jueves, abril 17, 2014

Fuerteventura 2014. IV. Playas de Dunas



Cogemos el coche y lo dejamos en mitad de la carretera, como vemos que hace todo el mundo. Cruzamos y nos metemos en la playa, justo frente a una duna enorme que nos impide ver lo que hay al otro lado. ¿Será esa la duna que subimos en 2008, la que bajamos a toda velocidad en medio de fotos y promesas de amistad eterna? Así éramos los cortometrajistas incluso antes de ponernos detrás de una cámara. "La generación del ron-cola", la llamaba Arturo Ruiz mientras nos esperaba para desayunar en el bar italiano de al lado del hotel.

Sea esa duna o sea cualquier otra, lo que hacemos esta vez es bordearla. Ha amanecido con prudencia, como siempre en Fuerteventura: unas primeras horas del día que amagan con el frío y el viento, la playa desapacible, solo para caminar, de nuevo los refugios de piedra para evitar el aire. A lo lejos, una bandera roja nos marca el camino y así, la Chica Diploma y yo avanzamos con cierto esfuerzo porque los pies se hunden y cuesta levantarlos. Cuando llegamos a una orilla lo que encontramos son más piedras, pero aun así nos mojamos los pies, que es lo mínimo, mientras de nuevo las montañas quedan a lo lejos.

Una vez escribí que Fuerteventura era un lugar donde los problemas eran imposibles, donde cualquier preocupación se perdía en el horizonte y no tenía donde rebotar. Quizá fue porque entonces no tenía problemas ni preocupaciones. Por lo demás, Fuerteventura es un buen sitio para huir pero primero tienes que tener clara tu vocación de fugitivo. Lo que natura no da, Salamanca no presta. La Chica Diploma y yo caminando entre medusas, rodeando nudistas hasta llegar a un chiringuito desde donde se puede ver de lejos a tres camellos con dos turistas por joroba.

Pido un zumo de naranja natural pero me traen cualquier otra cosa, algo con soda, gaseoso, los camellos se acercan y acaban descansando a nuestro lado. Son bonitos. Son muy de aquí, muy a su bola. No les molestes y ellos no te molestarán a ti.

A partir de ahí iniciamos la vuelta, intentando acortar por hoteles prohibidos hasta llegar de nuevo a nuestro coche en mitad de ningún lado, como todo. Ya en Corralejo, decidimos no comer y en cambio hacer un amago de merienda-cena en el puerto, la isla de Los Lobos a nuestra derecha y más al fondo Lanzarote, donde iremos mañana. La atmósfera es agradable: un chico hace una versión extraña del "Ordinary Love" de Sade y otro canta "A caballo vamos p´al monte" en la terraza de un bar cubano.

Ayer, este mismo barrio pesquero estaba lleno de entusiastas barcelonistas, en eso no me puedo quejar. La isla, por lo que vi, era mayoritariamente culé, puede que por el efecto Pedro, puede que por la asociación con un tipo de juego que les recuerda al talento canario. No lo sé, puede incluso que no sea así y la isla sea mayoritariamente madridista y solo ese bar, el bar de los borrachos, el de los no-turistas, fuera el único barcelonista de Fuerteventura. Qué más da. El Barcelona perdió y en Twitter todo el mundo quería linchar a Messi. Ganas y te adoran, pierdes y te linchan. Por lo demás, tenlo claro, eres un puto caballo de carreras y así te ven. Si estás agotado, si no puedes más, que salga otro.

En ese sentido, el linchamiento en Fuerteventura es inconcebible y esa es una ventaja. Todas las polémicas son polémicas de otros, como cuando ponemos el-programa-de-la-gente-que-grita y nos aprendemos tramas de Supervivientes precisamente porque nos dan igual, porque aquí da igual todo, espero que quede claro: uno paga un dineral por venir aquí y espera playas, montañas, volcanes y todo el rollo, pero sobre todo espera distancia. Mucha distancia. La distancia no solo física que impide que nadie se enfade cuando la única mesa de madridistas se dedica a repartir cortes de manga cuando marca Bale.

La única mesa, probablemente, que no ha entendido de qué demonios va esto.

miércoles, abril 16, 2014

Fuerteventura 2014. III. Playas de El Cotillo

Al hombre del piano le acompañó el hombre de la trompeta y el público se motivó conforme caían los mojitos, hasta el punto de que a las once aquí seguían todos: unos con sus canciones y los otros con sus aplausos, mientras la Chica Diploma y yo esperábamos en nuestra habitación para dormirnos en condiciones. Por la mañana, el cambio de hora nos hace madrugar, como siempre, y en el bufet no solo quedan croissants sino que me atrevo incluso con los donuts.

Nunca he sido tan feliz como en el desayuno-bufet de un hotel. Veinte minutos en los que lo demás, sencillamente, no existe.

El plan es coger el coche e ir a alguna playa. Como mi ojo va mejor pero aún no está al cien por cien elegimos El Cotillo, que tiene un punto más turístico, más variado en principio, que las Dunas. Nos metemos de nuevo hacia las montañas, pero sin llegar a acercarnos, pasando en medio de todo, una jornada más de casas derruídas y casas por construir, pueblos veraniegos en plena primavera, tiendas de playa a quince kilómetros del mar, aroma a surf que se respira desde la distancia...

El Cotillo no es sino una parte de un todo. Un todo que se vislumbra desde el mirador, más montañas, acantilados, playas a la izquierda y playas a la derecha, una especie de orilla negra a nuestros pies, piedrecitas indefensas que esperan alguien que las barra. Podemos ir a la izquierda o a la derecha, pero nos dicen que la izquierda es más para surfistas y la derecha más para familias y nosotros, obviamente, somos una familia o eso dice nuestro libro.

Lo bonito del lugar es que nunca sabes dónde estás, que las distancias y las perspectivas son confusas, imposible acertar qué viene detrás de ese risco o esa duna. Paseamos por la arena fría en una mañana templada, porque aquí a las doce si no hace frío lo parece y solo a partir de las tres empieza la cosa verdaderamente a calentarse. Pronto re-encontramos el mar y junto al mar unas protecciones de piedra en la orilla, pequeños semicírculos que sirven para que otras familias, generalmente del norte, se agrupen protegidas del viento.

A cada pequeña playa le sigue una mejor, todas con sus piscinas naturales, por así decirlo, sitios donde te puedes meter en el agua y andar durante metros sin llegar nunca a hundirte. En cualquier caso, ¿quién querría meterse en el agua con este frío? La Chica Diploma y yo nos atrevemos como mucho a meter los pies, hacer el típico intento de abuelos hasta las rodillas y luego nos tumbamos en un pequeño instante de sol, compartiendo toalla y arena, mirando como unos bichos extraños saltan alrededor para picarla a ella, o quizás a nuestro hijo, rojo como un tomate en sus infrarrojos.

Ella se tumba durante un ratito en mi regazo y parece feliz. Con las piernas quemadas, el escote rosa y pecas en la cara, como debe ser. Yo pienso en el dolor y miro la niebla que abandona los precipicios. Después, chiringuito y restaurante con vistas. Carne y pescado. Fuerteventura a veces es tremendamente complicada y otras, tremendamente simple. Aloe vera y after sun. El olor a crema solar que se resiste a entrar en el hall del hotel, protegido por un potentísimo perfume que además es agradable.

En media hora juegan el Madrid y el Barça. Lo veremos en el pueblo, en algún bar del puerto. Probablemente, nos dé igual el resultado.

martes, abril 15, 2014

Fuerteventura 2014. II. La ley del desierto, la ley del mar


En el Barranco de los Molinos, un hombre con un mono azul arrastra piedras con algo que se parece a un arado. Podría confundirse con un barrendero, algunas de las rutinas son idénticas, pero no se puede saber qué barre y, como digo, en realidad no lleva escoba sino otra cosa, como si quisiera colocar todas las piedrecitas volcánicas en un montón y luego hacerlas desaparecer.

Ríe y bromea. Le dice a la Chica Diploma que hay que mirar al sol, fijamente, que es mentira que haga daño a los ojos, quizá cueste un poco acostumbrarse, pero es importante. Para la criatura, dice, será más fácil, hay que intentarlo: el sol por la mañana nos dice qué pasará durante el día y al atardecer nos dice qué ha sucedido, nos da las claves.

Es la segunda vez que alguien de aquí nos habla del sol. Ayer, en el Rent-A-Car, la chica nos invitó a despertarnos a las seis para ver el eclipse y ya de paso ir a su tienda a las ocho y media a llevarnos un Opel Corsa. No hicimos ninguna de las dos cosas: dormimos hasta las ocho aproximadamente y preferimos un Renault Clío ultramoderno que nos ofrecieron en el hotel.

La primera salida de Corralejo pretendía huír del sol en todo lo posible por el estado de mi ojo, que tiende a hincharse y a sufrir con el calor. Salimos hacia La Oliva, Casa de los Coroneles al margen derecho, y de ahí seguimos hacia el centro de la isla, cruzando del este al oeste, carreteras llenas de nada, entre montañas y piedras, la promesa de la playa insinuándose a veces al fondo. El desierto y el mar. Cuando le convencí de reservar unas vacaciones en Fuerteventura, hace ya un año y medio, la Chica Diploma me dijo muy educadamente que allí no había nada. Tenía razón. El encanto está en esa nada de doble sentido pero espacio para solo un coche que serpentea hacia arriba o hacia abajo según marque la montaña, porque aquí la montaña lo es todo.

Una nada que se muestra en las casas derruídas tanto como en las urbanizaciones a medio habitar, el pueblo diminuto en mitad del camino y después kilómetros y kilómetros de cultivos, palmeras sueltas, terreno lunar. Las playas tienen nombres de muertos y cada aldea tiene su tributo a Unamuno. El hombre que habla del sol y ara el desierto nos habla de los guanches y su leyenda atlántida, del siglo que "los españoles" -y lo dice como si sus facciones fueran de cualquier otro lado, quizás atlantes, pero no, son como las mías y las tuyas- tardaron en conquistar Gran Canaria.

Pensamos que está loco, que cualquiera que se pase durante semanas el día arando junto a una playa y viendo turistas dejar el coche, acercarse al barranco y volverse a subir para comer en otro lado -Ajuy por ejemplo, quizá Betancuria, café o helado en Pájara- tiene que acabar completamente loco. Una locura nietzscheana me da a mí y pienso que en cualquier momento aquel hombre va a soltar el arado y a gritar que Dios ha muerto para escándalo de alemanes, franceses, daneses y demás habitantes de la isla.

Porque aquí los oriundos siguen sin aparecer por ningún lado, asoman quizá en algún restaurante, con su ritmo tranquilo y su acento bailarín, pero poco más. Lo que quedamos somos los demás, los invasores. La chica que organiza las excursiones en el hotel es alemana, la que alquila coches es italiana... esta mañana en el desayuno hablábamos sobre la posibilidad de que nuestro hijo se viniera a vivir a un sitio así y decidiera salir de la rueda universidad-trabajo-expectativas. Que él también quisiera perderse y acabara de guía en cualquiera de estas islas.

Permitirse la mediocridad, es decir, lo que nunca han hecho sus padres. Educarle para que sepa que no tiene que ser el mejor en nada para que si luego se empeña en ello y por algún casual lo consiga, tenga razón para disfrutarlo. ¿A qué va a disfrutar nadie aquello con lo que los demás ya cuentan? Guía en el Barceló Corralejo Bay anunciando la hora a la que se celebra el "quiz" para los clientes jubilados, clases de aerobic, particulares de tenis... Lo que él quiera. Educar es simplemente conseguir que tu hijo haga lo que quiera, sepa lo que quiera y que eso no sea una barbaridad o al menos no dañe a nadie, menos a sí mismo.

Lo demás son delirios de grandeza. Estar de vacaciones y tener que bajar al lobby cada noche para escribir un post sobre el día para que todo el mundo se acuerda de que existes.

Falso. Para recordártelo a ti mismo.

La Chica Diploma espera en la habitación tras el baño en el jacuzzi y pronto cenaremos algo. Después, quizá, una copa en el puerto. El hombre del piano se pone a probar el micrófono, parejas desinteresadas practican mentalmente los aplausos.

lunes, abril 14, 2014

Fuerteventura 2014. Corralejo Bay



Todo es como en 2008 y eso es importante. La vida tiene que manejarse entre la esperanza de que todo puede cambiar en cualquier momento y la certidumbre de que hay cosas que siempre seguirán igual. La huída y el refugio. Fuerteventura nos recibe seis años después con las mismas urbanizaciones sin acabar, esqueletos repartidos por toda la isla que van dando paso a dunas de arena que parece sal, que parece harina según dice la Chica Diploma, y playas kilométricas que el taxi avanza a toda velocidad, como avanzaba María mientras nos explicaba a Antonio y a mí hace seis años.

El hotel es el mismo porque en la nostalgia no admito matices. Solo ha cambiado el nombre. Lo hablo con el recepcionista y me confirma que esto antes se llamaba "Blue Bay" y algo nervioso me insiste: "Pero no va a encontrar variaciones". No las espero. Como la Chica Diploma está embarazada nos dan una habitación especial, una habitación de lujo en la segunda planta, con su jacuzzi personalizado. Por lo demás, el hotel, efectivamente, está congelado en el tiempo: las tres piscinas, el salón de entrada donde un señor toca el piano para un montón de turistas alemanes -el mismo salón donde el Racing de Santander se clasificó para la UEFA y eso lo dice todo del paso del tiempo- y los mismos balcones por los que Don Diablo se colaba inopinadamente de madrugada.

A la Chica Diploma le toca un papel más difícil: no conoce la isla, no conoce Corralejo y no conoce mi pasado. En ese sentido, se la nota un poco perdida y yo no hago demasiado para evitarlo por mi proverbial ensimismamiento. Salimos a comer tarde, pero en un pueblo donde siempre es verano eso da igual. Vamos a un sitio de hamburguesas y costillas, luego bajamos a la playa pasando por el Waikiki. Hace un calor horrible y tengo el ojo algo hinchado por un herpes en el párpado así que el sol lo hace todo más complicado. Nos perdemos. Tampoco es un drama porque perderse aquí es imposible pero el caso es que nos perdemos y cuando llegamos a la habitación pensamos en meternos en el jacuzzi pero en realidad lo que hago es quedarme dormido.

Cuando me despierto, pensamos en nuestra vida como turistas: una vida de rent-a-car y excursiones a Lanzarote y Jandía. Cuando paseamos de nuevo, ya de noche, todo más animado y nosotros más calmados, noto que me falta algo pero que eso me está esperando. Noto la presencia de la Fuerteventura que no es esta, la Fuerteventura lejos de las tiendas de alemanes, la de dentro, las casas entre las dunas, las montañas peladas como eterno horizonte. Pienso en el coche no como punto de unión entre dos costas sino como condición de posibilidad del peligro.

Lo sublime de la isla que se rebela escondiéndose y se muestra lo justo. Esa es la Fuerteventura que yo recuerdo. Sí, en medio quedan las historias de Laura, las de Antonio, las de Lluis, las de esta borrachera o esta resaca, pero sobre todo, para mí, esta isla es algo parecido a una amenaza fantasma, latente, ovnis que aparecen de madrugada y no se atreven del todo a quedarse. Esta isla es la felicidad de la distancia y a la vez es la inminencia de lo que puede pasar en cualquier momento.

Pero nunca pasa.

El encanto es exactamente ese, una suerte de expectativa constante.

viernes, abril 11, 2014

Un año después



Cuando le pregunté a Carlos si aquello era normal, si se podía considerar razonable que papá ya no abriera la boca, que no respondiera a estímulos, que no comiera ni bebiera, que estuviera en un estado de semi-inconsciencia en la cama, abriendo muy de vez en cuando los ojos sin acertar a saber si veía algo, obviamente Carlos contestó que no. Tampoco había que ser un genio para darse cuenta pero lo cierto es que hasta ese momento él no había querido decir nada porque, en estos casos, cuando todo está decidido, basta con decir la palabra equivocada en el momento equivocado para que te ganes una bronca y al fin y al cabo Carlos no era su hijo, su hijo era yo, y si yo no me daba cuenta de las cosas, qué quieren que les diga, sin duda era problema mío.

Solo que sí me daba cuenta, claro. Yo soy un enamorado de la sospecha y cuando me dicen que alguien está mal tiendo a pensar que no será para tanto y si me dicen que alguien está bien me pongo a pensar qué grieta va a acabar derrumbándole. Así, por mucho que el médico insistiera -"todo es normal, no hay novedades"-, los hechos eran los hechos y mi padre estaba dejando poco a poco de ser mi padre, hasta el punto de que le hicimos venir a aquel hombre gordo y chistoso a regañadientes para que le pusiera un poco más de tranquilizantes y se limitara a decir, como si nada: "Le quedan horas de vida, vayan comprando los certificados de defunción en cualquier farmacia".

Yo no estoy diciendo que ser médico de paliativos sea fácil, eso que vaya por delante, pero la naturalidad en el despropósito a veces me irrita.

Con todo, las horas de mi padre se convirtieron en días de manera completamente inopinada. La noche del domingo pasó como pasó la del lunes y la del martes. El miércoles nos volvimos a reunir casi todos alrededor de la cama. Papá estaba dormido de morfina y de vez en cuando amagaba con ahogarse. Por lo demás, no parecía sufrir, solo cuando teníamos que moverle para cambiarle los pañales -se los cambiaban Carlos y Mercedes, yo no me atrevía, yo me atrevía a otras cosas, me atrevía a sujetarle los hombros y la cabeza calva, besarle y acariciarle y repetirle que se dejara ir, que no pasaba nada, que estaba ahí con él mientras apretaba el ceño y los dientes, anticipando el dolor o puede que simplemente sintiéndolo- y el cansancio se acabó convirtiendo en enfado de media tarde, me tengo que ir a hacer cosas a casa, mañana hablamos.

Por la noche, puse el móvil al lado de la cama. La Chica Diploma y yo estábamos preparando una boda y las sorpresas abundaban. Cinco años antes, mi abuela había muerto a la una de la madrugada en circunstancias parecidas, un lento apagarse. Podría decir que esa noche, al acostarme, tenía el convencimiento de que el teléfono sonaría tarde o temprano pero la verdad es que me venía acostando con ese convencimiento desde semanas atrás, así que no es cuestión de andar presumiendo ahora de intuiciones, aunque por supuesto sonó, ya entrado el 11 de abril de 2013. No me acuerdo de demasiado. Supongo que me llamó Mercedes pero puede que me llamara Ana. Supongo que me despertó pero puede que no hubiera conseguido dormirme. Uno puede interiorizar la frase "mi padre se está muriendo", uno puede soltarla ante los demás de manera que les parezcas la persona más entera del mundo pero uno no puede hacer que sea mentira, que tu padre no se esté muriendo cada día durante nueve meses, no puede evitar la mezcla de sentimientos de alivio y dolor de los primeros minutos: despierta a la Chica Diploma, quítate el pijama, ponte algo decente, que transmita pena hasta cierto punto, etiqueta, pero informal porque lo vas a llevar mucho tiempo, más del que te gustaría, avisa a gente pero no a demasiada, no quieres despertar a todo el mundo y no quieres aguantar llamadas todo el día. No hoy, desde luego...

Ve a casa de Mercedes y pide que el cuerpo esté tapado por la sábana porque la Chica Diploma también ha pasado por su sucesión de muertos y no quiere aumentar la lista. Destapa la sábana cuando estés más o menos solo y besa a tu padre. Colócale las piernas rectas, no dobladas de dolor, no fetales; rectas, para cuando el rigor mortis. No dejes que eso lo haga Carlos, porque Carlos va a hacer otras cosas, por ejemplo cerrarle la boca, pero esto lo vas a hacer tú: no vas a decir, "oye, papá, te has muerto, así que ahora que te toque el cuidador". No, tú vas a cuidar a tu padre como si siguiera vivo porque un padre muerto es un padre, un abuelo muerto es un abuelo y así sucesivamente.

Llama a la funeraria, espera a que venga, habla con Lartaun para ver si puede comentar algo en la COPE porque tu familia -tu abuela, en concreto- es muy de la COPE y le hará ilusión y así dejará de llorar por un momento, el ambiente congelado de la muerte de madrugada en un salón pequeño. Las tres de la mañana, las cuatro de la mañana, las cinco de la mañana. Abril. Firmar papeles y volver a casa mientras a él lo llevan al tanatorio, a un tanatorio moderno con todo tipo de facilidades y que entiendo que no utiliza nadie porque si no no lo ofrecerían a precio de saldo. Pensar si dormir dos horas o si no dormir nada y pasar el amanecer delante del ordenador, actualizando estados de Facebook, respondiendo emails, comentando tuits estúpidos...

Despertar a la Chica Diploma, levantarla del sofá. Ella se ducha pero yo no, creo que yo no. Puede que sí, pero creo que no, vaya. Buscar el tanatorio y la sala y comprarle flores, unas flores que acaba pagando mi tío Pancho, el primero que llega junto a Alejandra. Luego, Mercedes, luego la familia y los amigos. El cansancio de la media mañana. Mi padre, ya retocado, en un ataúd rodeado de coronas y sin crucifijo porque se lo hemos quitado. Ni Dios, ni patria ni CNT. A cambio, una bandera anarquista a los pies del féretro, un adiós con un portazo.

Y así el resto del día, no podría decir mucho más. Gente que apareció y gente que no apareció nunca. Gente que ya había desaparecido antes, cuando no puedes desaparecer. Hay decisiones que marcan el tipo de persona que eres y no todo el mundo se da cuenta de eso. Una actitud miserable en un momento miserable te convierte en un miserable para siempre y en esa rueda estamos todos, como salchichas en la cantina de Geni. Desde entonces, poca cosa: una boda, dos libros publicados, viajes a Galicia, a Santander, a Lisboa, a Londres, a Alicante... a cualquier lado en el que uno pueda sentirse lejos de uno mismo. Huídas. El tema de nuestro tiempo. 

En dos meses tendremos a Álvaro aquí con nosotros. De hecho, hoy le llevamos a ver al abuelo porque si hemos quedado en que un abuelo muerto sigue siendo un abuelo habrá que conceder que un nieto que no ha nacido aún ya es un nieto a todos los efectos. Podría pensar que a mi padre le habría hecho ilusión conocerle de verdad, conocerle a él y abrir mis libros y oírme en la radio o leerme por ahí, pero yo creo que eso no es cierto y ni siquiera necesario -falso, para mí era necesario, para el orden moral del mundo, no, pero para mí lo era, lo que pasa es que yo tiendo a aceptar el orden moral del mundo y del resto ya me quejo a mi psiquiatra-, lo que sí creo es que, sabiendo todo esto, se habría muerto más tranquilo, porque uno siempre se muere más tranquilo, incluso vive más tranquilo, si sabe que a su hijo le va bien. Sobre todo si solo tiene uno.

Esta mañana Mercedes puso en Facebook una de sus canciones favoritas. No sabía que era una de sus canciones favoritas porque mi padre no fue un gran padre y yo no fui un gran hijo y ahí nos quedamos, jugando la prórroga durante unos 20 años, que es algo bien ridículo. Mi esperanza es convencer a mi hijo de que fue un gran abuelo, no vaya a ser que él necesite saberlo y yo esté pensando en otra cosa.

viernes, abril 04, 2014

Nueve años, ocho presentaciones, seis libros



La historia acaba, de momento, esta noche en Libertad, 8, a las 20.30 acompañado de Pancho Varona, Lichis, Pablo Ager y Tucan Morgan, es decir, los entrañables Sofía Comas y Carlos Ramos. Digo "de momento" porque el viernes 25 ya tenemos otra montada, más literaria pero igual de divertida, en Tipos Infames, con Manuel Jabois y Jorge Díaz, dos tipos a los que les dejas hablar y algo sale seguro.

Pero la historia empieza mucho antes, en 2005, cuando yo soñaba con ser escritor y supongo que me valía lo de ahora, por mucho que ahora, ya que estamos, pues me cueste conformarme y quiera más, como buen vampiro ansioso. Por el camino, han pasado seis libros y siete presentaciones. Hagamos un pequeño resumen:

- "Vampiros, ángeles, viajeros y suicidas".- Hasta donde yo recuerdo, el libro se presentó dos veces. Era una recopilación de relatos que habíamos ido escribiendo en una tertulia del Café Comercial. Mis compañeros de viaje eran Pedro Martínez, Raúl Roldán y Juanjo Vico. La primera presentación, emocionante, fue en el Café Pandora de las Vistillas. El maestro de ceremonias fue Jesús Urceloy y dijo de mí algo así como que algunos de mis relatos eran poesías alargadas. Puede que tuviera razón, es difícil reconocerse en la distancia y mucho menos reconocer las intenciones. Como nos gustó la idea y vendimos bastante -no teníamos distribuidora, mi vida literaria es un desencuentro constante con la distribución- hicimos otra en un bar de Huertas, con menos público y creo que Enrique Redel, nuestro editor, de invitado.

- "Pequeños objetivos".- Precisamente Enrique Redel tenía una pequeña editorial llamada Kokoro Libros que compaginaba con su trabajo en Funambulista antes de consagrarse definitivamente en Impedimenta. Redel era -y sigue siendo, supongo- un currante infatigable y de enorme calidad. La idea del libro era reunir doce relatos que correspondieran a meses del año. Relatos cortos, minimalistas, no diría que en el rollo Carver sino más bien algo parecido a un Hemingway pasado por Salinger. Todo muy americano en cualquier caso aunque todas las historias trascurrieran en Madrid. El libro nunca estuvo a la venta. Nunca me planteé ponerlo a la venta. Le encargué a Enrique unos 120 libros y los fui regalando, la mayoría en la presentación del Viejo Café Colonial.

Fue un día maravilloso. Una tarde maravillosa, vaya. Para el momento elegí a mi madre y a mi tío. Mi madre habló de Luis Luisote, el detective de mis cuentos de cuando tenía ocho años y mi tío cantó un par de canciones preciosas. Puede que el vídeo de YouTube aún esté por ahí. Vino todo aquel que pintaba algo en mi vida excepto Lucía. La planta de abajo del Colo estaba llena y yo me sentía pleno porque toda esa gente no estaba ahí por mi libro, estaba ahí por mí, porque me querían. El idilio no duró mucho y es una pena, pero estas cosas pasan. En cualquier caso, fue uno de los mejores días de mi vida, con diferencia.

- "Cuando las cosas dejaron de tener sentido".- Era un proyecto ambicioso: pasar los textos de un blog incipiente, ahora ya desaparecido sin dejar rastro en Internet, a formato libro. Salió bien a medias: estaba bien escrito pero estaba muy mal cohesionado. La gente se acercaba y me decía: "Me ha gustado mucho, pero no me entero de nada". Quizá eso sí que fuera poesía alargada. No sé, en cualquier caso era un libro vitalista y de los que te suben el ánimo, escrito en lo que podríamos llamar el acmé de mi vida personal, aquello sí que era una sucesión de amaneceres (o anocheceres, más bien) imprevistos.

La primera presentación la hice en la Fundación Cultura y Progreso, un auditorio bastante grande y bastante lleno. Creo que vinieron más de cien personas, cosa que ahora, con la rutina, sería un milagro. Me acompañó Ángel María Herrera, el editor, antes de empezar con su proyecto de Bubok, aún confiando en que se podía hacer negocio de la literatura más allá de la acumulación de autoediciones y se encargó de la presentación Lara Moreno, cuando ya era una pequeña celebridad pero aún no publicaba en Lumen. Ahí fue cuando se me ocurrió lo de mezclar libros con música y en cierto modo fui un pionero porque Acróbatas no comenzó hasta el año siguiente, cuando el Murcia y el Cádiz jugaban unos partidos de la máxima tensión. Los músicos fueron Pablo Ager y Emite Poqito. Deslumbraron. A los pocos días repetí en Barcelona, probablemente el mejor viaje de mi vida en muchos sentidos. Lo hicimos en Excellence, con Sandra Martínez de invitada y Dani Flaco a la guitarra. Qué tiempos aquellos.

- "Camarote 503. Historias desde el Bremen".- Algo parecido a "Vampiros, ángeles...", aquello se trataba de una recopilación de textos leídos en nuestro taller de escritura de La Buena, en Malasaña. Yo creo que fue una gran idea aunque por entonces ya la relación entre nosotros había pasado de la fase campamento en la que todo el mundo es maravilloso y te cae genial. El libro era bueno, todas las historias merecían la pena y lo celebramos con unos vinitos en el Ladrón de Tinta. Más que una presentadora teníamos una líder, nuestra querida María Bautista, que se maneja de miedo en estas cosas, y participaba también en la recopilación. Fue algo austero, como nosotros. Todavía tengo decenas de ejemplares guardados en cajas, pero estoy convencido de que si los releyera, encontraría más de una joya.

- "Ganar es de horteras".- Tuvieron que pasar cinco años entre presentación de libro en solitario y presentación de libro en solitario y todo fue por el empeño de Lartaun de Azumendi y Cestos de Melocotón. Su fe inquebrantable en que un libro sobre el Estudiantes merecía la pena incluso cuando el Estudiantes -en principio- acababa de descender a la liga LEB. Aquel libro funcionó como un tiro. No había distribución tampoco, resultaba muy complicado conseguirlo fuera de Madrid, nos pusimos de los nervios unos a otros varias veces... pero rozamos los 1000 ejemplares vendidos y se agotaron tres ediciones, así que todo mereció la pena.

Por cierto, si a usted le parecen pocos 1000 ejemplares, usted no sabe cómo está el mundo de la literatura en España.

La primera presentación fue en el Magariños, donde yo daba gimnasia cuando era un adolescente, y me acompañaron, además de Lartaun, Pablo Martínez Arroyo y Antonio Rodríguez. Es curioso porque yo no les conocía en persona a ninguno de los dos y ahora mismo son de las personas a las que más quiero y con las que más afinidad siento. No fue un éxito de público como no lo fue la presentación con mi tío y Quequé en el Segundo Jazz, cosa que he de reconocer que me sorprendió, simplemente porque era el previo de Navidad, Mourinho había dejado en el banquillo de La Rosaleda a Casillas y el libro se estaba vendiendo como rosquillas, pero con estas cosas nunca se sabe.

- "El rastro de la mentira".- Un encargo personal de Miguel Aguilar, otro de esos editores tan extravagantes que no solo confía en mí sino que además es del Racing de Santander. Una combinación demencial que compartimos muy pocos. Debate estaba lanzando una serie de "e-books" de pocas páginas, la llamada colección "Endebate", lo de Armstrong y la USADA estaba muy reciente y Miguel sabía por mis colaboraciones en JotDown y en el Magazine de Martí Perarnau, que a mí el tema me interesaba mucho. Lo escribí en un tiempo record y no quedó mal. Luego se vendió como se venden los e-books, pero probablemente haya tenido bastantes descargas ilegales porque sí se habló de aquel libro e incluso Miguel le echó los huevos de colocar a Contador en la portada... Obviamente, al ser e-book, no hubo presentación.

Así que ese es el balance, que para tener 36 años -la nota de prensa me define como una joven promesa, supongo que es lo que hay que hacer pero yo me parto de risa-, no está nada mal: seis libros publicados, con éste, siete (pronto serán ocho, pero no adelantemos) y ocho presentaciones -nueve, esta noche-. Supongo que algún día lo valoraré, ahora todo pasa demasiado deprisa.

"Te quiero, Ta"

La Chica Diploma, con su bebé de siete meses dentro del útero, un bebé de 36 centímetros ya y más de un kilo y medio, se despierta lentamente en el sofá y pide que le ayude a levantarse. Ella dice que está gorda pero yo creo que está preciosa porque es de esas chicas que por mucho que se empeñe siempre va a ser una belleza. Sus movimientos son algo torpes, por el embarazo y por el propio sueño, y yo tampoco acierto del todo a saber qué necesita, a colocarme de la manera correcta, así que ella me agarra la mano esperando algo y ese algo no acaba de llegar.

Entonces, en un movimiento innecesario, cuando ya por fin se ha incorporado y está lista para ponerse en pie e irse a la cama, que es lo que haría cualquier persona de bien a estas horas, yo me pongo a una distancia y coloco los brazos como si fuera a caer sobre mí, para sujetarla. El movimiento, ya digo, no viene a cuento, pero sale de manera instintiva y por un momento pienso que es el mismo gesto que utilizaba con mi padre, cuando a mi padre le empezaron a fallar las piernas y había que acompañarle para ir al baño o para llevarle del sofá al sillón o a la cama.

Luego recuerdo que no, que el origen del movimiento no está ahí, no está en el año pasado, sino en 2007, cuando mi abuela intentaba levantarse y por si acaso yo la cogía casi en vilo poniendo los brazos bajo sus axilas, en aquella residencia con continuo olor a lejía, para dejarla poco a poco, pasos muy cortos, pies arrastrados, en posición de poder sentarla en la silla de ruedas y luego sacarla a pasear por el pasillo, todo lo que vio en sus últimos días, mientras sus compañeras de piso perdían el tinte y la demencia asolaba las tardes.

Así que la Chica Diploma, esa bendición inesperada llamada la Chica Diploma, grita desde su cama -nuestra cama- "Te quiero, Gui" y Gui lo que piensa es que ha pasado por demasiado, que probablemente mucha gente ha pasado por lo mismo o peor, pero qué más le da a él, si esto no es una competición de miserias, y se sienta al ordenador para escribir sobre presentaciones y libros y entusiasmo pero no puede porque el entusiasmo no está ahí, porque alrededor las preocupaciones simplemente desbordan, porque la sensación es que nadie se está dando cuenta -quizá, cómo no, la Chica Diploma- y que quizás el verdadero miedo es que Alvarito tenga un padre incapaz, un padre roto, un padre atiborrado de antidepresivos mientras la rueda gira, aunque, pensándolo de nuevo, puede que eso no sea tan malo, porque un padre incapaz, un padre roto, un padre atiborrado de antidepresivos y rodeado de miserias es un padre cuyo único sentido probablemente sea ese, es decir, ser padre. Las 24 horas del día. Los siete días de la semana. En Canarias, en Málaga o donde sea, pero a ser posible, lejos.

Poner los brazos de manera que pueda apoyarse él y los que vengan. Un soporte. No sé, algo así, tampoco me hagan mucho caso a estas horas.

jueves, marzo 27, 2014

Presentación de "Una sucesión de amaneceres imprevistos" en Libertad, 8 con Pancho Varona, Lichis, Pablo Ager, Tucan Morgan, Kika de Castro y Víctor Alfaro


Bueno, pues después de meses de cuadrar agendas y buscar el momento idóneo, ya puedo por fin anunciar la presentación de un libro que empezó llamándose "Gente rara", que pasó a llamarse "La crisis" después de una experiencia canaria en 2008, cuando aún no era un término manoseado y abusado, y que finalmente se llamará "Una sucesión de amaneceres imprevistos", título tomado de una de las frases que aparecen en el primer relato.

Haremos dos presentaciones: una literaria, con Manuel Jabois y Jorge Díaz, y otra musical, como me gusta a mí, como hice ya con "Pequeños objetivos" o con "Cuando las cosas dejaron de tener sentido". De hecho, vamos a empezar con un recital-concierto el viernes 4 de abril a las 20,30 horas en Libertad, 8. ¿En qué consiste un "recital-concierto"? Bueno, pues habrá una parte más estándar de presentación y lectura de textos conmigo, Víctor Alfaro y Kika de Castro y en medio tendremos a un elenco de lujo tocando un par de canciones que tengan que ver con lo que acabamos de leer.

¿Quiénes son esos músicos? Pues ni más ni menos que Pancho Varona, Lichis, Pablo Ager y Tucan Morgan. La suerte que tengo de que los cuatro sean mis amigos, mi familia, es enorme. Jorge Díaz siempre se mete conmigo porque meto canciones en mis libros pero es que no puedo entender la vida sin música y desde luego no puedo entender mi literatura sin la inspiración de las canciones. Como ya saben qué esperar de los músicos porque conocen sus canciones y si no las pueden buscar fácilmente por Spotify y similares, voy a explicarles un poco de qué va el libro, editado gracias a la confianza extrema de Jorge Vales y toda la gente de Lapsus Calami, cada uno de los relatos que lo componen, sin ser demasiado pesado porque no es mi estilo:

- Amaneceres imprevistos.- Se me ocurrió antes de la gira de promoción de la última novela de Bret Easton Ellis y luego me di cuenta de que podía haber cuadrado con esa gira. Un escritor con fama de "enfant terrible", que tuvo éxito y talento en su juventud pero que, ahora, pasados los 40, anda escaso de ambas cosas. La editorial tiene que amortizar su contrato y le sigue vendiendo y los medios siguen comprando pero sin saber muy bien qué compran. Viajes, divorcios, periodistas que no saben de qué va el libro y la creciente sensación de que a nadie le importa en realidad. Persona y personaje, ya saben, uno de mis temas favoritos.

- Siempre es bueno necesitar a alguien.- El origen supongo que está en mis tiempos en El Semanal Digital, trabajando horas y horas delante del ordenador y a la vez conectado con todo el mundo. La rabiosa actualidad contada desde el dormitorio, medio legañoso, vendiendo basura, que es lo que la gente quería consumir. Luego se me ocurrió la posibilidad de una charla entre dos ex compañeros: uno, más joven, sigue en su medio "tradicional" con un periodismo de calidad, el otro, mayor, inadaptado, sobrevive en un medio digital cobrando la mitad, conectándose a Bwin cada media hora para ver cómo van sus apuestas e inventándose historias para poder tener visitas y que no le despidan. Mientras, en esa casa donde hablan, la realidad se cuela de vez en cuando y no es una realidad agradable...

- El otro.- En 2005 pasé unos días en un precioso pueblo de Galicia. Uno de esos pueblos de Galicia que arde salvajemente en verano. Éramos un grupo de gente con inquietudes culturales, por utilizar el tópico: una pintora, una compositora de Berklee y un aspirante a escritor. Sin embargo, nosotros no queríamos crear nada allí, solo pasar el verano y hacernos compañía. Jugar al parchís. Todo muy decadente. Cogí más o menos ese ambiente y lo llevé a un grupo de viejos amigos, aburridos, que ven el monte quemarse mientras se destruyen unos a otros y escriben relatos sobre gente que se atreve a hacer cosas, un poco como Francis Macomber en  el relato de Hemingway. Gente que se atreve a hacer cosas, aunque sean terribles. Lo que sea. Algo que no sea la tristeza de la monotonía de la lluvia de ceniza sobre las gallinas.

- La crisis.- Este es el relato que iba a dar nombre a la colección en 2009, cuando Páginas de Espuma se interesó en la publicación e incluso llegamos a reunirnos Juan Casamayor y yo para acabar en nada. En esa reunión, Juan me dijo: "Este libro merece ser publicado" y ese empujón me ha ayudado a seguir luchando todos estos años. El relato en cuestión se ambienta en un festival de cine de Fuerteventura y es un western. Algo complejo, pero un western. Y da miedo, o lo pretende. Una isla que es un inmenso paisaje lunar, un triángulo amoroso, un tipo que está al borde de perder la cabeza y una urbanización fantasma en medio de las dunas y la lluvia.

- Llamadas perdidas.- Siempre meto una historia en la que el lector no sabe lo que está pasando y puede que no lo sepa nunca pero se lo pasa bien. Lo importante es que se lo pase bien. Un músico venido a menos -el hilo común de este libro es la decadencia y la huida o la tentación de la huida como respuesta a esa decadencia- que intenta convencer a una chica con la que tuvo algo de que se vaya a vivir con él. Solo que la chica no quiere irse a vivir con él, prefiere quedarse a vivir con su novio, algo comprensible, en principio... si no fuera porque a veces parece que sí quiere. O que al menos el juego de querer y no querer es tan bonito que merece la pena.

- Autocrítica.- Le puse el nombre por la canción de Vetusta Morla. Me parecía una buena manera de empezar algo aunque al final decidí que sería una buena manera de cerrar algo. Es un delirio. El monólogo interior de un experto en "coaching" que se ve atrapado por los compromisos editoriales e intenta huir de sus propias conferencias. La ilusión de poder vivir de la fama y a la vez prescindir de la fama. Hasta cierto punto, tiene un parecido con el protagonista de "Amaneceres imprevistos", puede que ese tipo del primer capítulo, diez años después, completamente desquiciado y dedicado a los libros de autoayuda, acabara ocupando esa habitación de hotel.

En fin, poco más, que la entrada es gratuita, por supuesto, basta con ir a la hora, o antes, y ya disfrutar de las lecturas y de la música de primer nivel. Me hará una enorme ilusión verles allí.

lunes, marzo 24, 2014

La crisis y el periodismo de barra de bar




Si usted quiere venderme algo tendrá que ser algo que me interese. Si no, sinceramente, no se lo voy a comprar. Que las necesidades sean creadas o no sería otro tema, pero el caso es que sin oferta difícilmente puede haber demanda y si algo es esta crisis, especialmente en el mundo de la industria periodística, es una crisis de la oferta, del descenso constante del nivel de los contenidos hasta convertirlos en obviedades o en topicazos que cualquiera podría soltar en la barra de un bar o en el asiento de atrás de un taxi.

Miren, yo a un taxista le pago por que me lleve de un sitio a otro, pero no le voy a pagar por que me dé las noticias. Creo que es un ejemplo suficientemente claro. De un tiempo a esta parte, las ventas de periódicos han descendido en picado, las televisiones se han llenado de gente sin nivel alguno y la radio sobrevive como puede a base de despidos masivos. En algo tendrá que ver, digo yo, que el periodista se haya resignado a hacer de taxista desaforado o de cliente que se limita a asentir a todo lo que se le dice.

El periodismo tiene una doble vertiente y ha decidido no cuidar, o cuidar mal, sus dos cualidades: la creación y la distribución, es decir, el periodismo puede ser un medio para divulgar una noticia pero también puede crear la noticia en forma de reportaje o investigación. Es más, tiene la suerte de que incluso puede fabricar una noticia artificialmente solo interpretando otra noticia anterior. Juntamos a un montón de tíos para que hablen sobre qué ha pasado en tal sitio y su propia opinión ya se puede convertir en noticia para rellenar programas o páginas posteriores.

Todo esto se define a veces como "acercamiento al público" y puede que tenga que ver con el fenómeno de las redes sociales pero también puede que las redes sociales no sean sino la culminación de este "buen rollito" entre informadores e informados. En cualquier caso, es lo que se está cargando la posibilidad del periodismo como profesión y es increíble la cantidad de profesionales que se están ofreciendo alegremente a participar en el entierro: el periodismo no puede ser algo compartido, no puede reproducir sin más la opinión de cualquiera porque, ¿quién demonios quiere pagar por algo que ya se le ocurre a él solo en el salón de su casa?

Este juego, a todos los niveles, de adular al espectador, al lector, de convencerle de que periodismo es gritar "Hala Madrid" o "Visca el Barça" como él hace con sus amiguetes, que periodismo es soltar invectivas contra "la izquierda" o "la derecha" propias de un trayecto entre Plaza de Castilla y Nuevos Ministerios o que periodismo es reproducir sin más las declaraciones que cualquier dirigente ya puede colgar por su cuenta en su blog o en su cuenta de Twitter o en su televisión de plasma, es perverso para todos y no solo genera una pérdida de valor de la mercancía -insisto en la tesis: ¿por qué pagar por lo que no vale nada?- sino que conlleva otro peligro: la formación de un espectador perezoso.

Mi profesor de la facultad de filosofía, Tomás Pollán, solía hablar del "pacto perverso" entre profesores y estudiantes. Consistía en que unos no se preparaban las clases pero a cambio aprobaban a todo el mundo con exámenes ridículos y a cambio los otros no estudiaban ni aprendían nada pero no se lo echaban en cara al profesor porque así podían llegar a casa con su título listo para enmarcar. Ese pacto perverso lo que fomenta es la pereza y el periodista, precisamente, vive de la curiosidad. Cómo es posible que nadie se haya dado cuenta de esto, que no es una consigna moral sino puramente comercial, qué producto se vende y qué producto ya tiene la gente en su casa cuando invita a su cuñado a comer, me sorprende pero es lo que hay.

Si el periodismo no fomenta la curiosidad, si no vende la perplejidad, lo que está detrás de lo obvio, sino que se limita en enzarzarse en un bucle tuitero, ¿cómo le vamos a pedir luego a nuestros lectores que compartan con nosotros nuestra pereza? ¡Si ya tienen la suya! El periodismo perezoso, un periodismo que puede ser de tribuna en deporte, de partido en política o de declaraciones en la "investigación" solo genera más y más lectores, oyentes y espectadores perezosos. Y en la pereza no hay negocio, señores.

Así que, hagan el favor, ofrezcan productos de calidad, contraten a gente con talento y no a meros bufones que parecen rebosar cocaína. Como dijo Steve Jobs, en aquel discurso tan célebre: "Seguid hambrientos, seguid siendo insensatos", no ya porque sea divertido o porque moralmente sea correcto o por dignidad profesional. Ahórrense los discursos y háganlo porque en ello les van el sueldo y las acciones de la compañía. Agradar al cliente está muy bien pero para eso necesita estar seguro de que es su cliente y decirle sin más "mire, yo no sé más que usted" para complacerle solo sirve para que se lo crea y no vuelva a leerle. Cosa, por otro lado, perfectamente comprensible y que a usted, periodista orgulloso de su barra de bar, le convierte en un irresponsable.

viernes, marzo 21, 2014

Medina del Campo 2014. La gestión de la felicidad



La Chica Velvet habla de su familia y cuando lo hace los ojos le brillan un poco más de lo normal sin que yo pueda saber exactamente si está a punto de echarse a llorar o no, porque la voz sigue siendo la misma, ni una concesión a la angustia que cierra la garganta. Los errores que cometieron nuestros padres y los errores que cometeremos con nuestros hijos. La conciencia del error. Su gestión, si se quiere. Lo que queda al final del día: un perro y un montón de gente que ha intentado quererte lo mejor que ha sabido aunque no siempre se lo hayas puesto fácil.

Estamos en un bar inquietante de Medina del Campo. Algo que no termina de ser nada en concreto: parece el típico lugar de reunión para adolescentes a la salida del cine. Echan un partido absurdo en la televisión, hay rasgos estadounidenses en la decoración pero por lo demás sirven cafés con la displicencia a la que acostumbramos los castellanos. Es el final de la tercera sesión de cortos del Festival y a los dos nos ha gustado bastante, más que el año pasado, al menos en mi caso. La Chica Velvet se irá con su madre a ver "Gloria" y yo me meteré de nuevo en el cine a ver los últimos diez cortometrajes para alcanzar un total de cuarenta.

Ambiente de sábado por la tarde en ciudad de provincias. Un tiempo excelente. Algo que no es euforia, tal vez electricidad estática, recorriendo todavía el cuerpo y las sonrisas.

Si la felicidad se parece a algo, se tiene que parecer a esto: llegar el viernes en tren, sentir que no solo eres uno más sino que incluso puedes llegar a sentirte especial, volver a ver a los viejos amigos, esos amigos a los que solo se ve una vez al año pero da igual, todo queda en el mismo abrazo... apologías del talento, directores entusiastas, actores y actrices de todo tipo, fiesta audiovisual en el Coco´s. Por la mañana del sábado, la repetitiva charla sobre el presente y el futuro del cine español pero con más sangre, porque cuando te aprietan mucho es lo que pasa, que se concentra y acaba saliendo. Después, ya digo, cortos y Chica Velvet. Laura y Roberto en una terraza de la plaza de Segovia.

Medina del Campo es un buen lugar para los altos y bajos. Su festival lo pide a gritos. Empiezas en plena exaltación de la amistad, probablemente borracho, y todo el mundo es tu amigo y a la mañana siguiente no sabes si sentirte culpable o no pero tiras de adrenalina como puedes hasta que llega la hora de comer y entonces es cuando tienes que recurrir a la gestión de verdad, la gestión de lo que queda después de la euforia, que debería ser la felicidad pero a veces es justo lo contrario, una sensación de vacío, de fiesta que se acaba. Así hasta el domingo, un ansiolítico como otro cualquiera, y te deja aplatanado, comiendo hamburguesas en la Cómic, sentado en un banco al sol de la plaza mayor leyendo a Saviano, tomando cafés en el Gloria y viendo goles del Barça en el Coco´s, justo después de que la Chica Velvet haga su propia despedida, Emiliano se muestre de nuevo como el mejor anfitrión posible y el tren haga el camino de vuelta, el que nadie con dos dedos de frente debería hacer.

El que quizá no haría si no supiera que la Chica Diploma y Alvarito me están esperando en Madrid, estación de Chamartín. Ella, intentando demostrar que puede ser la embarazada más guapa del mundo; él, dando patadas todo el rato, como si ya estuviera pidiendo su cuna en el Hotel La Mota.

El Genio


Uno de los últimos recuerdos lúcidos que tengo de mi padre es sentado en el sillón de su habitación en la Ruber, uno de los pocos ratos que pasaba fuera de la cama, porque para entonces ya estaba con morfina y pasaba más tiempo dormido que otra cosa. Mi madre vino a verle y parecía contento. Siempre se alegraba cuando veía a mi madre y yo creo que, entre otras cosas, tenía que ver con el hecho de que mi madre le recordaba su adolescencia o, mejor aún, su postadolescencia de estudiante brillante y batallador en la Autónoma, tiempos de huelgas y protestas y mucha CGT.

A mi padre lo que le sentó fatal fue crecer. Probablemente siempre se resistió a ello y en algún momento dio la sensación de que culpaba a los demás de todo aquel mundo de responsabilidades, rutinas y una comodidad anestésica.  A veces pienso que el problema de mi padre fue quedarse en un término medio: amagar con la huida pero no culminarla, es decir, que quizá él lo que habría querido, sin más, habría sido quitarse de en medio, pero algún sentido de la responsabilidad lo impidió y ahí estaba el pobre, entre dos aguas, entre lo que pudo ser y lo que era y con pocos visos de que las cosas fueran a cambiar en el futuro.

El caso es que ahí estábamos los tres y desde la distancia de un año la verdad es que fue un momento bonito. Siempre es bonito estar con tu padre y con tu madre en una misma habitación, aunque sea de hospital y saber que el que va a morir de los tres tiene al menos un último respiro, esa risa que se descontrolaba a veces cuando recordaba tal o cual nombre de la facultad, tal o cual gamberrada, tal o cual hazaña de chico que iba a comerse el mundo.

Y después de la risa, la tos.

Por entonces, papá ya estaba calvo por la quimio y la radio. Sobre todo por la radio. El médico le dio tres semanas de vida y las cumplió a rajatabla por aquello que decía de su extraño sentido del orden. Su tema favorito era Gaume, "el genio". Llevaba hablando de Gaume desde que yo era un crío. Papá tenía una curiosa concepción del talento y ese talento solo podía ser científico, matemático, físico. Eso si dejamos a Frank Zappa a un lado.

Un par de días antes de ingresarle en el hospital por unos dolores inaguantables y una anemia de caballo, a Gaume le habían dado el Premio Príncipe de Asturias. Bueno, a Gaume no, al CERN, donde trabajaba desde hace años. En realidad, de aquel Luis Gaume quedaba poco porque con los años, casi 60, se había convertido en un Luis Álvarez Gaumé, acentuado, casi irreconocible. Papá parecía orgulloso. Orgulloso de sí mismo, quiero decir. Aquel era el momento, delante de su ex mujer y su hijo, de recordar que una vez sacó más nota que él en un examen de física cuántica, que los dos eran brillantes y además combativos, que eran algo parecido a un equipo, aunque luego Gaume se fuera a Estados Unidos y desapareciera.

Supongo que todo esto, si se piensa, tiene un punto de Breaking Bad -incluso la enfermedad es la misma- pero al menos mi padre no hablaba de Gaume como Walter White hablaba de Grey Matter. No le importaba si le daban premios o no. Lo que le importaba es que una vez le ganó y que eso se lo llevaba para siempre. Una vez fue el genio en lugar de "el genio" y quiero pensar que por unos minutos sintió que su vida había merecido la pena: una ex mujer, un hijo y un genio derrotado. En la tele, James Stewart encañonando indios. La morfina dando paso poco a poco a una nueva dosis de felicidad.

No se imaginan hasta qué punto le echo de menos. Como se echan de menos, supongo, las cosas que nunca se han tenido del todo.

lunes, marzo 10, 2014

11-M, el día que aprendimos que éramos unos miserables


En todos los análisis y especiales sobre el décimo aniversario del 11-M echo en falta una palabra: "Perpignan". Desde luego, los atentados se pueden explicar perfectamente sin recurrir a esa ciudad francesa, pero todo lo que pasó después -y estaremos de acuerdo en que es imposible separar "todo lo que pasó después" del propio 11-M para mayor escarnio de las víctimas, condenadas a la muerte y al abandono- tiene ahí su inicio. 

Empecemos, por tanto, por Perpignan y Carod Rovira. El por entonces líder de ERC y conseller-en-cap de la Generalitat catalana se reúne en enero de 2004 con Josu Ternera y Mikel Antza, reunión que es convenientemente filtrada por ETA y que obliga al vicepresidente del gobierno catalán a dimitir. La noticia provoca un escándalo impresionante porque, además, en el ambiente está que ETA planea un gran atentado: pocos días antes, en Nochebuena de 2003, la policía ha encontrado una mochila con 25 kilos de explosivos lista para ser activada en el tren de Madrid a Irún. 

La noticia es tremenda y crece el miedo: puede que en medio de la evidente descomposición y decadencia de la banda terrorista, especialmente desde que Aznar y Zapatero firmaran el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, determinados grupúsculos hayan optado por una vía más extrema, más propia de los Comandos Autónomos Anticapitalistas, Hipercor, o -la referencia es inevitable- los atentados suicidas de los yihadistas. Que el socio de gobierno del PSC en Cataluña se reúna con esa gente en ese momento es una torpeza que le obliga a la dimisión, aunque él mantenga: "Lo volvería a hacer". 

La situación empeora un mes más tarde, en febrero, cuando ETA anuncia una tregua en Cataluña. Las miradas vuelven a apuntar a Carod: ¿Es eso lo que fue a pedirles?, ¿que antes de atentar miraran el mapa como había reivindicado en un artículo de prensa años antes? Carod lo niega, pero la sospecha se ceba entre los miembros afines al gobierno del PP, enfrascado ya de lleno en el inicio de la campaña electoral del 14 de marzo, en la que se juega mantener o no la mayoría absoluta.

Por oportunismo político, el PP y toda su prensa hacen la simpleza a la que ya nos tienen acostumbrados: Carod Rovira es ETA, por lo tanto ERC es ETA por lo tanto Maragall es ETA... y por lo tanto Zapatero es ETA. Sin esta lógica, en serio, no se entiende nada de lo que pasó después. 

Cuando en la mañana del 11 de marzo, Madrid vive los cuatro peores atentados de la historia de Europa, a la lógica le sigue la necesidad. El Gobierno culpa a ETA por la información policial y por el antecedente de la mochila Madrid-Irún de Nochebuena. El único terrorismo que conocemos aquí -restaurante "El Descanso" aparte, otro montón de víctimas sin reconocimiento- es el de ETA, así que la responsabilidad tiene sentido y en seguida, cuando era imposible saber quién había hecho eso, cuando ni siquiera era necesario saber quién lo había hecho porque el cuidado a los heridos y el respaldo a los familiares debería haber sido lo prioritario, el presidente Aznar, el lehendakari Ibarretxe y el líder de la oposición, José Luis Rodríguez Zapatero, salen a condenar el atentado de ETA, dando por buena una versión que, especialmente a este último, le viene políticamente de pena.

¿Y por qué le viene de pena? Porque sabe que sus rivales son unos miserables. Porque sabe que el PP va a aprovechar los atentados y la autoría de ETA para recordar a Carod y recordar Perpiñán y mandar a sus hordas a que griten "asesinos" a los socialistas. Lo saben o lo intuyen, y por eso se anticipan. Lo que pasó esos tres días fue un auténtico ataque de esquizofrenia. Desde que la propia Batasuna lo adelantara el mismo jueves por la mañana, la opción de un ataque islámico pronto se empezó a barajar y para el viernes ya ocupaba la primera línea de investigación tras encontrarse una cinta reivindicativa cerca del Tanatorio de la M-30.

¿Por qué sabemos todo eso? Porque Ángel Acebes nos lo dijo. En este punto coincido por completo con la versión que Arcadi Espada daba en 2004: la única manera por la que supimos que Acebes y el Gobierno estaban mintiendo cuando nos decían que la responsable era ETA, cuando mandaban cables a las embajadas y a la ONU para forzar a que todo el mundo cerrara filas en torno a esa versión, era porque a la vez Acebes y el Gobierno ponían delante de nuestras narices todos los datos para pensar lo contrario. No hubo nada que no supiéramos, prácticamente nada que no sepamos hoy mismo, que se dijera fuera de una rueda de prensa del Ministro del Interior. Lo única información que se intentó lanzar desde un medio de comunicación fue que la Policía había encontrado rastros de terroristas suicidas. Luego lo desmintieron y por último se autoconcedieron un Premio Ondas para celebrarlo.

Si algo aprendimos aquellos tres días fue hasta qué punto España era un país de miserables. No solo dirigido por miserables sino apoyado por miserables. El PP mantuvo la "convicción moral" -qué cojones es eso- de que había sido ETA por pura estrategia electoral, es decir, cuando a la necesidad le abandonó la lógica. Todo el empeño era que los asesinos dejaran de ser El Tunecino o El Egipcio o Josu Ternera o quien fuera para pasar a ser el PSOE y con el PSOE sus votantes potenciales. A su vez, el PSOE filtró de inmediato la teoría Al Qaeda = Guerra de Irak, obviando cualquier investigación al respecto, para que los suyos pudieran mandarse SMS y rodear las sedes del rival.

Lo impresionante es que aquel desmán acabó en 22 millones de votos para los dos partidos, en la aquiescencia absoluta con ese modo miserable de ver la vida. Los cuerpos aún estaban calientes y todo su afán era repartirse el poder a costa de la mayor fractura posible en una sociedad, que es la de no respetar el luto, no apoyar a los necesitados, sino acusarse, una mitad a la otra, de los crímenes que ninguno había cometido. ETA podría haber matado a 191 personas en un tren sin necesidad de Carod Rovira y Al Qaeda pudo hacerlo sin necesidad de Irak, pero para qué pararse tan lejos: si era ETA, la culpa era de Zapatero. Si era Al Qaeda la culpa era de Aznar. Punto. 

Yo no sé si que esto se obvie es bueno o no. Puede que sea una señal de que hemos pasado página pero más bien creo que nos da vergüenza recordar hasta qué punto estuvimos cerca de un conflicto puramente civil, hasta qué punto nos pusieron ahí esta panda de miserables y hasta qué punto les creímos o les seguimos o consiguieron que nos involucráramos a favor o en contra de su propia miseria. El tiempo ha pasado y lo que quedan son teorías conspirativas y versiones oficiales que no satisfacen porque no son lo que nos vendieron, porque no son las de "los nuestros", en definitiva. España no va a superar el 11-M hasta que no entienda que lo que tiene que superar no tiene nada que ver con el 11-M sino con el 12, el 13 y el 14. 

Fue Al Qaeda y ganó Zapatero. Podría haber sido ETA y habría arrasado el PP. Así de triste.

Media España gritándole "asesina" a la otra media según salía un parte informativo u otro.

Y en medio, las víctimas. Tuvieron que pasar muchos meses hasta que Pilar Manjón acudió al Congreso, a esa bochornosa comisión de investigación en la que todo el mundo decidió enrocarse en su vómito. Manjón dijo "no nos están haciendo ningún caso, siguen ustedes a lo vuestro" y tenía razón. ¡Si incluso hoy el PP intenta convencernos de que todas las víctimas de ETA son de derechas y Zapatero soltaba el otro día a Risto Mejide que los familiares de las víctimas del 11-M le jaleaban en los tanatorios, los restos de sus hermanos, esposas, padres aún humeantes, porque "como es lógico, estaban a favor del cambio"! Ese es el nivel y lo sigue siendo. Esa es la miseria. Probablemente siempre lo hayamos sido y probablemente lo seremos siempre, pero nunca como en esos tres días nos lo mostramos los unos a los otros de manera más fehaciente.

No es de extrañar que desde entonces ni una novela ni una película ni un documental mínimamente serio haya conseguido ningún éxito a la hora de tratar el tema. Comparen, si quieren, con el 11-S.