Laurent Fignon empezó siendo un cromo y pasó a ser una foto para chapas, de esas de ciclistas que se vendían en los quioscos en tiras de diez o de veinte: Perico Delgado, Anselmo Fuerte, José Luis Laguía, Urs Zimmerman, Stephen Roche... Empezó a gustarme de verdad el ciclismo cuando él había dejado de ganar. Seguía siendo una eminencia por su pasado de joven bala perdida ganador de dos Tours a los 24 años, pero cuando yo encendía la tele lo más que le veía era ganar alguna etapa de la Vuelta, eso era todo.
En 1989 tuvo el famoso regreso de la nada, después de una lesión que casi le retira. Ganó el Giro de Italia con una autoridad aplastante, gesto crispado, gafas, melena rubia y cinta de System U al cuello. Luego vino el Tour en el que Delgado se tomó unas vacaciones en Luxemburgo y Lemond tuvo su propio segundo advenimiento. Aquel Tour y el de 1988 fueron de los mejores de la historia: Fignon, Lemond, Delgado, Theunisse y Lejarreta juntos a todos lados, inseparables. Unos segundos en Villard de Lans, otros pocos contrarreloj.
El caso es que Fignon llegó a la última contrarreloj con 50 segundos de ventaja. Era una vuelta por París, su ciudad, de 24 kilómetros. A todo el mundo le parecía un disparate que el estadounidense remontara pero a mí me caía bien. A todos nos caía bien porque Fignon era altivo y escupía a las cámaras. Lemond, no. Lemond sonreía y tenía los ojos claros y cara de niño. Le sacó 58. Fignon lloró y culpó a un furúnculo de su desgracia. El infierno eran los otros. Meses después, Lemond le ganó el Mundial, también, una auténtica calamidad.
Por supuesto, no se repuso. Hay que tener mucha constancia para reponerse de eso y Fignon era más de rabia y de orgullo que de ley y orden. Al año siguiente se retiró y en 1991 empezó la era Induráin, en la que Fignon participó como gregario de Bugno en el Gatorade. Un gregario muy bien pagado pero poco efectivo. Cuando se retiró ejerció el clásico periplo de los ex-ciclistas carismáticos: colaboró con los medios, ayudó en la organización de alguna ronda, se dejó caer por las salidas y llegadas del Tour y escribió un libro sobre los salvajes 80 reconociendo el abuso de drogas para todos los fines.
Por entonces ya sabía que tenía cáncer de páncreas. Es terrible cuando alguien anuncia que tiene cáncer de páncreas porque sabes que por muy famoso que sea, por mucho dinero que tenga, lo más probable es que no se cure. Fignon estaba "muy malito" en el eufemismo de algunos colegas periodistas en el pasado Tour 2010. Estaba muy malito pero estaba, comentando para alguna cadena francesa -en mis tiempos, Antenne 2 se encargaba de la retransmisión pero no sé ni si Antenne 2 sigue existiendo-. Nadie era muy optimista pero quieres creer: es joven, rabioso y seguro que cuenta con los mejores médicos del mundo.
Todos soñamos con desafiar a la muerte. O que alguien se atreva de una vez, al menos.
Fignon lo intentó hasta hoy, 31 de agosto. En cierto modo, es una derrota compartida
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