martes, octubre 16, 2018

Tres días en Cádiz



Lo primero de lo que nos damos cuenta nada más llegar al apartamento es que las vistas al mar están tapadas por un inmenso crucero fondeado en el puerto. A mí me parece hasta cierto punto divertido porque lo enorme me fascina, en general, de ahí mi pasión por Nueva York. A la Chica Diploma, no tanto: primero, porque ella necesita el mar; segundo, porque intuye que hay ahí algo de estafa: los que nos vendieron las vistas tienen que saber que esas vistas acostumbran a estar impedidas durante casi todo el año.

Y así, en efecto, al crucero del viernes le sigue el crucero del sábado, algo más pequeño, con su bandera francesa. Sigue el enfado pero reconozco que sigue la fascinación: todas esas ventanas de camarote como pequeñas celdas de una cárcel modelo. Un edificio de Moratalaz en horizontal y navegando por el Atlántico. Cuando era joven y estaba soltero -no recuerdo en qué etapa, supongo que en 2001- llegué a fantasear con unirme a uno de esos cruceros como quien se apunta a clases de inglés para conocer gente. Así de solo estaba. Mi madre me dijo que si realmente me sentía así, un crucero no era lo mejor que podía hacer, así que hice alguna otra cosa, aunque no recuerdo cuál.

Por lo demás, el apartamento está bastante bien; pensado para cuatro personas pero habitado solo por dos. Casi como un acto reflejo, enciendo la televisión y paso por distintos canales locales -Chiclana, San Fernando...- hasta llegar a Paramount Channel, donde están echando "Suéltate el pelo", la poco conocida continuación de "Sufre mamón". Creo que la vi en el cine y desde luego la he visto en televisión después, pero no recuerdo nada de la trama: David Summers acoge a una fan enamorada y desvalida y la fan se la juega con unas fotos comprometidas, pactadas con su novio fotógrafo y chantajista. Summers acaba pagando una millonada y encerrado en la cárcel, por abuso de menores.

Es una película a tener en cuenta cada vez que en sus entrevistas los Hombres G insisten en ese discurso revisionista de "No, si nosotros no éramos pijos". Da igual: es una película de Manolo Summers y por lo tanto es divertida y está bien hecha y aparece el Madrid de mi infancia y todo bien, solo que tenemos que irnos porque para ver "Suéltate el pelo" igual no hacía falta pagar dos billetes de tren ni alquilar ningún apartamento con vistas fallidas. Así que nos vamos y paseamos y comemos -demasiado- y acabamos en una terraza al lado de un hotel, en una plaza donde la Chica Diploma se toma una tarta sin gluten y yo, un descafeinado solo.

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Es la segunda vez que estamos en Cádiz. La primera fue en febrero de 2013. Eso lo sé porque lo he mirado en el archivo de este blog, no porque me acuerde. Llegamos en avión a Jerez, pasamos una noche en Cádiz, otra en Arcos de la Frontera y es posible que una tercera en algún otro lugar. Mi padre estaba muy enfermo y nosotros aún no nos habíamos casado. Lo bueno de espaciar tanto las visitas y tener tan mala memoria es que no hay rutinas a las que atenerse. Cualquiera que me conozca sabe que yo soy un animal de costumbres hasta la exageración. En Cádiz no hay costumbres así que lo mismo salimos hacia la izquierda que hacia la derecha, cenamos en la plaza de la catedral o comemos en "La gorda".

Nos gusta mucho la ciudad y la disfrutamos. No solo la tranquilidad pero también la tranquilidad. Cádiz no es la ciudad más bonita del mundo pero no lo necesita y lo lleva bien. El mar no es el de Cefalú ni el de Corralejo, pero es un mar, está ahí, se puede ver y acabas llegando a un pacto por el cual si tú no molestas a la ciudad, si no molestas a nadie, en general, nadie va a venir a molestarte a ti. Por un momento, pienso en hacer una escapada veraniega, la escapada veraniega que me queda pendiente, y alquilar un apartamento parecido a este pero durante tres semanas, para escribir, para leer, para agarrarme a la ficción de que vuelvo a ser yo.

Sin embargo, Cádiz se queda demasiado en el medio: es exótica pero no lo suficiente, está lejos pero no todo lo que quisiera, así que la primera noche de insomnio la paso mirando pisos en Fuerteventura y hoteles en Alicante. Por alguna razón que desconozco, reservo un avión en Iberia, pero resulta que lo hago en la página estadounidense de Iberia y se empeñan en cobrarme en dólares. Cuando llamo al servicio de atención al cliente, una chica muy educada -¿Sheila?- me dice que no me preocupe, que no habrá ningún problema. Está claro que no me conoce.

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El domingo es un día a medias. Ni estamos allí ni estamos aquí, de vuelta. La Chica Diploma ya se levanta pensando en todos los pacientes que tiene el lunes y yo tengo aún las clases de la semana por preparar. Con todo, es de los mejores días. Damos un paseo hacia la otra parte de la ciudad, junto al otro lado del mar y paramos cada media hora para ir al baño. Nosotros somos así. Hablamos sobre brechas generacionales y sobre futuros probables. Hablamos sobre el Niño Bonito, cuando estuvimos con él en Conil -acababa de cumplir un año- y terminamos todos en un hospital.

Hablamos. Estamos juntos. Nos vemos. Si el lunes significa la vuelta al trabajo, significa también no volver a ver a la Chica Diploma. Despedirse a las nueve de la mañana del coche después de dejar al enano en la guardería y saludarse a las diez y media de la noche, cuando ambos llegamos derrumbados del trabajo. No sé si algo va bien o algo va mal cuando Cádiz representa lo sensato, lo estable y Madrid representa lo imprevisible, la improvisación constante: el ascensor que se queda parado entre dos plantas, el libro con portada de Nacho Vegas y contenido de Enrique Morente o la niña que se empeña en abrazar el Niño Bonito a la entrada de clase mientras él le repite: "Ahora no, ahora no" con su flemático sentido de la oportunidad.

jueves, octubre 11, 2018

Moridos



Por la noche, tengo pesadillas. La verdad es que no sé si son exactamente pesadillas sino más bien sueños angustiosos, en los que todo lo que puede ir mal va mal y el estrés del día se prolonga durante la madrugada. El resultado es que ya desde la mañana voy completamente zombi, yo diría que ausente, como si la cosa no fuera conmigo en ningún aspecto. Leo mis libros, cumplo mis rutinas, "I go through the motions", que dicen los americanos, pero sin ningún tipo de entusiasmo o de pesadumbre. Algo mecánico.

Quizá envejecer sea esto. No lo sé. El otro día, la Chica Diploma me decía que yo debería haber nacido millonario. Estoy de acuerdo. Todo lo que suponga una obligación me hace conectar inmediatamente el piloto automático. Creo que nunca he conocido a alguien menos sacrificado en mi vida y cuando digo "sacrificado" quiero resaltar el punto de verdadero sacrificio, de dejarse la piel. Yo me puedo dejar la piel en que la tarea salga bien pero por una mera cuestión del deber, nada de estética ni de moral en el asunto.

Por ejemplo, ya por la tarde, en Valdemoro. Sigo ausente. No es que me sienta especialmente culpable porque la mayoría de mis alumnos tampoco parecen cómodos estando ahí. Llevan todo el día trabajando o estudiando, los ejercicios son complicados, no han tenido tiempo de estudiar ni de hacer los deberes y están perdidos. Además, su guía, en vez de cogerles de la mano y tranquilizarles, se limita a cortar ramas y seguir adelante. De vez en cuando les dedica un mohín o una mirada recriminatoria o directamente se desespera en voz alta. Ellos me miran como si no supieran qué hacer para agradarme, como si todo eso que tanto me enfada -que no sepan bien inglés, que no utilicen las fórmulas correctas, que no se tomen tan en serio lo que no deja de ser una actividad más dentro de una apretada agenda- no fuera culpa suya sino de mi propia exigencia.

Probablemente, tengan razón.

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También pienso -continuamente, porque yo soy un hombre con la necesidad de sentirse juzgado; absuelto o condenado, eso me da más igual, pero en continuo proceso- si estoy siendo suficientemente profesional. A veces pienso que no, que la propia sensación de ausencia ya es una manera de hacer mal mi trabajo. A veces pienso lo contrario: que conseguir aguantar las cinco horas, tratar todos los contenidos, dar todas las explicaciones, buscar los ejercicios necesarios y resolver dudas justo cuando tu mente está en cualquier otro lugar solo se explica precisamente desde la profesionalidad.

Eso no quiere decir que no haya muchas cosas buenas. Ayer, por ejemplo, al acabar la clase, un alumno se me acercó para preguntarme cuánto me había costado mi libro de María Estuardo. Ya dije en su momento que Zweig es en Valdemoro como Faulkner en el pueblo aquel de Saza. Yo entiendo que el subtexto de la pregunta no era económico y que probablemente el chico no vaya a comprarse nunca el libro. Lo más plausible es que fuera una especie de mensaje, un "soy de los tuyos", un "me pasaría toda la tarde leyendo sobre María Estuardo antes que estar aquí repitiendo el puto presente continuo".

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El Niño Bonito va de excursión al Museo Sorolla. La actividad funciona porque al volver a casa nos repite como un papagayo: "Joaquín Sorolla era un pintor valenciano". Lo más parecido a un pintor que ha visto en su vida es Papá Pig, en el capítulo ese en el que se pone una boina francesa, sale al jardín y empieza a pintar un paisaje. En cualquier caso, el propio personaje de Sorolla le fascina como referencia temporal. Su primera pregunta es: "¿Tú existías cuando existía Joaquín Sorolla?" y la respuesta, lógicamente, es "no".

El niño hace sus cálculos y continúa: "¿Existía la abuela Cuca?". Su abuela (su bisabuela, de hecho) Cuca murió este verano y no ha soltado el hueso desde entonces. La mosca continuamente detrás de la oreja. "No -le digo- la abuela Cuca, tampoco" y ahí es cuando ya me decido a mirar en internet y compruebo que Sorolla murió en 1923, así que mi propia abuela sí que vivía -tenía cuatro años, como Álvaro ahora- y por lo tanto, "existió" durante ese tiempo a la vez que Sorolla. Se lo digo, pero parece confuso. Para explicárselo mejor le enseño una foto que me mandó mi madre en la que salimos mi padre, mi abuela y un yo preadolescente justo en la bahía de San Vicente de la Barquera, un sitio que conoce perfectamente.

Le explico quién es cada uno y me contesta "Ya, pero están moridos, ¿no?". Sí, están moridos. "No tienes papá ni abuela", insiste, con un tono que mezcla la compasión con un cierto miedo. "No, no tengo papá ni abuela pero tengo un hijo precioso", le digo, y le parece una buena respuesta. Yo tampoco quiero arruinarle la infancia con estas cosas, así que cambio de tema inmediatamente. Me explica que por la tarde, el Valladolid le ha ganado al Huesca con dos goles de Héctor -su primo de un año y medio-. No sé cómo ha conseguido meter a Héctor en sus fantasías de cromos Panini. A la mañana siguiente, se queda llorando en el colegio. No es lo habitual, pero es que ese día tiene piscina y le da el mismo pavor que le daba a su padre cuando tenía su edad.

Nos abrazamos y nos besamos un buen rato, para que esté tranquilo, pero la tranquilidad -mi tranquilidad- solo llega cuando ya me estoy yendo, miro para atrás y me doy cuenta de que dos niñas le están abrazando y dando besos entusiasmadas, supongo que porque han visto las lágrimas, han visto al padre alejarse y han preferido dejarle claro que lo que cuenta es lo que existe y no lo que existió, fuera eso cuando fuera.

lunes, octubre 08, 2018

El reino



Rodrigo Sorogoyen debutó en el mundo del largometraje con la interesantísima película "Ocho citas", dirigida junto a Peris Romano y que ya mostraba una capacidad fuera de lo habitual para adentrarse en la psicología de los personajes y contar historias desde sus márgenes. Es cierto que quizá Peris -"Los miércoles no existen"- ha ahondado más en ese enfoque, pero Sorogoyen supo llevar el concepto de cita bastante más lejos en la magnífica "Stockholm" y acabó zambulléndose en el "thriller" con la notable "Que Dios nos perdone" y sobre todo con el angustioso cortometraje "Madre".

Todo eso, más la omnipresente figura de Antonio de la Torre -parece que fuera el único actor en España, quizá junto a Javier Gutiérrez, capaz de llevar él solo el peso de toda una película- son razones suficientes para acercarse un jueves por la mañana a ver "El reino", un filme sobre tramas de corrupción en partidos políticos de comunidades que tienen costa y donde todo es tan obvio que en ocasiones el mismo empeño de querer ocultar el nombre del partido en cuestión resulta un poco pueril.

Durante una hora aproximadamente, la película funciona. Sin grandes excesos, pero funciona. Todo está en su sitio, al menos, y eso se agradece en una película de suspense, donde la media hora final es la que separa a los dioses de los bárbaros. Sin entrar en demasiados detalles, digamos que De la Torre está metido en un lío de corrupción junto a otros compañeros tanto o más influyentes, que ese lío tiene varias ramificaciones, que tiene que ver con adjudicaciones de terreno y que una de las subtramas tiene que ver directamente con la cúpula del partido en Madrid. Si le suman a eso la presencia de unas libretas con anotaciones a mano de quién pone dinero y quién lo recibe, tienen el caso Gürtel ante sus narices y para eso, quizá habría sido mejor llamarlo "Gürtel" y dejarse de historias, pero, en fin, se entiende la prudencia.

El problema de la película es precisamente esa media hora final en la que De la Torre se convierte en un héroe de acción, accidente con coches volando incluido, se pone a luchar contra el sistema sin que acabamos de entender por qué -sí, de acuerdo, el orgullo, pero un orgullo un poco inverosímil- y no solo intenta demostrarnos que todo el mundo en España es un corrupto, sino que todos los corruptos se tapan entre sí: los políticos, los empresarios, los constructores, los bancos, los medios de comunicación... y ahí ya desbarra por completo desde el punto de vista narrativo, porque ese colofón con Bárbara Lennie haciendo de Ana Pastor y el sermón del Padre De la Torre es francamente prescindible, como si, partícipe de la paranoia de su protagonista, al propio guion se le hubiera ido la cabeza.

Así, la película no tiene final como tal y eso es algo asombroso. Tiene panfleto pero no tiene final. No se sabe qué pasa con las libretas ni con el juicio ni se llega a saber por qué ese hombre no ingresa en la cárcel si tanto poder tiene EL PODER. Da igual. El espectador descubre después de casi dos horas que todo ha sido una excusa para que Sorogoyen nos explique lo cabreado que está con los poderes fácticos, probablemente los mismos que estén de alguna manera produciendo o publicitando su película o la de tantos otros compañeros, igual que Marcuse y sus compañeros de Frankfurt llamaban a la revolución subvencionados por la Fundación Guggenheim.

No voy a ocultar mi parte de satisfacción en la crítica al periodismo "indignado" y puedo estar de acuerdo en que La Sexta -no se la menciona por su nombre, pero en fin...- es lo que es: un invento de Planeta para hacer caja con la política. Algo muy Lara, por cierto. Ahora bien, si eso da para un documental, que se haga ese documental. De momento, yo me conformaba con ver una película. Aún más, una película de Sorogoyen. Encontrarse con esto no puede dejar de ser una decepción.

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En torno a Stefan Zweig y la cultura de la violación (y hablamos de uno de los intelectuales más moderados y sensatos de su tiempo):

(...) Probablemente -uno cree estar viendo la escena-, (María Estuardo) se permite a veces con él una de esas frívolas confianzas, uno de esos coquetos descuidos femeninos, que en su momento ya fueron fatales para Chastelard y para Rizzio. Quizá se queda a solas largo tiempo con él en sus aposentos, charla con más confianza de lo que la prudencia impone, bromea, juega, se chancea con él. Pero este Bothwell no es ningún Chastelard, no es un romántico que toca el laúd y un trovador, no es un Rizio, un advenedizo adulador; Bothwell es un hombre de sentidos ardientes y duros músculos, un hombre instintivo que no retrocede ante ninguna osadía. A un hombre así no se le puede desafiar y excitar a la ligera. Abruptamente, la coge, aferra a la mujer, que se encuentra ya hace mucho en un estado espiritual vacilante e irritado (...), la toma por sorpresa o la viola. (¿Quién puede medir la diferencia en tales momentos, en que el querer y el defenderse concurren en medio de la embriaguez?)"

Pero, luego, que si se quejan demasiado. Por cierto, Kavanaugh, al final, consiguió su puesto como juez del Tribunal Supremo, por supuesto.

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Uno empieza hablando de Sorogoyen, pasa a Stefan Zweig y acaba con Aitana, de OT. Sin embargo, me sigue pareciendo que hay mucha más vida en Aitana, mucho más zeitgeist, que en los otros dos personajes: Aitana, hace dos semanas, creo, en el plató del programa que le dio la fama, intentando tomarse un serio una cosa que le han compuesto y que se llama "Teléfono" y dándose cuenta en mitad de la actuación del sinsentido de todo ello. Justo ahí, donde ella se lucía cada lunes con una voz portentosa haciendo versiones de clásicos bien preparados y bien trabajados. Entonces, el ataque de ansiedad. Aitana empieza a exagerar las poses, desafina descaradamente y recurre al grito innecesario. Después, se abraza al presentador, parece estar a punto de echarse a llorar y repite "no pasa nada, no pasa nada", frase que asegura decirse a sí misma unas veinte veces cada día.

Aitana tiene diecinueve años y es imposible no sentir una enorme compasión hacia ella. Se podría hablar de su talento pero para eso hacen falta años y canciones. Queda la adolescente, o la post-adolescente, perdida en un mundo de presiones constantes: una compañía de discos dispuesta a sabotear su carrera a cambio de rentabilizar cuanto antes la inversión, que ya están los de la siguiente promoción a punto de salir del horno, y unas amistades algo indeseables que se empeñan en publicitar toda su vida privada y seguir convirtiendo en espectáculo -espectáculo de baja estofa, de culebrón barato- lo que en algún momento debería empezar a ser música. Aparte, el intento constante de agradar a los fans, un intento imposible y perverso, que debe de venir de fuera, del que le repite "sin tus fans, no eres nadie; sin tus fans, no más Bernabéus, no más discos de oro, no más prime time".

Y así, Aitana pide perdón de nuevo (da la sensación de que lleva un año pidiendo perdón por todo, sin que nadie acierte a entender por qué), envía una carta pública para que la sigan queriendo, lamenta no "informar" lo suficiente de lo que le está pasando y luego vuelve a desaparecer. "Lo que le está pasando", he dicho, pero todos sabemos que se refiere a Cepeda, que pide perdón por no compartir con quién se acuesta o se deja de acostar una chica de diecinueve años, algo que no debería importarle a nadie. Menos mal que ya está el propio Cepeda -como ha estado desde el primer momento, por otro lado- para informarnos y pedir comprensión y no sé qué.

De Aitana, ahora mismo, solo cabe esperar una cosa: que salga de ahí corriendo y cuanto antes. Que vuelva a ser ella y no quien ella cree que los demás quieren que sea. Y que si quiere ser cantante, que lo intente. Que lo intente de verdad. En el Bernabéu o en el Búho Real, eso, llegados a este punto, es lo de menos.

miércoles, octubre 03, 2018

María Estuardo, Brett Kavanaugh y chicos con vértigos



En el autobús toca leer "María Estuardo", de Stefan Zweig. Es el rato de tranquilidad, de calma antes de la batalla. Unos tres cuartos de hora de presunta paz y concentración, normalmente aderezados con música a todo volumen por los altavoces y discusiones acaloradas por teléfono. Aun así, Zweig cumple su labor, que es conseguir que el lector se evada. Donde los historiadores buscan el dato, la conexión factual, el número que explica, Zweig se limita a transmitir su pasión. Obviamente, eso tiene sus riesgos. Durante años, se ha tenido a su biografía sobre María Antonieta como auténtico canon respecto al personaje y los estudios posteriores han acabado demostrando que igual a Zweig se le fue un poco la mano en el dramatismo.

No importa. En rigor, quien quiera un libro de historia tiene fácil acceso a él -por las mañanas, cuando no me quedo dormido encima de la cama, completamente derrumbado tras otra noche de insomnio, leo unas cuantas páginas de "Postguerra", de Tony Judt- y quien quiera un novelón dramático ambientado en un tiempo más o menos reconocible, también puede encontrarlo en el aeropuerto. Zweig queda en el medio: su escritura es impecable; su facilidad para hilar un hecho con el otro, envidiable. Sus interpretaciones psicológicas son más discutibles y no cabe duda de que Zweig era ante todo un psicólogo, como buen austriaco, pero son verosímiles y vienen con preaviso: el "yo" del autor asoma la patita desde la introducción.

Por lo demás, parece que Zweig provoca sentimientos enfrentados en Valdemoro. A Mise le encanta. Coge el libro al pasar junto a mi mesa y contempla admirada el nombre. "Me encanta cómo escribe este hombre", dice. A Yaiza no le gusta tanto. Dice que se le hace un poco pesado a veces y, sí, a veces puede resultar un poco estomagante, supongo. Es un hombre de otro siglo en demasiados aspectos y eso no siempre es fácil de ligar con la inmediatez del ahora. Un hombre anclado en "el mundo de ayer", como él mismo escribió justo antes de suicidarse. No importa, a Yaiza le puedo perdonar eso y mucho más... si es que realmente esto mereciera una disculpa, que no lo creo, y en cualquier caso, no tarda en prestarme el libro sobre Calvino.

En cuanto a Zweig, como digo, se suicidó con una evidente falta de "timing", en 1943, cuando Hitler parecía tener la guerra ganada... y solo dos años antes de su derrumbamiento. De eso va "Postguerra", precisamente, y es inevitable leer a Judt y pensar en cómo habría afrontado Zweig un libro así. Cómo habría hecho de una sucesión de cifras y nombres propios una auténtica epopeya. Exactamente, lo que uno necesita cuando tiene que pasarse tres horas al día yendo a y viniendo del extremo sur de la Comunidad de Madrid.

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Hablando de "timing", encuentro una reflexión en Facebook sobre las acusaciones de violación hacia Brett Kavanaugh, candidato de la administración Trump al Tribunal Supremo. Al parecer, la "alt-right" se encuentra muy indignada por que todas esas mujeres hayan decidido callar durante años y hablar solo ahora, cuando el fiscal está a un paso de convertirse en una de las figuras más importantes del país. El argumento, apunta Melissa Hunter, es precisamente el contrario: si esas mujeres hablan ahora es porque su violador puede convertirse en un referente público de justicia. Suficientemente doloroso es reconocer que te han violado en privado como para tener que hacerlo delante de los medios.

Por supuesto, Kavanaugh puede haber violado de hecho a todas esas mujeres o no, yo eso no lo sé y lo tendrán que demostrar los tribunales o quien sea. Sí me molesta, como a Hunter, que se desconfíe sistemáticamente del testimonio de mujeres agredidas. Me molesta no porque crea en los linchamientos ni en la justicia popular ni en que la sola palabra de una sola persona ya debe servir para emitir un juicio, sino porque son demasiados los casos de abusos silenciados y tolerados a lo largo de los años como para al menos callar la boca cuando surge uno nuevo y no andar con burlas o insultos hacia la denunciante en cuestión.

Puede, incluso, que Kavanaugh no creyera que lo que estaba haciendo fuera violación ni abuso ni nada parecido sino solo "pasar un buen rato". Los chicos de La Manada desde luego lo creían y la defensa iba un poco en esa línea: "¿cómo iban a saber ellos que ella no se lo estaba pasando bien si no salía corriendo?". Luego, cuando salen corriendo a la primera señal ambigua, son feminazis. ¿Existe algo así como "la cultura de la violación"? Sí, existe. ¿Implica a todos los hombres sobre la faz de la tierra? No, no lo creo, pero todos los hombres sobre la faz de la tierra hemos visto películas, hemos leído libros y hemos recibido consejos que nos han invitado a pensar que las mujeres, más o menos, son nuestra posesión. O nuestra o de otro. Es complicado aceptar que en un momento dado has podido actuar siguiendo esa corriente dominante, pero la reflexión es necesaria. Y en el caso de Kavannaugh, claro, la denuncia.

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La conversación empieza con un "no, si aquí (en Barcelona) no se nota nada, la gente normal está tan tranquila" y acaba con un "aunque la verdad es que cuando nos mudamos de piso descartamos algunas zonas por miedo".

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Los recuerdos de hoy: mucho Plastic Bertrand -la canción ideal de todo "bala perdida" sin ínfulas, para todo lo demás, Serge Gainsbourg- y alguna referencia, una vez más, al José Alfredo y al Toni 2. La frase en el post de hace siete años: "¿Quieres jugar, Guille? Muy bien, ¿pero quieres ganar? Porque luego ganar te da vértigo". Yo gané. Y ahora, claro, a ver como explico los mareos.

jueves, septiembre 27, 2018

Insomnio



Del hospital, recuerdo el frío y los nervios. La primera noche, empapado en sudor mientras el aire acondicionado me obligaba a pedir otra manta en pleno mes de agosto. "Morir en Villalba", me repetía a mí mismo, "morir en Villalba", como si aquello tuviera un punto irónico del destino o fuera un colofón estético a algo, vete a saber el qué. Me pusieron en una planta llena de chavales jóvenes que se alborotaban en cada cambio de turno como si aquello fuera un patio de instituto. A mí me parecía bonito. Supongo que porque en realidad no me estaba muriendo, los análisis iban saliendo mejor y el alta parecía algo más factible sin necesidad de pasar por ningún quirófano.

El frío y los nervios, en cualquier caso. Eso y los programas matinales de televisión. Los anuncios de micropréstamos y casas de apuestas sucediéndose uno tras otro como si fueran plenamente conscientes de que una cosa lleva a la otra. La dependencia. La horrible sensación de dependencia, de vulnerabilidad, de ser uno más, un nombre asociado a unos síntomas. Yo, el especialito, uniformado con mi pijama azul dos tallas más grande, peleándome con el gotero por los pasillos...

Las noches también, claro. Todas las que vinieron después de la primera. Cuando todo el mundo se va y te quedas solo. Solo en un hospital. Puede que a los demás les viniera fatal que yo estuviera enfermo pero el que estaba solo en un hospital a las once, las doce, la una, las dos... sin poder dormir ni con ansiolíticos ni con calmantes intravenosos era yo. Las noches en el hospital con sus ruidos, sus murmullos, sus luces que se encienden regularmente y sus encantadores enfermeros universitarios que te toman la tensión y se aseguran de que la buscapina no se acabe nunca.

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Aunque el insomnio estaba antes y está después, tampoco dramaticemos. El insomnio de media noche, de levantarse al baño y no poder volver a dormirse. El insomnio de la urgencia matinal por levantarse , a cualquier hora, no sea que me vaya a perder algo... y ahora, inédito, el insomnio de no poder siquiera conciliar el sueño, de la aceleración de llegar a casa a las diez y media después de cinco horas sin parar de hablar y con la adrenalina a tope.

En una película española de los noventa, un jovencísimo Ernesto Alterio se bajaba al bar casi de madrugada y pedía un café mientras se tomaba unas pastillas. El camarero, Manuel Manquiña, le soltaba con su característico acento gallego: "Somníferos con café, extraña combinación". A mí la frase me hizo gracia porque durante años mezclé alcohol y ansiolíticos en mis noches perdidas (lo que, por otro lado, probablemente no le hiciera ningún bien ni a mi hígado ni a mi vesícula ni a nada). El alcohol, para dormirme; los ansiolíticos, para mantenerme despierto.

Curiosamente, el otro día echaron la película en la tele, en ese maravilloso ciclo de cine español de La 2 del que tan poco se habla. No solo salía Ernesto Alterio, sino que ahí estaban en sus gloriosos veintialgo Candela Peña, Alberto San Juan, Willy Toledo, Ginés García-Millán, Fele Martínez, Cristina Marcos, María Pujalte e incluso un muy secundario Antonio de la Torre. Una mezcla de "Airbag", "El otro lado de la cama" y "Tesis", con Chete Lera representando a "Familia" y "Abre los ojos". Lo divertido es que no fui capaz de recordar nada de la película hasta que no apareció la escena en cuestión. Demasiado drogado o demasiado dormido, aún no sé muy bien la explicación.

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El niño nos explica que no tiene novia, así que "tiene que buscarse una nueva". No sé qué ha podido pasar porque llevaba con la misma chica al menos seis o siete meses, lo que para mí, incluso a los 35 años, habría sido un récord. Le explicamos que tampoco es necesario tener una novia, pero nos dice que, si no, otra de sus compañeras no le va a dejar jugar con ella en el patio. Las guarderías como nuevas discotecas con extrañas reglas de admisión y las ex novias con pañal como nuevos machacas.

El otro día le pregunté por la chica que le gustaba cuando tenía dos-tres años (el chico promete). No nos acordábamos del nombre pero al final caímos los dos. "Sigue siendo mi novia", afirmó, "en ningún momento dijimos que habíamos dejado de serlo". La lógica de los mayores en boca de los pequeños lleva al absurdo, pero eso es algo y normalmente algo divertido. La lógica de los pequeños en boca de los mayores resulta francamente agotador.

lunes, septiembre 24, 2018

Ultrashow



Viernes por la noche en Luchana. Los grupos de chavales de poco más de veinte años buscando chupitos y un poco de música española. Luchana no es Malasaña. Luchana, de ser algo, sería más bien Huertas, aunque con más mezcla, más terrazas y más media de edad. En una de las esquinas han abierto un sitio enorme dedicado a los e-games. No es mala idea: puedes ir a jugar ahí con los amigos mientras te tomas algo en vez de quedarte en tu cuarto otro fin de semana. Todo en orden salvo que la gente que quiere quedarse en su cuarto los fines de semana en realidad no sienta culpabilidad alguna.

Me dedico a dar vueltas por algo que en algún momento fue "mi barrio" y así ha quedado para siempre: no solo Luchana, en sentido estricto, sino Santa Engracia, Olavide, y, bajando, Sagasta, incluso Churruca. Ahora que es el barrio de otros, uno se siente un poco solo, especialmente cuando lo único que queda es andar y andar hasta que empiece la actuación de Miguel Noguera y, así, uno puede pasar tres o cuatro veces por delante del mismo bar, amagar con meterse dentro a tomar algo y ver un partido y comprobar una vez tras otra que ni hay partido ni hay ganas de tomar nada, para, a continuación, seguir andando.

Al menos hasta las diez y media. Once menos cuarto, tal vez. Según Noguera, el espectáculo comienza exactamente a las 22.56. Dice que lo ha visto en el reloj, lo que quiere decir que tiene un reloj para medir cada parte y no pasarse ni quedarse corto. Lo que quiere decir que, probablemente, no quiera estar ahí, o desde luego no más de lo que le exigen. Hay días que a todos nos pasa algo parecido. Vas al trabajo, haces lo que esperan de ti, puede incluso que te diviertas en momentos puntuales pero en realidad hubieras preferido hacer otra cosa, estar en otro sitio.

A Noguera se le nota. No hace un drama de ello, al revés, se muestra casi retador. En un momento dado dice "nos queda aún una hora" y el chiste está precisamente en que todos sabemos que él no va a estar ahí una hora más ni de coña y él sabe que a nosotros tampoco nos apetece estar ahí sentados otros sesenta minutos. Miguel Noguera como lugar de paso y, así, el Ultrashow. Todavía algunas situaciones maravillosas, aún algún arranque de entusiasmo pero, en general, la sensación de ver algo ya demasiadas veces repetido. Lo que no quiere decir que no vayamos a ir de nuevo a verlo, por supuesto, porque igual te encuentras con la Chica Selectiva o igual te pierdes una genialidad absoluta. Frente al tedio controlado del humorista que repite el mismo monólogo dos veces cada tarde y finge que se lo está pasando de puta madre, Noguera al menos no engaña a nadie.

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Los recuerdos de Facebook. Como si no bastara con la melancolía propia. Hoy, al parecer, hace muchos años, estuve en San Sebastián o en la Toscana o subí medio borracho la Corredera Alta de San Pablo, pasé al lado del Cine X con Daniel Pérez Prada y Saida Benzal y al separarnos me puse a berrear -tres de la mañana, puede que cuatro- el "¿Por qué me llamas a estas horas?" de Standstill, y a continuación, "Los días raros", de Vetusta Morla. "Mi barrio" y yo, el vecino loco, perdido, o más bien extraviado.

Vendríamos del Picnic o, quién sabe, quizá del José Alfredo, o del sitio ese que se puso tan de moda en la propia Corredera, que tenía dos plantas y que ahora es una peluquería. O que la última vez que pasé por ahí era una peluquería, nunca se sabe con determinadas calles. Subí -decía- la Corredera, bajé hasta Fuencarral, esquivé chinos vendiendo cerveza en el metro de Tribunal y torcí justo antes de Pachá para llegar a casa. Entonces, al parecer, escribí la siguiente escena sacada de "The sportswriter", de Richard Ford, y la colgué en mi muro:

"- Ajá. A mí igual. - Da una ridícula calada a su cigarrillo y exhala todo el humo en la atmósfera del área comercial- ¿Y cómo te interesaste por eso? ¿Leíste algo en alguna parte?

- Fui a la universidad. Luego me hice mayor y fracasé en todo lo demás, así que era lo único que podía hacer".

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Ricky Gervais, en efecto. Con matices, eso sí. Ricky Gervais fue uno de los promotores de Suede en sus tiempos más oscuros, pero de alguna manera estaba de pasada y solo fue a uno o dos conciertos. Brett Anderson le recuerda, pero todo hace indicar que es un recuerdo inducido, es decir, que había más promotores fracasados pero ninguno acabó presentando los Golden Globes y escandalizando a todo Hollywood. Entre otras cosas. Así que, en términos estéticos, diríamos que la vida musical de Justine Frischmann empieza en Suede con su novio Brett Anderson y un chico regordete que resulta ser Ricky Gervais y acaba grabando un vídeo sobre su última gira del que se encarga una estudiante de origen indio, completamente desconocida, y que con los años resultará ser M.I.A.

A Ana, la de "Otto y Ana", le encantaba contar su vida uniendo casualidades. Como Justine se ponga a ello un día, le sale una teleserie de Netflix.

jueves, septiembre 20, 2018

Mañanas negras como el carbón



He llegado a la parte en la que Brett Anderson conoce a Justine Frischmann y se enamoran. Para un devoto del "brit pop" de los 90 es algo así como el momento en el que Paul va a su primer concierto de John con los Quarrymen. De momento, todo son buenas palabras. En general, Brett Anderson tiene buenas palabras para todo el mundo en su libro y mantiene ese tono lánguido, nostálgico que tenían la mayoría de sus canciones, especialmente las primeras. Como si, en cualquier momento, ese chico fuera a marcharse cabizbajo de la habitación sin que nadie sepa por qué.

Sobre Anderson y Frischmann escribí en su momento para la revista JotDown y supongo que alguna verdad contaría. Lo descubriré en las próximas horas, me temo. Cuando se habla de esa generación y se centra todo en Blur y Oasis o en el "Common People" de Pulp, se comete una injusticia tremenda. Suede fue el primer grupo en tener éxitos comerciales dignos de ese nombre, especialmente con "Animal Nitrate", a finales de 1992, cuando Blur aún andaba con "She´s so high" y de Oasis, directamente, no se sabía nada. Por su parte, ninguno triunfó en Estados Unidos como triunfó Elastica, aunque las drogas acabaran tan fugazmente con su música.

Si volvemos a Anderson, su canción "So young" fue el mayor himno de nuestra generación. Si no se te saltan las lágrimas con ese "let´s chase the dragon" es que no eres humano. El mayor himno de la generación anterior, al menos de la parte más pija, sigue siendo el "Being Boring" de los Pet Shop Boys, cuyo vídeo sigue estando entre los mejores de la historia. No es casualidad que Anderson se pasara horas tarareando "Rent", según él mismo confiesa. De aquel primer disco de Suede, recuerdo el impacto de la portada, esos dos cuerpos andróginos desnudos y difuminados casi. Recuerdo haberla repetido varias veces, como el pastor negro de "Amanece que no es poco" que sacaba a las ovejas para "hacer estampas".

En cuanto al libro en sí, está bien. Cierta envidia, en ocasiones, porque es una adolescencia dura pero es una adolescencia y eso siempre provoca envidia en un cuarentón y además es una adolescencia en Londres, que no es poca cosa. Tengo curiosidad por ver cuándo sale el nombre de Ricky Gervais, al que siempre se menciona como su primer manager... pero no sé si saldrá. Básicamente, porque no sé si de verdad Ricky Gervais fue su primer manager o si es una de esas cosas que se inventa un tío y lo sube a la Wikipedia. Hasta ahora, el mejor momento es ese en el que Anderson y Frischmann dan vueltas por Londres y se paran fascinados ante una pintada que dice "Modern Life is Rubbish", unos tres años antes de que Justine se marchara con Damon Albarn, el cantante de Blur, y unos cinco años antes de que Blur consiguiera la fama con un disco que llevaba esa pintada como título.

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Empezaron las clases. Con el tiempo, uno se va acostumbrando, pero los primeros días tienen algo de ensayos generales con público. Se supone que nada puede ir mal, pero a la vez notas demasiado los nervios y la torpeza. Luego está la parte de actuación en la que nadie repara cuando se habla de la docencia. La parte "ridi, pagliaccio" de dejar a un lado todos tus problemas, todas tus dudas, toda tu vida y durante dos períodos de dos horas y media volcarte en la diferencia entre el pasado simple y el pasado continuo e intentar ser el tío más enrollado del mundo o al menos parecerlo.

Es un papel desagradable, al menos en sus inicios. Algo así como "Poochie" cuando aparecía en "Rasca y pica". Nadie te conoce, nadie sabe qué pintas ahí. Luego, con el tiempo, se van acostumbrando y a diferencia de Poochie ningún guionista puede mandarte al cielo. Hay quien prefiere dejar claro desde el principio que la clase es suya y quienes preferimos jugar a que la clase es de todos. Obviamente, es mentira, pero para cuando se dan cuenta tú ya tienes la energía y confianza suficiente como para reclamar sin complejos el trono y ellos ya están demasiado agotados como para andar organizando rebeliones.

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Este verano le expliqué a mi hijo que su abuelo estaba muerto. No tenía sentido esperar mucho más. Cuando me preguntó por mi padre, me limité a decir algo del tipo "se fue al cielo", lo que le generó una ansiedad tremenda porque no entendía que alguien pudiera irse al cielo si no tenía alas. Durante días, sus preocupaciones fueron por ese lado. Un abuelo enterrado puede sonar algo lúgubre, pero un abuelo al que no conozco vigilando desde el cielo como uno de esos globos que le compramos en las ferias y que acaban irremediablemente escapándosele de los dedos es mucho más inquietante.

Esto fue en julio. En agosto murió su bisabuela. Fue algo repentino, con sus ventajas y sus desventajas. A falta de agonía, hubo emergencia y no hay manera de saber qué es mejor. El niño captó la emergencia y el llanto porque el niño no es idiota. La Chica Diploma y sus padres hicieron todo lo posible por asistir al entierro -estábamos en Cantabria, de vacaciones, mañanas de playa y noches de cromos y escalopes- y al final lo consiguieron. En medio quedó, de nuevo, el niño: si subir al cielo sin alas ya era complicado, ¿por qué demonios te enterraban primero, por qué tantos impedimentos?

Por lo demás, no parece que haya sido una experiencia traumática. Sigue sin entender que te puedes poner malo y no curarte porque eso para él es inconcebible. El otro día, en pleno ataque de mocos, nos miraba desesperado y nos decía: "¡pero dadme una medicina!". Le habíamos dado como tres o cuatro a esas alturas y los mocos no desaparecían porque los mocos son tercos, eso lo sabe cualquiera mayor de cuatro años. Él, sin embargo, mantenía su fe cientificista en que todos sus males respondían a nuestra falta de esfuerzo en curarle. La muerte, en este momento, no es para él sino una enorme negligencia.

lunes, septiembre 17, 2018

Y ahora, lo importante



Tardé bastante en comprar y leer "Y ahora, lo importante", de Beatriz Navas. Básicamente, tenía miedo. Yo también llevé mis diarios noventeros de adolescente y también hablé de Juegos Olímpicos, Exposiciones Universales, chicos y chicas por las calles de Malasaña y conciertos en Aqualung o en el Pabellón de la Ciudad Deportiva. Temía ser demasiado quisquilloso, no saber dejarme llevar, pasarme la lectura puntualizando tal o cual dato...

No fue el caso. El libro me encantó a todos los niveles. Obviamente, está editado. Es posible que Beatriz Navas tuviera esa vida social y su familia tuviera el dinero necesario para mantenerla pero hay momentos en los que el diario parece más una agenda cultural que otra cosa. No importa. La combinación de "esto es lo que pasaba fuera" y "esto es lo que pasaba dentro" está perfectamente equilibrada y, de sobrar algo, prescindiría de los titulares de los periódicos. Si la pared queda bien con dos capas, es innecesario añadirle una tercera.

Beatriz Navas acaba de terminar octavo de EGB cuando empieza el diario. Por entonces, yo estaba ya en primero de BUP y la vida no me cundía tanto. No hablo solo de los partidos del "Dream Team" o los conciertos de Nirvana, incluso de Mudhoney, sino a las discotecas, que por entonces conocía solo de oídas: Morasol, porque estaba al lado de mi casa y porque de vez en cuando la Chica Langosta se asomaba los viernes por la noche. Die Mauer, por supuesto, la meca de las discotecas "light"... En las noches de 1992, yo quedaba con mi hermano y jugábamos al ordenador. Nada de borracheras ni de "petting" en casas ajenas. Nada de fiestas de la espuma. Todo eso empezó, para mí, un poco después. De hecho, yo podría escribir la continuación de ese libro, llevarlo hasta 1993 y que tuviera un punto más duro, más dramático, porque todo era dramático en mis diarios, empezando por mí, que directamente parezco gilipollas en cada página.

En cualquier caso, ahí están las referencias comunes: el Jazz Madrid, el Hotel California, La Vía Láctea... A veces, se echa en falta la sorpresa del descubrimiento, pero tampoco recuerdo si yo utilizaba el diario para describir sentimientos o me limitaba también a los hechos. Cuando menciono todos esos nombres, cuando los leo en libros ajenos, lo que viene a mi mente es la sensación de que un mundo nuevo se abría ante mí: las primeras copas, los primeros flirteos, el humo de la tercera planta del Jazz o la melancolía siempre instalada en el Desert. En cualquier caso, Navas y yo estamos de acuerdo en el punto de partida; "lo importante" era lo importante. Lo importante eran los chicos y las chicas, la ilusión y los desengaños. Es un buen título y es un buen libro. Mejor, por tanto, que se haga corto.

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Luego, hay otras lecturas, claro. Mencionaré dos: Bea ya no es Bea, por supuesto, como Guille no es Guille, faltaría más. Bea es Beatriz Navas Valdés, la recién nombrada directora general del ICAA. Hay un abismo entre una cosa y la otra. La niña de trece años que descubre los rincones de Prosperidad, de Arturo Soria y de Alameda de Osuna y la profesional de la que depende buena parte del sector audiovisual de este país, con su gesto hierático en la mayoría de las fotografías. Lo primero que uno piensa cuando acaba el libro es "tengo que conocer a esta chica, tengo que conseguir tomar un café con ella y pasar la tarde compartiendo recuerdos", pero luego llega el estatus, el respeto al estatus, y las ganas se convierten en una ilusión vacía. Es probable que Navas Valdés haya escrito este libro sobre su adolescencia precisamente para no tener que hablar más sobre su adolescencia. Yo no hablaría de otra cosa, pero es que yo soy un tipo muy raro.

La segunda lectura es puramente literaria: es fácil imaginar al personaje Bea en "Historias del Kronen". Hasta cierto punto, es su versión femenina y algo más joven. Aunque no llega a decir nunca dónde vive, las referencias apuntan a algún lugar entre Arturo Soria y la Alameda de Osuna -¿Conde de Orgaz, quizá?-, es pija pero coquetea con la música independiente y los garitos de mala muerte. Ella misma reconoce que pasa tardes en el propio Kronen de Francisco Silvela y probablemente compartiera colegio con Mañas o con cualquiera de sus amigos. Lo que no sé es cuánto duraría Bea en ese círculo nihilista, más que nada porque Carlos no deja de ser una especie de Clay ("Menos que cero") moderado, y Bea, de Blair, no tiene nada.

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En Palermo, desayunábamos con una pareja de italianos mientras en la tele sacaban a un Salvini eufórico abrazando a Orban y anunciando "un nuevo eje" dentro de la Unión Europea contra la inmigración. La relación de Italia y Hungría con el fascismo durante la II Guerra Mundial es conocida. Que Salvini y Orban parecen nostálgicos de ese "eje", esas bravuconadas y esos genocidios, también. Mientras veía al ministro de interior italiano repitiendo aquello de "Italia para los italianos" como si fuera Garibaldi o Mazzini o Cavour y el país estuviera lleno de tropas austriacas de ocupación , me preguntaba qué pensaría aquella pareja que desayunaba sin hablarse. Qué pensaría la dueña del "Bed and Breakfast", siempre con ese gesto de fastidio.

Nunca lo sabremos. Puede que la vida bajo el fascismo sea así o puede, más bien, que el fascismo se imponga en el silencio. Cuando uno mira la cantidad de apellidos italianos que pueblan medio mundo, empezando por Estados Unidos, se pregunta si no sería mejor ser algo prudente con el tema de la inmigración. Cuando recuerda, además, lo que se decía de los italianos al llegar a Chicago, a Boston o a Nueva York -"delincuentes, mafiosos, asesinos, ladrones..."- cuadra aún menos que se repita el tópico tan impunemente con el que viene desde más abajo.

Luego, aparte, está el hecho de que aquello era Sicilia y no Milán. Sicilia, que para la Liga Norte es y ha sido siempre África, como lo es Nápoles o lo es en realidad Italia, puesto que ellos solo creen en la Padania, coincidente hasta cierto punto con la República de Saló de Mussolini. El fascismo consiste, entre otras cosas, en convertir a cualquier conciudadano en extranjero, apátrida, inmigrante en la tierra de los justos. De la Liga Norte ya lo sabemos todo y quien no se acuerde tiene la serie "1992" para recordar sus orígenes. Lo que no sabíamos es que Bosco era Salvini, sin matices. Un matón pululando por Europa y estableciendo ejes por las bravas.

En tiempos de escrutinio de políticos, en tiempos de tesis y cum laudes, me pregunto si realmente es necesario ser tan minuciosos mientras el mundo se tambalea. Quizá convendría limitar el escándalo y no convertir todo debate en un espectáculo. Es importante que los políticos sean conscientes de su responsabilidad y limiten las trampas. También es importante que la ciudadanía no se enzarce en los detalles porque vienen tiempos horribles y el problema que nos vamos a encontrar probablemente vaya más allá de si las citas de un trabajo sobrepasan o no determinado límite. O a lo mejor no, a lo mejor, me equivoco, pero eso seguro que ya lo ha decidido usted antes de llegar hasta esta última línea.

jueves, septiembre 13, 2018

Ozark



Por la noche, cuando el niño se duerme, vemos "Ozark". No sé si somos los únicos. La serie me parece un prodigio de guion y de interpretación pero nadie habla de ella. Cuando se estrenó, quizá, pero luego cayó en un olvido incomprensible. "Ozark" es una serie sobre narcos donde los narcos no salen. Toda su violencia está desatada en el primer capítulo y a partir de ahí lo que sigue es la violencia de los demás, una violencia desesperada. El terror en su expresión más pura. Al narco, al gran narco, de hecho, no se le ve, aunque se le intuya todo el rato y parezca un niño jugando a los dados mientras mira muerto de risa a los protagonistas.

Habrá a quien le cueste creerse algunas cosas porque la verosimilitud no es el punto fuerte de la serie, pero sumergirse en el universo "Ozark", como sumergirse en cualquier universo Netflix, supone aceptar unas reglas propias: cualquiera de tus vecinos puede ser una amenaza, cualquiera de tus vecinos puede ser un medio para un fin. En esa sucesión de subtramas me dejo llevar como pocas veces. Sé que va a haber un giro inopinado y en vez de desesperarme, me monto en la ola y que me lleve donde quiera. Igual que en "Breaking Bad" buena parte de la personalidad de los personajes se refleja en un plano de sus coches, "Ozark" es una serie de embarcaderos y caravanas. Mundo rural estadounidense. Como si quisieran explicarnos que la bruja de Blair no necesita un bosque para convertirse en una pesadilla.

Por lo demás, es una serie tremendamente femenina y en eso le doy la razón a la Chica Diploma. Las mujeres son las que toman las decisiones, al menos las más sensatas. No tienen por qué ser guapas y perfectas porque son listas, muy listas. Cuidan y a la vez dirigen. Los hombres están perdidos sin ellas y posiblemente por eso no las abandonan. Jamás. Y aquel que, en su prepotencia, intente desafiarlas, estará condenado a fracasar.

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Las mañanas quedan para"Better Call Saul". Tampoco sé si soy el único que la sigue viendo, ya en su cuarta temporada. No sé cuántos se han quedado conmigo y cuántos se han marchado cabizbajos, hartos de esperar a Jesse Pinkman y Walter White sin éxito. Cada nueva entrega se anuncia su presencia y esa presencia no llega nunca, pero casi mejor así, casi mejor la intimidad de Jimmy, Kim y Mike, esos tres entrañables perdedores. No digo que "Breaking Bad" no fuera una serie de perdedores, porque en el fondo lo era. El hombre más poderoso del mundo no dejaba de ser el gerente de "Los Pollos Hermanos". Lo que digo es que en "Better Call Saul" ya no hay límites para la estética. Sigue habiendo tiroteos, sangre y amenazas. Sigue habiendo suciedad, polvo y desierto. Pero, como decía antes, eso no son sino medios para un fin mayor, el fin de la belleza.

Porque en "Better Call Saul" sobre todo hay belleza. Cada plano es una obra de arte, cada diálogo -cada silencio, más bien- requiere de toda nuestra atención. El empeño de los guionistas por no explicar nada es sobrehumano: donde cualquiera decidiría poner una frase e irse a dormir de una vez, ellos siguen buscando el plano, el gesto, el objeto que defina la escena. Teniendo en cuenta todo el dinero que generó la serie original, es de suponer que en realidad esto no es más que un deleite, un exceso, una recreación. Absténganse impacientes, podría decirse, pero yo tengo todo el tiempo del mundo.

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Paul McCartney saca nuevo disco y se lanza a la enésima gira de promoción. En estos tiempos de cotejar documentos, estaría bien que alguien comprobara si va alterando las respuestas. Más que nada porque las preguntas son siempre las mismas y lo llevan siendo desde hace cincuenta años: ¿por qué os separasteis?, ¿por qué dejasteis de tocar en directo?, ¿cómo es/fue tu relación con John y los demás miembros de la banda? Si yo fuera Paul McCartney o si Paul McCartney fuera un personaje de uno de mis relatos, desde luego me preocuparía por cambiar las versiones. Inventar nuevas verdades que nadie pueda comprobar: John está muerto, George está muerto, Ringo tiene 78 años y suficiente hace con seguir adelante con su propio grupo. Linda murió hace mucho y Yoko pasa de los 85...

Sin embargo, da la sensación de que Paul se lo sigue tomando en serio y nada apunta a que se atreva a contar una sola mentira. Cada día que pasa, cada día que investigo, me convenzo más de que los Beatles no fueron sino una creación de Paul McCartney. Sí, por supuesto, nada habría pasado sin John Lennon, pero Lennon siempre estuvo perdido, confuso, en su propio mundo... La música era de los tres -¿de los cuatro?- pero LOS BEATLES, como marca, como empresa, como nombre en la batería de Ringo y en la portada del disco, eso es un invento de McCartney y hace bien en mantener la llama encendida porque, a la vez, sin los Beatles, Paul no es nada y no creo que él se haya molestado demasiado en ocultarlo.

Es tan exacto en los recuerdos que incluso las últimas y polémicas declaraciones en las que habla de cómo se masturbaba en casa de John o de cómo les llenaban los hoteles de putas, ya viene perfectamente documentado en los libros de Philip Norman y es más que probable que él mismo haya servido de fuente. La fascinación por Brigitte Bardot y el nombre de Winston Churchill como remedio para precoces. También podría ser al revés, por supuesto: que Paul McCartney haya leído todos los libros de Philip Norman y de tantos otros y se dedique a repetir lo que viene ahí pero nunca sucedió. Que le guste más la historia que la vida. La narrativa que la realidad. Paul, desde luego, podría hacer eso perfectamente: no solo crear algo, sino perfeccionarlo. En eso, no ha habido nunca otro igual.

martes, septiembre 11, 2018

Decíamos ayer...




El problema era el ruido y lo sigue siendo. El ruido de fuera y el ruido de dentro. Cuando tu opinión se pierde entre cientos de miles y a menudo no vale más que ninguna de ellas. La inmediatez en el juicio, la necesidad de tener una opinión sobre todo y que esa opinión tenga un mínimo de sentido. Plantearse si merece la pena convertirse en un columnista apátrida y si un columnista en nuestros tiempos no deja de ser un tertuliano en continua polémica con el párrafo anterior. El ruido y la prisa, eso me molestaba, y por eso paré. Ganó Trump y murió Leonard Cohen y por mí bastó.

Luego estaba también el ruido de dentro, es decir, la narrativa de uno mismo. Es complicado no aburrirte cuando te empeñas en exponer una nueva versión de ti cada día. Yo y mi circunstancia como objeto constante de debate. Yo en diez años de blog y yo en no sé cuántos libros publicados y por publicar cuando "yo" en realidad ya no existe como tal sino que lo que hay es un enorme "nosotros" al que reconozco que me cuesta adaptarme pero al que creo que me voy acostumbrando poco a poco.

¿Qué clase de narrativa de uno mismo tendría sentido sin incluir la de mi hijo y la de mi mujer? Por la noche, antes de dormir, jugamos a hacernos preguntas, pero él no pregunta nunca, solo responde. Es el momento más bonito del día, con diferencia. Un momento que no sé cuánto durará. A veces está más parlanchín y a veces está con más sueño. A veces lo que me cuenta tiene sentido y a veces su relato presenta demasiadas lagunas, pero yo no soy un inspector del FBI, yo soy su padre.

Durante años me persiguió la fastidiosa pregunta "¿y tú qué haces?" cuando me invitaban a un estreno o a una presentación o iba a un festival o a una fiesta de alguna revista. Nunca sabía qué contestar. Cuándo podía tirar de autoestima -y la autoestima no es algo que uno decide colocar en algún lado y utilizarla cuando hace falta, la autoestima no es una bolsa de sal- decía "soy escritor", y cuando prefería lo que yo consideraba un perfil bajo, decía "soy profesor de inglés", que era una verdad irrebatible y generalmente cerraba el debate. Ahora que no voy a ningún lado, nadie pregunta, claro, pero si se repitiera alguna de esas noches de incendio y tuviera que contestar algo diría "soy padre" y esa sería la única respuesta posible.

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En medio, pasaron cosas, por supuesto. Cosas más o menos agradables. Dejé de trabajar en un par de revistas de las que ni siquiera se molestaron en despedirme. Fait accompli. Escribí un libro sobre ciclismo, pero todo apunta a que lo tendré que volver a escribir. Di clases en Valdemoro, luego en Fuenlabrada y ahora de nuevo en Valdemoro. Creo que recuperé a alguien o al menos creo que recuperé algo de alguien cuando ya no tenía esperanza alguna. Perdí a mucha gente. Tal vez no a mucha, pero sí a alguna. De hecho, quizá no los perdí siquiera sino que simplemente terminaron de desaparecer.

Empecé a trabajar para Letras Libres, donde me tratan de maravilla. Por supuesto, solo les interesa que escriba sobre deporte porque si algo espera el mundo de mí es que escriba sobre deporte, hasta el punto de que yo mismo lo he interiorizado y no me molesto en escribir de otra cosa. Fantaseé con muchas vacaciones y todas se vinieron abajo, confirmando que mi vida en el fondo no es sino un videojuego. Mañana haré cinco años casado. Si nadie daba un duro porque me casara , pensar que cinco años después todo seguiría igual y con niño incluido supera toda expectativa.

Las expectativas, en general, las reduje. A veces me tranquiliza y a veces me pone un poco triste. La Chica Diploma anda un poco confusa al respecto y es imposible culparla porque mi tranquilidad  y mi tristeza van alternándose según el día y a veces según la hora. Soy padre, sí, pero no soy previsible. O si soy previsible de puertas afuera sigo negándome a serlo de puertas adentro. Estoy envejeciendo bien, creo, pero estoy envejeciendo y no me gusta nada la idea. Pasé una crisis de los cuarenta que parecía que iba a mezclarse en cualquier momento con la crisis de los cincuenta, pero acabó remitiendo. Remitir no es desaparecer pero es algo y algo es mucho mejor que la tristeza y todo ese rollo Ray Loriga.

Por las noches, sueño con los hombres que fui porque el hombre que soy no me parece demasiado interesante y con esto volvemos al punto uno. Sueño con que abrazo a Hache y todo va bien, sueño con que estoy en el instituto y todo es nuevo, listo para usar. Sueño con la gente que ya no está y que quizá no estuvo nunca del todo. En definitiva, por las noches me convierto en una canción coñazo de Celtas Cortos y tal vez por eso he abrazado el insomnio con una pasión insana. Acabé en un chat de madres del colegio y en otro de ligas fantasy. Mi hijo colecciona cromos de la liga y me pregunta de qué equipo hay que ser. "De todos", le digo. "Ahora que estás a tiempo, intenta ser de todos".

*

De Palermo recuerdo el sonido de las sirenas por la noche. Sirenas que solo podían ser de ambulancias porque en Palermo no hay policía. No hace falta. Recuerdo la sensación de estar a la vez en dos ciudades, una que podría haber salido de "Gomorra" y otra que podría encajar en cualquier otra zona de Italia, con sus fuentes, sus "duomos", sus pequeñas iglesias llenas de Caravaggios y similares. A Palermo llegamos desde Agrigento por una carretera en obras. Todas las carreteras de Sicilia estaban en obras pero no había obreros, igual que todas las calles estaban llenas de basura pero no había basureros que las recogieran.

Antes de Agrigento, una playa enorme que desembocaba en una montaña de algo parecido a la caliza. Mar verde esmeralda, mar imposible. Chicas posando y chicos con cámara y gesto de aburrimiento. Spaghetti pomodoro. Ortigia. El dinero fluyendo en la marina de Ortigia como fluía en la de Taormina. El insomnio, de nuevo. Coches suicidas. Adelantamientos marcha atrás. En Siracusa -donde el tirano-, un señor regañó a la Chica Diploma por subirse a una piedra que probablemente tuviera dos mil quinientos años. La Chica Diploma alegó que también las gradas tenían dos mil quinientos años y no pasaba nada por que la gente subiera. No supe decirle que tenía razón.

Al principio de todo, Catania. No sé qué decir de Catania. Catania es probablemente lo más africano de Sicilia pero esto es un poco hablar por hablar porque yo no he estado en África en mi vida. Nos quedamos en casa de Michele, un señor de unos setenta y pico años que tenía un palacete recargado y unos diez niños adoptados en Kenia. "Michele, si pasas dos meses cada año en Kenia con tus hijos, ¿cómo es que no has aprendido nada de inglés?". "Les pago un colegio italiano", contestó él, y me pareció muy siciliana la respuesta. Por lo demás, el hombre era un encanto y desde su azotea se veían venir las tormentas.

Aparte, tenía una perrita y una gata. La gata se estaba muriendo. No en ese momento, no ahí, delante de nosotros, pero se podía ver que ella lo sabía, con ese punto de personalidad que incluso Coetzee les atribuye a los gatos. La perrita saltaba cada vez que nos veía y se tiraba boca arriba para que le rascáramos. Los perros y los hombres nos llevamos tan bien porque sabemos exactamente qué esperar el uno del otro. De ahí, Pavlov, seguramente. Michele nos recomendó Marzamemi y solo por eso le estaremos eternamente agradecidos.

A la vuelta, el avión nos dio unos cuantos sustos. Tantos que no nos enteramos bien del final de la teleserie de Netflix sobre el asesinato de Gianni Versace. No nos importó demasiado, hacía tiempo que habíamos dejado de tomarnos la cosa en serio.