miércoles, febrero 13, 2019

Zahara en San Sebastián



Después del concierto, nos vamos a cenar a una hamburguesería cerca de la calle Zubieta. La misma que hay en el Bulevar pero con menos gente. Es relativamente pronto y estamos contentos: nos acabamos de conocer (nosotros les acabamos de conocer a ellos, vaya) y el concierto ha estado muy bien, incluso para una sala más pensada para fiestas de Festivales de cine.

Nos sentimos cómodos. Cansados pero cómodos. Han sido unos días difíciles y desde hace un tiempo tengo la sensación de que cada tiempo libre que pasamos juntos es más una tregua que una oportunidad. Algo que apurar con una cierta dosis de angustia porque pasará: pasará esta hamburguesa, pasarán estas vistas al mar desde la quinta planta del hotel Londres, pasará el hostal de mala muerte en Quintanar y el restaurante improbable en mitad de Salas. Llegará una mañana en la que todo sean maletas y vuelta a la rutina y nos miraremos con ojos tristes mientras desayunamos pinchos de tortilla.

Pero eso será al día siguiente. De momento, queda algo de noche, no sabemos cuánto. La Chica Diploma está en modo gin-tonic y prefiere no cenar. Todo el mundo –ya lo he dicho- está encantador, como si fuéramos los amigos del colegio que se cuelan en un cumpleaños de cuarentones. Solo que no somos eso. En rigor, no somos nada. Yo soy una cuenta de Twitter y una breve biografía y la Chica Diploma, al menos de entrada, solo es mi esposa. Un chico nos mira asombrados y nos dice “¡Qué sonrisas!”, mientras él sonríe también.

Así que además de extraños, debemos de parecer felices. Igual lo somos. Doloridos pero felices, cosas de las treguas. Bárbara reparte hamburguesas y Borja nos pone al día. No es una conversación formal porque no procede, pero es una conversación interesante. Tras ciertos tanteos, volvemos al inicio, es decir, a Zahara, y yo les explico a todos cómo funciona el mundo de la música porque soy muy listo. Al poco me doy cuenta de que estoy hablando, entre otros, con el fundador de La Oreja de Van Gogh, que me mira con una increíble ternura, como si se negara a hacer de Marshall McLuhan en una película de Woody Allen.

Sospecho, en parte, que poco antes le había explicado de qué iba el fútbol a un ex futbolista, pero en esto puede que me equivoque.

En fin, que al poco rato –muy poco, de hecho- la Chica Diploma ya es algo más que una acompañante y se revela como una de las mejores fisioterapeutas de suelo pélvico de este país y de alguna manera se percibe en la mesa algo parecido a la admiración . En cuanto a mí, tiene que haber quedado claro que soy un pedante. Un pedante tímido y sonriente, así que algo es algo, pero poco más. El que le enseña política al político, música al músico y deporte al deportista. “Tu cara me suena de haberte visto muchas veces”, dijo Bárbara en el Bataplán, cuando nos presentaron, y tenía razón. Nos hemos visto muchas veces. Si me pudiera definir de alguna manera sería así: “Ya sabes, ese chico al que has visto muchas veces y que nadie tiene bien claro quién es”. Salvo sus alumnos, y no siempre.

Al despedirnos, prometemos vernos al día siguiente pero el día siguiente siempre maneja reglas extrañas y todo acaba un poco en nada, en poco más que una nueva promesa. Le pregunto si se lo ha pasado bien, si ha merecido la pena, si no le he arruinado su fin de semana de Reyes con mis quejas de hipocondríaco y ella, paciente, me contesta que sí, que se lo ha pasado genial e insiste en lo guapa que es Bárbara porque creo que se ha enamorado de ella –todos nos hemos enamorado de ella en algún momento, así que tampoco podemos culparla- y repasamos cada momento mágico de la noche anterior como si tuviéramos veinte años y nos despertáramos de resaca.

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De entre las múltiples maravillas que esconde “Slouching towards Bethlehem”, de Joan Didion, hay un artículo sobre el respeto a uno mismo. La diferencia entre la gente que se respeta a sí misma y la gente que no, carne de ansiedad, angustias e inseguridades. Hay una Didion más popular, que es a la vez la más perdida, la más caótica, la más Bret Easton Ellis, si se quiere, con esas frases y esas imágenes colgando de un personaje ausente, y una Didion más dura, más seca, más intelectual borracha escribiendo a cuatro manos su último guion para Hollywood. No sé cuál me gusta más pero sí sé cuál me gustaría ser. La que se respeta a sí misma. O al menos lo intenta porque sospecho que nadie escribe un tratado sobre la necesidad de ser algo que ya es.

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Al poco de convocarse la manifestación contra la traición del gobierno socialista, el propio gobierno socialista anuncia que da marcha atrás en su proyecto. Jorge Bustos, el jefe de opinión del diario El Mundo, publica en Twitter que “ahora más que nunca es necesario ir a Colón” y alguien le hace ver algo así como que si el perro ha muerto, igual es tontería luchar contra la rabia. “Da igual”, insiste, “el error es no haber convocado elecciones desde el principio”. Puedo estar de acuerdo con Bustos o no, es irrelevante, pero me parece un claro ejemplo de lo que se ha vivido en España la última semana. A mí me parece estupendo que la gente se manifieste por lo que le parezca más conveniente, sea eso la defensa de la familia tradicional o la lucha sin concesiones contra ETA o la convocatoria de elecciones a ver si las ganamos. También me parece que para ese viaje no hacían falta las alforjas llenas de insultos, caras desencajadas y apelaciones a esencias pisoteadas.

Quieres elecciones y quieres ganarlas y no depende de ti y te pones nervioso. Comprensible. Que la política de Pedro Sánchez tiende a ser errática y que probablemente se haya pegado un tiro en el pie con sus torpezas está claro. Que toda esta necesidad de inundar cada decisión política de odio atávico, de “a por ellos” y de montañas nevadas, banderas al viento es algo peligroso creo que también lo está. No voy a caer en que esto sea un invento de la derecha porque no lo es ni mucho menos, pero se ve que a la derecha le sale particularmente mal, no sé por qué: se pasaron de 2005 a 2007 en la calle protestando por cada cosa que hubiera hecho Zapatero. Cien mil, doscientos mil, trescientos mil… todo para acabar perdiendo las elecciones de 2008 con cierto margen.

No creo que la historia se repita, pero que alguien no ha aprendido está bien claro.

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En el programa de Alsina, Quim Torra asegura que "la democracia está por encima de las leyes", para después matizar, "la voluntad popular está por encima de las leyes". Acaba de dar la definición de lo que es el fascismo: colocar la voluntad del pueblo, es decir, de la parte de la ciudadanía que está de acuerdo con mis ideas por encima de cualquier acuerdo que ampare, proteja o cuando menos exija un consenso con la otra parte de la ciudadanía.

martes, febrero 05, 2019

"Campeones" o el todo por encima de las partes



Al poco de anunciarse el Goya a mejor película para "Campeones", entro en Twitter para escribir lo siguiente: "Que una película gane los premios a mejor director, mejor guion, mejor actor principal y secundario, mejor montaje y mejor sonido... pero no gane el de mejor película es un misterio metafísico" y me voy a dormir tan tranquilo. Sinceramente, ninguna de las dos películas me entusiasmó cuando las vi así que no me va la vida en ello pero sí es cierto que el tuit tiene bastante éxito y que el sentimiento debe de ser tan generalizado que el guionista Cristóbal Garrido -uno de los mejores de España- escribe agotado al día siguiente que sí, que se puede dar que una película no sea la mejor en nada específico y ser la mejor en valoración global.

El todo por encima de las partes, precisamente el misterio metafísico al que me refería al principio.

Efectivamente, es posible, y no solo en el cine. Tengo más dudas de que este sea el caso y en esto no estoy de acuerdo con Cristóbal -el otro día no estuve de acuerdo con Savater, así que se ve que no hay que tomarme demasiado en serio-. La apelación a algo superior, algo que no está efectivamente en la realización concreta de cada parte sino en el conjunto, me resulta demasiado ambigua. "Campeones" contaría con el entusiasmo, el buen rollo, el mensaje positivo que va más allá de la pericia técnica y por supuesto, el mérito de afrontar una producción así. Puede ser. Pero, ese entusiasmo, ese buen rollo, ese mensaje positivo, ¿no deberían haberse premiado antes? Quiero decir, ¿transmitir esa sensación al espectador hasta el punto de considerar la película como la mejor del año viene de la nada?

Es más lógico pensar que en algún punto, sea la dirección, sea el guion, sea la actuación, sea el montaje... en algún punto técnico, por así decirlo, la película de Fesser superó a la de Sorogoyen y de ahí que lograra mejor su objetivo. En ese caso, los académicos deberían haber sido consecuentes de alguna manera y no cargar todos los premios que tienen que ver con hacer una película en un lado y luego el premio "mágico" del "noséqué" del espectador en la otra. Una buena mezcla habría sido sensata. No es que sea yo un gran fan de los premios, pero he de entender que tienen un valor que va más allá de la mera crítica en filmaffinity: "Me ha gustado mucho. Es muy bonita". La diferencia entre ese espectador y un académico es precisamente que el segundo sabe por qué le ha gustado y puede votarlo. Lo contrario suena a pereza.

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Por lo demás, cada noche de los Goya es la noche de los Goya de 2012, aquella en la que la Chica Diploma y yo empezábamos a salir y ella pasó la tarde del domingo en casa y se fue justo cuando llegaban María, Álida, Rocío y Sofía. Puede que también Fer. Puede, incluso, que también Andrea. Esa noche y la del año siguiente, ya en Planetario, prácticamente los mismos -Rocío ya se había ido a cubrir las sucesivas revoluciones en El Cairo- y con un principio de distanciamiento que no se ha perdido desde entonces. Las galas de los Goya y sus efectos centrífugos.

Antes hubo otras, por supuesto. Cuando el cine era nuestro, por ejemplo, es decir, a los veinte años, cuando veíamos todas las películas y tomábamos partido. Nuestra generación frente a la suya. Los premios entendidos como batallas y no como concursos de popularidad, que es lo que son. Ahora que nuestra generación lo ha copado todo -aquellos a los que yo entrevistaba con entusiasmo en 2005, 2006, 2007... son los que ahora se reparten los focos y los galardones- lo que queda es una sensación extraña, un "¿y qué fue de mí?" que siempre me acompaña y que cuando soy optimista -pocas veces- recuerda a la canción aquella de Lichis que decía: "No sé quién soy, no sé quién fui, a veces pienso en los lugares donde dices que estuve... ¿Llegamos alto? ¿Con las estrellas? ¿Me confundí entre ellas?" y pienso que solo esa confusión ya mereció la pena y ya da para una sonrisa.

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Algo más sobre VOX que se me olvidó comentar el otro día: generalmente, el voto se basa en dos factores: unas siglas que responden más o menos a una ideología o a un programa o como lo quieran llamar... y un candidato lo más carismático posible. De esa manera, se arrastran votantes por los dos extremos hacia la urna. Lo prodigioso de VOX es que todo lo que están haciendo o todo lo que las encuestas prevén que van a hacer se apoya en una sola pata y algo torcida. Las siglas están, aunque de aquella manera, porque aparte del término "derecha sin complejos" no creo que nadie sepa exactamente qué propone VOX más allá de completar la reconquista de Don Pelayo y el rentabilísimo mensaje no ya antifeminista sino directamente misógino.

Lo que no están son los candidatos. Y sin candidatos en Andalucía consiguieron doce escaños, cosa que puede quedar en nada comparado con lo de Madrid, las Castillas y quizá Murcia y otras zonas del Levante. Incluso Navarra, si es verdad que el Opus anda detrás de ellos, aunque esos rumores hay que tomarlas con cautela. Sin candidatos visibles, entrarían en casi todos los parlamentos autonómicos y podrían ser decisivos. Imagínense que acertaran en las caras de los carteles. Imaginen que dieran en el clavo con figuras mediáticas a lo Podemos pero en el campo conservador. ¿Sería tan descartable que incluso ganaran en alguna gran ciudad?

No tengo tan claro, sin embargo, que a Santi Abascal le emocione la idea. De momento, él es la única cara visible junto al tipo este enorme que siempre está enfadado. Y él, sinceramente, no es gran cosa. Un deshecho del PP con ganas de revancha. A poco que el poder se ponga a tiro, esa silla va a empezar a tambalearse con cierta facilidad y bueno será para Abascal que los que se empeñen en moverla no tengan fuerza suficiente. Volviendo al cine, si con el trailer les está valiendo, ¿por qué molestarse en rodar la película?

martes, enero 29, 2019

¿Dónde quedará esto de VOX?


Telemadrid publica una encuesta en la que Manuela Carmena sale ganadora de las elecciones municipales en Madrid pero se da por hecho que gobernará Begoña Villacís pactando con el PP y VOX. No voy a decir que sea improbable, ni mucho menos, pero me parece dar por hechas demasiadas cosas. De acuerdo que la alcaldía de Madrid es un caramelo muy apetitoso, pero habrá que ver hasta dónde llega la doctrina Valls -no es lo mismo que no te importe que VOX vote lo mismo que tú, aunque sea en una investidura, que negociar activamente con el partido de Abascal su apoyo directo- o qué sentido tiene que un partido que se ha ufanado durante años de ondear la bandera europea en cada manifestación anti-nacionalista se dedique ahora a pactar con los amigos de Le Pen, Farage y Salvini.

Eso no es todo, porque al fin y al cabo, el PP podría sacar un voto más que Villacís y encargarse ellos del posible acuerdo. Entonces, ahora sí, la situación sería la misma que en Andalucía. Ahora bien, ¿hasta dónde va a llegar la paciencia de VOX, este hacer de muleta sin más, con un punto de bravuconería que acaba quedando en nada con tal de que "no gobierne la izquierda"? Digo yo que todo esto de "la derecha sin complejos" y tal servirá para algo más que para acabar haciendo de Izquierda Unida. Más que nada porque ya sabemos cómo acaba todo lo que imita a Izquierda Unida y los ejemplos están muy recientes.

En cualquier caso, temo unos resultados escandalosos de VOX. En la encuesta de Telemadrid ya supera al PSOE en la capital y no me extrañaría que estuviera más cerca del PP y de Ciudadanos de lo que se dice. Esto fue antes del despiporre de Errejón y compañía, al fin  y al cabo. Cuando la gente compara a Podemos con VOX como ejemplos de extremos anticonstitucionalistas creo que como mucho aciertan a medias (y de ahí mi temor). Hemos oído durante años a dirigentes de Podemos decir barbaridades. No se ha salvado ni uno. Ahora bien, prácticamente todos las han matizado, han rectificado y en cualquier caso, al alcanzar el poder, se han limitado a seguir las directrices básicas de un estado de derecho.

No es el caso de VOX. El discurso del odio a lo establecido es prácticamente el mismo, pero la solución es mucho más enérgica. Ni sonrisas ni gilipolleces. Volver a Don Pelayo y exaltar la Semana Santa y el Cristo Redentor. El problema no es solo ese porque, insisto, en los principios se dicen muchas tonterías. El problema es la incapacidad absoluta de rectificar el camino, el empeño por insistir en discursos basados a menudo en datos falsos o concepciones de la sociedad claramente intolerantes. Puede que el poder les cambie -el jefe es Abascal y Abascal no deja de ser un político de toda la vida que se sabe todos los trucos- pero lo que está claro es que van a alcanzar ese poder tarde o temprano. Como lo alcanzó Podemos. Veremos qué uso hacen de él. Viendo lo visto en el PP, el único que puede evitar una deriva fatal es Ciudadanos y no es poca responsabilidad ni, llegado el caso, poco sacrificio.

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Las tardes de autobús las dedico a "Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos", la biografía de Carrère sobre Philip K. Dick que se ha decidido a publicar Anagrama en español 25 años después de su publicación original en francés. Es un libro delicioso y ahí está ya el Carrère de las décadas posteriores: el escritor claro, ameno, que entra y sale del libro según le apetece y del que es complicado saber exactamente qué opina de lo que está contando. Dick le fascina, es obvio, pero no está nada claro que siquiera le guste como escritor. En un momento dado, de hecho, califica su escritura como "mediocre".

Por lo demás, efectivamente, Dick es fascinante. Un producto de su época. Una especie de gnóstico pasado por las anfetaminas y los trastornos psíquicos. Un hombre demasiado preocupado por sí mismo, hasta cierto punto un cartesiano. A mí, todo el libro me recuerda a mi padre. O me recuerda, más bien, a todas las conversaciones que no tuve con mi padre. Por ejemplo, qué le parecía Philip K. Dick, del que tenía casi toda su obra. ¿Por qué no fui capaz de pedirle personalmente "Ubik" y tuve que llevármelo de su biblioteca una vez muerto? ¿Por qué la comunicación se dio tan por imposible que hasta una pequeña charla sobre ciencia ficción, donde él podía lucirse y sentirse cómodo, se nos hacía un mundo?

Una vez le pregunté por la física cuántica, por Einstein y por Heisenberg. Se le iluminaron los ojos. A mi padre le gustaba sentirse útil y le gustaba que le admiraran. Creo que hubo un momento en el que también eso lo dio por imposible pero sí, había un ego detrás de esos ojos tristes y era un ego enorme. Algo vapuleado, pero no extinguido. No recuerdo la respuesta. Bueno, recuerdo parte de la respuesta pero sobre todo recuerdo la vaguedad de la misma, algo entre la condescendencia y el desconocimiento, Probablemente hubiera bebido. Probablemente, una vez pasado el entusiasmo inicial, la cuestión en sí le diera bastante igual. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, o algo así, no sé si me entienden.

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Conocí a Pedro Letai una mañana de domingo junto a Manuel Jabois y Ana. Habían quedado con él y yo me acerqué a unirme al aperitivo. Parecía un tipo amable que dijo conocerme y leerme. Ahora, al parecer, se ha descubierto que se dedicaba a plagiar a medio Twitter, a Loriga y a Jabois. No me importaría que me hubiera plagiado a mí alguna cosa también. Ya que a mí no me van a publicar nada que al menos se lo publiquen a Letai. De hecho, lo agradecería, porque si de verdad me conocía -cosa que dudo- y de verdad se ha dedicado a hacer un extenso copia-pega, no estar ni en la selección sería un fracaso definitivo.

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Viernes de "Call me by your name" en Filmin. Preciosa. Con esa mezcla de Ivory y Rohmer que tan bien funciona siempre. Una historia de amor devastadora entre citas de Heráclito. Un poco larga, quizá, puede que a propósito para evitar el melodrama. Chicos y chicas guapas, de todas las edades, en parajes formidables. Vida de chateau, que diría aquel. Un rato bien empleado.

lunes, enero 21, 2019

¡"La Venda" a Eurovisión!



Tras un fin de semana espantoso, decidimos poner la gala que mezcla OT y Eurovisión en TVE para ver si mejoran las cosas. Así estamos. Buena parte de la culpa la tienen los tuits de "El Mundo Today" al respecto y la sensación extendida de que aquello está siendo un desastre. Nos da tiempo a escuchar pocas canciones pero, efectivamente, son todas de un nivel muy bajo, como si el pasotismo de "la rueda" se hubiera colado también en "prime time". De las cuatro o cinco canciones que oigo, me llama la atención una que se llama "La venda" y que interpreta Miki. Miki es guapete, dice la Chica Diploma, y tiene un carisma extraño. Cuando participaba en el concurso, las ovaciones eran constantes; ayer, más de lo mismo.

Vamos en cualquier caso con la canción: la puesta en escena es mejorable, pero, en fin, demos esa batalla por perdida. El chico lo hace bien, es decir, transmite el entusiasmo que se supone que tiene que transmitir. Ahora bien, la canción es de párvulos y hay ahí algo que me intriga: en algún momento, alguien de TVE o de la productora se ha puesto en contacto con La Pegatina y les ha dicho que tienen que presentar una canción que se va a escuchar un domingo por la noche, ante millones de espectadores, como parte de un fenómeno de masas y con la posibilidad de ser escuchada después por media Europa. Uno puede imaginar que ahí es donde uno saca lo mejor de sí mismo, donde se encierra a escribir "la canción", la que le consagre a uno como músico y compositor.

Y no. La canción es una más dentro de un montón de canciones indiferenciables. Pegadiza, por supuesto, pero como cuando yo le canto canciones a mi hijo de cuatro años con una melodía medio inventada y una letra que rima y punto. Se cayó la venda. Tengo la sensación de que es la centésima canción casi idéntica que han compuesto así. Sin embargo, la reacción del público es abrumadora: "¡La Venda a Eurovisión!", gritan como locos, mientras todo el jurado y el presentador y el compositor insisten en que es una canción de la hostia, interpretada como solo un genio lo haría y que le augura un futuro deslumbrante en el mundo de la industria. Lo que repiten después de cada actuación de todos y cada uno de los aspirantes, por otro lado.

Me asombra tanto conformismo, no puedo evitarlo. Y, ojo, insisto en que esa canción o cualquier otra de ese estilo puede estar bien para una pachanga y para disfrutar y supongo que Eurovisión es eso, pero si siempre se ha criticado -injustamente-al pop por su simplicidad, es desolador pensar que esa simplicidad es Beethoven para los nuevos autores. O, simplemente, que yo me he hecho muy mayor.

NOTA: Escribí esto antes de saber que, de hecho, "La venda" representaría a España en Eurovisión, lo que confirma la segunda hipótesis: estoy demasiado mayor para nada que no sea leer biografías de Paul McCartney.

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Como no todo es telebasura, intentamos ver también "La muerte de Stalin" en Filmin, que tan buenas críticas tuvo en su momento. Tampoco conseguimos acertar. La primera media hora está bien, justo la que da nombre a la película y trata, cómicamente, el momento de la muerte del genocida. El mero hecho de que toda la cúpula de la Unión Soviética hable en inglés y que Steve Buscemi haga de Kruschev con su cerrado acento americano ya provoca risas. El problema es que, como comedia, es demasiado exigente. Uno tiene que saber exactamente quién era Beria, quién Molotov, quién Malenkov y así sucesivamente para que las bromas internas tengan gracia. De lo contrario, se pierden.

Tampoco ayuda el hecho de que la segunda parte, la que trata sobre la sucesión y que de alguna manera pretende tener un trasfondo histórico sea tal despropósito. Centrada principalmente en la figura de Beria, dicha segunda parte no aporta un solo dato histórico veraz. El relato se aleja muchísimo de lo que pasó y no sé si tiene sentido tratar las traiciones del poliburó postestalinista de una manera apresurada, falsa y además inverosímil. Beria fue purgado, por supuesto, y hay ahí una enorme ironía, pero no fue linchado en medio de una reunión del Comité Central. No veo la necesidad de inventarse dicho linchamiento si no existió.

En definitiva, si quieres reírte tienes que partir de unos conocimientos algo más que básicos -salvo los primeros diez minutos, excelsos- de Historia y si quieres aprender algo de Historia, fácil no te lo ponen.

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La muerte de un niño: no sé qué tratamiento deben tener las tragedias infantiles en televisión. Quizá una mención para alertar sobre posibles peligros. Quizá un seguiiento esperanzado durante las primeras horas. En ningún caso, una cobertura creciente conforme disminuyen las posibilidades de que la tragedia tenga un inesperado final feliz. Si dicho final feliz ha de llegar que sea por sorpresa, algo así como "¿Se acuerdan de aquel niño que... pues ha aparecido vivo?". De lo contrario, se trata de un espectáculo del morbo más bajo que deja todo lo de Alcácer a la altura de un premio Pultizer.

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Aprobar oposiciones no es fácil. Según la oposición de la que se trate puede no ser demasiado complicado, pero fácil, fácil no es. Por eso las hacen. Ahora, el problema llega cuando a uno no solo le piden que haga un trabajo que no le gusta sino que encima pretenden que se deje la vida intentando acceder a un trabajo que no le gusta. Depende de la persona puede ser una exigencia poco realista y en mi caso directamente es un disparate.

El asunto, por tanto, es qué me gusta y eso no ha estado nunca demasiado claro. En el instituto me planteé estudiar psicología, publicidad o políticas aunque la solución más obvia habría sido periodismo. Si no estudié esa carrera fue por una pura cuestión de ego: mi objetivo vital no era escribir sobre otros sino que otros escribieran sobre mí. Más de veinte años después de tan estupenda decisión hemos llegado a esta especie de punto medio o de exceso absoluto, no sé muy bien qué pensar: yo, escribiendo sobre mí continuamente.

Por otro lado, maticemos, de paso, algo que dije el otro día: 1) alguien puede pensar que si digo que la industria editorial es un mundo infecto es porque no me ha ido (no me está yendo) bien. Es cierto. Sour grapes. Las palabras de un resentido. Ahora bien: 2) la industria editorial, conmigo o sin mí, es un mundo infecto, lleno de chapuzas, promesas incumplidas, trato indigno a los autores y comportamientos que bordean el delito. De ahí, el inmenso dolor compartido que ha causado la muerte de Claudio. 

lunes, enero 14, 2019

Cuando Isa se convirtió en Díaz Ayuso


Mi problema con la candidata Díaz Ayuso es que siempre la veré como Isa. Cuando alguien llega a tu vida de determinada manera y se ubica ahí una temporada, es complicado ver más allá. Isa apareció en 2004 y estuvo de forma más o menos constante hasta 2006. No recuerdo si luego desapareció ella o desaparecí yo o los dos hicimos una educada bomba de humo. Por lo demás, todo lo que puedo decir de Isa es bueno: nos tuvimos un gran cariño, compartimos cenas en casa de sus padres escuchando grandes éxitos de Robbie Williams y comidas en el restaurante gallego que quedaba al lado del primer piso al que se fue a vivir sola.

Hablábamos mucho. Por teléfono y por Messenger. Hablábamos de trabajo, claro, porque los dos estábamos en El Semanal Digital, el mismo medio donde colaboraba como columnista Santi Abascal, por cierto, pero también hablábamos de nosotros y nos escuchábamos. Ya por entonces, la política era su prioridad y todos nos dábamos cuenta. Tenía la ambición y la voluntad, le faltó siempre un poco de seguridad en sí misma, quizá porque en el fondo era demasiado buena persona para un mundo tan voraz. Yo, mientras, le hablaba de relatos y de chicas, de muchas chicas, de todas las "chicas Malaspina", grupo del que ella misma formó parte en más de una ocasión.

Creo que los dos nos veíamos como el hermano pequeño del otro. Isa era un desastre en muchas cosas y yo era un desastre en casi todo. Si tuviera que ponerle un adjetivo a nuestra amistad sería "bonita". Simplemente, eso. Fuimos dos excelentes huerfanitos.

El asunto es que ahora Isa ya es Díaz Ayuso y ya es candidata a presidenta de la Comunidad de Madrid, que no es poca cosa, y como tal hay que hablar de ella. Ahora bien, ya digo, me cuesta. Esta mañana ha estado en el programa de Carlos Alsina y dentro de la locuacidad Díaz Ayuso se seguía escondiendo la Isa frágil y con miedo a molestar que siempre conocí. Eso hace que su discurso sea un continuo matiz en el que nunca se sabe lo que piensa de verdad. Si soy sincero, ya cuando éramos amigos nunca quedaba muy claro lo que pensaba de verdad. Ni lo tenía claro yo ni lo tenía claro ella. Solo que entonces no importaba y en lo que a Isa respecta, sigue sin importarme y la sigo teniendo el mismo cariño y hasta cierto punto me siento orgulloso de verla ahí. Otra cosa es en lo que respecta a la candidata Díaz Ayuso. Afirmaciones del tipo "yo no valgo ni una cuarta parte de lo que valen Aguirre o Cifuentes" pueden estar bien cuando intentas hacer méritos ante Aguirre o Cifuentes, pero quedan raras cuando pretendes que la gente te vote por tu valía.

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El sábado por la noche tocó ver "Eugenio", el excelente documental sobre el cómico catalán. No sé si su vida era tan interesante pero desde luego la película consigue que parezca interesante y de eso se trata, precisamente porque el cine y la política son cosas distintas. Lo mejor, sin duda, es el ritmo de narración: el director no se apresura. Desde el principio, sabe que lo que la gente está esperando es la decadencia porque la decadencia vende. Sin embargo, no adelanta el abismo ni un solo segundo. Ahí está Eugenio cantando con su mujer, optando a Eurovisión; Eugenio en bares nocturnos tocando la guitarra; Eugenio con sus hijos; Eugenio contando sus primeros chistes...

Hay en toda esa parte una buena dosis de melancolía hacia esos años setenta siempre tan mal contados. Esos años setenta de "boites" y salas de fiestas. Con eso va tirando perfectamente, igual que con la descripción del éxito arrollador e incluso con el contaste entre su vida personal y profesional, que se intuye desde la primera frase, pero se va desarrollando con un mimo extraordinario. Así hasta el cuarto de hora final. No más: quince o veinte minutos dentro de un documental de hora y media.. Ahí sí: ahí, la segunda separación, el esoterismo, la cocaína, el desdén hacia los hijos, la depresión, la retirada del mundo del espectáculo a los 50 años. El fin de un hombre y el fin de una época al cruzar el ecuador de los noventa...

También, las enfermedades, por supuesto. El cáncer de vejiga, los problemas cardiovasculares, las insuficiencias respiratorias... Eugenio, claramente enfermo, tremendamente envejecido, en un par de fotos y un par de secuencias televisivas. No más. Eugenio, olvidándose del siguiente chiste y Eugenio intentando encontrar aire para seguir adelante mientras en su cara se avista el pánico al desmayo inmediato. Eugenio con su nieta en brazos un día antes de caer redondo en una discoteca sin que nadie sea capaz de reanimarle.

No niego que parte de mi fascinación está en el hecho de que el último Eugenio se pareciera tanto a mi padre. Los dos compartieron deterioro y los dos murieron a la misma edad. Altos, con barba, de aspecto imponente y mirada perdida. El hijo mayor, que sirve un poco de narrador de la historia, confiesa emocionado que no tuvo tiempo de llorar la muerte de su padre porque tenía una hija a la que cuidar. Puedo entenderle. Mi padre murió en abril de 2013. En septiembre, mi mujer ya estaba embarazada.

viernes, enero 11, 2019

En la muerte de Claudio López Lamadrid



No recuerdo la primera vez que vi a Claudio, pero sí recuerdo la última. Fue durante la Semana Santa de 2016, en el restaurante Miramar, frente a la bahía de San Vicente de la Barquera. Yo venía de una experiencia dolorosísima en el mundo editorial y verlo entrar en aquel sitio, con su familia, con Ángeles... me llenó de tal alegría que le di un abrazo quizá demasiado efusivo. Era la clase de persona con la que no te parabas en estatus o en cargo, simplemente te sentías tranquilo y seguro a su lado.

Lejos de mi intención hablar aquí del López Lamadrid que todos conocen. Me limitaré a hablar del que conocí yo. El de las conversaciones en Twitter acerca del Espanyol, su gran pasión aparte de la literatura. El que me dijo que su casa era la mía cuando fuera a Barcelona, el que me paseó por la Feria allá por 2015 o 2016, cuando mis libros en su grupo editorial ya habían demostrado ser un desastre. Claudio podía parecer distante en ocasiones, la típica persona con tantos pensamientos en la cabeza que nunca parece estar ahí, pero, a la vez, eso tranquilizaba porque sabías que estaría cuando hiciera falta.

Por ejemplo, al poco de enviarle "La estética del francotirador", me contestó con un largo email detallando los aciertos y los fallos de la novela y animándome a publicarla en algún lado porque merecía la pena. No todos los editores hicieron lo mismo y no todos los editores eran los responsables de uno de los dos sellos más importantes en lengua española. De alguna manera, siempre sentí que, mientras Claudio estuviera ahí vigilando, tendría alguna posibilidad. Hace apenas dos horas le decía a una buena amiga: "Si consigo escribir una buena novela, sé que Claudio al menos va a leerla".

Sé que todo esto, desde fuera, no parece mucho, pero lo es. El mundo editorial es un lugar infecto lleno de gente podrida y sin consideración. Claudio, al igual que Miguel Aguilar, mi querido editor en Debate, siempre fueron cariñosos, agradables y profesionales conmigo, perdonándome incluso mi afición al Barcelona. Con ellos no te la jugabas. Creyeron en mí como ha creído poca gente en esa industria y yo siempre tendré la sensación de haberles fallado.

Como todo editor, Claudio tuvo aciertos y errores, pero nunca se conformó. Siempre estaba buscando nuevos talentos, nuevas vías, nuevas narraciones... podría haberse aislado en su torre de marfil pero prefirió bajarse al barro de las redes sociales y el contacto directo con cualquiera cuyo talento le llamara la atención. Su muerte deja huérfana a mucha gente. Sus autores eran algo así como sus hijos, a los que a veces no dudaba en regañar en público cuando discutían entre sí. Siempre creyó en lo que hacía y cuando tenía dudas se guardaba de que nadie las descubriera.

Era un buen hombre. Conmigo fue un buen hombre, siempre. Le echaremos muchísimo de menos.

jueves, enero 03, 2019

Tiempo después



Es Año Nuevo y la Chica Diploma y yo decidimos ir a Plenilunio a ver una película mientras el Niño Bonito se queda jugando con los abuelos. Es algo así como una tradición, o eso creemos. Tenemos problemas con la memoria. La Nochevieja fue tranquila, como no puede ser de otra manera: televisión, ironía, aguantar y a la cama. En cuanto a 2019 lo único que puedo decir es que me da un poco de pena, tan solo, tan poco especial, tan continuación de lo mismo.

La película que elegimos es "Tiempo después" y no nos gusta. Hacemos todos los esfuerzos porque nos guste pero no lo conseguimos. No somos los únicos y se forma en la sala una amarga hermandad de huerfanitos. Hay dos opciones: o es Cuerda o somos nosotros y nosotros, al fin y al cabo, estamos ahí por Cuerda, así que ninguna solución es apetecible. Puede que alguien en algún momento se haya reído con algo, pero nadie lo recuerda ya. De despedida suena una canción excesivamente ronca, como también pasada de tuerca.

Hay en la película tal cantidad de guiños a "Amanece que no es poco" y a sus dos otras comedias surrealistas agrarias -"Total" y "Así en el cielo como en la tierra"- que hay algo de verse a uno de joven o, más bien, de verse intentando ser joven de nuevo cuando ya es imposible. No sirve de nada que Dani repita que el alcalde "se toca las pelotas" con acento de Gabino Diego o que un vecino -un parado en esta versión- interrumpa una asamblea para cantar la historia de la roca y el hombre pobre. No sirve de nada casi nada porque la película, como tal, está condenada. No funciona. No está dirigida a nadie. Es un monólogo de Cuerda mediante decenas de voces.

¿Y no era así "Amanece que no es poco"? Sí, supongo que sí. Lo supongo pero no lo creo, ojo. Lo que creo es que los personajes -no los actores, los personajes- de la primera eran más sólidos y más interesantes, pero también reconozco que puede que sea yo el decadente y que sean mis ojos los que han envejecido y ya no capten la sutileza de determinadas ironías. Dejémoslo, pues, en que es una broma privada. No ya Cuerda monologando sino Cuerda y sus amigos, sus fans en buena medida, disfrazándose y jugando. Pasándoselo bien y que digan lo que digan. Así, me cuadra más y me siento mejor hablando de la película con tan poco entusiasmo.

Porque en realidad buena parte de los amigos de Cuerda son o han sido mis amigos y yo no deseo que les vaya mal ni que alguien venga aquí, lea en este blog que la película no me gustó y ni se plantee ir al cine el próximo fin de semana y los cines empiecen a retirarla sin hacer demasiado ruido. Pensemos, más bien, en la idea de la fiesta privada donde nadie espera nada, donde no sigues las huellas de una fiesta anterior que dicen que estuvo de maravilla y de la que en el fondo los invitados no dejan de hablar. Pensemos en la posibilidad misma de ver "Tiempo después" sin el tiempo, como el niño que, por edad, ve "El Padrino III" en el cine y solo luego se pone a ver las otras dos, las de verdad.

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De camino a la sala pasamos por un restaurante donde anuncian lo que nos parece leer como "hamburguesa Dulceida". Edición limitada, además, no vaya a ser que puedas dejarte de sentir especial por un solo segundo tomándote un montón de pan con carne picada en un centro comercial a medio camino entre Vicálvaro y Coslada... Reconozco que hay algo que me puede resultar interesante del concepto: no es ya una hamburguesa que se come Dulceida en un vídeo de instagram ni un restaurante Dulceida en el que se venden hamburguesas. No, la hamburguesa, en sí, es Dulceida, lleva ese nombre.

Ahora bien, el problema que surge es obvio: ¿qué es Dulceida? ¿Qué hay de Dulceida más allá de sus manifestaciones? ¿Qué idea sostiene todo eso? Prefiero a Dulceida depilándose, anunciando ropa y creando hamburguesas (pero, ¿la ha creado ella?, ¿cuándo?) que a Carlos Sobera fomentando la apetitosa mezcla de ludopatía y micropréstamos, pero aun así hay algo que me supera. Algo que tiene que ver, de nuevo, con mi edad, supongo. ¿Y si Dulceida fuera el limón de la película de Cuerda? ¿Y si fuera Roberto Álamo, directamente? ¿Y si precisamente todo este nuevo mundo de imágenes huecas es lo que hace que no tenga sentido o que no nos aporte absolutamente nada una nueva crítica a un capitalismo que no existe ya en ese formato?

Me obliga, además, a preguntarme si todo esto aumenta la alienación o al contrario: Dulceida es el trabajo de Dulceida. No hay separación. El influencer es el influencer es el influencer. Instagram lleno de famosos contándonos lo bien que han dormido, quizá cobrando por ello. Me gano la vida siendo yo. ¿Qué categoría ocupa eso dentro del marxismo? No ocupo un puesto, no sigo unas reglas propias del cargo más que de manera muy superficial. Elijo -dentro de lo que es la vida- lo que hago y a veces lo que hago es un manifiesto político y a veces es una hamburguesa. Me pagan. Soy y por ser me pagan. Por ser yo. Por ser Dulceida.

Y que nadie pregunte más allá porque más allá solo hay dioses y bárbaros.

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Antes de Nochebuena nos vemos Carmen, Bea, Álida, Eloy y yo. Creo que es Eloy y si no es Eloy no hay ningún intento de menosprecio sino pura senilidad. Pienso, por supuesto, en lo poco que nos vemos. Pienso en toda la gente que ha aparecido y desaparecido de mi vida y mi incapacidad de dejar la casa limpia en cada momento. Una especie de Síndrome de Diógenes afectivo. Aprender a querer menos, hay que aprender a querer menos. Siempre ha sido el problema y no ha dejado de serlo ni a los cuarenta. No se puede pretender querer a todo el mundo al máximo toda una vida porque en el fondo lo que estás haciendo es obligarles a ellos a que estén a tu altura. Y si lo están, igual lo están a la fuerza... y si no lo están, tú te lo vas a tomar mal. Y te vas a alejar. Y no vas a saber encontrar esa tierra media del cariño, del recuerdo, del afecto puntual, del encuentro casual, del aquí y ahora. Cada instancia será la ausencia de un imposible. Y les perderás, por supuesto, porque vivir así es morir de amor y un coñazo de aúpa.

Así que ese debería de ser el reto de 2019 y en adelante: querer menos. No en general, no a lo cínico ni a lo Schopenhauer, sino cuando querer menos sea la única manera de quererse. 

miércoles, diciembre 19, 2018

This fire is in absolute control


Recuperé mi iPod. Creo que es el que me regaló Arantxa, hace unos diez años, pero no estoy seguro. Puede incluso que fuera el que me llevaba a San Sebastián en los viajes de tren de cinco horas. No sé. En cualquier caso, recuperé mi música. La sensación maravillosa de vivir en un vídeo-clip. Hay que aclarar que no es una experiencia completa: no es una experiencia 2005, por ejemplo. El placer sigue ahí, incluso la emoción al reencontrarse con el "Don´t tell me" de Madonna, con el "Kindergarten" de DNV o con cualquier canción de Hole o Veruca Salt. Lo que no está es la promesa, no sé si me explico.

A los veinte, a los treinta, la música tiene algo inmediato en los sentidos y en la cabeza. Eso me lo explicaba LC en su momento y a mí me daba una rabia enorme y le intentaba explicar que no, que mucho mejor escribir, aunque supiera que aquella defensa era una patraña. Yo, que soy un adicto a las drogas legales, no he probado jamás una ilegal y solo me podrían explicar los efectos de un tiro de cocaína comparándolo con canciones de Elástica. Supongo que a eso se refería LC: la inmediatez de la música, el disparo al cerebro. La posibilidad de abrir todas las puertas de la percepción abriendo un solo sentido.

Las canciones de aquella época no solo eran más o menos bonitas sino que, al oírlas, eran más o menos tú. Esas sensaciones son las que ya no pueden recuperarse. Por ejemplo, "Antes", de Jorge Drexler (como verán, mi gusto musical es bastante ecléctico), que durante años consideré una preciosa historia de amor y que ahora solo consigue ponerme la piel de gallina si la imagino como una canción de su padre a su hijo. Siempre llega un momento en el que la vida y la música se separan: hay pocas canciones sobre hijos y generalmente parecen hablar de otra cosa. Menos canciones aún sobre matrimonios, alquileres y repuestos para el coche. Esto no es culpa de nadie, simplemente es así.

En consecuencia, cuando me pongo los cascos -uno tiende a no sonar, pero eso ya pasaba antes- e intento caminar por la calle como Richard Ashcroft en "Bittersweet simphony" o recuerdo cuando gritaba enloquecido "This fire is out of control", queda una especie de pose estética pero que no va más allá: ya nunca iremos contracorriente siquiera en una avenida de Londres y este fuego está tan controlado que asusta. Aun así, permanece una sensación relajante. He comparado antes la música con la cocaína pero también puede ser un excelente ansiolítico. Algo que no solo te devuelva una imagen distinta de uno mismo sino que te permita olvidar quién eres durante tres, cuatro, cinco minutos. Y, de paso, quiénes son los demás.

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Terminé la correspondencia del matrimonio Zweig. Desolador derrumbamiento en los últimos cinco años. Interno y externo. Un precipicio sin fondo en el que Stefan por momentos se convierte en Josef Roth, agobiado por todo y buscando una solución apresurada a cada problema. Ese constante "necesito parar, necesito descansar" que también me ha acompañado a mí toda la vida. Cuando ya no puedes quedarte tan tranquilo y esperar que lleguen los cheques sino que tienes que ir a buscarlos tú, eterno extranjero, de conferencia en conferencia por un mundo que ya no reconoces.

En cualquier caso, sorprenden los restos de templanza. Roth era un alcohólico, no tenía límites en su prosa ni en sus reproches. Stefan es un caballero -o pretende serlo- incluso dentro de un caos que le llevaría al suicidio. Hay en él algo de Ned Flanders a punto de estallar en cualquier momento. Todos esos "te ruego", todas esas quejas sobre-explicadas, todas esas mentiras flagrantes... Zweig no queda demasiado bien en muchas de sus cartas y Friderike no queda mucho mejor, aunque al fin y al cabo, era ella la que sacrificaba su vida por el bienestar físico y mental de un mujeriego reconocido.

Ahora bien, lo interesante de la edición es justamente su epílogo, en el que descubrimos que a Friderike le entró el síndrome Förster-Nietzsche y decidió reajustar la historia a su medida: publicó una biografía sobre su ex-marido algo dudosa, editó su correspondencia omitiendo cartas e incluso cambiando las partes más comprometidas, es decir, las que hablaban de su nueva esposa, Lotte Altmann, con la que en apariencia le unía una relación al menos cordial, pues a menudo se enviaban saludos y felicitaciones con esa educación austrohúngara que preside todo el volumen.

Persiste, en todo caso, la desazón por el escritor perdido. En sus años más terribles y angustiosos, los de las redadas policiales en Salzburgo, los del exilio en Londres, los de la separación con su esposa o los del trasiego constante entre Brasil, Estados Unidos, Argentina... con los correspondientes papeleos y gestiones burocráticas, Zweig escribió la biografía de María Estuardo, la de Erasmo de Rotterdam, relató los conflictos entre Calvino y Castellio en Ginebra, se enfrascó en las aventuras de Americo Vespucio, añadió dos momentos estelares de la humanidad a su libro original, trabajó hasta el último aliento en la figura de Montaigne y aún tuvo tiempo de escribir su autobiografía, "El mundo de ayer" (por cierto, a Friderike no le gustó nada, sentía que, incluso muerto, seguía ninguneándola). Todo esto antes de envenenarse junto a Lotte al poco de cumplir los 60 años, convencido no tanto de que vivir en guerra no merecía la pena sino que la propia posguerra supondría un esfuerzo desmedido.

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La Chica Diploma decide ponerle al Niño Bonito un capítulo de "Érase una vez la vida" o "Érase una vez el cuerpo humano" o cómo se llame eso. Es una serie que funcionó con su prima Eva y así le tiene tranquilo un rato. A los cinco minutos, sin embargo, el niño aparece en la cocina haciendo pucheros y consternado: "Mamá, ¡somos monos!". No tiene cinco años y ya toca explicarle creacionismo los días pares y la teoría de la evolución los impares.

jueves, diciembre 13, 2018

El Niño Bonito y el Niño Jesús


Al Niño Bonito le gusta la Navidad. Se lo pregunto en el coche y dice que sí, convencido. Yo no lo tengo tan claro, pero no hemos venido aquí a hablar de mí.

¿O sí?

A mí, la Navidad me gustaba cuando era sinónimo de libertad, de ocio. Me gustaba cuando veía a todo el mundo de buen humor porque era algo probablemente falso pero agradable. Ahora me cuesta mucho más: yo no estoy de buen humor nunca, mi tiempo libre coincide milimétricamente con el de mi hijo y la libertad, por tanto, es algo bastante limitado.

Sin embargo, para él es un terreno desconocido y estéticamente bonito. El árbol de navidad con sus correspondientes bolas y estrellas. Yo tuve árbol de navidad en casa durante algún tiempo cuando era niño -y también me gustaba- pero ni me planteé volver a poner uno hasta que empecé a vivir con la Chica Diploma. Más que nada porque yo puedo disfrutar la Navidad como celebración social pero no creo en ninguno de sus símbolos, así que, ¿qué sentido tendría recrearlos?

La Chica Diploma, que tampoco es que sea una creyente enfervorecida, sí tiene ese punto tradicionalista o nostálgico, si se quiere: le gusta que haya un árbol, le gusta poner las tarjetas de felicitación a la vista, le gusta poner un belén aunque sea un belén algo desorganizado... Esa fue su infancia y se resiste a abandonarla, cosa que me parece muy lógica. El belén, como digo, es mejorable. Para empezar, a Baltasar se le ha roto una pierna y aún no se la hemos pegado así que se pasa el día tumbado sobre la mesa, claro, y al Niño Bonito le da por señalarle y decir: "Está durmiendo la siesta".

En cualquier caso, su figura favorita es la del Niño Jesús. Siente verdadera fascinación por el personaje, especialmente desde que un taxista le regaló una estampita que él entendió inmediatamente como una foto que probaba sin lugar a dudas su existencia. Cuando habla del Niño Jesús -cuando repite lo que le han dicho sobre el Niño Jesús- habla de alguien que no se sabe si está vivo o muerto pero que cuida a los niños y les procura dulces sueños. ¿Cómo no creer en algo así? ¿Cómo no decirle que sí, que tiene razón, que el Niño Jesús está en el cielo (yo diría que vivo, o más bien resucitado, pero mis conocimientos de teología no dan para saber si se puede asimilar al Crucificado con el bebé redentor) y que le va a cuidar siempre.

No es que le anime a creerlo pero desde luego no le desanimo. La fe es algo envidiable y si va a ser más feliz, bienvenido sea. Si puede ser de todos los equipos, ¿por qué no va a estar a tiempo de ser de todas las religiones? El otro día, por ejemplo, intenté explicarle que, como el Niño está en el cielo, es imposible saber si existe o no. "Que nos lo diga tu papá o la abuela Cuca", me dijo, todo convencido. "Ellos están en el cielo también, así que nos pueden llamar y que nos lo digan". Cuando le expliqué que era complicado llevarse un móvil al cielo, encontró una solución más práctica: que lo escriban en un papel y nos lo tiren. Y ahí fue cuando el filósofo racionalista ya dejó de luchar y se entregó sin más al convencimiento ajeno.

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Estoy con la correspondencia entre Stefan Zweig y su esposa, Friederike. Relación extraña, ya desde el principio. Una mujer melancólica con un hombre hiperactivo. La razón por la que hay miles de cartas de Stefan Zweig en distintos archivos se debe, básicamente, a que nunca estaba en casa. Su agenda de viajes es realmente agotadora y representa precisamente esa libertad que para él era "el mundo de ayer", cuando aún no era "un judío" sino "un intelectual" o incluso "un humanista": de Salzburgo a Viena, de Viena a Berlín, de Berlín a París, de París a la Toscana, de la Toscana a Budapest y así sucesivamente...

Es un modelo de pareja, en cualquier caso, que no me gusta. Es lógico porque es un modelo de pareja de hace cien años. Se pasan las cartas pegándose hostias verbales y repartiéndose reproches... y eso que aún no he llegado a la parte dura, la de los años 30, la persecución y el divorcio. Ella está frustrada porque lleva una vida que no le gusta. Hay algo de Madame Bovary en el personaje. Algo de cualquier ser humano con dos dedos de frente, por otro lado: se pasa el día sin hacer nada, ordenando correspondencia ajena y cuidando a las dos hijas de su primer matrimonio mientras el otro se pasa el día de punta a punta del continente en plan "hoy he comido con Rolland, hoy he cenado con Freud, hoy he desayunado con Thomas Mann...".

Friederike soñaba con ser una gran escritora pero nunca tuvo el tiempo ni el apoyo para serlo. No sé si soñaba con ser Stefan Zweig pero sí al menos con que Stefan Zweig viera en ella a una igual y no a una taquigrafista. Por otro lado, Zweig no se corta a la hora de relatar su líbido e insinuar sus consecuencias. En demasiadas ocasiones, no parece necesario ni parece una broma que los dos acepten de igual manera. Ahí vuelven entonces los reproches y el mal rollo, un mal rollo que, sorprendentemente -hoy día, muchas de esas cartas derivarían en un divorcio inmediato- parece desaparecer en el siguiente párrafo demostrando una encomiable educación austro-húngara.

En cualquier caso, ya digo, me cuesta entender una vida marital en la que los esposos, en rigor, no comparten nada. Me parece triste. Si en la correspondencia con Roth estaba claro quién era el perdido, aquí la cosa está más competida: el niño de 50 años que se regodea en su burbuja hasta que esta dramáticamente explota o la contenida realista siempre a punto de romper la cuerda. Dos situaciones realmente desagradables.

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Hay algo impostado en los anuncios de niños de diez años hablando entusiasmados sobre Luke Skywalker y la Estrella de la Muerte. Como si los de mi generación nos pusiéramos a jugar al Lego Bismarck y recreáramos absortos la guerra francoprusiana de 1870.

miércoles, diciembre 12, 2018

Ni feo, ni fuerte y como mucho formal


 Hay cosas que yo solo puedo hablar con mujeres. Cosas que solo puedo decir a mujeres aunque eso no quita que también las sienta hacia determinados hombres. Decir, por ejemplo, a las cinco de la mañana de un viernes: "Necesito que subas a casa, necesito que me escuches". Pensar, por ejemplo, camino de la Escuela: "Necesito que vuelvas, necesito que me salves", sin que eso roce siquiera el concepto de la sexualidad ni en rigor el de la infidelidad porque, ya digo, también los hombres podrían salvarme, también podrían escucharme... solo que yo no soy capaz de pedírselo nunca.

Mi amistad con el género masculino ha de ser cínica, distante y abandonada o no ser en absoluto. Eso, obviamente, es un problema. Algo más que un problema: una desgracia. Soy capaz de dejar que una amistad se marchite solo por no ponerle trabas, por no dejar las cosas claras. La cantidad de "mejores amigos" que he ido perdiendo con el tiempo es inagotable. No así la de "mejores amigas" que, hasta cierto punto, se han ido acumulando, lo que en algún momento supongo que dio lugar a muchos equívocos, propios y ajenos.

En el fondo, es algo que me desgarra. Puede que no haya que ser un gran psicoanalista para entender que yo tuve que asumir la marcha de mi padre desde los cuatro años mientras mi madre y mi abuela me "salvaban" día a día de cualquier problema. Puede también que eso no lo explique todo y que haya vida más allá de Freud. Inés decía que cuando estaba con chicas me comportaba de forma distinta, y con eso ella quería decir "artificial" y probablemente "agotadoramente seductora". Nunca supe si era verdad. Tampoco supe si eso la incluía a ella o no. Lo cierto es que, entre hombres, siempre me sentí un bicho raro así que es más probable lo contrario: que forzara la pose en su presencia: el más divertido, el mejor colega... una pose que nunca duraba mucho porque lo que hay es lo que hay.

Del mismo modo, diría que el reproche masculino me duele pero no me mata. El reproche femenino, sí. O casi. Hay algo de irracional en el hombre que no consigo asimilar y que de alguna manera doy por hecho. No lucho contra ello. Me temo que esto pueda ser una cuestión genética: mi hijo solo se relaciona con niñas. Tampoco percibo un esfuerzo exagerado en seducirlas así que entiendo que simplemente forman parte de su zona de comfort. Que ahí, en ese grupo, se siente seguro, en casa. Quizá algún día él mismo se haga una reflexión de este tipo y decida culparme a mí de todo. No sé, ahora mismo, de hecho, si hay alguien que me salva de cualquier abismo es él. Cuando llego y le abrazo y por un momento consigo olvidarlo todo y que nada importe.

Mujeres y niños, en definitiva. Como todo buen naufragio.

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Publicitan una película llamada "Viudas". El cartel está formado íntegramente por actrices, lo que debería de ser una buena noticia de género. Sin embargo, no están ahí como mujeres sino como compañeras de hombres. El título lo deja bien claro desde el principio. No es una historia de un grupo de mujeres que hacen algo de valor por propia iniciativa -quizá la productora pensó que eso reduciría su público objetivo- sino la de un grupo de mujeres a las que les falta algo y de alguna manera tienen que sustituirlo.

Cuando me relacionaba más con la industria del cine, al menos español, era demasiado obvio que todos los papeles femeninos estaban incompletos: la novia de, la madre de, la hermana de, la hija de. No podría decir si esto ha cambiado mucho o no porque con no liarme explicando el "past perfect" ahora mismo tengo más que suficiente. En cualquier caso, era una pena. El volumen de grandes actores masculinos en aquella época era enorme. El de grandes actrices era directamente descomunal.

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Disclaimer: yo también escribí y dirigí un corto y puse a un hombre como protagonista de un mundo en el que las mujeres giraban alrededor de él. Una magnífica oportunidad para desperdiciar el enorme talento de Guadalupe Lancho, ni más ni menos.

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En el éxito de VoX hay mucho de exaltación y, por lo que leo, esa exaltación tiene mucho que ver con el "caso Dani Mateo" en el que, en un sketch televisivo, un personaje llamado Dani Mateo e interpretado por un actor llamado Dani Mateo estornudaba y utilizaba -accidentalmente en la ficción, de ahí la ironía- una bandera española para sonarse los mocos. Al parecer, eso ofendió a mucha gente. A tanta que ahí está Dani esperando que el juez le diga que hacen con él. De todo lo absurdo de este caso, no deja de chocarme que no sean capaces de distinguir entre persona y personaje. Un actor que comete una barbaridad en pantalla no es un bárbaro. Lo próximo sería que la fiscalía llame a Christophe Waltz por antisemitismo o a Clint Eastwood por brutalidad policial.

En cualquier caso, si nos vamos al acto humorístico como tal, no veo nada que no sea opinable. Puedo imaginar perfectamente un sketch de los Monty Python en el que uno de los personajes haga exactamente lo mismo y no descarto incluso que se pueda encontrar fácilmente en algún "Flying Circus". El intransigente que se tiende a sí mismo una trampa accidental cometiendo un acto que va en contra de las ideas que defiende a ultranza. No digo con ello que sea un buen sketch o un buen chiste. En realidad me es indiferente. Lo que me extraña es el escándalo incluo fuera del ámbito VoX. Si eso lo hace Graham Chapman o John Cleese y luego pone cara de irritación culpable moviendo la cabeza en todas las direcciones mientras suenan las risas enlatadas, a todos nos parecería divertidísimo.

O no, pero en ningún caso escandaloso.

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Disclaimer (II): Habrá quien diga: "¡Estás comparando a Dani Mateo con los Monty Python!" añadiendo más indignación al asunto. Sí, lo estoy haciendo. Lo está haciendo él, vaya, y con él toda su generación. Puede que parte de sus referentes en el terreno del monólogo sean los cómicos estadounidenses de los 80 y los 90... pero el humor absurdo de los gags viene directamente de lo Python. Con mayor o menor éxito, por supuesto. Dani es mi amigo pero no es Michael Palin. No creo que también se vaya a ofender él también por eso. Estoy convencido de que él piensa algo parecido: "Guille es mi amigo pero no es Roberto Bolaño".