jueves, noviembre 15, 2018

Un especialito en el hospital de Villalba



Hubo momentos que no sé si merece la pena recordar, pero, en fin, ya que estamos... Por ejemplo, los siete días del hospital. Esa sensación de que han cambiado las reglas, de que ya el juego no te pertenece en absoluto. Cada mañana podía traer una sorpresa en la que tú no tenías arte ni parte, solo tu cuerpo. Las noches... creo que ya he hablado de las noches, así que mejor hablar de los días. Tenía un libro sobre Anquetil a mano, pero apenas leía, me faltaba concentración. Dedicaba las mañanas a esperar visitas y a devorar la programación matinal de verano de Telecinco, con sus tronistas y sus anuncios de crédito instantáneo.

Todo giraba, como es habitual, en torno a la visita del doctor. Era un hombre serio pero sensato. Resultado de la ecografía, resultado de la resonancia, resultado de los análisis... un día las cosas iban bien, pero, ¿el siguiente?, ¿qué garantía había? Las enfermeras y enfermeros eran un encanto. Muy jóvenes, probablemente de prácticas. Yo, ahí, era poco más que el número de mi habitación y el diagnóstico en su cuadernillo. Intentaba ser agradable, demostrarles que de alguna manera era especial, pero no lo conseguía. Un número y un diagnóstico y pocos matices.

Al tercer o cuarto día empecé a acostumbrarme. La enfermedad no era tan grave y las tardes se llenaban de visitas. Una vez, incluso, vino a verme mi hijo. Como no le dejaban subir a planta -tampoco habría sido una gran idea- bajé yo al vestíbulo después de prometer varias veces a la encargada que no me escaparía. Él estaba mosqueado porque tenía tres años pero no era idiota. No sé si verme con quince kilos menos, una vía en la mano y un pijama azul enorme como única ropa le ayudó a tranquilizarse. Jugamos un rato a echar carreras y le dejé ganar siempre. Por lo demás, me pareció que ponía una extraña distancia, casi instintiva.

A los cinco días me dieron el alta. Uno no se imagina hasta qué punto su ropa es su vida. Cuando llegué a casa, me pasé la mañana mareado. Mi mujer y mi hijo se habían ido a pasar el día fuera y ahí estaba yo, en la planta de arriba, muerto de miedo. No un miedo a morir, exactamente, sino miedo a volver. Es lo que tienen los diagnósticos difusos. Miedo, también, a dejar de depender de mí mismo, aunque fuera una semana. Un especialito entre tomas de temperatura. Un miedo natural pero algo absurdo, lo sé: todos volvemos y todos morimos, a menudo las dos cosas.

*

También estuvo lo de la editorial T. La editorial que me llamó para un proyecto, que me felicitó mil veces, incluso en público, que me encargó tres traducciones y que decidió que no iba a pagarme la tercera porque no les gustaba. No solo porque no les gustaba sino porque yo había hecho todo mal a propósito, según la teoría de la editora, que no dejaba de ver "caballos de Troya" en lo que no eran más que malas interpretaciones o torpezas, sin más. Después de cuatro meses traduciendo y enviando religiosamente cada entrega en su plazo me encontré despedido, insultado y sin un duro. No solo eso, sino que además acusado de estafador.

La verdad es que ahora que lo pienso eso fue peor que lo del hospital y quizá lo del hospital fue una consecuencia, nunca lo sabremos. Los emails llenos de barbaridades, los mensajes de amigos llamando ladrón al atracado, los burofax sin contestar, los contratos sin validez alguna... Conseguí un abogado pero tardamos un año en recibir una respuesta. No digo ya una respuesta positiva sino una respuesta de algún tipo. El libro se publicó, por supuesto, con mi traducción al 95%, pero no se dignaron ni poner mi nombre como autor.

Un Titanic lleno de matones baratos, eso es la sub-industria editorial española.

Podría haberles acusado de plagio y podría haberles llevado a los tribunales por impago, pero todo eso costaba más de lo que podía ganar. Al final, una vez que la editora se hubo marchado a aguas más calientes, el director financiero aceptó pagarme la mitad de la traducción, es decir, más o menos, lo que me había gastado en el abogado. "Entiende que en esta editorial teníamos cosas más urgentes que llegar a un acuerdo por esto", me dijo, y todavía me ofreció seguir colaborando con ellos.

 Por entonces, yo ya estaba en otro proyecto con otra editorial, esta vez como escritor. Un proyecto que tenía muy buena pinta y que estaba acordado para su publicación en verano de 2018, pero no pudo ser, claro, porque ellos querían otro Anquetil y supongo que yo no soy Paul Fournel, así que lo más optimista es confiar en que se cumpla el nuevo acuerdo de sacarlo en 2020, aunque eso suponga reescribir el libro de nuevo. Dos libros y una traducción a cambio de quién sabe, ¿mil euros, con suerte? Y luego dicen que el pescado es caro.

martes, noviembre 13, 2018

Maravillas de la condición humana


De la exposición sobre Auschwitz en el Canal me quedo con pocas cosas. Pocas cosas nuevas, quiero decir. El horror es tal que resulta complicado cuantificarlo en metros cuadrados. El horror en cada pequeña y cada gran historia durante más de una década en más de media Europa. El horror en la muerte, el frío, la tortura, los niños gaseados, las vidas destrozadas, el exilio... pero sobre todo en la burocratización, los años y años de documentación del proceso, el afán por "superarse" de Höss y compañía, la larga cadena en la que nadie, absolutamente nadie, reconoce al otro como un ser humano.

Entre las muestras se encuentran un par de extractos de la entrevista de Günter Gauss a Hannah Arendt de 1964. En ambos se recrea en la incredulidad de la situación: "Teníamos enemigos, claro. Todo el mundo tiene enemigos, ¿por qué no nosotros? El problema fueron los amigos...". Exacto, lo que ella llama "la uniformización" y especialmente, pues es su caso, la uniformización en el ámbito intelectual. En pocas palabras, "el vacío" alrededor, una suerte de "cordón sanitario". En la entrevista, que, por supuesto, está en YouTube y merece una hora de su tiempo, deja claro que ella ya consideraba inevitable el ascenso de los nazis en 1931, así que nada de lo que pasó de 1933 en adelante la pilló desprevenida.

¿Nada? Bueno, nada salvo el horror, precisamente. Arendt no parece entender el horror -ella se fue en 1933, a las pocas semanas de la victoria electoral de Hitler y la quema del Reichstag, cuando el exilio aún era una opción si tenías los contactos adecuados- y es el gran abismo que le cuesta saltar. A diferencia de otras víctimas, Arendt era alemana, no ya en la acepción étnica o incluso nacional del término sino en la cultural: los que hicieron eso no dejaban de ser sus afines. Tal vez su interpretación de la actuación de Eichmann (su juicio y posterior reportaje datan de 1961) tenga que ver con eso, con un intento de justificar racionalmente a un igual. En Israel, desde luego, no se lo tomaron tan bien. Puede que incluso la palabra "funcionario" tenga sus límites de aplicación.

Cuando leí el libro de Arendt me convenció la tesis principal, pero ahora no lo veo tan claro. Quizá, insisto, desde el punto de vista racional, pero no desde el emotivo. En la entrevista con Gauss se entrevé algo místico de Arendt con la lengua alemana, a lo Heidegger. Un triunfo de "lo alemán" frente a los alemanes concretos. Arendt reconoce que, aunque viva en Estados Unidos y escriba en inglés, la "lengua materna" sigue siendo un consuelo, un hogar. "Heimat". Cuando apunta a culpables, apunta alto: los intelectuales, los que fabularon una narrativa racional en torno a Hitler y sus matones (el mismo Heidegger, aunque no lo nombre). Sin embargo, parece disculpar al "pueblo". Parece, insisto, aunque en sus libros se documenta muy bien hasta dónde puede llegar "el pueblo" cuando se le va la mano. Cuando se toca este tema, no está muy claro si Arendt amaga y no da o si da tantas veces que simplemente acaba agotada.

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Hay algo que me desagrada de "Cómo ser Bill Murray", el libro de Gavin Edwards y no es tanto el propio Bill Murray sino los intentos desesperados de Gavin Edwards por que Bill Murray nos caiga bien. Esa constante glorificación del soplapollismo con aires de evangelista: "Bill llegó y transformó la tranquila sala de espera en una fiesta maravillosa". Bien, que le pregunten a todo el mundo, a ver si está de acuerdo. Todo lo que se cuenta en el libro sobre Bill Murray es el catálogo del peterpanista: relaciones imposibles, gamberrismo caprichoso, pequeñas dosis de paternalismo y una ex mujer que le acusa de maltrato. Por lo demás, faltas continuas de profesionalidad excusadas por su carácter de "genio". También es cierto que ni la traducción ayuda ni el propio título en español, que se distancia demasiado del original "The Tao of Bill Murray", un título que en parte explicaría e incluso justificaría el tono pseudoreligioso.

No, no creo que haya nada de especial en la faceta "humana" de Bill Murray, que me interesa más bien poco. Otra cosa es el Bill Murray actor o el Bill Murray cómico, en general. Si él no se sabe cambiar el personaje al llegar a casa ya es asunto suyo. El Bill Murray cómico nos ha dejado momentos maravillosos, aunque es curioso cómo Edwards pasa por encima del que probablemente sea su mayor taquillazo: "Space Jam", con Michael Jordan recién regresado a las canchas de baloncesto tras la muerte de su padre. Si a Murray hay que quererle por su cinismo, me parece bien. Sin cinismo, no hay humor. Ahora bien, todo dentro del escenario, a ser posible. Fuera, como las personas mayores.

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Cuando le digo a la gente que me quiero quedar en Valdemoro, se extrañan de que me guste un sitio que está tan lejos de todo. ¡A estas alturas!

jueves, noviembre 08, 2018

Cajas de música difíciles de parar


Al rato de poner la canción, me doy cuenta del error. Un error didáctico y sobre todo un error personal. Son las seis de la tarde, la clase no ha ido bien y estoy en medio de una de mis crisis existenciales autocomplacientes. Mientras Madonna canta en la pantalla -recuerdo ese vídeo como uno de los primeros que vi, a los siete años, quizá junto al "Say, say, say" de Michael Jackson y Paul McCartney, cuando eran amigos- yo me siento completamente absurdo y frustrado. Nadie está aprendiendo nada. Nadie está mostrando la más mínima voluntad de aprender algo y ahí en medio quedo yo, el chico sin vocación, apoyado en una pared y revisando las imágenes de una infancia lejanísima.

Lo peor, con todo, es cuando llega el estribillo: "We are living in a material world, and I am a material girl". Me evado del vídeo, me evado de Madonna y el pensamiento se va al documental de Scorsese sobre George Harrison, que casi comparte título. Ser George Harrison. Haber sido George Harrison. Tener la más mínima esperanza de que en algún futuro uno pueda llegar a ser George Harrison. Se me ocurren cosas mejores pero no muchas. Nada de eso es posible ya. Ni ser George ni ser Ringo ni ser Neil Apinall, por poner un nombre.

No ser nada de lo que uno soñó ser. De lo que uno sigue convencido de que podría haber sido de haberle puesto más empeño, de haber tenido algo más de suerte, de haber sabido calmar el carácter cuando hizo falta, o al menos modularlo... Así, el chico que quería ser George Harrison se queda por un momento paralizado y con ganas de llorar mientras repasa la letra con sus alumnos, que apenas han entendido una palabra. No es culpa suya. El profesor va dando palos de ciego porque no sabe hacer otra cosa. Es lo que ha hecho toda su vida. Lo curioso, lo incomprensible, es que a algunos les siga atrayendo esa imagen de hombre perdido, tan perdido como si fuera un alumno más, y se queden ahí, esperando el siguiente disparate.

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Por la noche, nada más llegar a Madrid desde Valdemoro, me paso por Tipos Infames para la presentación del libro de Marcos Pereda. Llego tarde, por supuesto, pero me da tiempo a comprar algunos libros y unirme a la clásica procesión al bar. No conozco a nadie salvo a Marcos pero pronto la conversación se llena de nombres comunes, normalmente para criticarlos, porque es lo que se hace en estos casos. Se me ha pasado la angustia y estoy de relativo buen humor, pero prefiero no entrar en la carnicería porque veo todo eso como algo ajeno. Completamente ajeno. Me repito a mí mismo que ya no quiero estar ahí, que no quiero publicar en grandes periódicos ni en grandes editoriales, que estoy bien en mi perfil bajo, que sé que tengo el talento pero no el valor y no pasa nada, que los editores, las agentes, los críticos... son algo que prefiero reservar a los demás.

Obviamente, es una narrativa falsa, pero necesaria. Uno no puede estar a punto de derrumbarse por ser profesor de inglés en Valdemoro y a las tres horas suspirar de alivio porque es profesor de inglés en Valdemoro y no tiene que lidiar constantes batallas miserables de ego. El funcionariado, hasta cierto punto, te mantiene puro, y eso es más importante que la nómina a fin de mes, nada despreciable. En cualquier caso, es la narrativa que necesito en este momento y la pienso apurar al máximo hasta que se acabe esta crisis. Cuando teníamos veinte años temíamos la mediocridad. A los cuarenta, lo que da pánico es el fracaso. Ahora bien, ambos términos dependen de una valoración, sea externa o interna: sentirse un mediocre o sentirse un fracasado. Incluso, yendo más allá, pillarle el gustillo.

Yo, cualquiera que lea esto lo sabe, me siento ambas cosas. Mediocre cuando tuve que serlo y fracasado ahora que me toca por edad. Y en público finjo que me da igual y en privado -este blog, como buena muestra de fracaso, no lo lee nadie- reconozco que no, que me hiere, que me duele, que me agobia... y que, sobre todo, me bloquea. Que no tengo fuerzas ni ganas de revertir la situación. Cuando me despido de la Chica Contexto le digo que no volveré a publicar más. Luego le digo que es mentira, que algo más publicaré por una cuestión de ego, casi de ludopatía, como el que echa unas moneditas a la máquina del bar por si acaso.

Al fin y al cabo, yo he estado ahí, con todos: si sale Albert Espinosa en la tele, tengo mi anécdota con Albert. Si alguien hace una versión de Christina Rosenvinge, tengo mi anécdota con Christina. La mayoría de los que empiezan a copar halagos y premios en revistas y periódicos fueron compañeros de tertulia o de Facebook cuando eran tan desconocidos como yo. A mí me gustaría no sentir envidia y pensar que tengo lo otro, lo que tanto pedía en aquellos años: la chica, la estabilidad, el amor sin reservas. Pero no sé hasta qué punto esa no es otra narrativa y tampoco sé en qué lugar me deja.

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Lengua de Trapo me envía un ejemplar de "Cajas de música difíciles de parar", el libro sobre el disco de Nacho Vegas. Es todo un detalle porque de paso me envía además uno sobre Los Planetas. El origen de todo está algunos posts atrás, en el libro con portada de Vegas e interior de Morente. El libro está bien. Sobre todo Nacho está muy bien, muy comedido. Yo también tengo mis anécdotas con Nacho, por supuesto, más o menos de esa época, cuando se suponía que era un heroinómano, cocainómano y adicto al sexo. No sé, conmigo Nacho siempre fue un encanto. Comimos en un bareto cerca del Paseo de Rosales, hablamos de todo con una naturalidad tremenda y después le dedicó a Hache "Nuevos planes, idénticas estrategias" en lo que fue la única frase que pronunció en su concierto de Galileo.

Yo sé que el personaje público de Nacho puede caer mejor o peor. Yo creo que a mí me caería mal si no conociera hasta cierto punto el privado. Detrás de algunas bravuconadas, en el fondo no hay más que un Michi Panero que baja la mirada cuando habla de su padre, cigarrillo en la mano y farfulleo listo en la boca. No sé hace cuántos años que no le veo. No sé cuántos años hace que no veo a Albert o a Christina o incluso a Ray (la última vez fue en la Feria del Libro, los dos firmábamos en la misma caseta. Llegó una hora tarde apestando a alcohol, me dio un abrazo enorme y yo me sentí como un niño con superzings nuevos). Iba a decir "no sé si me importa" pero, a estas alturas del post, sería una tontería como un piano jugar a las ambigüedades.

martes, noviembre 06, 2018

Festival In-Edit Madrid 2018



En su documental sobre George Michael, George Michael insiste en la idea de que a George Michael habría que considerarle a la altura de Prince, Madonna o Michael Jackson como icono de los ochenta y parte de los noventa. Hay algo de exagerado en la premisa, lo que no quita para que "Freedom" sea una película muy necesaria y que George Michael, efectivamente, fuera uno de los más importantes músicos de pop y RnB de su época, probablemente subestimado por su pasado "boy band" y su incapacidad para encajar en el sistema.

Ahora bien, por mucho que se empeñe y por mucho que le avalen sus amigos -Stevie Wonder, Ricky Gervais... y Kate Moss-, el músico británico nunca estuvo a la altura de sus compañeros estadounidenses. Ni su carrera profesional dio para tanto ni su fama le persiguió por el mundo más allá de aquel glorioso 1987. "Wham!" fue un fenómeno puramente británico que alcanzó a parte del continente y todos sus discos a partir de "Older" (1993) estuvieron condenados casi a la irrelevancia salvo tres o cuatro singles y varios videoclips formidables.

Con todo, está bien que se recuerde lo que fueron esos años de 1987 a 1993. Que se recuerde incluso "Careless whisper" o "Last Christmas", ya puestos, excelentes canciones pop. Que se haga hincapié en lo que supuso "Faith" para una generación que no sé si es la mía pero se le acerca. Ver al chico de los pantalones cortos ajustados vestirse de rockero con una guitarra eléctrica y sumergirse en el universo estadounidense fue una auténtica sorpresa y la calidad de todo el disco está fuera de toda duda: hay espacio para el gamberrismo desafiante de "I want your sex" (especialmente la segunda parte, la que tiene al piano como protagonista), para el macarrismo de "Faith", para la condescendencia de "Father Figure", para el dramatismo romántico de "One more try" e incluso para el amago disco que es "Monkey" o la melancolía night-club de madrugada de "Kissing a fool".

El disco es tan completo que asusta. Los registros que alcanza musicalmente son tan variados que le valieron todo tipo de premios. No era un disco fácil, por mucho que ahora lo parezca. Las letras eran brillantes y ajustadas al tema: sociales cuando tenían que ser sociales ("Hand to mouth"), insinuantes cuando tenían que serlo y desgarradas cuando tocaba el turno. Su voz nunca sonó como en ese disco aunque ya se apreciara una tendencia al reverb que le acompañaría durante toda su carrera. Fue número uno en medio mundo y la gira, cortesía de Pepsi, le llevó incluso al otro medio.

Ahora bien, al margen de "Faith", la carrera de George Michael fue algo errática. No hubo un "Bad" que respaldara "Thriller", ni un "Purple Rain" que continuara "1999". "Listen without prejudice (vol. 1)" es un disco con demasiados altos y bajos. Tiene, por supuesto, la inmensa "Praying for time", que, como se dice en el documental, podría haber sido escrita por John Lennon, y la divertidísima "Freedom", donde quizá pretende anunciar su homosexualidad sin atreverse del todo. ¡Cómo olvidar el impacto que supuso ver a Linda Evangelista y compañía recitar la letra en el vídeo! En ese sentido, incluso antes de cumplir los treinta años, Michael ya había dado muestras de ser un artista vanguardista y rompedor... dentro de la industria de la que estamos hablando, por supuesto.

¿Qué pasó a partir de ahí? Ni se sabe bien ni se explica del todo en el documental: peleas con Sony, juicios, rescates de David Geffen, un disco ("Older") bastante peor de lo que su autor creía y a partir de ahí, éxitos puntuales junto a Queen o a Elton John y más portadas por sus escándalos que por su música. Cuando murió, en la nochebuena de 2016, murió como un músico menor, empeñado en rescatar su imagen mediante el citado documental que ahora sale a la luz. Si me parece injusto que se compare con Madonna, más injusto me parece condenarle a la mediocridad. La película pasa muy rápido por encima de muchas cosas -de entrada, los casi quince años de nula creatividad- pero al menos deja claro que aquel hombre era especial en muchos sentidos, tal vez demasiados.

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Por lo demás, mi experiencia en el Festival In-Edit se limita, desgraciadamente, solo a otras tres películas. El documental sobre M.I.A. me interesa mucho más cuando habla de sus inicios y su consagración con "Paper planes" que cuando habla sobre política. Sé que es un comentario frívolo pero es así. Sri Lanka me resulta demasiado ajeno como para involucrarme de lleno en el drama de la resistencia tamil. Sin embargo, Justine Frischmann me pilla a la vuelta de la esquina, con su gesto torcido en la boca, ya recuperada de la adicción a la heroína, discutiendo con Maya y reconociendo: "Ya sé que eres muy especial, ya sé que eres más especial que yo" y uno se puede imaginar a Justine repitiendo esas palabras a sus egocéntricos ex novios, al Brett Anderson o al Damon Albarn de turno.

"Studio 54" merece muchísimo la pena, hasta el punto de que se hace corto, como si hubiera demasiadas posibles ramificaciones como para centrar el documental solo en los años 1977 y 1978, los del apogeo y posterior caída de la mano de Steve Rubell e Ian Schruger. De entrada, está el contexto de los años setenta en Nueva York, que no es cualquier cosa: la decadencia, la pobreza extrema, la delincuencia salvaje, la subcultura que seguía ahí años después cuando Martin Scorsese decidió mofarse de ella en la mítica "Jo, qué noche". Luego, está la "jet set" de la época, esa extraña mezcla de Truman Capote en zapatillas de fieltro y Michael Jackson recién cumplidos los dieciocho. El auge de la cocaína frente a la heroína y el crack de los barrios pobres. La rebelión del travestismo y la homosexualidad, y la promiscuidad descarada en los tiempos anteriores al SIDA... el éxito y la borrachera de éxito y la cárcel y la redención... En realidad, si se piensa, "Studio 54" debería haber sido una serie de Netflix de diez episodios y no un documental de hora y media, pero solo por ver a Bill Murray darle paso a John Belushi en los orígenes de "Saturday Night Live" la experiencia ya merece la pena.

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No me gustó tanto "The King", el extraño documental sobre Elvis Presley, tan extraño que la Chica Diploma acabó durmiéndose en mi hombro. Ni se acaba de hablar por completo de Elvis ni acaba de quedar clara la metáfora constante con Estados Unidos entendido como imperio. Hay una línea que intenta hablar también de decadencia y de sobredosis y se entiende que esa sobredosis que acabará con América como los somníferos acabaron con Elvis será Donald Trump, pero no se llega a explicar del todo por qué ni cómo. Mucho Bernie Sanders y poca sustancia.

Tal vez  habría sido mejor quedarse de nuevo con la música, con lo improbable de Sun Records, con la mezcla de blues, rock and roll y country blanco que hay en esos primeros discos, con la influencia del "Coronel Parker" , las películas en Hawai, la mili en Alemania, las peleas con los Beatles. Uno espera aprender algo nuevo de una de las figuras clave en la música moderna del siglo XX y se encuentra con un director que reconoce varias veces a cámara que no tiene ni idea de qué hacer con lo que está grabando.

En cuanto a lo demás, como siempre, mucha oferta con muy buena pinta: el documental sobre Rubén Blades que pusieron un domingo a las cuatro de la tarde, hora algo imposible, la película sobre "Desolation Center", el "revival" de Burning y cuando Colomo les grabó cantándole a Carmen Maura lo de "¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?". En fin, horas y horas de cine que ya no se pueden dedicar en exclusiva como en 2004, cuando uno iba acreditado a ver películas sobre el festival de Monterrey o la música de Dusminguet. Con todo, es una gran noticia que el festival se haya vuelto a instalar en Madrid. Ojalá sea por muchos años.

lunes, octubre 29, 2018

Paper planes


 En la época de los politonos, yo tenía el "Paper planes" de MIA y supongo que eso pretendía ser una declaración de intenciones. Ese era el tono de llamada general -ahora daría igual, ahora siempre tengo el teléfono en vibrador o en silencio- y luego estaban las excepciones: por ejemplo, Álida tenía reservada "Luces de Neón" y Aída Prados era "Audrey", de los Piratas, por alguna asociación de ideas incomprensible ya que Audrey, como todo el mundo sabe, siempre fue Laura Cuello.

La fascinación por "Paper Planes" llegó hasta mi primera novela, que terminaba precisamente con un tiroteo en el que las balas del libro se mezclaban con las de la canción, y mi fascinación por Aída Prados me la sigue recordando Facebook de vez en cuando y llegó a límites exagerados, lo que demuestra la paciencia que han tenido la mayoría de mujeres conmigo y la razón que tienen todas las que "prefirieron no hacerlo". También es cierto que Aída se fue a otro país y que desde la distancia las tormentas no dan tanto miedo.

El otro día, para qué negarlo, estaba triste, pero alguien me rescató y eso siempre es bonito. Quizá  me acostumbré demasiado a rescatar y a que me rescataran, es decir, a vivir todo el puto día al filo del campo de centeno.  La Chica Diploma, que suficiente hace, me sugirió que me apuntara a un curso para conocer gente con gustos afines pero yo temo a la gente con gustos afines y en cualquier caso no quiero nuevos amigos sino recuperar a los viejos. No quiero una nueva vida, me basta con la de siempre. Si ya me cuesta cambiar de bar para desayunar, imaginen lo que sería este ejercicio de innovación. No, la vida no es un Futmondo.

Alguien escribió en mi muro la semana pasada algo así como que era duro envejecer y darte cuenta de que ya no vas a ser una estrella de rock. Tiene razón pero en parte: yo nunca quise ser una estrella de rock; me parece algo así como el infierno en la tierra. Yo echo de menos otra cosa. Otra cosa superior: la capacidad de sentirme una especie de dios de mi propio universo, con politonos incluidos. Habrá quien diga que ser padre es exactamente eso... pero no, ser padre consiste en montarle un universo a otro y amueblárselo. Una especie de hostelero, vaya, con todos mis respetos...

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Por la mañana, el Niño Bonito me pregunta, después de diez minutos bajo una ducha que no funciona y escuchando el disco de Sia en el que sale su cara en la portada: "Papá, ¿tú, cómo te rindes?" y yo dejo la pregunta sin contestar.

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También por la mañana, esta vez durante el desayuno. Él está con una extraña combinación de leche de almendras, pan de castaña y brownie de chocolate y yo relleno una cartulina que nos han dado en el cole con una foto suya para que expliquemos qué le hace especial. La cartulina lleva una semana en casa y nunca hemos sabido qué demonios hacer con ella pero habrá que hacer algo, supongo. Lo primero que se me ocurre es escribir "everything" y devolverla sin más. Al final, me decido a preguntarle y nos ponemos a lanzar ideas los dos juntos: sus ricitos, su sonrisa, sus amigos del cole, determinados juguetes, los títeres, el fútbol -sobre todo si el Valladolid está de por medio, porque el Madrid no hace más que darle disgustos-, la comida sana...

Con cada cosa adjunto un dibujito, o un garabato, más bien. No sé dibujar y yo lo sé y él lo sabe. Cuando acabo, se lo doy y se pasea por la casa con el "special" en la mano: se lo enseña a su madre, se lo enseña al espejo, se lo enseña al portero, se lo enseña al del garaje y lo guarda como oro en paño mientras vamos al colegio. En ese momento, entiendo de qué se trataba todo esto: no tanto de saber qué hace a un niño especial sino de hacer especial a un niño durante una mañana con su cartulina. Y de paso a sus padres, claro, nos conocen como si nos hubieran parido.

jueves, octubre 25, 2018

Making a murderer 2



No voy a decir que la primera parte de "Making a Murderer" no fuera tendenciosa porque lo es desde el mismo título. Con todo, conseguía dar una imagen de cierta objetividad o, si se quiere, de cierta perplejidad ante un caso que deja demasiadas dudas. Incluso sin oír del todo "a la otra parte" -¿pero qué tiene que decir "la otra parte" que no dijera en el juicio, en los interrogatorios, en las conferencias de prensa, incluso en la condena?- el relato era vibrante por lo que tenía de pura cultura del espectáculo: teoría de la conspiración, sentimentalismo y una buena ración de "Perry Mason para millenials".

Otra cosa es la segunda parte, y no sé si eso es bueno o malo. Si desde el principio estás convencido de que la policía conspiró para detener y acusar a Avery -y la mayoría de los que vimos la primera parte, lo estamos-, no es fácil que encuentres algo nuevo que te haga confirmar o cambiar tu opinión. Sí puede haber detalles legales importantes, pero todos siguen la misma línea de lo que sabemos desde 2015. Hay menos espectáculo y algunos críticos lo han señalado amargamente... pero eso no hace al documental menos valioso sino diferente, sin más. Esta ya no es la historia de un hombre acusado por un crimen que nunca cometió, como "El Fugitivo", sino la historia de dos hombres que se pudren en la cárcel mientras nadie puede hacer nada por ellos, mientras su familia se viene abajo y los patriarcas mueren lentamente ante la cámara.

Si la primera parte era la historia de una indignación, esta segunda es la historia de una derrota. Todas las expectativas, incluso las más razonables, acaban viniéndose abajo en un solo rótulo. El negocio está a punto de quebrar. Avery está abrumado por la fama y los moscones se le acercan para aprovecharse de él. El espectáculo, ahora, está en otro lado, y sin duda los autores de esta segunda parte lo sabían. En buena parte, estamos ante el relato acerca del relato: qué hicieron los grandes medios, cómo reaccionó el público ante la primera entrega. Una cosa muy cervantina, si se quiere.

El problema, constantemente, es Kathleen Zellner. Siento decir esto porque en realidad yo no tengo ni idea de quién es Kathleen Zellner, pero la televisión no tiene nada que ver con quién es la gente sino con lo que parece ser, mucho más en un serial que se basa en la premisa "No te fíes de nadie". Zellner es demasiado mediática, en ese sentido, demasiado espectacular, como si fuera a contrasentido respecto a la narrativa del resto del documental. Zellner es el tipo de persona que la cultura popular estadounidense nos ha mostrado como sospechosa: alguien para quien tuitear forma parte de su trabajo, una especie de presidente Trump, con sus exclamativas y todo.

Son demasiadas horas de discursos triunfalistas y análisis minuciosos y muy pocos segundos investigando por qué esos esfuerzos no llevan a ningún lado, es decir, ¿cuánta gente puede odiar realmente a Steven Avery hasta el punto de quedar ciegos ante tanta prueba que se vende continuamente como decisiva? En realidad, supongo, la razón no hay que buscarla en el odio sino en el simple tedio, la pereza, el "statu quo". No movais el avispero, dejadlo como está. Conseguir "que la familia de Teresa Halbach descanse por fin" no depende tanto de la verdad sobre su asesinato sino del hecho de que el estado haya cumplido con su labor: adjudicarse el monopolio de la violencia.

Es obligatorio que, igual que hay dudas en un lado, las haya en el otro: ¿por qué la familia de Halbach está tan satisfecha con la versión oficial? ¿Por qué todos los jueces, uno pot uno, rechazan sin más las peticiones de un nuevo juicio? Al final volvemos a lo mismo: la culpa es del sistema. Y puede que sea verdad y por lo tanto ahí ya no hay indignación sino impotencia y no hay espectáculo sino pura monotonía, pura desidia, la llamada de la mañana, la llamada de la tarde y la llamada de la noche... En definitiva, que sí, te hace pensar, como hacía pensar "The Confession Tapes" pero de tanto pensar acabas planteándote incluso si no te estarán engañando las dos partes.

Más que nada porque suele pasar.

*

Leí "Omega", de Bruno Galindo y Víctor Lenore, sobre el disco de Enrique Morente y Lagartija Nick. Me gustó. Yo en realidad había comprado "Cajas de música ifíciles de parar", acerca del disco de Nacho Vegas, pero me encontré con un error de imprenta como una catedral. En el fondo, salí ganando: el libro sobre Morente está bien, algo deslavazado -como el propio Morente- pero bien. Un libro de los que te puedes leer sin haber escuchado en tu vida el disco del que trata ni cualquier otro disco de Morente. De hecho, el libro consigue que me lo acabe sin siquiera provocarme ningún interés en reparar mi error y escuchar "Omega" cuanto antes. No hace falta. Sé que no me va a gustar, o al menos lo intuyo. No lo consideren una crítica sino un acierto: si lo sé es porque Galindo y Lenore me lo han dejado suficientemente claro. Como detalle, la editorial se ha comprometido a enviarme el de Nacho Vegas y el escrito a propósito de "Una semana en el motor de un autobús", el mítico disco de Los Planetas.

Disco que, por supuesto, tampoco he escuchado.

martes, octubre 23, 2018

Deal with it, rock and roll...


 La imagen es la de un hombre de cuarenta y un años arrastrándose por el suelo a las tres y media de la mañana. Un hombre que cada vez que intenta incorporarse siente el peso del vértigo sobre su cuerpo y necesita volver al parqué, apoyarse en los codos como un recluta patoso, y llegar al dormitorio. Un hombre que se despertó media hora antes ya mareado y cuyo mareo le obligó a tumbarse en el sofá y ahora busca consuelo en la cama, un consuelo silencioso para que su mujer no se despierte, para que su hijo no se preocupe...

Cuando consigue tumbarse, piensa que el vértigo puede ser un ictus y que quizá esté haciendo el tonto con tanta demora y tanto no querer molestar. Por otro lado, está cómodo. Mientras no se mueva, cabeza sobre la almohada, está cómodo y no tiene sueño porque ya no tiene sueño nunca o al menos no ese sueño plácido que te va llevando y te acuna. El sueño, ahora, hay que trabajárselo y es el sueño del que no sabe dónde vivirá en un año, dónde trabajará, a qué colegio irá su hijo, cuántos miembros tendrá su familia, cómo podrá pagar cualquiera de esos cambios...

El sueño de alguien que no disfruta de su trabajo, que no disfruta de sus horarios, que con los años ha aumentado su capacidad para disfrutar de cada vez menos cosas. Un sueño a intervalos: dos horas dormido, dos horas despierto, dos horas dormido... un sueño angustioso, en cualquier caso. A menudo sueña que no tiene responsabilidades, que todo es como era antes, con red. Un hombre que busca ganar dinero -porque necesita dinero- en lugares donde sabe que no lo va a encontrar y que a la vez se siente incapaz de seguir mendigando donde puede que sí le den limosna.

Un hombre, ya digo, que cree que puede tener un ictus y entonces su hijo, ¿qué?; entonces, su esposa, ¿qué? Un hombre que se sentiría culpable si se muriera ahí mismo y quizá por ello repite la operación a la inversa: se tira de la cama al suelo, repta en dirección al salón y se arroja de cualquier manera al sofá, donde ha dejado su móvil para consultar los síntomas. Síntomas que, por supuesto, no coinciden con lo suyo porque lo suyo -él lo sabe- es una mezcla de ansiedad, de angustia, de frustración, de rabia y de agotamiento.

Al día siguiente, el hombre repetirá sus rutinas porque ya las ha aceptado tal y como son y la alternativa sería deshacerse de ellas, pero eso es inviable. Un hombre, hasta cierto punto, condenado, así se siente y así se resigna. Al menos su mente. Su cuerpo, no. Su cuerpo, cada cierto tiempo, le recuerda que así no puede seguir. ¿Y él qué hace? Sigue de todos modos. Sigue porque ha dejado de buscar alternativas y, como le pasó a Pedro con el lobo, si a estas alturas viniera con que está deprimido o algo así, nadie le creería. Sus problemas son demasiado banales como para que nadie se los tome en serio: vive en el barrio de Chamartín, tiene un hijo precioso, una mujer maravillosa, cobra un buen sueldo de funcionario, sus alumnos le respetan, ha publicado más libros de los que probablemente soñara jamás y Facebook le recuerda cada día todo lo que fue: director de revistas, organizador de festivales, entrevistador de estrellas del cine, de la música, del deporte...

Su vida sin sueño es, pues, una vida soñada y sus vértigos no son nada ante lo que Sean Bateman no pudiera contestar con un "Deal with it, rock and roll". Lee mucho. Ve series de vez en cuando -ahora está con la segunda temporada de "Making a Murderer"- y no va al cine por una cuestión de apatía más que otra cosa. Durante años, en medio de las agitaciones veinteañeras, un amigo le sugería que se rindiera, que la paz estaba en la rendición. Ahora siente que se ha rendido y que en vez de alivio siente algo parecido a una traición a sí mismo. Como si él ya no fuera él. Problemas unamunianos.

Da igual. El hombre se queda en la cama mientras su mujer se encarga del niño -preocupado, este se acerca cada cinco minutos para despertarle y verificar que está bien, que no le pasa nada- y luego, ya se sabe, la rutina. No una rutina a lo Steven Avery, claro, por eso nadie entiende la queja, probablemente ni siquiera él mismo, pero una rutina de alfombras al tinte y barbas afeitadas e informes de ausencia para el centro laboral. Fitter, happier...Un hombre que sabía que, probablemente, su vida acabaría convirtiéndose en una canción de Radiohead pero que nunca imaginó que fuera a ser esa.

jueves, octubre 18, 2018

Björn Borg, John McEnroe y Manuel Jabois



En su artículo del miércoles en El País, Jabois escribe esto:

Panero dice que salió a la calle gritando: “¡Éramos tan felices!”, que es una de mis frases favoritas de todos los tiempos porque siempre tengo la sensación de haber sido feliz, nunca de serlo. Y a veces pienso que ciertas felicidades, como ciertos amores, se sabe que lo han sido con tanto retraso que uno se pasa la vida maldiciendo haber estado, no estar.

Yo también repetía "¡Éramos tan felices!" cuando era adolescente y yo tampoco sabía a qué me refería. Probablemente, Jabois y yo vimos "El desencanto" en el mismo pase de televisión, puede que en La 2 y puede que en Canal Plus. No sé, tengo la cinta de VHS por algún lado. Por supuesto, todo ese párrafo podría haber aparecido en este blog y me jugaría lo que fuera a que ha aparecido de forma casi literal varias veces porque Jabois y yo compartimos la misma estética y las mismas referencias.

La diferencia, quizá, es que yo no puedo imaginar esa frase sin la noche en el Desert con la Chica Langosta y sus amigas. Mis parrafadas ni siquiera alcohólicas pero con el inimitable tono arrastrado tan Panero, tan Michi, tan de vuelta de todo a los diecinueve años. Del mismo modo, no puedo imaginar aquella noche y aquella perorata sobre el desencanto sin escuchar de fondo el viento gélido que da inicio al "Planet Telex" de Radiohead y te transporta a su estribillo: "Everything is broken, everyone is broken", que es mi estado de ánimo habitual y supongo que, de alguna manera, lo que me hace interesante.

*

Pero, interesante, ¿para quién? Cuando leo el artículo, escribo inmediatamente a Manu algo así como "me asusta hasta qué punto somos tan parecidos" y él me contesta, muy amablemente, como siempre, que yo soy su gran referente en temas de melancolía y nostalgia. No sé cómo tomármelo así que me lo tomo a bien. Sinceramente, con Jabois yo siempre he tenido una relación muy de Salieri y Mozart, aunque en realidad nunca haya visto la película y la película tampoco tenga mucho que ver con la realidad. En cualquier caso, soy uno de los referentes de Manu y eso está bien porque desde luego Manu es uno de mis referentes y es el Mozart de esta generación y eso lo llevo diciendo desde antes de que le contrataran en El Mundo, cuando se dedicaba a los Apuntes en Sucio sin más y hablaba de Massimo Ghirotto.

Supongo que todo esto confirma mi malditismo, que, estéticamente, no tiene por qué estar tan mal. El problema es que la estética se acaba colando siempre en la ética y no puedo evitar un cierto sentimiento de rabia, de injusticia. Un sentimiento que no es nuevo y del que Manu no tiene culpa alguna pero que me corroe: una especie de "¿por qué tengo que ser yo el maldito?, ¿por qué tengo que escribir yo en mi blog que no lee casi nadie que soy uno de los referentes de uno de los mejores escritores del país?, ¿por qué tengo que ir a Valdemoro a explicar el pasado simple en vez de escribir, sin más, mejor o peor, igual que Salieri componía, mejor o peor y gozaba de un cierto respeto?". En definitiva, ¿por qué demonios no existo si las palabras son casi idénticas?

La Chica Diploma no tiene muy claro que deba escribir estas cosas porque cree que a Manu le puede sentar mal pero yo sé que a Manu no le va a sentar mal porque Manu no tiene arte ni parte en esto. Manu no obliga a nadie a escribir mil veces: "Lean al gran Jabois". Manu se limita a escribir y a hacerlo como los ángeles. Yo me limito a escribir y a gritar en mi propio ágora, en mi diminuto tonel al sol: "Hey, que yo también puedo hacerlo. No tan bien, claro, pero suficiente"... y después me pongo a preparar la siguiente clase. Además, yo quiero a Manu y Manu me quiere a mí. No nos vemos, apenas conseguimos mantener conversaciones de más de diez minutos y la única vez que conseguimos quedar para hacer algo juntos -ver una película- resultó que el cine estaba cerrado. Pero nos queremos. Quizá porque un día, una madrugada, vimos a Michi Panero repetir su frase y pensamos que en el futuro podríamos intentar ser como él... sin tener muy claras las consecuencias.

*

Por cierto, el artículo iba sobre la película sobre la rivalidad entre Borg y McEnroe, así que la busco en Filmin y me pongo a verla. Está bien. Quizá se queda un poco a medias: no sé si a alguien a quien no le guste el tenis le va a poder gustar la película y a la vez no sé si el verdadero amante del tenis va a pasar por alto las abundantes faltas de coherencia y de "raccord" dentro de los partidos. Por lo demás, no acabo de ver en la película rivalidad alguna porque McEnroe en todo momento parece una excusa para hablar de Borg, como el propio personaje se queja ya en los primeros diez minutos.

De McEnroe, pese a lo que le dice Peter Fleming en una secuencia, se sigue hablando incluso 35 años después de su esplendor. Todos le conocemos. Conocemos sus victorias y conocemos sobre todo su vida licenciosa y su gusto por el espectáculo. ¿Qué sabemos de Borg? Poca cosa. La película le coloca en el lugar que merece: como uno de los tres candidatos a mejor jugador de todos los tiempos junto a Roger Federer y Rod Laver. Un hombre que ganó seis Roland Garros, cinco Wimbledons consecutivos, jugó (y perdió) cuatro finales del US Open y ni siquiera se dignó a pisar Australia más de una vez y quizá porque le pillaba de paso para cualquier otra cosa.

Todo esto antes de los 25 años, porque a los 26 ya estaba (parcialmente) retirado. ¿Hasta dónde podría haber llegado de haberse tomado en serio su profesión, de no haberse quemado tanto de torneo en torneo, de haber conseguido vencer de verdad todas esas pasiones internas que le obligaban a acabar con todo, a echarse a perder en yates y discotecas hasta acabar en la bancarrota? Hay en Borg mucho de Panero y por lo tanto mucho de Jabois y mucho de mí, solo que yo, insisto, tampoco me tomo tan en serio mis obligaciones estéticas.

martes, octubre 16, 2018

Tres días en Cádiz



Lo primero de lo que nos damos cuenta nada más llegar al apartamento es que las vistas al mar están tapadas por un inmenso crucero fondeado en el puerto. A mí me parece hasta cierto punto divertido porque lo enorme me fascina, en general, de ahí mi pasión por Nueva York. A la Chica Diploma, no tanto: primero, porque ella necesita el mar; segundo, porque intuye que hay ahí algo de estafa: los que nos vendieron las vistas tienen que saber que esas vistas acostumbran a estar impedidas durante casi todo el año.

Y así, en efecto, al crucero del viernes le sigue el crucero del sábado, algo más pequeño, con su bandera francesa. Sigue el enfado pero reconozco que sigue la fascinación: todas esas ventanas de camarote como pequeñas celdas de una cárcel modelo. Un edificio de Moratalaz en horizontal y navegando por el Atlántico. Cuando era joven y estaba soltero -no recuerdo en qué etapa, supongo que en 2001- llegué a fantasear con unirme a uno de esos cruceros como quien se apunta a clases de inglés para conocer gente. Así de solo estaba. Mi madre me dijo que si realmente me sentía así, un crucero no era lo mejor que podía hacer, así que hice alguna otra cosa, aunque no recuerdo cuál.

Por lo demás, el apartamento está bastante bien; pensado para cuatro personas pero habitado solo por dos. Casi como un acto reflejo, enciendo la televisión y paso por distintos canales locales -Chiclana, San Fernando...- hasta llegar a Paramount Channel, donde están echando "Suéltate el pelo", la poco conocida continuación de "Sufre mamón". Creo que la vi en el cine y desde luego la he visto en televisión después, pero no recuerdo nada de la trama: David Summers acoge a una fan enamorada y desvalida y la fan se la juega con unas fotos comprometidas, pactadas con su novio fotógrafo y chantajista. Summers acaba pagando una millonada y encerrado en la cárcel, por abuso de menores.

Es una película a tener en cuenta cada vez que en sus entrevistas los Hombres G insisten en ese discurso revisionista de "No, si nosotros no éramos pijos". Da igual: es una película de Manolo Summers y por lo tanto es divertida y está bien hecha y aparece el Madrid de mi infancia y todo bien, solo que tenemos que irnos porque para ver "Suéltate el pelo" igual no hacía falta pagar dos billetes de tren ni alquilar ningún apartamento con vistas fallidas. Así que nos vamos y paseamos y comemos -demasiado- y acabamos en una terraza al lado de un hotel, en una plaza donde la Chica Diploma se toma una tarta sin gluten y yo, un descafeinado solo.

*

Es la segunda vez que estamos en Cádiz. La primera fue en febrero de 2013. Eso lo sé porque lo he mirado en el archivo de este blog, no porque me acuerde. Llegamos en avión a Jerez, pasamos una noche en Cádiz, otra en Arcos de la Frontera y es posible que una tercera en algún otro lugar. Mi padre estaba muy enfermo y nosotros aún no nos habíamos casado. Lo bueno de espaciar tanto las visitas y tener tan mala memoria es que no hay rutinas a las que atenerse. Cualquiera que me conozca sabe que yo soy un animal de costumbres hasta la exageración. En Cádiz no hay costumbres así que lo mismo salimos hacia la izquierda que hacia la derecha, cenamos en la plaza de la catedral o comemos en "La gorda".

Nos gusta mucho la ciudad y la disfrutamos. No solo la tranquilidad pero también la tranquilidad. Cádiz no es la ciudad más bonita del mundo pero no lo necesita y lo lleva bien. El mar no es el de Cefalú ni el de Corralejo, pero es un mar, está ahí, se puede ver y acabas llegando a un pacto por el cual si tú no molestas a la ciudad, si no molestas a nadie, en general, nadie va a venir a molestarte a ti. Por un momento, pienso en hacer una escapada veraniega, la escapada veraniega que me queda pendiente, y alquilar un apartamento parecido a este pero durante tres semanas, para escribir, para leer, para agarrarme a la ficción de que vuelvo a ser yo.

Sin embargo, Cádiz se queda demasiado en el medio: es exótica pero no lo suficiente, está lejos pero no todo lo que quisiera, así que la primera noche de insomnio la paso mirando pisos en Fuerteventura y hoteles en Alicante. Por alguna razón que desconozco, reservo un avión en Iberia, pero resulta que lo hago en la página estadounidense de Iberia y se empeñan en cobrarme en dólares. Cuando llamo al servicio de atención al cliente, una chica muy educada -¿Sheila?- me dice que no me preocupe, que no habrá ningún problema. Está claro que no me conoce.

*

El domingo es un día a medias. Ni estamos allí ni estamos aquí, de vuelta. La Chica Diploma ya se levanta pensando en todos los pacientes que tiene el lunes y yo tengo aún las clases de la semana por preparar. Con todo, es de los mejores días. Damos un paseo hacia la otra parte de la ciudad, junto al otro lado del mar y paramos cada media hora para ir al baño. Nosotros somos así. Hablamos sobre brechas generacionales y sobre futuros probables. Hablamos sobre el Niño Bonito, cuando estuvimos con él en Conil -acababa de cumplir un año- y terminamos todos en un hospital.

Hablamos. Estamos juntos. Nos vemos. Si el lunes significa la vuelta al trabajo, significa también no volver a ver a la Chica Diploma. Despedirse a las nueve de la mañana del coche después de dejar al enano en la guardería y saludarse a las diez y media de la noche, cuando ambos llegamos derrumbados del trabajo. No sé si algo va bien o algo va mal cuando Cádiz representa lo sensato, lo estable y Madrid representa lo imprevisible, la improvisación constante: el ascensor que se queda parado entre dos plantas, el libro con portada de Nacho Vegas y contenido de Enrique Morente o la niña que se empeña en abrazar el Niño Bonito a la entrada de clase mientras él le repite: "Ahora no, ahora no" con su flemático sentido de la oportunidad.

jueves, octubre 11, 2018

Moridos



Por la noche, tengo pesadillas. La verdad es que no sé si son exactamente pesadillas sino más bien sueños angustiosos, en los que todo lo que puede ir mal va mal y el estrés del día se prolonga durante la madrugada. El resultado es que ya desde la mañana voy completamente zombi, yo diría que ausente, como si la cosa no fuera conmigo en ningún aspecto. Leo mis libros, cumplo mis rutinas, "I go through the motions", que dicen los americanos, pero sin ningún tipo de entusiasmo o de pesadumbre. Algo mecánico.

Quizá envejecer sea esto. No lo sé. El otro día, la Chica Diploma me decía que yo debería haber nacido millonario. Estoy de acuerdo. Todo lo que suponga una obligación me hace conectar inmediatamente el piloto automático. Creo que nunca he conocido a alguien menos sacrificado en mi vida y cuando digo "sacrificado" quiero resaltar el punto de verdadero sacrificio, de dejarse la piel. Yo me puedo dejar la piel en que la tarea salga bien pero por una mera cuestión del deber, nada de estética ni de moral en el asunto.

Por ejemplo, ya por la tarde, en Valdemoro. Sigo ausente. No es que me sienta especialmente culpable porque la mayoría de mis alumnos tampoco parecen cómodos estando ahí. Llevan todo el día trabajando o estudiando, los ejercicios son complicados, no han tenido tiempo de estudiar ni de hacer los deberes y están perdidos. Además, su guía, en vez de cogerles de la mano y tranquilizarles, se limita a cortar ramas y seguir adelante. De vez en cuando les dedica un mohín o una mirada recriminatoria o directamente se desespera en voz alta. Ellos me miran como si no supieran qué hacer para agradarme, como si todo eso que tanto me enfada -que no sepan bien inglés, que no utilicen las fórmulas correctas, que no se tomen tan en serio lo que no deja de ser una actividad más dentro de una apretada agenda- no fuera culpa suya sino de mi propia exigencia.

Probablemente, tengan razón.

*

También pienso -continuamente, porque yo soy un hombre con la necesidad de sentirse juzgado; absuelto o condenado, eso me da más igual, pero en continuo proceso- si estoy siendo suficientemente profesional. A veces pienso que no, que la propia sensación de ausencia ya es una manera de hacer mal mi trabajo. A veces pienso lo contrario: que conseguir aguantar las cinco horas, tratar todos los contenidos, dar todas las explicaciones, buscar los ejercicios necesarios y resolver dudas justo cuando tu mente está en cualquier otro lugar solo se explica precisamente desde la profesionalidad.

Eso no quiere decir que no haya muchas cosas buenas. Ayer, por ejemplo, al acabar la clase, un alumno se me acercó para preguntarme cuánto me había costado mi libro de María Estuardo. Ya dije en su momento que Zweig es en Valdemoro como Faulkner en el pueblo aquel de Saza. Yo entiendo que el subtexto de la pregunta no era económico y que probablemente el chico no vaya a comprarse nunca el libro. Lo más plausible es que fuera una especie de mensaje, un "soy de los tuyos", un "me pasaría toda la tarde leyendo sobre María Estuardo antes que estar aquí repitiendo el puto presente continuo".

*

El Niño Bonito va de excursión al Museo Sorolla. La actividad funciona porque al volver a casa nos repite como un papagayo: "Joaquín Sorolla era un pintor valenciano". Lo más parecido a un pintor que ha visto en su vida es Papá Pig, en el capítulo ese en el que se pone una boina francesa, sale al jardín y empieza a pintar un paisaje. En cualquier caso, el propio personaje de Sorolla le fascina como referencia temporal. Su primera pregunta es: "¿Tú existías cuando existía Joaquín Sorolla?" y la respuesta, lógicamente, es "no".

El niño hace sus cálculos y continúa: "¿Existía la abuela Cuca?". Su abuela (su bisabuela, de hecho) Cuca murió este verano y no ha soltado el hueso desde entonces. La mosca continuamente detrás de la oreja. "No -le digo- la abuela Cuca, tampoco" y ahí es cuando ya me decido a mirar en internet y compruebo que Sorolla murió en 1923, así que mi propia abuela sí que vivía -tenía cuatro años, como Álvaro ahora- y por lo tanto, "existió" durante ese tiempo a la vez que Sorolla. Se lo digo, pero parece confuso. Para explicárselo mejor le enseño una foto que me mandó mi madre en la que salimos mi padre, mi abuela y un yo preadolescente justo en la bahía de San Vicente de la Barquera, un sitio que conoce perfectamente.

Le explico quién es cada uno y me contesta "Ya, pero están moridos, ¿no?". Sí, están moridos. "No tienes papá ni abuela", insiste, con un tono que mezcla la compasión con un cierto miedo. "No, no tengo papá ni abuela pero tengo un hijo precioso", le digo, y le parece una buena respuesta. Yo tampoco quiero arruinarle la infancia con estas cosas, así que cambio de tema inmediatamente. Me explica que por la tarde, el Valladolid le ha ganado al Huesca con dos goles de Héctor -su primo de un año y medio-. No sé cómo ha conseguido meter a Héctor en sus fantasías de cromos Panini. A la mañana siguiente, se queda llorando en el colegio. No es lo habitual, pero es que ese día tiene piscina y le da el mismo pavor que le daba a su padre cuando tenía su edad.

Nos abrazamos y nos besamos un buen rato, para que esté tranquilo, pero la tranquilidad -mi tranquilidad- solo llega cuando ya me estoy yendo, miro para atrás y me doy cuenta de que dos niñas le están abrazando y dando besos entusiasmadas, supongo que porque han visto las lágrimas, han visto al padre alejarse y han preferido dejarle claro que lo que cuenta es lo que existe y no lo que existió, fuera eso cuando fuera.