lunes, agosto 19, 2019

Lago di Garda V. Torri del Benaco


Hay un punto de melancolía y tristeza en Torri del Benaco. La constancia de que esto se acaba. El Lago sigue ahí, resplandesciente, como siguen ahí las montañas gigantes que lo rodean. El pueblo, además, tiene todo para poder disfrutarlo: apenas una calle llena de tiendas y poco transitada, una sucesión de restaurantes con terraza con vistas, un castillo por supuesto, y un aire pacífico a mañana de domingo. Sin embargo, nosotros ya no estamos ahí o estamos a medias. Nosotros paseamos lánguidos y abrazados con miedo a salirnos del pueblo en cualquier momento, nosotros buscamos un lugar donde comer aunque en principio no tengamos hambre, casi por cumplir.

Descartamos el lujo y acabamos en una clásica trattoria de las afueras donde la mamma se encarga de la cocina y nadie habla inglés. Está bien, no importa, mi italiano basta para pequeñas empresas. Hace algo de calor pero la pasta está a su punto, el pan recién hecho, las mesas tienen esos manteles a cuadros que diferencia lo pequeño de lo grande. Es un bonito sitio para acabar el viaje. De camino al aeropuerto paramos en una gasolinera y comprobamos que ya no hay hormigas, que se han ido todas, probablemente escondidas para el siguiente conductor. Tengo las piernas llenas de habones. Son las últimas canciones de RDS, incluida una que repite "Loco contigo" sin demasiado sentido. Jovanotti ha invitado a una pareja a casarse en su espectáculo "Jova Beach Party" y lógicamente han aceptado.

El vuelo es relativamente plácido. Incluso el pánico al despegue dura lo justo y acabo leyendo El País tranquilamente en pleno ascenso, aún con las manos sudorosas y frías. ¿De dónde vienen estos miedos? Cuando era niño, el despegue era lo más excitante del viaje. Luego llegaron las películas y los miedos, supongo. Después del periódico, mientras La Chica Diploma se ve un capítulo de una serie, yo acabo "Monsieur Pain" de Bolaño. Creo que es el último libro que me quedaba, así que ahora quedan las relecturas. La pregunta es la de siempre: ¿qué sentido tiene escribir después de Bolaño?, ¿cómo siquiera acercarse, yo, que no soy capaz de engarzar treinta páginas de sentido? Da igual, lo importante es que el avión aterrice y de hecho aterriza sin problemas. El resto depende más del valor que del talento.

*

Sueño con Kirk Douglas, a sus casi 103 años. Sueño que estamos cenando con Kirk Douglas y le pregunto por el rodaje con Billy Wilder de "El Gran Carnaval" y ahí me doy cuenta de lo realmente mayor que está mientras cuenta anécdotas de un rodaje de los años cuarenta del que fue protagonista. Luego me despierto, estoy en casa. En seis semanas me he despertado en siete camas distintas. Pronto serán siete.

*

Siguiendo con Wilder: su biografía insiste en el fracaso que fue "Uno, dos, tres". Cómo una comedia ágil, fresca, disparatada se convirtió en una torpeza en cuanto los soviéticos decidieron construir un muro para separar la ciudad en pleno rodaje. Es cierto que se hace una pequeña referencia al principio de la película, pero en opinión del propio Wilder estaba condenada. "Un hombre que se cae y se levanta tiene gracia. Un hombre que se cae y no se levanta no tiene gracia ninguna". Así era Berlín en 1961.

Con todo, "Uno, dos, tres" fue mi primera película de Wilder, siendo un niño, en alguno de esos ciclos que ahora se reservan erráticamente a la madrugada, generalmente sin publicidad previa ni manera de acertar la hora. El día antes de salir a Milán volví a verla y seguía siendo maravillosa, de un ingenio y una velocidad deslumbrantes. Cada escena, cada diálogo, es una obra maestra, es Wilder en su estado más puro. Viéndola en versión original por primera vez, es imposible no admirar el trabajo que se hizo para adaptar toda esa avalancha en el doblaje.

También tuve una hora para repasar "La dolce vita". No sé por qué me dio por ahí, supongo que quería comprobar si efectivamente ahí estaba ya Sorrentino y vaya si lo estaba. Un poco más moderado, quizá, más latente por cuestiones de censura. Aguanté hasta que Annita Ekberg se metía en la Fontana di Trevi y me hizo gracia que la fuente apareciera de la nada, como en la realidad, mientras el pobre Marcello andaba por ahí buscando leche en plena madrugada.

sábado, agosto 17, 2019

Lago di Garda IV. Una nuova era


La nueva canción de Jovanotti repite "Lo sentí? Lo sento... è l'inizio di una nuova era". Consiste en una base electrónica con un recitado por encima. Tiene pinta de estar hasta los huevos.

*

En el campanario del castillo de Malcesine un niño de la edad de Álvaro protesta por tener que bajar las escaleras de espaldas. "Come si scende indietro?" insiste, apesadumbrado. Es el único niño que habla. No calla, de hecho. Hay otros, multitud de bebés en sus mochilas de porteo, pero guardan un escrupuloso silencio germánico, como si no quisieran defraudar al estereotipo tan pronto.

Comemos en una callejuela tranquila, de las pocas que quedan en el pueblo. Goethe estuvo aquí de visita en torno a 1790 pero debió de ser una excentricidad. O quizá no. Quizá entonces Malcesine, Garda, Verona, Venecia... fueran tan alemanas (tan austríacas) como lo son ahora.

Un camarero tropieza con la Chica Diploma y lo primero que se le ocurre decir es "enschuldigung". Yo le respondo "bitte" y seguimos comiendo.

*

Como es la última tarde decidimos pasarla en el B&B mirando al lago desde la terraza. La alternativa era Verona, pero Verona correspondía a otro viaje. A la habitación de al lado han llegado unos franceses. También son los primeros. Puede que la chica de los desayunos sea holandesa, como Monika. No se maneja bien ni en inglés ni en italiano. Parece muy perdida, sobrepasada. Quiere volver pero tampoco sabe bien adónde.

viernes, agosto 16, 2019

Lago di Garda III. Sirmione


Me hacen gracia los que saludan al ferry desde sus barquitos a motor. No sé, me parece entrañable, una muestra casi infantil de felicidad absoluta. Ellos mueven las manos y nosotros -los más felices de nosotros- les devolvemos el gesto como diciendo "está bien, seguid así, seguid saludando barcos que se alejan".

Estamos de travesía entre Sirmione y Malcesine. Sirmione es algo diferente. Lo demás son escalas y Sirmione es destino; con su castillo, su iglesia del año 1000, sus ruinas romanas. Helados por todas partes. Unos helados gigantes  que hacen rabiar a la Chica Diploma, que se los tiene prohibidos.

Una playa, también. Playa insospechada pero indiscutible. Una playa sin arena, como me gustan a mí pero con su chiringuito, su juventud, su arrogancia.  Me gustaría poder contar algo más pero no es el día. Esto no es un trabajo. Quede una foto y una conciencia de Sirmione. Un "yo estuve ahí, yo me quemé la cara cruzando el Parque María Callas. Yo paré con el ferry en Garda, miré el pueblo con altivez y preferí que el viento siguiera azótandome el rostro".

jueves, agosto 15, 2019

Lago di Garda II. Limone


Desde el Hotel Paradiso, el agua del lago pasa a ser definitivamente verde. Enfrente quedan las nubes y por encima de las nubes unas montañas que nos gusta llamar Dolomitas. Es tierra de ciclistas, con motor y a pulso. La Universidad de Ferrara y el doctor Conconi quedan a un paso.

Las hormigas han reaparecido, igual de confusas que ayer. No sabemos qué buscan. Está claro que ellas tampoco. En una de las curvas asoma una cascada.

Monika resultó ser holandesa. Era la tercera opción posible e incluso lógica porque tiene un punto de alemana torpe o más bien de alemana sin interés alguno en ser alemana. Holandesa, entonces. El taxista de anoche, Luca, nos dijo que aquí no había muchos españoles y me pareció un eufemismo. Compartimos viaje con un grupo de jubilados de Leicester. Tengo la sensación de que nos engañó a todos.

*

En Limone están de fiesta (o quizá vivan de fiesta) y todas las calles están decoradas con cartones redondos, amarillos, que anuncian una "Yellow night". Al lado del embarcadero de los ferrys hay un escenario. Es el pueblo turístico por excelencia y, para llegar, los coches se aprietan en carreteras imposibles, estrechas.

Ya no es tierra de bicis sino de motos. Motos y túneles y adelantamientos salvajes. Limone es la representación del pueblito como tanto le gusta a la Chica Diploma. Gente caminando móvil en mano porque cada rincón es una estampa, dos iglesias y un fuerte olor a cítrico.

De ahí cogemos el coche a Cascate de Varone, a ver las cuevas enfundados en unas toallas de playa: hace frío y el agua salpica en tromba. La naturaleza pretende rebelarse ante tanto simulacro pero no lo consigue, queda de nuevo como carne de vídeo, story de Instagram.

*

En Riva del Garda nos dan de comer un poco a regañadientes. Nuestros horarios no son los suyos y nos lo hacen saber. Dos pechugas de pollo y gracias. Un descapotable blanco aparca en un rincón de una de esas plazas tan italianas, tan abiertas, con casas bajas y calles llegando de todos lados. Desde alguna tienda, algún bar (no conseguimos averiguar cuál) suena una especie de hilo musical que parece sacado de la propia RDS.

El concurso de hoy se llamaba "Indovina chi canta". Alguien destrozaba "Wonderwall" con saña.

Riva en general está llena de placitas agradables, con su sobria tranquilidad toscana en pleno Trentino. Una torre del siglo XIII da la hora, una chica canta Tom Petty en voz alta. No hay rastro de españoles aquí, solo una familia de latinoamericanos en el Spar: la madre hablaba en español, las hijas contratacaban en un inglés perfecto.

miércoles, agosto 14, 2019

Lago di Garda I. Malcesine


Son las doce y estamos en Milán. Es difícil de explicar o al menos a mí me resulta difícil de explicar porque a las seis estaba durmiendo en Madrid. Hay una señal que indica el camino a Como seis años después y un montón de hormigas resistentes, inmortales, que inspeccionan nuestro coche alquilado como si esperaran encontrar un fuet tras los asientos.

Búsqueda inútil. A las dos, paramos en Peschiera y las hormigas se rinden y huyen o simplemente mueren arrasadas por el calor. El caso es que no se vuelve a saber de ellas.

En la radio -también seis años después- suena RDS, 100% Grandi Sucesi. Al principio nos sorprenden con algo que puede ser reguetón italiano o puede ser trap, no estamos seguros. Nos miramos desconcertados, avejentados, como si seis años hubieran sido una vida (la vida del Niño Bonito) pero pronto la propia cadena se apiada de nosotros y nos echa un poco de Jovanotti, un poco de Pink, un poco de la "gioia di vivere" que caracteriza a la emisora. Cinco de cada diez italianos dejan a su pareja en vacaciones.

En 2013 fue "Estate" y fue Robin Thicke. En 2019, nos cabe esperar cualquier cosa.

*

En Peschiera hay un ambiente variado y una exposición sobre el Festival de Woodstock. A lo lejos, los Alpes. Delante de nosotros, unas patatine al forno. La Chica Diploma quiere comprarme una camisa blanca para que deje de parecer un turista español y empiece a parecer un turista italiano.

Italianos y alemanes. Eso es Garda. Eso es Peschiera, que no es más que el balcón al lago. En la Oficina de Turismo (puede que fuera otra cosa) una chica se enamoró de mi acento británico. Luego me mandó a ver unas ruinas romanas que aún estoy buscando.

Todo en Peschiera está un poco por azar, como si no quisieran molestar a nadie. Esto no es Venezia. Esto no es Verona. Esto es Peschiera y los palazzi ocultan sus nombres. Un cisne blanco alarga el cuello como si alguien hubiera dicho su nombre. De cada tres locales, en dos venden helado. El otro es una tienda de ropa.

*

Monika lo intenta pero no le sale. Al teléfono y en persona. Se impacienta con los españoles que llegan tarde, que no saben encender el aire acondicionado, que se dejan las maletas apoyadas en las escaleras. Monika, obviamente, no es italiana así que tendrá que ser alemana. Podría ser serbia, como Sonja, pero entonces no se habría escondido tanto, no llevaría su albergo con tal precisión prusiana.

De ser serbia, Monika no miraría a la Chica Diploma con condescendencia cuando pregunta por los mosquitos sino que le conseguiría ella misma un spray con una sonrisa. No se reiría a carcajadas cuando le preguntamos si la piscina es climatizada.

No, Monika tiene que ser alemana y como alemana ha concebido un negocio casi kantiano donde lo bello y lo sublime se rozan. Los parapentes se pierden tras las montañas. La piscina forma algo así como un lago diminuto. Garda desde la habitación, como en su momento Lugano. En medio, ya sabemos, seis años y un montón de curvas. Curvas suicidas, croatas. Hay sangre en una pared y el sol amenaza con ocultarse. Agosto. Algo parecido al viento pero más tímido, de paso, pónganle el nombre que quieran.