viernes, mayo 07, 2010

Interino en Tres Cantos (II)


Efectivamente, cojo el metro hasta Baunatal y ando, ando, ando hasta que encuentro la DAT y un señor muy amable me da la credencial, espera a que rellene mis datos y de paso me entrega los papeles que necesito presentar para la Oposición de junio. El destino, como ya sabía, es Tres Cantos. Es la una y media de la tarde. Me armo de agua mineral y empiezo a dar vueltas por la ciudad en busca de la estación de Cercanías. Nadie parece saber muy bien por dónde está y acabo tomando una paella y un filete en un bar cerca del ayuntamiento, donde ya sí me explican con más precisión.

En San Sebastián de los Reyes tengo que coger un tren hasta Cantoblanco, cruzar corriendo la pasarela y coger otro tren hasta Tres Cantos. No lo consigo y lo pierdo. La nariz gotea algo que parece sangre pero es Betadine. Los universitarios siguen a lo suyo y a mí no me parecen diez años, me parecen cien. Me parece que no estuve nunca, que fue otro. Al final, unos 8 minutos después llega el tren con destino Colmenar. Me bajo y ando, ando, ando. Avenida de Labradores, o algo así, calor súbito con mochila al hombro. Tres y media de la tarde.

Un kilómetro después, en la Escuela Oficial de Idiomas, todo el mundo es encantador, como suele ser habitual. Un sitio más o menos pequeño y en el que todos se conocen. Me toca un Básico 1 y un Avanzado 2. Preparo cosas, me enseñan equipos y aulas. A la primera clase vienen tres alumnos y a la segunda siete. Me felicitan. Me gusta que me feliciten, claro, me gustaría más si eso diera puntos, pero al fin y al cabo yo sí voy ahí es para que aprendan y disfruten, que les merezca la pena lo que han pagado y la paliza que supone trabajar por las mañanas y estudiar un idioma por la tarde.

A las 21,30 acabamos y hago el kilómetro de vuelta. Llego agotado a la estación de Tres Cantos y me parece una estación preciosa, con su campo, sus grillos, su anochecer, su hotel cuatro estrellas con balneario justo enfrente. No puedo disfrutarlo. Me deprime no poder disfrutar ni del cansancio. En el cansancio, las cosas se recolocaban y adquirían alguna clase de sentido. Ahora, el sentido es imposible y todo se queda revuelto y confuso.

Hasta las 22,45 no llego a casa. Ceno pescado y me pongo a ver como tonto las elecciones británicas supongo que porque me recuerdan a un partido de fútbol más o menos emocionante.

Al día siguiente me encuentro ante una enfermera y una doctora que miran mi nariz con cara extraña. Luego me encuentro de nuevo en Cantoblanco, en mi vieja facultad, mi viejo Pabellón B, mi vieja cafetería, los despachos de mis viejos profesores y una entrañabilísima ex-jefa de estudios. Charlamos, paseamos y comemos. Para variar, perdemos el tren y tenemos que coger el siguiente. Yo le explico que todo esto que escribo aquí no siempre lo escribo con entusiasmo, es decir, que necesito escribirlo, pero no lo hago para que la gente vea cómo molo. O no siempre. A veces, "todo esto" es un suplicio y los días acaban sin descanso y sin poder decir "me he dedicado este tiempo a mí".

Vi un montón de cosas que le han sucedido a otro. En eso me he convertido, en un alien.

Una chica se cae en medio del vagón. Pienso que eso, en cualquier momento, me podría pasar a mí. Caerme rendido y ya está, bandera blanca. Lo pienso en Chamartín, en Nuevos Ministerios, en el transbordo de la línea 10, agobiado entre mochilas en Gregorio Marañón, Alonso Martínez y Tribunal. Lo pienso incluso cuando llego a casa y tengo que ir al baño otras cuatro veces seguidas. Pero decido que no, que no me rindo. Que la definición de mí que más me ha gustado en años es "tú no te rindes nunca".

Es decir, "time, truth and heart", o lo que es lo mismo, "if you can hold on, if you can hold on... hold on".

jueves, mayo 06, 2010

Interino en Tres Cantos

En una hora cojo el metro, luego el Cercanías, luego voy camino de la DAT-Norte en San Sebastián de los Reyes, entrego papeles, los recojo, los llevo a la Escuela Oficial de Idiomas de Tres Cantos y empiezo curso por décima vez en menos de dos años. Algo de confusión y nervios, como es lógico, después de más de un mes en el paro y con las Oposiciones a apenas dos meses vista. Algo menos, incluso.

El caso es que he dormido mal, con dolor de cabeza y sueños difusos. Ayer pude disfrutar lo justo de una noche de excelentes cortos en la Plaza del Carmen, cortesía del Cortofunk, Ángel Loza y Karola. Tengo la nariz roja y quemada por el helio y una extraña sensación de estar confundido. Probablemente, repito, sean nervios y miedo. Siempre hay algo de miedo cuando se empieza de cero en otro lado. Es un poco como lo de los actores cada vez que salen al escenario. Solo que aquí, cada dos meses hay un estreno.

Gira por provincias.

Si al menos el Madrid... pero no, el Madrid nunca.

En ocho días cumplo 33 años. Supongo que parte de todo esto tiene que ver con la resistencia a envejecer, sea eso lo que sea. Que el cuerpo ya ni aguanta ni piensa aguantar noches de estrenos, festivales y entrevistas para páginas web. Conmigo que no cuenten. Cortometrajes, novelas y libros de relatos. No, no. Mi cuerpo quiere acostarse después de comer y levantarse antes de cenar. Quizá debería limitarme a hacer como John Belushi y en una situación límite como esta decidirme por hacer una fiesta toga.

Tirar p´alante, como los de Alicante.

En fin, mañana les cuento a ver qué tal.

miércoles, mayo 05, 2010

Hulk Hogan y El Último Guerrero


Telecinco nació justo en 1990 con un montón de programas ideales para el treceañero hormonado: Mamachichos, cacaomaravillaos, quintasmarchas, tuttifruttis, "Ay, qué calor" y películas "eróticas" de Jaimito y la profesora de turno. Aquello era el paraíso del pajero. Aunque decidieron no gastarse un duro en deporte, tenían un programa genérico llamado Pressing. Por ejemplo, si retransmitían un partido del Milan -Berlusconi, recuerden- lo llamaban Pressing Fútbol, si ponían combates de lucha libre americana, lo llamaban Pressing Catch.

De ahí el nombre, sí, aunque luego cambiara de cadena.

El Pressing Catch apareció de la nada más absoluta. Ninguno teníamos ni idea de quiénes eran esos tipos ni de dónde habían salido. Empezamos con la película a la mitad pero igual nos quedamos. El Hermano Amor tenía un show donde la gente se peleaba, el entrevistador era un calvo con bigote, casi todos llevaban unos trajes ceñidos de medio cuerpo y estaban gordos. El encanto de aquella lucha era precisamente ese: el elogio a la taruguez y a la enormidad grasienta. Nada de Divas, nada de guaperas. Aquellos tipos eran feos con ganas, rudos, groseros...

Cuando entraban al ring ya sabías quién iba a ganar porque siempre ganaba el que entraba el último, con su música rudimentaria de fondo. Nada de grandes composiciones. A mí me gustaba Mr. Perfecto. A otros compañeros de clase les gustaba más Jimmy Estaca Duggan o los Sacamantecas o Jake The Snake Roberts o incluso el contundente Terremoto Earthquake, que saltaba alrededor de su rival cuando este estaba en el suelo antes de lanzarse definitivamente sobre él.

Por supuesto, nos lo creíamos todo, y eso que, vistas en YouTube, las coreografías dejaban bastante que desear. Aunque tuviéramos nuestros favoritos, aquello era como en el fútbol, nos dividíamos entre los fans de Hulk Hogan y los del Último Guerrero, dos iconos de aquellos tiempos que seguían un ritual muy parecido: empezaban bravucones, les pegaban un par de hostias, andaban medio KO, les daba el baile de San Vito (Héctor del Mar dixit) y remontaban el combate.

Hulk Hogan era una leyenda. El Último Guerrero era nuestra leyenda. Imaginen que en Japón solo hubieran echado la liga española de 1979 a 1982, ¿quién pensarían los japoneses que era el mejor equipo de fútbol español? La Real Sociedad. Con el Último Guerrero pasó algo parecido. En realidad, solo tuvo un par de años buenos, pero fueron nuestros años, los de Telecinco, así que aquí se convirtió en una especie de leyenda que desde luego no es en Estados Unidos.

Eso lo aprendí muchos años después, por motivos profesionales. Incluso llegué a ver un combate en directo en Valencia, pie de lona, la arena metiéndose en el ojo de los luchadores fornidos y musculosos.

Volviendo atrás, sí podemos decir que el Último Guerrero estaba musculoso, pero ¿Hulk Hogan? Estaba incluso calvo y bastante fondón. Naturalmente, era mi favorito. El gran combate de aquellos años fue en un gran evento llamado Wrestlemania, algo así como el Campeonato del Mundo de la WWE -entonces, WWF- precisamente en 1990. Ganó Warrior y montaron un numerito en plan "cambio de guardia". No fue tal. Warrior era un pirado que acabó como predicador filonazi. Desapareció de la WWF y de las pantallas. Hay un documental maravilloso sobre el personaje, realmente maravilloso.

En 1991, empezó la Guerra del Golfo y todo fueron distracciones con banderas y turbantes. Las emisiones, dice la Wikipedia, duraron hasta 1994, pero yo honestamente no recuerdo nada a partir de 1992. Un jovencito llamado El Enterrador, con sus dos metros de altura y su traje negro. La película empezaba a la mitad y acababa también a medias. No sé si importó mucho, yo diría que no, tuvieron que pasar más de diez años hasta que volvieran a poner peleas de la WWE.

Entonces, ya digo, aquello era poco más que una competición de cuerpos anabolizados y bravatas increíbles. No quiero decir que el espectáculo hubiera cambiado, pero yo, seguramente, sí.

martes, mayo 04, 2010

Entrevista a Julio Medem


Creo que la mejor entrevista es la que le hice a Laura Cuello, la más complicada de hacer sin duda fue la de Maike Ludenbach, la más intimidante fue la de Robert Rodríguez para Neo2, la más divertida pudo ser la de Sam Riley por teléfono, no dejaba de reírse, la más "interesante" supongo que es la de Nacho Vegas. Me lo pasé muy bien a título personal con Alberto Amarilla y con Pepu Hernández. La más "profesional" quizá fue la de Lichis en 2005, cuando aún no le conocía en persona y me fui hasta Terrassa. Supongo que Nena Daconte y Terry Gilliam fueron un antes y un después. Vigalondo, Cobeaga, Vanexxa fue complicada también, la verdad, mucha tensión y responsabilidad. Como con Christina Rosenvinge.

La más torpe, por mi parte, sin duda la de Rodrigo Fresán, intentando ser más listo que él, la más efímera un cuestionario por email a Estíbaliz Gabilondo. La más apresurada, en un taxi, grabadora en mano, con Óscar Jaenada. La más dulce, la de Zahara. O la de Manuela Velasco, justo antes de REC. Incluso la de Xenia Tostado me pareció terriblemente entrañable. Los reportajes de La Hora Chanante y Dani Mateo, allá por 2006, supongo que tienen algo de visionario, igual que Vetusta Morla o incluso Luis Ramiro cuando ya era muy conocido pero no llenaba la Joy.

La más emocionante, con David Testal un 2 de mayo de 2008. La más fructífera, la de Dani Flaco, que conseguí un amigo para toda la vida. La más bonita, en cuanto a vistas, con David Planell en la azotea del AC Málaga Palacio. O la de Ray Loriga en el ático de un edificio de Gran Vía. ¿Qué más? La más inesperada, la de María Ripoll, que me prometió quince minutos y acabamos charlando una hora sobre Messi cuando Messi era poco más que un canterano. La más triste, no sé por qué, la de María José Moreno. La más optimista, la de Vega Pérez-Chirinos. Y así sucesivamente. He debido de entrevistar a casi 100 personas en los últimos cinco años. El primero fue Juan Antonio Orenga, para El Semanal Digital.


El último ha sido Julio Medem.





lunes, mayo 03, 2010

Chuck Palahniuk -Snuff

Hace unos días publicaron mi reseña de la nueva novela de Chuck Palahniuk en la revista CulturaMás. Si quieren ver directamente la noticia pueden darle a este enlace. Si quieren saber más sobre Palahniuk, aquí están los comentarios sobre "Error humano".



“El porno es un trabajo que sólo se acepta tras abandonar toda esperanza”, dice Chuck Palahniuk en Snuff, una novela sobre la decadencia y la resignación que lleva al lector al límite de su aguante estético. No es que Palahniuk se recree en escenas especialmente grotescas o violentas, sino que el tono del libro, desde la página uno, es de una tristeza casi insoportable. Un viaje a los infiernos. Un montón de personajes agitándose las pollas para participar en un gang-bang con una actriz semi-retirada que busca su último momento de gloria.


No hace falta entender de porno para entender el dolor ni para entender la miseria personal que se esconde tras una filmación que busca el placer mediante la destrucción. De ahí el título, “snuff”, que es el que se suele dar a películas de extrema violencia en las que a menudo, los actores -voluntarios o no- acaban asesinados o mutilados. Un auténtico giro copernicano el de Palahniuk: la pantalla muestra un montón de chicos y chicas guapísimas corriéndose y gimiendo hasta el supuesto orgasmo y él nos quiere enseñar lo qué pasa detrás, en el rodaje. Lo que lleva a esa chica guapísima de 18 años recién cumplidos y todo un futuro por delante a aceptar que dos tíos desconocidos la penetren a la vez delante de los ojos de millones de pajeros.

El libro es demoledor también en el estilo. Como es habitual, Palahniuk no se guarda nada pero tampoco busca exageraciones tremendistas. La tristeza, la desolación parten de ahí. En la contraportada, un crítico estadounidense resume Snuff como “un Chernobil de tabúes”, y a mí no se me ocurre nada mejor -así que se lo copio. No sólo todos los tabúes sobre el sexo, la violencia, las relaciones familiares, etc. saltan por los aires, sino que además saltan en vano. Viagra, incesto y violaciones. Todo, ¿para qué? Para nada. Ningún personaje consigue lo que busca.

En cierto modo, y por poner alguna pega, Palahniuk juega demasiado con la jerga. Al principio decía que no hacía falta entender de porno para entender la decadencia que rodea al libro, pero sí es cierto que la ambientación depende demasiado de un previo interés por el género. Eso no lo hace peor libro, advierto. Me recuerda a la película The Wrestler, protagonizada por Mickey Rourke. Ahí también uno de los grandes espectáculos por excelencia, la lucha libre americana, se desmitificaba a través de insatisfacciones personales, estimulantes, niños perdidos y juguetes rotos. Si además entendías las llaves, mucho mejor, pero no era necesario.

Por supuesto, en Snuff, si el lector sabe algo de porno, sus variantes, sus miserias, sus trucos… lo va a disfrutar más. Pero los juguetes rotos son los mismos. El mismo personaje que habla al principio de esta reseña dice un poco después: “Tú y todos los demás que estáis en esta sala […] no esperéis que os elijan miembros del Tribunal Supremo”. Lo dicho, un acto de desesperación. De venganza, casi. Una explosión de amoralidad. Una tristeza infinita.