miércoles, agosto 07, 2013

Lisboa 2013. II. Belem.

Sí recuerdo la Torre de Belem, incluso tengo una foto de esas que se hacen por compromiso, casi pereza, el único monumento en un carrete lleno de gamberradas para testificar: "Sí, yo estuve aquí". Recuerdo además que compré la Gazzetta dello Sport y me eché a leer en un parque. Conmigo estaban Víctor y mi hermano. No sé cómo fuimos pero en ferry, no fue, eso ha sido este año con la Chica Diploma, un ferry que sale de Cais do Sodré, llega por un extremo al Panteón y vuelve, cruza el puente y te deja en la Torre para recogerte más tarde.

Solo que la Chica Diploma y yo hemos decidido ser malos y no dejar que nos recoja nadie. Vemos el puente a lo lejos, decidimos que no es tanto y empezamos a andar: primero la Torre, plagada de españoles, como toda la ciudad, luego el Monasterio de los Jerónimos, paseo por una zona comercial llena de heladerías y pasteles hasta llegar a Alcántara, con sus carteles electorales -hay unas elecciones locales pronto, no sé cuándo, eso nadie lo dice, ayer, en una terraza al borde del Castelo uno de los cafés llevaba el nombre de la troika, entiendo que no era nada positivo- y de ahí ya el cruce del famoso puente, un intento de comer en el Club de Jornalistos que frustra la hora y la elección de un entrañable restaurante familiar, la dueña hablándonos muy lentamente para que pudiéramos entender, azorada casi, filete con salsa y una merluza con patatas.

Luego, seguir andando, sin parar, ruta del tranvía por la Calle Boavista hasta la Plaza del Municipio y ya los edificios conocidos: Plaza de Comercio, Rúa Augusta, los camareros mozambiqueños y el sonido del helicóptero de la vuelta ciclista que, efectivamente, empieza hoy.

Por el camino, un descubrimiento: el funicular que lleva a la otra terraza que nos recomendó Marina, la del Barrio Alto. Hace 19 años creo que estuve en el Barrio Alto pero aún no estoy seguro. Dimos miles de vueltas por la noche y no había farolas ni gente a la que dirigirse. Acabamos en un bar llamado Liverpool, vacío, nos sirvieron seis cervezas, nos quisieron cobrar unas 5000 pesetas y acabamos corriendo como cabrones hacia la puerta, como en una canción de los Kinks.

Creo que hoy hemos pasado por esa zona, quizás incluso ese bar, y no me pareció exactamente el Barrio Alto sino una colección de antros y putas, sin más, exactamente donde el Chico Rastrero nos quiso llevar esa noche. Si se fijan, las putas fueron una figura recurrente en 1994 y nosotros tan educados.

Por lo demás, ni siquiera el Castelo fue ayer lo que fue en su momento. Todo es más completo incluso con amagos de resfriado, dolor de piernas y preparativos de boda. Lo normal sería que este diario acabara en reconciliación y amor. Eso sería lo periodístico, un "oh, como odiaba esta ciudad y como me ha convencido de que es maravillosa". No creo que pase. Nada personal, simplemente no creo que pase. Me sigue pareciendo una ciudad demasiado fría, demasiado exigente, demasiado alejada de todo. Una ciudad que te dice: "Anda, mira el río y déjame un poco en paz". Un pibón con conciencia de pibón que tampoco es para tanto. Mis patéticos intentos seductores, mis "obrigados" forzados, mis "até logos" sonrientes, un poco para nadie, porque nadie cree que yo sepa hablar un idioma que, efectivamente, no sé hablar. Ni de lejos.

La cosa queda en tablas entre Lisboa y yo, pues. Puede que me equivoque, me equivoco siempre. La ciudad será a partir de ahora un nuevo recuerdo de la Chica Diploma y poco más. Callejuelas, cuestas y su sonrisa cuando ve un funicular. No he visto a nadie que sea tan feliz solo viendo funiculares y tranvías. En lo que a mí respecta esta no es una relación a tres todavía. De hecho, estamos viendo todo con tanta profundidad y rapidez que a veces tengo la sensación de que el objetivo es no dejarnos nada para no tener que volver.

martes, agosto 06, 2013

Lisboa 2013: I. Caís do Sodré

La última vez que estuve en Lisboa -la única vez que estuve en Lisboa- fue hace diecinueve años y probablemente todo fuera igual pero desde luego yo no soy el mismo. Por entonces, éramos seis animales adolescentes que llevaban condones hasta en la boca mientras un amigo nos despedía en la puerta del autobús con un golpe en el pecho, a lo Aimar, y la frase, la orden más bien, "A follar". Viajamos toda la noche y cuando llegamos, a primera hora de la mañana, acabamos en una casa de putas de la calle Almirante Reis.

Tenía todo el sentido, aunque lo cierto es que nosotros no sabíamos que era una casa de putas y no sabíamos que estaba en el barrio de Intendente, uno de los de peor reputación de la ciudad. En realidad, como ven, no sabíamos nada, éramos todo arrogancia y desprecio y Lisboa es de esas ciudades que, cuando las desprecias, simplemente se echan a un lado y pasan de ti. Ni un gesto gratuito. Ni un efectismo a lo Times Square. Lisboa no te echa a patadas pero te deja la puerta abierta todo el rato, por si prefirieras irte.

De hecho, nos fuimos dos veces: la primera, a Cascáis, donde uno de los miembros de aquel comité de sabios acabó en un hospital con un coma etílico, y la segunda, ya definitiva, a Madrid, tren desesperado, huída en toda regla a cualquier precio, con Bárbara, Carla y Paula -la mía era Carla, la de mi hermano, Bárbara, creo recordar- dando la hora en los asientos de al lado.

En fin, que Lisboa y yo nos hemos llevado regular durante muchos años, como te llevas con ese chico que todo el mundo dice que es maravilloso pero la vez que le viste te pareció un gilipollas. Por eso mismo, tenía sentido que el regalo para la Chica Diploma fuera este, que también tiene su historia con  la ciudad, una ciudad que, permítanme la ligereza, a veces se ceba un poco con los indiferentes, los Santo Tomás del turismo.

Así que aquí estamos, en un Residencial, que es un término medio entre pensión y hotel, llamado Fluorescente, algo hortera, demasiado españolizado, con conexión Wi-Fi y un televisor que incluye Chelsea TV, Man United TV y Real Madrid TV, como si me estuvieran esperando. Ni rastro de putas,  aunque hace 19 años necesitamos que Brasil se clasificara para las semifinales de un Mundial para darnos cuenta de lo que pasaba en el piso de arriba. Lisboa es ese tipo de ciudad a la que llegas, a Luis Enrique le rompen la nariz de un codazo y acabas huyendo de un bar de marineros en el Barrio Alto.

O al menos lo era, porque la mañana del martes es una mañana tranquila (nadie dio órdenes en la escalera del avión, nadie ha creado expectativas absurdas), una mañana de Rossío, Plaza del Comercio, coquetear con el portugués hablado, paseos a Caís do Sodré para ver los ferrys y coca-colas mirando al Tajo, que no es otra cosa que el Océano Atlántico de incógnito. En las plazas se masca una vuelta ciclista que debe de empezar hoy o mañana y en las calles empedradas los camareros reconocen a los turistas y les atacan con sus menús en la mano y cierta facilidad para el español.

Nada, absolutamente nada, me suena. En cinco minutos salimos al Castelo de Sao Jorge esperando confirmar que en realidad yo nunca estuve aquí y no me hice fotos simulando que cada cañón era mi polla.

lunes, agosto 05, 2013

Ya no hay vida de chalet


La "vida de chalet", tal y como se entendió en 2011, fue la leche. Quizás la razón del gran bajón anímico de septiembre tuvo que ver con esa tranquilidad de agosto rodeado de libros, sofás, buena comida e información constante de lo que pasaba en Sol. Entrevistas con Alba García y Eduardo Chapero Jackson, autobuses llenos de italianos de la JMJ. Fue un gran verano, en serio. Sin heroísmos, pero un gran verano, hasta el punto de que, en perspectiva, fue el verano en el que conocí de verdad a la que será mi futura mujer.

Eran tiempos duros pero tiempos largos, es decir, tiempos en los que uno no tenía responsabilidades y podía pasarse horas haciendo lo que realmente quería. Ahora, las cosas no son así. El pasado fin de semana estuvimos la Chica Diploma y yo ahí y aquello fue una gymkana más en la "gira" que se ha convertido nuestra vida y que seguirá siendo al menos hasta el día de la boda: visita al hospital el sábado por la mañana a conocer a un recién nacido, coche para Moralzarzal, comida y a desembalar cajas con recuerdos: recuerdos de Ramos Carrión, recuerdos de Churruca.

Algunas de las cosas eran mías, otras, la mayoría, de mi abuela. Es increíble que seis años después de su muerte, sigamos teniendo ese respeto que da el dolor hacia todo lo que le pertenecía, todo lo que nos recordaba a ella. Si hemos tardado precisamente esos seis años en abrir las cajas me da que tiene que ver con nuestra negación a sufrir más de la cuenta, porque cada plato acaba siendo un puñal y cada camisón acaba siendo una metralleta. En medio, algunos encuentros deseados: la cinta que grabé con su testimonio vital de 1919 a 1954.

Quizá se pregunten qué es eso y a qué vino. Miren, mi bisabuela murió con 103 años, en 1997. Por distintas peripecias vitales, había pasado el desastre del 98 en Cuba, la revolución de Pancho Villa en México, el fin de la monarquía en Palacio y la llegada de la Guerra Civil casada con un Berenguer. Esa mujer, lúcida hasta prácticamente el día de su muerte, era una enciclopedia andante y nadie se preocupó en grabar sus historias, en dejar ese recuerdo. Nos parecía que iba a vivir siempre y, oh sorpresa, nos equivocamos.

Como no podía permitir que aquello volviera a pasar, pocos años más tarde sí me atreví a "entrevistar" a mis dos abuelas y a mi abuelo. Las historias que más me interesaban eran las que llegaban al nacimiento de mis padres, porque pensaba que a partir de ahí ellos me ayudarían a reconstruir -también me equivoqué, mi padre murió antes de cualquier grabación posible-. Eran historias brutales, casi todas girando en torno a la Guerra Civil. A mi abuela paterna le tocó, como decía, en Asturias. Los republicanos mataron a su padre y tuvieron que huir a San Sebastián y luego a zona nacional como pudieron. Mi abuelo paterno sirvió para los republicanos unos meses cerca de Sestao, donde había nacido, y, como carlista que era -él aseguraba que también había una cuestión de comodidad y dinero de por medio- se pasó en cuanto pudo al bando de los requetés de Franco.

Mi abuela materna tenía 17 años cuando empezó la guerra y estaba en un colegio de huérfanos de la Guardia Civil cerca de Madrid. No era el mejor sitio en el que estar, así que su madre la sacó y la trajo a Madrid capital, donde vivían, barrio de La Guindalera. Eran absolutamente apolíticos, es decir, les tocaron los bombardeos nacionales y la incomprensión republicana. Uno de sus hermanos se había afiliado a Falange en los tiempos de José Antonio y huía por las noches por los tejados cuando aparecían los milicianos a darle el paseo.

De los tres, quien más problemas recuerdo que tuvo para hilar su discurso fue precisamente mi abuela materna, que es a la que aquí suelo referirme sin más como "mi abuela" porque viví 30 años en su casa. Pasaba los 80 años y ya empezaba a tener problemas de memoria y, todo hay que decirlo, un desinterés total en la empresa, algo parecido, diría yo, a la vergüenza. La cinta quedó perdida en la mudanza y por fin ha vuelto al lugar donde debía, junto a las tres de mi abuelo, también fallecido recientemente, y mi otra abuela, afortunadamente vivita y coleando.

Por lo demás, esta nueva vida de chalet es una vida de paso, como todo. Pasamos por ahí, desembalamos, cenamos, paseamos, volvimos a desembalar, comimos... y todo fue maravilloso, una relajación total, pero corto, muy corto. Ya no hay vida de chalet, o como pone Hache en su Facebook, "The lifestyle you ordered is currently out of stock". De todas maneras, y como somos muy cabezotas los dos, hemos prometido volver. Otra vez de paso, tres días en vez de dos, pero volver. Nuevos planes, idénticas estrategias. Antes de eso y de los ataques de ansiedad, Lisboa. Les cuento a la vuelta.

domingo, agosto 04, 2013

Rosa Díez y Rajoy, más allá de Ketama y las veinte preguntas



Que tenía pinta de que Rosa Díez estaba siendo brillante en su intervención del jueves es algo de lo que me di cuenta leyendo en Twitter comentarios del tipo: “Pues la verdad es que…”, “Me duele decirlo pero…”, que es lo más que Rosa Díez y UPyD van a conseguir en las redes sociales aparte de algún que otro Trending Topic por torpezas de Toni Cantó o frases sacadas de contexto. No sé si mucha gente en España es de UPyD sin saberlo pero todos tenemos muy claro a estas alturas que mucha gente en España organiza sus filias y sus fobias sin sentirse en la obligación de leer ni escuchar lo que le dicen.

Había apagado la televisión muy enfadado por el discurso de Mariano Rajoy. Ese discurso de “Bárcenas bajó de una nave espacial, confiamos en él porque parecía majete y ahora les está sirviendo a ustedes para intentar acabar con España a ojos de los mercados”. Toda su intervención fue un disparate, de una agresividad y un matonismo reforzado por las órdenes a los militantes —perdón, los diputados- de aplaudir “todos a una” cada una de las frases de su gran líder. Un espectáculo grotesco que recuerda a los de los presidentes de determinadas Comunidades Autónomas cuando intentan convencer a sus votantes de que poner en duda su aptitud política en el cargo es un ataque no a la gestión sino a la persona y no a la persona sino al estado o comunidad que representan.

De lo más barato que se ha visto en años. Impropio de alguien que está consiguiendo que el peor presidente de la historia de este país, Zapatero, empiece a parecer bueno en comparación.
En fin, que me enfadé con eso y con su empeño de convertir toda su explicación en un ataque a Rubalcaba. Yo no voto a Rubalcaba. De hecho, hay 37 millones de españoles que no votan a Rubalcaba pero siguen teniendo de presidente a Rajoy y quieren saber qué demonios ha estado pasando en el partido que él lleva presidiendo desde 2004. Igual que Bárcenas bajó de un OVNI para refugiarse en un despacho hermético, parece que Rajoy se enteró de que presidía el partido del propio Bárcenas mientras leía el Marca. Ahí nadie sabía nada, nadie conocía a nadie. Omertá.

La intervención de Rosa Díez fue muy comentada por sus veinte preguntas pero a mí, viéndolas a posteriori, grabadas, me parecieron tediosas. Ahora bien, los primeros cinco minutos de la intervención la separan del resto de líderes políticos. De acuerdo, no sabe la diferencia entre “vigésimo” y “veinteavo” y no lo voy a aplaudir. Tampoco voy a aplaudir que cite a Ketama para cerrar su discurso porque lo frivoliza, pero sí aplaudo y sin fisuras las siguientes ideas:

El presidente se comportó como un matón e insultó a toda la cámara al insinuar que eran cómplices de un delincuente, negó la soberanía popular del Parlamento y vinculó el control de la cámara al Gobierno con un ataque a España que puede desestabilizar los mercados. Él eligió a Bárcenas, él reconoció el error pero la culpa era de los demás. Un grave error político, efectivamente, debe ir acompañado de una gran responsabilidad política, ni siquiera penal, que eso vendrá más tarde. Salir a decir “Me he equivocado, mi gerente y tesorero durante veinte años es un delincuente” para después no asumir responsabilidad política alguna sino liarse a citar a Rubalcaba, que ya me dirán ustedes qué me importa a mí Rubalcaba cuando me importa el país, y acabar cada intervención con una frase memorable al estilo de José María García, es, efectivamente, vergonzoso.

Algo más comentó Díez de interés: la democracia en España es de muy baja calidad y la culpa no es de los que lo denuncian sino de los que adjudican contratas a los amiguetes y los que se quedan con el dinero de los ERE y los que urden tramas, sean del partido que sean, para protegerse unos a otros y enriquecerse sin que nadie pueda investigar porque los parlamentos están bloqueados por mayorías absolutas. Es imposible deslindar la situación económica de los desmanes y corrupciones de los políticos y las instituciones. Partidos cuyo presidente coloca a un delincuente —según sus propias palabras- de tesorero, le mantiene el despacho durante meses, le sigue pagando un sueldo o un finiquito en diferido —casi prefiero lo primero porque lo segundo es fraude fiscal y a la Seguridad Social-, lo dice en Parlamento tan ancho y empieza a repartir basura por todos lados.

Un Parlamento, por lo demás, convertido en un patio de vecinas, que es lo que esta gente ha hecho con la política y la democracia; un lugar donde nadie escucha a nadie y la arrogancia llega a niveles insospechados. El propio Rajoy, en su peculiar selección de hechos que le incitaron a confiar en Bárcenas al principio del caso Gürtel mencionó la famosa cacería del ministro de Justicia socialista con el instructor del caso, el juez Garzón y que obligó a dimitir a Mariano Fernández Bermejo. Bien dimitido estuvo, aunque nadie pudiera probar que en esa cacería existieran indicios siquiera de prevaricación.

Bien dimitido, señor Rajoy, porque a veces, y a usted le gustaba y lo pedía, los miembros de los gobiernos dimiten cuando cometen errores políticos y la beneficiada no es la oposición, que sigue opositando, sino España, y, con España, ya si quiere ponerse macroeconómico, su prima de riesgo, la confianza de los mercados y ese largo etcétera que siguen repitiendo machaconamente para que la gente olvide la realidad. La misma realidad que de vez en cuando, con mayor o menor acierto, Rosa Díez lleva al Congreso.

Artículo publicado originalmente en el periódico El Imparcial, dentro de la sección "La zona sucia"

sábado, agosto 03, 2013

Low Cost 2013


Por lo demás, sí, hubo un festival. El mismo festival al que había asistido en 2011 en condiciones francamente lamentables, como el que va a Fátima pero en vez de esperar encontrarse con la virgen espera encontrarse con OK Go! Eso, Vetusta Morla y Love of Lesbian. La santísima trinidad. Dos años más tarde, las cosas han cambiado pero el hotel Cabana, no. En compañía de la Chica Diploma, parece aún más cutre, más sesentero, más Alcalde Pedro Zaragoza. No es una torre pero es una fuente de olores a crema, niños corriendo y recepcionistas perezosos. Por los pasillos se escuchan las pruebas de sonido y después los conciertos como si estuvieras en una grada supletoria a dos kilómetros de distancia. En la habitación, que sorprendentemente es cuádruple, ocurre más o menos lo mismo.

El primer día es el día de acomodarse y eso hacemos: no tanto en la habitación enorme, con una preciosa terraza llena de sillas sucias, sino en la ciudad, o, más bien, en sus plazas de aparcamiento. Momentos de desesperación porque son las ocho y luego las nueve y aquí no hay quien aparque hasta que encontramos un área residencial en lo que parecen las afueras y resulta ser la parte de atrás del hotel y del recinto del festival. Nuestra vida como una canción de Pink Floyd. Almas en una pecera.

Después, cena digna y, ya sí, cambio de abonos por pulseras, reconocimiento de la Zona VIP, concierto de Two Door Cinema Club más que recomendable y un lento apagarse que hace que el concierto de Lori Meyers llegue tarde, en parte por el cansancio y en parte porque, en fin, es Lori Meyers y tampoco me entusiasman, así que a casa, la Chica Diploma desvelada que coge la habitación buena, la de la tele y la terraza, y me deja a mí la otra, la de la música rebotada y el calor. Por fin somos un matrimonio. No importa: caigo dormido al instante mientras a lo lejos suena "Luces de neón".

El sábado es distinto. Algo distinto, al menos. Un sábado de orzuelo -o vaya usted a saber- en el ojo izquierdo, de paseo con gafas de sol y gorra de excursionista por el paseo marítimo, playa de Levante, rascacielos enormes y paella viendo la clasificación de la Fórmula Uno, ese atavismo de las sobremesas de sábado en verano. Después, siesta, María Teresa Campos -el extraño magnetismo de María Teresa Campos y su colección de momias, un magnetismo arqueológico mientras pienso para mí mismo: "Debería estar leyendo, debería estar leyendo...", pero no- y a las diez en la Ciudad Deportiva Guillermo Amor a ver a Belle and Sebastian, mucho mejor que otras veces, más dinámicos, más divertidos, sacando gente del público al escenario a que se diviertan y a mí eso me parece algo muy bonito, no ya para el espectador, que podría prescindir de esos momentos, sino por los elegidos, la sensación de que tienen algo que contar el resto de su vida y todos necesitamos algo que contar el resto de nuestra vida.

Yo, por ejemplo, cuento mucho que vi un Argentina-Nigeria, final de los Juegos Olímpicos de 1996, en una habitación de hotel de Santander junto a Andrés Calamaro y Ariel Rot. En su momento no me pareció gran cosa- básicamente mis ojos estaban en el Piojo López- pero con el tiempo, la anécdota ha ganado glamour, sin que sea mérito mío, por supuesto.

En fin, que después de Belle and Sebastian llega Portishead. Tenía una amiga, o mi hermano tenía una amiga, porque en general los amigos de mi hermano han tenido serios problemas para ser amigos míos y algo de culpa tendré yo en ello, lo reconozco, que reconocía que le gustaba follar a ritmo de Portishead. Puedo entenderlo y no, es decir, puedo entender la seducción, un cierto erotismo, a ritmo de "Glory box", por ejemplo, pero me cuesta imaginar el ritmo cansino, aletargado del amor al calor de un grupo tan lánguido. Un amor tórrido en el peor sentido. Amor de agosto por la noche, cariño, ¿por qué no abrimos la ventana? Portishead, siento decirlo, me invita a la rutina.

Lo mismo le pasa a Hache y a la Chica Disney, que están continuando en Benidorm su gira de festivales y que muestran un entusiasmo envidiable, especialmente la Chica Disney, que me abraza, me besa, incluso me levanta en brazos, se sienta conmigo en la hierba mientras Dorian suena de fondo y la Chica Diploma se ha ido a bailar, que falta le hacía, no se puede estar siempre con un soso como yo, y hablamos de lo que son los 30 años, de lo que es estar perdido y de los milagros que ocurren de vez en cuando. La necesidad de esperar un milagro continuamente, no desfallecer.

Y así llegamos al domingo, al día más activo, por así decirlo. Paseo por Playa de Poniente, primero paseo marítimo, luego, por la orilla, esa orilla de tres centímetros que dejan las playas de Benidorm entre la última ola que rompe y la primera sombrilla. Tres centímetros utilizados por muchos para jugar a las palas, en un alarde de inocencia entrañable mientras nosotros paseamos y nos cogemos de la mano y no nos importa que alguna ola revoltosa nos empape los pantalones e incluso fantaseamos con tirarnos al agua y nadar, refrescarnos, casi 35 grados más la humedad antes de una lubina en un chiringuito mientras Vettel no gana pero tampoco pierde del todo, términos medios, y Alonso se enfada como un niño pequeño.

En el hotel, otra siesta, rápida porque hay que ir a ver a Zahara a las ocho y Zahara sale con un conjunto ceñido color dorado y da un concierto notable, ideal para la situación porque Zahara tiene que demostrar que ya no es una "chica pop" ni una "chica Vuelta a España", que sus influencias van ya por otro lado, más rockero, más experimental, más Sonic Youth si se me permite la comparación, mucho más Escenario Budweiser que Búho Real, igual que probablemente Standstill sean más Joy Eslava o Sala Apolo que festival de madrugada...

Tras Zahara, un poco de nada. Un poco de bocata de chorizo en zona VIP, sofás y asientos y gotas en el ojo y guardar sitio en la grada para el concierto de Love of Lesbian, el único que dan en todo el verano dentro de un festival y que, quizá por eso mismo, deciden que dure dos años ante un público entregado. El concierto es peor que el de hace dos años porque su último disco no es "1999", lo que no quiere decir que sea malo sino que no es "1999", punto. O que no significa para mí lo que significó "1999" y me cuesta seguir el ritmo, lo que no quiere decir que un concierto de LOL siempre sea un concierto de LOL y lo disfrutemos bailando mientras unos porreros adolescentes se sientan adelante con una cara de profundo aburrimiento como si estuvieran esperando al siguiente grupo, pero, ¿qué siguiente grupo?, ¿Fangoria? ¿Están esperando a Fangoria con su melancolía juvenil? No me jodas.

La última canción es "Los toros en la Wii", sin duda la mejor del concierto, con su "Dignísima gente rastrera" y Santi Balmes paseando entre la gente como un Mesías. Creo que Santi se maneja bien en la pretensión de Mesías, que le hace gracia, que no se lo cree porque tiene una edad, una experiencia y un sentido común, pero le divierte que los demás sí se lo crean. Un tipo juguetón. Cabía la posibilidad de que decidieran dar vida a la versión que hicieron para una conocida marca de cerveza, pero no, se mantuvieron fieles a su público, al juerguista, al "he inventado un juego, Toros en la Wii... indomesticados", como si sintieran que no podían arrebatarnos eso al club de fans de John Boy y vendernos una fiesta paellera de bikinis y besos apasionados.

Y después de Love of Lesbian, de nuevo Hache y la Chica Disney, una más baja de revoluciones por una dura noche anterior, la otra, inasequible al desaliento, bailando Fangoria como si no hubiera un mañana. Mi problema con Fangoria no está tanto en sus canciones sino en Alaska. Lo siento pero veo a Alaska y veo de nuevo a María Teresa Campos, veo a Jorge Javier Vázquez. Para mí, Fangoria es un tío que intenta hacer música y una mujer que se pasea por Telecinco y se rebaña en la caspa y me cuesta mucho, ya lo siento en serio, pero la Campos, una vez al año no hace daño. De ahí a aceptar imitaciones va un trecho...

... Así que, en un ataque de rebeldía me voy a las dos de la mañana a ver a Standstill. Es curioso que haya aguantado desde las ocho hasta las dos y es curioso que en tres días haya visto siete conciertos, incluso ocho según qué cuentas hagamos. A usted, festivalero post-adolescente, le parece normal e incluso poco, pero yo, que me conozco, estoy sorprendido. Esta vez la cansada es la Chica Diploma, así que nos sentamos al fondo del Escenario Energy, en una de las carpas que aún no han desmontado, y todo marcha bien, algo confusos en el ruido y la experimentación hasta que suena el principio de "¿Por qué me llamas a estas horas?" y yo salto como loco y me voy al mogollón -un pequeño mogollón porque todo el mundo está con Alaska y su tiempo tan feliz-, me empujo con dos o tres sin venir a cuento, me trastabillo en mi carrera como se trastabilla el cantante con la letra y entonces pienso que no puedo dejar a la Chica Diploma sola a estas horas en un festival de buitres porque es demasiado guapa y vuelvo corriendo, como me fui, a su lado, no sé si a protegerla o a protegerme a mí y lo primero que me dice, sonriendo, es: "¿Pero por qué no te has quedado ahí bailando?"

Y, ya que Rosa Díez puede acabar sus comparecencias citando a Ketama, permítanme que yo acabe este post citando a Manolo Tena con un "Y yo no sé qué contestar".