lunes, septiembre 24, 2018

Ultrashow



Viernes por la noche en Luchana. Los grupos de chavales de poco más de veinte años buscando chupitos y un poco de música española. Luchana no es Malasaña. Luchana, de ser algo, sería más bien Huertas, aunque con más mezcla, más terrazas y más media de edad. En una de las esquinas han abierto un sitio enorme dedicado a los e-games. No es mala idea: puedes ir a jugar ahí con los amigos mientras te tomas algo en vez de quedarte en tu cuarto otro fin de semana. Todo en orden salvo que la gente que quiere quedarse en su cuarto los fines de semana en realidad no sienta culpabilidad alguna.

Me dedico a dar vueltas por algo que en algún momento fue "mi barrio" y así ha quedado para siempre: no solo Luchana, en sentido estricto, sino Santa Engracia, Olavide, y, bajando, Sagasta, incluso Churruca. Ahora que es el barrio de otros, uno se siente un poco solo, especialmente cuando lo único que queda es andar y andar hasta que empiece la actuación de Miguel Noguera y, así, uno puede pasar tres o cuatro veces por delante del mismo bar, amagar con meterse dentro a tomar algo y ver un partido y comprobar una vez tras otra que ni hay partido ni hay ganas de tomar nada, para, a continuación, seguir andando.

Al menos hasta las diez y media. Once menos cuarto, tal vez. Según Noguera, el espectáculo comienza exactamente a las 22.56. Dice que lo ha visto en el reloj, lo que quiere decir que tiene un reloj para medir cada parte y no pasarse ni quedarse corto. Lo que quiere decir que, probablemente, no quiera estar ahí, o desde luego no más de lo que le exigen. Hay días que a todos nos pasa algo parecido. Vas al trabajo, haces lo que esperan de ti, puede incluso que te diviertas en momentos puntuales pero en realidad hubieras preferido hacer otra cosa, estar en otro sitio.

A Noguera se le nota. No hace un drama de ello, al revés, se muestra casi retador. En un momento dado dice "nos queda aún una hora" y el chiste está precisamente en que todos sabemos que él no va a estar ahí una hora más ni de coña y él sabe que a nosotros tampoco nos apetece estar ahí sentados otros sesenta minutos. Miguel Noguera como lugar de paso y, así, el Ultrashow. Todavía algunas situaciones maravillosas, aún algún arranque de entusiasmo pero, en general, la sensación de ver algo ya demasiadas veces repetido. Lo que no quiere decir que no vayamos a ir de nuevo a verlo, por supuesto, porque igual te encuentras con la Chica Selectiva o igual te pierdes una genialidad absoluta. Frente al tedio controlado del humorista que repite el mismo monólogo dos veces cada tarde y finge que se lo está pasando de puta madre, Noguera al menos no engaña a nadie.

*

Los recuerdos de Facebook. Como si no bastara con la melancolía propia. Hoy, al parecer, hace muchos años, estuve en San Sebastián o en la Toscana o subí medio borracho la Corredera Alta de San Pablo, pasé al lado del Cine X con Daniel Pérez Prada y Saida Benzal y al separarnos me puse a berrear -tres de la mañana, puede que cuatro- el "¿Por qué me llamas a estas horas?" de Standstill, y a continuación, "Los días raros", de Vetusta Morla. "Mi barrio" y yo, el vecino loco, perdido, o más bien extraviado.

Vendríamos del Picnic o, quién sabe, quizá del José Alfredo, o del sitio ese que se puso tan de moda en la propia Corredera, que tenía dos plantas y que ahora es una peluquería. O que la última vez que pasé por ahí era una peluquería, nunca se sabe con determinadas calles. Subí -decía- la Corredera, bajé hasta Fuencarral, esquivé chinos vendiendo cerveza en el metro de Tribunal y torcí justo antes de Pachá para llegar a casa. Entonces, al parecer, escribí la siguiente escena sacada de "The sportswriter", de Richard Ford, y la colgué en mi muro:

"- Ajá. A mí igual. - Da una ridícula calada a su cigarrillo y exhala todo el humo en la atmósfera del área comercial- ¿Y cómo te interesaste por eso? ¿Leíste algo en alguna parte?

- Fui a la universidad. Luego me hice mayor y fracasé en todo lo demás, así que era lo único que podía hacer".

*

Ricky Gervais, en efecto. Con matices, eso sí. Ricky Gervais fue uno de los promotores de Suede en sus tiempos más oscuros, pero de alguna manera estaba de pasada y solo fue a uno o dos conciertos. Brett Anderson le recuerda, pero todo hace indicar que es un recuerdo inducido, es decir, que había más promotores fracasados pero ninguno acabó presentando los Golden Globes y escandalizando a todo Hollywood. Entre otras cosas. Así que, en términos estéticos, diríamos que la vida musical de Justine Frischmann empieza en Suede con su novio Brett Anderson y un chico regordete que resulta ser Ricky Gervais y acaba grabando un vídeo sobre su última gira del que se encarga una estudiante de origen indio, completamente desconocida, y que con los años resultará ser M.I.A.

A Ana, la de "Otto y Ana", le encantaba contar su vida uniendo casualidades. Como Justine se ponga a ello un día, le sale una teleserie de Netflix.

jueves, septiembre 20, 2018

Mañanas negras como el carbón



He llegado a la parte en la que Brett Anderson conoce a Justine Frischmann y se enamoran. Para un devoto del "brit pop" de los 90 es algo así como el momento en el que Paul va a su primer concierto de John con los Quarrymen. De momento, todo son buenas palabras. En general, Brett Anderson tiene buenas palabras para todo el mundo en su libro y mantiene ese tono lánguido, nostálgico que tenían la mayoría de sus canciones, especialmente las primeras. Como si, en cualquier momento, ese chico fuera a marcharse cabizbajo de la habitación sin que nadie sepa por qué.

Sobre Anderson y Frischmann escribí en su momento para la revista JotDown y supongo que alguna verdad contaría. Lo descubriré en las próximas horas, me temo. Cuando se habla de esa generación y se centra todo en Blur y Oasis o en el "Common People" de Pulp, se comete una injusticia tremenda. Suede fue el primer grupo en tener éxitos comerciales dignos de ese nombre, especialmente con "Animal Nitrate", a finales de 1992, cuando Blur aún andaba con "She´s so high" y de Oasis, directamente, no se sabía nada. Por su parte, ninguno triunfó en Estados Unidos como triunfó Elastica, aunque las drogas acabaran tan fugazmente con su música.

Si volvemos a Anderson, su canción "So young" fue el mayor himno de nuestra generación. Si no se te saltan las lágrimas con ese "let´s chase the dragon" es que no eres humano. El mayor himno de la generación anterior, al menos de la parte más pija, sigue siendo el "Being Boring" de los Pet Shop Boys, cuyo vídeo sigue estando entre los mejores de la historia. No es casualidad que Anderson se pasara horas tarareando "Rent", según él mismo confiesa. De aquel primer disco de Suede, recuerdo el impacto de la portada, esos dos cuerpos andróginos desnudos y difuminados casi. Recuerdo haberla repetido varias veces, como el pastor negro de "Amanece que no es poco" que sacaba a las ovejas para "hacer estampas".

En cuanto al libro en sí, está bien. Cierta envidia, en ocasiones, porque es una adolescencia dura pero es una adolescencia y eso siempre provoca envidia en un cuarentón y además es una adolescencia en Londres, que no es poca cosa. Tengo curiosidad por ver cuándo sale el nombre de Ricky Gervais, al que siempre se menciona como su primer manager... pero no sé si saldrá. Básicamente, porque no sé si de verdad Ricky Gervais fue su primer manager o si es una de esas cosas que se inventa un tío y lo sube a la Wikipedia. Hasta ahora, el mejor momento es ese en el que Anderson y Frischmann dan vueltas por Londres y se paran fascinados ante una pintada que dice "Modern Life is Rubbish", unos tres años antes de que Justine se marchara con Damon Albarn, el cantante de Blur, y unos cinco años antes de que Blur consiguiera la fama con un disco que llevaba esa pintada como título.

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Empezaron las clases. Con el tiempo, uno se va acostumbrando, pero los primeros días tienen algo de ensayos generales con público. Se supone que nada puede ir mal, pero a la vez notas demasiado los nervios y la torpeza. Luego está la parte de actuación en la que nadie repara cuando se habla de la docencia. La parte "ridi, pagliaccio" de dejar a un lado todos tus problemas, todas tus dudas, toda tu vida y durante dos períodos de dos horas y media volcarte en la diferencia entre el pasado simple y el pasado continuo e intentar ser el tío más enrollado del mundo o al menos parecerlo.

Es un papel desagradable, al menos en sus inicios. Algo así como "Poochie" cuando aparecía en "Rasca y pica". Nadie te conoce, nadie sabe qué pintas ahí. Luego, con el tiempo, se van acostumbrando y a diferencia de Poochie ningún guionista puede mandarte al cielo. Hay quien prefiere dejar claro desde el principio que la clase es suya y quienes preferimos jugar a que la clase es de todos. Obviamente, es mentira, pero para cuando se dan cuenta tú ya tienes la energía y confianza suficiente como para reclamar sin complejos el trono y ellos ya están demasiado agotados como para andar organizando rebeliones.

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Este verano le expliqué a mi hijo que su abuelo estaba muerto. No tenía sentido esperar mucho más. Cuando me preguntó por mi padre, me limité a decir algo del tipo "se fue al cielo", lo que le generó una ansiedad tremenda porque no entendía que alguien pudiera irse al cielo si no tenía alas. Durante días, sus preocupaciones fueron por ese lado. Un abuelo enterrado puede sonar algo lúgubre, pero un abuelo al que no conozco vigilando desde el cielo como uno de esos globos que le compramos en las ferias y que acaban irremediablemente escapándosele de los dedos es mucho más inquietante.

Esto fue en julio. En agosto murió su bisabuela. Fue algo repentino, con sus ventajas y sus desventajas. A falta de agonía, hubo emergencia y no hay manera de saber qué es mejor. El niño captó la emergencia y el llanto porque el niño no es idiota. La Chica Diploma y sus padres hicieron todo lo posible por asistir al entierro -estábamos en Cantabria, de vacaciones, mañanas de playa y noches de cromos y escalopes- y al final lo consiguieron. En medio quedó, de nuevo, el niño: si subir al cielo sin alas ya era complicado, ¿por qué demonios te enterraban primero, por qué tantos impedimentos?

Por lo demás, no parece que haya sido una experiencia traumática. Sigue sin entender que te puedes poner malo y no curarte porque eso para él es inconcebible. El otro día, en pleno ataque de mocos, nos miraba desesperado y nos decía: "¡pero dadme una medicina!". Le habíamos dado como tres o cuatro a esas alturas y los mocos no desaparecían porque los mocos son tercos, eso lo sabe cualquiera mayor de cuatro años. Él, sin embargo, mantenía su fe cientificista en que todos sus males respondían a nuestra falta de esfuerzo en curarle. La muerte, en este momento, no es para él sino una enorme negligencia.

lunes, septiembre 17, 2018

Y ahora, lo importante



Tardé bastante en comprar y leer "Y ahora, lo importante", de Beatriz Navas. Básicamente, tenía miedo. Yo también llevé mis diarios noventeros de adolescente y también hablé de Juegos Olímpicos, Exposiciones Universales, chicos y chicas por las calles de Malasaña y conciertos en Aqualung o en el Pabellón de la Ciudad Deportiva. Temía ser demasiado quisquilloso, no saber dejarme llevar, pasarme la lectura puntualizando tal o cual dato...

No fue el caso. El libro me encantó a todos los niveles. Obviamente, está editado. Es posible que Beatriz Navas tuviera esa vida social y su familia tuviera el dinero necesario para mantenerla pero hay momentos en los que el diario parece más una agenda cultural que otra cosa. No importa. La combinación de "esto es lo que pasaba fuera" y "esto es lo que pasaba dentro" está perfectamente equilibrada y, de sobrar algo, prescindiría de los titulares de los periódicos. Si la pared queda bien con dos capas, es innecesario añadirle una tercera.

Beatriz Navas acaba de terminar octavo de EGB cuando empieza el diario. Por entonces, yo estaba ya en primero de BUP y la vida no me cundía tanto. No hablo solo de los partidos del "Dream Team" o los conciertos de Nirvana, incluso de Mudhoney, sino a las discotecas, que por entonces conocía solo de oídas: Morasol, porque estaba al lado de mi casa y porque de vez en cuando la Chica Langosta se asomaba los viernes por la noche. Die Mauer, por supuesto, la meca de las discotecas "light"... En las noches de 1992, yo quedaba con mi hermano y jugábamos al ordenador. Nada de borracheras ni de "petting" en casas ajenas. Nada de fiestas de la espuma. Todo eso empezó, para mí, un poco después. De hecho, yo podría escribir la continuación de ese libro, llevarlo hasta 1993 y que tuviera un punto más duro, más dramático, porque todo era dramático en mis diarios, empezando por mí, que directamente parezco gilipollas en cada página.

En cualquier caso, ahí están las referencias comunes: el Jazz Madrid, el Hotel California, La Vía Láctea... A veces, se echa en falta la sorpresa del descubrimiento, pero tampoco recuerdo si yo utilizaba el diario para describir sentimientos o me limitaba también a los hechos. Cuando menciono todos esos nombres, cuando los leo en libros ajenos, lo que viene a mi mente es la sensación de que un mundo nuevo se abría ante mí: las primeras copas, los primeros flirteos, el humo de la tercera planta del Jazz o la melancolía siempre instalada en el Desert. En cualquier caso, Navas y yo estamos de acuerdo en el punto de partida; "lo importante" era lo importante. Lo importante eran los chicos y las chicas, la ilusión y los desengaños. Es un buen título y es un buen libro. Mejor, por tanto, que se haga corto.

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Luego, hay otras lecturas, claro. Mencionaré dos: Bea ya no es Bea, por supuesto, como Guille no es Guille, faltaría más. Bea es Beatriz Navas Valdés, la recién nombrada directora general del ICAA. Hay un abismo entre una cosa y la otra. La niña de trece años que descubre los rincones de Prosperidad, de Arturo Soria y de Alameda de Osuna y la profesional de la que depende buena parte del sector audiovisual de este país, con su gesto hierático en la mayoría de las fotografías. Lo primero que uno piensa cuando acaba el libro es "tengo que conocer a esta chica, tengo que conseguir tomar un café con ella y pasar la tarde compartiendo recuerdos", pero luego llega el estatus, el respeto al estatus, y las ganas se convierten en una ilusión vacía. Es probable que Navas Valdés haya escrito este libro sobre su adolescencia precisamente para no tener que hablar más sobre su adolescencia. Yo no hablaría de otra cosa, pero es que yo soy un tipo muy raro.

La segunda lectura es puramente literaria: es fácil imaginar al personaje Bea en "Historias del Kronen". Hasta cierto punto, es su versión femenina y algo más joven. Aunque no llega a decir nunca dónde vive, las referencias apuntan a algún lugar entre Arturo Soria y la Alameda de Osuna -¿Conde de Orgaz, quizá?-, es pija pero coquetea con la música independiente y los garitos de mala muerte. Ella misma reconoce que pasa tardes en el propio Kronen de Francisco Silvela y probablemente compartiera colegio con Mañas o con cualquiera de sus amigos. Lo que no sé es cuánto duraría Bea en ese círculo nihilista, más que nada porque Carlos no deja de ser una especie de Clay ("Menos que cero") moderado, y Bea, de Blair, no tiene nada.

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En Palermo, desayunábamos con una pareja de italianos mientras en la tele sacaban a un Salvini eufórico abrazando a Orban y anunciando "un nuevo eje" dentro de la Unión Europea contra la inmigración. La relación de Italia y Hungría con el fascismo durante la II Guerra Mundial es conocida. Que Salvini y Orban parecen nostálgicos de ese "eje", esas bravuconadas y esos genocidios, también. Mientras veía al ministro de interior italiano repitiendo aquello de "Italia para los italianos" como si fuera Garibaldi o Mazzini o Cavour y el país estuviera lleno de tropas austriacas de ocupación , me preguntaba qué pensaría aquella pareja que desayunaba sin hablarse. Qué pensaría la dueña del "Bed and Breakfast", siempre con ese gesto de fastidio.

Nunca lo sabremos. Puede que la vida bajo el fascismo sea así o puede, más bien, que el fascismo se imponga en el silencio. Cuando uno mira la cantidad de apellidos italianos que pueblan medio mundo, empezando por Estados Unidos, se pregunta si no sería mejor ser algo prudente con el tema de la inmigración. Cuando recuerda, además, lo que se decía de los italianos al llegar a Chicago, a Boston o a Nueva York -"delincuentes, mafiosos, asesinos, ladrones..."- cuadra aún menos que se repita el tópico tan impunemente con el que viene desde más abajo.

Luego, aparte, está el hecho de que aquello era Sicilia y no Milán. Sicilia, que para la Liga Norte es y ha sido siempre África, como lo es Nápoles o lo es en realidad Italia, puesto que ellos solo creen en la Padania, coincidente hasta cierto punto con la República de Saló de Mussolini. El fascismo consiste, entre otras cosas, en convertir a cualquier conciudadano en extranjero, apátrida, inmigrante en la tierra de los justos. De la Liga Norte ya lo sabemos todo y quien no se acuerde tiene la serie "1992" para recordar sus orígenes. Lo que no sabíamos es que Bosco era Salvini, sin matices. Un matón pululando por Europa y estableciendo ejes por las bravas.

En tiempos de escrutinio de políticos, en tiempos de tesis y cum laudes, me pregunto si realmente es necesario ser tan minuciosos mientras el mundo se tambalea. Quizá convendría limitar el escándalo y no convertir todo debate en un espectáculo. Es importante que los políticos sean conscientes de su responsabilidad y limiten las trampas. También es importante que la ciudadanía no se enzarce en los detalles porque vienen tiempos horribles y el problema que nos vamos a encontrar probablemente vaya más allá de si las citas de un trabajo sobrepasan o no determinado límite. O a lo mejor no, a lo mejor, me equivoco, pero eso seguro que ya lo ha decidido usted antes de llegar hasta esta última línea.

jueves, septiembre 13, 2018

Ozark



Por la noche, cuando el niño se duerme, vemos "Ozark". No sé si somos los únicos. La serie me parece un prodigio de guion y de interpretación pero nadie habla de ella. Cuando se estrenó, quizá, pero luego cayó en un olvido incomprensible. "Ozark" es una serie sobre narcos donde los narcos no salen. Toda su violencia está desatada en el primer capítulo y a partir de ahí lo que sigue es la violencia de los demás, una violencia desesperada. El terror en su expresión más pura. Al narco, al gran narco, de hecho, no se le ve, aunque se le intuya todo el rato y parezca un niño jugando a los dados mientras mira muerto de risa a los protagonistas.

Habrá a quien le cueste creerse algunas cosas porque la verosimilitud no es el punto fuerte de la serie, pero sumergirse en el universo "Ozark", como sumergirse en cualquier universo Netflix, supone aceptar unas reglas propias: cualquiera de tus vecinos puede ser una amenaza, cualquiera de tus vecinos puede ser un medio para un fin. En esa sucesión de subtramas me dejo llevar como pocas veces. Sé que va a haber un giro inopinado y en vez de desesperarme, me monto en la ola y que me lleve donde quiera. Igual que en "Breaking Bad" buena parte de la personalidad de los personajes se refleja en un plano de sus coches, "Ozark" es una serie de embarcaderos y caravanas. Mundo rural estadounidense. Como si quisieran explicarnos que la bruja de Blair no necesita un bosque para convertirse en una pesadilla.

Por lo demás, es una serie tremendamente femenina y en eso le doy la razón a la Chica Diploma. Las mujeres son las que toman las decisiones, al menos las más sensatas. No tienen por qué ser guapas y perfectas porque son listas, muy listas. Cuidan y a la vez dirigen. Los hombres están perdidos sin ellas y posiblemente por eso no las abandonan. Jamás. Y aquel que, en su prepotencia, intente desafiarlas, estará condenado a fracasar.

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Las mañanas quedan para"Better Call Saul". Tampoco sé si soy el único que la sigue viendo, ya en su cuarta temporada. No sé cuántos se han quedado conmigo y cuántos se han marchado cabizbajos, hartos de esperar a Jesse Pinkman y Walter White sin éxito. Cada nueva entrega se anuncia su presencia y esa presencia no llega nunca, pero casi mejor así, casi mejor la intimidad de Jimmy, Kim y Mike, esos tres entrañables perdedores. No digo que "Breaking Bad" no fuera una serie de perdedores, porque en el fondo lo era. El hombre más poderoso del mundo no dejaba de ser el gerente de "Los Pollos Hermanos". Lo que digo es que en "Better Call Saul" ya no hay límites para la estética. Sigue habiendo tiroteos, sangre y amenazas. Sigue habiendo suciedad, polvo y desierto. Pero, como decía antes, eso no son sino medios para un fin mayor, el fin de la belleza.

Porque en "Better Call Saul" sobre todo hay belleza. Cada plano es una obra de arte, cada diálogo -cada silencio, más bien- requiere de toda nuestra atención. El empeño de los guionistas por no explicar nada es sobrehumano: donde cualquiera decidiría poner una frase e irse a dormir de una vez, ellos siguen buscando el plano, el gesto, el objeto que defina la escena. Teniendo en cuenta todo el dinero que generó la serie original, es de suponer que en realidad esto no es más que un deleite, un exceso, una recreación. Absténganse impacientes, podría decirse, pero yo tengo todo el tiempo del mundo.

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Paul McCartney saca nuevo disco y se lanza a la enésima gira de promoción. En estos tiempos de cotejar documentos, estaría bien que alguien comprobara si va alterando las respuestas. Más que nada porque las preguntas son siempre las mismas y lo llevan siendo desde hace cincuenta años: ¿por qué os separasteis?, ¿por qué dejasteis de tocar en directo?, ¿cómo es/fue tu relación con John y los demás miembros de la banda? Si yo fuera Paul McCartney o si Paul McCartney fuera un personaje de uno de mis relatos, desde luego me preocuparía por cambiar las versiones. Inventar nuevas verdades que nadie pueda comprobar: John está muerto, George está muerto, Ringo tiene 78 años y suficiente hace con seguir adelante con su propio grupo. Linda murió hace mucho y Yoko pasa de los 85...

Sin embargo, da la sensación de que Paul se lo sigue tomando en serio y nada apunta a que se atreva a contar una sola mentira. Cada día que pasa, cada día que investigo, me convenzo más de que los Beatles no fueron sino una creación de Paul McCartney. Sí, por supuesto, nada habría pasado sin John Lennon, pero Lennon siempre estuvo perdido, confuso, en su propio mundo... La música era de los tres -¿de los cuatro?- pero LOS BEATLES, como marca, como empresa, como nombre en la batería de Ringo y en la portada del disco, eso es un invento de McCartney y hace bien en mantener la llama encendida porque, a la vez, sin los Beatles, Paul no es nada y no creo que él se haya molestado demasiado en ocultarlo.

Es tan exacto en los recuerdos que incluso las últimas y polémicas declaraciones en las que habla de cómo se masturbaba en casa de John o de cómo les llenaban los hoteles de putas, ya viene perfectamente documentado en los libros de Philip Norman y es más que probable que él mismo haya servido de fuente. La fascinación por Brigitte Bardot y el nombre de Winston Churchill como remedio para precoces. También podría ser al revés, por supuesto: que Paul McCartney haya leído todos los libros de Philip Norman y de tantos otros y se dedique a repetir lo que viene ahí pero nunca sucedió. Que le guste más la historia que la vida. La narrativa que la realidad. Paul, desde luego, podría hacer eso perfectamente: no solo crear algo, sino perfeccionarlo. En eso, no ha habido nunca otro igual.

martes, septiembre 11, 2018

Decíamos ayer...




El problema era el ruido y lo sigue siendo. El ruido de fuera y el ruido de dentro. Cuando tu opinión se pierde entre cientos de miles y a menudo no vale más que ninguna de ellas. La inmediatez en el juicio, la necesidad de tener una opinión sobre todo y que esa opinión tenga un mínimo de sentido. Plantearse si merece la pena convertirse en un columnista apátrida y si un columnista en nuestros tiempos no deja de ser un tertuliano en continua polémica con el párrafo anterior. El ruido y la prisa, eso me molestaba, y por eso paré. Ganó Trump y murió Leonard Cohen y por mí bastó.

Luego estaba también el ruido de dentro, es decir, la narrativa de uno mismo. Es complicado no aburrirte cuando te empeñas en exponer una nueva versión de ti cada día. Yo y mi circunstancia como objeto constante de debate. Yo en diez años de blog y yo en no sé cuántos libros publicados y por publicar cuando "yo" en realidad ya no existe como tal sino que lo que hay es un enorme "nosotros" al que reconozco que me cuesta adaptarme pero al que creo que me voy acostumbrando poco a poco.

¿Qué clase de narrativa de uno mismo tendría sentido sin incluir la de mi hijo y la de mi mujer? Por la noche, antes de dormir, jugamos a hacernos preguntas, pero él no pregunta nunca, solo responde. Es el momento más bonito del día, con diferencia. Un momento que no sé cuánto durará. A veces está más parlanchín y a veces está con más sueño. A veces lo que me cuenta tiene sentido y a veces su relato presenta demasiadas lagunas, pero yo no soy un inspector del FBI, yo soy su padre.

Durante años me persiguió la fastidiosa pregunta "¿y tú qué haces?" cuando me invitaban a un estreno o a una presentación o iba a un festival o a una fiesta de alguna revista. Nunca sabía qué contestar. Cuándo podía tirar de autoestima -y la autoestima no es algo que uno decide colocar en algún lado y utilizarla cuando hace falta, la autoestima no es una bolsa de sal- decía "soy escritor", y cuando prefería lo que yo consideraba un perfil bajo, decía "soy profesor de inglés", que era una verdad irrebatible y generalmente cerraba el debate. Ahora que no voy a ningún lado, nadie pregunta, claro, pero si se repitiera alguna de esas noches de incendio y tuviera que contestar algo diría "soy padre" y esa sería la única respuesta posible.

*

En medio, pasaron cosas, por supuesto. Cosas más o menos agradables. Dejé de trabajar en un par de revistas de las que ni siquiera se molestaron en despedirme. Fait accompli. Escribí un libro sobre ciclismo, pero todo apunta a que lo tendré que volver a escribir. Di clases en Valdemoro, luego en Fuenlabrada y ahora de nuevo en Valdemoro. Creo que recuperé a alguien o al menos creo que recuperé algo de alguien cuando ya no tenía esperanza alguna. Perdí a mucha gente. Tal vez no a mucha, pero sí a alguna. De hecho, quizá no los perdí siquiera sino que simplemente terminaron de desaparecer.

Empecé a trabajar para Letras Libres, donde me tratan de maravilla. Por supuesto, solo les interesa que escriba sobre deporte porque si algo espera el mundo de mí es que escriba sobre deporte, hasta el punto de que yo mismo lo he interiorizado y no me molesto en escribir de otra cosa. Fantaseé con muchas vacaciones y todas se vinieron abajo, confirmando que mi vida en el fondo no es sino un videojuego. Mañana haré cinco años casado. Si nadie daba un duro porque me casara , pensar que cinco años después todo seguiría igual y con niño incluido supera toda expectativa.

Las expectativas, en general, las reduje. A veces me tranquiliza y a veces me pone un poco triste. La Chica Diploma anda un poco confusa al respecto y es imposible culparla porque mi tranquilidad  y mi tristeza van alternándose según el día y a veces según la hora. Soy padre, sí, pero no soy previsible. O si soy previsible de puertas afuera sigo negándome a serlo de puertas adentro. Estoy envejeciendo bien, creo, pero estoy envejeciendo y no me gusta nada la idea. Pasé una crisis de los cuarenta que parecía que iba a mezclarse en cualquier momento con la crisis de los cincuenta, pero acabó remitiendo. Remitir no es desaparecer pero es algo y algo es mucho mejor que la tristeza y todo ese rollo Ray Loriga.

Por las noches, sueño con los hombres que fui porque el hombre que soy no me parece demasiado interesante y con esto volvemos al punto uno. Sueño con que abrazo a Hache y todo va bien, sueño con que estoy en el instituto y todo es nuevo, listo para usar. Sueño con la gente que ya no está y que quizá no estuvo nunca del todo. En definitiva, por las noches me convierto en una canción coñazo de Celtas Cortos y tal vez por eso he abrazado el insomnio con una pasión insana. Acabé en un chat de madres del colegio y en otro de ligas fantasy. Mi hijo colecciona cromos de la liga y me pregunta de qué equipo hay que ser. "De todos", le digo. "Ahora que estás a tiempo, intenta ser de todos".

*

De Palermo recuerdo el sonido de las sirenas por la noche. Sirenas que solo podían ser de ambulancias porque en Palermo no hay policía. No hace falta. Recuerdo la sensación de estar a la vez en dos ciudades, una que podría haber salido de "Gomorra" y otra que podría encajar en cualquier otra zona de Italia, con sus fuentes, sus "duomos", sus pequeñas iglesias llenas de Caravaggios y similares. A Palermo llegamos desde Agrigento por una carretera en obras. Todas las carreteras de Sicilia estaban en obras pero no había obreros, igual que todas las calles estaban llenas de basura pero no había basureros que las recogieran.

Antes de Agrigento, una playa enorme que desembocaba en una montaña de algo parecido a la caliza. Mar verde esmeralda, mar imposible. Chicas posando y chicos con cámara y gesto de aburrimiento. Spaghetti pomodoro. Ortigia. El dinero fluyendo en la marina de Ortigia como fluía en la de Taormina. El insomnio, de nuevo. Coches suicidas. Adelantamientos marcha atrás. En Siracusa -donde el tirano-, un señor regañó a la Chica Diploma por subirse a una piedra que probablemente tuviera dos mil quinientos años. La Chica Diploma alegó que también las gradas tenían dos mil quinientos años y no pasaba nada por que la gente subiera. No supe decirle que tenía razón.

Al principio de todo, Catania. No sé qué decir de Catania. Catania es probablemente lo más africano de Sicilia pero esto es un poco hablar por hablar porque yo no he estado en África en mi vida. Nos quedamos en casa de Michele, un señor de unos setenta y pico años que tenía un palacete recargado y unos diez niños adoptados en Kenia. "Michele, si pasas dos meses cada año en Kenia con tus hijos, ¿cómo es que no has aprendido nada de inglés?". "Les pago un colegio italiano", contestó él, y me pareció muy siciliana la respuesta. Por lo demás, el hombre era un encanto y desde su azotea se veían venir las tormentas.

Aparte, tenía una perrita y una gata. La gata se estaba muriendo. No en ese momento, no ahí, delante de nosotros, pero se podía ver que ella lo sabía, con ese punto de personalidad que incluso Coetzee les atribuye a los gatos. La perrita saltaba cada vez que nos veía y se tiraba boca arriba para que le rascáramos. Los perros y los hombres nos llevamos tan bien porque sabemos exactamente qué esperar el uno del otro. De ahí, Pavlov, seguramente. Michele nos recomendó Marzamemi y solo por eso le estaremos eternamente agradecidos.

A la vuelta, el avión nos dio unos cuantos sustos. Tantos que no nos enteramos bien del final de la teleserie de Netflix sobre el asesinato de Gianni Versace. No nos importó demasiado, hacía tiempo que habíamos dejado de tomarnos la cosa en serio.

viernes, noviembre 11, 2016

En la muerte de Leonard Cohen



Hay un momento en la vida de todo hombre en el que busca a "Suzanne" desesperadamente. Un momento de entrega, vaya. Then she takes you on her wavelength and you let the river answer that you´ve always been her lover. Quizá, después de todo, el amor no sea sino eso: obviar la reflexión y girar como un satélite. "Suzanne" en Grecia, "Suzanne" en La Elipa, "Suzanne" en todas las mujeres en torno a las que gravitaba a los quince, los dieciséis, los diecisiete años... Esas mujeres fuertes y magnéticas, ese chico con vocación de desvalido.

Leonard Cohen era muchas cosas pero supongo que, sobre todo, era mi madre. Sus cintas naranjas por los estantes con una caligrafía dudosa. Leonard Cohen por todos lados, como minas que uno intenta esquivar para seguir su propio camino. Nadie elige a los ídolos de los demás. He pasado cuarenta años de mi vida sin escuchar un disco de Frank Zappa y dudo que haya escuchado uno entero de Cohen, más allá del impacto que, a los once años, supuso verle tan serio, tan sombrero negro, tan Manhattan y Berlín en la televisión pública.

Desde esta distancia del pudor, Cohen siempre me pareció mejor letrista que Dylan o que Simon. Mejor "poeta", como se dice ahora. Un poeta romántico, por supuesto, pero también un poeta con mala leche, el poeta irónico de "Everybody knows", la banda sonora de los últimos treinta años y una canción extrañamente infravalorada. Ahí salen todos: de Gordon Gekko a Donald Trump, sin citar a nadie. El mundo que queda, el que intentamos analizar no es sino el mundo después de "Everybody knows", un mundo en el que todo está permitido, incluso el dislate.

La muerte de Cohen, como la de Bowie, llega después de la publicación de disco. Cuesta pensar en cómo se las apañaron para aguantar hasta el último momento al pie del cañón. Cohen, como Woody Allen, parecía intentar engañar a la muerte cambiando continuamente de dirección y nos hizo creer a todos que podía llegar a ser inmortal. Ni siquiera le creímos cuando nos explicó con su pausa habitual que no, que se moría, que no quedaba nada, que Marianne estaba otra vez más cerca de sus brazos. Los asteroides rugen y nosotros cerramos los ojos para que no nos golpeen.

Así nos va.

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Ganó Trump. Fue una sorpresa y no fue una sorpresa. Su triunfo sigue la lógica de este artículo, que ha pasado injustamente inadvertido. El mundo es un lugar mucho más peligroso, pero no por Trump sino por los que ahí le han colocado. Aunque ahora saliera a decir: "No, no, no, todo ha sido una broma", algo así como Richard Pryor en "El gran despilfarro", cincuenta millones de estadounidenses le exigirían la barbarie. Más que nada porque él les prometió que si él ganaba, el presidente serían ellos. La gente. Su gente. La que se define solo por oposición. Los amantes de la nada. La masa y su rebeldía.

martes, noviembre 01, 2016

La banalización del bien o por qué Donald Trump puede ganar las elecciones



Hay distintas interpretaciones sobre lo que puede ser "la banalidad del mal". En su origen, es decir, en Hannah Arendt y el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén, la frase aludía a la capacidad de cualquiera para hacer el mal como una cosa casi funcionarial, del día a día, sin necesidad de graves psicopatías. Así, Eichmann, el tímido y ordenado Eichmann, volcado en su escritorio, haciendo números y organizando el transporte de los judíos de toda Europa hacia Auschwitz, sus cámaras de gas y sus crematorios.

También podría considerarse "banalidad del mal" no ya a atribuir al mal causas o comportamientos banales, habituales, que forman parte de la vida diaria, sino a extender el adjetivo a cualquier cosa, de manera que de tanto estar en todos lados, el mal se acabe convirtiendo precisamente en algo vulgar, ordinario. Un claro ejemplo sería el "Todo es ETA" que se puso tan de moda durante tanto tiempo. Aquella barbaridad no hacía sino banalizar el terror con mayúsculas, el verdadero, el de las bombas y los tiros en la nuca y los entierros y la extorsión. Cuando todo es ETA, había que concluir, ETA acababa no siendo nada, y eso era terrible.

Sin embargo, lo que está de moda ahora es, en cierto modo, banalizar el bien. Eso, al menos, pensaba yo mientras veía la indignación institucionalizada en la investidura de Mariano Rajoy del pasado sábado. Hasta qué punto hemos hecho del bien algo tan habitual que lo hemos olvidado y ahora resulta que todo es horrible y todo es una vergüenza y todo hay que cambiarlo de arriba abajo y nada sirve... el bien se ha hecho algo tan habitual que su ausencia en cualquier aspecto de nuestra vida nos resulta intolerable.

Si se piensa, debería ser una buena noticia, pero no lo es en absoluto en el momento en el que uno se engancha al bien como si fuera un derecho inalienable, una condición "de suyo" de la naturaleza y todo lo que le aleja del mismo se convierte en objeto de rencor y odio.

En esto tiene mucho que ver la publicidad, por supuesto. Ya lo explicaba en aquel librito que publiqué en su momento sobre la acampada de Sol de 2011. La coincidencia de una serie de anuncios y de narrativas que apuntaban a la liberación absoluta del individuo mediante la consecución inmediata de sus deseos. "Tú decides", "tú puedes cambiar", "tú eres la hostia puta... y no te mereces nada menos que esto que te estoy vendiendo". Incluso el cristianismo te obligaba a esperar mil años a que el bien triunfara sobre el mal y encontraras tu recompensa. Ahora, todo es exprés.

Y como es exprés y es gratis, ha de conseguirse de inmediato y según mis propias condiciones. Ese es el populismo de hoy en día y es curioso ver cómo difiere del nacionalismo con el que a menudo -incomprensiblemente- se alía. La cultura, el entorno, la sociedad, sus leyes... como opresores del individuo. Todo, al final, es culpa de otro. Absolutamente todo. Y nada va bien, por supuesto. Todo es un horror. El mensaje cala en España, cala en Europa y está a punto de calar a lo grande en Estados Unidos, en lo que sería sin duda un momento realmente histórico de nuestra civilización, el momento en el que un hombre -Trump- no solo se erige en Mesías salvador y redentor sino que renuncia a ser líder de nada.

Porque no hay en Trump idea alguna, ni siquiera patriotismo más allá del eslogan. Su "Make America Great Again" no dice nada de América y solo pretende apelar al ego herido de cada uno de sus votantes potenciales: "Lo que TÚ podrías llegar a ser si yo gobernara este país y no esa casta podrida de Washington". En esencia es el mismo mensaje que el de Pablo Iglesias pero sin tanta matraca de lucha de clases. Precisamente por eso todos los ataques de campaña han acabado beneficiándole de alguna manera: Trump es un hombre que necesita demostrar que no le hace falta un partido detrás, que no necesita los más mínimos modales de conducta y que puede hacer con los demás -mujeres, inmigrantes, quién sea si le molesta...- lo que se le antoje. Un maverick, por decirlo en la jerga del siglo XIX.

Ese y no otro es su mensaje y eso y no otra cosa es lo que atrae a decenas de millones de estadounidenses. Esa sublimación estética de acabar votando a Patrick Bateman, convencidos de que el riesgo siempre será para los otros y nunca para ellos mismos, que son la hostia también, como los clientes de Orange. En eso estamos todos y mientras tanto, "el bien" o lo que queda del bien, es decir, un estado de razonable bienestar, unas mejoras pactadas, unos acuerdos entre iguales, una ciudadanía activa que no se divida en justos e injustos... va cayendo en el más absoluto olvido. Primero, porque demasiados lo dieron tan por hecho que se olvidaron de cuidarlo; segundo, porque los egos no entienden de consensos, solo de voluntades.

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Con todo, a mí siempre me parecía que había algo tierno en la manera en que Bisbal llamaba "Laura" a Chenoa. Todos los demás lo hacían en privado pero él lo hacía en público: siempre Laura, siempre ella, sin artificios. Me parecía una bonita manera de no poner distancia, de reconocer el vínculo a pesar de los años. La persona que es artista y no la artista que, saquemos los pañuelos, también es persona. Había ahí algo tan bonito y tan cómplice que quizá no hacía falta hacerlo público, con discursos de por medio y repeticiones de moviola. Pero no contábamos con la torpeza humana, claro. Entre las características del egomaníaco del siglo XXI está también el absoluto desprecio a mostrar cuando se puede explicar a gritos sobre un escenario.

domingo, octubre 30, 2016

Yeah, yeah, yeah!


La lectura de "Yeah! Yeah! Yeah!", de Bob Stanley, acaba siendo tan placentera como esperaba. Son más de setecientas páginas pero irremediablemente se queda corto. De entrada, el cierre en torno a finales de los noventa no deja de parecer demasiado arbitrario y aparte todos tenemos en nuestro corazón un grupo o un cantante al que Stanley ha pasado por alto o le ha dedicado demasiado poco tiempo en beneficio de otros que no nos interesan en absoluto.

Está bien, en cualquier caso. Este tipo de sistematizaciones sobre la estética requieren una cierta frialdad o corren el riesgo de salirse por completo de madre. De Stanley se agradece precisamente su falta de entusiasmo, su ausencia de juicio sumario a cada tendencia de la música pop. Uno tiene que aceptar el listado como el que acepta que el árbitro pite córner, sin tomárselo como algo personal. El repaso desde principios de los cincuenta al albor del nuevo siglo es convincente, exhaustivo y coherente, forma un relato sólido sin necesidad de excentricidades.

Otra cosa, insisto, es el lector, es decir, el oyente. El que iba a conciertos de Blur y le parecían la leche o el que echa de menos un capítulo sobre U2 que vaya más allá de la etiqueta "mesiánica" de sus primeros años. Incluso, por pedir, cientos de anexos sobre cómo cada uno de los grandes grupos evolucionó y encajó -o no encajó en absoluto- en cada uno de los movimientos señalados, de manera que yo pueda salir de dudas y entienda de una vez qué demonios pintó el maravilloso "Zooropa" en la historia de la música.

No quiere decir esto que Stanley sea un notario, sin más. No, se notan sus filias y sus fobias pero no te las impone porque entiende que ya tienes una edad y no te va a hacer mucha gracia. Su análisis de Kurt Cobain es brillante, cariñoso incluso; el del "brit pop" se me hace un poco cruel pero, claro, yo no era británico por entonces y a mí no me intentaban meter por los oídos a Oasis en cada discoteca. Por poner una última pega -todo esto no son sino matices a la excelencia- habría estado bien profundizar en el pop europeo más allá del capítulo dedicado a ABBA y las fugaces referencias a Dutronc, Hardy o Gainsbourg.

Pero, ya digo, el libro tiene setecientas páginas. Mil setecientas igual se habrían hecho un poco largas.

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Mis tíos me regalaron "En cuerpo y en lo otro", de David Foster Wallace por mi boda, es decir, hace ya más de tres años. Leer o no leer a DFW es una decisión que lleva tiempo. Demasiadas voces alrededor, demasiado ruido. Eso que el libro empieza con el famoso artículo sobre Roger Federer y la final de Wimbledon 2006, es decir, cuando todo esto no hacía casi sino empezar. Es un artículo maravilloso, por mucho que lo juzgara mal la primera vez que lo leí, por mucho que la traducción sea pésima y por mucho que se haga corto. ¿Qué podría haber hecho Wallace de haber narrado igual los tres años de rivalidad enconada con Nadal, cuatro si incluimos 2009 y la final de Australia ?

Sin embargo, todo esto más o menos me lo esperaba. No tanto el siguiente artículo, sobre la nueva narrativa juvenil estadounidense, escrito a finales de los ochenta, es decir, cuando ser joven era, básicamente, ser Bret Easton Ellis o Jay McInerney. Llama la atención el rigor, nada de estupendismos ni de guiños generacionales. Wallace se incluye en la lista pero sin aspavientos. Se lo toma en serio, que es lo que más se echa de menos entre los jóvenes autores españoles y quizá, solo quizá, lo que estaba detrás del torpe artículo de Lomana sobre "cipotudos".

Tal vez me equivoque, pero se pueden contar con los dedos de una mano los escritores actuales capaces de hacer un ensayo tan riguroso, tan bien escrito, con tan pocos artificios. Yo, desde luego, no estaría entre ellos; me da la sensación de que aquí vivimos todos demasiado rápido, como si quisiéramos vendernos todo el rato a no sé qué postor imaginario y nos inventáramos de paso las condiciones de la subasta.

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Es el pudor, no cabe duda. Algo en la realidad que da vergüenza convertir en literatura, es decir, en estética. No sé explicarlo pero siempre ha sido así. La narrativa de la Chica Langosta, de lo que nunca pudo ser, en vez de enfrentarse con el aquí y el ahora. Todo con retraso. El pudor de la felicidad, claro, porque la infelicidad es casi necesario sacudírsela de encima por completo. Por ejemplo, la Toscana, el pudor de la Toscana con la Chica Diploma y yo haciendo de Paul Simon y Carrie Fisher en Nuevo México.

Mi padre llevaba solo seis meses muerto y nuestro matrimonio solo cinco días vivo. Nos hacía gracia lo nuevo, que, a falta de papeles, eran los anillos. Como estábamos cansados -yo vivía cansado, ella estaba embarazada y no lo sabía- de vez en cuando juntábamos los anillos y apelábamos a su poder mientras hacíamos con la boca un ruido eléctrico de dibujos animados. Los anocheceres en Siena, las avispas en Florencia, los lagos suizos a la vista de una copa de vino. El tiempo detenido, como debe ser. La tregua.

Pero no, eso no es fácil contarlo, precisamente porque la Chica Diploma sigue siendo mi esposa, los anillos siguen siendo los mismos -o más o menos- y ya no hay Toscana pero hay Girona, no hay embarazo sino que hay niño, no hay el mismo cansancio pero hay un sueño atroz, de tos de madrugada. Y, claro, contarlo aquí, sin más, tiene algo de desnudarse que no es fácil asumir cuando sigues pensando que te sobran kilos por todas partes.

sábado, octubre 22, 2016

A vueltas con la prosa cipotuda


Fotomontaje que ilustra el artículo en cuestión en el diario El Español

Publica Íñigo F. Lomana en "El Español" un artículo sobre lo que él llama "la prosa cipotuda" de la gran mayoría de los columnistas de moda, todos nacidos en los setenta salvo el sorprendente  Arturo Pérez-Reverte, al que cabe entender que se le considera el padre fundador del estilo. El término apela a la profunda masculinidad de sus escritos, es decir, a un exceso de chicas, borracheras, drogas y malditismo. Entre los nombres abundantemente citados están Antonio Lucas, Juan Tallón, Manuel Jabois y Jorge Bustos.

No seré yo quien critique al que señala al emperador desnudo. En efecto, todos estos autores tienen tics que a menudo me irritan y se ha creado a su alrededor un halo incomprensible de infalibilidad que hace que puedan escribir cualquier cosa y hacerla pasar por algo parecido a la poesía, embadurnándola un poco de estética barata. Ellos lo saben, no creo que ninguno se ofenda por esto; a la mayoría los conozco desde hace años, hemos compartido cabeceras y han recibido todos los elogios que he considerado oportunos, que han sido muchos porque mucho es su talento.

El problema del artículo de Lomana es que tiene un punto de "oigo campanas pero no sé muy bien dónde". ¿Hay un exceso de masculinidad en la nueva prosa columnista española? Sí, es probable. Ahora bien, yo diría que destaca por la fragilidad de ese rol masculino, algo que no está en Reverte ni por asomo. Yo siempre imagino a Jabois -sin duda el más talentoso de todos ellos- como a Manuel Manquiña al final de Airbag, cantando "Tú tenías tanta razón..." a su esposa mientras le confiesa por teléfono que su vida es "demasiado estresante... interesante no, mujer, estresante". A mí Jabois me gana cuando habla de Massimo Ghirotto y evoca el "Éramos tan felices" de Michi Panero pero sin tanta pose. Me parece que borda ese enfoque de eterno post-adolescente.

Los demás tienen páginas horribles y frases espeluznantes, pero también tienen intuiciones geniales. Lo que me parece injusto del artículo de Lomana es que esas genialidades se obvien. Siempre he defendido que en los medios haya más columnistas "serios", ahora que el término está tan mal considerado. Columnistas que se anden menos por las ramas y que se peleen más con la realidad, a lo Savater, cuyo testigo sigue sin recoger nadie y que nunca escribe una palabra de más. Otra de las cosas que me ponen nervioso de los "estetas" es su necesidad de recurrir siempre a una cita y a dos metáforas a lo Ray Loriga en "Héroes". No porque no me guste o porque yo no lo haga, sino porque no creo que el recurso dé como para abusar tanto de él.

Lomana no menciona lo de las citas y me resulta extraño en una investigación tan minuciosa. Lo del "extremo centro" no está bien explicado y no es atribuible a todos los autores. Me suena todo demasiado a la "derecha JotDown" de Quique Peinado, un mero palo de ciego.

En cualquier caso, lo que me disgusta profundamente es ese punto "ad hominem" que impregna todo su artículo. El autor apela al fantástico "Estilo rico, estilo pobre" de Luis Magrinyà pero solo se queda con la peor parte del libro, con lo accesorio, es decir, con el cotilleo. El libro de Magrinyà es un manual maravilloso para saber cómo escribir y, sobre todo, para saber cómo no escribir. En eso estamos todos, intentando aprender. Obviamente, para ello recurre a ejemplos de autores con nombres y apellidos, pero siempre dentro de un contexto muy explicado. Magrinyà tiene sus filias y sus fobias, pero nadie puede entender su libro como un ataque personal sino como una crítica a la exageración del estilo con el fin de mejorar los libros, no necesariamente a sus autores.

No hay nada de eso en Lomana, lo suyo es un ataque sin más, una especie de burla a una serie de autores con una explicación teórica pobre, un par de chanzas sin demasiada gracia y una selección muy parcial de sus textos. No sé si es decisión suya poner sus fotos como ilustración del texto, algo que suena a ajuste de cuentas, pero desde luego no ayuda. ¿Era necesario un artículo así? Por supuesto. La cosa había ido demasiado lejos, aunque sigo pensando que el problema no es de los autores citados ni de su estilo sino de la decisión editorial de prescindir de cualquier otro tipo de narración periodística. ¿Tiene un punto demasiado amargo? Sin duda. Sea o no la intención del autor, que la desconozco, todo su artículo me parece innecesariamente agresivo y personalista. Cipotudo, en una palabra.

miércoles, octubre 19, 2016

And tonight I´m only waiting for the moon to rise



Lo bueno de los amores no correspondidos es lo que se aprende. Te conviertes en una esponja de todo lo que le gusta, todo lo que le interesa, la música que escucha, los libros que lee... Es cierto que todo eso se podría dar también en el amor correspondido pero ahí solo puedo echarle la culpa a mi indolencia y reconocer que, si me pones las cosas fáciles, tiendo a acomodarme. Aparte, los amores correspondidos dan para poca literatura y siempre he pensado que está bien así, no alarms and no surprises, please lo que supongo que me convierte en un buen marido y un buen padre pero quizá, admitámoslo, un amante algo aburrido, con los riesgos (paradójicamente) que eso conlleva.

De los amores no correspondidos, en cambio, han surgido cosas maravillosas más allá de los discos de los Panchos. Franco Battiato y Steinbeck, por ejemplo. O aquella chica que me descubrió a Belle and Sebastian hasta el punto de que acabamos yendo juntos a un concierto en Aqualung el día antes de que Al Qaeda sembrara Madrid de mochilas bomba. La música tapa huecos, esa es su principal virtud. Tapa el desamor, por ejemplo, pero también acompaña. Acompaña la euforia de los primeros momentos o de los pequeños pasos. Llegué a creer que Air había compuesto un disco solo para nosotros. No es que fuera un gran disco pero lo nuestro tampoco era gran cosa.

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A la columna de hoy de Federico Jiménez Losantos le sobran los dos o tres párrafos finales, que son los de los viejos demonios, es decir, los de relleno. Los dos primeros, en cambio, son magníficos, sobre todo aquel en el que recuerda los mensajes de Pablo Iglesias a Monedero y cómo fantaseaba con azotar a Mariló Montero hasta que sangrara. Los colectivos feministas callaron y la izquierda hizo piña: aquello era una conversación privada y en ningún momento Pablo...

Ahora imaginen esa misma frase en boca de Donald Trump.

El problema es que no nos demos cuenta de que es lo mismo, exactamente lo mismo. La misma mentalidad, al menos. Trump se jacta de que lo hace, Iglesias se limita a ser violador en sueños. Puede que sea verdad que las conductas en lo privado -el famoso "locker room talk"- no afectan a las conductas en lo público, pero en este caso no veo cómo. Indignaciones aparte, bueno sería que Iglesias leyera el artículo o se releyera a sí mismo y se preguntara cuánto hay de machismo cavernario en muchas de sus actitudes. Mejor aún, que nuestro compromiso contra el sexismo no dependiera del sexista en cuestión.

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Lo que más me gustaba del 15-M, lo que me mantuvo una semana en Sol casi día y noche, era que no se parecía en nada a la universidad, esas asambleas dirigidas donde los de las asociaciones convocantes se dedicaban a silenciar o directamente a insultar a cualquiera que les llevara la contraria. En ningún sitio he visto que la intimidación y la agresividad ideológica se toleraran tan bien como en aquellas reuniones de la Autónoma, como si fuera lo más normal del mundo. Un profesor de ética, sin ir más lejos, nos invitó a "liarnos a hostias" con los fachas después de una de las numerosas agresiones de skinheads de aquellos locos noventa.

Por entonces, a Felipe González ya se le abucheaba y se le cortaba el paso para deleite, por cierto, de los Jiménez Losantos de turno, encantados por que la juventud hubiera recobrado el pulso. Al parecer, el paso de los años no ha servido de mucho y escuchar sigue estando considerado tan peligroso que es mejor no intentarlo. No solo no intentarlo, que eso es bien sencillo, sino prohibirlo a los demás. Guardar al rebaño. Ellos son la verdad y el camino y deciden por ti. El que nos gusta, entra; el que no nos gusta, fuera. Así ha sido y así sigue siendo. De sus profesores mejor ni hablamos.