miércoles, junio 05, 2019

Si no hay conejo, nadie quiere ver al mago


Dídac se siente culpable porque yo pago los cafés. Es un "bar de viejos" con todas las letras del barrio de Retiro y poco a poco nos han ido apagando las luces hasta dejarnos en penumbra entre miradas de impaciencia. Son las cinco y media de la tarde, no más. el sol aprieta como solo puede apretar durante la Feria del Libro. Como solo aprieta la lluvia, cuando se pone. Hablamos de nuestro libro en común, pero muy poco, nada más horrible que hablar de negocios durante una sobremesa de domingo.

En cambio, hablamos de Luis Costa, de Charly Wegelius o de Paloma Chamorro. De lo maravilloso que es el libro de Neil Strauss y lo que yo entiendo como un defecto de marketing: la portada del libro invita a pensar que el libro es mucho peor de lo que es. Parece que Strauss -desconocido en España, no nos engañemos- es poco más que un "enfant terrible" jugando a escandalizar cuando en realidad no es sino un espejo de todos los famosos a los que entrevista. Un hombre asomado a la decadencia pero con las manos bien prietas en el balcón. De ahí que le encante a Nacho Vegas, claro.

Dídac lo califica como "psicoanalista". Puede ser. Strauss escucha y describe. Se preocupa en quedar bien, por supuesto, como hacemos todos cuando entrevistamos, pero para él "quedar bien" no es "quedar bonito" sino "quedar inteligente" y eso se agradece en tiempos de trivialidad absoluta. La música, de hecho, es nuestro gran tema de conversación, casi más que los libros. De Suede a Elastica y de Brett Anderson a Justine Frischmann. Acabo en su caseta con un libro que se llama "Freak Scene", firmado por Richard King, y que tiene el mismo aire de que me va a gustar que tiene todo lo que publica Contra.

Pago un café y me llevo un libro. No es mal negocio. Al rato, cuando vuelvo con mi mujer y el niño -esquivo, algo aburrido, desconfiado porque cree que este paseo imprevisto le va a costar llegar tarde a la sesión de títeres- me regala otro, de Pier Paolo Passolini. "Sobre el deporte", se llama. "El próximo año, habrá un libro de tu papá aquí", le dice Dídac al Niño Bonito como si al Niño Bonito eso le importara lo más mínimo. Como si su mente estuviera para algo más que las marionetas y el partido de fútbol que le hemos prometido.

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Enfrente y alrededor de la caseta de la editorial Malpaso hay un cierto revuelo. No pagan. A nadie. Ni a traductores, ni a autores ni - es de suponer- a distribuidores, aunque de momento estos no se quejan. Lo de Malpaso viene de lejos. Cuando me hice socio de ACE Traductores, lo primero que me dijeron es que esa editorial estaba en su lista negra. Por entonces, el escándalo no se había hecho público. Yo iba por otra cosa, iba por mi propio escándalo y los 4000 euros que me debía otra editorial que se había negado a pagarme, que había decidido no mencionarme como traductor y que, pese a todos los insultos y críticas hacia mi trabajo, había publicado mi traducción prácticamente entera.

Si estos casos particulares no se convierten en escándalos es por el miedo, claro. Un miedo extraño, algo parecido al mobbing o directamente al bullying. Hay algo pérfido en todo maltrato que se basa en que tú asumas que tienes la culpa de lo que te pasa y por lo tanto te calles (así lo explicitaban en sus amenazas).. Es raro que te maltraten con cuarenta años y la cosa cuele, pero a la editorial y a la editora en cuestión les funcionó y les sigue funcionando dos años después porque sigo sin mencionar su nombre. De alguna manera, sigo sintiéndome sucio, que es en lo que consiste. Devastado y sucio. Enhorabuena.

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Facebook me recuerda una frase que escribí en mi muro hace ocho años: "Si no hay conejo, nadie quiere ver al mago". Me parece una buena frase y al entrar en los comentarios resulta que es mía y que la he utilizado en una de mis novelas, entiendo que en la segunda. Sin embargo, no la recuerdo. No recuerdo siquiera haber tenido la idea o con qué sensación estaba relacionada. Supongo que el mago era yo, pero entonces, ¿quién o qué era el conejo?

Da igual. Le explico a Víctor Alfaro la anécdota y le explico que me voy a Fuerteventura tres semanas para escribir cosas que pueda olvidar con los años. El problema es que conforme se acerca la fecha, el bloqueo crece. "Quizá ya he contado todo lo que necesitaba contar", le digo a Víctor, que no sabe bien qué decirme. Quizá, efectivamente, estos veinte años de escritura ya han sido suficientes y lo que quede sea un continuo repetirse a uno mismo. "¿Quieres escribir sobre Guille Ortiz?", me dice, y yo contesto que no, que lo último que quiero hacer es seguir escribiendo sobre Guille Ortiz, Nirvana y Elastica... pero al final acabo colgado de una conversación de horas con Ignacio Benedetti que va desde los Pixies al batería de R.E.M. y aquel día que José Ramón Pardo locutó para Antena 3 la gala de los MTV Video Music Awards y se maravillaba porque los americanos pronunciaban el nombre "Arem" ("o algo así", en sus palabras).

Luego está la horrible sensación de última bala en demasiados sentidos. Pienso en escribir letras para canciones, pequeños poemas, algún relato... algo que me desbloquee. Pienso en tramas de gente que se autosabotea pero a Aída le parece mala idea. Pienso en novelas de misterio a lo Patricia Highsmith pero no sé si eso no sería un subterfugio, otro escondite. De momento, trabajo con dos títulos que esconden la vaga idea de alguien que quiere empezar de cero -o terminar, aún no lo tengo claro- en una isla de las Canarias. Uno es "The lost weekend" y remite a John Lennon. El otro es "Segundo acto" y remite a Scott Fitzgerald. En algún punto medio, espero poder encontrarme.