martes, septiembre 20, 2016
Salvando los muebles, que no es poco
Eso que separa la realidad de lo que cada uno entiende que debería ser la realidad es lo que se llama política. Sé que en tiempos de sentimentalismo suele regir lo contrario, el "soy Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre..." como forma de entender la negociación. El agravio constante. La indignación sin fecha ni perdón. Puede que incluso buena parte de los votantes del PP estén de acuerdo en que su partido ha hecho pocos méritos para gobernar otros cuatro años, pero por mucho que nos empeñemos en tirarnos de los pelos, los hechos están ahí: 137 diputados y otros 32 dispuestos a arrimar el hombro.
En todo este proceso de investiduras se suele obviar un detalle clave: la separación del poder ejecutivo y el legislativo. Es una distinción a menudo banal, especialmente cuando el partido del gobierno controla a su vez el congreso, pero es una distinción clave en la situación actual. El empeño de los partidos que dominan el legislativo en impedir que el PP acceda al ejecutivo nos está llevando poco a poco al peor escenario posible: que Rajoy y los suyos consigan el control de todo a base de repetir y repetir elecciones con la consiguiente desmovilización de las autodenominadas "fuerzas del cambio".
Buena parte de la nula actividad del PP a la hora de buscar un pacto razonable con otros partidos más allá de la rendición sin condiciones se debe al hecho de que esta situación les beneficia sobremanera: no solo siguen en el gobierno por quinto año consecutivo -en funciones, vale, pero gobierno al fin y al cabo- sino que las expectativas son positivas: la gente tiende a la estabilidad y las revoluciones tienen corto recorrido después de su primera explosión. Lo normal es que unas terceras elecciones coloquen al PP al borde de la mayoría absoluta, con casi total seguridad por encima de los 150 diputados.
Así pues, y llegados a este momento, lo que el PSOE debería plantearse no es lo que debe hacer en términos heroicos, de resistencia, sino lo que debe hacer en términos prácticos, políticos, del menor mal posible. ¿Es deseable un gobierno de Rajoy? No. ¿Es deseable un gobierno de Rajoy controlado por un legislativo que sea capaz de tumbar buena parte de sus propuestas o incluso poner en marcha una moción de censura en caso de gran escándalo tipo Bárcenas? Quizá no lo sería si hubiera alternativa, pero, a día de hoy, no la hay.
El PSOE sacó réditos de su posición de fuerza ante Podemos en las elecciones del 26-J. Mantuvo su posición como segunda fuerza y, aunque perdió escaños, ganó porcentaje de voto. Quizá algunos se han acostumbrado demasiado a esa posición de fuerza y no tiene pinta de que les vaya a beneficiar en el futuro. En las elecciones de junio, el "no" a un gobierno con Podemos fue bien recibido, pero casi tuvo más influencia el "sí" a un gobierno alternativo, aunque fuera un gobierno condenado al fracaso con Ciudadanos.
Decir que no y no presentar alternativa no suele ser una gran garantía de éxito. Lo será para los convencidos pero no para los que están por convencer, es decir, los que dan y quitan mayorías. Todo lo que pueda mantener el PSOE en unas terceras elecciones será a costa del presumible descalabro de Unidos Podemos y en esto, lo siento, me da igual lo que digan las encuestas. Ese descalabro llegará si se obliga a votar tres veces en un año a gente que en buena medida tiende a la desmovilización, todo lo contrario de lo que ocurre con los votantes tradicionales del PP.
Estamos ante un escenario ridículo para "la izquierda": no solo se le quiere ganar a "la derecha" una batalla a largo plazo, cosa que parece imposible, sino que lo hace mientras esa misma derecha prolonga su estancia en el poder. En ese sentido, las elecciones vascas y gallegas serán una buena piedra de toque, no tanto por el resultado del PSOE, que probablemente sea mejor del que dan los sondeos, sino por los resultados de los partidos en el gobierno, es decir, PP y PNV, que preveo que pueden ser espectaculares.
Por supuesto, lo mejor que podría pasar sería que me equivocara: que el PP no consiguiera mayoría absoluta en Galicia y que el PNV no ganara cómodamente en el País Vasco. Que de esa manera la tesis anterior de que el votante más fiel es el votante del que manda quede refutada y Rajoy vea lavar las barbas del vecino. Sin embargo, no creo que pase. En ambos casos, el fracaso de PP o PNV depende del éxito de hasta tres fuerzas distintas de izquierdas -PSdeG, BNG y En Marea o PSE, EH-Bildu y Podemos-. No sé si hay tanto espacio a la izquierda del PSOE como para pensar que eso es factible y desde luego no sé si después de dos años sin dejar de votar esa izquierda sigue convencida de que su opción es la mejor o volverá a una cierta desilusión, a un "con lo que hay, yo casi prefiero quedarme en casa", que es más que comprensible.
En cualquier caso, será interesante ver cómo respiran los partidos después de sus resultados del domingo. ¿Sigue viva la fiebre Podemos o va remitiendo?, ¿están hartos los votantes del PSOE de la división de su partido o lo siguen apoyando frente a los "ataques" exteriores, incluyendo, supongo, el mío, que les voté?, ¿los partidos en el gobierno sufrirán algún tipo de desgaste o se reforzarán como los más votados? Algo me dice que al final el PSOE se abstendrá o que se abstendrán los necesarios para escenificar una especie de "sí pero no" que salve los muebles. Más que nada porque salvar los muebles, ahora mismo, parece una excelente opción para los socialistas. Recolocar las fichas, como en el RISK, y pensar en la siguiente partida con la mente fría. Insisto, lo que siempre se ha llamado política.
lunes, septiembre 19, 2016
Café Society
Woody Allen ha conseguido hacer una película en la que continuamente atardece. Una película de tonos crema y vestidos caqui, casi en la línea de "La rosa púrpura del Cairo", de nuevo la recreación de aquel Holywood de pre-guerra con el que guarda una relación amor-odio tan extraña. Es raro ver a Woody Allen después de traducir la biografía de Woody Allen. Reconocer los tics, los tópicos, las repeticiones... En ese sentido, "Café Society" no es novedosa, aunque sí agradable, muy agradable, muy cálida, como le dijo a Aguirresarobe que quería que fuera "Vicky Cristina Barcelona".
Se entienden mal los extremos de la crítica ante la película. Tanto los elogios como los ataques. En realidad, aunque hay motivos para ambas cosas, "Café Society" se mantiene en el camino intermedio de las películas "cumplidoras" de Allen, esas que le dejan a uno con un sabor dulce en la boca pero no del todo satisfecho. Una fanta de naranja. Decía John Simon, el veteranísimo crítico del New York Times, que Woody siempre parecía "a punto" de conseguir una obra maestra y al final se quedaba a las puertas. Lo achacaba a las prisas, al empeño de sacar una película cada año un poco como sea.
Algo de razón tiene, aunque primero habría que definir qué es una "obra maestra" antes de concluir que "Delitos y faltas", "Manhattan" o "Annie Hall" no están en esa categoría. Hay demasiadas películas que podrían ser obras maestras con un poco más de tiempo, un poco más de cuidado en el guion. De nuevo, hay un punto apresurado que deja demasiadas cosas en el aire. Una historia de amor, sí. ¿Y qué más? La elección de Kristen Stewart como protagonista es cuando menos discutible. No es que Jesse Eisenberg me entusiasme -no deja de recordarme a Jason Biggs en "Anything else"- pero al menos él sí parece querer estar ahí. Stewart se pasa la película al borde del bostezo y ya se sabe que los bostezos son contagiosos.
En el extremo contrario está Steve Carell. Si Allen no tuviera esa manía de no repetir casi nunca actores (hay que entender que porque no puede malpagarles dos veces) sería interesante ver a Carell en más de sus películas. Habría sido interesante verle antes, de hecho, es un actor fantástico.
-
Al hilo de Steve Carrell, convendría repasar sus años en The Daily Show o Saturday Night Live. Cada cómico americano que aparece en la gran pantalla a sus cuarenta años, suele tener detrás al menos quince de trabajo a la sombra. El otro día alguien subió a Facebook una foto del día del estreno del Late Night Show de Conan O´Brien. Aparte del propio O´Brien a sus treinta años recién cumplidos, aparecen entre su grupo de guionistas dos caras conocidas y a la vez completamente irreconocibles: Louis C.K,, probablemente el monologuista más famoso de la actualidad, y Bob Odernirk, más conocido como Saul Goodman, el carismático abogado de Breaking Bad.
Por cierto, aunque no lo parezca, Carell es un año mayor que O´Brien.
Hablamos, en cualquier caso, de una cantera apasionante. Una sucesión de nombres que va desde los cómicos judíos del vodevil de las Catskills neoyorquinas (precisamente los primeros ídolos de Woody Allen, junto a Bob Hope) hasta la sucesión de formatos televisivos que han ido inundando las pantallas estadounidenses y las españolas, a menudo con su propia serie. Una historia apasionante que acabé con cuatro libros descargados en el Kindle para hacer una investigación cuando tenga tiempo, es decir, probablemente, nunca.
-
Antes de ver "Café Society", la Chica Diploma y yo nos metimos a ver "Eight days a week", el documental de Ron Howard sobre los primeros años de los Beatles y sus giras por Estados Unidos. Ya que no estoy en San Sebastián, por lo menos creemos el simulacro. El documental está bien. A uno le deja perplejo el fenómeno beatlemania visto desde más de cincuenta años de distancia. No tanto en su intensidad -ahí están los Justin Bieber y One Direction de turno- sino en su variedad: la cantidad de países en los que fueron tratados como dioses.
Sigue habiendo algo en esos primeros Beatles que me desconcierta: su simpleza. Como es un documental autorizado, el tema se toca de manera muy vaga. Tan solo una referencia demoledora de John Lennon: "En aquellos días, las letras no nos importaban lo más mínimo. Todo era "yo te quiero, tú me quieres, todos nos queremos...", luego la cosa cambió". Elvis Costello apunta algo en ese mismo sentido: "Pasaron demasiado rápido del She Loves You, yeah, yeah, yeah al Was she told when she was young that pain would lead to pleasure?".
Sorprende, ya digo, que alguien pudiera escuchar algo tan elemental como I want to hold your hand y dijera "no he visto nada parecido en toda mi vida". Del mismo modo, sorprende, mucho más, que se pueda pasar de I want to hold your hand a Helter skelter en tres años, como mucho cuatro. Uno de los aciertos del documental es precisamente el retrato del frenesí, de las prisas, de la sucesión de discos. de algo que podría definirse como "la pérdida de la alegría". Hay quien les compara con Schubert y hay quien les compara con Mozart. Son comparaciones algo gratuitas pero dejan a las claras su lugar en la música popular.
Otro de los mejores momentos de la película es cuando la reina Isabel II les recibe en Buckingham Palace como miembros de la orden del imperio británico. Para entonces -1965- ellos llevan ya casi tres años ininterrumpidos de éxitos. Lo increíble es que ella ya lleva trece años en el trono.
Y ahí sigue.
viernes, septiembre 16, 2016
Los septiembres felices
A esto le llamábamos pretemporada y eran las tres o cuatro semanas más felices del año, las de la adrenalina disparada, las expectativas, la combinación de vacaciones con amagos de otoño. Septiembre era el mes que hacía posible octubre, el mes que permitía la felicidad del resto del primer trimestre, hasta que llegaban las navidades y te dabas cuenta de que todo seguía más o menos donde estaba. Mis septiembres eran meses de Parque de Berlín y primeros jerséis, partidos del Estudiantes en torneos extraños y viajes a Cuenca llenos de spaguetti y macarrones.
Eran septiembres felices, sin obligaciones, con la sonrisa del tramposo,del que ve que el mundo ha empezado a girar pero tiene aún carta blanca para quedarse tumbado, inmóvil, paciente... En el colegio, podía disfrutar de dos o tres domingos de fútbol y transistor antes del primer madrugón; en el instituto, la cosa se disparaba a cuatro o cinco, un mes entero de preparación y puesta a punto.
Ahora, por supuesto, es otra cosa. Ahora podríamos calificar el 16 de septiembre como "el día de mierda" oficial, el de los sueños rotos. El día despertador si no fuera porque aún queda ese terrible 1 de octubre y el aún más terrible sábado en el que las tres serán las dos y las noches llegarán avasallando. Septiembre es más bien un agarrarse con las uñas al acantilado, el último tramo de tierra firme antes del baño de realidad. Un crescendo de atascos y colas en el supermercado. La realidad, viscosa, colándose por cualquier rendija.
-
Hablando del instituto: este año hace veinticinco que empezamos el bachillerato. Algunos venían del Ramiro versión EGB y la mayoría veníamos de cualquier otro sitio. Sería un buen momento para celebrar algo. Las bodas de plata de nuestra adolescencia. Le he estado dando vueltas al tema durante mucho tiempo, pero la realidad es obstinada -muchos de mis compañeros se han tenido que ir a trabajar fuera de España- y mi miedo, atroz.
Estuve a punto de comentárselo a T. cuando la llamé para felicitarla por su cumpleaños pero al final no pude hablar con ella. Estaba convencido de que T. daría una buena medida de la viabilidad del proyecto y hay que entender el hecho de que no devolviera la llamada como una excelente evaluación de daños. Me duele seguir quedando con mis compañeros de colegio de vez en cuando y mantener esta relación gélida con los que fueron casi mis hermanos durante cuatro años, por muchos problemas familiares que tuviéramos.
No sé qué hicimos mal. Quiero decir, sé perfectamente todo lo que hicimos mal, o muy mal incluso, pero no sé qué nos impide darnos cuenta de que no éramos más que unos críos condenados a hacer todo el daño del mundo. Quizá haya llegado la hora de perdonarse. Quizá haya llegado el momento de vencer el miedo o de romper el hielo, sin más, y darse un abrazo. Lo peor, lo realmente insoportable, sería que en realidad el miedo o el respeto o la distancia no jugaran aquí ningún papel sino que el problema fuera el desinterés. Algo parecido al olvido.
Pero no, no puede ser. Tienen que acordarse. Qué triste que yo fuera el único que sigue anclado en los noventa.
-
El protagonista de "Chesil Beach" ha nacido en 1940. Su autor, Ian McEwan, en 1948. Me pregunto cómo sería escribir sobre alguien nacido en 1969. Creo que me resultaría imposible. Puede que el caso británico no sea como el español, es decir, que esos ocho años de diferencia trufados de dictadura no sean tan importantes si te has criado en el Londres de posguerra compartida. No lo sé. Puede también que no sea esa la cuestión, sino mi incapacidad para entender cómo vivió tal momento, tal canción, tal año, tal película alguien ocho años mayor que yo.
¡Qué sé yo lo que sería escuchar por primera vez el "Planet Telex" con veinticinco años y a qué vendría intentar ponerme en ese lugar!
Este mismo mes de julio, caminando por Málaga, Montano y yo recordábamos la Vuelta a España de 1990, los boletines de García, las discusiones nocturnas de los directores deportivos... yo tenía trece años, él tenía veinticuatro. Al parecer, lo vivimos todo con el mismo entusiasmo. Sin embargo, y aunque puedo explicar al detalle cómo entendía García, Giovanetti o Cabestany un preadolescente, me es imposible trasladar esas sensaciones a un hombre con su título universitario bajo el brazo.
McEwan no, Mc Ewan se va a 1962, a sus catorce años, a la calma que precede a la tempestad Beatle, y cuenta la historia de un recién casado de 22 años valiéndose del contexto, del detalle, de tal disco o tal manifestación. Que él pueda hacerlo y yo no sea capaz supongo que dice algo de nuestras respectivas capacidades como novelistas...
... Aunque no sé si aquí estamos hablando de novelistas o de historiadores, que por mucho que se confunda no debería ser lo mismo.
-
Empieza el Festival de San Sebastián. No estoy. Hay años en los que mi familia tiene que aguantar que desaparezca diez días y años en los que mi familia tiene que aguantar que me pase diez días quejándome y protestando en cada telediario. No tienen manera de acertar, vaya.
jueves, septiembre 15, 2016
Fariña, entre otras cosas
Las vacaciones fueron extrañas. Por módulos. Híbridas. Pasamos un mes en Moralzarzal pero los dos bajábamos a Madrid a trabajar en días alternos. El que no viajaba nunca era el Niño Bonito, aferrado a su rutina de toboganes, columpios y aceitunas con patatas en cualquier terraza. A finales de agosto nos fuimos a Girona para tener al menos una semana de intimidad al año. A muchos padres la idea les sorprende a la vez que les pone los dientes largos. Habrá casos y casos, pero en principio parece lo más sano del mundo.
En Girona buscábamos la Toscana de nuestra luna de miel y no la encontramos más que a intervalos, lo que nos obligó a modificar expectativas, algo que no se nos da precisamente bien. La base era un hotel de Llafranc junto a una playa superpoblada y las excursiones incluyeron L´Escala, sus maravillosas ruinas de Empuries, la zona de Peralada, la de Pals, la de las playas interminables de Tossa del Mar, Platja d´Aro y Blanes, con su Ruta Bolaño incluida, el vértice afrancesado de Cadaqués, Roses y el Cap de Creus y, para terminar, un día entero junto a los Pirineos, curvas y recurvas y monasterios románicos en cada esquina.
Demasiado sol, quizá. Demasiado verano. Nunca fui un hombre de veranos, más bien de otoños, de Siena a las ocho de la tarde de un mes de septiembre mientras el Barcelona se juega la liga en Vallecas. Decadencia.. En Girona, la decadencia la tienen muy bien racionada y eso es un acierto. Dalí, Duchamp y poco más. Lo justo y necesario, porque incluso las ruinas tienen vistas al mar. El último día cogimos un velero y visitamos calas, incluso nos bañamos en alguna de ellas.
Es un decir, la Chica Diploma se bañó, yo bajé las escaleras del velero, me metí en el agua, verifiqué que sigo sin saber nadar y me agarré al barco como un náufrago.
-
También hubo tiempo para leer. Libros de amigos, que son los más peligrosos. Devoré en poco más de un viaje de AVE el "Nos vemos en esta vida o en la otra", de Manuel Jabois. Parece complicado entender que, teniendo en cuenta que hablamos de un escritor de moda y de un tema que no debería dejar nunca de interesarnos, el libro no parezca haber tenido la repercusión esperada. Es magnífico. Jabois se maneja bien en la complicidad casi alcohólica y mucho mejor en la distancia. Cuando combina ambas cosas, es sencillamente sublime.
Después llegó "Libre directo", de Pepe Albert de Paco. Es un "Hooligans ilustrados" adelantado a su época. Un año siguiendo al Espanyol y siguiéndose a sí mismo. La temporada 2002/03, si no me equivoco. Todo en Pepe es certero y emotivo, incluso los apartes. A "Libre directo" le pasa un poco como a los "Diarios" de Iñaki Uriarte: ganan con el tiempo. Ganan incluso en los comentarios precipitados porque están avalados por el contexto. No solo es un "así eran las cosas" sino un "así pensábamos que eran las cosas", que dice mucho más de nosotros. Lo contrario sería una triste hemeroteca condensada.
Por último, "Fariña", de Nacho Carretero. Cuando le escribí a Nacho para comentarle que había leído el libro no sabía qué decirle. No tenía nada original que aportar. Es un libro sencillamente prodigioso. En sus mejores momentos, una versión ampliada y exhaustiva de "Airbag". Contrabandistas, narcotraficantes, casinos y putas de lado a lado de la frontera. Políticos, alcaldías y yates en alta mar. "Fariña" es tan bueno como todo el mundo dice que es. Supongo que si le escribí fue porque muchas veces los escritores necesitamos eso: que alguien, una vez pasada la burbuja inicial, te confirme que todos tenían razón y que no era un mero espejismo: que has escrito un libro sensacional y puedes descansar tranquilo.
Alguien podría pensar que hablo bien de los libros porque conozco a los autores pero es mucho más sencillo que eso: conozco a los autores porque me gustaban sus libros de antes.
-
Mediáticamente, lo de Diana Quer no podía acabar bien. Nos pilló en Girona, si no me equivoco, alguna de esas mañanas de preparativos, cremas solares a punto, repelentes de mosquitos, mapa con las carreteras marcadas, itinerario de pueblitos sobre un folio en blanco... Uno no va al programa de Ana Rosa ni a Espejo Público a pedir ayuda confiando en que se la vayan a dar. Cuando rozas esos programas, aun con la mejor fe del mundo, incluso dentro de la más absoluta desesperación, sabes que entras en el infierno. Pasas a ser Rosa Benito; tu hija, poco más que Chayo Mohedano.
En las primeras conexiones, el matrimonio aparecía unido y convencido de la necesidad de dar el paso a la televisión, esa enorme trituradora. Tres semanas más tarde, su divorcio copa portadas, la vida íntima de la niña -whatsapps incluidos- es comentada por los tres o cuatro depredadores de turno y sus fotos sirven de fondo sin pudor alguno, como un pase de diapositivas en bucle. Todo el mundo es culpable o sospechoso. Todo es un circo. El habitual grupo de carroñeros a la puerta de las urbanizaciones para asaltar a los visitantes.
Mientras tanto, la niña sigue sin aparecer. Era de esperar. Ni Susanna Griso ni Ana Rosa Quintana encuentran desaparecidos. Lo hacen la Guardia Civil y la Policía. Fuera de eso, más que dioses conviene esperar bárbaros.
miércoles, septiembre 14, 2016
Soy un preadolescente y nadie me comprende
En el sueño, estaba en Barcelona. Poco antes, había sonado el "Baby, I love your way" en la empalagosa versión de Big Mountain, seguramente un recuerdo de las tardes de Kiss FM en el coche de la Chica Diploma. La letra no era la misma. La letra decía algo así como "I had so many days" desde una nostalgia que parecía alegre. Caminaba por la ciudad pero sin tener bien claro qué buscaba, como Bono en un vídeo de los años ochenta. Pasaba por un instituto pero decidía no matricularme otra vez, ¿para qué, más de quince años después de acabar la universidad?
Era un sueño bonito y a la vez ansioso, un sueño de "¿y ahora qué?" mezclado con las obligaciones del pasado, entre las que la matriculación se ve que ocupaba un papel central. Después, me puse a buscar la sede de la COPE, por si seguía teniendo la sección aquella de las madrugadas. En mis sueños, a menudo, soy poco más que aquel hombre de "Memento" que amanecía abrazado a una botella sin saber siquiera si era de día o de noche o cuánto tiempo llevaba allí.
-
Mañana en la guardería con el Niño Bonito. No lo está pasando bien y probablemente se me note a mí mucho más que a él. Los demás niños se le acercan para jugar pero él hace un gesto de molestia, como si no quisiera que nadie se le acercara, una especie de preadolescencia adelantadísima. Es fácil pensar que hasta cierto punto es como el padre -¿soñará el androide con ovejas eléctricas?- pero el padre no era así a esa edad o no se le recuerda de esa manera. Los mismos rizos, los mismos hoyuelos, el mismo caminar descompasado... pero un grado menos de alegría, un grado más de algo que parece ira aunque aún no sepamos contra qué.
La psicóloga dice que los dos años son una edad complicadísima. Ya verá cuando llegue a los treinta y nueve, le van a encantar. No gestiona las emociones, al parecer. De repente, lo tira todo al suelo y empieza a pegarme y al momento está dándome besitos y pidiéndome perdón. Los compañeros le miran con cierta perplejidad, como si viniera de muy lejos y hubiera cambiado por completo en solo un verano. Sus caras parecen decir algo como "tío, tú no eres el de antes" y probablemente tengan razón. Ellos tampoco lo son, pero lo disimulan con mucho más estilo.
-
Dani Barranquero escribe un comentario en Facebook a mi artículo sobre el pasado US Open. Dice, textualmente: "Es un regalo leerte". Me parece una palabra emocionante, "regalo". Da la medida exacta del elogio sin que resulte presuntuoso, excesivo o inverosímil. Escribir de deporte da pocas decepciones y muchas alegrías, esto es así, y las alegrías suelen tener que ver con gente a la que le gustan de verdad la competición y sus perspectivas. Los que no ven más allá de su escudo suelen limitarse a hacer un mohín e irse a cualquier otro lado.
¿Por qué entonces esta manía de dejar de escribir de deporte? ¿Por qué este anunciar públicamente mi descontento en cada esquina? Puede, simplemente, que el deporte no dé para tanto. Puede, también, que resulte demasiado fácil: demasiadas alegrías para un hombre que maneja la alegría casi con tanta dificultad como su hijo de dos años. ¿Por qué no escribir de deporte si el deporte se puede entender como una metáfora constante del mundo? Supongo que el tema no tiene la culpa, que el problema es la restricción, todo lo que queda fuera del círculo.
Yo soy muy de mirar lo que queda fuera del círculo. La parte vacía del vaso, que diría un cursi. Luego llega Dani Barranquero y le da un poco de sentido a todo. En efecto, podría ser mucho peor, podría pasarme el día escribiendo sobre Rajoy y Sánchez y estoy convencido de que nadie lo agradecería. De ser algo, me consideraría un escritor de momentos. La música tiene los suyos -hablamos de alguien a quien se le cuela hasta Big Mountain en su subconsciente-, igual que la literatura o el cine, pero están ahí, a la vista de todo el mundo. Sacarle punta a un jugador de béisbol de los años treinta ya no es tan sencillo. O eso quiero creer, claro.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

