lunes, enero 14, 2019

Cuando Isa se convirtió en Díaz Ayuso


Mi problema con la candidata Díaz Ayuso es que siempre la veré como Isa. Cuando alguien llega a tu vida de determinada manera y se ubica ahí una temporada, es complicado ver más allá. Isa apareció en 2004 y estuvo de forma más o menos constante hasta 2006. No recuerdo si luego desapareció ella o desaparecí yo o los dos hicimos una educada bomba de humo. Por lo demás, todo lo que puedo decir de Isa es bueno: nos tuvimos un gran cariño, compartimos cenas en casa de sus padres escuchando grandes éxitos de Robbie Williams y comidas en el restaurante gallego que quedaba al lado del primer piso al que se fue a vivir sola.

Hablábamos mucho. Por teléfono y por Messenger. Hablábamos de trabajo, claro, porque los dos estábamos en El Semanal Digital, el mismo medio donde colaboraba como columnista Santi Abascal, por cierto, pero también hablábamos de nosotros y nos escuchábamos. Ya por entonces, la política era su prioridad y todos nos dábamos cuenta. Tenía la ambición y la voluntad, le faltó siempre un poco de seguridad en sí misma, quizá porque en el fondo era demasiado buena persona para un mundo tan voraz. Yo, mientras, le hablaba de relatos y de chicas, de muchas chicas, de todas las "chicas Malaspina", grupo del que ella misma formó parte en más de una ocasión.

Creo que los dos nos veíamos como el hermano pequeño del otro. Isa era un desastre en muchas cosas y yo era un desastre en casi todo. Si tuviera que ponerle un adjetivo a nuestra amistad sería "bonita". Simplemente, eso. Fuimos dos excelentes huerfanitos.

El asunto es que ahora Isa ya es Díaz Ayuso y ya es candidata a presidenta de la Comunidad de Madrid, que no es poca cosa, y como tal hay que hablar de ella. Ahora bien, ya digo, me cuesta. Esta mañana ha estado en el programa de Carlos Alsina y dentro de la locuacidad Díaz Ayuso se seguía escondiendo la Isa frágil y con miedo a molestar que siempre conocí. Eso hace que su discurso sea un continuo matiz en el que nunca se sabe lo que piensa de verdad. Si soy sincero, ya cuando éramos amigos nunca quedaba muy claro lo que pensaba de verdad. Ni lo tenía claro yo ni lo tenía claro ella. Solo que entonces no importaba y en lo que a Isa respecta, sigue sin importarme y la sigo teniendo el mismo cariño y hasta cierto punto me siento orgulloso de verla ahí. Otra cosa es en lo que respecta a la candidata Díaz Ayuso. Afirmaciones del tipo "yo no valgo ni una cuarta parte de lo que valen Aguirre o Cifuentes" pueden estar bien cuando intentas hacer méritos ante Aguirre o Cifuentes, pero quedan raras cuando pretendes que la gente te vote por tu valía.

*

El sábado por la noche tocó ver "Eugenio", el excelente documental sobre el cómico catalán. No sé si su vida era tan interesante pero desde luego la película consigue que parezca interesante y de eso se trata, precisamente porque el cine y la política son cosas distintas. Lo mejor, sin duda, es el ritmo de narración: el director no se apresura. Desde el principio, sabe que lo que la gente está esperando es la decadencia porque la decadencia vende. Sin embargo, no adelanta el abismo ni un solo segundo. Ahí está Eugenio cantando con su mujer, optando a Eurovisión; Eugenio en bares nocturnos tocando la guitarra; Eugenio con sus hijos; Eugenio contando sus primeros chistes...

Hay en toda esa parte una buena dosis de melancolía hacia esos años setenta siempre tan mal contados. Esos años setenta de "boites" y salas de fiestas. Con eso va tirando perfectamente, igual que con la descripción del éxito arrollador e incluso con el contaste entre su vida personal y profesional, que se intuye desde la primera frase, pero se va desarrollando con un mimo extraordinario. Así hasta el cuarto de hora final. No más: quince o veinte minutos dentro de un documental de hora y media.. Ahí sí: ahí, la segunda separación, el esoterismo, la cocaína, el desdén hacia los hijos, la depresión, la retirada del mundo del espectáculo a los 50 años. El fin de un hombre y el fin de una época al cruzar el ecuador de los noventa...

También, las enfermedades, por supuesto. El cáncer de vejiga, los problemas cardiovasculares, las insuficiencias respiratorias... Eugenio, claramente enfermo, tremendamente envejecido, en un par de fotos y un par de secuencias televisivas. No más. Eugenio, olvidándose del siguiente chiste y Eugenio intentando encontrar aire para seguir adelante mientras en su cara se avista el pánico al desmayo inmediato. Eugenio con su nieta en brazos un día antes de caer redondo en una discoteca sin que nadie sea capaz de reanimarle.

No niego que parte de mi fascinación está en el hecho de que el último Eugenio se pareciera tanto a mi padre. Los dos compartieron deterioro y los dos murieron a la misma edad. Altos, con barba, de aspecto imponente y mirada perdida. El hijo mayor, que sirve un poco de narrador de la historia, confiesa emocionado que no tuvo tiempo de llorar la muerte de su padre porque tenía una hija a la que cuidar. Puedo entenderle. Mi padre murió en abril de 2013. En septiembre, mi mujer ya estaba embarazada.

viernes, enero 11, 2019

En la muerte de Claudio López Lamadrid



No recuerdo la primera vez que vi a Claudio, pero sí recuerdo la última. Fue durante la Semana Santa de 2016, en el restaurante Miramar, frente a la bahía de San Vicente de la Barquera. Yo venía de una experiencia dolorosísima en el mundo editorial y verlo entrar en aquel sitio, con su familia, con Ángeles... me llenó de tal alegría que le di un abrazo quizá demasiado efusivo. Era la clase de persona con la que no te parabas en estatus o en cargo, simplemente te sentías tranquilo y seguro a su lado.

Lejos de mi intención hablar aquí del López Lamadrid que todos conocen. Me limitaré a hablar del que conocí yo. El de las conversaciones en Twitter acerca del Espanyol, su gran pasión aparte de la literatura. El que me dijo que su casa era la mía cuando fuera a Barcelona, el que me paseó por la Feria allá por 2015 o 2016, cuando mis libros en su grupo editorial ya habían demostrado ser un desastre. Claudio podía parecer distante en ocasiones, la típica persona con tantos pensamientos en la cabeza que nunca parece estar ahí, pero, a la vez, eso tranquilizaba porque sabías que estaría cuando hiciera falta.

Por ejemplo, al poco de enviarle "La estética del francotirador", me contestó con un largo email detallando los aciertos y los fallos de la novela y animándome a publicarla en algún lado porque merecía la pena. No todos los editores hicieron lo mismo y no todos los editores eran los responsables de uno de los dos sellos más importantes en lengua española. De alguna manera, siempre sentí que, mientras Claudio estuviera ahí vigilando, tendría alguna posibilidad. Hace apenas dos horas le decía a una buena amiga: "Si consigo escribir una buena novela, sé que Claudio al menos va a leerla".

Sé que todo esto, desde fuera, no parece mucho, pero lo es. El mundo editorial es un lugar infecto lleno de gente podrida y sin consideración. Claudio, al igual que Miguel Aguilar, mi querido editor en Debate, siempre fueron cariñosos, agradables y profesionales conmigo, perdonándome incluso mi afición al Barcelona. Con ellos no te la jugabas. Creyeron en mí como ha creído poca gente en esa industria y yo siempre tendré la sensación de haberles fallado.

Como todo editor, Claudio tuvo aciertos y errores, pero nunca se conformó. Siempre estaba buscando nuevos talentos, nuevas vías, nuevas narraciones... podría haberse aislado en su torre de marfil pero prefirió bajarse al barro de las redes sociales y el contacto directo con cualquiera cuyo talento le llamara la atención. Su muerte deja huérfana a mucha gente. Sus autores eran algo así como sus hijos, a los que a veces no dudaba en regañar en público cuando discutían entre sí. Siempre creyó en lo que hacía y cuando tenía dudas se guardaba de que nadie las descubriera.

Era un buen hombre. Conmigo fue un buen hombre, siempre. Le echaremos muchísimo de menos.

jueves, enero 03, 2019

Tiempo después



Es Año Nuevo y la Chica Diploma y yo decidimos ir a Plenilunio a ver una película mientras el Niño Bonito se queda jugando con los abuelos. Es algo así como una tradición, o eso creemos. Tenemos problemas con la memoria. La Nochevieja fue tranquila, como no puede ser de otra manera: televisión, ironía, aguantar y a la cama. En cuanto a 2019 lo único que puedo decir es que me da un poco de pena, tan solo, tan poco especial, tan continuación de lo mismo.

La película que elegimos es "Tiempo después" y no nos gusta. Hacemos todos los esfuerzos porque nos guste pero no lo conseguimos. No somos los únicos y se forma en la sala una amarga hermandad de huerfanitos. Hay dos opciones: o es Cuerda o somos nosotros y nosotros, al fin y al cabo, estamos ahí por Cuerda, así que ninguna solución es apetecible. Puede que alguien en algún momento se haya reído con algo, pero nadie lo recuerda ya. De despedida suena una canción excesivamente ronca, como también pasada de tuerca.

Hay en la película tal cantidad de guiños a "Amanece que no es poco" y a sus dos otras comedias surrealistas agrarias -"Total" y "Así en el cielo como en la tierra"- que hay algo de verse a uno de joven o, más bien, de verse intentando ser joven de nuevo cuando ya es imposible. No sirve de nada que Dani repita que el alcalde "se toca las pelotas" con acento de Gabino Diego o que un vecino -un parado en esta versión- interrumpa una asamblea para cantar la historia de la roca y el hombre pobre. No sirve de nada casi nada porque la película, como tal, está condenada. No funciona. No está dirigida a nadie. Es un monólogo de Cuerda mediante decenas de voces.

¿Y no era así "Amanece que no es poco"? Sí, supongo que sí. Lo supongo pero no lo creo, ojo. Lo que creo es que los personajes -no los actores, los personajes- de la primera eran más sólidos y más interesantes, pero también reconozco que puede que sea yo el decadente y que sean mis ojos los que han envejecido y ya no capten la sutileza de determinadas ironías. Dejémoslo, pues, en que es una broma privada. No ya Cuerda monologando sino Cuerda y sus amigos, sus fans en buena medida, disfrazándose y jugando. Pasándoselo bien y que digan lo que digan. Así, me cuadra más y me siento mejor hablando de la película con tan poco entusiasmo.

Porque en realidad buena parte de los amigos de Cuerda son o han sido mis amigos y yo no deseo que les vaya mal ni que alguien venga aquí, lea en este blog que la película no me gustó y ni se plantee ir al cine el próximo fin de semana y los cines empiecen a retirarla sin hacer demasiado ruido. Pensemos, más bien, en la idea de la fiesta privada donde nadie espera nada, donde no sigues las huellas de una fiesta anterior que dicen que estuvo de maravilla y de la que en el fondo los invitados no dejan de hablar. Pensemos en la posibilidad misma de ver "Tiempo después" sin el tiempo, como el niño que, por edad, ve "El Padrino III" en el cine y solo luego se pone a ver las otras dos, las de verdad.

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De camino a la sala pasamos por un restaurante donde anuncian lo que nos parece leer como "hamburguesa Dulceida". Edición limitada, además, no vaya a ser que puedas dejarte de sentir especial por un solo segundo tomándote un montón de pan con carne picada en un centro comercial a medio camino entre Vicálvaro y Coslada... Reconozco que hay algo que me puede resultar interesante del concepto: no es ya una hamburguesa que se come Dulceida en un vídeo de instagram ni un restaurante Dulceida en el que se venden hamburguesas. No, la hamburguesa, en sí, es Dulceida, lleva ese nombre.

Ahora bien, el problema que surge es obvio: ¿qué es Dulceida? ¿Qué hay de Dulceida más allá de sus manifestaciones? ¿Qué idea sostiene todo eso? Prefiero a Dulceida depilándose, anunciando ropa y creando hamburguesas (pero, ¿la ha creado ella?, ¿cuándo?) que a Carlos Sobera fomentando la apetitosa mezcla de ludopatía y micropréstamos, pero aun así hay algo que me supera. Algo que tiene que ver, de nuevo, con mi edad, supongo. ¿Y si Dulceida fuera el limón de la película de Cuerda? ¿Y si fuera Roberto Álamo, directamente? ¿Y si precisamente todo este nuevo mundo de imágenes huecas es lo que hace que no tenga sentido o que no nos aporte absolutamente nada una nueva crítica a un capitalismo que no existe ya en ese formato?

Me obliga, además, a preguntarme si todo esto aumenta la alienación o al contrario: Dulceida es el trabajo de Dulceida. No hay separación. El influencer es el influencer es el influencer. Instagram lleno de famosos contándonos lo bien que han dormido, quizá cobrando por ello. Me gano la vida siendo yo. ¿Qué categoría ocupa eso dentro del marxismo? No ocupo un puesto, no sigo unas reglas propias del cargo más que de manera muy superficial. Elijo -dentro de lo que es la vida- lo que hago y a veces lo que hago es un manifiesto político y a veces es una hamburguesa. Me pagan. Soy y por ser me pagan. Por ser yo. Por ser Dulceida.

Y que nadie pregunte más allá porque más allá solo hay dioses y bárbaros.

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Antes de Nochebuena nos vemos Carmen, Bea, Álida, Eloy y yo. Creo que es Eloy y si no es Eloy no hay ningún intento de menosprecio sino pura senilidad. Pienso, por supuesto, en lo poco que nos vemos. Pienso en toda la gente que ha aparecido y desaparecido de mi vida y mi incapacidad de dejar la casa limpia en cada momento. Una especie de Síndrome de Diógenes afectivo. Aprender a querer menos, hay que aprender a querer menos. Siempre ha sido el problema y no ha dejado de serlo ni a los cuarenta. No se puede pretender querer a todo el mundo al máximo toda una vida porque en el fondo lo que estás haciendo es obligarles a ellos a que estén a tu altura. Y si lo están, igual lo están a la fuerza... y si no lo están, tú te lo vas a tomar mal. Y te vas a alejar. Y no vas a saber encontrar esa tierra media del cariño, del recuerdo, del afecto puntual, del encuentro casual, del aquí y ahora. Cada instancia será la ausencia de un imposible. Y les perderás, por supuesto, porque vivir así es morir de amor y un coñazo de aúpa.

Así que ese debería de ser el reto de 2019 y en adelante: querer menos. No en general, no a lo cínico ni a lo Schopenhauer, sino cuando querer menos sea la única manera de quererse.