sábado, septiembre 21, 2013

Luna de Miel VI. Arezzo, Cortona, Siena


Uno de los momentos del viaje es cuando cruzamos un arco a la izquierda y aparece la Plaza del Campo de Siena. Es de noche, una noche de sábado que en Italia se vive a lo grande, con una elegancia de provincias, de adolescentes engominados y perfumados. La Chica Diploma me avisa, porque ella estuvo cuando tenía 17 años, pero aun así la belleza es inmensa. En general, toda la belleza de Siena abruma porque, si Florencia es viajar en el tiempo, ¿esto qué es?, ¿cómo se puede vivir cada día, cada noche en una ciudad no ya renacentista sino medieval, con sus arcos,sus esculturas, sus frescos...una ciudad museo con coches a toda velocidad subiendo y bajando las cuestas.

Venimos sorprendidos de lejos, la verdad, de Arezzo y de mucho antes. ¿Cómo es posible que toda la Toscana se conserve como si jamás hubiera sufrido una guerra, una conquista, un pillaje? Cada ciudad, incrustada en su respectivo monte, se mantiene con una elegancia que choca con la realidad de país en bancarrota, país rescatado. En las calles no hay pobres, no hay borrachos, solo coches de época paseándose por las calles mientras las banderas y los escudos rodean las plazas.

¿Cuánto de todo esto es un simulacro, o, más bien, cuánto de todo esto no es un simulacro, Tadzo en una playa de las afueras de Venecia?

Imposible saberlo. De nuevo, todo es precioso, una preciosidad insisto, acentuada por el entusiasmo del fin de semana. Los aires de fiesta. Los chicos y chicas. La emisora de elección es RDS, aunque la Chica Diploma se harte cada vez más de Tiziano Ferro y Eros Ramazzotti. Es una emisora que se da poco a las sorpresas y cuando por fin cambiamos resulta que suena Luca Carboni y recuerdo que hace 25 años de aquello de "Luca lo sabe, sabe que Silvia se pincha ahora...". Lo de este país con el pasado empieza a ser una cosa enfermiza y en Corcona estoy a punto de hacerle una foto a un cartel electoral de Berlusconi que es de 2013 pero ya tiene un punto ajado, amarillento...

De Corcona salimos ya al atardecer pero nos perdemos de nuevo. La buena noticia es que perderme cada vez me desespera menos y supongo que eso quiere decir que empiezo a relajarme y bromeamos con los coches que se dedican a adelantar de tres en tres en una carretera de doble sentido, ya casi de noche y en línea continua. Cada pocas curvas vemos un ramo de flores en una cuneta pero si uno lo piensa pocas parecen porque en resumen este es un país tan apegado a lo que fue que el presente es cosa de suicidas. Un país a toda velocidad hacia ningún lado. Todos corriendo, cada uno a lo suyo.

Todos menos el camarero del restaurante de Siena, que nos tiene sin poder pagar durante veinte minutos mientras el Barça golea en Vallecas y yo pierdo definitivamente la liga del Top Eleven en la última jornada, cosa que a la Chica Diploma -en este país conocida como la Ragazza Senza Glutine y sus Celiacci- no sé si le desagrada del todo porque intuye que así voy a dejar el teléfono móvil en paz.

Obviamente se equivoca.

Luna de Miel V. Montepulciano.


Escribe Mark Oliver Everett: "El matrimonio siempre me había parecido algo que hace la gente normal. Muchas veces había pensado que la gente lo hacía porque es lo que todo el mundo hace. Pero cuando conocí a una persona tan extraordinaria, tan absolutamente única y me convencí de que era la única manera de verse, la idea empezó a resultar más y más atractiva. Iba a ser una aventura rara, muy rara, pero divertida."

Se lo leo a la Chica Diploma y le pido que no haga caso a lo de "la única manera de vernos" porque ella no es rusa y no necesita una green card para vivir conmigo en Estados Unidos y ella me dice:"Pero qué bonito eres" y me empieza a besar como a un niño bueno.

Coincido con Everett: yo nunca quise casarme, yo nunca quise tener hijos...hasta que conocí a la Chica Diploma. Si no fuera por ella iba yo a levantarme a las 7,45 para salir a las 9,30, sortear desviaciones y recorrer la SR2 desde Siena hasta Montepulciano, pasando por Montalcino y Pienza, hasta las 8, que volvemos de nuevo agotados a casa. Si no fuera por ella, por su entusiasmo ante cada castillo, cada viñedo, cada pueblo encima de un monte con sus calles empedradas, sus bodegas, sus tiendas de queso y su desdén al turista tan habitual en todos los pueblos turísticos.

Si no fuera por la alegría de su cara cuando vuelve de hacer una foto en medio de la carretera -se ha italianizado, toma las curvas a la velocidad local, toca el claxon, se cabrea, gira en cualquier recodo y deja el coche donde puede para sacar el móvil, aunque nunca llega a los extremos que se ven por aquí, realmente increíbles- yo no soportaría quedarme en el asiento escuchando la RDS Grandi Successi y su colección de Jovanottis. A mí, el campo, lo siento, no me dice nada. Puedo observar lo bonito o lo feo de un paisaje pero sin emociones. No soy así, haber elegido muerte.

Así que yo tolero sus fotos y ella tolera mi gruñonería. El niño bueno convertido en niño malo hasta que llegamos a Montepulciano, el pueblo más bonito de los que hemos visto con diferencia, también en cuesta, también con iglesia renacentista, bodega, viñedos, quesos, turistas...pero un magnetismo que hace que cada plaza sea especial y cada terraza pida un café y una calma. Juegos Olímpicos para Montepulciano ya.

No así Pienza ni San Quirico. Una por exceso -demasiado de todo, demasiado parecido- y otra por defecto -un montón de ancianos, un montón de gatos, un montón de desidia-. Todo esto antes de volver a casa cargados de cena para ver el baloncesto para perdernos de nuevo y acabar encontrándonos por sorpresa porque de momento nuestra vida, y no solo en la Toscana, se resume en una cadena de casualidades.

Que es algo muy Woody Allen, por cierto, si lo piensan.

jueves, septiembre 19, 2013

Luna de miel IV. Greve in Chianti.


Fiesole se prepara para el Mundial de ciclismo en ruta como se preparan los adolescentes que saben que serán el centro de la fiesta. Los profesionales se mezclan con los aficionados, todos subiendo los cuatro kilómetros que separan el pueblo de la capital. Hay por tanto un aire de fiesta y unas vistas maravillosas, toda Florencia vista desde arriba, brillante bajo el sol. Es el principio de nuestro primer día de coche y lo primero que nos ha dicho la chica de Avis es que sí, es muy probable que tengamos algún tipo de accidente.

 No lo dudo. Todos los tópicos sobre la conducción italiana se quedan cortos respecto a la realidad, y esto vale para coches, autobuses, ciclistas y especialmente moteros. Es la suya una temeridad extraña, una temeridad tranquila, como si llevar haciéndolo toda la vida les eximiera del destino. La Chica Diploma lo lleva bien; yo, no tanto. Yo me pongo muy nervioso cuando hay atascos y no sabemos si nos perdemos o no y juntamos mapas e indicaciones pero no hay manera de saber si has acertado en la última rotonda hasta que efectivamente aparece el cartel sorpresa dándote la razón. El objetivo desde Fiesole es llegar a Greve in Chianti y así se lo hacemos saber a un chico joven, casco en mano, para que nos diga al menos si hay que salir carretera arriba o carretera abajo. Sus explicaciones son tan confusas como mi italiano y sucede lo lógico, nos perdemos un poco hasta que encontramos la carretera que lleva a Siena. La nuestra.

 Y es una carretera llena de locos pero una carretera hermosa. Carretera de viñedos y castillos y pueblos amables con café y terraza en la plaza mayor. Pueblos que no necesitan engalanarse ni hablar inglés y así acabo en una farmacia charlando con la dependiente, explicando lo mejor que puedo que mi esposa ha sido devorada por los mosquitos -no les culpo- y vuelvo a sorprenderme de que mi italiano sea torpe y difuso, sí, pero nos saque de apuros. Greve, por lo demás, es una maravilla, como lo es cada rincón de un camino que te obliga a ir a 40, a 50, mientras empezamos a tener miedo de que en la villa que hemos alquilado ya no haya nadie, mucho más cuando resulta que nos perdemos de nuevo, que el acceso a Siena es una nueva locura y tengo que hacer como uno de esos concursantes de programas de supervivencia: bajarme del coche y preguntar en bares, en arcenes, a cualquiera que me sepa decir cuál coño es la Via Fiorentina...

...y como en los programas de supervivencia, los buenos ganan y llegan a tiempo pero hoy no se abrazan porque están cansados. Arrastran maletas hasta la recepción, se ponen los pijamas y planifican días y días de viñedos, villas y castillos, confiando en que los mosquitos y el sueño les respeten más al día siguiente.

miércoles, septiembre 18, 2013

Luna de miel III. Bistecca alla fiorentina


Me he dado cuenta de que la mayoría de las definiciones que hago de Florencia son por oposición: Florencia no es Nueva York, Florencia no es Lisboa... y así podríamos seguir toda la luna de miel porque, lógicamente, Florencia no es muchas cosas y si destaca por algo es precisamente por ser difícil de definir.

Un ejemplo: el "bistecca alla fiorentina", plato típico de la ciudad recomendado por el mismo dueño del hostal nada más llegar el lunes. El viajero escritor, el que sueña con llegar a una ciudad y pontificar: "Los florentinos son..." buscará en la gastronomía algo de ayuda para sus dogmas pero en este caso resulta que el plato de la ciudad es un entrecot. No digo "un tipo de entrecot". No. Un entrecot. Un puto entrecot con su costilla a un lado y su carne tierna. Muy rico y muy grande, vale, pero un entrecot.

Hablamos de una ciudad que cree que ha inventado el entrecot y eso descoloca bastante. Por supuesto ha inventado muchas cosas y puede que uno ya se crea el ombligo del mundo, pero esto es chocante.

Si alguna conclusión se puede sacar de todo esto es que Florencia tiene un punto ensimismado y he de reconocer que las ciudades ensimismadas me gustan solo para un rato porque parece que piden a gritos que alguien les diga: "Pues no es para tanto". Desde Twitter, Rubén Roca matiza que no quiso decir como yo sí dije ayer que Florencia era hortera y me da otra pista para saber en qué cajón de estantería colocarla: Florencia es un viaje en el tiempo, especialmente de noche.

Sí, puede ser. Desde luego, tiene sentido, aunque las noches de Forencia, al menos por la noche y en el Duomo son raras. Las plazas se vacían de 8 a 10 y de repente se llenan de nuevo, de manera que resulta complicado dormir con los gritos y los David Guettas improvisados del bar de abajo. Flotencia, lo hemos dicho varias veces, no es muchas cosas pero sí es un poco Avignon, es decir, una ciudad papal sin Vaticanos, una ciudad medieval con ínfulas. La noche de Florencia, esa noche silente de edificios recortados con luz pálida yo solo la vi antes en esa pequeña ciudad apóstata de la Provenza.

Allí viajabas a la Edad Media, sin matices; aquí viajas a esa versión Woody Allen de la Edad Media que fue el Renacimiento.

Aparte de la historia de la ciudad queda la historia del matrimonio. Un matrimonio que se levanta muy pronto para evitar colas en la entrada a la Catedral y cumple con sus obligaciones turistoides, incluyendo el Baptisterio y los 250 escalones que suben al campanario. Después, sin prisa pero sin pausa, la Capilla Medici, reconvertida en museo, la Basílica de San Lorenzo y la de Santa María Novella, que es una verdadera preciosidad. De hecho, todo esto son intentos de ponerle pegas al pibón del anuncio. Si dejamos el cinismo al lado, la ciudad es un escándalo y la Chica Diploma puede comer sus pizzas sin gluten, sus helados sin lactosa y comprar chaquetas en una galería subterránea a un precio muy razonable.

Después de la comida, el día se empieza a hacer largo. Un cansancio mental más que físico, como si la asunción de la belleza tuviera sus límites. Entramos en un café que parece regentado por Gao Ping, bordeamos la fortaleza del norte, entramos en barrios normales, algo lisboetas, Plaza de la Independencia, Plaza de San Marco... y acabamos en la Annunziata, una plaza con encanto, escaleras y yonkis, lo que uno le pide a una plaza de una ciudad moderna.

Como son aún las 4,30 prolongamos un poco más el paseo, esquivando las colas para ver el David verdadero y centrándonos en las fachadas de la calle Tornabuoni hasta llegar de nuevo al río Arno, que es otra preciosidad. La verdad es que la ciudad se nos ha dado bien, no tenemos queja, solo un cierto dolor en las piernas que hace que volvamos al hostal para que yo vea el baloncesto y mi mujer duerma una horita y pico, como duerme ella, sin avisar: un segundo estáis reservando juntos un hotel en Londres y al siguiente lo que queda es un soplido monocorde y una boca entreabierta.

Queda la noche pero yo lo único que espero de la ciudad ya es un buen copazo. Eso me bastaría. Un poco de noche no renacentista. Ni siquiera digo malasañera. Con que Florencia hiciera el esfuerzo de parecerse un poco más aún a Barcelona antes de que nos vayamos a Siena me bastaría.

Luna de Miel II. Forte di Belvedere


Pese a todo, pese al cansancio, el sueño y las emociones fuertes, nos levantamos antes de las 8,30. Florencia tiene el horario que le corresponde y aquí las mañanas empiezan más temprano y las noches llegan antes, a eso de las 8. La Chica Diploma se asoma a la ventana y va viendo la Plaza del Duomo como reflejo de la propia ciudad: casi vacía al despertar, con algunos grupos organizados a las 9, hasta arriba de gente esperando para entrar en la catedral, el campanario, el baptisterio, a las 9,30.

Nosotros holgazaneamos hasta que conseguimos pedir la prima colazione en mi italiano solvente dentro de la deficiencia. En realidad, yo no debería saber hablar este idioma: solo lo estudié durante un mes, hace once años, y pasaba una de cada dos tardes ligando con la chica de al lado, una economista que trabajaba en Price Waterhouse Coopers y no podía decirle a nadie que su novio trabajaba con ella porque la empresa les hubiera despedido.

Hablamos mucho de la crisis y de 2008, 2009... pero 2002 era tela marinera, también.

En fin, que salimos mapa en mano, compramos bolsos, pasamos al lado de la Galería Uffizzi amenazando con volver y acabamos en el Palazzo Pitti tras pasar el Ponte Vecchio. Tenemos una regla y es que no hay reglas, que no vamos a planear en exceso, a crearnos obligaciones. Si nos apetece entrar en un sitio y no hay cola, entramos. Si no nos apetece o tenemos que pasar horas de pie, seguimos paseando. La ciudad frente a sus postales. Si cien taleros imaginarios valen lo mismo que cien taleros reales, ¿por qué el David de Miguel Ángel va a valer más que el de la Piazza della Signoria?

Esa regla, o su ausencia, es lo que hace que Pitti sí pero Uffizzi no y los ojos se llenen de Medicis y de Botticellis, Tintorettos, Caravaggios y ese largo etcétera. Después, salimos a los jardines y de alguna manera nos sentimos más cómodos porque si algo ha conseguido la Chica Diploma es que me sienta más cómodo fuera de los edificios que dentro. Subimos las escaleras de los Jardines de Bomboli y nos acercamos a la Fortaleza de Belvedere, bajando por la Costa San Giorgio como si aquello fuera Sintra y nosotros tuviéramos un hambre inhumana.

Solo que no tenemos hambre sino sueño y cansancio, y a mi mujer le da una bajada de tensión y acabamos en uno de esos supermercados para turistas en serie aprovisándonos de frutos secos salados, y la ruta de la tarde se acorta, reduciéndose al Museo del Bargelo, con su sucesión de patios y estatuas, y una vuelta alrededor de la Basílica de Santa Croce, que ya ha cerrado cuando llegamos a la plaza, cosa que a la Chica Diploma parece aliviarle porqe las bolsas han vuelto a los ojos, el cansancio a las bolsas y de vuelta al hostal por la Vía Preconsolo solo se para en una tienda en busca de manoletinas, señal inequívoca de decadencia.

Así que como la regla es que no hay reglas y el sábado para el hombre fue hecho, no el hombre para el sábado, nos permitimos una tarde de WiFi e "Isabel", una serie algo tramposa pero muy bien hecha, y de repente vuelven a ser las 8 pero de la tarde y la Plaza se vacía de nuevo y nosotros quedamos con Bea para cenar en uno de esos restaurantes donde un camarero te habla en italiano, otro en inglés y otro en español mientras tú intentas rematar como puedes todos los centros y de paso te dejas media liga del Top Eleven.

Es una manera como otra cualquiera de acabar un segundo día en Florencia: sentados en una terraza tomando un café que en rigor no deberíamos poder pagar, fingiendo ser ricos, porque Florencia es de ricos o, como me decía alguien en Twitter, "es de horteras", de ganadores. Es una ciudad de apariencias, el reverso de Lisboa. La indiferencia del burgués frente a la del oficinista. Y sin embargo se parecen entre sí en una cosa: las dos ciudades exageran como exagera Madrid cuando se vende como "relajante". Otra cosa es que las exageraciones nos disgusten. Si nos disgustaran, nos habríamos quedado en casa.

Si nos disgustaran, para empezar, ni siquiera nos habríamos casado.