martes, septiembre 17, 2013

Luna de miel. I. Piazza del Duomo


A la Piazza del Duomo le pasa lo contrario que a Times Square, que por la noche se viste de puta y coquetea cansinamente con los turistas. La Piazza del Duomo, no. La Piazza del Duomo aprovecha la noche para recortar Santa María del Fiore contra el negro, una catedral cromática iluminada, brillante, de los edificios más bonitos que se pueden ver en el mundo y que resulta que está ahí, justo delante al abrir la ventana del hostal, un bed and breakfast recomendado por Booking sin ascensor pero con un dueño amabilísimo que me felicita por ser joven y hablar bien italiano, dos cosas que, obviamente, son mentira, pero ya se sabe que los italianos, incluso en la Toscana, incluso en este norte tan suizo, son un poco zalameros.

 Y así, la Chica Diploma y yo salimos a pasear a las nueve y media que parecen las once de la noche en un septiembre que parece noviembre. Supongo que el silencio en el centro es algo que el madrileño no puede concebir. Callejeamos los dos, agotados, deslizando las suelas como si arrastráramos grilletes -yo me quedé dormido en el avión, nada más despegar; ella tiene los ojos casi cerrados del cansancio- y confiamos en encontrar un milagro detrás de cada esquina, porque Florencia parece la típica ciudad que esconde ollas al final de los arcoiris incluso cuando no hay arcoiris.

 Por lo demás, todo tiene un aire irreal, y es bueno ponerlo en palabras: estoy en Florencia, estoy casado, mi esposa -¡mi esposa!- es absolutamente preciosa, mi padre ha muerto, publiqué un libro que salió en El País, tengo 3000 personas esperando algún comentario brillante en Twitter que suele no llegar y acabo de celebrar el concurso de popularidad más exitoso de la vida de un hombre, que es su boda. Una boda maravillosa, de viernes a domingo, que acaba en el cementerio de La Almudena, llorando ante la tumba de mi abuela, llorando ante la tumba de mi abuelo y llorando ante la tumba de mi padre. 2007, 2010 y 2013.

Repartiendo flores de una boda que no vieron, una boda de la que no supieron nada salvo mi padre, que llegó a estar invitado, con su sitio asignado en la mesa presidencial y todo. Habría estado tan orgulloso. Por supuesto, no lo habría demostrado, pero lo estaría, seguro.

Mi esposa dice que no parezco feliz porque escribo sobre estas cosas. Escribo sobre nostalgias y muertes, entre otras lindezas. Yo, sin embargo, creo que he tenido bastante suerte, una de esas vidas a las que les puedes reprochar poco, siempre teniendo en cuenta que una vida es una vida es una vida y tampoco vamos a pedirle ahora peras al olmo. Tuve una infancia feliz, una adolescencia feliz y una juventud aprovechada, donde la infelicidad era algo perfectamente asumible.

Otra cosa es que esto desborde todo lo anterior, que lo desborda. Lo irreal, ya digo, de Santa María del Fiore esperando tras la ventana, de la hermosísima Chica Diploma en la ducha, de las dos semanas que quedan hasta que la realidad vuelva, del mismo hecho -ella me dice que no lo meta todo en el mismo saco pero es que ese mismo saco soy yo- de que ahora sea mi propio padre y me dedique a regalarme dinero para la boda e invite al desayuno a mis amigos y que así vaya a ser siempre, dividido o multiplicado por dos, según se vea, mientras los cafés cuestan cinco euros en las terrazas y nadie hace caso a la copia del David de Miguel Ángel, sus manos enormes, desproporcionadas, con ese aire de realidad disfrazada que es en el fondo toda realidad que se precie.

viernes, septiembre 13, 2013

No gana el que tiene más ganas (no sé si me explico)



En Sofres, de madrugada, nos poníamos de acuerdo en ver los mismos vídeos, las mismas canciones. Éramos el típico grupo de veinteañeros unidos por la precariedad. Ninguno queríamos estar ahí pero a ninguno nos querían en ningún otro lado, así que qué le íbamos a hacer. Además, sobre todo en perspectiva, Sofres estaba bien. Yo una vez escribí lo contrario y mi ex jefa me lo echó en cara con su elegancia habitual pero la verdad es que estaba bien: nos pagaban puntualmente, el trabajo no era exagerado y al trabajar de madrugada el control era nulo.

Uno de esos trabajos que te permiten salir a las cuatro de la mañana a ver caer las Perseidas, tumbados en un parque de Alfonso XIII, justo antes de coger el primer 40 o bajar andando hasta casa -20 minutos- berreando "Idiotheque", de Radiohead.

Entre los vídeos que veíamos -yo, además, veía películas, entre ellas la magistral "Cleo, de 5 a 7"- se encontraba siempre el "No es lo mismo", de Alejandro Sanz, y no es que a mí Alejandro Sanz me guste mucho ni me gustara mucho en 2003, 26 años, noches furtivas en Barajas, desayunos en cafeterías de barrio donde te podías enamorar de chicas solo por lo bien que olían... pero la canción decía justo lo que quería escuchar, o, más bien, lo que yo quería decirle a la Chica Ratón, que, recuerden, había huído a los Pirineos con la sana intención de enamorarse de otro."No es lo mismo tú que otra, entérate, no es lo mismo".

Aunque por supuesto era mentira, porque si tienes que explicarle a alguien que es especial... es porque de especial no tiene nada, y en los momentos de autoestima, los momentos veinteañeros yo soñaba con presumir de aquello de "tengo pomadas pá todos los dolores, remedios contra toda clase de errores, también recetas pá la desilusión",que es una manera estupenda de venderse a uno mismo...hasta que llegó el otoño, la Chica Ratón volvió, y se hizo obvio que yo, ni pomadas, ni remedios, ni recetas ni nada que se le parezca. Solo canciones de Robbie Williams y películas de Ewan McGregor.

Y quizá fue entonces cuando decidí dejar de venderme, o quizá no, quizá fue más tarde, cuando me di cuenta de que nadie iba a comprar en medio de una crisis y que "con el coste de la vida, lo nuestro, se está quedando en ná", estrategia -o llámenlo como quieran- que no me ha ido tan mal porque esta mañana, a las 13 horas, me he casado con la chica más guapa que he conocido nunca, de manera que si un día dije que el 27 de septiembre de 2007 había muerto mi infancia, se puede decir que el 12 de septiembre de 2013 se ha acabado mi adolescencia, que ya venía siendo hora... Eso sí, lo de Alejandro Sanz no lo he solucionado. Es su cantante favorito.

miércoles, septiembre 11, 2013

El último regate de José Luis Pérez Caminero



El «gol de Caminero» lo marcó en realidad Roberto Fresnedoso. Estas cosas pasan a menudo en el fútbol. Por ejemplo, «el gol de Redondo» en Old Trafford lo marcó, como casi siempre, Raúl, y el «gol de Abreu» ni fue gol ni fue nada. La jugada en sí tiene un contexto y una estética: jornada 37 de liga, a cinco del final en aquellas insufribles ligas de 22 equipos. El Atleti viene de perder una ventaja muy sustancial y tiene al Barcelona a solo tres puntos. Diez días antes ambos equipos se han enfrentado en La Romareda para disputarse la Copa del Rey y aún se recuerda en el Camp Nou el escozor del gol de Pantic en la prórroga.

Son, por tanto, tiempos de venganza, de estadio lleno y agresivo, Johan Cruyff apurando sus últimos chicles en el banquillo blaugrana. La victoria o la guerra civil. La victoria o la derrota en la guerra civil, más bien, porque el conflicto estalló en el momento en el que «el Flaco» dejó de ganar títulos y Núñez se vio legitimado a echarle la culpa de todo. El Atleti sabe que si pierde puede ceder el liderato y sabe también que está agotado, que ha sido un año inesperado, de emociones demasiado fuertes y es difícil manejar tensión acumulada de aguantar el liderato durante toda la temporada.

El equipo se basa en el dominio del medio campo. Todo su dominio está ahí. Un medio campo atípico, no demasiado deslumbrante, con Vizcaíno, un medio centro defensivo cumplidor; con Simeone, todoterreno, ídolo de las gradas, hábil en el juego limpio y en el sucio si hace falta, siempre voluntarioso y a veces incluso efectivo; con Milinko Pantic, la calidad en estado puro, el especialista en faltas y córneres que se acabará convirtiendo en especialista en todo y aún más en marcarle goles al Barcelona.

Y, como pegamento, con algo de la firmeza de Vizcaíno, algo de la llegada y fortaleza de Simeone y algo de la técnica y calidad de Pantic queda Caminero, un personaje difícil de interpretar, con sus declaraciones polémicas, sus tristezas, sus no saber si me quedo o si me voy…

Caminero había sido canterano del Real Madrid y estrella del Valladolid en segunda división, que no es un currículum como para optar al Balón de Oro. El Atleti se fijó en él en 1993 como se fijaba en unos quince jugadores por año, la necesidad de empezar de cero cada mes de agosto. El acierto fue total: su primera temporada en el Calderón acabó con Caminero en la selección, perilla en ristre, marcando contra Italia en cuartos de final y acercando a España a una gloria que nunca llegó. Caminero como estandarte del jugador que nunca se rinde, un jugador Clemente, un tipo listo pero a la vez indefinible: el Frente Atlético le cantaba: «Caminero, más cojones que el caballo de Espartero» a ritmo de Antonio Molina, pero no sé si lo cantaban con un total convencimiento. Caminero no era Simeone. Caminero no era Arteche. Caminero ni siquiera era un tío constante, sino que abusaba de las genialidades.


Esta genialidad, por ejemplo. La gran genialidad. La que Almodóvar inmortalizó en Carne Trémula mientras Javier Bardem y Liberto Rabal —¿qué fue de Liberto Rabal?, ¿no tendría Caminero algo de Liberto Rabal, de estrella del momento que poco a poco se va difuminando mientras a Simeone le llueven los Oscars?— se agarraban de los huevos. Unidos por el Atleti. La genialidad del minuto diez en el Camp Nou, citada jornada 37 de liga de la temporada 1995/96. La jugada empieza con una hermosa colección de cabezazos hasta que se transforma en un contraataque en el que los jugadores se vuelven indetectables. Ese es el encanto de aquel Atleti de Antic: es imposible saber por dónde te iba a venir cada mediocampista y para cuando lo averiguabas, ya tenías a Kiko o a Penev preparados para enchufar el gol. 

Puedes terminar de leer el artículo sobre el final de Caminero en el Atleti y la autodestrucción del propio Atleti del doblete de manera gratuita en la revista JotDown

martes, septiembre 10, 2013

I don´t care, I love it



En la bolsa del amor, mis acciones fueron las primeras en acabarse. No crean que esta es una metáfora cursi o la letra de una canción de Pablo Alborán: de hecho fue así. En 2003 a alguien se le ocurrió el juego en cuestión y, si quieren mundanizar un poco todo esto, sepan que las "acciones" se llamaban "flukis", que es un término muy poco Fórmula 40. Cada acción tenía un valor y tú podías comprar acciones de Guille Ortiz como podías comprar de cualquier otra persona con un dinero previo establecido y te daban rendimientos según esa persona ligara más o menos. Básicamente, era un rito de apareamiento y al que lo organizó creo que le fue bastante bien pero a mí y a los que confiaron en mí nos fue de pena porque desde ese momento pasaron dos años y pico hasta que volví a estar con una chica.

Fui el Lehmann Brothers del amor. El AIG de las relaciones de una noche.

Esto viene a cuento de la diferencia que siempre he notado entre las expectativas que los demás han depositado en mí y la imagen que yo tenía de mí mismo, salvo momentos repelentes de los que, en general, me arrepiento. Por ejemplo, cuando escucho la canción de Icona Pop, aquella del anuncio, la que da título a esta entrada, y esas dos chicas dicen "tú naciste en los setenta pero yo soy una perra de los noventa" me es imposible no respirar con alivio porque en el fondo siempre pensé que mi futuro sería ese: una chica quince o veinte años menor que yo a la que no entendería en absoluto y que se burlaría de mí en una canción que daría la vuelta al mundo.

Así he sido yo siempre de pesimista, lo que no quiere decir en absoluto que eso fuera lo que deseaba, al contrario. Yo creí que acabaría con una inestable de veinte años porque yo sería un inestable de cuarenta y no podría aspirar a mucho más, pero quería una chica dulce, inteligente, conversadora, lo que durante años Fer y yo hemos llamado "una chica limpia" sin saber muy bien a qué demonios nos referíamos.

Lo sorprendente, por tanto, es que me case en dos días con la Chica Diploma y lo esté llevando con tanta naturalidad. En serio, me asombro cada día, como si no fuera posible, como si hubiera algún truco escondido y en cualquier momento una señorona del casino de Torrelodones fuera a decirme: "Mal, lo has hecho mal". Solo que no veo el truco por ningún lado y desde luego yo con estas cartas me planto, señora, me planto de por vida.

Ella dice que no está nerviosa por la boda porque es como si ya estuviera casada conmigo. La entiendo. Yo dije algo muy parecido el sábado en la despedida de soltero, pero en realidad lo que pienso es "dios mío, es que esto es verdad, es que va a ser oficial en nada y llevará mi anillo y yo el suyo y sí, es reversible, pero, ¿?¿cómo demonios lo he conseguido?". Porque casarse con la Chica Diploma es algo al alcance de muy pocos, porque la Chica Diploma aparte de ser preciosa y muy lista, está viva. Llora y ríe y le importan las cosas y eso, de verdad, no es tan común, aunque a mí a veces me parezca que le importan demasiado algunas cosas y a ella le parezca que a mí me importan demasiado poco.

Así que, bueno, estoy nervioso, pero no tanto por la posibilidad del error -sí por la responsabilidad, porque decirle a alguien que se case contigo y luego fallarle debe de ser horrible- sino por esa sensación de que en cualquier momento algo va a estropearse, como quien quiere cobrar el billete de lotería cuanto antes no se lo vayan a robar o se den cuenta de que uno de los niños ha leído el número mal.

Esta mañana pensaba en la suerte que tuvo también mi padre. Se casó con dos mujeres bellísimas, lo que hace un total de tres mujeres bellísimas entre padre e hijo, una media más que aceptable. Me hubiera gustado hablar de esto con él, nos hubiéramos reído. Yo creo, sinceramente, que él tampoco se lo esperaba, pero puede que sí. El problema con mi padre se redujo a eso, a que era imposible saber lo que pensaba así que yo le hice imposible saber lo que pensaba yo. Un acuerdo nefasto.

Es una pena. Si todo hubiera ido bien lo habríamos compartido con una sonrisa de pillos, una sonrisa de "esto no se lo esperaba nadie y se la hemos jugado". Excepto los accionistas que apostaron por mí con sus flukis en 2003, cuando yo tenía 26 años, salía de dos relaciones a la vez y lo más que podía prometer a mi público era trabajo, no títulos.

Pero no, no todo fue bien, y de hecho casi todo fue mal.

lunes, septiembre 09, 2013

La España más cutre se retrata en la decepción de Madrid 2020


En la Puerta de Alcalá acabó la música innecesariamente atronadora para dar paso a la retransmisión en directo en pantallas gigantes. No éramos muchos, un centenar, quizá dos. Las cinco de la tarde de un sábado no es el mejor momento para organizar un concurso de popularidad, pero aun así los que estaban aplaudían entregados y los turistas, un buen porcentaje, se unían a la claque con respeto y naturalidad. Habló Juan Antonio Samaranch Jr. y habló en inglés. Eso fue una novedad porque en la rueda de prensa anterior habíamos tenido que pasar por el trago de ver cómo nuestra alcaldesa no entendía nada de lo que le preguntaban y el propio presidente del COE le decía a un periodista: “Sorry, no listen the ask” para pedirle que repitiera una pregunta.

España cutre, España paleta, España que no sabe dar una imagen de sí misma mínimamente moderna, educada, internacional.

Cuando acabó Samaranch se despertó algo parecido al entusiasmo, un entusiasmo que se fue congelando cuando vimos los tres representantes que venían a continuación: Mariano Rajoy, gritando como si estuviera en el Congreso ante el run-run habitual y leyendo un texto en español; Ignacio González, que mitigó los daños y al menos utilizó un inglés correcto... y Ana Botella, completamente superada por las circunstancias.
Era imposible seguir creyendo después de eso y el silencio se hizo en la plaza. La alcaldesa no solo destrozó un inglés que no entendía y que se convertía por tanto en una interpretación mil veces ensayada y tremendamente sobreactuada, sino que se puso a hablar de cafés con leche y de lo bien que se lo había pasado en Buenos Aires como si fuera la monitora de un campamento de verano y no la máxima responsable de uno de los más importantes proyectos internacionales.

Tres políticos españoles son muchos políticos como para que una candidatura no se hunda. Una candidatura, por otro lado, sostenida por la mentira permanente o al menos la manía tan española de “hacer como si nada” y vivir en una realidad paralela. Les voy a ser sinceros: yo soy madrileño y me encanta el deporte. Probablemente esta era la última oportunidad de ver cómo mi ciudad acogía unos Juegos y me habría encantado que se los dieran... pero lo que he estado viendo estos días ha sido la representación de la España que más odio, la que me hace daño, la del “que inventen ellos”.

Todo ha sido tan marcadamente español que asusta: mientras los políticos y sus medios —imposible diferenciarles- llevaban cantando el éxito durante meses, las casas de apuestas colocaban a Madrid en un lejano tercer puesto. Tercer puesto de tres. Miren, yo no sé si albergar unos Juegos es una bendición o es un desastre económico, pero cuesta pensar que si de verdad fuera una panacea absoluta, algo por lo que mereciera construir de antemano —y gastar de antemano- el 80% de las instalaciones a ver si toca algo, no se presentarían tres ciudades. Como mínimo, suena extraño.

Se ocultaron los favoritismos de casas de apuestas y expertos, se confió en el típico “si no se dice, no existe”, se mandó a gente claramente no válida: Ignacio González sonreía sin saber muy bien qué hacer, Ana Botella personificó un alud de incompetencia propio de alguien que no ha sido votado como alcaldesa, que ha llegado a ese puesto no por sus méritos y sus capacidades sino por su ascendencia en un partido político y que no está ni de lejos preparada para algo así. Comparen con Livingstone y Coe en 2005. Lo mismito. Alejandro Blanco, exhausto, intentando convencer con las mismas armas de siempre: las mismas instalaciones construidas ya para 2012, el mismo mensaje de “qué bien os lo vais a pasar en España”, las mismas imágenes de la Eurocopa de 2008, las mismas castañuelas y tablaos flamencos que llevamos vendiendo desde los años cincuenta.

Aquella no era la imagen de un país moderno ni preparado porque España no es un país moderno ni preparado. Es un país donde medran y deciden los que más morro le echan, donde la trampa se ha hecho regla, donde la única manera de ganar una votación así habría sido que durante el apagón televisivo, Bárcenas se hubiera puesto a repartir sobres y Eufemiano Fuentes, pastillas. Es el país de la Operación Puerto, que no es poca cosa en deporte. ¿Se creen que eso sale gratis? ¿Se creen que se puede ser un país señalado por exportar médicos y sustancias dopantes sin control alguno y a la vez competir por unos Juegos? ¿Se cree Alejandro Blanco que alguien puede confiar en él cuando dice que el problema de España es que “la legislación antidopaje es tan avanzada que causa retrasos”?

Pues sí, se lo creen, porque en el día a día es lo que han vivido desde hace muchos años: hacer cualquier cosa, cualquier chapuza, pasarla por el baño de la propaganda y los titulares y salirse con la suya. Un presidente que lleva opositando al puesto desde 2003 y en diez años no ha sido capaz de aprender dos frases seguidas en inglés. El presidente del “It´s very difficult... todo esto” junto a la alcaldesa del “relaxing café con leche in the Plaza Mayor”. Si esa es la imagen que quiere dar Madrid de sí misma, le va a pasar lo mismo cada cuatro años: su proyecto, sólido, llegará a la final, y ahí sus comunicadores, pésimos, volverán a no convencer a más de 30 miembros del COI.

Cambiemos de imagen, cambiemos de España, exijamos un mínimo de calidad, responsabilidad y preparación a los que mandan y no este enchufismo constante, grasiento, de puesto de la Verbena de la Paloma. Con eso, no nos da para competir contra Tokio, lo siento. Hay otro Madrid, hay otra España y está esperando. En buena parte, esperando fuera de nuestro país porque no ha quedado más remedio. Porque mientras centenares de famosos de todo tipo viajaban con gastos pagados a Buenos Aires a ver si se pegaban una buena fiesta, los trabajos de esa “otra España”, sus sueldos o sus proyectos de investigación desaparecían. Dejemos de mentir y dejemos de mentirnos. No vayamos a Argentina a presumir de una recuperación económica que el FMI no prevé hasta 2015, no saquemos pecho de nuestra propia incompetencia... No tratemos al COI como si fueran unos niños. Son cualquier cosa menos eso.


Y desde luego un café con leche no va a bastar para convencerles de lo contrario, por muy relajante que sea.

Artículo publicado originalmente en el periódico El Imparcial, dentro de la sección "La Zona Sucia"