viernes, septiembre 27, 2013

Luna de Miel XI. Serpiano, Suiza


Juntos en la terraza, la Chica Diploma se echa a llorar. No de una manera melodramática o convulsiva, no, un llanto de ojos rojos y lágrimas esporádicas, un llanto que ella resume en una canción de Love of Lesbian: "Ya está, ya hay paz, ya hay paz...". Efectivamente, hay paz en la terraza del hotel Serpiano, albergue alpino fuera de temporada, un tres estrellas en lo alto del Monte de San Giorgio, cantón italiano de Suiza, con parking, desayuno e internet incluidos a un precio ridículo.

Lo que tenemos enfrente es ni más ni menos que el lago Como, extendiéndose al paso con sus villas, sus pueblos, sus iglesias en las orillas o en mitad de cualquier colina. Al fondo, bordeándolo todo, como en un sueño, unas montañas enormes: los Alpes en medio de una niebla, aún sin descubrirse. Lo bello y lo sublime. La naturaleza. El llanto.

Sí, ya hay paz. Después de 36 años llego al lago Como con la mujer a la que amo y con la que me acabo de casar. Seguro que hay mil sitios sobre la tierra más espectaculares que los lagos suizos y mucho menos decadentes, pero yo soy un hombre decadente, muy decadente, incluso en el sentido nietzscheano del término, y solo el conocimiento de ese instinto natural me permite esquivarlo de vez en cuando.

Por lo demás es un sueño que ya tuve, que ya intuí: hace cuatro años, tirando junto a Inés piedras al lago de Grand Teton. Entonces ya escribí: "Uno se siente aquí como si estuviera en Suiza" pero yo no había estado en Suiza. Borges lo definió como "un grupo de italianos, alemanes y franceses que decidieron dejar de ser italianos, alemanes y franceses para pasar a ser suizos". Es una definición prodigiosa porque el único punto de unión de Suiza es su pragmatismo, llevado a menudo hasta el escándalo, hasta lo obsceno de la ilegalidad.

Suiza, la Suiza italiana, que por lo que me han dicho es la menos Suiza de todas, desde diferentes ángulos: en la habitación pero también en la terraza, donde las vistas son aún mejores y el día se empeña en atardecer. El mundo como una miniatura, como un videojuego, la percepción de que todo eso, toda la naturaleza te pertenece. Suiza es la corrupción del hombre porque además de lo real puede creer que posee lo ficticio, que el mundo en toda la extensión de la palabra, es suyo.

Por supuesto, eso es falso, pero qué importa. Hemos poseído la belleza de todas las maneras posibles, a nuestro antojo, recorriéndola en el espacio y el tiempo, en la catedral y la plaza, en el valle y la montaña, en el tren y el barco, la playa y el mirador. Todo ha sido nuestro durante diez días y ahora es nuestra incluso la villa de George Clooney, valiente tontería.

Y aunque sepamos que todo es mentira, que la carroza se convertirá en casa alquilada de Planetario, que los caballos serán trabajos mal pagados en una ciudad agobiante y que nadie se dejará un zapato en ningún lado -y si lo dejáramos, ¿quién nos perseguiría para devolvérnoslo?-, aunque sepamos que el simulacro es la esencia de todo, decidimos creerlo y asumirlo y pensar que sí, que ya hay paz, que hemos llegado... aunque sepamos que, dentro de cinco días, a las siete y poco, no doblarán las campanas de Manarola sino la alarma del iPhone.

jueves, septiembre 26, 2013

Luna de Miel X. Manarola. Le Cinque Terre.


El atractivo de Le Cinque Terre es que culmina la burbuja, una burbuja demasiado compleja como para ser verdad, un mundo aparte por completo en el que extraña que no haya nadie en la puerta pidiendo diez euros por el ticket de entrada más allá del que los pide por el parking...

Todo empieza en el camino, los Apeninos a nuestra derecha como uno imagina las montañas de verdad, como las ha visto en las películas, en los documentales...imponentes, grises, peladas, partiendo del nivel del mar hasta rozar los 2000 metros. A la izquierda, el mar, un mar que se empieza a ver al tomar la desviación a La Spezia y que da paso a este parque temático de pueblos colgados de los arrecifes, con las montañas frondosas detrás y los veleros y los catamaranes delante. Quien quiera campo tiene senderos bien delimitados que le llevan de un pueblo a otro, quien quiera sol, tiene pequeñas playas de piedra, quien quiera comida mediterránea tiene restaurantes en plazas con vistas al mar a precios más que asumibles.

Es la hostia, vaya, y yo participo de esta burbuja completamente fascinado pero a la vez con la pregunta de siempre, una pregunta inevitable visto lo visto: ¿Cuánto de todo esto es real? Porque por supuesto todo se puede tocar, desde el parking a la entrada de Manarola hasta el ferry que nos lleva desde Vernazza después de pasar por Corniglia. Todo se puede tocar y por lo tanto existe pero a la vez no puede mantenerse salvo que seas Julia Roberts y decidas dedicar un año a comer, rezar y amar.

Quizás a rebufo de los Julia Roberts, Woody Allen, George Clooney y otros ilustres visitantes del norte de Itala, la zona se ha llenado de estadounidenses con grupos esporádicos de franceses y argentinos, según nos cuenta el dueño de una tienda, porque nosotros, la verdad, argentino no hemos visto ni uno. Lo que llama la atención de los americanos no es solo su número total sino su proporción, es decir, el hecho de que prácticamente copen el turismo extranjero e interior, como si solo ellos conocieran el secreto, cuando obviamente esto no es así.

A mí esta particularidad me viene muy bien porque la lengua co-oficial de Le Cinque Terre es el inglés y yo sueño con un mundo en el que todo el mundo hable inglés para que me sirva de algo el colegio privado, así que la Chica Diploma incluso se emociona con los paisajes y yo me emociono con la comodidad, con el espejismo de lo fácil que es vivir, especialmente si uno deja las preguntas a un lado. Y así, vamos de tren en tren y de barco en barco, comemos en colinas y cenamos en plazas, dormimos en beds and breakfasts plagados de mosquitos y terrazas y nos lamentamos de habernos dejado la crema solar en las maletas, dentro del coche, en el parking de la entrada porque a los pueblos solo se puede acceder andando, salvo que le quieras pagar 10 euros al tío de la garita para que te deje las maletas en la puerta con su furgoneta.

Siempre hay excepciones, ya saben.

Solo que no queremos y nos condenamos a un poco de realidad, aunque sea un poco, y bajamos las maletas a pulso sabiendo que al día siguiente tendremos que subirlas, que no es lo mismo ni mucho menos pero contentos en el fondo porque ya va siendo hora de que el mundo se muestre como tal y ofrezca resistencia. Una vida sin resistencia, una vida manarola, a la larga, no puede ser sino un coñazo enorme.

martes, septiembre 24, 2013

Luna de Miel IX. Torre de Pisa.


Es nuestro primer paseo en dos semanas. Nos pusimos delgadísimos para casarnos y la cosa no está durando. No es intencionado: si por nosotros fuera seguiríamos eternamente jóvenes, guapos y flacos, pero en medio se han interpuesto demasiados spaghetti al pomodoro, demasiadas bisteccas, demasiados risottos. No hay equilibrio calórico que resista desayunar, comer y cenar fuera de casa durante dos semanas, así que la caminata desde los apartamentos al centro de Pisa tiene un doble objetivo: uno, moral, que es pensar que estamos quemando algo; otro, puramente físico, desabotargarnos tras unos días de demasiado coche, demasiadas curvas y demasiadas cuestas.

Por lo demás, es un paseo bonito aunque peligroso. Las afueras de Pisa son las afueras de cualquier ciudad de campo y a la vez sus caminos son básicamente carreteras en las que a veces tenemos que cruzar las rotondas a la carrera. Pisa es de lejos el lugar más tranquilo en el que hemos estado. Aquí no hay prisas y nadie se interesa siquiera en atropellarnos, así que pronto llegamos a un área que parece universitaria y ahí sí que aprovechamos un camino peatonal que sospechamos está pensado para las bicicletas.

En realidad, sorprende de Pisa que todo sea universitario. Facultades de medicina, facultades de filología... estudiantes muy guapos y muy guapas que se gastan bromas y le dan a la ciudad un tono de alegría que nos ha faltado quizá en nuestras aventuras medievales. Chicas que pasean su graduación por la calle igual que en Madrid pasean pollas de plástico o bañadores de Borat en las despedidas de solteros.

Estudiar en Pisa supongo que tiene que ser un aliciente para estar a la altura. Pongamos que uno estudia arte en Pisa -pongamos que uno estudia arte en cualquier lugar de Italia, ahora que lo pienso- y decide saltarse las clases. ¿Qué puede hacer? La culpabilidad le perseguiría por toda la muralla, por las iglesias barrocas y por ese tótem de la cultura universal que es la Piazza del Duomo, uno de esos lugares que has visto tantas veces en televisión, en fotos, en libros de texto... que parece increíble que esté ahí de verdad para ti, tu mujer y la cámara: la enorme catedral, el enorme baptisterio y la carismática torre, símbolo europeo del esplendor pasado, con sus turistas repitiendo la foto inevitable, haciendo que sujetan la torre o que la empujan.

En la vida hay dos clases de personas, los que luchan en sus fotos por salvar la cultura y los que luchan porque se caiga y a tomar por culo todo. Nosotros quedamos en un punto medio: los que no se hacen fotos más que el día de su boda y se preparan para estar guapos cuatro meses.

Después de la plaza, el Arno, el mismo Arno de Florencia, con su mismo brillo y un claro parecido en los puentes. Más universitarios, más parques, más feromonas, hasta que un taxi nos lleva de vuelta a casa, porque una cosa es mitigar los daños y otra es ir de héroe por la vida. Mañana subimos a La Spezia, la primera de las Cinco Tierras, y no será un día tranquilo, sino de largo viaje, mucho tren y hermosos parques naturales. Acercarse al mar y respirar los Alpes. Parece increíble, insisto, que este país esté a punto de irse a la mierda.

lunes, septiembre 23, 2013

Luna de Miel VIII. Lucca, Montecatini, Pistoia


La tarde acaba en un Lidl, comprando desayuno y cena para nuestros días en el Eden Park Resort, que, insisto, está bien, pero un edén, lo que se dice un edén, no es. Esta mañana seguía el chico que me recuerda a Jeffrey Brown en pelirrojo. Nosotros teníamos que recordarle que nos arreglara el mando del satélite -un poco para nada, el mando ha acabado funcionando justo cuando se ha estropeado el satélite- y él para explicarnos cómo llegar a Pisa y sobre todo a Lucca, la primera etapa del viaje de hoy.

Es nuestro octavo día en Italia, el quinto de la Chica Diploma conduciendo y además he soñado con mi padre, así que estamos los dos aún más cariñosos de lo normal y con un cansancio que deriva en una suerte de tristeza. Necesitamos algo bonito, no espectacular. Algo como Lucca, precisamente, que nos acoje con un desayuno muy tardío, las habituales murallas y carteles por todos lados anunciando el Mundial de ciclismo, que partirá de esa ciudad, pasará por Fiesole y acabará en Florencia, es decir, harán en un día lo que ha nosotros nos habrá tomado dos semanas.

A mí me enternece ese entusiasmo porque Madrid es poco entusiasta por mucho que las encuestas digan que el 170% de sus habitantes se vuelven locos por tener unos Juegos Olímpicos. Me encanta ver los carteles, las señales, la ciudad engalanada, los ciclistas por todos lados, cruzándose por las calles esta vez poco empedradas y que no están en cuesta, cosa que agradecemos por lo que decía antes del cansancio y la tristeza. Sí, Lucca es bonito, pequeño y manejable. Lucca está de un buen humor que se nos contagia y la Chica Diploma descarta su idea de volverse al hotel a descansar y nos vamos a comer a un lugar intermedio entre Montecatini Terme y Montecatini Alto, sin llegar a ver ninguno de los dos pueblos pero metiéndonos unos spaghetti y una carne de escándalo.

Lo que se gana en estos viajes es complicidad. No voy a decir que una pareja de recién casados no tenga complicidad de por sí porque entonces vaya negocio, pero la complicidad de los viajeros no es la del matrimonio. El viaje requiere de pactos tácitos, cesiones y exigencias que tardan un tiempo en fijarse y aceptarse entre risas. Algo me dice que el jueves habríamos subido a lo alto del pueblo pero es lunes y con mirarlo nos vale. "Desde aquí lo ves, ¿no?","Sí, mira, la iglesia, el campanario, y ahí habrá una plaza con una cafetería...", "pues nos vamos, entonces".

Y efectivamente nos vamos a Pistoia, una ciudad que no nos dice mucho aunque tiene elementos de variedad: por primera vez encontramos algo parecido a los bares y pubs españoles, el casco antiguo no es medieval ni renacentista sino algo posterior y aquí no se preparan para la llegada de ningún Mundial sino que están desmontando la salida de la contrarreloj Sub23. Tiene un aire a Lucca pero es más incontrolable y eso nos disgusta, así que no nos tomamos ni un café -yo sí hago mi tradicional visita a los baños públicos, donde por dos euros puedes hasta ducharte- y recogemos el coche un poco antes de tiempo, autopista de peaje hasta Pisa Nord y ahí un poco de caos, el habitual en las entradas y salidas de las ciudades cuando no tienes GPS...

... Lo que nos lleva al principio, es decir, al Carrefour que acaba siendo un Lidl porque es lo primero que encontramos, al mando que funciona para un satélite que se pixela, al edén que no es tal y a las conversaciones en el sofá sobre mi padre,porque me he dado cuenta de que la única persona con la que puedo hablar de él con total naturalidad es con mi esposa y me muero por saber qué recuerda de él, cómo le parece que era, cuándo le vio por primera vez, cuándo por última...todo lo que le debería estar preguntando a todos los que de verdad le conocían, pero no me atrevo.

Y así, mi esposa se va quedando dormida viendo el "Alla tú" italiano, yo acabo mi libro de Everett y la noche se cierra sobre un lugar que no es el Edén, de acuerdo, pero es algo. Al fin y al cabo, nosotros tampoco somos Adán ni Eva y la gente no anda señalándonos por la calle.

Luna de Miel VII. Monteriggioni, San Gimignano, Volterra


El problema de San Gimignano son las expectativas, como si todos los turistas se hubieran puesto de acuerdo en que, de todos los pueblitos enclavados en una montaña con su iglesia renacentista, su campanario, sus plazas empedradas y sus viñedos y olivos, el más impactante fuera el del nombre mas bonito, cosa con la que la Chica Diploma y yo no estamos de acuerdo; no porque San Gimignano sea feo, que hasta ahí podríamos llegar, sino porque San Gimignano no es más bonito que Montepulciano o Arezzo.

Ni siquiera tiene más encanto que Monteriggioni, uno de esos pueblos preparados para sacarle los cuartos al turista, de manera que dejas el coche en el parking, subes a la muralla, te tomas un café en la plaza y resulta que entre los dos os habéis gastado 30 euros. El encanto de Monteriggioni está precisamente en su pequeñez y en su artesanía medieval, una estética perroflauta confirmada cuando un grupo de dos chicos y dos chicas sacados de su tienda Quechua se ponen a cantar y la verdad es que lo hacen bien, con sus instrumentos básicos, sus voces de coro de iglesia y la tranquilidad de sus sonrisas puede que emporradas, puede que no, quién sabe y qué más da.

El caso es que es domingo por la mañana, brilla el sol, la música es muy agradable y hay un enorme descafeinado con leche en la mesa. Es uno de esos momentos sartrianos que uno recordará siempre.

San Gimignano, como ya he dicho, se nos queda algo corto. A mí se me queda corto, al menos, con su multitud de turistas, sus italianos domingueros y una cierta sobrepoblación que se agolpa entre las cuatro torres. La Chica Diploma está cansada de tanto conducir y sugiere saltarnos Volterra, pero esta vez soy yo el animado, el que tiene la necesidad de poner una muesca, un tic, detrás de cada nombre, y al menos por una vez tengo razón porque Volterra es sencillamente precioso. Un pueblo por el que te perderías durante horas, que es exactamente lo que hacemos porque no conseguimos encontrar el parking ni el coche. Un pueblo de iglesias del siglo XIII, museos de la tortura, heladerías suculentas y fuentes etruscas tras sus respectivas murallas.

Otro de esos pueblos intactos que tanto nos sorprenden. Intacto desde Tarquinio Prisco, desde Tito Livio, desde la misma fundación de lo que luego bajaría al Lazio y se llamaría Roma. Rómulo y Remo retratados a menudo en esculturas de piedra, compitiendo con Pinocchio por ser la estrella local, el canterano por excelencia de la Toscana. Volterra y sus escaleras, sus arribas y abajos tan de Siena...y a la vez tan vacía, tan de atardecer ya de domingo, poco antes de coger de nuevo el coche, sortear curvas y aparecer en las afueras de Pisa, un complejo de apartamentos que a la Ragazza Sensa Glutine le recuerda, y no sin algo de razón, a los moteles de carretera americanos, con su empleado barbudo y treintañero que no sabe muy bien cómo funcionan las cosas, sus casas alineadas y su sensación de hogar precario.

La Chica Diploma duerme doce horas y sueña con nuestro hijo. Yo duermo ocho y sueño con mi padre, con decirle a mi padre que está muerto y que no se preocupe, algo que parece chocarle pero no demasiado. Incluso dice algo así como que ya se lo imaginaba y parece tranquilo. Lo último que sabemos de la vida de mi padre, o lo primero que sabemos de la muerte de mi padre, es que se le cayó una lágrima justo en el último aliento. A mí me parece demasiado poético como para que signifique algo, pero lo que es innegable es que la lágrima cayó y en ese momento dejó de vivir, así que a partir de ahora, si ustedes lo encuentran en sus sueños, cosa poco probable -pero quién sabe y qué más da- procuren construir la conversación a partir del hecho de la lágrima, es decir, del hecho de que hay alguien muy vulnerable por ahí y probablemente necesite ayuda.