viernes, mayo 24, 2013

Desequilibrio subjetivo



Estaba pensando en qué grupo era el que más me había influido en mi vida y he acabado optando por los Beatles. La decepción ha sido enorme. Yo aspiraba a algo más, algo parecido a Nirvana, los Pixies, Radiohead o, sobre todo, Blur, porque este viernes estaré viéndolos en el Primavera Sound, pero no, el puto Paul McCartney una y otra vez.

Lo estaba pensando en la estación de Tribunal. Podría contar mi vida uniendo escaleras de la estación de Tribunal, especialmente las que no funcionan. Eran las nueve de la noche aproximadamente y lo más probable parecía que me acabara cayendo en cualquier momento, caminando como un zombi por el andén, libro y DVD en la mano junto a un montón de redacciones por corregir y una hoja en la que detallo brevemente la organización de clases de la semana.

Lo bueno: no me caí. Lo malo: estuve a punto. Empieza a ser demasiado habitual pero mi neurólogo no le da importancia. "Desequilibrio subjetivo", lo llama, como si lo subjetivo no tuviera peligro alguno. Justo acabo de terminar un artículo sobre el infinito desprecio que hay en determinados ámbitos por lo subjetivo, lo concreto, lo individual. Tiene sentido por el exceso de historias concretas que nos ha dado el siglo XX y especialmente el XXI con la llegada de Internet, esa sensación de que estás todo el rato en la habitación de todo el mundo, mirando su corcho con fotos pegadas, los santuarios de la adolescencia.

En cualquier caso, el diagnóstico me sirve para creerme que, efectivamente, el mareo subjetivo no es tan grave y que cuando sea objetivo -es decir, cuando alguien desde fuera me vea darme de morros contra un peldaño- pues ya me daré cuenta y no necesitaré un médico que me diga nada. Aguanto unas paradas contra la pared del vagón y me bajo en Atocha, como los grandes. Después, voy andando a casa intentando mantenerme recto y la cosa acaba con dos clásicos en el iPod: "Da,da,da", en versión de Elastica y el "Beetlebum" de Blur, lo que nos lleva de nuevo al viaje de mañana -probablemente hoy para cuando lea esto-, la ilusión del AVE y el NH Numancia y todo lo que es Barcelona en general, es decir, la decadencia de las Ramblas y las calles en permanente octágono, el Port Vell y los recuerdos de chicas indecisas en pasos de cebra del Barrio de Gràcia.

Estoy tan cansado que no sé si me apetece. Estoy tan cansado que creo que me voy a caer en cualquier lado, pero estar cansado es subjetivo y por lo tanto no importa. Una de las frases que hemos repasado hoy en clase decía "Ten cuidado con lo que finges ser porque eres lo que finges ser". El autor creo que era Kurt Vonnegut. Me extrañó muchísimo leer algo de Kurt Vonnegut en un método de inglés para adulto, pero alguien debió de pensar con razón que la frase era maravillosa. Ser lo que uno finge ser, ¿es objetivo o subjetivo? No lo sé. Supongo que son cosas que no te planteas cuando no tienes fuerzas para fingir nada, es decir, cuando el filtro se esfuma y todo son peleas absurdas por cualquier cosa y una tensión insoportable por la necesidad de saltar ante cualquier comentario ajeno.

Así que voy a ver si abrazo un poco a la Chica Diploma, que está dormida en el cuarto de al lado, sigo leyendo mi libro sobre ECM, un vicio como otro cualquiera, y me voy a la COPE, que hoy me toca hablar de los Doors, un grupo que no ha influido absolutamente nada en mi vida pero que puedo fingir perfectamente que lo ha hecho si es preciso. Sin que nadie se dé cuenta porque al fin y al cabo de eso se trata.

martes, mayo 21, 2013

So tonight we´re gonna party like it´s 1999



La canción que más me entristece del mundo es "1999" de Prince. Afortunadamente, es una canción que se oye poco hoy en día. Supongo que hubo una generación que creció pensando que algún día sería 1984 y se sintió envejecida de la noche a la mañana un 1 de enero. A mí me pasó algo parecido cuando de repente 1999 ya estaba ahí y ni siquiera es que hiciéramos una gran fiesta, simplemente cumplimos el expediente del año que pasa de nuevo, mi 22º en concreto, esperando al Efecto 2000 que, por supuesto, también quedó en nada.

Me refiero a las expectativas. A que Prince lo fiara todo a 1999, al futuro que sería nuestro y que ese futuro quede ahora 14 años atrás. Recuerdo que cuando llegó el momento yo ya escribí algo en mi cuaderno -no había blogs, y, si los había, yo no tenía uno- que tenía que ver con la sensación de "bueno, ¿y ahora qué hay que hacer?". Lo jodido de la canción es que no solo te hace sentir viejo sino que además es muy buena, muy divertida, muy ochentera. Nosotros, los treintañeros, no vivimos los ochenta más que como un escaparate donde ponían los maniquíes más bonitos, un inmenso trailer con los mejores momentos de la película y luego llegaron los proyeccionistas y cerraron el chiringuito.

Así que 1999 se nos vino encima y fiestas, las justas, lo que nos lleva a la siguiente canción que más me entristece, que es "Disco 2000", de Pulp, aunque en realidad es una canción completamente distinta porque de por sí ya es nostálgica. La de Prince viene a decir "cuando llegue 1999 lo vamos a flipar" mientras la de Jarvis Cocker parece estar escrita desde el propio 2000, desde la desolación de que el futuro no es lo que era, pese a que el disco debió de salir en 1994 o 1995 cuando todo el mundo en Inglaterra se metió en un estudio a grabar sus melancolías.

Mi recuerdo de "Disco 2000", además, es más bonito. Es un bar que se llama "Mission Claimbd", una partida de Tetris y una chica preciosa a la que le cantas al oído la canción mientras te besa y ni siquiera es 1999, sino que es 1996, tienes 19 años y es la primera vez que te pasa algo así: conocer a una chica preciosa en un bar, conseguir que te bese y salir de la mano con ella por Malasaña hinchado como un pavo, sin interés en alguno en lo que vendrá porque lo que tienes ya es todo.

Todo lo que le falta al protagonista de "Disco 2000" -hay algo en la compañera de colegio de ese hombre, en su descubrimiento, casada, años después, que me recuerda a Dolores Haze- cuando se da cuenta de que está solo y los números redondos no le van a salvar de nada y todo lo que le sobra al espídico Prince, que lo mismo te hacía una canción de discoteca que te deprimía con "When Doves Cry" o te liaba con aquella depresiva película que fue "Purple Rain" y que no sé si sirvió para incluir la canción o fue solamente un producto de su éxito porque, ya lo he dicho antes, yo, en los 80, no estaba, solo anticipaba cosas que no llegaron jamás y le echaba la culpa a Paul McCartney, cuando el responsable era ese milenarista de Minneapolis que me convenció de que hablaba en serio y yo le creí como un idiota, cosa que, conociendo al personaje, ya es de una inocencia lamentable.

lunes, mayo 20, 2013

Una generación estúpida



Decir que la culpa es nuestra es solo parte de la verdad pero desde luego es verdad en buena parte. Son tiempos de cazadores y francotiradores. Tiempos de buscar culpables bajo las piedras y remover la piedra solo para tirarles una más grande. Yo eso lo entiendo porque estoy tan cabreado como cualquiera y quiero que alguien pague, claro que sí, sea Blesa o sea Ortega Cano, que ya puestos parece que da lo mismo.

A lo largo de la semana pasada se celebró el segundo aniversario del 15-M y yo me atreví a escribir esto en mi blog: “Aquello era de todo menos revolucionario. La mayoría queríamos volver a lo de antes, a nuestra vida feliz llena de promesas y recompensas: estudio-carrera-trabajo-sueldo digno-matrimonio-primera casa-primer hijo- segundo hijo-segunda casa- jubilación dorada en Marina D´or, ciudad de vacaciones”. En efecto, los que nos reunimos en Sol aquellos días íbamos desde los antisistema más furibundos hasta los burgueses —o más bien hijos de burgueses- más preocupados por la pérdida evidente de su estatus.

En cualquier caso fue una excelente terapia de grupo porque estaba claro que todos, los unos y los otros, aunque mucho más nosotros, los que veinte años atrás podríamos haber sido “niños de papá” y acabamos de becarios precarios o carne de ERE, estábamos bastante perdidos. No solo indignados, que también, supongo, sino perdidos, porque en ningún momento hemos sabido manejarnos en la vida y es bien triste que uno tenga que escribir esto con 36 años.

Mi generación, y acotemos a los nacidos en los 70 y principios de los 80, ha sido una generación terrible, una generación que se ha plegado a todo y lo ha hecho sin levantar la voz ni una vez no fuera a molestar a alguien, llegando al ridículo de llamar “hada de madrina y luz de la oportunidad” a la ministra del paro a ver si nos da un carguito. Sé que se ha puesto de moda llamarnos “llorones” pero teniendo en cuenta que salimos al mercado de trabajo en los 90 y estamos en 2013, tampoco se nos puede acusar de falta de paciencia. Nos comimos las ETT desde el principio, nos comimos los sueldos basura, las becas que no eran sino trabajos gratuitos encubiertos, los contratos por dos meses o tres meses en profesiones liberales que normalmente te aseguraban una tranquilidad y una posibilidad de planificación de la vida…

La nuestra ha sido una generación estúpida, de decir “sí a todo” como el que se fía del instalador de una aplicación sin sospechar en virus ni en troyanos. Hemos vivido en una burbuja que reflejaba con maestría Aleix Saló en su libro “Simiocracia”: la burbuja de creerse que si trabajábamos gratis, que si aprendíamos tres o cuatro idiomas, que si no protestábamos… el futuro sería mejor. Que la resignación en el fondo era una inversión, cosa que se ha demostrado falsa. Nuestra resignación —y aquí no pretendo ponerme revolucionario, insisto este artículo es muy conservador, este artículo solo dice: “Quiero la vida de mis padres”- ha hecho que esas condiciones, completamente ajenas a la concepción original del liberalismo y propia de chantajistas y trileros, se haya impuesto en todos lados y que sea la herencia que recibirá y contra la que tendrá que luchar la siguiente generación. Si les queda algo.

Y es que uno de los peligros que afronta la sociedad española es la fractura generacional. Estamos muy cerca. Lo que tarden los que se han ido a poner copas por media Europa en volver. Nuestra generación, o la gran mayoría, y en ella incluyo al mejor físico joven de Europa y a la chica que colaboró en la investigación del proyecto de clonación, no tiene ingresos suficientes para mantenerse por sí misma. Mucho menos para formar una familia. El apoyo de nuestros padres y abuelos desaparecerá tarde o temprano porque el chicle no puede estirarse toda la vida y entonces, ¿qué quedará?

Los tiburones.

Considerar esta situación como cosa de “antisistemas” o apelar al discurso de “es que no trabajan porque no quieren” o, como hace Cospedal, confiar en que “los españoles quieren sacar el país adelante trabajando y no protestando en la calle” olvida el hecho palmario de que aunque de verdad quisieran, ya no pueden. Que han podido en condiciones miserables durante años, contratos a media jornada, cotizaciones falseadas, pero ahora ya no pueden. Buena parte de los españoles, que no estamos colocados en una asesoría de un ayuntamiento o una diputación o en la presidencia de las juventudes del partido de turno, no podemos, y mal estaría que encima nos señalen en público como irresponsables. Porque ya fuimos suficientemente irresponsables como para colocar la cabeza entre los dientes de gente que no era ni de izquierdas ni de derechas sino ladrones. Y ahora, claro, nos quejamos, porque la otra alternativa es pensar en el futuro, un futuro en otro país, un futuro sin jubilación, un futuro en el que los servicios serán para cualquiera menos para nosotros, que, si uno lo piensa bien, no nos los ganamos nunca por el mero hecho de no saber decir nunca que no.

Artículo publicado originalmente en el diario El Imparcial, dentro de la sección "La zona sucia"

viernes, mayo 17, 2013

El último triple de Alberto Herreros




Herreros se fue del Estudiantes con una maldición sobre los hombros y una canción que le perseguía en cada derbi: “¿Y los trofeos, Alberto, y los trofeos?”. Nos hemos acostumbrado a los tiempos felices: 12 años de medallas de oro, plata y bronce, jugadores descomunales en todas las posiciones, anillos NBA, finales olímpicas… pero si alguien sostuvo el baloncesto español desde la marcha de Epi hasta la llegada de Pau Gasol y Juan Carlos Navarro, ese fue Alberto Herreros, un escolta a la vieja usanza que solo entendía del tiro desde cualquier posición, un tiro fluido, casi perfecto, que podía ensayar desde cuatro metros tras parada en dos tiempos, desde cinco a la salida de bloqueo o desde lo alto de la zona, triples frontales que acababan irremediablemente dentro del aro contrario.

Para la afición del Estudiantes, Herreros lo era todo. El gran ídolo. Era Casillas y Diego López juntos. Mourinho y Valdano. “Alberto, un templo para seguir tu ejemplo”, le cantaba la Demencia mientras Alberto se cansaba de que pasaran los años, los pagos se retrasaran y los títulos no llegaran nunca, solo una Copa del Rey en 1992 y una sucesión de semifinales invariablemente perdidas ante Real Madrid y Barcelona. Su fichaje por el club blanco, en 1996, fue traumático, absolutamente traumático y el odio se multiplicó, un odio visceral mostrado partido a partido mientras el de Fuencarral intentaba acomodarse a su nuevo equipo, con Arlauckas, Bodiroga y compañía. Acostumbrarse a ser la tercera o cuarta opción en el ataque y ser señalado como un lunar en defensa.

Los primeros años de Herreros en el Madrid no fueron felices en cuanto a resultados: ganó una Recopa nada más llegar ante un rival menor y pasó tres años en blanco hasta que en 2000, junto a Sergio Scariolo y su inseparable Alberto Angulo logró su primer título de liga tras 12 temporadas de profesional en aquel quinto partido jugado en el Palau Blaugrana con Djordjevic como estrella. Herreros se acostumbró a ser uno más en el Madrid, el hombre al que recurrir cuando la estrella de turno se borraba, y a deslumbrar cada verano con la selección, siendo máximo anotador de varios Europeos y consiguiendo la medalla de plata en 1999 y en 2003, ya con 34 años.

Sin embargo, los problemas de Alberto, probablemente el mejor tirador que he visto en mi vida, tenían que ver con su compromiso defensivo o, más que con su compromiso, pues eso parece implicar que no le apetecía defender, tenían que ver con su capacidad para la defensa, un talento que se tiene o no, como otro cualquiera y que a jugadores como Navarro les ha costado años y años perfeccionar sin terminar de conseguirlo del todo. Su estigma como mal defensor fue probablemente lo que hizo que el propio Scariolo le despidiera de mala manera en 2002, cuando inició una purga en el vestuario que acabó con el propio entrenador como máximo perjudicado.

Me atrevería a decir que el peor momento de la carrera de Herreros no fue ese sino el 13 de abril de 2004, cuando su equipo intentaba romper otros cuatro años en blanco —valga la redundancia— frente al asequible Hapoel de Jerusalén. El Real Madrid no solo perdió sin discusión posible sino que el entrenador israelí Sharon Drucker le clavó una puya a Alberto que le dejaba en ridículo ante todo el baloncesto europeo: “Nuestra táctica en ataque era simple: darle el balón al jugador que defendiera Alberto Herreros”, dijo Drucker ante la rabia del de Fuencarral, con un punto de mal estilo que podía haberse ahorrado.


Puedes leer el artículo completo sobre el triple de Alberto Herreros en el quinto partido de la final de 2005 contra el Tau en la revista JotDown dentro de la sección "El último baile"

jueves, mayo 16, 2013

Pla, Fallarás y compañía


Primera mañana libre desde que llegué a Planetario hace casi ocho meses. No exagero. Primera mañana libre, sin compromisos, sin tener que ver a nadie, comer con nadie, entregar artículos, redactar guiones para programas de radio, editar para revistas, escribir libros... Nada en la agenda, una raya como todo destino. Eso será hasta las 16,15 que iré al trabajo. Por si les consuela, mi día acabará a las 3 de la mañana en la COPE después de hablar de el hombre que casi mató a Ronald Reagan.

Lo primero que siento, a eso de las 9, es un cierto malestar, una angustia del tiempo vacío. Mientras desayuno, me encuentro en La Otra con una reposición de "Colegio mayor" que resulta ser el mejor ansiolítico. Jorge Sanz y Lola Baldrich a sus veintipocos, Quique San Francisco de eterno opositor, Antonio Resines de director del Baroja-Siempre-Moja, Ernesto Alterio con greñas de estudiante y Achero Mañas haciendo de guarrete que se quiere ligar a Cayetana Guillén-Cuervo. Qué felicidad la de los primeros noventa en Telemadrid, qué continuidad de la burbuja ochentera, qué camisas. "Colegio mayor" era una mezcla de "Salvados por la campana" y "Parker Lewis Nunca Pierde" pero a lo castizo, a lo billares y picarescas, es decir, mejor.

El problema es que la serie acaba demasiado pronto y son las 10 y no tengo mucho que hacer así que me tumbo a leer el libro de Pla sobre Madrid que acaba de publicar Libros del K.O. A mí, con Libros del K.O. me pasa como a Borges con Matilde Urbach, que nunca desfalleció en mi abrazo del oso pese a las reuniones, los flirteos, las proposiciones siempre a punto de ser aceptadas... Yo no digo que no quiera publicar donde publico ni que no quiera publicar en Mondadori, Anagrama, Alpha Decay o Blackie Books. Claro que quiero. Están las cosas como para pedir. Pero no publicar en Libros del K.O. ni en Páginas de Espuma me mata, la verdad. Lentamente. Como su canción.

En fin, que hojeo a Pla y su ironía. Estas Navidades, en San Vicente de la Barquera, aproveché para devorar su libro sobre la llegada de la República a Madrid. Una joya. Lo bueno de Pla es que pones frases sueltas en Twitter y Manuel Jabois te las completa. Es ese tipo de escritor de filias irredentas y supongo que es una ventaja que aún tenga que descubrirlo, igual que un amigo decía en mi cumpleaños que tenía toda la suerte del mundo porque me acabaran de regalar "Cosas que los nietos deberían saber", de Mark Oliver Everett. Que me regalen libros me parece precioso. Arriesgado, pero precioso. Nada me hace más ilusión, salvo quizás un iPad.

Hablando de libros, antes de Pla estuvo Cristina Fallarás. Compré su "A la puta calle" con cierto recelo porque no me gustan los dramatismos ni las plañideras. Lo asombroso de Cristina es que no caiga nunca en ese lloriqueo de "Diario de Patricia". Al contrario, Fallarás es fuerte y tiene razón en argumentar que hace falta una narrativa "dura" sobre el paro, la ruina y el desahucio. Una narrativa que no parta del "pobrecito yo". Me es difícil hablar sobre el libro porque yo he trabajado estos años con Cris en Factual y he trabajado con Cris en Sigueleyendo, así que en parte he sido cómplice de sus desdichas y uno pasa las páginas buscándose, pero encontrándose solo a medias.

A mí no me gusta la narrativa llorona, ya lo he dicho, pero sí me gusta la narrativa con sangre, por variar un poco del cinismo este para el que todo tiene una explicación en un artículo o una cita rimbombante. La narrativa que dice "no, no, no, yo no soy narrativa, yo soy ley y progreso". Me gusta la gente viva -"compañeros de viaje busco, pero compañeros vivos", decía Zaratustra- y por eso "A la puta calle" me interesa y me parece recomendable, por su mezcla de universalidad y privacidad. La paciencia de ponerse como ejemplo. No es un libro de imperativos, además, y eso de verdad se agradece. No nos dice "Indignaos" ni "Reaccionad" ni "Comprometeos" ni "Abrigaos".

Y Fallarás escribe muy bien, eso está fuera de toda duda. El libro resulta algo inconexo a veces por la mezcla de artículos y reflexiones, pero la escritura es irreprochable.

En cualquier caso, nada de eso me ha levantado del sofá para llevarme al ordenador sino que ha sido de nuevo el recuerdo de mi cumpleaños, ya dos días atrás y que cada vez se irá perdiendo más y más en el horizonte. Es una mezcla entre recuerdo y reflexión: es raro que te feliciten unas 50-60 personas y solo te llamen cinco o seis al teléfono. En eso los tiempos cambian y a mí me parece una pena. No se crean: yo hago lo mismo. Me ahorro la llamada y dejo un mensaje en Facebook. Es triste. Cuando decidimos ahorrar el tiempo que dedicaríamos a hablar con nuestros amigos en el que se supone que es su día más especial, es triste. Lo hacemos todos y cada vez lo hacemos más.

Como contrapunto, queda la imagen pasada de la verbena del Claret. Un año, puede que 1994, puede que 1995, celebramos el cumpleaños en casa de mi madre y bajamos a la verbena para acabar la fiesta y bailar Jon Sedaca. Pienso en lo lejos que han quedado el Claret y las verbenas de mi vida, incluso de mis cumpleaños. De nuevo, una pequeña nostalgia. Nostalgia del Ramiro de Maeztu. Es raro pero a mi boda irán tres personas que conocí en el Willoughby y solo una que conocí en el Ramiro. Es raro y también me da pena -todo me da pena, es jueves- porque me da la sensación de que una boda casi debería ser como esas coronaciones en las que cada familia real manda a su representante y en la mía me gustaría tener a "el/la enviado/a del Ramiro de Maeztu" presentando sus credenciales y así sucesivamente con todos los lugares, toda la gente que ha sido importante en mi vida, incluso aquella con la que perdí contacto hace muchos años y llegamos a odiarnos, porque la complicidad que existe entre dos personas que se odian no se encontrará jamás en ninguna relación de amistad.

Más que nada porque a un amigo temes perderlo.

miércoles, mayo 15, 2013

Porque nosotros llevamos el fuego


Mi padre aparece en la fotocopia de una entrevista para un periódico local de Santander. Su foto encabeza el texto, fechado en marzo de 2001, es decir, cuando aún tenía 46 años. Para hacerse a la idea de lo joven que murió mi padre hay que irse a las distancias medianas, pensar que en esa entrevista, ya empezado el nuevo siglo, tenía solo diez años más de los que yo cumplí ayer.

En la foto, papá tiene su característico pelo largo y su barba ya canosa con un aire a ruso anarquista del siglo XIX. Me sorprende su capacidad para posar, una capacidad que yo desconocía. Mi padre siempre se alejó de cualquier cosa parecida a la fama y hacía bien. Nunca quiso ser jefe de nada, no quiso tener más responsabilidades de las necesarias, sus apariciones públicas eran fugaces y tenían que ver con cursos de física y meteorología. Al parecer, en Santander le llamaban "Javi Chubascos". Creo que me suena el apodo pero muy vagamente, como si hubiera querido olvidarlo y no lo hubiera conseguido del todo.

Cuando le enseño la fotocopia, la Chica Diploma se sorprende de lo mucho que se parece a mí. Tiene razón. Los ojos y algo del gesto, solo que yo no podría fingir tanta calma para un periódico. Yo me pondría a lanzar fuegos artificiales al instante y quedaría como un exaltado. Mi padre, en cambio, sostiene su cigarro y se esconde en su pelo con ese punto bogartiano de "que nada ni nadie me moleste nunca más".

Javi Chubascos.

Es el día después del cumpleaños y en la línea 6 hay retrasos de hasta 28 minutos de reloj en los andenes. No tengo la posibilidad de echar de menos a mi padre en el día a día porque mi padre no existía en el día a día. Ni en 2001 ni en 2012. Existía en mis cumpleaños, eso sí, año tras año: la llamada de rigor a principios de mayo para anunciarme la fecha exacta de su llegada a Madrid y la comida con la abuela el mismo día 14 o el día 15, si no conseguíamos cuadrar la cita.

Por eso mismo hoy es un día duro, porque la muerte significa que ya no habrá más llamadas ni más citas ni más comidas y 36 años son muy pocos para resignarse a eso. Después de todo, puede que no fuera un gran padre pero era un padre y un padre, ya saben, es mejor que la tristeza.

El cumpleaños, por lo demás, fue maravilloso. Una amiga me felicitó por estar "en la cresta de la ola" y a mí me dio mi tradicional ataque de pánico. Si algo he heredado de mi padre es mi desprecio absoluto por estar "en la cresta de la ola". El problema es que no he heredado sus defensas ni su naturalidad ni he conseguido jamás ser consecuente con ese desprecio, es decir, que me paso la vida intentando hacer cosas maravillosas que todo el mundo admire para después, cada vez que me acerco, decir: "No, si a mí todo esto en realidad me da igual" y decirlo sin falsas modestias porque yo lo que quiero, como decía Nudozurdo, es que me quieran. Punto. Y supongo que escribir libros o artículos es una manera como otra cualquiera de hacerte con esa fantasía pero lo que cuenta, lo que realmente cuenta es que luego tus amigos llenen la Petisqueira por ti.

Amigos que no escriben, que no publican, que no pretenden estar en la cresta de la ola y que como mucho, de vez en cuando, ganan Biznagas de Plata, pero obviamente esa no es la razón por la que están ahí.

Así que, en esas estamos, tratando de ser el desconocido más conocido del país, que, si uno lo piensa, es justamente lo que me diferencia de mi padre, un desconocido pura sangre, sin matices, cuando un comentario en Twitter me recuerda de repente aquel libro de Cormac McCarthy en el que cada vez que el hijo le preguntaba al padre por qué había que hacer bien las cosas, el padre le contestaba: "Porque nosotros llevamos el fuego" y pienso que quizás eso fue lo que a mi padre le faltó decirme en su momento, que lo realmente importante en una relación paterno-filial es sentar a tu hijo en el sofá y explicarle las cosas con esas mismas palabras: "Nosotros llevamos el fuego", y que tu hijo entienda, que no debe de ser tan fácil.

Solo que yo sí hubiera entendido, o creo que lo hubiera entendido porque de verdad creo que la única posición moral aceptable es la de asumir que el fuego solo lo podemos llevar nosotros y que si no se extinguirá para siempre -"solo quiero ser una buena persona", decía mi padre, borracho, de madrugada, presumiblemente avergonzado- y vivir con ello, al margen de los arribas y los abajos y la dignísima gente rastrera. Llevar el fuego. Hasta el final. Como en la novela, en la que, lógicamente, el padre muere pero el hijo sigue. Solo porque hay que seguir. Y punto.

lunes, mayo 13, 2013

Aún nos queda Saza




Hace aproximadamente un año fundé una revista digital en la que pretendíamos salirnos de las entrevistas típicas —como todo el mundo y por eso todo el mundo acaba entrevistando a los mismos- y el primer elegido en mi lista fue don José Sazatornil, “Saza”. Reconocerán que como elección tiene un punto excéntrico porque los chicos de 35 años solemos ser bastante soberbios a la hora de reconocer los valores de los ancianos de 86, pero para mí Saza era un icono, un hombre siempre a la sombra y siempre eficaz. Suficientemente conocido pero sin heroísmos, por favor.

El hombre que a mí en algún momento me gustaría ser.

Las conversaciones llegaron lejos: hablé con la mujer y con la hija. Por un momento pareció que la entrevista se llevaría a cabo pero al final se cayó. Saza estaba un poco pocho, nada grave según las conversaciones, pero lo suficiente como para aplazar esta clase de compromisos. “Está como loco por volver a la profesión”, decía su mujer. A mí me enternece cómo toda esa generación hablaba y habla de “la profesión” y lo echo de menos en los más jóvenes, más preocupados por la siguiente portada en Fotogramas o el casting para otra serie horrible en la que los protagonistas pasan del balbuceo tartamudo al grito para aparentar naturalidad.

Saza, como actor, siempre ha huido de la naturalidad, con ese hablar engolado y exagerado y esas caras venidas del teatro, que recordaban al “señoriítoooo” de Fernando Fernán-Gómez en “El viaje a ninguna parte”. Saza no buscaba la naturalidad porque sabía que era un actor, un cómico, y no el lechero. Saza, durante años combinando el cine y las variedades. Saza de secundario en “El Verdugo” y después de amigo libidinoso en la sucesión de películas del destape para acabar como el señor Canivell en “La escopeta nacional”, de nuevo con Berlanga. El señor Canivell era España y lo sigue siendo. Cacerías y ministros. Concesiones y sobres bajo cuerda.

Después, “Amanece que no es poco”. Solo con Canivell y aquel cabo de la Guardia Civil que sentía verdadera devoción por “Fulkner” ya su carrera estaría justificada, pero obviamente no queda ahí. Quizá nadie le haya tomado en serio. No lo sé. Su mujer estaba muy contenta cuando hablamos: “Le están haciendo muchos homenajes y él los disfruta mucho”. Quizá sea hora de hacerle uno más, uno de verdad, no sé si un Goya de honor o qué, pero ya está bien de mirar hacia atrás cuando se va una parte de nuestro cine y seguir ignorando a los que siguen vivos.

Ha pasado un año de aquellas charlas con la familia de Saza. Me dijeron que me llamarían cuando se dieran las circunstancias pero obviamente no se han dado. Saza tiene 87 años, pronto cumplirá 88, y a mí me gustaría que se le reconociera, ahora que se ha quedado prácticamente solo dentro de su generación, pero tampoco quiero verle sufrir como Alfredo Landa en aquella ceremonia de los Goya, el anticipo de los múltiples accidentes cerebrales que tendría después. Por eso no he insistido. Por eso hasta el jueves, cuando leí la muerte del propio Landa y sentí que algo mío se iba o, aún peor, que algo que había heredado se iba, algo que fue de mis abuelos y de mis padres antes que mío, no me acordé de él.

“Se han ido todos, se están yendo todos”, pensé mientras veía aquel refrito de escenas con López Vázquez, Alexandre, Ozores, Fernán Gómez, Juanjo Menéndez… Películas de Azcona y de Berlanga. Ilustraciones de Mingote. Chistes de Tip y Coll. Disparates de Cassen, de Gómez Bur. “Se han ido todos”, pensé antes de acordarme de Sazatornil, del gran Sazatornil con su bigotito y su sonrisa enorme. Hay que recuperar a Sazatornil ahora que aún hay tiempo. Si es que Sazatornil quiere, claro. No hay mayor homenaje a los muertos que recordar a sus compañeros vivos.

Artículo publicado originalmente en el diario El Imparcial, dentro de la sección "La zona sucia".

domingo, mayo 12, 2013

El 15-M fue el 15-M


El 15-M fue eso: el 15-M. 15 de mayo de 2011. Una manifestación que deriva en Sol con algunos incidentes aislados, no demasiado numerosa y tras la cual algunos organizadores y manifestantes deciden quedarse a pasar la noche en forma de protesta por sus compañeros detenidos. Y cuando les echan, vuelven al día siguiente. Y cuando vuelven a echarles, vuelven por tercer día y empiezan a dar esa sensación de que no tienen nada que perder y eso ya es algo extraño. Para mi generación es extraño porque siempre hemos estado obsesionados con lo que teníamos que perder sin darnos cuenta de que básicamente lo que teníamos que perder era lo de nuestros padres, porque nosotros teníamos más bien poco.

Así que a la tercera noche, ya no se quedan unos cuantos locos a protestar por nada concreto sino que nos quedamos varios cientos de personas para hablar. Esto suena raro dos años después, pero fue así. Nos quedamos a hablar, a repartirnos en grupos y debatir sobre lo que nos estaba pasando. No éramos perroflautas, claro que no, éramos la clase media de este país, los hijos de la clase media de este país que se venía abajo. Éramos los licenciados, los doctorados, los chicos de los fines de semana en la Sierra, los que si hubiéramos vivido veinte o treinta años atrás, seríamos unos pijos, pero ahora no lo somos. Y nos jode. Porque no es que no tengamos para una segunda residencia es que no tenemos para una primera y no es que nos vaya a costar buscarle una educación a nuestros hijos es que nos costaría incluso darles de comer.

Por eso no tenemos. O lo retrasamos todo hasta el último momento, hasta los 30, los 35, casi los 40, cuando casi ya no hay marcha atrás.

Y ahí, hablando, te dabas cuenta de que no estabas solo y era una novedad porque el mensaje que habías mamado desde los 17 años, desde la primera ETT, era "da gracias por las migajas". Ese era el mensaje en todos lados o así lo interpretábamos, y ahí estábamos nosotros, de repente: sin preguntar a nadie qué votaba o cuál era su ideología, más bien hablando de que esto no podía seguir así y que tendrían que escucharnos. Primero nosotros, el uno al otro. Luego los demás... Y lo sorprendente es que lo hicieron. Les costó una barbaridad, porque los medios de comunicación, los políticos, la opinión pública vive de no escuchar. Si escucharan no podrían repetir todo el rato el mismo discurso porque sabrían que ya lo ha dicho alguien antes y no podrían elogiar o condenar en 59 segundos, que es lo que la televisión pública considera el tiempo máximo para discutir con sentido sobre un tema.

Estábamos en la puta calle, que diría Fallarás, y nos gustaba. Nos gustaba la idea de estar en la puta calle, precisamente porque no habíamos estado nunca. Por supuesto que la acampada del 15-M (cuando yo hablo del 15-M hablo de la acampada de Sol y otros hablarán de la de Plaza de Cataluña o la que sea, no hago más metafísica) no era revolucionaria. Era de todo menos revolucionaria. La mayoría queríamos volver a lo de antes, a nuestra vida feliz llena de promesas y recompensas: estudio-carrera-trabajo-sueldo digno-matrimonio-primera casa-primer hijo- segundo hijo-segunda casa- jubilación dorada en Marina D´or, qué guay.

El 15-M fue una terapia de grupo en la que por primera vez los antisistema nos escuchaban a los burgueses y los burgueses escuchábamos a los antisistema y, ¿saben una cosa? Nos gustaba. Si íbamos a Sol todas las mañanas, todas las tardes, no era para abatir el sistema, acabar con las libertades, utilizar técnicas etarras... si íbamos a Sol era porque nos divertíamos. Sí, nos divertíamos, la palabra prohibida porque remite a los 60 y te aleja de la teoría política. Digámoslo claro: en Sol nos divertíamos, la gente era ingeniosa, inteligente, te sentías importante. Necesitábamos sentirnos importante y copar portadas porque nunca lo habíamos hecho, como mucho habíamos trabajado de becarios en el periódico que sacaba esa portada, donde un sesudo analista intentaba descifrar lo que estaba pasando sin enterarse de nada.

Era maravilloso ver que no se enteraban de nada. Una satisfacción enorme. Nadie sabía lo que estábamos haciendo porque nosotros no lo sabíamos y todo el mundo gritaba: "¡Hay que saber lo que estamos haciendo, hay que redactar manifiestos, hay que formar partidos políticos!" pero eso no tenía sentido porque si estábamos en Sol era precisamente porque no se podían formar partidos políticos. Porque no puedo formar un partido político sin un apoyo económico descomunal que nadie me va a dar y sin presencia en medios. Porque no puedo entrar en un partido político y esperar que me escuchen sin más, eso no funciona así. No digo que me hagan caso, digo que me escuchen. ¿En qué partido me escucharían, desde dónde podríamos canalizar la rabia, como pedían?

Así que la rabia se canalizó en la estética. Si el 15-M gustó fue porque fue una cosa bonita. Así de sencillo. Chicos y chicas guapas, jóvenes, de repente felices, que no molestaban a nadie. Tiendas Quechua y fotógrafos con películas en blanco y negro. Era bonito, divertido y excitante. Recuerdo a mi padre paseando con su carpeta, recién salido del logopeda tras su ictus, con cara de perdido y de emocionado a la vez, buscando sin duda la revolución que él había querido encabezar 40 años antes... pero sin encontrarla, claro, porque, insisto, no había revolución. La revolución era simplemente la sorpresa, la sorpresa de que contáramos para alguien, de que Arcadi Espada tuviera que molestarse en dedicarnos una columnita displicente y acusarnos de llorones, que Sostres tuviera que dejar de comer por un momento para insultarnos desde su púlpito. Al menos les dimos un poco de guerra. Estuvo bien.

A mí, por ejemplo, me vino de maravilla. Yo lloraba hablando del 15-M como lloré de post-adolescente leyendo "El Principito" y aquí les doy la oportunidad de que digan "ah, es el típico sensiblero de lloro-con-el-principito-y-coloco-claveles-en-los-tanques". Pero no. Yo soy frío. Y racional. Y calculador. Y mi estética ni siquiera era la suya, pero, insisto, me divertía, y trataba de explicarla e  incluso me reuní con Ymelda Navajo para publicar un libro pero supongo que no le gustó el enfoque del libro o adelantó que el 15-M no era un movimiento de libros, que no era un movimiento siquiera, era algo más bien estático, de asamblea siempre bloqueada, una terapia de grupo diaria que se agotaba en sí misma pero que no por eso dejaba de ser eficaz.

Uno no va al psicólogo con la esperanza de tener que ir el resto de su vida. No. Uno va al psicólogo con la esperanza de no tener que volver, de ser capaz de canalizar sus frustraciones y sus miedos a su manera. Va para ganar seguridad, para afrontar de manera individual los retos que van apareciendo. Eso fue para mí el 15-M y no sé lo que fue para los demás. Fue un tratamiento, un tratamiento maravilloso. Pero para que tenga sentido tiene que quedar atrás, tiene que seguir cumpliendo su función como método y no como recurso constante. El valor de hacer las cosas, el valor de escucharse, el valor de aprender, el valor de desafiar en su justa medida. Es curioso porque, para muchos, el 15-M fue poco menos que una muestra de vandalismo pero para mí era algo kantiano, ilustrado. Sapere aude. Y juzgarlo por sus resultados, como si fuera un entrenador de moda, por sus descendientes, por sus cambios, por su revolución, es absurdo y frustrante, nos devuelve al 14-M, al día que cumplí 34 años. Es lo mismo que hacen ellos cuando deciden si un país funciona bien o mal por los datos de su macroeconomía y no por las necesidades de sus ciudadanos.

El 15-M ya no existe. Pasó. Pero nosotros sí seguimos ahí y podemos hacer por cambiar las cosas si creemos que merece la pena. Con cuidado, porque esa tentación del "nosotros", de la tribu, es fuerte, pero un "nosotros" sin un "yo" no es precisamente una revolución, es un partido político. Dejémonos de metafísicas y recordemos con cariño. Y a partir del cariño, de la experiencia, intentémoslo. Como podáis. O al menos mirémonos al espejo cada mañana con orgullo, eso es todo. All hail to the thief, but I´m not, de eso se trata.

Uno no puede dejar escrito: "Dormíamos. Despertamos" y seguir viviendo pendiente del despertador, así que habrá que hacerlo solos. Sin eslogans. Sin banderas. No nos vamos.

Si quieres leer más sobre el 15-M, puedes comprar por un euro mi libro "Del 15-M al 13-J, 29 días de Spanish Revolution", publicado por Sigueleyendo, en este enlace.

viernes, mayo 10, 2013

Guille Melancólico


Al Guille Enfurecido le sigue el Guille Melancólico. Es el ciclo de la vida, nada de lo que alarmarse. Un Guille Melancólico que se arrastra por la calle para comer con Fer Cabezas y ser el peor compañero posible de mesa: un compañero abúlico, perdido, agotado, que se traba con las palabras o las olvida. Un Guille Autocomplaciente. A mi alrededor, el Guille Autocomplaciente no gusta y eso yo lo sé, pero qué remedio queda, de vez en cuando habrá que sacarlo a pasear porque si no uno tendría que acabar poniendo un anuncio en el periódico que ponga: "Hola, mi padre se ha muerto y he entrado en una depresión de caballo, ¿alguien que se anime a hablar de ello conmigo?" Y, claro, me resultaría carísimo. Más incluso que el psicólogo.

Así que Guille Melancólico repite tres veces a su amigo que le va a ver el martes cuando le va a ver el domingo y da la siguiente clase como puede y luego pasea por Malasaña hasta Sol, por Sol hasta Atocha y espera a la Chica Diploma para dar un paseo por el Barrio de las Letras temerosos de las nubes negras, una enorme nube negra en forma de metáfora demasiado manida. Nos metemos en el bar donde estuvimos la primera vez que salimos juntos a tomar algo después de besarnos en mi casa. No ha sido nada preconcebido: los dos hablábamos por teléfono sobre pequeñas miserias y de repente el bar se apareció en el cruce de la calle Santa María con Moratín. Yo fui a sentarme en la misma mesa pero la Chica Diploma fue más lista y me llevó a otro rincón, porque las relaciones que se sienten seguras en las repeticiones se estancan con facilidad y necesariamente empiezan a oler mal.

Es un momento agradable, un momento poco Enfurecido, poco Melancólico, poco Autocomplaciente. Calculamos fotos y cartulinas y una vez pagada la Coca Cola y el Trinaté volvemos a Atocha y bajamos por Méndez Álvaro, un paseo más largo y más feo que el de Delicias pero que, de nuevo, supone un cambio que aleja de la rutina. Conviene aclarar que ya no estoy ausente sino solamente un poco perdido. Cinco días para los 36 años.. En la tele, un aspirante a propietario de un bar habla del dinero que consiguió para montar el local y la fe que tuvo su familia en él. En determinados campos, o tienes fe, o tienes familia con dinero que tenga fe en ti.

Hace seis años, empecé una serie de reportajes que se llamaba "El talento y el valor". Yo presumía de valor más que de talento y busqué con mayor o menor éxito otros artistas que cumplieran ambos requisitos. Mi frase de moda era "Conozco gente que ha triunfado sin tener talento pero a nadie que haya triunfado sin tener valor". Pues bien, yo ya no tengo valor. Es triste y probablemente sea circunstancial porque el valor, como Capello, va y viene, pero ni tengo valor ni siento ninguna fe a mi alrededor y si tengo algo de dinero es simplemente porque no tengo padre y reconocerán que es una condición algo perversa. Queda por saber si al menos tengo talento, pero con "oficio", a estas alturas me vale.

Es una de las cosas que no le explico a la Chica Diploma, yo creo que por pudor: que aparte de todo lo demás: de la muerte, de la dignísima gente rastrera, de las incompetencias, de una cierta necesidad de mimos, muchos mimos... está la lucha constante por abrirse hueco en un mundo que requiere muchas llamadas, muchas esperas y mucho empeño para conseguir muy pocos resultados. Y para todo eso se necesita el valor de luchar, de no rendirte, de pelear y estar donde hay que estar y hablar con la gente correcta y yo, que nunca he servido para eso, ahora mismo no puedo ni planteármelo. No puedo plantearme nada más allá de ir a la COPE de madrugada y hablar con Lartaun de Azumendi de presidentes asesinados en los Estados Unidos y la conocida retahila de casualidades entre el asesino de Kennedy y el de Lincoln sin olvidar otras casualidades que tienen que ver con Garfield y McKinley, los dos olvidados.

Lo que debería quedar de todo esto son precisamente los programas de la COPE, los artículos de JotDown, las columnas de El Imparcial, los reportajes y entrevistas para UNFOLLOW y la conciencia de que todo se hizo bien, quizá no tan bien como para ganarse la vida pero que se hizo bien, que fue un gran trabajo, que puedo estar orgulloso y dormir tranquilo por la noche, cosa que no consigo porque al llegar a casa me pongo con mi iPad a mirar todo tipo de absurdeces, en general vídeos de Alfredo Landa en los Goya, muertes de Dalí e incluso goles de Iniesta en el minuto 116, todo con tal de retrasar el sueño, que al final, como es natural con este agotamiento, acaba llegando.

miércoles, mayo 08, 2013

Dignísima gente rastrera





Pienso en Guille Enfurecido, en la tentación de Guille Enfurecido, un Guille que se dedicara a saldar cuentas. No a hacer justicia, que eso es de otra novela, me refiero simplemente a saldar cuentas, ajustarlas, que diría el periódico. Pienso en la gente rastrera, en la dignísima gente rastrera que compite con la incompetente y la que no entiende nada. Pienso en la gente desaparecida. Pienso en mi padre, hoy le explicaba a mi psicólogo el sueño de la semana pasada, un sueño que nadie entendió, que a nadie pareció importarle, quizás, solamente, a su esposa: él estaba en una habitación pero no era una habitación era algo así como un purgatorio, un lugar de paso hacia otra cosa. Nada apuntaba a que las cosas le fueran mal. Él sabía que estaba muerto y yo sabía que estaba soñando y los dos intuíamos-sin heroísmos, por favor- que nos íbamos a llevar bien a partir de ahora.

Fue un sueño bonito. Me gusta soñar con los muertos porque es todo lo que queda, porque no hay nada por la mañana que me diga "eso no fue real, lo real es...". No, lo real no es nada porque la persona ya no existe. Nadie me puede decir que no abracé a mi padre o que no nos sonreímos o que no tenía un poco más de pelo y una cierta serenidad, el alivio de que lo peor había pasado. Absolutamente nadie. Con mi abuela era distinto porque mi abuela no sabía que estaba muerta y en mis sueños aparecía como mínimo confusa, fuera de lugar y era yo el que tenía que decirle: "Abuelita, te quiero mucho, pero estás muerta, tienes que irte, aquí no pintas nada, en serio, todo irá bien, puedes descansar ya", pero no parecía convencida, como si yo -y no solo yo- fuera a estar completamente perdido sin ella, cosa en la que quizá tuviera razón pero no iba a andar comiéndole la cabeza a esas alturas.

No, la cabeza me la como yo y temo el estallido. Yo acumulo y estallo. Pienso en la diferencia entre dar gracias, recibirlas, pedir perdón y perdonar. Qué es más fácil y qué es más difícil. Lo pienso en la estación de Nuevos Ministerios porque he dado un rodeo tremendo: media hora de lectura en un bar, autobús hasta la línea 6, de ahí, algo mareado. La gente rastrera. La dignísima gente rastrera en mi cabeza y un anciano sentado en un banco frente a los abandonados mostradores que iban a llevar las maletas directamente a Barajas sin necesidad de que el viajero las llevara hasta ninguna terminal. El invento del siglo que queda pocos años después en una sucesión de nadas, unas nadas sin sintonía alguna con el lugar, una parada de metro en medio de la Castellana, eso es todo, y ahí el anciano dentro de su propio limbo, del vestíbulo vacío, nada por delante, nada por detrás.

Así, Guille Enfurecido se sube al tren y sigue leyendo "Perdida", un libro que le tiene enganchado y cabreado a la vez. Probablemente el éxito del libro se deba precisamente a que te cabrea, a lo completamente inverosímil que resulta continuamente, a las ganas de ver qué se va a inventar la escritora a continuación. Cuando un libro te parece una chorrada enorme, pero te has leído 400 páginas en dos días, ¿qué valoración debes hacer? Una valoración esquizofrénica, una valoración que hace que te cabrees contigo mismo tanto como con el libro, una mezcla de "¿Qué cojones haces leyendo esto, no hay quien se lo crea, está mal escrito y no tiene ningún sentido?" y de "Bueno, a ver qué pasa en el siguiente capítulo, a ver si le pillan a este hombre de una vez".

La vida.

Guille Enfurecido en Planetario, por fin. Principio y final de todas las cosas. Yo no iba a escribir sobre esto, yo iba a escribir sobre el día en que volví de París y la Chica Langosta se sentaba a mi lado en el patio del Ramiro de Maeztu. Teníamos 18 años y nos llevábamos razonablemente bien. Yo creo que hubo un momento en el que de verdad nos entendimos y puede que fuera ese, en el ocaso de la adolescencia. El caso es que yo había ido a París pero ella había ido a un concierto de Veruca Salt. Por entonces, la música era todo y cuando digo "todo" quiero decir "todo", sin matices. Recuerdo casi cada disco que me compré entre los 16 y los 19 años y las conversaciones de instituto que provocaron.

A la Chica Langosta le gustaba Veruca Salt y a mí me apasionaba la Chica Langosta. Le grababa discos inéditos de los Pixies que había comprado en tiendas pirata de la calle Luna. La conexión era esa: Pixies-Breeders-Amps-Veruca Salt. Una colección de bajistas femeninas. Discutíamos sobre una canción, que se llamaba "25" y según mi versión decía "You can bend me, shape me, anyway you want to" y según la Chica Langosta decía lo contrario, esto es, que nada de doblegarse, nada de ser modelada. La Chica Langosta se negaría a cantar algo así en la vida y yo, por supuesto, solo pretendía que lo hiciera, que lo cantara, que se rindiera de una santa vez y dejara de ser tan tauro para ser piscis, que es lo que se espera de alguien que nace un 5 de marzo y que perdiera la cabeza y gritara "Creo que voy a empezar a romperme".

Cosa que nunca hizo. No delante de mí. Probablemente delante de otro. Para entonces, Garbage ya cantaba: "I think I´m paranoid... and complicated" y el estribillo sí dejaba las cosas claras: "Bend me, break me, anyway you need me, all I want is you" pero yo ya estaba enamorado de otra.