jueves, marzo 04, 2010

Julián López: un corazón al ritmo de Michael Bolton

Hay días que las publicaciones se acumulan. Eso es bueno, supongo que me recuerda que en el fondo no soy un tío tan aburrido. A continuación, la entrevista con Julián López para la revista "Freek!", que también podéis consultar aquí con más foticos de Marian Laorden.

Acostumbrado a la sombra de Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla o incluso Carlos Areces, Julián López por fin ha decidido emanciparse de la familia Chanante y probar suerte por su cuenta. En "Que se mueran los feos" interpreta a un joven de pueblo con pocas luces, con la inocencia de Vicentín y el sentido del humor propio de alguien que ha popularizado el término "pataliebre". Después de demostrar en "Pagafantas" que podía cambiar la televisión por el cine, Julián se mete de lleno en esta nueva etapa con la tranquilidad, la modestia y la ironía que le caracterizan.

Guapos y feos, ¿es esa la verdadera lucha de clases?

Pues la verdad es que ya era hora de que se hiciera un homenaje a los feos. Esta es una comedia en la que se hace justicia, los feos tenemos nuestro minuto de gloria, porque siempre se había asociado a los guapos con los ganadores y a los feos con los perdedores, pero aquí cambia. Los personajes además son de una fealdad muy dura, no solo exterior sino también interior, con muchos sueños rotos y expectativas frustradas.

"Que se mueran los feos" es una película española, con ambiente rural, tonto del pueblo y chistes absurdos... que sin embargo huele a éxito. ¿Ha salido por fin el cine español de su famosa crisis?

Sí es verdad que hay mucha expectación por la película pero es que la mayoría de la gente ha vivido el ambiente rural de una manera u otra. Sea porque se ha criado ahí o por la familia, saben que ahí es todo muy natural, muy humano. Es normal que te sientas identificado con los personajes y el ambiente. Ahora es fácil hablar después de lo de la ceremonia de los Goya, que fue un exitazo, pero ya desde hace tiempo se ve que la salud del cine español es muy buena, que se empieza a pensar en el cine como industria y se entiende que se tiene que hacer "Pagafantas" para que se pueda hacer "La vergüenza", por ponerte un ejemplo, o que es necesaria una "Spanish Movie" además de "Tres días con la familia". Hay que ofrecer muchas cosas distintas y no quedarse sólo con una cosa.

¿Qué influencia ha tenido la televisión en ese cambio?

Pues bastante. A lo mejor es oportunista que lo diga yo, que vengo de la televisión, pero me parece apropiado, porque no hay que ceñirse a un campo, en plan "el actor de teatro que haga teatro, el de cine que haga cine...". Llevamos años viendo a actores de televisión pasar al cine con éxito en Estados Unidos. Es algo que siempre ha pasado allí y que les ha funcionado, desde los primeros "Saturday Night Live", por ejemplo, así que no es una sorpresa que funcione aquí también

Estudiaste magisterio musical en Cuenca, ¿cómo acabaste de cómico de Paramount Comedy?

(Pone cara muy seria) Sucedió una noche... De repente, mi habitación se iluminó con un toque dorado y le dije a mi padre: "Quiero ser cómico". (Quita la cara seria y me mira para que capte la ironía, luego sigue ya en serio) A mí me encanta la música y quería estudiar algo que tuviera que ver, por eso me metí en magisterio musical mientras acababa en el Conservatorio. Lo que pasa es que la comedia siempre me había tirado, yo era el típico que siempre estaba haciendo tonterías en el grupo. La música está ahí y la sigo amando, pero he tenido la suerte de estar en el sitio adecuado en el momento adecuado para dedicarme a la comedia y además he intentado aprender. Yo siempre he sido un autodidacta, pero intento transmitir algo. En eso, la actuación es como la música, intento explicárselo a los actores con los que trabajo, cuando me explican su formación. Digo: "Yo estudié música en el Conservatorio", para que se me quite un poco el miedo y demostrar que al fin y al cabo en ambos campos se trata de expresar sensaciones, es algo parecido.

Y de cómico entre amigos a actor a pecho descubierto. ¡En el tráiler sales más que el propio Javier Cámara!

Ya, me sacan todo el rato... Pues es un punto de inflexión porque por primera vez un director contaba conmigo desde fuera y me ofrecía un papel a ver si encajaba o no. Siempre le agradeceré a Borja (Cobeaga) que me llamara para "Pagafantas", pero con él ya había hecho varias cosas en "Muchachada Nui" y nos conocíamos. Cuando me llamó Nacho (Velilla) y vi todo el reparto que había alrededor: Carmen Machi, Javier Cámara, Juan Diego... Aquello fue distinto. Sabía que tenía mis limitaciones, pero que iba a poder aprender mucho.

¿Cuánto hay en Bertín, tu personaje en la película, del mítico Vicentín de "La Hora Chanante"?

La inocencia, la blancura. Vicentín era un tipo muy tierno a pesar de que se movía en un ambiente así de noche y de drogas, pero los dos son muy cariñosos y tienen a sus ídolos que no puede tocar nadie. Vicentín adoraba a Chimo Bayo y Bertín adora a Eliseo (Javier Cámara). Le vacila y se mete con él pero en el fondo le adora, es un ejemplo para él. También se parecen en el aspecto físico, porque el peinado es muy Vicentín, así, repeinado... (Risas)

Todavía hay gente que se acerca y me llama Vicentín. O Vicente. Se creen que mi nombre es Vicente y que al personaje le pusimos el diminutivo, así que por respeto me llaman Vicente.

El paso de chanantes a muchachada, ¿ha sido un coñazo en términos de fama? ¿Le has pedido algún consejo a Hugo Silva?

Trabajando con Hugo Silva he visto cosas increíbles, como veinte o treinta chicas esperándole dentro del hotel, preguntando por su habitación. Puede llegar a ser algo peligroso, porque no lo controlan y en una de éstas le pueden tirar al suelo o hacerle daño aunque sea sin querer. El paso de una cadena de pago como Paramount -aunque tuviéramos internet- a una nacional se nota, claro, pero es que no hay manera de saber cómo tomárselo. Sabes que hay más gente que te conoce, pero no puedes evitarlo, así que yo intento seguir con mi vida. Hay momentos incómodos, sobre todo por la noche, que la gente va más alegre y te suelta cosas. A veces les sigo el juego y a veces, no. Entonces me dicen "joder, qué soso eres", o "pues no eres tan gracioso" y es algo que me puede llegar a fastidiar porque me conocen sólo de tres frases y ya me están catalogando. Tengo 31 años, tú me conoces desde hace dos minutos ¿y ya crees que sabes algo de mí?

Al final, sí que echas un poco de menos el anonimato, te cortas más, haces menos el imbécil. Todo era más normal cuando estábamos en Paramount, aunque tampoco quiero que parezca que me creo una estrella o algo así.

¿Cuál es el truco para conseguir trabajar juntos durante ocho años seguidos y no acabar odiándoos los unos a los otros?

(Cara seria, otra vez...) Cada vez que les veo, miro el reloj para saber cuánto me falta para perderles de vista (... y otra sonrisa irónica). A un amigo se le quiere y se le odia a la vez. El secreto es la empatía, la complicidad. Que fluya la comedia en el día a día.

El vocabulario "chanante" ya se ha extendido por todos lados. ¿Tienes miedo de acabar resultando previsibles?

Pues sí que lo he pensado muchas veces. El miedo a dejar de sorprender. Nosotros hacemos un humor que se basa por completo en la sorpresa: en inventar palabras nuevas o reciclarlas de nuestros padres y nuestros abuelos. Si se pierde esa sorpresa, te puedes reír igual, pero no es lo mismo. Nuestros puntos fuertes son el costumbrismo mezclado con el surrealismo y si no se evoluciona la gente se puede cansar, así que es una continua lucha. Algo parecido le pasó a Chiquito, pero en cierto modo nosotros hemos reciclado también a Chiquito, que creó un lenguaje propio.

Cuando llegue el final, ¿quién estará detrás para tomar el testigo?

Bueno, como te decía antes, me preocupa, pero creo que todavía nos queda mucha cuerda, así que no lo pienso en esos términos. De lo que he visto por ahí, me gusta mucho Venga Monjas. Saben utilizar muy bien internet y ojalá puedan hacer algún día lo mismo en televisión, si es que les interesa... que no lo sé. Hacen algo muy potente. Si nosotros somos raros, ellos son tres veces más raros, y no sé si eso va a ser fácil de asimilar.

Sé honesto, ¿qué cara pusiste cuando te dijeron: "Tengo un papel ideal para ti, es un tipo muy tonto y muy feo"?

Pues les dije: "Habéis dado con el idóneo. Gracias por llamarme". Era la primera vez que tenía que prepararme en serio, estuve seis meses trabajando en el papel, porque yo nunca había hecho de tío de pueblo, soy muy urbanita y todos mis papeles anteriores habían sido de divorciados con problemas y en crisis. (Ahí me doy cuenta de nuevo de que está de coña) Me tuve que ir a pueblos y tal, para ver cómo eran las cosas ahí. Mucho trabajo, pero lo encajé bien. (Risas)

Para terminar, imagina que soy Kira Miró e intenta convencerme de que lo importante es el interior...

Julián se emociona, se concentra y empieza a dictar palabra por palabra, de vez en cuando me pide que le lea, para ver por dónde va y sonríe y sigue con el discurso. Este discurso:

"Kira, ¿no te das cuenta de que la belleza exterior no deja de ser una carcasa que nos condiciona para actividades superficiales y que cuando llegas a casa y te quitas la careta, lo que realmente añoras es el calor que emana de dentro en forma de sentimiento, cariño, poesía...? Esa es la verdadera belleza. Un tío puede ser feo pero con un corazón por dentro latiendo al ritmo de una canción de Michael Bolton... Si ves a ese tío, no hay dios que se le resista".

Y se descojona, claro.

Amélie Nothomb- Ordeno y mando

La siguiente reseña puede -y debe ;-)- consultarse en su sitio original, es decir, la página web de CulturaMás, una excelente revista cultural en la que tengo el inmenso honor de colaborar. Os dejo aquí el enlace para que vayáis allí, que está todo más bonico y además podréis descubrir un montón de cosas interesantes. Mucho más interesantes que si yo tengo una amiga con un escape de gas en casa, por poner un ejemplo: Reseña en CulturaMás.


A estas alturas, el talento de Amélie Nothomb como narradora está fuera de toda duda. Lo mismo se puede decir de su inconsistencia, sea buscada o no. Ordeno y mando, su última novela, es un claro ejemplo: parte de una idea potente, la desarrolla con brillantez, dibuja un personaje fantástico desde una distancia que viene a ser una mezcla entre Highsmith y Camus –pongamos un Ripley apático o un Meursault ligeramente entusiasta-, crea unos diálogos sensacionales, capta la atención del lector con una trama bien formada… y de repente, da la sensación de que se aburre de escribir y el libro se acaba.

Hasta cierto punto, estamos ante una novela negra. Una muerte presuntamente accidental –la sombra de la sospecha se extenderá durante páginas y páginas- sirve como detonante para que Baptiste Bordave, anodino oficinista parisiense, decida cambiar su vida por completo. Abandonarla, para ser más precisos. Obviamente, a partir de ese instante, el muerto deja de interesarnos y la novela se convierte en un retrato psicológico de primera clase acerca de Bordave, la clase media y su tedio de siglo XXI.

Es un placer leer a Nothomb sabiendo que no va a haber explicaciones. En parte, una buena escritora es aquella que no se detiene en explicaciones, que sabe que cuenta con la confianza del lector y no tiene que detallar cada cosa que hacen sus personajes. Narrador, personaje y lector viven en una misma penumbra en la que es imposible distinguir dos metros más allá. Las cosas van pasando y hay que aceptarlas así: la maravilla del tedio, la despreocupación, el absurdo.


La libertad absoluta concebida por defecto: un mundo sin responsabilidades ni expectativas.


Luego hay otros momentos en los que sí se echa de menos algo de coherencia. Dejarse llevar está bien, pero uno se puede dejar llevar durante un determinado número finito de páginas. A partir de ahí, se inquieta. Si Bordave es un personaje que se define por su indefinición –no sabemos nada de él salvo que quiere dejar de ser él-, esa técnica no funciona con la bella Sigrid, cuya entidad en la novela no desvelaremos por atención al lector pero que, como resumen, acaba resultando único personaje digno de ese nombre que acompaña a Bordave.


Sigrid vive también en el tedio y la resignación y una especie de melancolía anoréxica. Cuando Bordave ordena, Sigrid obedece. Todo sin estridencias, con una naturalidad asombrosa. El personaje de Sigrid es muy dudoso: su manera de hablar, de comportarse, todo lo que Nothomb nos muestra de ella -contraviniendo a Fitzgerald- es lo contrario de lo que nos ha explicado antes sobre su pasado y formación. De acuerdo que los personajes, como las personas, son a menudo contradictorios y evolucionan, pero de ex yonqui abandonada y compradora compulsiva a erudita en arte y literatura digamos que hay un paso que hace falta dar en algún momento y que se nos oculta.


En el fondo, eso son detalles para críticos, por supuesto. Uno puede sumergirse en “Ordeno y mando”, obviar si los diálogos son demasiado pretenciosos y simplemente disfrutarlos precisamente porque son brillantes y entretenidos. Puede aceptar la torpeza y pasividad de policía y otros perseguidores, solamente porque lo que queda dentro de la casa donde Bordave se refugia es más interesante que lo que pueda pasar fuera. Durante 130 páginas, esa levedad es perfectamente aceptable y el lector la disfruta con la ansiedad del “¿qué vendrá después?”.


El problema es que después no viene nada. Las 25 últimas páginas son una especie de aceleración hacia el punto final donde ni hay rigor ni se le espera y en las que queda claro que Nothomb ya ha contado lo que quería, lo ha contado muy bien y considera que es momento de ponerse a otra cosa.


No es ningún drama. El placer, como el dolor, no se borra fácilmente, y durante mucho tiempo, ya digo, leer “Ordeno y mando” es un auténtico disfrute. Una lección, también: se puede escribir una novela ambientada en el siglo XXI sin querer ser post-nada, es decir, dentro de un tono elevado, como es habitual en Nothomb y con unos personajes que rozan la pedantería en sus discusiones, se puede introducir con total normalidad a Muse o Smashing Pumpkins, si es que procede y tiene sentido.


No hace falta anunciarlos en la contraportada, quiero decir.


Ni redactar un manifiesto.

miércoles, marzo 03, 2010

Varias de médicos


Víctor Alfaro dice que echa de menos mis posts más personales porque su recuerdo de mi vida privada era una sucesión de fiestas, estrenos, actrices y casualidades. Literatura, en una palabra. Las cosas, desgraciadamente, ya no son así, sino mucho más prosaicas. Un mundo de doctores, revisiones y Unidades de Vigilancia Intensivas.

Empecemos por esto último: no podía imaginar hasta qué punto la baja de Fer Cabezas -postoperatorio complicado, nada grave, pero mucha tensión- iba a alterarnos a todos, especialmente a mí, como si en realidad estuviéramos acostumbrados a que él apagara todos los fuegos y en cuanto ha tenido que tomarse la baja los demás nos hubiéramos quedado con la ansiedad del pirómano. Mi humor es espantoso. Realmente me cuesta recordar algo parecido. No sólo el humor sino una especie de tensión constante que me agota y me consume.

Eso no parece suficiente problema para mi urólogo y supongo que son buenas noticias. Mi uretra está como nunca. No saben cuánto quiero a mi uretra. Como las molestias siguen sugiere alternativas un poco dudosas, casi sacadas del tercer capítulo de "Caro Diario", la película de Nanni Moretti. Algo eufórico quedo con Hache en la esquina de Narváez y cogemos juntos el autobús. Ella llora y yo le cojo la cabeza y le paso los dedos por el pelo y le beso la cabeza como a un niño pequeño.

There, there.

En el autobús hay tangana y golpes en la cabeza. Discutimos sobre si el anti-eslogan perfecto sería "No os preocupéis, ya me encargo yo de arreglar esto yo solito. org" o "Esto solo lo arreglamos encendiendo el móvil de Álida. org". Ustedes, lógicamente, no pueden entender nada de lo que les estoy contando, pero ya les digo: es vida privada. En casa de Hache, esperamos noticias y reparadores del gas. Ayer tuvo una fuga y está preocupada. Yo, ya digo, estoy muy preocupado y cansado y necesito seguir cogiéndole del pelo y besándole la cabeza y probablemente necesite que ella haga lo mismo conmigo o que nos miremos como si nos quisiéramos mientras suena una canción de Dawson Crece.

Pero no nos queremos. Como mucho podemos jugar a pareja de novios recién mudada a un piso en el que hay un escape de gas y que se preocupa cuando el técnico dice "esto es más que grave, es mortal, ¿cuánto lleváis con este olor?" y nos habla de nuestros conejos y yo bajo a sacar dinero para pagar y me siento como un personaje de Amélie Nothomb y pienso que quizá podría vivir esta vida falsa unos meses más, porque yo nunca me he mudado con una chica a una casa nueva, nunca he solucionado escapes de gas, ningún técnico de ninguna clase habló jamás de "nuestros conejos" y si he sacado dinero por alguna chica alguna vez probablemente fuera para quedármelo.

Hache habla de náuseas y vómitos. Médicos, de nuevo. Pruebas que diagnosticaron una enfermedad improbable. El tipo la mira y dice: "Eso es una intoxicación por monóxido de carbono". Sensacional. Los médicos, está claro, diagnostican cualquier cosa con tal de quitarse a un paciente encima. Suerte que no tiene cita para que la operen de vete a saber qué el 25 de marzo, porque por momentos pareció su destino.

Entonces pienso que quizás yo también esté intoxicado: que el cansancio y las molestias vagas e injustificadas, las mismas que hasta enfadan a mi médico, son producto de un escape de gas que está acabando conmigo. Solo que en casa no tengo gas, así que debe de ser una mezcla de tensiones: paro, amigos en la UVI, revisiones postoperatorias...

Y en el fondo es una pena, porque reparar un calentador, por lo visto, puede llegar a ser algo realmente sucio pero difícil, lo que se dice difícil, no, así que seguiré partiéndome la cara con cada email que reciba por inofensivo que parezca.

martes, marzo 02, 2010

El Mundial de Julio Salinas


No sabíamos si ir con España o no. De verdad que era un problema porque nosotros siempre habíamos querido que ganara España, sin preguntarnos muy bien por qué, pero ahora éramos adolescentes rebeldes y nos parecía que nuestra posición estética debería ser la anti-españolista en todos los frentes: política y fútbol. Así que España fue pasando rondas de aquel Mundial ante nuestra indecisión y un entusiasmo reprimido.

Por ejemplo, el primer partido fue ante Corea del Sur una madrugada. España empezó ganando 2-0 y tenía el partido controlado. Hasta ahí, justo es reconocerlo, habíamos disfrutado; desde ese momento, empezamos a coquetear con el fracaso y decidimos apoyar a Corea como el que apoya a un boxeador mareado, es decir, sin sentir la amenaza. Quince minutos después, el partido acababa en empate y nos mirábamos con caras extrañas, como si hubiera sido culpa nuestra.

Fue el Mundial de las perillas. Para muchos de mis amigos, dejarse una perilla era simplemente un sueño imposible a los 16-17 años. Yo creo que podría haberlo hecho, pero por entonces me afeitaba cada mañana y me apretaba con un pañuelo los cortes en el Metro. Qué típico, todo. Nuestro héroe era Caminero. Más aún que Guardiola. En aquel momento no estaba claro si Guardiola servía para la selección o no. Demasiado flojo, decían, como dirían años después de Xavi. Clemente prefería colocar a Nadal y a Hierro organizando el juego y a Luis Enrique de media punta. Como extremos, jugaban dos laterales: Goicoechea y Sergi. A veces, el delantero era Salinas y a veces no había delantero.

Contra Alemania empatamos a uno. No recuerdo haber visto ese partido, envuelto en esa estética de desprecio a mis propias pasiones. Sí vi el de Bolivia (3-1), que nos clasificaba para octavos. Guardiola marcó de penalty y por las mañanas -ya estábamos de vacaciones- quedábamos en casa de C. a jugar a las chapas con garbanzos y porterías en forma de manos. Cuando repartimos selecciones, yo me quedé con Italia. Mi jugador favorito, con diferencia, era Roberto Baggio.

La eliminatoria contra Suiza fue un paseo. Tres a cero y euforia desmedida. A la Cibeles le robaron un brazo y luego se lo devolvieron. Desde entonces, decidieron vallarla. He de insistir en que, aunque esté utilizando el plural continuamente -"ganamos, empatamos, nos clasificaba..."- en realidad seguíamos sin tener muy claro a qué grupo pertenecíamos, si al de los entusiastas o al de los tacañones. Los aguafiestas.

Para que la cosa cambiara nos tuvimos que ir a Lisboa. Yo no quiero decir que mi adolescencia fuera un desastre porque no lo siento así. Otra cosa es que se juntaran una serie de coincidencias desgraciadas. Por ejemplo, que uno vaya de viaje de verano a Lisboa en busca de sol, chicas y atmósfera romántica y acabe en una pensión de putas del barrio de Intendente, bebiendo con marineros españoles y corriendo para no pagar en los bares de alterne del Barrio Alto. Yo sé que Lisboa es una ciudad preciosa y mágica igual que sé que en la frontera del Estado de Nueva York con Canadá hay unas cataratas. Pero yo no las he visto.

Ni siquiera vi a las putas si quieren que les sea sincero. Aquello no tenía nada de Holden Caulfield. Pasamos un par de días en Cascais, con intoxicación etílica incluida y cuando volvimos, sin vuelta a Madrid cerrada, decidimos quedarnos otra vez en la misma pensión de Intendente. Creo que costaba 1000 pesetas la noche y, sinceramente, no estaba nada mal. Ahí vimos a Bulgaria tumbar a Alemania y a Brasil ganarle a Holanda con gol agónico de Branco. El dueño de la pensión nos contaba historias: Iordanov, por ejemplo, jugaba en el Sporting de Lisboa en un puesto y en la selección búlgara en otro. Apasionante. Iba y venía por el salón, como si nos vigilara, pero en realidad todos pensábamos que se aburría, sin más.

Nosotros también, cómo culparle.

Fue en ese Brasil-Holanda, justo tras el 3-2, que el tipo se echó las manos en la cabeza y dijo en una especie de portuñol: "A ver quién aguanta ahora a las putas" y resultó no ser un eufemismo. Las putas, en el barrio de Intendente, eran brasileñas y vivían en el piso de arriba y desde el salón de la planta baja se las oía celebrar.

Justo después empezaba el España-Italia. "España y Portugal, hermanosh", nos decía el dueño con sus gafas torcidas y su aire de proxeneta venido a menos. Lo vivimos por todo lo grande, sin complejos. En España nos resultaba estéticamente complicado apoyar a la selección, pero en Portugal... ¿quién vigilaba en Portugal? Nadie.

En la primera parte marcó Dino Baggio. Tras el descanso empató Caminero, que, no sé por qué, empezó de suplente el partido. A cinco minutos más o menos del final, Julio Salinas se quedó solo ante Pagliuca y se la tiró al cuerpo. Dos jugadas después, Roberto Baggio sorteaba a Zubizarreta y Abelardo no podía evitar el 2-1.

Fue una catástrofe. Jugamos como nunca y perdimos como siempre. Esa, en general, era nuestra frase preferida.

Reaccionamos como pudimos. Recuerdo una tarde-noche lánguida buscando la Embajada de Italia para tirarle piedras igual que Tassotti había tirado codazos a Luis Enrique. Detestábamos a Luis Enrique pero era nuestro Luis Enrique. Vagamos por multitud de cuestas con raíles. Vimos un castillo a lo lejos. El agua que brillaba era la del Tajo. Mi hermano y yo decidimos irnos al día siguiente. Llevábamos demasiado tiempo esperando algo que no llegaba y no era una edad a la que uno perdiera los días con gusto.

En el tren de vuelta -un tren caro, no había autobuses ese día, nos dio igual, aquello era una fuga en toda regla- nos enamoramos de tres hermanas. Diría que se llamaban Bárbara, Carla y Paula. No las volvimos a ver. Baggio acabó fallando el último penalti de la final y Brasil se llevó el título.

Pero eso ya lo saben.

lunes, marzo 01, 2010

Descenso a Tribunal


Hay un grupo de Facebook muy bueno que se llama "A mí también me da tiempo a leer el Quijote en las escaleras del metro de Tribunal". Mi metro. Estoy completamente de acuerdo: subir del andén de la línea 10 a la salida de Barceló puede ser un auténtico coñazo, pero bajar puede ser peor. O no, quizá todo lo contrario.

De entrada, hay que contar con el viento. Por una cuestión de corrientes, las puertas que dan a las taquillas siempre se abren y se cierran con cierta violencia. Luego están los torniquetes. En los últimos días, de tres viene funcionando uno, ante la mirada casi cómplice de los múltiples vigilantes de seguridad y algunos de sus perros. Imaginen un fin de semana a las once de la noche con todos los chicos volviendo a sus casas, formando filas imprecisas, intentando colarse por las salidas, peleándose entre ellos...

Las primeras escaleras no suelen funcionar. Puede ser que no funcionen ni de subida ni de bajada, pero lo normal es que solo esté averiada una y la otra la dejen, lógicamente, para los que tienen que subir, así que si quieres bajar, ya sabes, a patita.

Eso para mí no es ningún problema. Al revés, casi lo prefiero. El asunto es que Tribunal no es solo parada de bohemios y borrachos. También lo es de viajeros: recuerden, la línea 1 enlaza con Atocha por un lado y con Chamartín por el otro. La línea 10 lleva a Nuevos Ministerios. Los extranjeros -la mayoría son extranjeros con hotel en Chueca o en Malasaña- se arman de paciencia y cogen a pulso sus maletas con ruedas y bajan muy lentamente, peldaño a peldaño mientras la música de abajo suena a todo volumen.

La música. En Tribunal hay toda clase de músicos, pero yo ahora mismo recuerdo tres: el negro con rastas que toca la percusión, en ocasiones acompañado por un blanco sin camiseta en plan Safri Dúo. Son muy buenos. Muy, muy buenos. El de las rastas, además, sonríe todo el rato y bromea con los vigilantes. Ya digo que, no sé la razón, los vigilantes en Tribunal no se aburren nunca y suelen estar de un excelente humor. Quizá se estén reservando para algo.

Los otros dos son un guitarrista con coleta que se ceba con los punteos de los Dire Straits y un trompetista con aire cíngaro que hoy estaba tocando "Blue moon" a las 7,30 de la mañana y de nuevo a las 13,30 cuando he vuelto de mi despido. El trompetista además cantaba: ponía voz de Louis Armstrong y se inventaba la letra, abundando en los "guapa" y los "I love you", probablemente dirigidos a la post-adolescente (¿o adolescente, sin más?) que le miraba sonriendo desde la escalera que, esta vez sí, subía.

En fin, que si uno llega a esa primera plataforma, sin maleta o con maleta, tiene que decidir si coge la uno o la diez. Coger la uno no tiene ningún mérito, así que recomiendo seguir bajando, con las corrientes de aire caliente siempre en la cara. Hay un tramo más de escaleras, luego un pasillo más o menos corto en el que se puede adelantar a los turistas que se ponen a la izquierda y da penita echarles la bronca después de la que han pasado con la maleta. Luego otro tramo para abajo -este, casi seguro, a pie- y un cuarto que da a la intersección de los dos sentidos de la línea.

Ahí, a menudo, hay yonkis o músicos. Si son músicos, tienen un punto más cutre porque, probablemente, tocar ahí sea ilegal y es todo más precario. Puede ser la típica cantante eslava o un guitarrista que imita a Sabina, eso varía. Los yonkis, en general, no son peligrosos. Se limitan a estar ahí desde que convirtieron el parque en un mercado y el mercado en un boquete inmenso.

Ya solo queda una última decisión: ir hacia Casa de Campo o hacia Hospital Infanta Sofía. La Moraleja y más allá. En cualquier caso habrá que bajar otras escaleras hasta el andén y en ese momento te darás cuenta de que todo el mundo sube -sesenta, setenta personas con mochilas, maletines y bolsas de viaje- y que el tren pita y que, por mucho que corras, solo llegarás a ver las luces de atrás marchándose hacia Alonso Martínez o Plaza de España.

Sólo entonces el luminoso también te dedicará su guiño de sarcasmo y marcará, con toda su pachorra, aquello de "Próximo tren en 7 minutos".