A estas alturas resulta evidente que desconfío de mí. Dentro de poco lo que es una preocupación derivará en una obsesión y esa será mi capacidad para escribir mi siguiente libro.
Hay algo que temo por encima de todas las cosas: que sienta la necesidad de agradar (agentes, editores, prologuistas...) por delante de la necesidad de contar lo que quiero contar y a mi manera.
Es decir, que al talento le abandone por completo el valor. Me ataré como Ulises al mástil de mi procesador de textos y evitaré cualquier concesión. Antes era más divertido: no había expectativas. "Gente rara" tiene que ser un libro raro o no ser en absoluto. Le moleste a quien le moleste.
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