lunes, noviembre 09, 2009

Interino en Torrejón de Ardoz


Si ustedes están cansados de leer este tipo de posts imagínense cómo puedo estar yo de vivirlos. De dormir cuatro horas después de celebrar una Nochevieja poco prometedora, levantarme ni siquiera resacoso, coger un tren para Alcalá de Henares, todo el mundo durmiendo menos yo, leer un poco a Andrés Neuman, con sensaciones algo encontradas, volver, arreglar el mundo como uno puede, salir pitando a Torrejón, llegar tarde al metro, llegar tarde al tren, llegar tarde a la Escuela, recibir reproches como bienvenida. "Llegas tarde", me dicen, como si yo fuera el metro, el tren y las calles que se desvían en el último momento.

Dar cuatro horas de Básico 1. La sexta escuela en trece meses. El enésimo nivel. Paso de Avanzado en Rivas a Básico en Torrejón. Esquizofrenia. Melancolía. Los alumnos de Básico 1 son encantadores. Siempre lo son. Trabajan y le ponen un entusiasmo encomiable. Preguntan por todo y además normalmente son preguntas que te sabes. Hay buen rollo. Buen rollo y apagones de luz. Cada diez minutos o así se va todo al garete: imposible poner un CD, imposible poner un vídeo. Todo pizarra, como en los viejos tiempos. Y fotocopias.

Cansado de andar de vuelta por el Paseo de las Fronteras, que da al Paseo de la Constitución -hace ocho años yo trabajaba ahí, dando clases de informática, inglés y filosofía, todo junto, en una academia improbable. Lucía me esperaba al otro lado de la vía- y de correr para coger el tren, que aun así vuelve a retrasarse, igual que el metro y vuelvo a tardar una hora y pico en llegar a casa, post-producir un corto, arreglar una página web, convertir PDFs.

Mi personal assistant dijo el otro día que el objetivo de mi vida era morir de un infarto a los 35 años. Si hacemos caso al Facebook, será con 38 recién cumplidos.

domingo, noviembre 08, 2009

Vetusta Morla en la Joy Eslava


Así que queda Álida a mi derecha y a la derecha de Álida queda una chica que se retuerce, que entorna los ojos, que se lleva las manos a la cara, que parece que llora pero sin estridencias. Que sugiere. No una enloquecida que lleve los puños al aire o señale con el dedo el techo de la discoteca o se ponga a gritar. No. Otra cosa. Una chica de Woodstock en medio de la paz y la armonía. El sueño de Ang Lee.

La chica se estremece, ella sola. Está completamente sola. Nosotros somos cinco y al menos tres la miramos continuamente. No sabemos si ella sabe. Puede que sepa. Tiene que saber, sí, si no, todo este espectáculo sería para nada, y ya digo que no es un espectáculo que merezca la atención de todo el mundo y la intervención de los miembros de seguridad. Es más bien un espectáculo para minorías. Algo que puede ser una pasión orgásmica por la calidad del grupo o simplemente un exceso de droga.

Pero a las 9... una chica que parece tan limpia.

Así que, cuando acaba el concierto, decidimos seguirla. De una manera totalmente irracional, por supuesto, porque es una persecución sin propósito. Una finalidad sin fin. Todo estética. Álida y yo la dejamos en la cola de los abrigos y salimos por otra puerta, hablamos por teléfono y esperamos.

La esperamos.

Al rato, sale, aún sonriente, pero sin tambaleos. No va drogada. No tiene sentido que vaya drogada porque en ese caso ahora no estaría tan tranquila andando por la calle Arenal, metida en su abrigo, pasos rectos hacia algo que podría ser el metro de Ópera, móvil en la mano, nadie contesta, de nuevo al bolsillo. Hacia adelante, siempre. "Supongo que sabes que esto podría ser considerado un acto delictivo", le digo a Álida y Álida me sigue y yo sigo a la chica y de repente, no me pidan que les explique por qué, se nos cruza un McDonald´s y se acabó la poesía.

La chica sigue y nosotros nos quedamos. ¿Para qué? No seríamos capaces de decirle nada. Puede que hayamos visto muchas películas francesas pero nos queda el paso definitivo de la contemplación al abordaje.

En la cola del McDonald´s -grupo de post-adolescentes delante, un elevado índice de pibonismo en la calle Escalinata en las noches de sábado-, Álida y yo reconocemos que no queríamos ir al concierto. No es que no quisiéramos ir, sino que la alternativa "casa-calor-partidos de fútbol/películas de Cuatro" era casi tan deseable o más. Sin embargo, son demasiado buenos. Vetusta Morla, digo. Ya, esta era una crónica sobre Vetusta Morla y hasta ahora el nombre no había salido. Cosas que pasan. Lean los encabezamientos.

Vetusta Morla son tan buenos que aunque te falte el entusiasmo te queda la admiración. Realmente son admirables: cinco conciertos seguidos en Madrid, cinco llenos absolutos; Caracol, La Palma, El Sol, La Riviera, Joy Eslava. Es, por tanto, el quinto día y la garganta de Pucho no da para más. Apenas si puede hablar entre canción y canción y pide por favor que la gente no fume.

No le hacen caso.

Pucho en medio de una bruma molesta y junto a Pucho los otros cinco y junto a los otros cinco Yuri Mendez, de Pájaro Sunrise, los chicos de Lori Meyers, Jairo Zabala, Manuel Colmenero... cada concierto tiene sus invitados. Fantaseamos con una conexión en directo con el concierto de Love of Lesbian para una interpretación a dúo. Es lo que les falta para ser U2.

Pucho empezando con "Autocrítica", como siempre, y acabando con "La cuadratura del círculo", dos horas y pico después. La dirección de Joy tirándose de los pelos: esta noche el pase de la discoteca será más corto. Cinco conciertos en la garganta y aun así dos horas. Y aun así todo perfecto. Y aun así no dan la sensación de estar cansados y aburridos -aunque todos sabemos que tienen que estar aburridos y muy cansados- sino que intentan transmitir entusiasmo y Pucho gira y salta y grita a lo Thom Yorke y al final, al final del todo, las luces van y vienen y la chica se lleva las manos a la cara, se acaricia las mejillas, ojos entornados, mirada perdida, y los tres guitarristas se ponen delante y el bidón rueda entre el público y saber que no os puedo aniquilar, no es suficiente para firmar la paz.

Imposible ser racional con Vetusta Morla. Uno lo intenta pero no puede. Uno intenta poner cara distante y mirar resultados del Barcelona y el Real Madrid en el móvil, pero no puede. Se acaba entregando. Sin espectáculos ni contorsiones, pero se entrega. A lo viejo y a lo nuevo, incluso a lo muy viejo, que de viejo parece nuevo. A todo eso. Lo que venga. Empezaron aquí, hace un año y nueve meses, presentando el primer disco de un grupo semidesconocido y Álida y yo ya cantábamos entonces "lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo" y "lalalalalalalalalalala". Ahora, se canta menos y se escucha más. Hay que escuchar muy bien porque se oye poco. Porque Pucho amaga casi con el desmayo sobre escena, roto de sensaciones y adrenalina. Un hilo de voz, su cabeza apoyada sobre el micrófono.

El fin. Es el fin. Con vivos muertos. El fin del principio. La chica de camisa con redondeles, no exactamente estilo flamenco sino claramente indie parece que se despierta de un sueño feliz. Camina hacia la salida y solo podemos seguirla. Es nuestra única alternativa.

El monopolio del Barça y el Madrid


Empatar un partido se ha convertido en una crisis. Empatar dos es una hecatombe. Perder uno, en Alcorcón, es motivo para acabar con todo un proyecto a los dos meses de empezarlo. ¿A qué viene este nivel de histeria? El Barcelona y el Real Madrid se han acostumbrado hasta tal punto a ganar siempre que ya no se entiende lo contrario. Después de 10 jornadas y 20 partidos entre ambos, suman 16 victorias, 3 empates y 1 derrota. 51 de 60 puntos posibles. Obviamente, es un record.

En ambos casos, la crítica roza la esquizofrenia. Es cierto que el Barcelona no jugó bien en Kazan. Sí lo hizo en Pamplona, donde mereció ganar sobradamente, pero en Rusia se atascó ante un equipo que es campeón de liga y que va a volver a serlo. Una liga donde están dos de los tres últimos campeones de la UEFA. Una liga donde hay dinero para aburrir. La liga de un país que fue semifinalista de la Eurocopa.

Pero en cualquier caso el Barça no fue excelente y con menos de la excelencia no le valió. Empate a cero, segundo consecutivo. Tercer puesto en la liguilla. Nervios. Falta Messi. Falta Iniesta. Ibrahimovic es muy malo y las falla todas. Piqué está lento. Xavi, cansado. Henry debería retirarse. En fin, el apocalipsis. Cuatro días después, incluso ganando 4-2 al Mallorca, equipo en puestos UEFA, un crítico de elmundo.es acusa a Guardiola de "sacrificar el estilo por el resultado". Todo porque sentó a Xavi, Iniesta y Messi y solo les sacó en la segunda parte.

A lo que se ve, determinados jugadores deberían jugar los 90 minutos de los 55 partidos oficiales.

Las críticas al Madrid solo tienen un punto de justificación: la debacle de la Copa del Rey. Y aun así, ese punto puede venirse abajo en tres días si remontan la eliminatoria. Con un equipo completamente nuevo, una plaga de lesiones y una presión mediática realmente exagerada, resulta que sólo lleva un punto menos que el Barça: ha ganado ocho de diez partidos, sólo ha perdido con el Sevilla y en Sevilla y en Champions parece claro que al menos se clasificará. Probablemente, segundo, pero se clasificará.

Queda lo del Alcorcón por solventar, pero eso puede solventarse aún.

Este sábado tenía toda la pinta de que iba a tener un partido complicado ante el Atleti. Es cierto que acabó asfixiado y con Casillas de estrella. También es cierto que a los 63 minutos de juego ya iban 0-3 y con la sensación de que aquello iba para goleada. Mantener la distancia es muy importante a solo dos jornadas del clásico del Camp Nou. No es lo mismo llegar a un punto y poder salir incluso líder que llegar a cuatro y temer por que la distancia se vaya a siete.

Algunos insisten en que la Liga española tiene el mejor nivel de Europa. Bien, yo lo que veo es que hay dos equipos insultantemente superiores a los demás. Y que luego esos dos equipos las pasan canutas en la Champions. La tercera vía del Sevilla es lo más presentable que tenemos después. El Atleti está ya eliminado, y en la antigua UEFA, Valencia, Athletic y Villarreal se las están viendo en chino para clasificarse ¡a los dieciseisavos de final!

Esa no es una gran señal, me parece.

viernes, noviembre 06, 2009

Cómico bueno, cómico muerto


Se supone que el principal objetivo del monologuista es ser irónico, ingenioso y divertido. Humor inteligente. Sin embargo, bastaba con ver "El club de la comedia" para darse cuenta de que eso no era siempre posible: en España ha habido Gila y ha habido Tip y Coll, pero la larga y pesada tradición de Morancos y Calatravas sigue ahí, pendiendo sobre todos nosotros.

Resulta difícil calcular a importancia del canal Paramount Comedy en la irrupción de un nuevo concepto: no se trataba de que cómicos famosos interpretaran los guiones de otros, sino que cómicos desconocidos demostraran su talento. Así empezaron a surgir los Agustín Jiménez, Eva Hache, Ángel Martín, Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla, Dani Mateo, Ignatius Farray, Don Mauro...

Lo destacable de esta generación, aparte de su rapidez prodigiosa, es su gran formación. Jóvenes aunque sobradamente preparados. Por supuesto, hay excepciones, pero en sus monólogos casi siempre hay referencias que van más allá del chiste popular y que consiguen llegar a otro público más "entendido", sea eso lo que sea. Si sirve de algo poner algún referente, podríamos apelar a Woody Allen más que a Chiquito de la Calzada. Supongo que mencionar la influencia de Jerry Seinfeld y Larry David también es inevitable.

Ricardo Castella y Juan Diego Martín son dos de los mejores "productos" de la "Factoría Paramount". Castella ha tenido sus momentos de gloria en la televisión nacional, con su sección de política en "Noche Hache" y sus colaboraciones en Antena 3. El espectáculo "Cómico bueno, cómico muerto" juega con eso, de hecho: un cómico más o menos conocido y un debutante coinciden en un espectáculo y aprovechan cada abrazo para clavar una puñalada en la espalda de su compañero.

A partir de ahí, da gusto ver a Castella y Martín interactuar. La química entre ambos es indiscutible, y no sólo se limitan al chiste y el monólogo irónico: se atreven a cantar, a tocar instrumentos, a hacer teatro del bueno... Hay una idea detrás de todo esto y la idea es buena: descargar tensión de los monólogos, que no dejan de ser el plato fuerte. Entre actuación y actuación los dos cómicos se tantean, se felicitan y se enfrentan. Se engañan y se dejan engañar. Caen en el absurdo y no les importa.

Si la cosa se limitara a cinco buenos monólogos y punto, quedaría algo soso. El espectáculo gana visto desde dentro del espectáculo y las subtramas sirven para reforzar lo básico: alces, judíos, japoneses, juegos olímpicos y orgías. Sacar el monólogo de los bares y meterlo en teatros me parece un gran acierto. Un cómico, de toda la vida, no es un borracho ingenioso sino un actor. Castella y Martín actúan a un excelente nivel y el texto es en ocasiones genial. El que los conozca, ya se lo imaginará. El que no los conozca, debería empezar a pensárselo.

Teatro Alfil. Calle Pez, 10. Más información y vídeo-entrevista en el blog de Ana Boyero.

Celda 211

Como es habitual, cuelgo aquí el enlace al original en Notodo.com, pero les permito disfrutar de mi reseña de "Celda 211" aquí, en casa:


Si algo se suele reprochar al cine español es su facilidad para el tópico. En las películas de ambiente carcelario, los presos son buena gente traicionada por una sociedad hostil, los carceleros son malvados sedientos de injusticia y la corrupción campa a sus anchas. No es el caso de Celda 211, la nueva película de Daniel Monzón. A ninguno nos gustaría ver a esos tipos en las calles, no hay ningún tipo de inocencia en ellos e incluso en ocasiones se abusa del jolgorio destructivo y la ovación ruidosa al estilo Gladiator. La masa iracunda.

Hay carceleros malvados, por supuesto, pero no es la norma. Hay corrupción, claro, pero no masiva, y sobre todo, no caprichosa. Es decir, hay realidad, pero no hay tópico. Es una película que sabe entretener y mantener en vilo al espectador y eso se agradece. Sin moralinas. Directa. Es cierto que para ello, a veces, hay que aceptar determinadas concesiones de guión que resultan algo increíbles y forzadas, todo para que la trama avance. Un esfuerzo que a veces cuesta y que se exige desde el principio, con unas escenas algo dudosas, pero un esfuerzo que acaba valiendo la pena. Y vale la pena porque los actores están sobresalientes.

Decir que Luis Tosar está fabuloso va a ser lo más repetido de la próxima semana, pero es que es verdad, no se puede decir otra cosa: Luis Tosar está fabuloso. No siempre sucede, pero aquí lo borda. El peligro es que la gran actuación de Tosar eclipse a sus excelentes compañeros de reparto. Es difícil encontrar tanto talento junto: Manuel Solo, sobrio y magnífico como siempre; Carlos Bardem, prodigioso en su papel de interno confidente; Vicente Romero, sabiendo ser comedido; y Antonio Resines, sabiendo ser equilibradamente cruel.

Alberto Ammann –“Calzones”, el co-protagonista de la película- deja algunas dudas, combinando grandes momentos con otros francamente sobreactuados. El personaje de Marta Etura, su mujer, parece desaprovechado. Cuando tienes a Marta Etura en tu película hay que aprovecharlo al máximo y no parece que Monzón lo haga. Como resumen, nos quedamos con la sensación de angustia y nerviosismo propios de un thriller de acción al estilo americano en el mejor sentido de la expresión. Sin las explosiones, pero con el ritmo. Ritmo y buenas actuaciones. Sin tópicos. Un plan perfecto para un público nuevo que el cine español necesita.