lunes, septiembre 24, 2018

Ultrashow



Viernes por la noche en Luchana. Los grupos de chavales de poco más de veinte años buscando chupitos y un poco de música española. Luchana no es Malasaña. Luchana, de ser algo, sería más bien Huertas, aunque con más mezcla, más terrazas y más media de edad. En una de las esquinas han abierto un sitio enorme dedicado a los e-games. No es mala idea: puedes ir a jugar ahí con los amigos mientras te tomas algo en vez de quedarte en tu cuarto otro fin de semana. Todo en orden salvo que la gente que quiere quedarse en su cuarto los fines de semana en realidad no sienta culpabilidad alguna.

Me dedico a dar vueltas por algo que en algún momento fue "mi barrio" y así ha quedado para siempre: no solo Luchana, en sentido estricto, sino Santa Engracia, Olavide, y, bajando, Sagasta, incluso Churruca. Ahora que es el barrio de otros, uno se siente un poco solo, especialmente cuando lo único que queda es andar y andar hasta que empiece la actuación de Miguel Noguera y, así, uno puede pasar tres o cuatro veces por delante del mismo bar, amagar con meterse dentro a tomar algo y ver un partido y comprobar una vez tras otra que ni hay partido ni hay ganas de tomar nada, para, a continuación, seguir andando.

Al menos hasta las diez y media. Once menos cuarto, tal vez. Según Noguera, el espectáculo comienza exactamente a las 22.56. Dice que lo ha visto en el reloj, lo que quiere decir que tiene un reloj para medir cada parte y no pasarse ni quedarse corto. Lo que quiere decir que, probablemente, no quiera estar ahí, o desde luego no más de lo que le exigen. Hay días que a todos nos pasa algo parecido. Vas al trabajo, haces lo que esperan de ti, puede incluso que te diviertas en momentos puntuales pero en realidad hubieras preferido hacer otra cosa, estar en otro sitio.

A Noguera se le nota. No hace un drama de ello, al revés, se muestra casi retador. En un momento dado dice "nos queda aún una hora" y el chiste está precisamente en que todos sabemos que él no va a estar ahí una hora más ni de coña y él sabe que a nosotros tampoco nos apetece estar ahí sentados otros sesenta minutos. Miguel Noguera como lugar de paso y, así, el Ultrashow. Todavía algunas situaciones maravillosas, aún algún arranque de entusiasmo pero, en general, la sensación de ver algo ya demasiadas veces repetido. Lo que no quiere decir que no vayamos a ir de nuevo a verlo, por supuesto, porque igual te encuentras con la Chica Selectiva o igual te pierdes una genialidad absoluta. Frente al tedio controlado del humorista que repite el mismo monólogo dos veces cada tarde y finge que se lo está pasando de puta madre, Noguera al menos no engaña a nadie.

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Los recuerdos de Facebook. Como si no bastara con la melancolía propia. Hoy, al parecer, hace muchos años, estuve en San Sebastián o en la Toscana o subí medio borracho la Corredera Alta de San Pablo, pasé al lado del Cine X con Daniel Pérez Prada y Saida Benzal y al separarnos me puse a berrear -tres de la mañana, puede que cuatro- el "¿Por qué me llamas a estas horas?" de Standstill, y a continuación, "Los días raros", de Vetusta Morla. "Mi barrio" y yo, el vecino loco, perdido, o más bien extraviado.

Vendríamos del Picnic o, quién sabe, quizá del José Alfredo, o del sitio ese que se puso tan de moda en la propia Corredera, que tenía dos plantas y que ahora es una peluquería. O que la última vez que pasé por ahí era una peluquería, nunca se sabe con determinadas calles. Subí -decía- la Corredera, bajé hasta Fuencarral, esquivé chinos vendiendo cerveza en el metro de Tribunal y torcí justo antes de Pachá para llegar a casa. Entonces, al parecer, escribí la siguiente escena sacada de "The sportswriter", de Richard Ford, y la colgué en mi muro:

"- Ajá. A mí igual. - Da una ridícula calada a su cigarrillo y exhala todo el humo en la atmósfera del área comercial- ¿Y cómo te interesaste por eso? ¿Leíste algo en alguna parte?

- Fui a la universidad. Luego me hice mayor y fracasé en todo lo demás, así que era lo único que podía hacer".

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Ricky Gervais, en efecto. Con matices, eso sí. Ricky Gervais fue uno de los promotores de Suede en sus tiempos más oscuros, pero de alguna manera estaba de pasada y solo fue a uno o dos conciertos. Brett Anderson le recuerda, pero todo hace indicar que es un recuerdo inducido, es decir, que había más promotores fracasados pero ninguno acabó presentando los Golden Globes y escandalizando a todo Hollywood. Entre otras cosas. Así que, en términos estéticos, diríamos que la vida musical de Justine Frischmann empieza en Suede con su novio Brett Anderson y un chico regordete que resulta ser Ricky Gervais y acaba grabando un vídeo sobre su última gira del que se encarga una estudiante de origen indio, completamente desconocida, y que con los años resultará ser M.I.A.

A Ana, la de "Otto y Ana", le encantaba contar su vida uniendo casualidades. Como Justine se ponga a ello un día, le sale una teleserie de Netflix.