jueves, agosto 28, 2014

Más allá de la contienda



Salgo de Tipos Infames algo eufórico, con dos libros en la mano. Cuando me encuentro con Jacobo Rivero, que también parece a su vez eufórico, los dos menos cansados que en capítulos anteriores, le muestro la mayor prueba de mi bipolaridad: por un lado, el "Más allá de la contienda" de Romain Rolland recién empezado y por el otro, girando simplemente el brazo, "La leyenda del Mississippi", de Pepe Navarro. Ese soy yo y así hay que entenderme. "Una lectura friki para cuando el niño dé mucha guerra y no me pueda concentrar", le digo, como disculpándome, aunque si Jacobo supiera las cosas que yo he leído en mi vida creo que no habría disculpa posible.

En cualquier caso la euforia no tiene que ver con Krispín Klander sino con el hecho de estar de nuevo en Malasaña y, sobre todo, de haber estado hablando una hora con Carlos Jiménez. Es algo complicado, a mí por lo menos siempre me lo ha resultado, hablar con tus ídolos. Yo pasé tardes y tardes en distintos pabellones de Madrid animando a Carlos Jiménez, observando detenidamente sus movimientos en defensa, su habilidad organizando el ataque. Con los años, Jiménez se convirtió casi en un modelo de conducta y cuando empezaron las guerras de poder yo repetía continuamente: "Votaré lo que me diga Jiménez", pero Jiménez obviamente nunca me dijo nada.

Charlamos sobre el pasado del Estudiantes, sobre los momentos alegres y los momentos duros. Sus momentos duros, sobre todo. "¿Tú no eras de los que me silbaba el último año?", me pregunta, medio de broma, y yo puedo contestar tranquilamente que no porque lo dejé por escrito -de la importancia de dejar las cosas por escrito ya se habló en el post anterior- y me cuenta de pasada una historia bonita; más que una historia, una sensación, la que tiene el jugador del Estudiantes cuando va a entrenar al Magariños, cuando va a hacer pesas al gimnasio y se cruza con un niño, con un adolescente, con alguien que cuyo fin de semana depende de cómo haya quedado el equipo, y le dice algo o simplemente le mira con ojos de ilusión, de admiración. Lo que te empuja a no fallarle el siguiente fin de semana.

Me emociona porque yo fui ese chaval. Escribía en mi diario en mayúsculas "HOY HE VISTO AL YETI" y lo llenaba de exclamaciones porque, con 16 años, grunge aparte, lo más impresionante que te podía suceder era encontrarte con Danko Cvjeticanin. Aún con los años me pasa, gracias a mi buena amistad con Pablo Martínez Arroyo: apenas nos sacamos cuatro o cinco años de edad y es normal que tengamos una cierta complicidad generacional, pero, claro, eso sucede ahora. Cuando yo tenía 15 años, él tenía 20 y lideraba al equipo hacia Estambul y para mí era directamente un ídolo, un héroe. Cuesta tomarte cafés con tus héroes igual que cuesta llamarles al móvil y charlar sensatamente sobre desencuentros y canastas falladas.

Es una buena charla, que es lo importante, una charla que inicia las muchas de mi nuevo libro, el que no sé aún cómo escribiré con el tiempo que me queda hasta la entrega y el niño que llora, recién despierto, mientras su madre le cambia el pañal. El niño bipolar, como el padre, que lo mismo te sonríe a carcajadas que se pone a gritar en cuanto algo no le cuadra.

Algo de eso sabe Jacobo, padre también a una edad similar a la mía. Escribir y leer con el llanto de fondo, más allá de la contienda y del Mississippi. Jacobo acaba de publicar un libro muy interesante sobre Pablo Iglesias y el fenómeno Podemos y le han caído las hostias habituales entre los que prefieren insultar al escritor antes que leerse el libro. Vaya por delante, y ustedes ya lo saben, que a mí Pablo Iglesias no me dice mucho y es un hombre al que difícilmente votaré nunca, pero eso no quiere decir que no sea un fenómeno social relevante y que me interesen los fenómenos sociales relevantes. El libro de Jacobo, en ese sentido, es una buena manera de explorar en sus intuiciones, sus vaguedades e incluso sus contradicciones.

Jacobo, ya digo, está contento porque sale de una entrevista en una radio de Arturo Soria, una de esas entrevistas con tertulianos de las que supongo que sales espídico por completo. Lo ha pasado mal porque siempre es mejor que te insulten por Twitter a que te insulten en un callejón oscuro, pero cuando te han insultado más de 500 personas, la cosa empieza a afectarte. Nada, en cualquier caso, que no pueda evitar una tortilla de patatas en el Maracaná, Plaza de Olavide.

El Maracaná sale en el libro de Raquel Peláez como referencia y la verdad es que la tortilla está rica, pero igual que soy del Estudiantes y de Carlos Jiménez, también me declaro fan irredento del Arco Iris, el bar vecino. Da igual. Acaba agosto, hace una noche calurosa pero apacible, y la conversación va del Estudiantes a la selección, de la selección al mundo editorial y del mundo editorial a la situación política en España, Podemos aparte. El "sentido común" no como programa electoral, porque es algo demasiado manido y peligroso, pero sí como un mínimo que permita que en Santiago de Compostela no dimita el alcalde cada año por cuestiones de corrupción, para poner un ejemplo...

En esas estamos cuando llegan las once, que es una hora límite para padres con niños pequeños. Nos medio abrazamos -aún presentamos una cierta torpeza en esta clase de efusividades: con las chicas todo es más sencillo-, él camina hacia Lavapiés y yo cojo un taxi a casa, donde el Niño Bonito me recibe con una de sus sonrisas y no para de carcajearse cada vez que le repito que me lo voy a comer empanado, como si él también intuyera que he desarrollado alguna especie de intolerancia al gluten.

Entre otras cosas.

miércoles, agosto 27, 2014

Reservas 651


Rose of Sharon me dijo en Sitges que yo era la razón por la que ella iba a trabajar. No sé muy bien el contexto porque no viene en el relato que he encontrado, el que resume los tres días que pasamos en Barcelona y aledaños hace once años y medio. Rose of Sharon desde luego era una de las razones por las que yo iba a trabajar y aquella fue una historia preciosa quizá porque nunca fue una historia de amor y cuesta mucho pensar por qué demonios nos separamos durante tanto tiempo aunque supongo que mi torpeza tendría mucho que ver.

Ahora, Rosasharn tiene una hija y yo tengo un hijo. Les separan dos o tres semanas, no recuerdo bien. Incluso M. tiene una hija, nacida justo el día que nació ella, en noviembre de 2013. Estamos más cerca de los 40 que de los 30 y tiene toda la lógica del mundo que nos estemos dando prisa, pero cuando uno se pone a repasar los emails de aquellos años no puede evitar recordar qué hermosos éramos, qué completamente perdidos y peligrosos y cuánto nos queríamos de manera entregada.

Por lo demás, T. leía mis relatos -hoy en día me da una vergüenza enorme que siquiera lea mis libros, supongo que madurar es aprender a avergonzarse- y la mayoría le parecían bien. Habían pasado dos años y medio desde que lo habíamos dejado y decía "conocerme demasiado bien", cosa que, por supuesto, era verdad y que también se perdió, de una manera mucho más lógica. Mi equipo de baloncesto municipal ganaba sin parar y Jayo me escribía cosas preciosas antes de que discutiéramos horriblemente sin recordar tampoco cómo.

Esa es la vida, supongo, una colección de olvidos. Es una pena, le digo a la Chica Diploma, porque lo malo solemos recordarlo siempre -yo no necesito un email de L. viniéndome a decir que era un miserable para saber que fui un miserable- pero lo anecdótico, lo que damos por hecho, lo que no tiene valor porque está ahí y quién va a quitárnoslo es lo que con los años acaba desapareciendo. 

Yo siempre he dicho que vivo con dos, incluso cuatro años de retraso, y que por eso me cuesta vivir el momento una barbaridad. Ahora estoy empezando a entender cosas de 2010 y eso es bueno porque nos acercamos al momento en que conocí a mi mujer y la madre de mi hijo. Habrá a quien le parezca insano, a mí me parece divertidísimo, siempre que no se convierta en algo enfermizo, como el hombre aquel de "Días extraños" que se metía en la realidad virtual todas las tardes para recordar cuando era feliz con Juliette Lewis.

Como si ser feliz con Juliette Lewis fuera remotamente fácil.

Una mañana complicada y una tarde sorprendentemente sencilla, con trabajo incluido. Necesito trabajar y sentirme útil, eso le pasa a todo el mundo. Adrenalina. Ayer le decía a Sofía que quizá lo que echaba de menos era la borrachera de whisky y el verbo fácil. Últimamente el verbo se hace espeso y esquivo, como el capítulo ese en el que Homer Simpson encarga una cinta de autoayuda y le mandan por error una de mejora del vocabulario. Esa cosa que "ñam, y a comer".

La Chica Diploma dice que no, que no lo necesito y por supuesto tiene razón. ¿Saben una cosa que me gustaría? Que el Niño Bonito tuviera ya dieciséis años y fuera un pieza y yo pudiera adoctrinarle en la difícil tarea de ser un pieza y no morir en el intento. El problema es que cuando pienso eso, no puedo obviar que cuando él tenga de verdad dieciséis años yo tendré cincuenta y tres y vete a saber si me acuerdo de algo y qué lecciones le doy.

Acaba agosto y septiembre acecha con proyectos. Eso siempre es bueno. El niño ha pasado una mañana horrible y una tarde descansada. Como su padre, vaya. Poco a poco, estoy seguro, las cosas se pondrán en su sitio, y si tenéis algo bonito que decirme, hacedlo por escrito, por favor, así dentro de once años podré valorarlo.

lunes, agosto 25, 2014

Ciudad basura



El viernes, mi mujer y yo decidimos dar un paseo con el niño por el centro. Para llegar al centro desde Planetario es necesario pasar por varios puntos intermedios; el más largo de ellos, la calle Méndez Álvaro, que sale de la estación con ese nombre y llega a la de Atocha. No es una zona cualquiera en Madrid durante el mes de agosto: el número de turistas se multiplica y buena parte de ellos acaban tarde o temprano en la estación cogiendo un AVE o un Cercanías o incluso el Metro a cualquier otra parte de la ciudad.

Se podría imaginar que es una zona bien cuidada por el ayuntamiento, aunque solo sea por dar buena imagen. Ya sabemos que los árboles se caen y que el metro tarda diez minutos en llegar pero al menos que por fuera la cosa parezca decente. Sin embargo, la calle Méndez Álvaro era un estercolero lleno de hojas que se amontonaban en medio de la calzada, al paso del carrito, ni siquiera en los laterales, barridas como en otoño a la espera de que alguien complete el trabajo.

Junto a las hojas, la suciedad y junto a la suciedad, vaya usted a saber por qué, montones de ropa tirados, contenedores vacíos y maletas abiertas con cosas dentro. Todo al gusto del consumidor, con el aspecto que tienen las cosas que llevan tiempo pudriéndose.

Dejamos la cosa ahí porque los madrileños tenemos tendencia a indignarnos rápidamente y a tranquilizarnos con la misma velocidad, pero esta mañana mi mujer volvió a salir a pasear con el niño y encontró una patrulla de barrenderos por los aledaños de la calle Delicias. Cuando digo "patrulla" me refiero a dos barrenderos y un camión. No sé si es mucho pero por lo que contaron no lo parece: "Antes éramos nueve...", le dijo uno de ellos a mi esposa, "y teníamos varios camiones... ahora somos dos y resulta que nos han coincidido las vacaciones".

Dos barrenderos para una zona que va desde una estación a otra e incluye parte del vecino barrio de Arganzuela. Dos barrenderos que, además, se han tomado las vacaciones a la vez y nadie se ha interesado en organizar las cosas de otra manera. "Sinceramente, no creo que haya venido nadie por esta zona en todo el mes", dice el más joven, con una mezcla de resignación y de distancia, "además, como ahora solo tenemos un camión, tenemos que vaciarlo y volver, vaciarlo y volver...".

No es sorprendente. Cualquiera que viva en Madrid en los últimos años sabe lo que es esta ciudad y sus servicios públicos. Hace tiempo se nos decía que el metro volaba, luego que era muy barato y ahora lo más que se atreven es a poner carteles en los que se felicita al usuario porque contribuye al medio ambiente dejando el coche en casa. La mayoría, en cualquier caso, no tiene coche, pero esa es otra historia.

Hace un año, esta ciudad estaba pidiendo los Juegos Olímpicos por tercera vez. El COI les respondió como si hubieran visitado algo más que los hoteles de lujo y Vodafone Sol. Exactamente, lo que se merecía.

domingo, agosto 24, 2014

Pablo Iglesias y la Chica Langosta



Hay algo que me gusta y algo que me disgusta del protagonista de "Romeo and Juliet", la canción de Dire Straits. Me gusta que al menos tenga el recurso al pataleo y me disgusta que ese pataleo tenga algo de posesivo y enfermizo.

Con todo, la letra sigue teniendo momentos geniales, de los que esta vez voy a rescatar aquello de "...and I dreamed your dream for you, and now your dream is real, how can you look at me as if I was just another one of your deals?". Dejemos al lado el paternalismo y afrontemos una realidad: hay gente a la que no la puedes mirar como si fuera un lío más, no ya porque hayan soñado tu sueño por ti, que manda cojones, sino porque al menos conocían el sueño y el sueño no se lo vas contando por ahí a cualquiera.

Supongo que esa es la razón por la que los del colegio nos seguimos reuniendo y los del instituto hemos puesto una diferencia abisal entre nosotros. Simplemente, sabemos demasiado y los demás saben demasiado, que es aún peor. Eso lo hace todo más peligroso si tienes algo de orgullo y orgullo nos sobraba a todos, me da la impresión. Compartiste la adolescencia con una serie de gente que te puede identificar fácilmente porque, seamos honestos, desde la adolescencia uno cambia quizás en las formas, pero los fondos suelen ser parecidos: las mismas necesidades, las mismas carencias, los mismos anhelos...

Yo recuerdo mucho, por ejemplo, los anhelos de la Chica Langosta, que eran ante todo anhelos de huida. Anhelos de salir de su barrio de extrarradio y plantarse por ejemplo en la capital de la construcción europea y no tenerle miedo a nada. La última vez que nos vimos fue hace siete años y a su vez hacía cuatro años de la anterior. Como ven, no tenemos mucho trato y los dos parecíamos aterrorizados por lo que pudiera salir de ahí. La Chica Langosta se casó y tuvo hijos, en eso nos parecemos. En todo lo demás, supongo que no, y no pasa nada, pero, ¿cómo mirarla como si fuera un lío más, ella, mi otra gran Matilde Urbach? Recreo el encuentro y tiene que ser un encuentro sonriente y cómplice, porque yo sé y ella sabe y en eso consiste y no hay tanta gente que esté al tanto.

La Chica Langosta estudió ciencias políticas en la Complutense, campus de Somosaguas. Si no compartió clase con Pablo Iglesias fue por apenas un año de diferencia. Ese triste momento en el que incluso los políticos son más jóvenes que tú. A Pablo Iglesias lo leo en el interesante libro de Jacobo Rivero y tiene ideas interesantes. Otras, no tanto. El libro, como cualquier conversación, tiene un punto apresurado, de poco detalle, de repregunta que no cabe. Por lo demás, el empeño de Iglesias en mostrarse como un no sectario, incluso en determinar el sectarismo como uno de los problemas de la izquierda, me parece interesante. No sé si creíble, eso el tiempo lo dirá, pero interesante, como si de verdad fuera otra cosa distinta y quiera cambiar las categorías.

Por lo demás, la Chica Diploma se ha enganchado a "Breaking Bad" apenas unos meses después de que me enganchara yo y de vez en cuando echo un vistazo a algún capítulo con ella o comentamos las mejores jugadas. Es una serie fascinante. Cuando la vuelves a ver es más fascinante aún porque te fijas en esa presentación de los personajes con planos de sus coches o la evolución de esos mismos personajes, los matices de la actuación, lo bien trabajado que está lo banal, el manejo del absurdo sin demasiadas pretensiones... Yo querría haber sido guionista de "Breaking bad" y lo más que he llegado es a escribir cinco cortos de los cuales solo se ha rodado uno y mal.

Yo siempre quise ser algo más que un lío y me metí en una cantidad de problemas impresionante. No solo quise que un millón de personas dijeran mi nombre sino que a la vez una persona lo dijera un millón de veces. El problema es que tenía que ser la persona que yo eligiera y esa es una trampa enorme en el juego, porque ser estrella, así, por imposición, no tiene demasiado sentido.

viernes, agosto 22, 2014

Quemad Madrid



"Al final yo tenía razón", le digo a Rafa Latorre, subdirector de Zoom News, mientras subimos por la calle San Andrés. "UPyD era el verdadero espejo de nuestro 15M: clase media, de estudios universitarios y que proyectaba en Sol sus fantasmas. Cada uno el suyo. Con el partido estaba pasando lo mismo pero ellos no se estaban dando cuenta". Rafa medio asiente, tiene prisa. Venimos de una charla agradable en la Plaza del 2 de Mayo en plena sobremesa y ha surgido el tema como han surgido muchos otros, pero a este le llevo dando vueltas más tiempo.

Efectivamente, el problema de UPyD, como el del 15M, es que sonaba bien y eso siempre atrae a mucha gente, pero en cada oído la canción suena de manera distinta. Está de moda decir que todos sus votantes son también los de Ciudadanos, pero desde luego conmigo que no cuenten para votar a Javier Nart. Es la primera vez que veo que la regeneración democrática depende de tener una sola opción electoral. Viendo, además, como han reaccionado los "mandos", mejor dos opciones siempre, desde luego.

O las que hagan falta.

El verano está acabando y Madrid se llena de tensión. Está ahí, soterrada en los vagones de metro llenos de inmigrantes y en las terrazas llenas de modernos. Caras de incomodidad, de ansiedad, una ciudad que se convierte en carne de Alprazolam. Rafa, que es de Pontevedra, dice que Madrid es la hostia y yo, que soy madrileño, digo que tampoco es para tanto. Hace dos meses y medio estaba convencido de que yo aquí no duraba dos años más. Convencido. Dos meses y medio después tengo un niño y me da miedo todo, mucho más llevarle a crecer a cualquier infancia que no sea la mía.

El libro de Raquel Peláez ayuda a recuperar una cierta complicidad con la ciudad pero lo cierto es que en vez de Madrid lo que reconozco en la lectura es mi prolongada adolescencia y queda tan lejos que duele. Es un buen libro, divertido, en ocasiones con un gusto por el chiste final innecesario, pero muy agradable y muy bien hilado. Me cabreé mucho cuando vi que llamaba "baby boomers" a la generación nacida en los 70 y lo repetía quince veces tan pancha, pero luego se me pasó. El resto, insisto, recomendable.

Cuando Rafa se va a casa yo paso brevemente por Tipos Infames para ir al baño y pedir un vaso de agua. Curro habla con unos chicos que parecen ilustradores pero pueden ser cualquier otra cosa. Tipos Infames es un lugar amable donde a veces te sientes en casa y a veces no pero por lo general depende de ti y eso se agradece. Sí, Tipos Infames es un lugar donde pasan cosas y lo que hay que hacer es acostumbrarse a valorar las cosas que te pasan ahora aunque no sean las que te pasaban antes. Le digo a la Chica Diploma que ya no tenemos tiempo libre, que no hacemos vida como pareja y de repente me doy cuenta de la tontería: hacemos vida como padres, como si eso fuera poco.

En 2006, abrí un blog personal, mucho más personal que este. Al principio era público, luego, por cuestiones de Google, pasó a ser de invitación y ha acabado siendo un cementerio que solo puedo visitar yo. Me paso la noche leyendo junio, julio y agosto, cuando opositaba y tenía una novia en Castelldefels, un tiempo que, extrañamente, recuerda muy bien Pepe Albert de Paco, aunque no nos conociéramos. Me invade una melancolía enorme porque todo era fácil y las consecuencias eran mínimas. Mi abuela estaba viva y leía a Begoña Aranguren en Moralzarzal, mi padre se emborrachaba lamentablemente en Santander, B. era la Chica Enigma y lo único en lo que se parecía aquello a lo de ahora es que me quejaba todo el rato de estar muy cansado, agotado...

Escribía muy bien. Queda feo que lo diga pero escribía muy bien. O muy limpio, no sé, muy claro. Sin miedo. Creo que con los años los miedos se han disparado, la conciencia de que están mirando. No hay que irse tan lejos: recuerdo una terraza de la calle de La Palma en la que le explicaba a la Chica Imán el miedo horrible a que las oportunidades me llegaran en un momento en el que aún no estaba preparado. Y llegaron. Y creo que estuve preparado, pero podría haberlo estado más y ahora no sé muy bien qué hacer. Rafa me decía en nuestra terraza de 2014 que se quejaba mucho pero las cosas en general iban bien. Yo le dije que también me quejaba mucho pero que al fin y al cabo tenía tres libros en el mercado, dos de ellos en grandes superficies, escribo en la gran revista digital del momento y colaboro en la COPE.

Yo siempre había soñado con algo así, y no menciono por pudor la esposa guapísima y el bebé sonriente.

Lo que pasa es que siempre pensé que todo eso bastaría para ganarte la vida al menos dignamente.

Y ha resultado que no.

miércoles, agosto 20, 2014

US Open 2014: Esperando al nuevo Del Potro


Ahora mismo, en el circuito ATP, no hay ni un solo jugador menor de 25 años que haya sido al menos finalista de un torneo de Grand Slam. El único que se acerca al requisito es Juan Martín del Potro, que cumplirá 26 poco después de acabar el US Open y que, en cualquier caso, sigue apartado del circuito por sus constantes problemas de cadera y muñeca. Del Potro fue la última sorpresa post-adolescente de un deporte acostumbrado a la post-adolescencia. Su triunfo en Flushing Meadows allá por 2009, justo antes de cumplir 21 años, ha quedado como un oasis en medio del páramo. Antes de su hazaña, Federer y Nadal se habían repartido 17 de los 18 torneos de Grand Slam disputados, dejando uno para Djokovic. Después, 18 de 19 títulos acaparados entre Federer, Nadal, Djokovic y Murray.

La sorpresa saltó este año en Australia, con el triunfo de Wawrinka ante un lesionado Nadal, pero hay que moderar el entusiasmo: Wawrinka no representa ninguna renovación generacional, ha cumplido 29 años y lleva desde 2002 como profesional. La previa de cada nuevo grande es la historia de una espera interminable: ¿Cuándo llegará la nueva ola?, ¿cuándo alguien plantará cara a los nacidos en los 80? Voy a dejar más datos, a riesgo de abrumarles: la última final de Grand Slam en la que no estuvieron Nadal, Djokovic ni Federer fue en enero de 2005, van a hacer justo diez años.

La "dictadura" de esta generación llega hasta los Masters 1000. Cada año se celebran nueve torneos de este tipo, con los mejores jugadores del mundo y en un formato al mejor de tres sets que se puede prestar a sorpresas. Pues bien, el panorama es aún más desolador: el jugador más joven del circuito con un Masters 1000 en su palmarés es Andy Murray, nacido el 15 de mayo de 1987, justo una semana antes de Novak Djokovic. Ni siquiera Del Potro ha podido ganar un Masters 1000, de hecho los últimos 58 torneos de esta categoría se los han repartido entre solo once jugadores y, por supuesto, los cuatro grandes son los únicos en haber repetido al menos una vez .

Resumen de la situación: nadie nacido de 1989 en adelante ha sido ganador o finalista en un torneo de Grand Slam y nadie nacido de 1989 en adelante ha sido ganador de un Masters 1000. Solo dos jugadores han conseguido al menos ser finalistas: Kei Nishikori, en Madrid, este mismo año, y Milos Raonic, en Montreal, el año pasado. Ambos perdieron ante Rafa Nadal.

En Milos Raonic vamos a quedarnos. El canadiense de origen montenegrino nació en diciembre de 1990 y es el noventero que ha alcanzado el ranking más alto en la historia de la ATP: sexto, el puesto que ocupa en la actualidad. Raonic tardó en explotar como estrella: lo hizo en 2011, con 20 años ya cumplidos, y ha tenido que esperar tres más en ser un fijo del Top 10. Ahora mismo es probablemente la gran esperanza: llegó a cuartos de final en Roland Garros y a semifinales en Wimbledon y Toronto, antes de caer en ambos casos sin oponer demasiada resistencia con Roger Federer, nueve años mayor.

Raonic tiene 23, igual que Grigor Dimitrov, aunque el búlgaro nació ya en 1991. De Dimitrov lleva años diciéndose que será el gran dominador del tenis del futuro pero solo este año ha parecido alcanzar una cierta regularidad, dentro de lo que acostumbra: llegó a semifinales en Wimbledon y estuvo a punto de ganarle a Djokovic. Después, en la gira norteamericana, un nuevo fracaso. Es cierto que 23 años no son muchos, pero pongamos la cifra en perspectiva dentro del deporte del que hablamos: a los 23 años, Nadal había ganado Roland Garros cuatro veces y Wimbledon, además de Montecarlo, Roma, Hamburgo, Canadá, Madrid... Djokovic había ganado en Australia y había llegado a la final en Nueva York, Murray empezaba a perder finales y al menos destacaba en los torneos al mejor de tres sets... Ni siquiera voy a retroceder a los Bjorg, Becker, Wilander, McEnroe, Sampras, Agassi... todos ellos estrellas consolidadas al poco de cumplir los 20.

Nadie pone en duda que la generación del 86-87 ha sido brillante, de las mejores de la historia, y han coincidido además con ese caníbal de títulos que sigue siendo Roger Federer, nacido en 1981. Otra cosa es que la ausencia total de relevo haya que achacarla solo a sus virtudes. El talento, siempre, en todos los deportes, se ha acabado abriendo paso. ¿Dónde está el talento ahora?, ¿dónde está ese jugador que consiga juntar siete partidos maravillosos y llevarse el título?, ¿dónde mirar más allá de Raonic y Dimitrov? Gulbis es una moneda al aire y ya va a cumplir 26 años en una semana. De Tomic y su complicado mundo interior apenas se ha vuelto a saber. ¿Kyrgios? Es posible, pero le hemos visto muy poco todavía...

En definitiva, llega Nueva York y de los 32 cabezas de serie solo tres habrán nacido en la década de los 90, lo que no les convierte en críos tampoco. Son los citados Raonic, Dimitrov y Nishikori... si el japonés acaba jugando y no sigue lesionado. El problema no es que Raonic, Dimitrov y compañía no exploten sino que detrás de ellos viene la nada. Entre los 50 mejores de la ATP solo se puede añadir al canadiense Vasek Pospisil, justo de 1990 y al más joven de todos, Dominic Thiem, nacido en 1993 y que este año empieza a asomar la cabeza.

En cualquier caso, es complicado pensar en Pospisil o Thiem como campeones del US Open sin ser cabezas de serie. De hecho, solo un jugador en toda la era Open ha ganado el torneo sin ser cabeza de serie. Fue Andre Agassi, en 1994, después de una lesión que le tuvo apartado meses de las pistas. Era aquel Agassi aún con el pelo -o la peluca- al aire, el mismo que había sido finalista del torneo ya dos veces antes y había ganado Wimbledon en 1992. El gran rival de Sampras en la lucha del número uno, capaz de resurgir de las cenizas y hacerse con el torneo hace justo veinte años.

Cuando él, tras seis años en el Top 10, acababa de cumplir los 24.

martes, agosto 19, 2014

Cenicienta en Neptuno



Decidimos salir a desayunar aprovechando que el Niño Bonito nos ha despertado a las ocho de la mañana y ya ha decidido no volver a dormirse porque no era plan. Pensamos distintas opciones: a la Chica Diploma le gustaría ir al centro, pero queda lejos con el carrito; podríamos ir al parque del Planetario o podríamos, buscando un término medio, ir al Starbucks de Neptuno.

Madrid en agosto es bonito pero no porque esté vacío -que también- sino porque los que quedan son mayoritariamente turistas y por lo tanto felices. No es lo habitual. Madrid, incluso en julio, es una sucesión de caras de cabreo y esperas absurdas. En agosto, no. En agosto son chicas guapísimas buscando hostales y familias con los niños del brazo. Madrid convertido en una Fuerteventura de cemento y obras sueltas. La Chica Diploma huele a Italia otra vez y subimos Méndez Álvaro, una calle sin madrileños ni turistas, con olor a orina y vagabundos ocasionales empujando sus carros de la compra.

Es un paseo agradable. Más agradable, en mi opinión, que subir Delicias sorteando gente con bolsas de la compra y traficantes a la salida de los callejones.

Cuando llegamos a la plaza de Neptuno, el Niño Bonito se ha despertado, pero es un despertar tranquilo. Tiene dos meses y ya casi se le salen los pies del carrito. Eso lleva a algún error de vez en cuando, porque nos hace pensar que es más grande que lo que realmente es y no deja de ser un recién nacido que se echa a llorar cuando una moto acelera a su lado. Su madre le canta "Animal lover" de Suede y él se ríe como cuando ve a Draco hacer el idiota en Baby TV.

En la terraza estamos nosotros y otra pareja. La Chica Diploma se ha fijado en ellos y yo no. Nos pasa todo el rato. Yo puedo estar atento a conversaciones ajenas pero nunca miro a la cara, no sé si es vergüenza o ganas de pasar inadvertido. En cambio, la Chica Diploma es tan atenta como su hijo y me dice, en voz baja, con media sonrisa: "¿A que no sabes quién ha pasado una noche maravillosa?", y hace el típico giro con la cabeza para que mire a la mesa que queda a unos cinco metros de nosotros. Hay un hombre, de unos treinta y algo años, y una mujer espectacular. Él va vestido como si fuera un funcionario en los años 80, ella lleva un vestido negro ceñido, el sujetador por fuera y un bolso rojo.

Es una pareja que no pega ni con cola y la Chica Diploma está convencida de que ella es puta, o chica de compañía, o como lo quieran llamar. "Vale", digo, "¿pero han pasado la noche juntos y están desayunando o han quedado aquí para luego pasar el día?" La segunda opción me parece aceptable; la primera, tristísima. No tengo ningún problema con la prostitución siempre que a la prostituta no se le exija ser, además, psicóloga y actriz. Puede que sí, que hayan echado un polvo en algún hotel de las inmediaciones, el turista solitario y la chica anunciada en el periódico de la mañana  -"ni siquiera hablan el mismo idioma", dice la Chica Diploma- y luego él le haya pedido que se quede con él a pasar la noche, haya pagado por ello, por el desayuno e incluso por el paseo posterior por la Puerta del Sol.

Porque lo que sabemos es que van a la Puerta del Sol y además sabemos que ellos no saben dónde está la Puerta del Sol porque ella se lo ha tenido que preguntar a la camarera, que, efectivamente, no ha contestado en castellano sino por signos. Así que el hombre -no sé si decir el chico, tiene mi edad, ¿qué soy yo?- vuelve a la mesa, paga y se van los dos juntos: ella, una cabeza por encima de él; él, con los brazos cruzados detrás de la espalda, gesto de no querer molestar, de no ser una amenaza, gafas de seminarista momentáneamente feliz.

Si no hubiera Chica Diploma ni Niño Bonito les habría seguido. Es fácil seguir a la gente en Madrid en agosto porque ya he dicho que todos parecemos perdidos. Los dos juntos esperando que en la Puerta del Sol ocurra un milagro que, por supuesto, no ocurrirá jamás. Él no intentará seducirla y ella no se dejará seducir y como mucho propondrá volver de nuevo al hotel porque las putas románticas no existen, no hay Julia Roberts en el jacuzzi, solo hacer lo que sabes hacer y punto, porque lo doloroso es todo lo demás, los ojos caídos, las miradas de niño bueno...

"Yo tenía una idea de un relato sobre una puta", le digo a la Chica Diploma, antes de recordar que mis relatos y mis novelas están plagadas de putas y prácticamente todas llegaban sin nada al Hotel Fénix y alguna se iba con una sorpresa. Historias de decadencia y de suicidas. Pequeñas Elisabeth Shue. Cenicientas sin zapatos andando por el Paseo de Recoletos, sorteando coches de policía. Putas de lujo y putas sin corazón. Hay algo perverso en la prostitución siempre pero más perverso aún cuando los dos están perdidos. Si al menos uno de los dos sabe lo que está haciendo, la cosa puede que no acabe mal.

No parecía ser el caso.

lunes, agosto 18, 2014

Carisma



María comenta algo de las noticias que yo escribía para la página oficial de Gran Cordero. Explicarlo todo aquí y ahora sería muy fatigoso, pero digamos que era otro tiempo -hace diez, once, doce años...- y era otra persona -un chico de unos 25, convencido de que se iba a comer el mundo-. Estamos en una terraza del 2 de mayo: la Chica Diploma y yo, María y Guille y nuestros respectivos hijos. Julia tiene 6 meses y Álvaro tiene 2. En apariencia, no se llevan bien, aunque sabemos que esa es una proyección de los padres que los niños no entienden. Cuando uno se siente cerca del otro, le atiza. Puede que intente acariciarle pero el caso es que acaba atizándole y el otro, incluso el de dos meses que abulta como si tuviera un año, no tiene más remedio que responder.

Yo me hago un poco el loco, pero la verdad es que estoy hinchado como un pavo. Esas noticias, las que María ha estado repasando en sus ratos de ocio, son el reflejo de un hombre que me gustaría haber sido siempre y se quedó en el camino. Un hombre divertido y carismático. No sé por qué pero siempre he pensado que cuando era más divertido era no solo más interesante sino mejor persona. Es una asociación algo perversa, pero supongo que tiene que ver con la capacidad de alegrar el mundo a los demás, de ponérselo a todos un poco más fácil.

En la realidad, como suele pasar, no hubo nada de eso. Yo era brillante, divertido y alrededor de mis crónicas se creó una comunidad virtual de lo más disparatada. Nos abrazábamos bailando canciones de Alejandro Sanz y ese tipo de cosas. Sin embargo, no era un buen tipo. Ser carismático y ser un buen tipo es complicado, si se piensa, o al menos es complicado a determinadas edades a las que hincharse como un pavo no se limita a una media sonrisa interna mientras acunas a tu hijo con el aperitivo esperando en la mesa sino a la perversión de todas las reglas, porque al fin y al cabo, tú lo vales.

Supongo que lo ideal sería un punto medio: ser divertido, ser carismático y saber echarte a un lado. Yo nunca he sabido echarme a un lado salvo cuando me he batido en retirada, que no han sido pocas veces. Pero, así, por inteligencia, por cálculo militar, nunca. Y así nos ha ido.

A mis 37, creo que soy un tipo más bien soso. Mi mujer me dice que no para que me anime y porque casarse con un tipo más bien soso la deja en muy mal lugar. También es posible que no sea un tipo soso o que ella piense de verdad que no lo soy, pero eso no es lo importante. Lo importante es la constancia de lo lejos que quedan los 25 y la de cosas que han pasado por en medio, incluida esa supuesta invitación a un cumpleaños ajeno durante esos confusos años de 2003 a 2005 en los que cada vez que veía una perdiz volando en vez de un tirachinas sacaba cualquier otra cosa, una cuchara de madera, por ejemplo, y todo se prestaba a situaciones algo esperpénticas.

Eso no quiere decir que el esperpento me moleste. Al revés, si se fijan, casi parece que lo eche de menos, que ser un tipo esperpéntico o coquetear con el absurdo fuera algo que recuperar en cualquier momento, más allá de ver vídeos de Miguel Noguera uno tras otro. El esperpento es lo que ha quedado como historia personal y lo que hace que pueda sonreir orgulloso y pensar "joder, sí, yo hice todo esto", no a la manera de Frank Sinatra, insisto, sino más gamberra, más Frank Underwood visitando su academia militar.

Podríamos pasarnos horas recordando esos años pero la Chica Diploma se aburriría. Es probable que ya lo hayamos hecho antes y que ella ya se haya aburrido con anterioridad, así que duplicar el aburrimiento me parece cruel. Lo dejamos en el presente y en el futuro, el de nuestros hijos. Tortilla en Olavide, helados en Santa Engracia, primer camino en metro a casa, con sus paneles del tiempo en negro y esa sensación de haber entrado en un espacio en el que cualquier cosa es posible y a nadie le importa.

Luego en casa leo a Carrère, un libro que encontré perdido en una tienda de periódicos. Lo compré porque me pareció fascinante que aquel hombre siguiera guardando un ejemplar medio roto de "Una novela rusa". No pegaba con el entorno y nada de lo que no encaje con el entorno me es ajeno. De Carrère admiro muchas cosas pero por encima de todas a su traductor. Leí "L´Avversaire" en francés y me resultó brillante pero algo caótica. Cada libro en castellano, en cambio, me parece de una claridad sorprendente, imposible. Yo querría ser claro como Carrère y absurdo como Noguera, pero en realidad este artículo no iba sobre eso, lo que ya lo dice todo de mi capacidad de síntesis.

Este era un artículo sobre ser carismático y buena persona o, más bien, cuando te crees carismático y crees que eres buena persona. Algo, ya hemos dicho, casi imposible. A mi padre la cuestión le obsesionaba. No la del carisma, aunque fue carismático y nunca vi que eso le avergonzara, sino la de ser buena persona, algo que le atormentaba en las noches de borrachera.

Jugamos con el talento que nos dan los dioses sin saber si los dioses existen.

Vivimos una ficción, en definitiva, pero una ficción preciosa... y supongo que de eso se trata. Algo parecido a pasar desapercibido y obligar a los demás a encontrar tus huellas por todos lados, incluso por el Bugaboo de sus hijos si es preciso. Yo estuve ahí pero todos hemos hecho como si no nos acordáramos. Entrañable mentira, al fin y al cabo.

jueves, agosto 14, 2014

Más gente inquietante


En el libro de Vázquez Montalbán hay 21 entrevistados, en mayor o menor profundidad. De los 21, han muerto once más el autor. Los que quedan vivos son Xavier Vinader, Ernesto Milá, Miquel Roca Junyent, Carmen Romero, Jesús Quintero, Rodolfo Martín Villa, José Luis Cortina, Julio Anguita, Alfonso Guerra y Bibi Andersen, que ya ni siquiera se llama así, sino Bibiana Fernández. Los diez tienen 30 años más, como es lógico, y no es ninguna perogrullada: el tiempo los ha borrado del mapa tal y como estaban concebidos en el libro.

Alguno resiste, por supuesto, pero de otra manera: Anguita dejó de ser alcalde de Córdoba, coqueteó con el sorpasso y aún aparece de vez en cuando como referente de la nueva vieja izquierda. Lo mismo pasa con Guerra. Roca se ha convertido en abogado de infantas después de convivir con Pujol en los años de esplendor del 3%.; Martín Villa copa consejos de administración. Quizá Quintero y Fernández hayan sido los que mejor han resistido el tiempo y desde luego el primero es el único al que se le puede seguir reconociendo en la distancia de tres décadas.

Más cosas: solo hay dos mujeres. En un principio te pasa inadvertido pero luego te choca. Solo dos mujeres inquietantes en 1984 para Vázquez Montalbán y una nació hombre. La otra es la esposa del presidente. Extraño universo el del autor y extraño concepto de la inquietud. Obviamente, los 80 eran aún tiempos duros para ver ministras pero había de dónde sacar, eso seguro. Simplemente, el universo femenino no le interesaba para este libro y así lo vamos a dejar, hombre seguramente rodeado de hombres en la universidad, en el partido, en la Boccaccio y en el restaurante. Parte de ello lo solucionaría en "Un polaco en la corte del rey Juan Carlos".

Por cierto, ¿qué habrá sido de ese libro de 1996? Recuerdo su lectura apasionada en mis primeros años de universidad, anguitista convencido de que lo peor que podía sucederle al mundo eran cuatro años más de Felipe González. ¿Qué lectura cabría ahora?, ¿qué retrato de los 90 queda de ahí? El de los 80, por ejemplo, falla en algo tan básico como la cacareada "movida". Ni una triste Alaska, ni un triste Pegamoide. En una de las entrevistas se habla de un grupo llamado "Caca de luxe" (sic), pero el autor no parece conocerlo. En cualquier caso, el grupo ya se había separado varios años antes.

El retrato de los 80 de Vázquez Montalbán es en realidad un retrato de los 70. Como dije en el anterior post, hay algo avejentado en cada perorata, incluso en el propio aspecto del escritor, como si para buscar a gente inquietante hubiera tenido que sacar la agenda de la universidad. Curiosa esa vinculación de lo inquietante con lo pasado, como si la principal obsesión fuera que ese pasado no volviera nunca y a la vez que no se olvidara jamás.

Siguiendo esa lógica, su retrato de los 90 puede ser cualquier cosa -no creo que saque tiempo para recuperar libro y lectura- pero probablemente sea un retrato de los 80. Recuerdo que habla de Loriga, de Mañas y de Benjamín Prado. La generación X, dice, pero lo dice como el que entra en una conferencia de Steve Jobs sin quitarse la boina. Hay algo provinciano en Vázquez Montalbán, una mentalidad provinciana que le impide salir del tópico. Lo curioso es que se convirtiera en un ejemplo del pulso del tiempo, un columnista del día a día.

No pasa nada. El otro día le preguntaron a Pedro Jota Ramírez cuál era el metro que pillaba más cerca de su propio periódico y no tenía ni idea. Llega un momento de la vida de todos nosotros en los que nos quedamos en los 70, los 80 o los 90. Ustedes elijan. Y fuera de eso, más que inquietudes, lo que hay son dioses y bárbaros.


miércoles, agosto 13, 2014

Mis almuerzos con gente inquietante



Vivo la mañana en un continuado aunque ligero ataque de ansiedad porque me he dejado los ansiolíticos en casa. Empecé a tomarlos en 2000, con 23 años, y en esas seguimos. De vez en cuando me cambio de pantalón y con el cambio queda mi salud. No sería la primera vez que la cosa se va de las manos, pero al menos hoy no es el caso: la reunión con Pablo Martínez va bien, la reunión en El Mundo con Luis Fernando López, lo mismo. Ninguna ha sido demasiado exigente, por otro lado, buena gente con mucha paciencia.

El problema es cuando vuelvo del periódico y acabo en una rotonda que enlaza la Gran Vía de Hortaleza con la mítica López de Hoyos. Aparte del mareo y los vértigos, me estoy haciendo pis, así que en cuanto aparece el 9 lo cojo y que sea lo que Dios quiera. Soy consciente de que el 9 es algo más que un medio de transporte: es el medio de transporte que me lleva a 30 años de mi vida, es decir, a Prosperidad, y no solo a Prosperidad sino a todo lo anterior, es decir, la esquina del colegio Ramón y Cajal, la inquietante perspectiva de Arturo Soria desplegándose hacia Ciudad Lineal...

Me bajo en el Hollywood de Alfonso XIII porque aún no he comido, luego lo pienso mejor y me parece excesivo, así que prefiero el McDonald´s por aquello de que puede hacer ocho años que no piso ese McDonald´s en concreto, el McDonald´s en el que besé por primera vez a la Chica Ratón y en el que desayunaba cuando me levantaba a las tres de la tarde después de haber trabajado toda la noche en Sofres, minutando cadenas digitales. No son pocos recuerdos para un sitio tan anodino: dos plantas, casi vacío, una televisión gigante donde echan "Hombres, mujeres y viceversa" ante el desinterés general.

Me gustaría quedarme, eso va de suyo. Me gustaría pasear por mi barrio aprovechando que no hace demasiado calor y que ya me he tomado mi McPollo. Coquetear con Ramos Carrión o incluso con Clara del Rey o directamente sentarme en algún banco y hacer tiempo. No puedo. Desde los 23 años no he podido hacer tiempo en condiciones por aquello de la ansiedad crónica y es lo que hay, no le demos más vueltas. Mejor intentar combatir el mareo huyendo a casa: metro hasta Avenida de América, torpe trasbordo en dirección a Planetario.

Una vez allí, mientras espero a que el Trankimazín me haga efecto, retomo el "Mis almuerzos con gente inquietante", de Manuel Vázquez Montalbán, uno de esos libros que siempre estuvo en mi cuarto dentro de la colección de mi abuela y que, sorprendentemente, no me he decidido a leer hasta el pasado fin de semana... y porque ya me había terminado los tres que llevé al chalé. Hay algo más inquietante que el título en el libro, más inquietante incluso que los almuerzos tomados uno por uno, que a menudo no son sino una colección de tópicos. Me refiero al tiempo. La conciencia del tiempo. Prácticamente todos los entrevistados están muertos. Incluso los jóvenes treintañeros tienen que ser ahora provectos jubilados.

Hay algo inquietante incluso en el propio Vázquez Montalbán. Parece ya entonces un señor mayor. Todo el mundo parece mayor de lo que es: referencias al periodismo establecido, es decir, Nativel Preciado y Pepe Oneto. Una generación que llegó para quedarse y en eso está. Vázquez Montalbán con sus gafas negras, su barriga, su bigotito y su chaqueta a medio cerrar. ¿Sería posible un libro así ahora? No, decididamente no. Puede que Manuel Jabois hiciera algo decente, pero es inconcebible que le dejen hacerlo y no se le cuelen cincuenta asesores de imágenes e intermediarios por el camino. Puede que la política en los 80 no fuera un camino de rosas, pero ahora mismo es un muro. Todo es un muro: los deportistas, los actores, los tronistas... cualquiera que adquiere un mínimo estatus lo primero que hace es buscar su guardia pretoriana y aislarse.

El periodismo, por otro lado, y sería un tema para alargarse, tampoco ha hecho mucho para arreglar la situación. Hablamos de gente que se sienta con su bloc o su portátil delante de una televisión de plasma a ver qué les cuentan.

Al final decido echarme una siesta. No está la Chica Diploma y no está el Niño Bonito, así que dormir será una buena opción hasta que vuelvan. Como estoy aún un poco acelerado sigo dándole vueltas a lo del tiempo y no sé por qué me viene la imagen de mi padre jugando algo desganado al ping-pong en un centro recreativo de Santander. Yo tengo 16 años y él, 38. Estamos haciendo una pausa de nuestras obligaciones matemáticas porque yo he suspendido en junio y debo aprobar en septiembre y eso, en buena parte, depende de sus clases. Por un momento, entiendo esa desgana de la pala y el agacharse a recoger bolas blancas o amarillas. Solo tiene un año más que los que yo tengo ahora. Cuando el Niño Bonito tenga 16, yo tendré 53 y llegaré asfixiado a las esquinas. Es algo que me preocupa cada día por mucho que la Chica Diploma no lo entienda.

Que tampoco tiene que entenderlo todo.