sábado, noviembre 19, 2011

Barcelona 4-Zaragoza 0


El Barcelona tenía una misión muy simple ante el Zaragoza: que el partido no se  complicara y que ningún jugador se viera más exigido de lo normal después de dos semanas de viajes interoceánicos, siempre con el partido en San Siro en el horizonte, donde el equipo de Guardiola se jugará el primer puesto en su grupo de la Liga de Campeones.

En ese sentido, el trabajo de los azulgrana fue impecable: de nuevo con el 3-4-3 en el campo y con la presión para recuperar balón al nivel de los últimos tres años –algo que se echó mucho de menos en los primeros partidos de la temporada-, el Barça apabulló al Zaragoza desde el primer momento. La única duda podía ser la posición de Keita en el pivote, pero el juego ni siquiera pasó por sus pies sino por los de Xavi y Cesc casi en tres cuartos del campo maño.

Aquello era un suicidio. Una cosa es echarte atrás y otra cosa es dejar al contrario jugar a placer a 30 metros de tu portero. Con Helder Postiga como única referencia, lejanísima, en ataque, el Zaragoza ni siquiera amenazó con la contra y en ese escenario, ganarle o empatarle al Barcelona solo puede depender de la suerte o de que tu portero lo pare todo, como sucedió ante el Sevilla.

De hecho, Roberto empezó en modo Varas, deteniendo, o más bien rechazando, varias jugadas de Cesc y Messi. El partido de los dos fue sobresaliente, no así el de Alexis, al que todavía le queda mucho para ponerse en forma. Solo el triángulo Cesc, Xavi y Messi ya se bastó para poner en apuros en cada jugada al Zaragoza pero, por si eso fuera poco, la defensa del balón parado por parte de los de Aguirre rozó el ridículo durante todo el partido y eso ya sí que son demasiadas facilidades.

En una falta lateral sin peligro aparente llegó el primer gol de la tarde, obra de Piqué, a placer, rematando un centro con rosca de Xavi casi en el área pequeña sin que nadie le estorbara.

No cambió demasiado el escenario tras el gol: el Barcelona siguió donde estaba, cómodamente, y el Zaragoza no se atrevió a salir un poco no fuera a caerle una goleada mayor al descanso. Messi lo intentó una y otra vez con ese punto algo ansioso que le vemos últimamente y que hace que pierda a los compañeros de vista en algunas ocasiones. Por supuesto, es el mejor del mundo y se lo puede permitir, pero es aún mejor cuando además de marcar, asiste. Eso lleva haciendo tres años y es de suponer que esta racha un tanto individualista se pasará pronto.

Tanta precaución visitante y tantos errores locales en la definición no evitaron que el propio Messi marcara el segundo al final de la primera parte tras un pase medido de Cesc, que se encontró como en los mejor partidos del Arsenal, dominando todo el ataque de su equipo y como referencia en la llegada y la triangulación. Solo una cierta torpeza en el remate evitó que se fuera con un gol o incluso dos.

Hablar de la segunda parte es insistir en el guion. La intensidad aumentó de manera a veces mal entendida. Demasiados choques y demasiadas entradas peligrosas para un partido tan decidido. Sin nada que perder, el Zaragoza se estiró un poco gracias a Lafita, enorme jugador, y Juan Carlos, que aprovechó la ausencia de Alves en el lateral, fijado como estaba el brasileño en el ataque, de interior más que de extremo.

Nada demasiado relevante, en cualquier caso: ni un solo disparo entre los tres palos. Eso habla mal del Zaragoza pero también habla bien del Barcelona, no solo vamos a hablar de la defensa cuando la pifia. Ya saben los que me leen desde el año pasado que para mí la clave del Barça de Guardiola, más allá de la calidad de sus jugadores es su diseño táctico en defensa. Cuando funciona, es un espectáculo: no permite al equipo contrario dar más de tres pases seguidos. Con las ayudas justas y la colocación necesaria, los culés acaban robando y jugando de nuevo a los pocos segundos.

Por hablar de algo, comentaremos los goles. Puyol se estrenó en liga con el pie izquierdo en una jugada confusa donde aún no sabemos bien si fue él el que remató o lo hizo el defensa maño en propia puerta, y Villa empujó un centro de Cuenca a la red para romper su sequía goleadora. El asturiano volvió a no estar brillante pero mejoró a Alexis en la banda izquierda. Con pausa y confianza, volverá a una versión, si no óptima, al menos competitiva.

Por cierto, Cuenca volvió a demostrar que tiene sitio en la primera plantilla sin problema alguno. Le falta un punto todavía más de descaro, como si pudiera hacer más de lo que hace pero le diera corte. El chaval es todo un descubrimiento, la verdad. Mejora a Afellay en todo lo que hace y da una profundidad a la plantilla
con la que a principio de temporada Guardiola no contaba en esa posición.

En fin, entre detalle del canterano y desmán de Undiano Mallenco, probablemente el árbitro más sobrevalorado del fútbol español, fue pasando el tiempo sin incidencias. Messi se dolió del tobillo pero acabó de nuevo el partido sin descanso alguno. Objetivo cumplido: fácil victoria, buen juego y poca exigencia de cara a San Siro, donde las cosas, seguro, no serán tan plácidas.

jueves, noviembre 17, 2011

Esperanza Aguirre y la educación mourinhista



Conforme avanzaba la rueda de prensa y Esperanza Aguirre seguía nombrando responsables de las manifestaciones contra los recortes en la educación pública –interinos, 15-M, Rubalcaba, sindicatos, Tomás Gómez…- era inevitable pensar que la cosa no quedaría ahí y seguiría con Ovrebo, Platini, Villar, UNICEF, Khedira…  hasta llegar a un punto de identificación total con José Mourinho.

Ya se sabe que, en las malas, los gobernantes de este país nunca tienen la culpa sino que se limitan a pasar por ahí haciendo frente a viles conspiraciones.

Otra cosa es el nivel de lo que queda enfrente. Almudena Grandes, por ejemplo, que en un artículo con el muy pedagógico título de “Mentira cochina” –un titular muy LOGSE, si lo piensan- defendía la escuela pública porque sus profesores habían pasado unas Oposiciones mientras los de la privada normalmente venían rebotados, incapaces de pasar la criba.

No hace falta desprestigiar a nadie para defender la educación pública, menos aún recurrir a argumentaciones que dejan abiertas unas puertas enormes a la crítica. Desde luego, aprobar unas Oposiciones para convertirse en profesor de secundaria no es algo fácil, pero, desgraciadamente, no es algo que tenga siempre que ver con los méritos del candidato sino con su facilidad para entrar de interino en el momento adecuado, sumar puntos y puntos de experiencia, pagar unos cuantos cursos y limitarse a sacar un 5 en el examen final.

Hace tiempo que la educación pública, o sus estamentos, se desentendieron de cualquier criterio de calidad a la hora de seleccionar a sus docentes. ¿Quiere eso decir que los que trabajan en institutos, centros de formación o escuelas oficiales de idiomas son todos unos inútiles? Desde luego que no, pero llevan años viendo cómo entraban verdaderos zotes solo a base de dar cabezazos contra la puerta hasta que acababa cediendo.

Durante demasiado tiempo, el profesorado público ha consentido la endogamia cuando no la ha defendido activamente. Un concurso-oposición donde los “méritos” –insisto: cursos en ocasiones muy dudosos y años de experiencia sin evaluación digna de tal nombre- cuentan tanto como una prueba de conocimiento teórico y la exposición de una programación didáctica frente a un tribunal, es un verdadero coladero de mediocres.

A cualquiera que viera cómo, con una nota que le colocaba entre los 25 mejores de Madrid en los exámenes, acababa con 100 candidatos delante al entrar el concurso a escena, le hubiera gustado que entonces alguien hubiera salido a protestar, a decir “hay mucha gente muy valiosa quedándose en la calle o trabajando con contratos muy precarios... porque el sistema de acceso es injusto”. Nadie lo hizo. Entonces, la calidad de la enseñanza pública no importaba mucho o al menos no tanto como para movilizar ni a medio claustro.

Entre bomberos conviene no pisarse las mangueras y ese refrán ha funcionado en instituciones públicas de enseñanza durante demasiados años para perjuicio de los estudiantes pero, sobre todo, de los profesores válidos, los que se dejan la garganta y el corazón en cada clase y además tienen que resolver los desaguisados del que llega y se sienta cómodamente mientras ordena leer el libro de texto al alumno de turno o se pide una baja de muy difícil explicación.

Una baja que antes acababa cubriendo alguien como yo, parásito para Aguirre e inútil para Grandes, y que ahora no cubrirá nadie, lo que obligará a multiplicar el trabajo de los demás. Razón suficiente para una huelga, desde luego, pero motivo también para la reflexión y la denuncia interna. El infierno no siempre son los otros y ese es un cuento que no solo deberían aplicarse Aguirre y Mourinho.

Nota: Este artículo fue escrito para el diario El Imparcial pero no llegó a tiempo, aunque aparece en la lista de mis artículos no llegó a ser publicado. Data de mediados de octubre del año pasado, de ahí algunos leves anacronismos, pero me daba pena que se perdiera...

El psicólogo de Bugno


Gianni Bugno rodaba imperial con su jersey tricolor, blanco, rojo y verde, completamente acoplado a la bicicleta. "Parece que no se mueve", decían los comentaristas y era verdad: el fondo iba cambiando, centelleante, pero Bugno apenas movía el tronco, la cabeza, un delicado pedalear como único signo de vida.

Bugno era Federer. Un Federer perdedor, si quieren. Un Federer que tuviera que jugar cada torneo contra Rafa Nadal. Bugno iba a comerse el mundo en 1990, cuando ganó el Giro de Italia siendo líder desde la primera jornada a la última, y fue Induráin y se lo merendó. En medio quedaron varios campeonatos de Italia y algún campeonato del Mundo, etapas en todas las grandes vueltas, varias clásicas, decenas de carreras de una semana y al menos un par de victorias en Alpe D´Huez.

Simplemente, al italiano le tocó nacer en el momento equivocado.

Bugno no se entiende sin Induráin como no se entiende sin Chiapucci. Los tres ocuparon el podium en el primer Tour del navarro y lo ocuparían -cambiando el orden de los italianos- en el segundo. Donde Chiapucci era garra, trampa, vendetta, locura, demarraje sin sentido en el avituallamiento, guerra de guerrillas, mourinhismo... Bugno era clase y cerebro, calculadora y aguante. La capacidad para no descomponerse nunca, incluso cuando se quedaba atrás y parecía que los demás estaban siendo descorteses con él, que lo suyo era ir a ese ritmo y no correr como locos cuesta arriba, con lo que eso cansa.

Por supuesto, a estas alturas se habrán dado cuenta de que yo era un fanático de Bugno. No tanto como para desear que le ganara el Tour a Induráin pero sí como para apostar por él en las porras que siempre perdía. La gran esperanza, el gran sucesor. Dicen que después de perder con Induráin el Tour del 91 y tras la exhibición de Miguel en el Giro del 92, Bugno contrató a un psicólogo para vencer sus complejos y llevarse por delante a su némesis. Aprender a confiar en uno mismo, el eterno problema del niño prodigio, del fuoriclasse a quien devastan las expectativas, incapaz de agradar a nadie y mucho menos agradarse, eso por descontado.

La anécdota del psicólogo de Bugno llegó hasta el punto de que después de una de las exhibiciones contrarreloj de Induráin, puede que fuera en Luxemburgo, puede que fuera en Bergerac, Forges sacó una viñeta memorable en la que un hombre con los pelos erizados y ojos fuera de las órbitas, párpados caídos, fuera de sí, miraba al infinito. "El psicólogo del psicólogo de Bugno", ponía.

Ya ven, él se buscaba un terapeuta y el Gatorade le fichaba a Laurent Fignon. Penélope tejiendo y destejiendo.

Tenía que ser complicado: a Bugno se le quería poco por ser Bugno -aunque los tifosi llenaran las carreteras de Sestrières con sus pintadas: "Bugno, facci sognare; Bugno, facci sognare- y se le despreciaba por no ser Induráin ni ser Chiappucci. Tuvo tres Tours soberbios -1990,91 y 92- y ya lo dio por imposible. Dejó al psicólogo y creo que se divorció, aunque esto último igual me lo estoy inventando. Siguió corriendo hasta 1998, con 34 años. Su última gran ronda fue la Vuelta a España de ese año, la Vuelta del Chava y Olano.

Bugno se dejó ver, elegante y ausente, misterioso, ganó su etapita de veterano y colgó la bicicleta. Su reino no era de este mundo.


miércoles, noviembre 16, 2011

Perico Delgado y el Tour de 1987


La cábala tenía sentido: Bahamontes ganó el Tour de Francia en 1959; catorce años después, en 1973, el ganador fue Luis Ocaña. Ellos dos eran los únicos españoles en llegar de amarillo a París y parecía justo que catorce años después les acompañara en el palmarés otro compatriota: el segoviano Pedro Delgado, algo más que un ciclista, casi un fenómeno de masas, acostumbrados como nos tenía al demarraje y la pájara, la pájara y el demarraje.

Pedro Delgado —Perico, a partir de ahora— había crecido a la sombra de Ángel Arroyo, el hombre que despertó al ciclismo español tras casi una década de letargo peleándole a Laurent Fignon el Tour de 1983. Algo más joven que los Lejarreta, Pino, Fernández y compañía, Perico estaba llamado a ser un agitador y poco más: la gran estrella de su generación, la del 60, era Julián Gorospe, gran contrarrelojista, buen escalador… pero con problemas en las grandes citas.

Detrás de ellos, venían apretando Anselmo Fuerte, Fede Echave, Iñaki Gastón, Peio Ruiz Cabestany y por supuesto el gran Miguel Induráin, pero para aquel verano de 1987, Perico ya se había adelantado a todos a base de coraje y tácticas suicidas. Su descenso del Pereysourde en el Tour del 83 le valió el apodo de “El loco de los Pirineos” y en 1985 ganó la Vuelta a España arrebatándosela in extremis a Robert Millar, aquellos tiempos sin pinganillos ni tácticas de equipo.

En el Tour había ganado etapas y había dado espectáculo, pero su mejor posición en la general final era una sexta plaza en aquel año dorado de 1985. Delgado tenía problemas contrarreloj y le faltaba constancia. Coincidió, además, con Hinault, Fignon, Lemond… lo único que se podía esperar en esas circunstancias era recoger las migajas.

Ahora bien, en 1987 no estaba Hinault, ya retirado; ni Lemond, convaleciente de un accidente de caza; y Fignon no era el chaval arrogante que abrumara a sus rivales en el 83 y el 84. Quedaba por tanto un hueco para los eternos aspirantes: Sean Kelly, Urs Zimmerman, los franceses Jean François Bernard y Charlie Mottet… y, por supuesto, nuestros Delgado, Lejarreta, Chozas, Fuerte y compañía.

El prólogo colocó a Perico en la 23ª posición, un resultado más que decente. Nijdam, el Cancellara de la época, ganó la etapa y Miguel Induráin ya consiguió un séptimo puesto que anunciaba su futuro. Después, las etapas se limitaron a ir pasando entre los sprints de Van Poppel y el liderato estable de Eric Maechler, del equipo Carrera, formación que encabezaba un corredor irlandés, Stephen Roche, reciente ganador del Giro de Italia delante de las narices de los Visentini, Moser o Saronni.

Roche no partía como favorito para el Tour porque eso del doblete estaba destinado a gente como Eddy Merckx o Bernard Hinault, y el irlandés era un gran corredor: impecable contrarrelojista, muy listo en el llano y con piernas para la montaña, pero desde luego no era Merckx ni era Hinault, el recuerdo estaba demasiado presente como para obviarlo.

Toda esta perspectiva cambió cuando se impuso en la primera crono, la de Futuroscope, más de medio minuto por delante de Charly Mottet, nuevo líder de la carrera, y dos minutos y medio de ventaja sobre Delgado, que acabó en un dignísimo décimo puesto, al acecho para dar el golpe en la montaña que venía justo la jornada siguiente: llegada en Chaumeil, Lale Cubino rozando la gloria y Perico metido en harina con Herrera, Alcalá, Parra y demás guerrilleros, todo para sacar 17 segundos al resto de favoritos.

El equipo PDM, donde militaba entonces el segoviano, esperaba pacientemente los Pirineos… pero fue acercarse la cordillera y reinar el caos: en un despiste impropio, el pelotón dejó que Breukink, Bernard y Herrera llegaran a Pau con casi cuatro minutos de ventaja. Laguía tiraba y tiraba pero no había manera. Mottet mantuvo el liderato, Bernard se colocó segundo para deleite de las masas francesas, Roche logró subir al tercer lugar… y Perico quedaba cuarto pero a casi cinco minutos del líder. Tocaba la épica, el terreno favorito del segoviano: primero, hachazo en Luz Ardidén, donde no pudo dejar de rueda a Roche pero sí a Bernard, que cedía un minuto y medio y a Mottet, que quedaba a más de dos minutos; después, sorpresón en Blagnac: el irlandés se quedaba cortado y cedía un minuto y medio con el grupo principal.

Aquel Tour se convirtió a partir de ese momento en una escaramuza constante. Un Tour sin “patrón”, de los que gustan al aficionado. Al día siguiente, camino de Millau, era Bernard el que atacaba, sacando solo un segundo a Roche y tres a Perico pero castigando en otro minuto y pico a Mottet, asediado ya como líder, sus tres perseguidores en menos de dos minutos. Imperial, esperaba la cronoescalada del Mont Ventoux, orgullo del Macizo Central, paisaje lunar y asfixiante… tumba del inglés Tom Simpson veinte años atrás.

En 1987, el Mont Ventoux fue más francés que nunca: Jean François Bernard se sacó de la manga una contrarreloj increíble, superando en más de un minuto y medio a Herrera, casi dos minutos a Delgado , 2’19” a Roche… y 3’58” a un Mottet que cedía por fin el liderato a su compatriota. Apenas un chaval, Bernard se convirtió de la noche a la mañana el sucesor de Fignon e Hinault, con su leoncito de Credit Lyonnais, y la prensa gala vislumbraba su victoria final con solo los Alpes de por medio. Segundo, a 2’34”, el infatigable Roche; tercero, todavía, Mottet; cuarto, en la barrera de los tres minutos, Pedro Delgado.

El segoviano llegaba al final con piernas frescas y no esperó a cotas mayores para iniciar su ofensiva: primera etapa alpina, primera batalla. Con Roche pegado como una lapa, Perico ganaba en Villard de Lans y hundía de una sola vez a Bernard, quien, inexperto quizá, nervioso, puede que simplemente cansado, se dejaba cuatro minutos y el Tour en esa escalada. Las cartas quedaban por fin sobre la mesa: a cinco días de París la cosa quedaba entre dos.

El Alpe D´Huez estaba llamado a dictar sentencia y lo hizo con exhibición patria: Fede Etxabe ganó la etapa, seguido de Anselmo Fuerte, y detrás, Delgado, en un ataque soberbio, consiguió distanciar por fin a su sombra de ojos claros: casi dos minutos de botín ante un Roche al que el peso del reciente Giro parecía venírsele encima. Perico, por fin, era el líder del Tour y además lo era en el Alpe D’Huez. Todo aquel que había acabado aquella etapa de líder había ganado el Tour. ¿Por qué tendría que ser 1987 una excepción?

Todavía quedaba montaña. La diferencia entre Delgado y Roche estaba en solo 25 segundos y, con la contrarreloj final, puede que Perico necesitara un minuto para estar tranquilo. Llegando a La Plagne, el segoviano demarró y nadie pudo seguirle. Roche agonizaba mientras la ventaja de su rival aumentaba casi metro a metro: quince segundos, medio minuto, un minuto entero… Perdidos en una realización tan caótica como la propia carrera, llegó un momento en el que nadie sabía dónde estaba cada uno. Delgado parecía atrancado, pero cada segundo contaba. Medio apajarado, llegó a meta y miró hacia atrás para medir la distancia.

No tuvo que esperar demasiado, a los cuatro segundos, literalmente de la nada, aparecía Roche, retorciéndose, empujando con los riñones, extenuado… pero vencedor moral.

La imagen del irlandés tirado en el suelo recibiendo oxígeno es de las que marca una generación. “No pasa nada, mañana lo remata”, decía el Marca, pero Delgado había gastado su bala y en ciclismo la cabeza hace la mitad del camino. No solo no pudo distanciar más a Roche en la última etapa alpina, la de Morzine-Avoriaz, sino que un desgraciado corte al bajar el último puerto le hizo perder dieciocho segundos vitales. Hechas las sumas y restas, llegaba a la contrarreloj final con solo 21” de ventaja y un rival desatado.

Dijon fue el escenario de la tragedia. Las únicas bazas del español eran las místicas: el número 14, la magia de Alpe D’Huez, las supuestas alas del maillot amarillo… Perico no se entregó porque Perico no se entregaba nunca, como mucho se despistaba. Hizo una gran contrarreloj en la que acabó séptimo a 2’45” de Jean Françpis Bernard, de nuevo renacido. No fue suficiente: Roche se limitó a regular, sacar toda la ventaja al principio y después moverse en una cómoda tierra de nadie, lejos de la victoria de etapa, con suficiente margen para conseguir el ansiado doblete Giro-Tour que después de él solo repetirían Induráin y Pantani. Ahí es nada.

Perico acabó destrozado. Aquello fue una desgracia para el país, pero al estilo McCarthy; el segoviano dijo “Volveré” y el año siguiente, probenecida aparte, se llevaría su Tour en una exhibición de principio a fin. Roche acabaría 1987 ganando el Campeonato del Mundo y después las lesiones truncaron su carrera hasta un corto “revival” en 1992, de nuevo con Carrera, de nuevo contra Delgado, una etapa que el irlandés, escudero de Chiapucci, le birlaría a Perico, escudero de Induráin.

Afortunadamente, el navarro se encargaría después de poner orden.

Artículo publicado originalmente en JotDown Magazine dentro de la sección "No pudo ser".

martes, noviembre 15, 2011

Mi Festival Eñe 2011


Mi primer propósito cuando acepté el trabajo en el blog de la Revista Eñe para cubrir el festival fue no hablar nunca de mí. Como le dije a Toño, el director de la revista, si estoy siguiendo el blog de un evento quiero saber lo que pasa en ese evento y no si al blogger le duele la cabeza o si ya se ha bebido dos cervezas y está achispado o si vaya resaca llevo que lo flipo. Eso es algo que queda entre el blogger y su paracetamol y que no tiene por qué interesarle a nadie más.

Mi blog, por tanto, tenía toda la pinta de que iba a ser agotador y aburrido, y probablemente es exactamente lo que fue, aunque, lo reconozco, algo de mí conté, algo de mi cansancio o de mi capacidad para enterarme de algunas cosas y de otras no. Una cosa es copar el artículo y otra cosa es deslizarte por él como Campo Vidal en un debate presidencial.

Tuve toda la libertad del mundo. Nadie, absolutamente nadie, me dijo lo que poner o no poner. Nadie, absolutamente nadie, me ha hecho después ningún comentario del tipo "¡pero cómo se te ocurre...!". No creo que esto se deba a que mi trabajo sea perfecto -lo he releído y no lo es- sino a que mis jefes tienen un concepto adecuado de lo que es contratar a alguien, pagarle, dejarle trabajar y delegar en confianza de que sabe hacer lo que está haciendo. Mi experiencia es que cuanto más te pagan, más respeto tienen a tu trabajo. Basta con que hagas algo gratis para que te vengan con mil exigencias.

Así pues, tengo poco que contar del Festival que no esté ahí y en cualquier caso mal estaría que yo utilizara este espacio para ajustar cuentas profesionales.

Sí quería introducir algunas impresiones puramente personales, después de haber leído cosas en varios lados. Mi hiperactividad ha hecho que en los últimos años me haya movido muchísimo en los mundos del cine, la música y la literatura. De hecho, autoproclamándome escritor, el "mundillo literario" es probablemente el que considero más ajeno y creo que me alegra. En el Festival quedó más claro que nunca: yo estaba ahí trabajando, punto. Portátil en el regazo y tratando de explicar, de mostrar. Mis interlocutores eran simplemente los lectores, no pretendía dorarle la píldora a nadie ni hundir a nadie ni tenía amigos ni enemigos.

De hecho, no los tengo. No conozco prácticamente a nadie y nadie me conoce a mí: ni editores, ni agentes, ni escritores. No nos debemos nada.

Vuelvo a la disección de los tres mundos: el del cine me parece el más sano aunque sin duda es el más expuesto y eso a veces descoloca a sus componentes. Por supuesto, hay ligoteos y tonteos y mamoneos. Claro que los hay. Son veinteañeros y treintañeros normalmente muy guapos que se reúnen en un espacio muy pequeño. ¿Qué esperan? Pero yo he estado en decenas de festivales de cine, especialmente cortometrajes, y lo que se habla es precisamente de cine. Luego sí, que si el roncola y la chica de al lado. Pero lo primero es lo primero.

Lo único que me agota del medio es que todos tengan una opinión inmediata sobre cualquier cosa que pase en el mundo. Si algo sale en las noticias, 25 actores salen en Facebook a decir algo en favor o en contra a los dos minutos. Generalmente, además, coinciden en la misma opinión. Cómo lo consiguen, no lo logro entender, pero sucede. No tanto entre guionistas y directores, gente, quizá, para lo bueno y para lo malo, más pragmática y aburrida.

La música es el mundo del petardeo por excelencia, el mundo en el que sabes que todos se llevan mal con todos pero lo disimulan. La música hace extraños compañeros de cama en todos los sentidos. Relaciones de poder difusas. Efecto groupie. Difícil asimilación de dónde estás y por qué, demasiado empeño en ser el nuevo Leonard Cohen o el nuevo Jim Morrison o cualquier cosa más cutre. La música, el mundo de la música, es estética. Es literatura, por encima del mundo literario.

Dice el tópico que cuando dos músicos se encuentran, se abrazan y se dan palmaditas entusiastas en la espalda. Cada una de esas palmaditas es un puñal y los dos lo saben. Pero sonríen. Me gusta que la gente sonría.

La literatura... ah, durante años yo me hice el interesante con el mundo literario porque pensé que no estaba a la altura, ahora simplemente es un mundo que no me interesa como tal. Dejo todo claro de entrada: yo quiero escribir muy bien, tener el mejor agente, publicar con una gran editorial, vender muchísimos libros, dar entrevistas y dedicarme a esto. Yo no voy de purista por la vida, no, la literatura me gusta como actividad y me gusta como salida profesional, que nadie se equivoque. No tengo problema en tener amigos escritores si me caen bien. Los tengo, de hecho. Si me caen bien, insisto, como tengo amigos informáticos.

Pero "el mundillo literario"... Qué cosa más cutre, ¿no? Demasiada gente que se cree demasiado algo y no se sabe el qué. Odios enquistados. Críticas ácidas. Ataques al hombre y no a la obra. Boicots. Peleas. Un grupo frente a otro grupo. Crear tendencia. La necesidad de pertenecer a una generación, un estilo, una reforma, una contrarreforma. Es agotador. Si todo se limitara a "me gusta tu libro" / "no me gusta tu libro" todo sería más fácil. Tengo amigos que escriben muy bien y amigos que no escriben tan bien. Diría lo mismo de mis enemigos, pero es que no los tengo, en serio. Si los tuviera y escribieran bien lo diría, si escribieran mal criticaría exclusivamente el libro en cuestión.

Hay mucha pose muy ridícula en la literatura, digámoslo ya. Mucha bronca estéril. Mucha casta barata. Mucho elitismo y mucho malditismo. Todas esas fotos de primer plano con un dedo sujetando la cabeza, como si no pudiéramos parar de pensar o como si viviéramos en una eterna resaca. Cuando se llega a un Festival como Eñe pasan cosas así, que me siento muy perdido, muy aparte: no salgo por las noches, no voy a fiestas, no me emborracho, no vuelvo de resaca al día siguiente, no hago nuevos amigos, no conozco a editores ni a agentes, no conozco a nadie de mi generación.

Trabajo. Soy de los pocos gilipollas que están ahí trabajando y no tratando de crear una impresión en el mundo. Solo intento entender algo y explicarlo, a menudo sin éxito.

Los lobbies. Los grupos de presión. Para vender 500 libros, qué cosa absurda. Hace un par de años, cuando Recaredo Veredas me invitó a formar parte de Culturamas yo ya le dije que no formaba parte del "mundillo", que no conocía a nadie. Él me dijo que no era verdad, que sí que era parte. Año y medio después entendí que precisamente por eso me invitaba a participar, en la esperanza de que yo de verdad fuera "alguien". Su desilusión debió de ser tremenda. La mía ni les cuento. Dos años después, todo sigue igual: no, no soy nadie. No quiero serlo. Quiero escribir cosas que sean algo, por supuesto, pero, ¿yo?, perfectamente prescindible. Puedo pasar por 20 posts casi de puntillas.

Ese es mi encanto. La constancia, la lealtad y a la vez la prudencia.

El tío más gilipollas del Círculo de Bellas Artes.

Te dan una oportunidad de puta madre para medrar  y tú te vas a casa a subir fotos hasta las tres de la mañana. Exacto. Me pagan por ello. Me gusta, además. No creo que nadie pueda decir que soy un cabrón engreído, no creo que nadie pueda decir nada, en general. Sobre lo que escribo sí, barbaridades, pero yo soy otro, se lo tengo dicho a mi fisioterapeuta aunque ella no se lo crea.

Una experiencia de la leche, en definitiva. Poder gozar de un Festival con tantos y tan buenos escritores, disfrutar de cada charla y además sentir la obligación no solo moral de estar a eso y no al mamoneo. De la leche, en serio. Nunca les agradeceré lo suficiente ni a Diego ni a Camino ni a Toño estas 36 horas enloquecidas de noviembre de 2011.