domingo, diciembre 11, 2011

Real Madrid 1- Barcelona 3



Hay algo en el Real Madrid cuando se enfrenta al Barcelona que escapa a lo comprensible. Por supuesto, el Barça es un equipazo y supo hacer su juego y confiar en sí mismo en los momentos más complicados, pero la manera de venirse abajo del Madrid después del empate de Alexis es difícil de entender, una rendición absoluta, una sensación de inferioridad que no se justifica viendo las plantillas de ambos equipos y sus onces en el campo.

En fin, empecemos dando mérito al ganador. El Barcelona se mantuvo fiel a su estilo hasta lo absurdo, como a veces sucede. En esa constancia está su éxito. Por sacar jugada la pelota desde el primer segundo empezó el partido con un gol en contra: Valdés jugó con fuego, entregó el balón al contrario, Piqué se metió atrás rompiendo cualquier fuera de juego y Benzema solo tuvo que remachar después de un rechace.

Seis puntos de liderato, catorce victorias consecutivas, goleada tras goleada en el Bernabéu… y el Madrid se pone 1-0 por delante. ¿Qué mejor escenario posible?, ¿qué necesitan los blancos para creer en sí mismos? No le importó al Barça pasar por unos minutos de deriva en los que Cristiano Ronaldo pudo marcar el segundo gol y Lass demostró que para presionar arriba es un jugador perfectamente válido aunque con el balón no sepa qué demonios hacer.

El equipo de Mourinho entregó el balón al de Guardiola con la esperanza de recuperarla cuanto antes y en posiciones peligrosas. Alves adelantó su posición al extremo, dejó a Alexis de punta, bajó a Cesc para combinar con Iniesta y Messi y conforme mejoró su juego ofensivo, se expuso en el defensivo: Puyol tenía que caer al lateral, Abidal ocupaba el interior izquierdo, lo que dejaba a Piqué y Busquets como únicos defensas, expuestos a las contras rivales, un uno contra uno constante especialmente en la banda izquierda, donde caían Benzema y Cristiano.

De Ozil no hubo noticias por enésimo partido crucial consecutivo y Di María se vio acelerado y posiblemente afectado por un mal giro en la primera parte que le supuso molestias musculares.

El Barça tomó riesgos pero creyó en ellos. Es una máquina de fútbol. Con sus gripajes ocasionales pero con una fe que mueve montañas. Incluso después de encajar el gol por sacar el balón jugado de manera probablemente innecesaria, no se movieron del esquema ni un segundo: toque, toque, toque… hasta que Lass empezó a cansarse, Di María se terminó de desenchufar y Xabi Alonso se vio obligado a ir a ayudas imposibles.

En esas quedó libre el medio. Parece increíble que sea así pero sucede en todos los partidos: los entrenadores se queman las pestañas viendo cómo parar a Messi y el argentino acaba recibiendo en tres cuartos completamente solo. Descolocada la defensa madridista –intrascendente de nuevo en un partido ante el Barça-, el próximo Balón de Oro se deshizo de tres jugadores y metió el balón en profundidad para que Alexis empatara el partido cruzando el balón al poste contrario de Casillas.

El partido del chileno fue sobresaliente, mejorando conforme su condición física le va ayudando. Este sábado estuvo en todos lados y abrió huecos importantísimos, volviendo loco a Coentrao al principio y luego a Pepe y Ramos.

A partir del empate el partido cambió por completo. El Madrid se vino abajo, cayó en sus inseguridades y el Barcelona se limitó a seguir haciendo lo que hacía antes con esa fe admirable que le da la narrativa que tanto le criticamos otras veces. Solo faltaba un invitado a la fiesta y en cuanto se unió, el encuentro se acabó: Iniesta. La aparición en la segunda parte del manchego fue demasiado para la frágil moral de los madridistas. Messi supo echarse a un lado e intervenir lo justo para darle el protagonismo al héroe mundialista. Por momentos, fue un espectáculo. Cayendo a la banda o entrando por el centro, desequilibró por completo a un equipo partido en dos.

Si hubo un momento para meter un tercer medio centro fue ese, pero Mourinho no lo anticipó y se encontró con el 1-2 en una jugada accidentada en la que Marcelo –inédito, por lo demás- desvió a la portería un disparo de Xavi desde la frontal.

El gol fue muy afortunado, desde luego, pero para entonces ya el juego era totalmente blaugrana, convirtiendo al Madrid en un equipo menor, encerrado, en ocasiones rozando la desesperación. Se instaló en los tres cuartos del campo madridista como si jugara ante el Levante y ahí se acomodó, esperando el pase decisivo. Llegó cuando Alves –enorme partido el suyo- volvió a entrar por la derecha con total libertad y puso el balón en el segundo palo para que Cesc remachara el 1-3.

La defensa madridista era mantequilla frente al cuchillo azulgrana. Por momentos, la sensación del Madrid fue parecida a la del 2-6 y si la goleada no fue mayor fue simplemente porque no era necesario. Los locales bajaron los brazos y Mourinho volvió a no encontrar remedios. Uno ficha al mejor entrenador del mundo para estos partidos y necesita algo más que excusas y gestos excesivos en el banquillo. Necesita demostrar que puede cambiar una inercia más allá de goleadas ante el Rayo Vallecano.

Higuaín, Kaká y Khedira, los recambios, no mejoraron en nada al equipo, aunque tampoco se esperaba mucho en ese momento del partido. La superioridad del Barcelona iba más allá del juego propio y se basaba en la desidia ajena. Tuvo sus oportunidades el Madrid precisamente por el empeño visitante en no cerrar el encuentro y seguir dejando el campo abierto. Kaká se dio cuenta, bajó un par de veces a recibir y dio sensación de peligro. A su lado, nadie. Cristiano Ronaldo lo volvió a intentar, no se le puede negar, pero su acierto fue nulo. Benzema fue con mucho el mejor jugador merengue.

En el campo contrario, Iniesta seguía haciendo lo que quería, Cesc iba y venía, Messi daba pausa y velocidad según conviniera y ni siquiera la habitual desubicación de Villa cuando salió el campo sirvió para una remontada en la que nadie creía.

Me parece increíble escribir esto: “una remontada en la que nadie creía”. Precisamente en el Bernabéu, precisamente el Madrid, que siempre ha demostrado una fe que mueve montañas. Incomprensible, ya digo. Van ya cinco partidos de Guardiola en Madrid con cuatro victorias y un empate. En sus enfrentamientos con Mourinho el resultado es parecido. Demasiadas victorias como para no considerarle el mejor entrenador del mundo. Espera Japón y el posible segundo Mundialito en tres años.

La liga irá de un lado o del otro pero la imagen de esta noche de diciembre hará mucho daño al Madrid en todo el mundo y debería invitar más al psicoanálisis que a la autocrítica.

viernes, diciembre 09, 2011

La forja de un rebelde


Está bien, hablemos de cosas serias. Hablemos de desnudarse. Hablemos de un chico que coge un autobús a Benidorm, ¡a Benidorm!, solamente para demostrarse a sí mismo que puede. Demostrárselo a sí mismo y demostrárselo a los demás, por supuesto. Un chico que coge un autobús y hace cinco, seis horas y cuando llega a la ciudad con rascacielos y olor a crema solar, niños corriendo por las escaleras, terrazas improbables, se da cuenta de que está malo, que efectivamente está malo, ha tenido una recaída, su cuerpo no se va a permitir una tregua, aquello va a ser una lucha constante y él va a ganar esa lucha aunque juegue en terreno contrario, aunque esté solo, aunque lo único con lo que cuente sea un móvil con cámara y una pulserita.

El chico planifica cada día como una etapa de montaña. Hasta ese punto está malo. El sufrimiento para expurgar el sufrimiento de los cuartos de baño, el escozor constante, la angustia... El chico ha ido a Benidorm porque esperaba un milagro y se ha encontrado con un colapso en toda regla. El mar a lo lejos, los vaqueros a destiempo. El chico viaja al verano como el que viaja a Graceland en una canción de Paul Simon. Pasa el primer puerto y luego el segundo y luego el tercero. Duerme y pasa el primer puerto, luego el segundo y luego el tercero...

El chico ve a Ok Go! cantarle "This too shall pass", que es lo que necesita oír. Ha hecho 400 kilómetros para oírles decirle eso y sentirlo como suyo y berrear "No, you can´t keep letting it get you down". ¿Cómo puede explicar ese chico que ahora nada es crucial, cómo explicar con detalles tan pueriles que da igual si su equipo gana un partido o si la chica se deja besar en el momento adecuado? No, el chico quiere perderse en canciones de Love of Lesbian, explorar los días raros... sueña con, algún día, tener el talento para rodar este vídeo o el valor para escribir esta canción.

El chico pasa las etapas reinas y acaba tirado en la hierba de un estadio de fútbol a punto de llorar. No es solo el dolor, es la conciencia de que ya nada podrá con él en el futuro. Que hay un antes y un después de Benidorm y Standstill cerrando su concierto y el camino empedrado hacia una torre improbable que le hace de hotel, viaje de vuelta con la vejiga inflamada durante horas.

El chico baja al metro y piensa en eso, no puede evitarlo. Tiene otros problemas pero recuerda los ictus, los pingüinos, las familias de la media pensión, el olor a crema solar, los gatos invisibles paseando por habitaciones vacías. El chico quiere llorar también ahí, en Tribunal. Quizá porque el chico ya no está tan malo, porque el chico ha pasado por todo eso, aunque "todo esto aún no haya pasado del todo", que le podría decir a los cantantes coreógrafos.

¿Cómo explicar que nada es crucial y todo puede seguir siendo importante? ¿Explicar que "some people have real problems"? ¿Cómo darse cuenta de que todo al final puede ser un padre pre-jubilado tomando unas galletas con una sonrisa mientras las moja en el café?, ¿cómo decirse "a mí esto ya no me tumba" y saber que es verdad, que no te tumba, que es imposible que te tumbe porque estuviste en suficientes hospitales, suficientes autobuses, coronaste cada puerto de montaña, siempre solo, siempre desapercibido, siempre retorciéndote sobre la bici... pero sin bajarte nunca?

Importante, claro. Crucial, no. Para lo bueno y lo malo. A mí denme el talento y el valor porque la resistencia ya la tengo. El maillot a puntos rojos en medio de un archipiélago ajeno. Pucho callado, las luces apagadas, los gritos en mi móvil. La posibilidad de escribir, algún día, sin pretensión alguna, "era 19 de noviembre y tú soltaste que lo importante... son los goles y no los colores". Saber que nadie te va a entender, solo dos o tres personas. Morir por esas dos o tres personas. Tener el valor de morir por esas dos o tres personas.

Ni jaulas ni peceras.

¿Qué hace uno cuando no es Lichis ni Roger Federer? Resiste. Se sobrepone. "Sobreponerse es todo", esa fue la frase del último año de licenciatura, el año de los primeros ansiolíticos. Sobreponerse es todo. Madurar. Algo estúpido me dice que tuve que irme a Benidorm para hacerme un hombre, ¿se han dado cuenta de lo absurdo de todo esto? A mí no me vengan con que si ligo mucho o poco, a mí denme padres que no estén en coma, abuelos que no mueran, cuerpos retorcidos sobre bicicletas imaginarias. Denme todo eso y quédense con la gloria.

Yo me llevo las lágrimas, la bolsa llena de ejercicios, la línea 1 en todas las direcciones posibles.Uno ha enloquecido cuando escucha Standstill y lo entiende. No solo le fascina, sino que lo entiende. Lo repite, lo canta por Tres Cantos, no necesita ni unos cascos para parecer un demente mientras se repite, como un mantra: "Nada es crucial. Sobreponerse es todo".

Y luego -sí, luego- piensa en si 3-4-3 o 4-3-3 y sonríe. ¿Dónde vamos sin sonrisas, Cenicienta?

Laura Pausini


Laura Pausini tenía algo de Andrea, la chica de "Sensación de vivir" que simulaba crisis adolescentes mientras aparentaba 35 años. Había en ella algo tremendamente increíble, todo ese rollo de "estás aquí entre inglés y matemáticas". Teníamos que creer que Pausini estaba acabando el BUP, si no la EGB, y eso resultaba complicado cuando mirabas a tus compañeras de clase y comparabas.

Eso no quiere decir que el producto no funcionara. ¡Vaya si funcionó! Eran esos años locos en los que cualquiera venía, aparecía en "Sorpresa, sorpresa" y vendía un millón de discos. El empalague italiano, el terrible empalague italiano de "Se fue, se fue..." compitiendo con nuestros patrios OBK o Viceversa. ¡Ah, el horror, el horror! Pausini tenía cara de niña buena pero por alguna razón a mí siempre me pareció que tenía cara de madre buena, me era imposible ver en ella a una hija.

Quizá fue ese el secreto de su éxito. Quizá funcionó como hermana mayor de una generación de niñas perdidas en brazos de malotes durante macrofiestas de Nochevieja. ¿Cómo podría yo saber eso? Pausini me era ajena como me era ajeno Ramazzotti o como me fue ajeno Jovanotti cuando intentaron hacer de él otro rompecorazones moñas. El encanto de los Fran Perea, el incomprensible encanto de los Fran Perea, cuento de promoción y serie televisiva, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

No conozco a ningún chico que tuviera ningún interés por Laura Pausini. Que a mí no me dijera nada con ese nombre ya lo dice todo de la situación. Me es imposible saber por qué sufría tanto ni compartir en absoluto ninguno de esos sentimientos dramáticos. El dramatismo femenino, esa gran incógnita. Puede que las chicas piensen que nos gustan las lloronas aunque a ellas los llorones no les gusten ni en pintura. Puede incluso que nos gusten. El equilibrio entre la madre protectora y la hija protegida. Ese complicado equilibrio de la monogamia.

En cualquier caso, Pausini era carne de pagafantas, eso estaba clarísimo desde el principio.

No sé, puede que fuera el final de un lagrimeo histérico, lo siguiente que apareció fue NEK y aquello era otro rollo. "Laura no está, Laura se fue". NEK era un follarín, nada que ver con la voz atormentada de Ramazzotti ni con los problemas metafísicos de Pausini. NEK te decía a la cara que te iba a follar aunque no fueras la mujer de su vida y se pasaba el polvo recordándotelo. Tiziano Ferro pedía perdón pero se ligaba a la presentadora del debate en el vídeo. Incluso Lunapop era un grupo obsesivo, más allá de Vespas facilonas.

Si Italia fuera una sucesión de mimosines, ¿qué cojones haría Berlusconi ganando elección tras elección? ¿Quién quiere imaginarse a Vito Corleone llorando porque le dejó la novia? Italia y su esquizofrenia: Pausini, Corleone, Berlusconi y Siffredi con tintes pop de Pavarotti. Vamos, no me jodas, y la chica esta pretendiendo ser tu mejor amiga mientras tu madre te compra su disco por Navidad. Los 90, esa década plagada de estupidez.

jueves, diciembre 08, 2011

La previa del Real Madrid-Barcelona


Hay veces que uno habla con madridistas y parece que hiciera diez años que no ganan una liga. Mantienen esa visión del triunfo sobre el Barcelona como si fuera algo heroico, inaudito, tan convencidos que han asimilado el discurso por el cual el Barça no solo es un gran equipo de fútbol sino algo así como el poseedor de todas las virtudes del mundo concentradas en un campo de juego.

Obviamente, eso es ridículo. El mérito del Barcelona en los últimos tres años es inmenso y no se explica con árbitros, calendarios, dopajes y demás excusas baratas. Por otro lado, que ese mérito esté ahí no implica que su superioridad vaya a mantenerse por los siglos de los siglos o que el equipo de Mourinho esté a años luz del de Guardiola. El Madrid siempre ha sido un gran equipo, un enorme equipo. Con Schuster batió en su momento el récord de puntos de la liga, con Juande consiguió 52 de 54 posibles, con Pellegrini llegó a un total de 96 y ya con Mourinho erigido en salvador ganó una Copa del Rey y volvió a superar los 90 puntos en liga.

La diferencia entre Real Madrid y Barcelona ha estado en matices muy pequeños, resueltos casi siempre en los partidos entre ellos. Ahí sí es cierto que la superioridad barcelonista ha sido meridiana. Desde que llegó Guardiola al banquillo azulgrana, el Madrid no ha sido capaz de ganar ni un solo partido a 90 minutos… y eso después de jugar once veces parece un muro infranqueable.

No tendría por qué serlo. El Madrid, insisto, tiene una enorme plantilla, la más cara que el dinero puede comprar, tiene a uno de los mejores entrenadores del mundo –el mejor, si preguntamos a sus socios- y un presidente alabado incesantemente, al que se le ha comparado con Santiago Bernabéu. Me niego a pensar que haga falta un milagro para que un equipo así gane un partido de fútbol ante cualquier rival.

Probablemente, Guardiola piense igual que yo.

Con todo, ese discurso victimista parece estar dando réditos a medio plazo: convencidos de que la victoria depende de la heroicidad y de que el mundo opera maquiavélicamente en su contra, los jugadores del Madrid han empezado la temporada dispuestos a ser héroes. En catorce jornadas se han dejado cinco puntos. Las cifras hablan por sí mismas. El Barcelona, que suma ya dos títulos, irá pronto a por el tercero y ha tenido un comienzo de liga con una sola derrota en 15 partidos queda, pese a todo, a tres puntos, y eso con un partido más jugado.

En Madrid hay hambre en cada partido. En Barcelona, no. Nada que reprochar, le ha pasado a todos los equipos a lo largo de la historia.

Hasta aquí ha quedado claro por qué el Madrid puede ganar el sábado. Otra cosa es que lo vaya a hacer. Si yo supiera eso, amigos, no estaría escribiendo en una revista sino apostando como loco. El referente para los dos equipos será el partido de ida de la Supercopa de agosto. Si el Madrid vuelve al trivote y a buscar la contra, puede tener problemas. Si sale con todo, presionando arriba y amenazando continuamente la portería de Valdés, los problemas cambiarán de bando.

Aquel partido del Bernabéu debe servirle a Mourinho de referente táctico igual que la ida de la Champions le debió servir de lección: aquello fue un despliegue de complejos desde el minuto uno, cabreo de Cristiano Ronaldo incluido. En agosto, no. En agosto, durante minutos, pareció que el Madrid no solo iba a ganar sino a golear. Que el marcador acabara empatado a dos fue anecdótico. Guardiola sabe que si se repite un partido así, con 15 tiros del rival por 2 propios, el empate es muy improbable.

¿Qué puede hacer para cambiar esa inercia? Muy sencillo y a la vez muy complicado: mover más rápido el balón. En aquel infame partido, Guardiola salió con Mascherano y Abidal de centrales más Keita de pivote organizador junto a la escasa ayuda de un aún tímido Thiago. No cuenten con un once así el próximo sábado. Salvo revolución de última hora, el Barcelona recuperará a Piqué, Busquets y Xavi y con ellos la posibilidad de saltar la primera línea de presión madridista. A partir de ahí, el Madrid decae un poco. En su intensidad está su éxito y aunque la presencia de Ramos en el eje de la defensa ha mejorado al equipo, sigue recibiendo goles impropios, siendo con mucho la parte más floja de la plantilla.

El Barcelona debe intentar llevar ahí el balón, el juego… Por supuesto, las contras de Cristiano, Di María, Benzemá, Ozil o cualquiera de los enormes jugadores que ponga Mourinho en el campo serán una amenaza, pero no es partido para mirar atrás. Si Arbeloa y Marcelo ocupan los laterales, el Barça debe atacar por ahí continuamente y obligar a las ayudas de los interiores, esa será su mejor defensa. Yo creo que Guardiola apostará por su 4-3-3 clásico, en ningún caso un 3-4-3 salvo que el partido vaya realmente mal. La clave estará en saber si entre los tres puntas habrá dos extremos clásicos a elegir entre Alexis, Pedro y Cuenca o si apostará por más medio del campo y llegada sorpresa con Iniesta, Cesc y Villa rodeando a Messi.

Puede incluso que al final toda esta palabrería se resuma en ese nombre: Messi. No sería la primera vez ni será la última.

Es el momento de demostrar que el Barça es el campeón. El escenario es inmejorable y la situación, casi desesperada. Incluso un empate equivaldría a no depender de uno mismo cuando aún quedan 23 jornadas por disputarse. Esa es una losa dura de levantar. La derrota, para mí al menos, sentencia la liga. La única hipótesis que le cabe manejar al Barcelona es la de la victoria. Un triunfo reafirmaría su época dorada, destrozaría anímicamente al Madrid y reforzaría esa idea falsa de ser un equipo imbatible. No lo es. Otra cosa es que pierda muy pocas veces, pero por grandes que sean los molinos, nunca son gigantes.

La victoria dependerá del balón. Si el Barça lo maneja en campo contrario, las contras serán más previsibles y fáciles de desactivar por su rápida defensa de cuatro. Si no consigue moverlo con fluidez o lo entrega de primeras al Madrid con balonazos como ocurrió en agosto, el equipo está condenado a sufrir embestidas continuas de jugadores que, sencillamente, son demasiado buenos. Esto es un topicazo pero es verdad: ganará el que más crea en sí mismo y en sus opciones.

A juzgar por el inicio de campeonato, ese debería ser el Real Madrid. Si nos ceñimos a los enfrentamientos de los últimos años, debería ser el Barcelona. El sábado a las doce saldremos todos de dudas.


Artículo publicado originalmente en la revista Fiebre de Fútbol.

miércoles, diciembre 07, 2011

El cuarto Mundial de Óscar Freire


Óscar Freire no existía. Seamos sinceros, aparte de unos cuantos aficionados de primera, nadie sabía quién era aquel chaval de Torrelavega que se había colado en la escapada de Konyshev, Casagrande, Camenzind, Ullrich, el bestia de Vandenbroucke… España se prepara para una nueva decepción, lejanos ya los tiempos en los que Olano e Induráin se repartían las medallas, un equipo de francotiradores sin un líder definido que ha acabado dejando a aquel chaval de 23 años frente a una manada de lobos.

Primero lo intenta Casagrande, héroe local, a tres kilómetros de meta. Camenzind lo caza y a su rueda va Freire. El suizo tira y tira pero el español no da un solo relevo, se limita a dejar que los de atrás les cojan. Nueve hombres pasan juntos la pancarta del último kilómetro, los grandes vigilándose, preparando los gemelos para el sprint final… Todos por la izquierda de la calzada hasta que un hombre se marcha por la derecha. La cámara da una imagen difusa, es difícil saber quién es.

El plano corto nos saca de dudas: Freire Gómez. Freire Gómez apretando los dientes mientras los demás siguen vigilándose, ahorrando fuerzas para una oportunidad que no llegará jamás: el cántabro se escapa y se escapa, a 200 metros de la llegada mira hacia atrás y se da cuenta de que lo ha conseguido: el hombre sin contrato renovado en el Vitalicio, dos temporadas como profesional, dos Mundiales ya en sus piernas, el desconocido de gala estira el torso, aplaude enrabietado y levanta los brazos.

Campeón del Mundo. Los periodistas enloquecen en Verona. Empieza una carrera de éxitos inesperados. Acostumbrados al hombre de tres semanas, los españoles no saben muy bien cómo catalogar a esta mezcla de sprinter, rodador y especialista en pruebas de un día. En 2001, ya enrolado en las filas de Mapei, consigue superar a Paolo Bettini y llevarse su segundo título mundial en Lisboa. En 2004, vuelve a Verona y vuelve a vencer, en una demostración de la selección española difícilmente igualable, con el vigente campeón Igor Astarloa y el caníbal Alejandro Valverde como lugartenientes.

A los 28 años, Freire igualaba a Merckx, Alfredo Binda y Rik Van Steenbergen como tricampeón del mundo. Ninguno de los otros tres consiguió ganar un cuarto. El español tenía aún muchos años por delante para lograrlo y pocos dudaban de que lo acabaría consiguiendo.

En cualquier caso, reducir la carrera de Freire a sus éxitos con la selección sería de un atrevimiento poco aconsejable. Primero con Mapei y luego con Rabobank, Freire se impuso tres veces en la Milan-San Remo, otras tres en la Flecha-Brabanzona, hizo de la Tirreno Adriático un coto privado, con una victoria en la general pero hasta 11 etapas en el camino… En el Tour se llevó otras cuatro y en la Vuelta a España llegó a siete. Incluso en 2010, ya con 34 años a sus espaldas dio toda una exhibición en la Paris-Tours imponiéndose contra pronóstico. Del inesperado jovencito al eterno veterano.

Sin embargo, el cuarto Mundial no llegaba: lo rozó en 2007 tras dos años de lesiones, pero se le escapó la liebre. Empezaban los años de soterradas disputas con Valverde por el liderazgo en la selección. Ese año echó la culpa a la táctica de equipo y lo mismo hizo en 2008 cuando Bettini —esta vez sí— le ganó la tostada. En 2009, el terreno demasiado duro benefició a Joaquim Rodríguez, que logró un meritorio bronce pero le dejó a él de nuevo fuera del top 10.

Pasaban los años y la oportunidad de hacer historia. En 2010 cumplía 34, pero ya hemos dicho que estaba en forma, muy en forma. No durante todo el año porque Freire nunca ha sido un corredor regular sino más bien explosivo, de fijarse objetivos y cumplirlos, nada de ir mariposeando por aquí y por allá a ver qué pilla. Ganó San Remo por tercera vez, pasó sus rachas de sinusitis y molestias varias y se presentó en Melbourne como uno de los favoritos. La carrera la complicó Philippe Gilbert, ese irredento belga. Freire se quedó cortado, detrás del que parecía el grupo de la victoria, pero supo aguantar en el de los sprinters. La persecución culminó a falta de tres kilómetros y volvieron a sucederse los ataques, todos controlados.

Freire está en el grupo. Son 20 corredores, no más, y pocos rivales a su altura. Cuando enfilan la recta final están ya todos juntos. Freire huele su cuarto Mundial, está a un solo sprint de la victoria, ¿y cuántos ha ganado en estos doce años de profesional? Se echa a la derecha, como en los viejos tiempos y coge la rueda de Gilbert, que sin embargo le frena. Falto de fuerzas como para volver a remontar se da cuenta de que a su izquierda pasan y pasan corredores: primero Hushovd, luego Breschel, luego Davis… Freire, encajonado y agotado, acaba sexto con el mismo tiempo que el noruego, campeón del mundo.

De nuevo, la decepción en el rostro del cántabro. Sabe que no es peor que Hushovd como supo en su momento que no era peor que Bettini, Kolobnev, etc. El año siguiente son todo problemas y lesiones. Consigue dos victorias en la Vuelta a Andalucía al principio de temporada y después la cosa se complica: no puede participar en el Tour ni en el Giro, su equipo volcado en Robert Gesink. Le llevan a la Vuelta pero abandona después de pasar varias etapas desapercibido. Nadie da un duro por un hombre de 35 años que vuelve a acabar contrato y sigue sin oferta de renovación.

Le queda el Mundial. “Si gano el Mundial, me retiro”, anuncia, pero nadie cree que vaya a ganar el Mundial. Sólo él. Está convencido de un modo casi enternecedor. Los resultados van en su contra, la aparición de los Evans, Cancellara, Gilbert, la potencia de Cavendish en el sprint final… todo juega en su contra, pero él persevera. Pasan y pasan las vueltas, la selección española hace lo que puede con un equipo más limitado que el de otros años… pero a falta de un kilómetro Freire vuelve a estar en el grupo de delante. ¿Cómo demonios lo consigue?

La situación es parecida a la de Verona en 1999, aunque aquello más que un grupo es un pelotón. Nadie vigila a Freire porque todos vigilan a Cavendish y Cancellara, los más poderosos de la carrera. Freire se ve campeón. Luego lo dirá en rueda de prensa: “Me veía campeón”. Hay que sentirse con muchas fuerzas para pensar que puedes ganar a Cavendish en un sprint puro. Ahí está el último kilómetro, la última vuelta. Freire a la rueda de Cavendish, la rueda buena… de repente, el parón, la reubicación de corredores. Alarmado, el cántabro ve que se ha quedado en tierra de nadie. No sabe si pasar por la izquierda o por la derecha pero tiene que pasar porque Inglaterra ya ha lanzado el sprint.

Cavendish se adelanta, demarra desde muy lejos, para evitar cualquier sorpresa. Tras él una sucesión de sprinters buscando el milagro. ¿Dónde está Freire? No se le ve, no es más que una mancha dentro del gran grupo. El cuarto Mundial se aleja en lo que puede ser la última oportunidad. Aprieta los dientes, como en Verona doce años atrás pero no hay para más: acaba noveno. Es la séptima vez en su carrera que consigue acabar entre los diez primeros. Impresionante.

Sin embargo no basta. Freire está desolado en línea de meta: “Tendría que haber ganado, estaba con piernas para ganar, no sé qué pasó…”. El cuarto Mundial, el que le separaría de Merckx ni más ni menos, se escapa. Los 35 años que serán 36 el año siguiente y sin equipo. La retirada en el horizonte. El luchador que recoge sus ropas, su bicicleta y se dice a sí mismo: “Volveré”, o como lo puso Paul Simon: “I am leaving, I am leaving… but the fighter still remains”.

Artículo publicado originalmente en la revista JotDown, dentro de la sección "No pudo ser"