viernes, noviembre 11, 2016

En la muerte de Leonard Cohen



Hay un momento en la vida de todo hombre en el que busca a "Suzanne" desesperadamente. Un momento de entrega, vaya. Then she takes you on her wavelength and you let the river answer that you´ve always been her lover. Quizá, después de todo, el amor no sea sino eso: obviar la reflexión y girar como un satélite. "Suzanne" en Grecia, "Suzanne" en La Elipa, "Suzanne" en todas las mujeres en torno a las que gravitaba a los quince, los dieciséis, los diecisiete años... Esas mujeres fuertes y magnéticas, ese chico con vocación de desvalido.

Leonard Cohen era muchas cosas pero supongo que, sobre todo, era mi madre. Sus cintas naranjas por los estantes con una caligrafía dudosa. Leonard Cohen por todos lados, como minas que uno intenta esquivar para seguir su propio camino. Nadie elige a los ídolos de los demás. He pasado cuarenta años de mi vida sin escuchar un disco de Frank Zappa y dudo que haya escuchado uno entero de Cohen, más allá del impacto que, a los once años, supuso verle tan serio, tan sombrero negro, tan Manhattan y Berlín en la televisión pública.

Desde esta distancia del pudor, Cohen siempre me pareció mejor letrista que Dylan o que Simon. Mejor "poeta", como se dice ahora. Un poeta romántico, por supuesto, pero también un poeta con mala leche, el poeta irónico de "Everybody knows", la banda sonora de los últimos treinta años y una canción extrañamente infravalorada. Ahí salen todos: de Gordon Gekko a Donald Trump, sin citar a nadie. El mundo que queda, el que intentamos analizar no es sino el mundo después de "Everybody knows", un mundo en el que todo está permitido, incluso el dislate.

La muerte de Cohen, como la de Bowie, llega después de la publicación de disco. Cuesta pensar en cómo se las apañaron para aguantar hasta el último momento al pie del cañón. Cohen, como Woody Allen, parecía intentar engañar a la muerte cambiando continuamente de dirección y nos hizo creer a todos que podía llegar a ser inmortal. Ni siquiera le creímos cuando nos explicó con su pausa habitual que no, que se moría, que no quedaba nada, que Marianne estaba otra vez más cerca de sus brazos. Los asteroides rugen y nosotros cerramos los ojos para que no nos golpeen.

Así nos va.

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Ganó Trump. Fue una sorpresa y no fue una sorpresa. Su triunfo sigue la lógica de este artículo, que ha pasado injustamente inadvertido. El mundo es un lugar mucho más peligroso, pero no por Trump sino por los que ahí le han colocado. Aunque ahora saliera a decir: "No, no, no, todo ha sido una broma", algo así como Richard Pryor en "El gran despilfarro", cincuenta millones de estadounidenses le exigirían la barbarie. Más que nada porque él les prometió que si él ganaba, el presidente serían ellos. La gente. Su gente. La que se define solo por oposición. Los amantes de la nada. La masa y su rebeldía.

martes, noviembre 01, 2016

La banalización del bien o por qué Donald Trump puede ganar las elecciones



Hay distintas interpretaciones sobre lo que puede ser "la banalidad del mal". En su origen, es decir, en Hannah Arendt y el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén, la frase aludía a la capacidad de cualquiera para hacer el mal como una cosa casi funcionarial, del día a día, sin necesidad de graves psicopatías. Así, Eichmann, el tímido y ordenado Eichmann, volcado en su escritorio, haciendo números y organizando el transporte de los judíos de toda Europa hacia Auschwitz, sus cámaras de gas y sus crematorios.

También podría considerarse "banalidad del mal" no ya a atribuir al mal causas o comportamientos banales, habituales, que forman parte de la vida diaria, sino a extender el adjetivo a cualquier cosa, de manera que de tanto estar en todos lados, el mal se acabe convirtiendo precisamente en algo vulgar, ordinario. Un claro ejemplo sería el "Todo es ETA" que se puso tan de moda durante tanto tiempo. Aquella barbaridad no hacía sino banalizar el terror con mayúsculas, el verdadero, el de las bombas y los tiros en la nuca y los entierros y la extorsión. Cuando todo es ETA, había que concluir, ETA acababa no siendo nada, y eso era terrible.

Sin embargo, lo que está de moda ahora es, en cierto modo, banalizar el bien. Eso, al menos, pensaba yo mientras veía la indignación institucionalizada en la investidura de Mariano Rajoy del pasado sábado. Hasta qué punto hemos hecho del bien algo tan habitual que lo hemos olvidado y ahora resulta que todo es horrible y todo es una vergüenza y todo hay que cambiarlo de arriba abajo y nada sirve... el bien se ha hecho algo tan habitual que su ausencia en cualquier aspecto de nuestra vida nos resulta intolerable.

Si se piensa, debería ser una buena noticia, pero no lo es en absoluto en el momento en el que uno se engancha al bien como si fuera un derecho inalienable, una condición "de suyo" de la naturaleza y todo lo que le aleja del mismo se convierte en objeto de rencor y odio.

En esto tiene mucho que ver la publicidad, por supuesto. Ya lo explicaba en aquel librito que publiqué en su momento sobre la acampada de Sol de 2011. La coincidencia de una serie de anuncios y de narrativas que apuntaban a la liberación absoluta del individuo mediante la consecución inmediata de sus deseos. "Tú decides", "tú puedes cambiar", "tú eres la hostia puta... y no te mereces nada menos que esto que te estoy vendiendo". Incluso el cristianismo te obligaba a esperar mil años a que el bien triunfara sobre el mal y encontraras tu recompensa. Ahora, todo es exprés.

Y como es exprés y es gratis, ha de conseguirse de inmediato y según mis propias condiciones. Ese es el populismo de hoy en día y es curioso ver cómo difiere del nacionalismo con el que a menudo -incomprensiblemente- se alía. La cultura, el entorno, la sociedad, sus leyes... como opresores del individuo. Todo, al final, es culpa de otro. Absolutamente todo. Y nada va bien, por supuesto. Todo es un horror. El mensaje cala en España, cala en Europa y está a punto de calar a lo grande en Estados Unidos, en lo que sería sin duda un momento realmente histórico de nuestra civilización, el momento en el que un hombre -Trump- no solo se erige en Mesías salvador y redentor sino que renuncia a ser líder de nada.

Porque no hay en Trump idea alguna, ni siquiera patriotismo más allá del eslogan. Su "Make America Great Again" no dice nada de América y solo pretende apelar al ego herido de cada uno de sus votantes potenciales: "Lo que TÚ podrías llegar a ser si yo gobernara este país y no esa casta podrida de Washington". En esencia es el mismo mensaje que el de Pablo Iglesias pero sin tanta matraca de lucha de clases. Precisamente por eso todos los ataques de campaña han acabado beneficiándole de alguna manera: Trump es un hombre que necesita demostrar que no le hace falta un partido detrás, que no necesita los más mínimos modales de conducta y que puede hacer con los demás -mujeres, inmigrantes, quién sea si le molesta...- lo que se le antoje. Un maverick, por decirlo en la jerga del siglo XIX.

Ese y no otro es su mensaje y eso y no otra cosa es lo que atrae a decenas de millones de estadounidenses. Esa sublimación estética de acabar votando a Patrick Bateman, convencidos de que el riesgo siempre será para los otros y nunca para ellos mismos, que son la hostia también, como los clientes de Orange. En eso estamos todos y mientras tanto, "el bien" o lo que queda del bien, es decir, un estado de razonable bienestar, unas mejoras pactadas, unos acuerdos entre iguales, una ciudadanía activa que no se divida en justos e injustos... va cayendo en el más absoluto olvido. Primero, porque demasiados lo dieron tan por hecho que se olvidaron de cuidarlo; segundo, porque los egos no entienden de consensos, solo de voluntades.

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Con todo, a mí siempre me parecía que había algo tierno en la manera en que Bisbal llamaba "Laura" a Chenoa. Todos los demás lo hacían en privado pero él lo hacía en público: siempre Laura, siempre ella, sin artificios. Me parecía una bonita manera de no poner distancia, de reconocer el vínculo a pesar de los años. La persona que es artista y no la artista que, saquemos los pañuelos, también es persona. Había ahí algo tan bonito y tan cómplice que quizá no hacía falta hacerlo público, con discursos de por medio y repeticiones de moviola. Pero no contábamos con la torpeza humana, claro. Entre las características del egomaníaco del siglo XXI está también el absoluto desprecio a mostrar cuando se puede explicar a gritos sobre un escenario.

domingo, octubre 30, 2016

Yeah, yeah, yeah!


La lectura de "Yeah! Yeah! Yeah!", de Bob Stanley, acaba siendo tan placentera como esperaba. Son más de setecientas páginas pero irremediablemente se queda corto. De entrada, el cierre en torno a finales de los noventa no deja de parecer demasiado arbitrario y aparte todos tenemos en nuestro corazón un grupo o un cantante al que Stanley ha pasado por alto o le ha dedicado demasiado poco tiempo en beneficio de otros que no nos interesan en absoluto.

Está bien, en cualquier caso. Este tipo de sistematizaciones sobre la estética requieren una cierta frialdad o corren el riesgo de salirse por completo de madre. De Stanley se agradece precisamente su falta de entusiasmo, su ausencia de juicio sumario a cada tendencia de la música pop. Uno tiene que aceptar el listado como el que acepta que el árbitro pite córner, sin tomárselo como algo personal. El repaso desde principios de los cincuenta al albor del nuevo siglo es convincente, exhaustivo y coherente, forma un relato sólido sin necesidad de excentricidades.

Otra cosa, insisto, es el lector, es decir, el oyente. El que iba a conciertos de Blur y le parecían la leche o el que echa de menos un capítulo sobre U2 que vaya más allá de la etiqueta "mesiánica" de sus primeros años. Incluso, por pedir, cientos de anexos sobre cómo cada uno de los grandes grupos evolucionó y encajó -o no encajó en absoluto- en cada uno de los movimientos señalados, de manera que yo pueda salir de dudas y entienda de una vez qué demonios pintó el maravilloso "Zooropa" en la historia de la música.

No quiere decir esto que Stanley sea un notario, sin más. No, se notan sus filias y sus fobias pero no te las impone porque entiende que ya tienes una edad y no te va a hacer mucha gracia. Su análisis de Kurt Cobain es brillante, cariñoso incluso; el del "brit pop" se me hace un poco cruel pero, claro, yo no era británico por entonces y a mí no me intentaban meter por los oídos a Oasis en cada discoteca. Por poner una última pega -todo esto no son sino matices a la excelencia- habría estado bien profundizar en el pop europeo más allá del capítulo dedicado a ABBA y las fugaces referencias a Dutronc, Hardy o Gainsbourg.

Pero, ya digo, el libro tiene setecientas páginas. Mil setecientas igual se habrían hecho un poco largas.

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Mis tíos me regalaron "En cuerpo y en lo otro", de David Foster Wallace por mi boda, es decir, hace ya más de tres años. Leer o no leer a DFW es una decisión que lleva tiempo. Demasiadas voces alrededor, demasiado ruido. Eso que el libro empieza con el famoso artículo sobre Roger Federer y la final de Wimbledon 2006, es decir, cuando todo esto no hacía casi sino empezar. Es un artículo maravilloso, por mucho que lo juzgara mal la primera vez que lo leí, por mucho que la traducción sea pésima y por mucho que se haga corto. ¿Qué podría haber hecho Wallace de haber narrado igual los tres años de rivalidad enconada con Nadal, cuatro si incluimos 2009 y la final de Australia ?

Sin embargo, todo esto más o menos me lo esperaba. No tanto el siguiente artículo, sobre la nueva narrativa juvenil estadounidense, escrito a finales de los ochenta, es decir, cuando ser joven era, básicamente, ser Bret Easton Ellis o Jay McInerney. Llama la atención el rigor, nada de estupendismos ni de guiños generacionales. Wallace se incluye en la lista pero sin aspavientos. Se lo toma en serio, que es lo que más se echa de menos entre los jóvenes autores españoles y quizá, solo quizá, lo que estaba detrás del torpe artículo de Lomana sobre "cipotudos".

Tal vez me equivoque, pero se pueden contar con los dedos de una mano los escritores actuales capaces de hacer un ensayo tan riguroso, tan bien escrito, con tan pocos artificios. Yo, desde luego, no estaría entre ellos; me da la sensación de que aquí vivimos todos demasiado rápido, como si quisiéramos vendernos todo el rato a no sé qué postor imaginario y nos inventáramos de paso las condiciones de la subasta.

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Es el pudor, no cabe duda. Algo en la realidad que da vergüenza convertir en literatura, es decir, en estética. No sé explicarlo pero siempre ha sido así. La narrativa de la Chica Langosta, de lo que nunca pudo ser, en vez de enfrentarse con el aquí y el ahora. Todo con retraso. El pudor de la felicidad, claro, porque la infelicidad es casi necesario sacudírsela de encima por completo. Por ejemplo, la Toscana, el pudor de la Toscana con la Chica Diploma y yo haciendo de Paul Simon y Carrie Fisher en Nuevo México.

Mi padre llevaba solo seis meses muerto y nuestro matrimonio solo cinco días vivo. Nos hacía gracia lo nuevo, que, a falta de papeles, eran los anillos. Como estábamos cansados -yo vivía cansado, ella estaba embarazada y no lo sabía- de vez en cuando juntábamos los anillos y apelábamos a su poder mientras hacíamos con la boca un ruido eléctrico de dibujos animados. Los anocheceres en Siena, las avispas en Florencia, los lagos suizos a la vista de una copa de vino. El tiempo detenido, como debe ser. La tregua.

Pero no, eso no es fácil contarlo, precisamente porque la Chica Diploma sigue siendo mi esposa, los anillos siguen siendo los mismos -o más o menos- y ya no hay Toscana pero hay Girona, no hay embarazo sino que hay niño, no hay el mismo cansancio pero hay un sueño atroz, de tos de madrugada. Y, claro, contarlo aquí, sin más, tiene algo de desnudarse que no es fácil asumir cuando sigues pensando que te sobran kilos por todas partes.

sábado, octubre 22, 2016

A vueltas con la prosa cipotuda


Fotomontaje que ilustra el artículo en cuestión en el diario El Español

Publica Íñigo F. Lomana en "El Español" un artículo sobre lo que él llama "la prosa cipotuda" de la gran mayoría de los columnistas de moda, todos nacidos en los setenta salvo el sorprendente  Arturo Pérez-Reverte, al que cabe entender que se le considera el padre fundador del estilo. El término apela a la profunda masculinidad de sus escritos, es decir, a un exceso de chicas, borracheras, drogas y malditismo. Entre los nombres abundantemente citados están Antonio Lucas, Juan Tallón, Manuel Jabois y Jorge Bustos.

No seré yo quien critique al que señala al emperador desnudo. En efecto, todos estos autores tienen tics que a menudo me irritan y se ha creado a su alrededor un halo incomprensible de infalibilidad que hace que puedan escribir cualquier cosa y hacerla pasar por algo parecido a la poesía, embadurnándola un poco de estética barata. Ellos lo saben, no creo que ninguno se ofenda por esto; a la mayoría los conozco desde hace años, hemos compartido cabeceras y han recibido todos los elogios que he considerado oportunos, que han sido muchos porque mucho es su talento.

El problema del artículo de Lomana es que tiene un punto de "oigo campanas pero no sé muy bien dónde". ¿Hay un exceso de masculinidad en la nueva prosa columnista española? Sí, es probable. Ahora bien, yo diría que destaca por la fragilidad de ese rol masculino, algo que no está en Reverte ni por asomo. Yo siempre imagino a Jabois -sin duda el más talentoso de todos ellos- como a Manuel Manquiña al final de Airbag, cantando "Tú tenías tanta razón..." a su esposa mientras le confiesa por teléfono que su vida es "demasiado estresante... interesante no, mujer, estresante". A mí Jabois me gana cuando habla de Massimo Ghirotto y evoca el "Éramos tan felices" de Michi Panero pero sin tanta pose. Me parece que borda ese enfoque de eterno post-adolescente.

Los demás tienen páginas horribles y frases espeluznantes, pero también tienen intuiciones geniales. Lo que me parece injusto del artículo de Lomana es que esas genialidades se obvien. Siempre he defendido que en los medios haya más columnistas "serios", ahora que el término está tan mal considerado. Columnistas que se anden menos por las ramas y que se peleen más con la realidad, a lo Savater, cuyo testigo sigue sin recoger nadie y que nunca escribe una palabra de más. Otra de las cosas que me ponen nervioso de los "estetas" es su necesidad de recurrir siempre a una cita y a dos metáforas a lo Ray Loriga en "Héroes". No porque no me guste o porque yo no lo haga, sino porque no creo que el recurso dé como para abusar tanto de él.

Lomana no menciona lo de las citas y me resulta extraño en una investigación tan minuciosa. Lo del "extremo centro" no está bien explicado y no es atribuible a todos los autores. Me suena todo demasiado a la "derecha JotDown" de Quique Peinado, un mero palo de ciego.

En cualquier caso, lo que me disgusta profundamente es ese punto "ad hominem" que impregna todo su artículo. El autor apela al fantástico "Estilo rico, estilo pobre" de Luis Magrinyà pero solo se queda con la peor parte del libro, con lo accesorio, es decir, con el cotilleo. El libro de Magrinyà es un manual maravilloso para saber cómo escribir y, sobre todo, para saber cómo no escribir. En eso estamos todos, intentando aprender. Obviamente, para ello recurre a ejemplos de autores con nombres y apellidos, pero siempre dentro de un contexto muy explicado. Magrinyà tiene sus filias y sus fobias, pero nadie puede entender su libro como un ataque personal sino como una crítica a la exageración del estilo con el fin de mejorar los libros, no necesariamente a sus autores.

No hay nada de eso en Lomana, lo suyo es un ataque sin más, una especie de burla a una serie de autores con una explicación teórica pobre, un par de chanzas sin demasiada gracia y una selección muy parcial de sus textos. No sé si es decisión suya poner sus fotos como ilustración del texto, algo que suena a ajuste de cuentas, pero desde luego no ayuda. ¿Era necesario un artículo así? Por supuesto. La cosa había ido demasiado lejos, aunque sigo pensando que el problema no es de los autores citados ni de su estilo sino de la decisión editorial de prescindir de cualquier otro tipo de narración periodística. ¿Tiene un punto demasiado amargo? Sin duda. Sea o no la intención del autor, que la desconozco, todo su artículo me parece innecesariamente agresivo y personalista. Cipotudo, en una palabra.

miércoles, octubre 19, 2016

And tonight I´m only waiting for the moon to rise



Lo bueno de los amores no correspondidos es lo que se aprende. Te conviertes en una esponja de todo lo que le gusta, todo lo que le interesa, la música que escucha, los libros que lee... Es cierto que todo eso se podría dar también en el amor correspondido pero ahí solo puedo echarle la culpa a mi indolencia y reconocer que, si me pones las cosas fáciles, tiendo a acomodarme. Aparte, los amores correspondidos dan para poca literatura y siempre he pensado que está bien así, no alarms and no surprises, please lo que supongo que me convierte en un buen marido y un buen padre pero quizá, admitámoslo, un amante algo aburrido, con los riesgos (paradójicamente) que eso conlleva.

De los amores no correspondidos, en cambio, han surgido cosas maravillosas más allá de los discos de los Panchos. Franco Battiato y Steinbeck, por ejemplo. O aquella chica que me descubrió a Belle and Sebastian hasta el punto de que acabamos yendo juntos a un concierto en Aqualung el día antes de que Al Qaeda sembrara Madrid de mochilas bomba. La música tapa huecos, esa es su principal virtud. Tapa el desamor, por ejemplo, pero también acompaña. Acompaña la euforia de los primeros momentos o de los pequeños pasos. Llegué a creer que Air había compuesto un disco solo para nosotros. No es que fuera un gran disco pero lo nuestro tampoco era gran cosa.

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A la columna de hoy de Federico Jiménez Losantos le sobran los dos o tres párrafos finales, que son los de los viejos demonios, es decir, los de relleno. Los dos primeros, en cambio, son magníficos, sobre todo aquel en el que recuerda los mensajes de Pablo Iglesias a Monedero y cómo fantaseaba con azotar a Mariló Montero hasta que sangrara. Los colectivos feministas callaron y la izquierda hizo piña: aquello era una conversación privada y en ningún momento Pablo...

Ahora imaginen esa misma frase en boca de Donald Trump.

El problema es que no nos demos cuenta de que es lo mismo, exactamente lo mismo. La misma mentalidad, al menos. Trump se jacta de que lo hace, Iglesias se limita a ser violador en sueños. Puede que sea verdad que las conductas en lo privado -el famoso "locker room talk"- no afectan a las conductas en lo público, pero en este caso no veo cómo. Indignaciones aparte, bueno sería que Iglesias leyera el artículo o se releyera a sí mismo y se preguntara cuánto hay de machismo cavernario en muchas de sus actitudes. Mejor aún, que nuestro compromiso contra el sexismo no dependiera del sexista en cuestión.

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Lo que más me gustaba del 15-M, lo que me mantuvo una semana en Sol casi día y noche, era que no se parecía en nada a la universidad, esas asambleas dirigidas donde los de las asociaciones convocantes se dedicaban a silenciar o directamente a insultar a cualquiera que les llevara la contraria. En ningún sitio he visto que la intimidación y la agresividad ideológica se toleraran tan bien como en aquellas reuniones de la Autónoma, como si fuera lo más normal del mundo. Un profesor de ética, sin ir más lejos, nos invitó a "liarnos a hostias" con los fachas después de una de las numerosas agresiones de skinheads de aquellos locos noventa.

Por entonces, a Felipe González ya se le abucheaba y se le cortaba el paso para deleite, por cierto, de los Jiménez Losantos de turno, encantados por que la juventud hubiera recobrado el pulso. Al parecer, el paso de los años no ha servido de mucho y escuchar sigue estando considerado tan peligroso que es mejor no intentarlo. No solo no intentarlo, que eso es bien sencillo, sino prohibirlo a los demás. Guardar al rebaño. Ellos son la verdad y el camino y deciden por ti. El que nos gusta, entra; el que no nos gusta, fuera. Así ha sido y así sigue siendo. De sus profesores mejor ni hablamos.

lunes, octubre 17, 2016

Bisbal, Chenoa y un montón de gente extraña



De "OT: el reencuentro", la sucesión de especiales -concierto incluido- que tiene preparada TVE  coincidiendo con el decimoquinto aniversario del programa, se ha escrito mucho, así que mejor será hablar de mí. En 2001, tenía 24 años, comentaba los programas con unas amigas por Messenger y me enamoraba de una chica con nombre de canción. Me gustaban Natalia, Vero y Chenoa, sobre todo Chenoa, como a media España. Los chicos me resultaban algo ajenos, eran todos demasiado felices o se molestaban demasiado en aparentarlo.

El tiempo es un espejo algo cruel. No lo digo por ellos, aunque también, sino por lo que tienen precisamente de reflejo de uno mismo. Misma generación, mismas edades, mismas caras de niños convertidas en algo parecido a la madurez pero que a veces se puede confundir con la mediocridad y sus abismos. Intentar recordar al Guille que veía esos programas, que escuchaba esas canciones, que participó de aquella locura de masas como había participado un año antes de la de Gran Hermano... Hace poco publicaba aquí una especie de entrevista con el pasado y ese pasado remitía al mismo año, puede que al mismo mes. Cada imagen, en 2016, es una imagen de "la juventud", por decirlo con Sorrentino. Lo que está ahí afuera.

Por lo demás, el programa se hacía ameno. Muchos hablan de "juguetes rotos". Yo no vi ninguno. Puede que determinados términos los utilicemos con demasiada ligereza. A prácticamente todos les ha ido bien en la vida. La mayoría no son grandes estrellas de la música pero creo que pueden vivir con ello. Viven en Estados Unidos o presentan programas de segunda fila o se limitan a tocar la guitarra en casoplones que ya quisiera yo para mi familia.

Creo que a todos nos chocó la actitud de Bisbal, esa cara de perplejidad constante. No me atrevería a decir que ese juguete está roto, pero desde luego necesita pilas. O un enchufe. Incluso Juan Camús parecía más a gusto ahí que él, siempre ausente, las ojeras ya parte irremediable de su gesto, demasiado jet-lag acumulado. Chenoa, en cambio, estaba radiante. El realizador debió de darse cuenta porque decidió sacar todos sus planos. Hizo bien. Había algo ahí de mujer que sabe perfectamente lo que hacer con su vida. Que siempre lo ha sabido, por otro lado.

La Chica Ratón y yo les llamábamos "la cherola y el bisbi". Creo que lo oímos en algún reportaje en un mercado de barrio. Lenguaje de verduleros que tanto gusta a los niños bien de Santa Hortensia. De hecho, la Chica Ratón siempre se dio un aire a Chenoa. No era la chica más guapa del mundo, pero a veces lo parecía; o, más bien, a veces te convencía de ello con toda naturalidad.

O tú te dejabas convencer, vaya, que viene a ser lo mismo, Suzanne takes your hand and she leads you to the river...

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El Premio Nobel de literatura se ha convertido en algo así como el Balón de Oro de los intensitos. Demasiada polémica para tan poca cosa. Que si Cristiano, que si Messi. Más interesantes son los debates que surgen en torno a qué es literatura. Demasiado complejos en ocasiones, pero supongo que el tema lo merece. Si Bob Dylan -si cualquier letrista, pongan el nombre que les apetezca y acabemos con esto- puede ser Premio Nobel, ¿dónde se coloca el límite de la interdisciplinariedad? Pongamos que Dylan sea un excelente poeta, cosa que, sinceramente, no me he parado a pensar, ¿podrían los guionistas ocupar el lugar de los dramaturgos; los columnistas o reporteros el de los ensayistas en sentido estricto?

En definitiva, ¿hace falta publicar un libro para ser un escritor? O, más allá, ¿hace falta ser escritor para hacer literatura? Creo que son preguntas muy importantes para una teoría del género. Otra cosa es lo que yo piense de la teoría en algo tan práctico como es sentarte a leer o sentarte a escribir. Disfrutar, en definitiva. Como cantaba Blur, you´re taking the fun out of everything; you´re making me think when I don´t wanna think y sí, quizá estos tiempos todo consista en eso, en complicar demasiado las cosas, no ya por un exceso de pensamiento -todo lo contrario- sino por un exceso de opinión.

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Mi hermano me dice que echa de menos un periódico -digital, no pide tanto- que sea de deporte pero, hasta cierto punto, deporte minoritario. Eso no excluye el fútbol como tal, pero desde luego excluye peinados, penaltis y multas de tráfico. Una manera de seguir a Simone Biles fuera de los Juegos Olímpicos, de comentar las clásicas de ciclismo, de analizar qué torneos quedan para clasificarse para las World Tour Finals de tenis y así sucesivamente... Si funciona durante dos semanas cada cuatro años, ¿por qué no va a funcionar moderadamente el resto de la olimpiada?

Le digo que no, que es imposible. Que normalmente cada aficionado de uno de estos deportes no lo es de los demás y ya tiene dónde buscar esa información en páginas especializadas. Que no hace falta un contenedor como tal. Le digo todo esto y a la vez me pregunto si es verdad, es decir, me da la sensación de que no estoy sino argumentando a partir de la premisa de que alguien lo ha intentado antes y ha fracasado. ¿Y si no fuera así? ¿Y si después de todo nadie se hubiera atrevido en serio con un modelo mínimamente viable y comedido? En ese caso, cuenten conmigo.

jueves, octubre 13, 2016

"Gimme shelter" o el placer de ver tu propia autodestrucción en la tele



Hay algo fascinante en "Gimme shelter" que va más allá del concierto de Altamont y todo lo que eso conllevó, tanto musicalmente -impresionante el orgasmo prolongado de Tina Turner en medio del "I´ve been loving you too long"- como socialmente -la cantidad de zombis alucinados hasta arriba de LSD, sonrisa estúpida en la cara, movimientos espasmódicos, miradas perdidas, completamente desnudos caminando hacia no se sabe dónde, quizá alguna estrella de rock- y son las imágenes de los Rolling Stones asistiendo impertérritos a su propio desastre.

Mick Jagger viendo cómo Mick Jagger hace el ridículo, soltando "rubbish" ante su pose de graciosillo en rueda de prensa o quedándose atónito cuando se ve a sí mismo en el escenario, hablando a su público rollo predicador hippie: "Brothers, sisters... let´s cool out, everybody cool out". Están ahí todos, en la sala de montaje, viendo lo que ya habían visto y lo que intuían: las colas de coches, el exceso de drogas, los Ángeles del Infierno haciendo su aparición en sus ruidosas motos y liándose a batazos con todo el que se pusiera delante...

No solo eso, porque ahí podrían lavarse hasta cierto punto las manos -no, llamar a los Ángeles del Infierno no fue una buena idea, pero quién podría haber imaginado...- sino también las imágenes de la preparación exprés del festival: las llamadas desesperadas de última hora para conseguir suficiente terreno para coches, asistentes, músicos... cuando el festival llevaba ya semanas anunciado, los Stones estaban ya en San Francisco y cientos de miles de personas viajaban en su coche a la tierra prometida, es decir, California.

El cinismo. Me quedaría con algo que parece cinismo de banda de rock and roll, de "bueno, esto ha sido horrible, vamos a otra cosa". El ridículo del propio Jagger contorsionándose en el escenario mientras a pocos metros las navajas acaban con todo. El exceso de la estética. Keith Richard empeñado en continuar el ritmo de "Simpathy for the devil" mientras un hombre muere apuñalado en la tercera fila. Esto no va con nosotros.

Por otro lado, hay un rasgo de honestidad, probablemente producto de indiferencia. Está todo ahí, en el documental. Ellos lo organizaron, ellos lo editaron, ellos dieron el visto bueno y ellos lo protagonizaron, tanto dentro de Altamont como fuera. No hay censuras. En tiempos como los actuales en los que todo es artificio y por lo tanto no hay nada que censurar, se agradece encontrarse con algo así.

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El Partido Republicano reniega de Donald Trump. No es ninguna novedad y no sé hasta qué punto eso afecta a sus opciones electorales porque al fin y al cabo, si los votantes republicanos eligieron a Trump en primarias fue precisamente porque tenía a todo su partido ya en contra por entonces . En esencia, Trump es un antisistema y pavonea constantemente de ello. Un multimillonario antisistema, un concepto del odio a la inversa. En la magnífica entrevista que publicaba ayer El Mundo entre Cayetana Álvarez de Toledo y Nicolas Sarkozy se observa una deriva similar. El eslogan de Sarko podría ser: "Make France Great Again" y no pasaría nada.

La apelación al pueblo y al odio del pueblo. Odio a Washington, odio a los inmigrantes, odio a los periodistas, odio a los políticos, odio a los burgueses parisinos, odio a los intelectuales listillos, odio a las cutre-estrellas de televisión. Odio a todo. En la cultura del odio vivimos desde hace al menos un par de décadas -aquí encontrarán varias referencias al respecto y Twitter no ha hecho sino consagrar la tendencia- y Trump no es más ejemplo que cualquier otro político que se niega a ser político, es decir, a intermediar, y se empeña en coquetear con un pueblo que al final no es más que "su" pueblo, es decir, los suyos.

En ese sentido, es probable que algunos de esos "suyos" estuvieran ahí por lealtad al partido. Hablamos de tantas decenas de millones de votantes potenciales que alguno se te tiene que escapar. Sin embargo, el núcleo está ahí, impermeable a todo tipo de lógica y de racionalidad. No ya la falta de interés ante cualquier fact-checking sino el odio visceral al fact-checking, ese diabólico invento de izquierdistas o, en general, de cualquiera ajeno a la tribu.

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Miquel Iceta en la SER: "El PSOE no puede abstenerse ante un gobierno conservador porque hay que mirar más allá del cortísimo plazo y pensar que facilitando ese gobierno, quedaría inhabilitado para hacer oposición". Curiosa concepción de la política, de nuevo. Es decir, todo lo que no sea odio, no vale. En cualquier caso, lo tremendo es que Iceta prefiera abiertamente el medio plazo, es decir, unas terceras elecciones tras las que el PSOE no estuviera inhabilitado "moralmente" para hacer oposición sino que la cuestión fuera directamente aritmética. Honra sin barcos. Siglo XVI.

domingo, octubre 09, 2016

El hombre es un lobo no solo para el hombre



De entre todas las canciones revanchistas, "Romeo and Juliet" destaca por su desolación mezclada con una especie de estupefacción adolescente. No entiendo nada de lo que está pasando. Escuchada un domingo por la mañana en la sierra de Madrid, hay algo al principio de la canción que le hace a uno pensar que está ante un machirulo narrando agravios, pero esa sensación pronto desaparece. Es cierto que ahí están los reproches y el "lo que podríamos haber sido juntos, nena" pero no hay mucha diferencia con respecto al "You oughta know", de Alanis Morrisette e incluso podemos decir que, en este caso, Mark Knopfler, en comparación, está incluso comedido.

El Romeo de Dire Straits no es un acosador, de ser algo sería un pagafantas. Un Winnie the Pooh que se queja de que Christopher Robin se haya buscado otros juguetes. De hecho, la mayoría de los reproches responden al estereotipo cultural femenino: "When we made love, you used to cry" o "I dreamed your dream for you and now your dream is real, how can you look at me as if I was just another one of your deals?" Sí, el "dos contra el mundo" tan masculino pero con un toque de "it´s my party and I cry if I want to".

Por no comentar el "oh, Romeo, yeah... you know, I used to have a scene with him" tan de chico popular de instituto que desprecia a la chica-no-animadora delante de sus amigotes. En realidad, toda la canción es eso, un "me hiciste creer que era especial y ahora resulta que el especial es otro" pero con cierta dignidad, la del que espera fuera de foco para cantar serenatas de madrugada. Poco más que un tuno, vaya.

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Gracias a Juan Soto Ivars llego al Facebook de una mujer que murió la semana pasada a manos de su pareja. Buscando en internet información al respecto, llego a artículos llenos de eufemismos: "perdió la vida", como si se la hubiera dejado olvidada en algún lado, y ese doloroso "presuntamente" que acompaña a las referencias a su asesino.

La degolló delante de sus dos hijas pequeñas. En las fotos no parecen mayores de dos años. Si a Mónica Berlanas Martín la hubiera asesinado de esa manera un miembro del Estado Islámico, ahora sería una heroína, sus hijas tendrían pensión de por vida, el mundo estaría escandalizado y los líderes políticos se turnarían para, compungidos, dar ruedas de prensa a media asta. Como la mató el padre de sus hijas, se ha quedado en carne de Google y curiosidad de madrugada. Una más. Una menos.

Cuando los periódicos hablan del criminal , utilizan sus iniciales, no vaya a molestarse. Sin embargo, en Facebook está al alcance de todos. Basta con mirar los comentarios de la foto en la que la pareja posa con sus dos niñas y todo el mundo les dice "qué guapos", "qué bonita familia" y toda esa retahíla de cortesías. Por lo demás, parece un hombre normal. Horrorizado por las fiestas del Toro de la Vega, qué barbaridad, qué espectáculo más repulsivo. Alguien que de un momento a otro sale de esa "normalidad" de vecino ejemplar y decide degollar a otra persona. El horror, en definitiva.

Quizá por eso los medios insisten: "No había denuncia previa". Nos gusta que los hechos sigan una lógica y en la lógica del terrorismo doméstico, el hombre es un perturbado agresivo que está continuamente acosando a su pareja y haciendo chistes groseros en los bares. Es lo que nos han enseñado en las películas, qué le vamos a hacer. Lo terrible es que es mucho más sutil que eso: el asesino puede ser cualquiera. Por supuesto, los hombres tendemos a justificarnos con el "no todos lo hacemos" pero sería absurdo no entender el miedo del otro lado, más que nada porque ese otro lado es el que pone sistemáticamente los muertos. Somos una amenaza -"cuidado", se llamaba el chat de los violadores de Pamplona- y me temo que es inevitable que nos traten como tal.

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Si Álvaro Soler ha decidido que se puede coger el nombre de "Sofía" y hacer una canción entera acentuándolo "Sofiá", ¿cómo evitar que la Chica Diploma y yo cojamos la misma canción y la pongamos a todo trapo con el Niño Bonito encajando su nombre con la misma temeridad mientras bailamos y bailamos con los brazos arriba como si estuviéramos en Amnesia? E-ó.

miércoles, octubre 05, 2016

Barrio y la crisis de la cultura




Cierra una librería en mi misma calle. Diría que es la única que había como tal, aunque sigue en pie, apenas a unos metros de distancia, la mítica "El Buscón", donde compraba mi madre sus libros en los ochenta y donde compraba yo mis manuales de filosofía en los noventa. No es fácil sacar adelante una librería en estos tiempos, eso está claro. Menos fácil aún conseguir un éxito parecido al de Tipos Infames en pleno corazón de Malasaña pero al menos ellos apostaron por un modelo de calidad y constancia y les ha merecido la pena.

Otra cosa es ni siquiera intentarlo. "El Buscón", por ejemplo, malvive en medio de una mezcla de libros "comerciales" y libros de culto. Uno echa un vistazo a su escaparate y encuentra de todo. Cosas que jamás compraría y cosas que pueden llamarle la atención y hacer que se meta en la tienda para saciar cuanto antes esa curiosidad. En su caseta de la Feria del Libro hacen tres cuartos de lo mismo y hacen bien porque lo último que quiero ver en este barrio es cómo esa librería cuelga el cartel de "liquidación" y pasa a convertirse en una nueva pastelería...

La tienda que cierra, en cambio, fue dando palos de ciego hasta traicionar a su propio público. ¿Quién compra libros en España? Casi nadie. Ahora bien, los que compran por curiosidad, por gusto, sin importarles que sea en una tienda pequeña de barrio, no suelen ser los mismos que compran en las grandes superficies, donde todo se ofrece a la vez, a batiburrillo. No tiene mucho sentido llenar tu escaparate de biografías de Esperanza Aguirre, Melendi y los Gemeliers, de todo lo que no es literatura.

Las innumerables veces que pasé por delante de esa librería camino a casa desde el metro de Cartagena no encontré ni un solo libro que me interesara, que me hiciera pararme y al menos preguntar. Yo era su cliente tipo y me echaron a patadas. Sí fui, he de reconocerlo, a comprar libros y puzzles de Peppa Pig, pero lo mismo podría haber ido a la juguetería que está en la calle paralela. Moraleja: si vas a caer, cae a tu manera, no de oídas.

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Viernes por la noche y echan "Barrio" por televisión. La Chica Diploma no recuerda la película, ni siquiera le suena. Lo que dan de sí seis años de diferencia. En 1997, yo tenía veinte y aquello fue casi una epifanía; ella tenía catorce y probablemente estuviera a otras cosas. Aunque está medio empezada, más o menos por la escena de la estación fantasma de Chamberí -aquel era el clímax de la película, por lo que recuerdo, tan fue así que Metro tuvo que abrir la estación al público en parte para demostrar que sí, que existía, y en parte para aclarar que no estaba poblada de vagabundos-, decidimos quedarnos a verla y aguantamos sin problemas hasta el final.

No solo aguantamos, sino que disfrutamos. Yo, al menos, disfruto. Casi todas aquellas películas noventeras han envejecido bastante mal en estas dos décadas: "Tesis" resulta demasiado cutre, aun manteniendo cierta tensión; "Tierra", demasiado pretenciosa aunque siga habiendo cuatro o cinco diálogos soberbios. En cambio, "Barrio" sigue teniendo ese aire a serie de televisión: respuestas rápidas, cambios constantes de escenario, protagonistas reconocibles, eso que se llama "naturalidad" y que pocas veces está tan bien logrado.

No es ninguna casualidad: Fernando León de Aranoa venía de la televisión y su facilidad para el diálogo ya se reflejaba en "Familia" y algo dejó incluso para "Los lunes al sol", aunque ahí ya estaba todo el mundo cabreado y no han dejado de estarlo hasta hoy en día. Menos pendiente de la trama, este nuevo visionado permite entender más cosas, cosas que en medio del chiste continuo quedan un poco tapadas cuando ves la película por primera vez. El mensaje, cuanto más implícito, más cala, aunque sea a largo plazo. Cuando se explicita, acaba uno resultando un coñazo.

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Hablo con Sofía, de Tucan Morgan, sobre los problemas de los nuevos grupos musicales. Otro clásico. Recuerdo una edición del festival de Medina del Campo en el que todos los invitados discutían sobre lo mal que estaba el cine español, las pocas ayudas que tenía, el poco caso que se le hacía desde los medios de comunicación públicos, lo necesario que sería meter el cine como asignatura en los colegios... y así hasta que se levantó Lara López, por entonces directora de Radio 3 y dijo: "Yo es que vengo de la música, ya sabéis, eso que ponen a las tres de la madrugada, cuando acaba la película de La 2".

La actitud de las televisiones privadas puede tener una justificación. Desde la consolidación del "efecto Phil Collins" se acabó eso de invitar a una gran estrella de promoción y dedicarle cinco minutos de tu programa para que la audiencia se vaya a cualquier otro lado. No me gusta pero lo comprendo. Ahora bien, ¿la televisión pública? ¿Cuántos años hace que no hay un programa de música como tal, con novedades, con vídeos, con artistas presentando sus nuevos singles en "directo"?

La audiencia sería mínima, lo entiendo, pero, ¿qué audiencia tiene el fantástico ciclo de cine español que pone La 2 a las diez de la noche? Cuando echan la citada "Barrio" puede que suba, pero cuando llega el turno de tal éxito de los años cuarenta dudo que la cosa pase de los cincuenta mil espectadores en pleno prime time. El ciclo es tan bueno que ojalá siga en parrilla años y años, pero, ¿de verdad no es compatible, los fines de semana por ejemplo, con algo similar pero en música? ¿Algo que vaya más allá de la ingeniosa pero repetitiva redifusión setentera-ochentera de "Cachitos de hierro y cromo"? Espero que a alguien se le ocurra.

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Leyendo el prodigioso "Yeah, yeah, yeah!" -por cierto, qué maravillosa traducción, qué envidia- me encuentro con el documental "Don´t look back" sobre Bob Dylan. Inmediatamente, recuerdo que yo entrevisté en su momento a un ya anciano Donn Pennebaker y a su mujer. Fue por teléfono, para Neo2, y resultaron de lo más amables. Ese era yo entonces, no hace tanto, el que entrevistaba a Pennebaker y a Robert Rodríguez y a Terry Gilliam y hacía reportajes de portada en revistas de tendencias. El de hoy escribe sobre penaltis y ciclismo y nadie parece confiar en que sirva para nada más.

martes, octubre 04, 2016

Gimme danger



El último concierto de La Cabra Mecánica bajo ese nombre tuvo lugar en la Sala Clamores el día después de que el Barcelona le ganara 5-0 al Real Madrid de Mourinho. De eso, hagan cuentas, hace ya unos seis años. Aquellos conciertos de La Cabra solían tener un mismo final: Lichis empezaba con la agradable "Canción de las plantas", se iba animando con una suerte de rap -"y te he comprado rosas de la China y en un llavero de Pokemón, las llaves de mi corazón; a veces, tiza y a veces, alita... perdí las llaves y el llavero, se me marchitó la flor"- que culminaba en un rotundo "Calavera se mama, calavera se mama".

Aquel era un momento mágico, irrepetible, incluso cuando Hanna intentaba sabotearlo.

El caso es que después del "Calavera se mama" siempre venían Las Vulpes y su "Me gusta ser una zorra", muy bajito, muy bajito para ir creciendo y acabar a gritos. Ese día, ese último día, Lichis fue más allá y se lanzó a cantar el original, es decir, el "I just wanna be your dog" de los Stooges, lo que ponía aún más en evidencia hasta qué punto fue ridícula la censura del tema cuando no era más que una versión de una canción de finales de los años sesenta.

Precisamente "I wanna be your dog" ocupa buena parte del final del documental-homenaje "Gimme Danger" que Jim Jarmusch ha tributado a los Stooges. Es curioso porque la canción pasa desapercibida en su momento, cuando la graban por primera vez en un primer disco que Elektra decide marginar. Sin embargo, con el tiempo, acaba convirtiéndose casi en el emblema del grupo o, al menos, en su canción más conocida, más pop.

El documental empieza con la voz de Jim Jarmusch presentando a Iggy Pop y dejando claro que los Stooges son el mejor grupo de la historia. Viendo el resto de la película la afirmación parece algo desmedida. Buena parte de la narración resulta inconexa -como supongo que no puede ser de otra manera tras casi cincuenta años de excesos-, el éxito no queda claro y quizá lo más interesante sea ese énfasis en su herencia: la línea que va de "I wanna be your dog" a los Ramones, de ahí a los Sex Pistols y, de manera muy notable, a Sonic Youth y sus interminables herederos post-rock.

No quedan tan claras, sin embargo, las influencias y me parecen importantes. Se dice varias veces que nadie más hacía lo que hacían ellos -torso desnudo, distorsión constante, letras de veinticinco palabras o menos- pero en la distancia lo hemos visto demasiadas veces en Robert Plant, Mick Jagger, Jim Morrison, Johnny Rotten, Freddy Mercury o cualquier estrella del rock y el punk que se precie. Qué fue antes y qué fue después se pierde un poco en la neblina del tiempo. Lo más que se llega a decir es que a estos chicos del Michigan profundo "les gustaban la música británica", empezando por el propio Bowie y que a menudo intentaban imitar los "raptos místicos" de James Brown.

No es descabellado pensar que parte -solo parte- del histrionismo de Iggy en el escenario tenga que ver con Roger Daltrey y los Who. Le gustaban los Who y tenía que gustarle el arrollador Daltrey, aunque imposible imaginarse al británico con un collar de perro y arrastrándose a cuatro patas por el suelo. En ocasiones, parece que los Stooges hubieran salido de la nada, como marcianos, y eso es muy improbable. Sus primeras canciones juntos son de 1967 y ya incluían mantras hindúes y rollos a lo George Harrison. Tiene que haber ahí una línea que Jarmusch ha preferido no explorar.

Lo que sí está muy logrado es el retrato de Iggy Pop, a quien desde el primer momento se presenta como James Osterberg. Lejos del glamour y de la leyenda negra de los años setenta y ochenta, las primeras imágenes de  Osterberg son como baterista de distintos grupos hasta que decide formar el suyo propio en la adolescencia, aunque tampoco queda muy claro por qué todos aceptan desde el principio que él debe ser el cantante y que el grupo -Iggy and The Stooges- debe llevar su seudónimo como presentación. Da igual. Osterberg hace y deshace y cuenta con detalle lo que fueron los seis años que llevaron a la desaparición del grupo en 1973, acompañado por unas recreaciones y unas imágenes de archivo prodigiosas.

De lo posterior, no hay apenas mención, y se agradece. Le retomamos a principios de los 2000 apuntándose a una reunión de la banda para un festival. No hay hacia Osterberg ninguna consideración de estrella, se limita a ser uno más de los chicos, una especie de "primus inter pares". Tampoco él parece especialmente interesado en cultivar ninguna leyenda de "énfant terrible". Le gustaba la música y le gustaba hacerla así. Sin etiquetas. Como Lichis.