Del libro "El enemigo conoce el sistema", escrito por Marta Peirano, se podrían rescatar mil cosas pero lo que a mí más me ha impactado es la explicación del "like" como mecanismo de recompensa. El terrón de azúcar para los caballitos. Efectivamente, casi todos los que participamos activamente en redes sociales lo hacemos por el "like", por ese pequeño momento de distorsión de la realidad que te hace sentirte amado, respetado, admirado... y que hace que enseguida quieras colgar otra cosa y otra y otra para seguir en la burbuja de tu pequeña comunidad, intercambiando sus "likes" por los tuyos, haciendo un mercadeo de fantasías en ocasiones entrañable y en ocasiones un tanto estúpido.
Que yo escribo para el "like" está claro. Lo digo aquí y ahora pero ustedes lo saben desde hace tiempo. El problema es vivir para el "like" o hacer del "like" la medida de todo. Esperar el "like" después de cada clase, por ejemplo, independientemente de que te lo hayas ganado o no. Frustrarte ante su ausencia. Diría que el "like" no solo ha cambiado nuestra forma de interactuar con el mundo sino que ha cambiado sobre todo el ritmo de interacción. Ahora no solo necesitamos ese "feedback" positivo (eso siempre ha sido así en una cultura del éxito) sino que lo necesitamos cada semana, cada día, cada hora y a decenas. Es imposible. Estamos creando al menos dos generaciones de insatisfechos y eso me preocupa más que los datos que Google pueda tener de mí.
Aunque solo sea porque en Google trabajan mis primos y de momento no vivo en China.
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Mi infancia son recuerdos de vídeos grabados en Beta por mi tío y mi madre. Vídeos de Level 42 y China Crisis. David Bowie y Mick Jagger. Vídeos imposibles de Thomas Dolby y vídeos sugerentes de The Cars. "Heartbeat City" y "Hello again". Andy Warhol secando vasos en la barra de un bar. Años más tarde, cuando decidí recuperar esa infancia, es decir, a los veintialgo, recuperé esas dos canciones y de paso el "Drive" -"You can´t go on thinking nothing´s wrong"- y me las metí en el iPod de turno.
Que yo supiera que había un grupo que se llamaba The Cars y que supiera que me gustaban sus canciones no quiere decir que tuviera la menor idea de quién era Ric Ocasek, aquel hombre excesivamente delgado que repetía: "Oh, Jackie, what took you so long?", una de mis frases favoritas en inglés. Esta mañana me entero de su muerte y las redes sociales se llenan de condolencias. Al parecer, todos llevábamos años escuchando a los Cars y todos nos lo teníamos calladísimo.
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Lo que no es normal -les digo a Ignacio y a su amigo en el bar irlandés donde hemos quedado para ver al Barcelona- es que mi hijo, con cinco años, se trague un Rayo Vallecano-Racing de Santander del minuto uno al noventa y cuatro sin perder ripio, solo una rápida excursión al baño y durante el descanso, y encima al día siguiente se lo cuente a sus abuelos como la cosa más normal del mundo: las expulsiones, el penalti, el gol de Bebé, lo malos que eran los del Racing, la perplejidad ante aquel estadio en medio de las casas, tan en medio que es casi indetectable, los balones escapándose entre los árboles como si fuera el patio de un colegio...
A mí eso es lo que no me parece normal pero a la vez es lo que fomento porque cuando lo cuento -como ahora- me hincho como un pavo y pienso que algo debe de tener de especial alguien que es capaz de prestar tanta atención a un juego y pone tanto empeño en entenderlo, igual que yo me aprendía de memoria los libretos en italiano de las óperas más famosas y calculaba los días de la semana con meses de antelación. No sé si Ignacio y su amigo estaban de acuerdo porque desde la distancia todo es más plano. Sé que en un contraataque del Valencia, Lenglet aculó tanto que acabó defendiendo a su propio portero y a todos nos pareció relativamente divertido.
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