lunes, noviembre 04, 2019

In-Edit Madrid (y IV). Si me borrara el viento lo que yo canto.


El documental de David Trueba sobre Chicho Sánchez Ferlosio parte de una anécdota: el éxito en Suecia de una serie de canciones escritas y cantadas por él en un disco protegido bajo el lógico anonimato justo después del asesinato de Julián Grimau. Es un buen punto de partida pero tiene su interés justo. El personaje de Ferlosio va mucho más allá de esa anécdota y sin embargo Trueba parece obligado en exceso a recurrir a Suecia constantemente. Lo que no debería ser más que una excusa se convierte en una categoría que hace que la película en ocasiones avance con demasiada lentitud.

Al fin y al cabo, los que estábamos ahí teníamos un limitado interés en quién tradujo esas canciones al sueco o en qué consistía tal revista o tal movimiento internacionalista. Queremos saber sobre Chicho, sobre su extravagancia, su genio, su imprevisibilidad. Nos puede interesar alguna noción sobre la lucha antifranquista a la que dedicó tantos años pero ese es un compartimento demasiado estanco. Muéstrennos a Chicho en su esplendor, en la tertulia, en lo insospechado del comportamiento diario, en lo ferlosiano como concepto y forma de vida.

De hecho, el documental está dudosamente construido: empieza, ya digo, con la anécdota sueca, prosigue a sus años de formación académica, Ramiro de Maeztu incluido, parece que va a profundizar en la relación con su padre, el falangista Sánchez-Matas y justo cuando estamos ahí, en ese momento de fascinación por el personaje, incluso de ternura... zas, aparece Grimau y vuelven de nuevo los suecos y se dedican minutos y minutos a hablar de un disco que sí, que vale, pero que da lo que da y que no puede ocultar otras facetas de Ferlosio. O no debería.

Teniendo en cuenta que los entrevistados eran íntimos suyos durante aquellos inicios -por cierto, el sonido en ocasiones falla de manera incomprensible, casi amateur- quizá se podría haber sacado más jugo a sus recuerdos de no haberlos centrado solo en esos años de 1960 a 1963. De hecho, se ve poco a Ferlosio de 1977 en adelante. Solo una intervención en La Clave junto a Javier Krahe y otros cantautores "contestarios" ya venidos a menos en plenos noventa. Y aun así, apetece verle más, apetece saber de él en aquellos años de incipiente democracia, apetece que nos desgranen su evolución, su tránsito, su via crucis. Todo el mundo coincide en que Chicho era un tipo deslumbrante y que lo fue hasta el último momento. Que se note.

Puede que David Trueba pensara que eso ya estaba logrado en el documental que su hermano Fernando hizo sobre Ferlosio en 1981, titulado "Mientras el cuerpo aguante" y no quisiera pisar huellas ajenas. Bueno, de 1981 a 2003, año de su muerte, quedaban aún veintidós años por explotar y está claro que no era la intención del documental hacerlo sino recrearse en la coincidencia revolucionaria. Como espectador, no acaba de convencerme, pero pueden ser cosas mías. No me atrevería en cualquier caso a hablar de documental fallido pero, simplemente, no es lo que esperaba.

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Fueron muchas las películas que quedaron sin ver y es una pena, pero tenemos el tiempo que tenemos y a mí nadie me paga esto. Al revés, yo pago cada entrada religiosamente, no voy mendigando a los departamentos de prensa. Uno de los aciertos del Festival es insertar una colección de trailers al principio de cada documental para que el espectador tenga una idea bastante aproximada de lo que se está programando durante la semana. En ese sentido, y basándome solo en los veinte segundos que se proyectan de cada película, diría que los reportajes sobre la revista Creem, la cantante Kate Nash y el trágicamente fallecido Lil Peep tenían una pinta descomunal.

En general, el festival en sí, con sus inevitables altos y bajos, es un lujo que no sé cuánto tiempo podremos permitirnos en Madrid. Las salas estaban bastante llenas, a precios razonables. Sería bueno, quizá, que se le diera más publicidad, que valoráramos lo que supone un ciclo de tanta calidad justo en el centro de la ciudad. En Barcelona llevan funcionando veinte años y ahí siguen, resistiendo, con una programación que va más allá del finde e incluye una semana entera.

Desde el punto de vista personal, poder reencontrarme con lo que es un festival, las sesiones continuas, los breves intervalos para tomar un café o ver al Barcelona perder contra el Levante, la sensación de que perteneces a algo y que ese algo merece la pena y por supuesto el entusiasmo de sentarse aquí a contárselo a todo el mundo cuando ya creía que no tenía nada que contar a nadie, ha sido una gozada. Una gozada que no sé si se repetirá mucho en el futuro, tiene pinta de que no. Un mundo que es mi mundo, sin poder explicar más y un sentido de la propiedad que se multiplica al verte en plena calle Fuencarral, testigo de casi todo lo que tuvo valor en mi adolescencia y mi juventud.

Una enorme experiencia que espero repetir el año que viene... aunque no será tan fácil.