lunes, mayo 03, 2010

El milagro del Estudiantes


Como casi todos los equipos de la ACB, el Estudiantes tiene 12 jugadores en plantilla. Seis de ellos son canteranos, aunque de esos seis solo uno juega con asiduidad, de hecho, es la estrella del equipo. Hablamos de Carlos Suárez, más que probable internacional este verano en el Campeonato del Mundo de Turquía. De los otros cinco, uno juega más bien poco, Jayson Granger; otro juega cuando hay lesiones, Dani Clark; y Nguema, Beirán y Driesen tienen un papel totalmente anecdótico.

Eso deja al Estudiantes con una rotación de ocho hombres. Suárez, Granger y seis veteranos. Repasemos: un base, Albert Oliver, de 32 años, que era suplente en el Valencia; dos escoltas, Pancho Jasen, capitán y buque insignia del club, y Chris Lofton, fichaje de mitad de temporada después de que Blake Ahearn se fugara a Estados Unidos y que ya fue cortado en el Caja Laboral al principio de temporada; y tres pivots: Caner-Medley, expulsado el año pasado del Cajasol por pegar a un compañero, Germán Gabriel, fichado a principio de temporada por dos meses y luego sucesivamente renovado, y Petar Popovic, que llegó hace tres años también como recambio temporal y se ha quedado.

A esta configuración de plantilla, súmenle un contagio masivo de Gripe A antes de la primera jornada y que se extendió durante al menos dos semanas para empezar la temporada con un 0-5, el peor inicio de la historia del club.

¿Cuál creen que es el resultado de todo esto? Durante muchas semanas, viendo lo visto, es decir, esa colección de canteranos aún verdes, retales de otros equipos y jugadores de saldo, pensé que el Estu se iba a la LEB y desaparecía. Todo lo contrario, este año, por primera vez desde que se fue Pepu Hernández, jugaremos los play-offs y aún podríamos incluso ser quintos de la temporada regular, llegando a las 19 victorias.

A mí me parece milagroso, aunque sé que detrás de esto hay trabajo: el veterano base se ha aguantado toda la temporada como un coloso, el escolta temporero ha acertado en tiros decisivos, el ala-pivot problemático se ha echado el equipo a la espalda y los dos pivots que no encontraban sitio en la ACB han resultado ser mucho más que útiles. Incluso Clark ha respondido cuando se le ha necesitado, es decir, contra el Madrid.

El milagro del Estudiantes tiene sus nombres y sobre todo otros tres: Carlos Suárez, un hombre cuya progresión estuvo a punto de verse cortada por lesiones y comportamientos extraños fuera de la pista, siempre según el propio club, que desde luego lo ha cuidado lo justo; Pancho Jasen, que a sus 32 años sigue sin rendirse y Luis Casimiro, el entrenador, el mismo que consiguió ganar una liga con el TDK de Chichi Creus, Sallier y Alston y que, tras el típico año de adaptación, ha conseguido que el equipo no solo gane sino que juegue muy bien. Muy por encima, desde luego, de sus posibilidades.

Yo, que me hice socio del Estu hace 20 años y viví Estambul y Barcelona y las dos Copas del Rey, pero también estuve en León gritando como loco, lo agradezo, créanme.

domingo, mayo 02, 2010

Resumen de un fin de semana


En algún momento de la tarde o la noche, Pepe Viyuela se aparece en sueños y me dice que hay que tener mucho cuidado con que la gente no sepa tu verdadero nombre. Que a él le han pedido muchas veces que diga su verdadero nombre, pero no, no lo dice. Pepe Viyuela. Luego suena un teléfono a las cuatro y media de la madrugada. O puede que no. Puede que el orden no sea ese. Puede que todo acabe en mi sofá viendo "Como la vida misma" y pensando que es una película realmente cruel. No la crueldad adolescente de "Pagafantas" sino otro tipo de crueldad más íntima.

Hago recuento de eventos familiares y deportivos. Si el viernes nos dicen que el Estudiantes jugaría los play-offs, que el Caja Laboral le quitaría la segunda plaza al Madrid y que el Barcelona seguiría con un punto de ventaja a falta de una jornada menos, lo firmaría, claro que sí. Otra cosa es que me preocupe que casi todas mis preocupaciones o mis estados de Facebook -la vida es lo que pasa mientras actualizas Facebook- tengan que ver con fútbol o similar.

No sé por qué e incluso reconozco que no debería, pero, ay, me preocupa.

Estoy leyendo un libro que se llama "Usted puede sanar su vida" y dos veces al día presiono un punto del antebrazo y sigo haciendo fuerza con el pulgar de la mano izquierda hasta el dedo corazón de la mano derecha. Ejercicios de relajación. Pulga de chorizo y baguette de tortilla (sin pimientos) en el De Cine. Encuestas en "El País" sobre Esperanza Aguirre y sobre quién va a ganar la liga. Me parece el resumen definitivo, por fin se han dado cuenta: política y fútbol, en este país, son exactamente lo mismo.

Un globo me golpea bajo el umbral de una puerta en una tienda de comics, luego me golpea una guirnalda, luego jugamos, intento recordar en qué consiste eso de jugar, qué estado físico, qué estado de ánimo hace falta para eso. Mi hermano me dice que estoy cansado a las 5 de la tarde pero a las 2 de la madrugada el que queda en el bar soy yo. Uniformemente cansado, es decir, sin alardes.

¿Qué más puedo contarles? Gasol lidera a su equipo en puntos, rebotes, asistencias y tapones. Eso al principio del último cuarto. Los suplentes de los Jazz se están comiendo a los suplentes de los Lakers. Mañana seguiré en el paro, pasadomañana también. Puede que el miércoles... Hemos enviado el corto a ocho festivales en mayo. Tengo una novela maravillosa que me da miedo enseñar. Mi libro -"Usted puede sanar su vida", recuerden- dice que no hay que tener miedo, pero yo soy muy cabezota.

viernes, abril 30, 2010

Alguna pregunta més?

No sé cómo me he permitido vivir cinco años sin saber de la existencia de este programa, pero intentaré compensarlo como pueda. Como regalo de viernes noche, les dejo con el enlace a los mejores momentos del programa y en concreto con el maravilloso debate de Olga Viza, Zapatero y Rajoy colocados.

jueves, abril 29, 2010

El Barça se deja la piel (y la Champions)


Yo entiendo el sentimiento anti-barcelonista. Entiendo perfectamente que haya gente que le moleste su continua pose de superioridad moral y estética, su mirarse el ombligo, su divinidad catalanista y ese largo etcétera. Lo entiendo porque no me gusta lo contrario y me molesta el madridismo, con su chusquería, su prepotencia, su rancia necesidad de ganar a cualquier precio...

Por supuesto, esto no es más que una retahila de tópicos: ni todos los aficionados del Barcelona son unos puristas ni todos los aficionados del Madrid escupen tabaco en tascas de Lavapiés.

De hecho, en Lavapiés, la gran mayoría de la gente es del Atleti.

Pero, vamos, que lo entiendo. Es un deporte y lo divertido es tomar partido y querer que gane un equipo o que pierda otro. Después de casi dos años, por fin, el que ha perdido ha sido el Barcelona y eso ha provocado un gran jolgorio madridista y una profunda incomprensión y desilusión culé. Es lo que tiene intentar elevar el fútbol a ciencia o arte cuando no es más que un juego en el que se gana o se pierde.

Por ejemplo, el Barcelona ha jugado este año 55 partidos oficiales y ha perdido cuatro. No son muchos pero sí los suficientes como para perder la Copa del Rey y ahora la Champions, incluso para perder la Liga si empata algún partido más de aquí a final de temporada. Los 51 partidos no perdidos no servirán de nada y como diría el clásico "el fútbol es así".

Con todo, decir "aquí no pasa nada" sería absurdo. Hay varias cosas que analizar y que van más allá del azar del juego:

- No he entendido nada de la previa. Ni entendí lo de las camisetas ni la movilización del público ya movilizado, ni las apelaciones al orgullo, la remontada, dejarse la piel, odiar la profesión y demás declaraciones al uso. Ni siquiera entendí por qué se veía como algo heroico lo que no dejaba de ser algo casi normal: ganarle 2-0 al Inter en casa, es decir, igual que hace cuatro meses. Tampoco he entendido, ni me ha gustado, la agresividad en medios y ciudadanos. Ese punto casi violento y hostigador de caceroladas, insultos y aspersores. Todo eso me suena a equipo menor y los números ya citados indicaban lo contrario.

- ¿En qué influyó eso en el campo? En nada. Podría decir que vi al Barcelona un poco más tenso de lo normal, pero tampoco sé si atribuirlo a eso. Jugó su partido, pero lo jugó mal. Tuvo el balón pero sin profundidad, apenas abrió con sentido a las bandas y se empeñó en convertir el partido en un embudo. Jugó mal, en definitiva. Estas cosas pasan. Si me preguntaran por qué el Barcelona acumula tantos malos partidos últimamente, con posesiones más bien estériles, pérdidas de balón y dificultad ante la portería contraria, repetiría el número de antes: 55 partidos. Y quedan cuatro. Más los de las selecciones. Y el año pasado fueron 62. Jugar 117 partidos en veinte meses y todos casi como finales es más que agotador. Casi inhumano.

En las eliminatorias, por supuesto, siempre te la juegas en cada partido, pero es que además, la liga, en los dos últimos años, ha sido un pulso constante con el Madrid, que no se rinde nunca y que obliga a que hasta el encuentro en casa contra el Xerez sea decisivo y angustioso. Demasiada angustia para tan poca plantilla. Messi está desfondado, por ejemplo. No es el único. Imposible pensar y desequilibrar con ese nivel de cansancio físico y mental, así de sencillo. Si al final ganan la liga, eso sí que será una heroicidad.

- ¿En qué afecta al futuro? No hacía falta ser muy listo a principios de temporada para saber que al Madrid le faltaban mediocampistas y al Barça le faltaba profundidad de banquillo. Guardiola acabó el partido más importante del año con Jeffren, Bojan y Pedro de delanteros. Jugadores en formación que es lógico que tengan sus oportunidades pero que parece raro que tengan que decidir unas semifinales ante el campeón de Italia a una edad a la que deberían estar con el filial aún. El problema es que no había nada más: Henry, ni está ni se le espera; Iniesta, lesionado; Ibrahimovic, en dejación de funciones...

El cambio del sueco en el partido de ayer fue probablemente la decisión más dolorosa de Guardiola en estos dos años porque era el reconocimiento meridiano de una equivocación: él, personalmente, se empeñó en echar al máximo goleador del equipo y cambiarlo por un jugador completamente distinto. Fue un error. No lo digo yo, lo dijo él ayer con el cambio. Si tu fichaje estrella te estorba en el partido decisivo, mal estamos. Y desde luego ayer Ibrahimovic estorbó todo lo que pudo. Incluso Bojan, voluntarioso pero con carencias, dio mucha más sensación de peligro. Protagonizó el único desmarque digno de ese nombre para rematar fuera de cabeza un gol cantado. Minutos después, clavó en la escuadra un balón suelto, pero la jugada estaba invalidada.

Tras los fiascos de Chigrinsky e Ibrahimovic es de suponer que la línea de fichajes del Barcelona irá en otra dirección este verano. Más aún con elecciones de por medio. Hacen falta más jugadores, es innegable. Cesc se hace imprescindible, y probablemente un Mascherano también. Arriba, hay que traer a un extremo y a ser posible fichar a un goleador que sustituya a Ibra. El sistema funciona tan bien que funciona hasta con Jeffrén y Bojan, pero no conviene tentar a la suerte. Ni conjurarla con ofrendas populistas y cacerolas.

Volvamos al fútbol, por favor.

miércoles, abril 28, 2010

Esperando a Mr. Clegg


Crecí rodeado de ingleses y no crean que eso me ayudó en absoluto a entenderles. En realidad, son imprevisibles. Uno se siente tentado de decir que son ordenados, disciplinados y conservadores pero luego les ves en un campo de fútbol y se te quitan las ganas de todo eso. O bailando los "Pajaritos" en Benidorm. O viendo una película de Peter Sellers, los Monty Pythons, Little Britain, etc. Una mezcla extraña de James Bond y Benny Hill.

En fin, a lo que íbamos, el misterio de los ingleses. En 1979, Margaret Thatcher fue elegida como primer ministro del país, cargo de concepción ya masculina -prueben a decir "primera ministra" y a ver si entienden algo- en un momento en el que las mujeres en política pintaban más bien poco. Desde luego, Thatcher no era una excéntrica, todo lo contrario. Y odiaba que se refirieran a ella como mujer. El caso es que se tiró once años en el poder, hasta 1990, y si lo abandonó fue porque su propio partido así lo quiso, dando paso a John Major, que gobernó hasta 1997. Dieciocho años tories.

Aquel año, el de la muerte de Lady Di, llegó al poder el laborismo. Un joven entusiasta llamado Tony Blair. Bien, aquel joven se tiró en el poder otros once años, hasta 2008. Pasó por un par de guerras, una recesión económica, algunos escándalos de corrupción... pero siguió ganando. Aquel año le sustituyó su compañero de partido, Gordon Brown, quien se presenta a las elecciones de mayo de 2010 como primer ministro saliente. Trece años laboristas.

Es normal que la gente se canse. La situación política en Inglaterra jamás llegará a los puntos de ruindad de la española, pero también se presta a la crítica y al desaliento. Gordon Brown no es el tipo más carismático del mundo y la economía, allí también, está por los suelos. No tan por los suelos, pero lo suficiente bajo parámetros ingleses. Frente a él se presentaba la alternativa conservadora, David Cameron, un joven anti-europeísta, neoliberal, pero más cercano a la gente, con cierto carisma y la ventaja indudable ahora mismo en cualquier país occidental de no ser el que gobierna.

Igual que cuando los conservadores ganaban una elección tras otra, los laboristas eran vistos como peligrosos izquierdistas capaces de desmantelar el sistema, ahora, con los laboristas instalados más de una década en el poder, los conservadores son sospechosos de lo mismo: quitar pensiones, ayudas estatales, separarse de Europa...

En medio de todo eso ha aparecido el partido liberal-demócrata y la figura de Nick Clegg. No sé mucho sobre Nick Clegg pero no soy el único: en el Reino Unido era un total desconocido hasta que hace un par de semanas empezó a ganar debates televisivos como loco. La situación del partido liberal en Reino Unido es extraña. Hasta la II Guerra Mundial, el laborismo prácticamente no existía: los dos grandes partidos eran el liberal y el conservador. Desde entonces, han sido los liberales los "desaparecidos", aun con resultados que bordean el 20% de los sufragios totales. El sistema de reparto de escaños les condena a ser meros observadores de la realidad política como sucede en España con IU o recientemente con UPyD.

Debido a las peculiaridades de ese sistema, Nick Clegg no tiene ninguna opción de conseguir más escaños que sus rivales pero, por supuesto, tiene la posibilidad de conseguir más votos. Las encuestas dicen que está muy cerca de Cameron y por delante de Brown. En cualquier caso, es la imagen de un cambio verdadero, una excentricidad por fin. Si los otros dos no ofrecen nada o no son de fiar, que haya una tercera vía. Es complicado definir al Partido Liberal bajo los habituales parámetros españoles de "izquierda" o "derecha". Primero, porque esas definiciones en Reino Unido funcionan mal. La teoría les gusta poco, son muy prácticos. Segundo, porque un "liberal" en España es Jiménez Losantos mientras que un "liberal" en jerga inglesa es un progresista.

En cualquier caso, hay un Clegg. Existe. Le votan.

Es devastador que en España ni haya un Clegg ni se le espere. Es increíble que el Gobierno haya demostrado una inutilidad tan asombrosa en estos seis años llenos de idas y venidas, discusiones conceptuales, palabrería, caos económico, cinco millones de parados, etc. mientras la Oposición se dedicaba a reunirse en el Gran Meliá Fénix a repartirse el dinero público, decidir espionajes, negar lo innegable, montar una manifestación cada dos meses para repetir lo mismo y no aportar ni una sola idea nueva.

Es insólito, decía, que con ese panorama político de por medio, no haya nadie que se dedique a apostar por un Clegg o por varios Cleggs. Muchos pensarán que esto es un elogio a Rosa Díez, pero no tiene por qué serlo. Es un elogio a un pueblo que, en un momento dado, dice "basta" y decide votar otra cosa porque ya está bien de que le vacilen. Es un elogio a la síntesis o, por decirlo en términos hegelianos, a la negación de la negación, que no es exactamente una afirmación, pero, por lo menos, es algo nuevo.

Y necesario.