martes, mayo 03, 2011

Our cozy local restaurant


Si EEUU celebraba no era en casa de Inés desde luego y todo mi día ha trascurrido aquí con un par de incursiones en terreno hostil, día nublado desde el amanecer, amago de lluvia, frío incómodo... Lecturas, Internet, DVDs, siestas, todo eso está bien, todo eso también son vacaciones. No es que estuviera planeado así exactamente, pero la primera salida, antes de comer, a Prospect Park fue un fiasco: frío y ganas de ir al baño desde la salida. Volver se hacía tan sencillo que fue inevitable.

Aquí no hay TV, aunque sí hay radio. Esta mañana pedían que llamaran los que habían perdido a alguien en el 11-S o sirviendo en el ejército. Yo sé que la mayoría no lo entienden, me basta con echar un vistazo a mi muro de Facebook para ver el disgusto que se ha llevado la gente en España por que Osama Bin Laden acabara muerto después de asesinar a decenas de miles de personas, muchas de ellas españolas, y tener un último acto de gallardía al utilizar a una mujer como escudo humano antes de entregarse. No lo entienden y a mí también me cuesta, pero la gente aquí no está celebrando la muerte de un ser humano, sino la caída de un símbolo.

Bin Laden era el símbolo de su fragilidad y sus muertos y unas cuantas decisiones delirantes que desembocaron en más fragilidad y más muertos. Por supuesto, cada país tiene sus propias catástrofes, pero que cada palo aguante su vela. Este es un país en el que cuando hay un atentado la gente se une y llora, en vez de mentir, acusarse y tirarse los muertos a la cara. No es un país perfecto, si es lo que les molesta.

Sin televisión, venía a decir, el día se hace muy poco americano. Paso más tiempo conectado a páginas españolas y se pierde la perspectiva de estar en Nueva York. No importa, ya digo que estar de vacaciones también es perder perspectivas. La Chica Portada está cansada porque no ha dormido casi y se queda en casa, Inés no llega hasta las 8 y pico y me pilla en pleno visionado de "The Hangover". Como un perrito abandonado le pido que me saque de casa y ella lo hace sin rechistar, como hace todo Inés, una persona descomunal.

Vamos al "local restaurant", un mexicano-americano donde nada es como fuera: echan un partido de los Yankees, hay representación de todas las razas, la música recuerda a los 80 y todo el mundo es agradable. Fuera, insisto, el ambiente a veces se vuelve un poco turbio, extrañas reuniones en las escaleras, goteras que inundan el bajo, tipos que pasean sin camiseta a apenas 10 grados. Un punto enloquecido de barrio pobre donde los estancos venden cigarrillos a la unidad, sospecha Amy que para que los "yonkies" del tabaco se lo puedan permitir.

En el restaurante pedimos lo de siempre, es decir, hamburguesa poco hecha con ensalada y patatas. Está muy rico, no nos engañemos. Los Yankees empatan, los Hawks ganan. Mi resumen de los días en Nueva York será una suma de trifulcas y datos deportivos, es decir, el resumen de cualquier español sobre cualquier circunstancia. Mañana, por ejemplo, los españoles hemos quedado para ver el partido, es decir, para obviar el fútbol y quedarnos discutiendo sobre cualquier extravagancia o conspiración y poder odiarnos durante días.

El odio, esa cosa tan española, tan apreciable desde la distancia.

lunes, mayo 02, 2011

La muerte de Osama Bin Laden


Y cuando llego a casa, pasadas las once, resulta que han matado a Osama Bin Laden. Me resulta increíble estar viviendo esto en Nueva York, aún más haber estado en Times Square hace apenas media hora, en el centro del universo mientras ese mismo universo aún no conocía la noticia. Querría estar ahora ahí, desde luego. Es un momento histórico, supongo, y desde luego un momento como para vivirlo aquí, aunque por supuesto la palabra "retaliation" cuelgue sobre la ciudad y las alertas, indudablemente, subirán en los próximos días.

Inés y Amy están tan excitadas como yo, así que ponemos en el ordenador el discurso de Obama anunciando la operación. Obama dedica el toro a los muertos del 11-S y a sus familiares, se arroga en primera persona todas las decisiones -clave interna- y las asocia a la "justicia" como concepto, como valor que su país defiende, como una muestra de "lo que somos". Yo, que pienso como europeo, me veo venir el aluvión de críticas. No porque piense que el mundo es peor con Osama Bin Laden muerto o que a Osama hubiera que darle alguna presunción de inocencia. No lo pienso. Vas a detenerle y si no puedes detenerle -que supongo que no bastaría con entrar con una orden judicial- por supuesto le matas a tiros. Eso es así, lo siento pero no me escandaliza.

Ahora bien, no sé hasta qué punto matar a alguien es justicia o un fracaso de la justicia. De verdad que no lo sé, ustedes oirán de todo las próximas horas, yo estaré durmiendo. Tampoco creo que matar a alguien exprese ningún valor de los Estados Unidos o ninguna esencia. Yo adoro los Estados Unidos, nunca lo he ocultado y me ha costado alguna enemistad, incluso alguna chica, pero hay algo que me chirría ahí: el asesinato de un culpable tiene algo de "ojo por ojo" que desde Europa no se entiende. Desde EEUU seguro que sí, fin del análisis.

En fin, yo quería hablar de todo lo demás, y no de las alertas, la seguridad y un cierto miedo burgués del turista en Nueva York justo cuando Nueva York vuelve a ser el centro de todos los debates y los recuerdos. Quería hablar del Molly' s, un bar irlandés maravilloso, en la esquina de la 3 Avenida con la 23 y donde un camarero nos habla de Madrid y de la calle O' Donnell, que le hace mucha gracia. Quería hablar del concierto de Inés, vamos, del concierto donde tocaron la pieza de Inés y mi difícil relación con la música dodecafónica, propia de un paleto pre-Schoenberg.

O de los partidos de la NBA: los Grizzlies metiendo mano a los Thunder y los Heat dominando a los Celtics. La maravillosa banda sonora que nos pusieron a la Chica Portada y a mí en la 51 con la Quinta y mi cara de absoluto asombro al volver andando por Times Square, completamente aturdido y fascinado por el neón y la verticalidad. "Seguro que nunca me has visto tan asombrado", le digo, y ella reconoce que no, que nunca me ha visto así, sin terminar de entender que un tío que va tanto de complicado acabe siendo tan desoladoramente simple.

Hablamos de las noches pasadas, como es normal, y paramos en un McDonald´s a comer algo que llaman Nuggets de Pollo pero que es una masa informe recubierta de otra masa recalentada. Un error, en definitiva. A la vuelta, en metro, el río estaba precioso. Un señor llevaba tres ratas de colores subidas a su cabeza. La Chica Portada dice que son ratas, yo creo que podían ser ratones. Pero no me hagan mucho caso.

Y, bueno, pues que cuando dejo atrás Lincoln, entro en Ocean Avenue, subo los seis pisos en ascensor y miro a ver cómo han quedado el Osasuna y el Getafe, me encuentro con un acontecimiento histórico. Mi vida es cada día más extraña y no lo digo con tristeza pero tampoco con demasiado entusiasmo.

domingo, mayo 01, 2011

Apuntes sobre el metro


Echo de menos la agitación continua de 2009, con sus visitas fugaces de estado en estado, cinco horas en Indiana, día y medio en Ohio, una noche en Pennsylvania. En ese sentido, y aunque parezca mentira, Nueva York me sabe a poco. Una ciudad. Muy vertical, de acuerdo, pero una ciudad. Las cosas que me sorprenden son las que no viví entonces: por ejemplo, la comida sana; por ejemplo, Brooklyn; por ejemplo, y sobre todo, los viajes de Metro.

Tengo un billete de siete días con viajes ilimitados. Solo ayer ya hice cuatro, que no es mala media.
A Prospect Park llega el Shuttle y las líneas Q y B. El Shuttle es el que utilicé para venir desde el aeropuerto después de un eterno viaje por una línea azul marina. La Q es la que  utilizo para ir a Manhattan, siempre con los cascos puestos por si viene alguien a darme conversación, cosa relativamente habitual cuando te ven solo. "No mires a los ojos", me aconsejó Inés para evitar encuentros no deseados.

El metro de Nueva York es como en las películas, exactamente igual desde hace décadas, me temo que lo único que cambia es la publicidad, en inglés y en español: impotencia, calvicie, seguros de vida, cadenas de televisión y un aviso de salud: "Roncar no es ninguna chorrada, roncar te puede matar". Que nadie diga que no son exagerados. Los trasbordos, en cambio, son muy rápidos, generalmente todos los andenes están juntos y seguidos y puede que simplemente tengas que andar dos pasos para estar en tu nueva línea.

Cada vez hay más blancos. No sé si es por el fin de semana y su avalancha de turistas. Ni idea. La línea Q pasa por la 7, luego por Atlantic/Pacific, tiene una última parada en Brooklyn y luego cruza el puente hasta Canal Street. La parte del puente dura unos dos minutos pero es preciosa: los raíles, los coches, el río Hudson con el Atlántico al fondo y ya la entrada atravesando Chinatown. Después de Canal Street, Union Square con la 14, luego la 31 y ya como mucho llegamos a Times Square con la 42.

No hay excesivo control, no hay excesiva policía. El alarmismo se lo dejan a los anuncios. Lo que queda es un continuo traqueteo, como si estuvieras en una diligencia del siglo XIX. El encanto de un país nuevo pero algo gastado.

Washington Square y los sacacuartos


A la Chica Portada le gustaría que yo saliera en más fotos. Le parece lo lógico, la evidencia de que yo estuve ahí y eso no es una foto más sacada de una postal. Sin embargo, no, yo no me pongo, porque a mí no me gusta salir en fotos. Ni en Nueva York ni en Barcelona ni en Lavapiés. Efectivamente, el encanto del viaje es el encanto de poder ser otro y que nada sea reconocible. Solo me queda encontrarme con mi cara de empanado cada vez que intente recordar una cascada de Prospect Park...

Estamos en Washington Square y unos chicos hacen malabarismos y contorsionismo en una fuente vacía. Todos negros y un blanco. Brillantes. Nos sentamos para verlo mejor, junto a un buen montón de paseantes y turistas. Al rato, tres chicos con pantalón rojo y camiseta a rayas rojiblancas -pero horizontales, curb your enthusiasm- les van echando y recogiendo toda la basura de la fuente vacía. Se quedan solos y anuncian su show: uno está a la percusión y los otros dos, gemelos, se supone que hacen barbaridades circenses.

De hecho, las hacen, pero con cuentagotas. La mayor parte del tiempo hablan y hablan y hacen chistes estilo Eddy Murphy o Chris Rock sobre el hombre blanco y los negros y bla, bla, bla... En ocasiones son ingeniosos; en otras, sinceramente, repetitivos. Hacen algunas cosas espectaculares en medio de ese eterno monólogo: el helicóptero humano, que consiste en subirse uno sobre otro y acabar dando vueltas girando sin apoyarse ni con las manos, y un salto acrobático que supera a una selección multicultural: una preciosa chica rubia y blanca, una chica asiática, otra hispana, otra negra y finalmente un japonés. Todos, supuestamente, pasaban por ahí.

Antes del salto, pasan el cepillo. Casi todo el mundo pone: yo no, porque no tengo suelto. Entre la Chica Portada y yo calculamos que pueden sacar 200 dólares por numerito. "Y hacen cuatro o cinco al día", añade ella.

Volvemos hacia Union Square, paseando, ella colgada de su móvil, una Blackberry nueva porque la vieja se ha roto. Cenamos en un italiano muy cuidado y relativamente barato -esto es Manhattan- donde la propia camarera nos pregunta si somos de Italia. "No, de España", decimos, y percibimos una cierta decepción. La Chica Portada y yo en Manhattan, en cualquier caso, qué cosas. Si cuando Hache le dijo, hace cinco años y medio: "Ayer me lié con un tío muy raro" le hubieran dicho que ese tío raro acabaría con ella entre Park Avenue y Lexington Avenue obviamente hubiera flipado. Eso en un resumen muy burdo.

Tiene un cumpleaños, en un pub irlandés. La música está muy alta, yo no quiero beber alcohol y no conozco a nadie. Mi timidez es proverbial y me siento un poco aparte y cansado. Soy un hombre tímido y soy un hombre con miedos y tampoco quiero coger el metro a Prospect Park a las tantas, así que lo cojo a las once y en 20 minutos estoy otra vez en casa de Inés. Inés y Amy duermen, yo tengo aún el pequeño subidón de la Coca Cola. No hay jornada de la NBA. Nos sabemos de memoria todos los resultados deportivos. En España son las 6 de la mañana. Me quedo dormido, completamente rendido y agotado después de un día de tres horas andando.

El sol sale al poco rato -duermo en el salón y el salón da al este-, los trenes siguen pasando y el ventilador tira papeles al suelo. Da igual. Hasta las 10 no me acabo levantando. Para qué antes? Así puedo desayunar, ducharme y hacer tiempo hasta que empiece el partido del Racing que es, más o menos, ahora.

La 16 con Park Avenue


Una vez escribí "todo el mundo tiene diez dedos, pero no todo el mundo sabe utilizar sus diez dedos". Algo así sucede con Amy, que acepta darme un masaje shiatsu con descuento por amigo o familiar. Ha sido un día duro y merece la pena dejarse llevar aunque sea a costa de aumentar el propio cansancio o quedarse dormido directamente de la relajación. Relajarse es tan importante: dejarse llevar. Cuando acabamos, me pregunta: "Did you go to your special place?" y yo contesto "Not exactly, but I had some strange thoughts" y es verdad, aún más extraños de lo habitual, recuerdos de mil sitios y una sensación extraña como si alguien estuviera vigilando.

En poco más de media hora vuelvo al metro: Prospect Park hasta Union Square con la 14. La mañana fue frustrante, un montón de malas casualidades y malentendidos. Había quedado a las 10 con la Chica Portada en la 41 con Broadway. A mí me parecía algo maravilloso quedar con la Chica Portada en la 41 con Broadway, algo solo para elegidos, quiero decir, fíjense en la frase entera, es una de esas cosas por las que merece la pena vivir.

Solo que la Chica Portada ya había acabado su trabajo, se había rendido al sueño y me había mandado un email diciendo que se iba a descansar a casa, que quedábamos luego. Email que nunca leí.

Así que ahí estaba yo de nuevo, igual que en 2009, en medio de Times Square y sus neones y sus noticias de los Grizzlies y sus combates de boxeo y andando un poco más adelante por Broadway, la tienda gigante de M&Ms a la que mi fisioterapeuta me tiene prohibido entrar. Muchos turistas. Es lo lógico. Creo que yo consigo no parecer turista porque llevo la cámara de fotos dentro del bolsillo y me da verguenza sacarla. Me da verguenza casi todo, es terrible. Entro en varios bares porque quiero ir al baño y al final no me atrevo a pedir en ninguno ni a colarme directamente al restroom.

Desando mis pasos y tiro para abajo. Quiero ir a mi antiguo hotel, en la 37 con Madison. Sigo las mismas rutinas, que me llevan a la Quinta Avenida y a la tienda-locutorio, donde me meto en Internet para hacer tiempo por si la Chica Portada me llama. Deambulo hacia Grand Central Station, paro en un Starbucks de Park Avenue, para tomar un descafeinado casi sin azúcar y un croissant. Al salir, hablamos. En tres cuartos de hora ella puede estar en Union Square, en lo que parece ser la 16 con Park Avenue. Ando y ando y ando. Me da tiempo incluso a pasar por un bar tipo "Happythankyoumoreplease" a preguntar si echarán el R.Sociedad-Barcelona. Mi inglés es terrible, pero sí, lo echarán. Me parece buena idea recoger a la Chica Portada, dar una vuelta y comer ahí.

Solo que la Chica Portada no aparece y cuando la quiero llamar, se apaga el móvil y pasa media hora, una hora y yo sé que obviamente ella está en otro lado, pero, dónde? Tengo miedo a moverme porque la única manera de que dos personas se encuentren es que una no se mueva, lo contrario dispara estadísticamente las combinaciones espaciales. Cuando ya parece claro que no va a llegar jamás allí subo hasta la 18 y bajo: 17, 16, 15, 14... y ahí cojo de nuevo el metro de vuelta a Prospect Park, algo abatido, sin siquiera mirar la Estatua de la Libertad al final del Río Hudson cuando paso por el Puente.

Al llegar a casa, cargo el móvil y hablamos: ella estaba en la 17, a apenas 30 metros, no más. 30 metros en Nueva York puede ser un mundo. Puede ser la diferencia entre la soledad y la frustración y la alegría y el Barcelona. Es igual, estas cosas pasan, ahora tenemos la segunda parte y el partido lo vi con Inés, que, no sé por qué le tiene manía a Pinto. Compramos una hamburguesa en un restaurante y una ensalada, luego recogimos su ropa de la lavandería -las tuberías del barrio no aguantarían lavadoras, dice- y vimos la segunda mitad.

Y luego, es decir, al final, el principio.