" que también puede encontrarse por Internet, por ejemplo. Gracia y un cierto orgullo, por supuesto. Si en algo coincidían los cuatro Beatles era en su admiración por "El Rey". Ringo, por ejemplo, cuando les introdujeron en el "Rock and Roll Hall of Fame", soltó un irónico "vaya, siempre nos habían dicho que éramos un grupo de pop". No lo eran. No lo fueron hasta Epstein y no lo fueron después.

Excepto, quizá, Paul McCartney.

*

Después del vaso de agua queda el móvil. Es un error pero es mi error y tampoco voy a andar pidiendo disculpas por todo. Ya casi la una y Genko (Miguel) y yo seguimos hablando del viaje Fin de Curso a Atenas. Sé quién es pero también sé que apenas tuvimos trato. Ninguno de los dos acierta a entender por qué. Yo soy consciente de que fui un adolescente gilipollas, pero no recuerdo que los demás fueran otra cosa, salvo quizá Dani Pacios. Teníamos muchos amigos en común pero no consigo recordar ni una conversación. Tal vez sobre fútbol. Tal vez sobre el Estudiantes. ¿Jugaba Genko con nosotros al baloncesto? En ese caso, quizá fuera tan malo como yo y por eso no me acuerdo, aunque los compañeros de estigma tienden a reconocerse...

Más raro es lo de Atenas porque Atenas, por raro que parezca, acabó siendo más pequeña que el Ramiro de Maeztu, reducida a un par de plantas de hotel y cuatro o cinco habitaciones donde nos reuníamos y nos separábamos y nos escondíamos y nos besábamos furtivamente. Yo creo que recuerdo al grupo de Miguel, creo que es el grupo que se sentaba al fondo del autobús y conseguía que todos nos partiéramos de risa. Lo tengo como un grupo carismático o como mínimo admirable. Un grupo con el que pasé mucho tiempo porque mucho tiempo pasé con Dani y con Javi y con Silvia y con Miriam y creo que ahí las fronteras empiezan a borrarse.

Atenas, en cualquier caso. Genko recuerda el museo arqueológico. Yo recuerdo que fui con Bruno porque me gustaba una chica (¿Patricia?, ¿quizá Cristina?) y que acabó sangrándole la nariz y nos tuvimos que quedar fuera. También recuerdo que Silvia y yo intentamos volver más tarde pero nos perdimos y acabamos tomando pollo en el Barrio de Plaka. Nos perdíamos mucho y no estoy seguro de que lo hiciéramos a propósito. Una vez acabamos en una pista de baloncesto jugando con unos griegos con pinta de matones. Por supuesto, no nos atrevimos a ganar. La última noche acabó con un despliegue de fuegos artificiales y a mí me pareció una despedida fantástica. Luego me explicaron que celebraban la independencia.

Hice unas fotos maravillosas que revelamos en la Calle Stadiou. Al año, las había perdido. En una de ellas, mi riccordo, sí, io mi riccordo, hacíamos una foto de grupo en una isla del Egeo. Algunos de pie y otros sentados. Como parecíamos un equipo de fútbol, yo crucé las manos sobre el pecho como hacían los porteros en los ochenta. Nadie entendió el chiste. Nadie entendía nada, de hecho, y casi nadie lo intentaba.