martes, noviembre 13, 2018

Maravillas de la condición humana


De la exposición sobre Auschwitz en el Canal me quedo con pocas cosas. Pocas cosas nuevas, quiero decir. El horror es tal que resulta complicado cuantificarlo en metros cuadrados. El horror en cada pequeña y cada gran historia durante más de una década en más de media Europa. El horror en la muerte, el frío, la tortura, los niños gaseados, las vidas destrozadas, el exilio... pero sobre todo en la burocratización, los años y años de documentación del proceso, el afán por "superarse" de Höss y compañía, la larga cadena en la que nadie, absolutamente nadie, reconoce al otro como un ser humano.

Entre las muestras se encuentran un par de extractos de la entrevista de Günter Gauss a Hannah Arendt de 1964. En ambos se recrea en la incredulidad de la situación: "Teníamos enemigos, claro. Todo el mundo tiene enemigos, ¿por qué no nosotros? El problema fueron los amigos...". Exacto, lo que ella llama "la uniformización" y especialmente, pues es su caso, la uniformización en el ámbito intelectual. En pocas palabras, "el vacío" alrededor, una suerte de "cordón sanitario". En la entrevista, que, por supuesto, está en YouTube y merece una hora de su tiempo, deja claro que ella ya consideraba inevitable el ascenso de los nazis en 1931, así que nada de lo que pasó de 1933 en adelante la pilló desprevenida.

¿Nada? Bueno, nada salvo el horror, precisamente. Arendt no parece entender el horror -ella se fue en 1933, a las pocas semanas de la victoria electoral de Hitler y la quema del Reichstag, cuando el exilio aún era una opción si tenías los contactos adecuados- y es el gran abismo que le cuesta saltar. A diferencia de otras víctimas, Arendt era alemana, no ya en la acepción étnica o incluso nacional del término sino en la cultural: los que hicieron eso no dejaban de ser sus afines. Tal vez su interpretación de la actuación de Eichmann (su juicio y posterior reportaje datan de 1961) tenga que ver con eso, con un intento de justificar racionalmente a un igual. En Israel, desde luego, no se lo tomaron tan bien. Puede que incluso la palabra "funcionario" tenga sus límites de aplicación.

Cuando leí el libro de Arendt me convenció la tesis principal, pero ahora no lo veo tan claro. Quizá, insisto, desde el punto de vista racional, pero no desde el emotivo. En la entrevista con Gauss se entrevé algo místico de Arendt con la lengua alemana, a lo Heidegger. Un triunfo de "lo alemán" frente a los alemanes concretos. Arendt reconoce que, aunque viva en Estados Unidos y escriba en inglés, la "lengua materna" sigue siendo un consuelo, un hogar. "Heimat". Cuando apunta a culpables, apunta alto: los intelectuales, los que fabularon una narrativa racional en torno a Hitler y sus matones (el mismo Heidegger, aunque no lo nombre). Sin embargo, parece disculpar al "pueblo". Parece, insisto, aunque en sus libros se documenta muy bien hasta dónde puede llegar "el pueblo" cuando se le va la mano. Cuando se toca este tema, no está muy claro si Arendt amaga y no da o si da tantas veces que simplemente acaba agotada.

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Hay algo que me desagrada de "Cómo ser Bill Murray", el libro de Gavin Edwards y no es tanto el propio Bill Murray sino los intentos desesperados de Gavin Edwards por que Bill Murray nos caiga bien. Esa constante glorificación del soplapollismo con aires de evangelista: "Bill llegó y transformó la tranquila sala de espera en una fiesta maravillosa". Bien, que le pregunten a todo el mundo, a ver si está de acuerdo. Todo lo que se cuenta en el libro sobre Bill Murray es el catálogo del peterpanista: relaciones imposibles, gamberrismo caprichoso, pequeñas dosis de paternalismo y una ex mujer que le acusa de maltrato. Por lo demás, faltas continuas de profesionalidad excusadas por su carácter de "genio". También es cierto que ni la traducción ayuda ni el propio título en español, que se distancia demasiado del original "The Tao of Bill Murray", un título que en parte explicaría e incluso justificaría el tono pseudoreligioso.

No, no creo que haya nada de especial en la faceta "humana" de Bill Murray, que me interesa más bien poco. Otra cosa es el Bill Murray actor o el Bill Murray cómico, en general. Si él no se sabe cambiar el personaje al llegar a casa ya es asunto suyo. El Bill Murray cómico nos ha dejado momentos maravillosos, aunque es curioso cómo Edwards pasa por encima del que probablemente sea su mayor taquillazo: "Space Jam", con Michael Jordan recién regresado a las canchas de baloncesto tras la muerte de su padre. Si a Murray hay que quererle por su cinismo, me parece bien. Sin cinismo, no hay humor. Ahora bien, todo dentro del escenario, a ser posible. Fuera, como las personas mayores.

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Cuando le digo a la gente que me quiero quedar en Valdemoro, se extrañan de que me guste un sitio que está tan lejos de todo. ¡A estas alturas!

jueves, noviembre 08, 2018

Cajas de música difíciles de parar


Al rato de poner la canción, me doy cuenta del error. Un error didáctico y sobre todo un error personal. Son las seis de la tarde, la clase no ha ido bien y estoy en medio de una de mis crisis existenciales autocomplacientes. Mientras Madonna canta en la pantalla -recuerdo ese vídeo como uno de los primeros que vi, a los siete años, quizá junto al "Say, say, say" de Michael Jackson y Paul McCartney, cuando eran amigos- yo me siento completamente absurdo y frustrado. Nadie está aprendiendo nada. Nadie está mostrando la más mínima voluntad de aprender algo y ahí en medio quedo yo, el chico sin vocación, apoyado en una pared y revisando las imágenes de una infancia lejanísima.

Lo peor, con todo, es cuando llega el estribillo: "We are living in a material world, and I am a material girl". Me evado del vídeo, me evado de Madonna y el pensamiento se va al documental de Scorsese sobre George Harrison, que casi comparte título. Ser George Harrison. Haber sido George Harrison. Tener la más mínima esperanza de que en algún futuro uno pueda llegar a ser George Harrison. Se me ocurren cosas mejores pero no muchas. Nada de eso es posible ya. Ni ser George ni ser Ringo ni ser Neil Apinall, por poner un nombre.

No ser nada de lo que uno soñó ser. De lo que uno sigue convencido de que podría haber sido de haberle puesto más empeño, de haber tenido algo más de suerte, de haber sabido calmar el carácter cuando hizo falta, o al menos modularlo... Así, el chico que quería ser George Harrison se queda por un momento paralizado y con ganas de llorar mientras repasa la letra con sus alumnos, que apenas han entendido una palabra. No es culpa suya. El profesor va dando palos de ciego porque no sabe hacer otra cosa. Es lo que ha hecho toda su vida. Lo curioso, lo incomprensible, es que a algunos les siga atrayendo esa imagen de hombre perdido, tan perdido como si fuera un alumno más, y se queden ahí, esperando el siguiente disparate.

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Por la noche, nada más llegar a Madrid desde Valdemoro, me paso por Tipos Infames para la presentación del libro de Marcos Pereda. Llego tarde, por supuesto, pero me da tiempo a comprar algunos libros y unirme a la clásica procesión al bar. No conozco a nadie salvo a Marcos pero pronto la conversación se llena de nombres comunes, normalmente para criticarlos, porque es lo que se hace en estos casos. Se me ha pasado la angustia y estoy de relativo buen humor, pero prefiero no entrar en la carnicería porque veo todo eso como algo ajeno. Completamente ajeno. Me repito a mí mismo que ya no quiero estar ahí, que no quiero publicar en grandes periódicos ni en grandes editoriales, que estoy bien en mi perfil bajo, que sé que tengo el talento pero no el valor y no pasa nada, que los editores, las agentes, los críticos... son algo que prefiero reservar a los demás.

Obviamente, es una narrativa falsa, pero necesaria. Uno no puede estar a punto de derrumbarse por ser profesor de inglés en Valdemoro y a las tres horas suspirar de alivio porque es profesor de inglés en Valdemoro y no tiene que lidiar constantes batallas miserables de ego. El funcionariado, hasta cierto punto, te mantiene puro, y eso es más importante que la nómina a fin de mes, nada despreciable. En cualquier caso, es la narrativa que necesito en este momento y la pienso apurar al máximo hasta que se acabe esta crisis. Cuando teníamos veinte años temíamos la mediocridad. A los cuarenta, lo que da pánico es el fracaso. Ahora bien, ambos términos dependen de una valoración, sea externa o interna: sentirse un mediocre o sentirse un fracasado. Incluso, yendo más allá, pillarle el gustillo.

Yo, cualquiera que lea esto lo sabe, me siento ambas cosas. Mediocre cuando tuve que serlo y fracasado ahora que me toca por edad. Y en público finjo que me da igual y en privado -este blog, como buena muestra de fracaso, no lo lee nadie- reconozco que no, que me hiere, que me duele, que me agobia... y que, sobre todo, me bloquea. Que no tengo fuerzas ni ganas de revertir la situación. Cuando me despido de la Chica Contexto le digo que no volveré a publicar más. Luego le digo que es mentira, que algo más publicaré por una cuestión de ego, casi de ludopatía, como el que echa unas moneditas a la máquina del bar por si acaso.

Al fin y al cabo, yo he estado ahí, con todos: si sale Albert Espinosa en la tele, tengo mi anécdota con Albert. Si alguien hace una versión de Christina Rosenvinge, tengo mi anécdota con Christina. La mayoría de los que empiezan a copar halagos y premios en revistas y periódicos fueron compañeros de tertulia o de Facebook cuando eran tan desconocidos como yo. A mí me gustaría no sentir envidia y pensar que tengo lo otro, lo que tanto pedía en aquellos años: la chica, la estabilidad, el amor sin reservas. Pero no sé hasta qué punto esa no es otra narrativa y tampoco sé en qué lugar me deja.

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Lengua de Trapo me envía un ejemplar de "Cajas de música difíciles de parar", el libro sobre el disco de Nacho Vegas. Es todo un detalle porque de paso me envía además uno sobre Los Planetas. El origen de todo está algunos posts atrás, en el libro con portada de Vegas e interior de Morente. El libro está bien. Sobre todo Nacho está muy bien, muy comedido. Yo también tengo mis anécdotas con Nacho, por supuesto, más o menos de esa época, cuando se suponía que era un heroinómano, cocainómano y adicto al sexo. No sé, conmigo Nacho siempre fue un encanto. Comimos en un bareto cerca del Paseo de Rosales, hablamos de todo con una naturalidad tremenda y después le dedicó a Hache "Nuevos planes, idénticas estrategias" en lo que fue la única frase que pronunció en su concierto de Galileo.

Yo sé que el personaje público de Nacho puede caer mejor o peor. Yo creo que a mí me caería mal si no conociera hasta cierto punto el privado. Detrás de algunas bravuconadas, en el fondo no hay más que un Michi Panero que baja la mirada cuando habla de su padre, cigarrillo en la mano y farfulleo listo en la boca. No sé hace cuántos años que no le veo. No sé cuántos años hace que no veo a Albert o a Christina o incluso a Ray (la última vez fue en la Feria del Libro, los dos firmábamos en la misma caseta. Llegó una hora tarde apestando a alcohol, me dio un abrazo enorme y yo me sentí como un niño con superzings nuevos). Iba a decir "no sé si me importa" pero, a estas alturas del post, sería una tontería como un piano jugar a las ambigüedades.

martes, noviembre 06, 2018

Festival In-Edit Madrid 2018



En su documental sobre George Michael, George Michael insiste en la idea de que a George Michael habría que considerarle a la altura de Prince, Madonna o Michael Jackson como icono de los ochenta y parte de los noventa. Hay algo de exagerado en la premisa, lo que no quita para que "Freedom" sea una película muy necesaria y que George Michael, efectivamente, fuera uno de los más importantes músicos de pop y RnB de su época, probablemente subestimado por su pasado "boy band" y su incapacidad para encajar en el sistema.

Ahora bien, por mucho que se empeñe y por mucho que le avalen sus amigos -Stevie Wonder, Ricky Gervais... y Kate Moss-, el músico británico nunca estuvo a la altura de sus compañeros estadounidenses. Ni su carrera profesional dio para tanto ni su fama le persiguió por el mundo más allá de aquel glorioso 1987. "Wham!" fue un fenómeno puramente británico que alcanzó a parte del continente y todos sus discos a partir de "Older" (1993) estuvieron condenados casi a la irrelevancia salvo tres o cuatro singles y varios videoclips formidables.

Con todo, está bien que se recuerde lo que fueron esos años de 1987 a 1993. Que se recuerde incluso "Careless whisper" o "Last Christmas", ya puestos, excelentes canciones pop. Que se haga hincapié en lo que supuso "Faith" para una generación que no sé si es la mía pero se le acerca. Ver al chico de los pantalones cortos ajustados vestirse de rockero con una guitarra eléctrica y sumergirse en el universo estadounidense fue una auténtica sorpresa y la calidad de todo el disco está fuera de toda duda: hay espacio para el gamberrismo desafiante de "I want your sex" (especialmente la segunda parte, la que tiene al piano como protagonista), para el macarrismo de "Faith", para la condescendencia de "Father Figure", para el dramatismo romántico de "One more try" e incluso para el amago disco que es "Monkey" o la melancolía night-club de madrugada de "Kissing a fool".

El disco es tan completo que asusta. Los registros que alcanza musicalmente son tan variados que le valieron todo tipo de premios. No era un disco fácil, por mucho que ahora lo parezca. Las letras eran brillantes y ajustadas al tema: sociales cuando tenían que ser sociales ("Hand to mouth"), insinuantes cuando tenían que serlo y desgarradas cuando tocaba el turno. Su voz nunca sonó como en ese disco aunque ya se apreciara una tendencia al reverb que le acompañaría durante toda su carrera. Fue número uno en medio mundo y la gira, cortesía de Pepsi, le llevó incluso al otro medio.

Ahora bien, al margen de "Faith", la carrera de George Michael fue algo errática. No hubo un "Bad" que respaldara "Thriller", ni un "Purple Rain" que continuara "1999". "Listen without prejudice (vol. 1)" es un disco con demasiados altos y bajos. Tiene, por supuesto, la inmensa "Praying for time", que, como se dice en el documental, podría haber sido escrita por John Lennon, y la divertidísima "Freedom", donde quizá pretende anunciar su homosexualidad sin atreverse del todo. ¡Cómo olvidar el impacto que supuso ver a Linda Evangelista y compañía recitar la letra en el vídeo! En ese sentido, incluso antes de cumplir los treinta años, Michael ya había dado muestras de ser un artista vanguardista y rompedor... dentro de la industria de la que estamos hablando, por supuesto.

¿Qué pasó a partir de ahí? Ni se sabe bien ni se explica del todo en el documental: peleas con Sony, juicios, rescates de David Geffen, un disco ("Older") bastante peor de lo que su autor creía y a partir de ahí, éxitos puntuales junto a Queen o a Elton John y más portadas por sus escándalos que por su música. Cuando murió, en la nochebuena de 2016, murió como un músico menor, empeñado en rescatar su imagen mediante el citado documental que ahora sale a la luz. Si me parece injusto que se compare con Madonna, más injusto me parece condenarle a la mediocridad. La película pasa muy rápido por encima de muchas cosas -de entrada, los casi quince años de nula creatividad- pero al menos deja claro que aquel hombre era especial en muchos sentidos, tal vez demasiados.

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Por lo demás, mi experiencia en el Festival In-Edit se limita, desgraciadamente, solo a otras tres películas. El documental sobre M.I.A. me interesa mucho más cuando habla de sus inicios y su consagración con "Paper planes" que cuando habla sobre política. Sé que es un comentario frívolo pero es así. Sri Lanka me resulta demasiado ajeno como para involucrarme de lleno en el drama de la resistencia tamil. Sin embargo, Justine Frischmann me pilla a la vuelta de la esquina, con su gesto torcido en la boca, ya recuperada de la adicción a la heroína, discutiendo con Maya y reconociendo: "Ya sé que eres muy especial, ya sé que eres más especial que yo" y uno se puede imaginar a Justine repitiendo esas palabras a sus egocéntricos ex novios, al Brett Anderson o al Damon Albarn de turno.

"Studio 54" merece muchísimo la pena, hasta el punto de que se hace corto, como si hubiera demasiadas posibles ramificaciones como para centrar el documental solo en los años 1977 y 1978, los del apogeo y posterior caída de la mano de Steve Rubell e Ian Schruger. De entrada, está el contexto de los años setenta en Nueva York, que no es cualquier cosa: la decadencia, la pobreza extrema, la delincuencia salvaje, la subcultura que seguía ahí años después cuando Martin Scorsese decidió mofarse de ella en la mítica "Jo, qué noche". Luego, está la "jet set" de la época, esa extraña mezcla de Truman Capote en zapatillas de fieltro y Michael Jackson recién cumplidos los dieciocho. El auge de la cocaína frente a la heroína y el crack de los barrios pobres. La rebelión del travestismo y la homosexualidad, y la promiscuidad descarada en los tiempos anteriores al SIDA... el éxito y la borrachera de éxito y la cárcel y la redención... En realidad, si se piensa, "Studio 54" debería haber sido una serie de Netflix de diez episodios y no un documental de hora y media, pero solo por ver a Bill Murray darle paso a John Belushi en los orígenes de "Saturday Night Live" la experiencia ya merece la pena.

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No me gustó tanto "The King", el extraño documental sobre Elvis Presley, tan extraño que la Chica Diploma acabó durmiéndose en mi hombro. Ni se acaba de hablar por completo de Elvis ni acaba de quedar clara la metáfora constante con Estados Unidos entendido como imperio. Hay una línea que intenta hablar también de decadencia y de sobredosis y se entiende que esa sobredosis que acabará con América como los somníferos acabaron con Elvis será Donald Trump, pero no se llega a explicar del todo por qué ni cómo. Mucho Bernie Sanders y poca sustancia.

Tal vez  habría sido mejor quedarse de nuevo con la música, con lo improbable de Sun Records, con la mezcla de blues, rock and roll y country blanco que hay en esos primeros discos, con la influencia del "Coronel Parker" , las películas en Hawai, la mili en Alemania, las peleas con los Beatles. Uno espera aprender algo nuevo de una de las figuras clave en la música moderna del siglo XX y se encuentra con un director que reconoce varias veces a cámara que no tiene ni idea de qué hacer con lo que está grabando.

En cuanto a lo demás, como siempre, mucha oferta con muy buena pinta: el documental sobre Rubén Blades que pusieron un domingo a las cuatro de la tarde, hora algo imposible, la película sobre "Desolation Center", el "revival" de Burning y cuando Colomo les grabó cantándole a Carmen Maura lo de "¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?". En fin, horas y horas de cine que ya no se pueden dedicar en exclusiva como en 2004, cuando uno iba acreditado a ver películas sobre el festival de Monterrey o la música de Dusminguet. Con todo, es una gran noticia que el festival se haya vuelto a instalar en Madrid. Ojalá sea por muchos años.

lunes, octubre 29, 2018

Paper planes


 En la época de los politonos, yo tenía el "Paper planes" de MIA y supongo que eso pretendía ser una declaración de intenciones. Ese era el tono de llamada general -ahora daría igual, ahora siempre tengo el teléfono en vibrador o en silencio- y luego estaban las excepciones: por ejemplo, Álida tenía reservada "Luces de Neón" y Aída Prados era "Audrey", de los Piratas, por alguna asociación de ideas incomprensible ya que Audrey, como todo el mundo sabe, siempre fue Laura Cuello.

La fascinación por "Paper Planes" llegó hasta mi primera novela, que terminaba precisamente con un tiroteo en el que las balas del libro se mezclaban con las de la canción, y mi fascinación por Aída Prados me la sigue recordando Facebook de vez en cuando y llegó a límites exagerados, lo que demuestra la paciencia que han tenido la mayoría de mujeres conmigo y la razón que tienen todas las que "prefirieron no hacerlo". También es cierto que Aída se fue a otro país y que desde la distancia las tormentas no dan tanto miedo.

El otro día, para qué negarlo, estaba triste, pero alguien me rescató y eso siempre es bonito. Quizá  me acostumbré demasiado a rescatar y a que me rescataran, es decir, a vivir todo el puto día al filo del campo de centeno.  La Chica Diploma, que suficiente hace, me sugirió que me apuntara a un curso para conocer gente con gustos afines pero yo temo a la gente con gustos afines y en cualquier caso no quiero nuevos amigos sino recuperar a los viejos. No quiero una nueva vida, me basta con la de siempre. Si ya me cuesta cambiar de bar para desayunar, imaginen lo que sería este ejercicio de innovación. No, la vida no es un Futmondo.

Alguien escribió en mi muro la semana pasada algo así como que era duro envejecer y darte cuenta de que ya no vas a ser una estrella de rock. Tiene razón pero en parte: yo nunca quise ser una estrella de rock; me parece algo así como el infierno en la tierra. Yo echo de menos otra cosa. Otra cosa superior: la capacidad de sentirme una especie de dios de mi propio universo, con politonos incluidos. Habrá quien diga que ser padre es exactamente eso... pero no, ser padre consiste en montarle un universo a otro y amueblárselo. Una especie de hostelero, vaya, con todos mis respetos...

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Por la mañana, el Niño Bonito me pregunta, después de diez minutos bajo una ducha que no funciona y escuchando el disco de Sia en el que sale su cara en la portada: "Papá, ¿tú, cómo te rindes?" y yo dejo la pregunta sin contestar.

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También por la mañana, esta vez durante el desayuno. Él está con una extraña combinación de leche de almendras, pan de castaña y brownie de chocolate y yo relleno una cartulina que nos han dado en el cole con una foto suya para que expliquemos qué le hace especial. La cartulina lleva una semana en casa y nunca hemos sabido qué demonios hacer con ella pero habrá que hacer algo, supongo. Lo primero que se me ocurre es escribir "everything" y devolverla sin más. Al final, me decido a preguntarle y nos ponemos a lanzar ideas los dos juntos: sus ricitos, su sonrisa, sus amigos del cole, determinados juguetes, los títeres, el fútbol -sobre todo si el Valladolid está de por medio, porque el Madrid no hace más que darle disgustos-, la comida sana...

Con cada cosa adjunto un dibujito, o un garabato, más bien. No sé dibujar y yo lo sé y él lo sabe. Cuando acabo, se lo doy y se pasea por la casa con el "special" en la mano: se lo enseña a su madre, se lo enseña al espejo, se lo enseña al portero, se lo enseña al del garaje y lo guarda como oro en paño mientras vamos al colegio. En ese momento, entiendo de qué se trataba todo esto: no tanto de saber qué hace a un niño especial sino de hacer especial a un niño durante una mañana con su cartulina. Y de paso a sus padres, claro, nos conocen como si nos hubieran parido.

jueves, octubre 25, 2018

Making a murderer 2



No voy a decir que la primera parte de "Making a Murderer" no fuera tendenciosa porque lo es desde el mismo título. Con todo, conseguía dar una imagen de cierta objetividad o, si se quiere, de cierta perplejidad ante un caso que deja demasiadas dudas. Incluso sin oír del todo "a la otra parte" -¿pero qué tiene que decir "la otra parte" que no dijera en el juicio, en los interrogatorios, en las conferencias de prensa, incluso en la condena?- el relato era vibrante por lo que tenía de pura cultura del espectáculo: teoría de la conspiración, sentimentalismo y una buena ración de "Perry Mason para millenials".

Otra cosa es la segunda parte, y no sé si eso es bueno o malo. Si desde el principio estás convencido de que la policía conspiró para detener y acusar a Avery -y la mayoría de los que vimos la primera parte, lo estamos-, no es fácil que encuentres algo nuevo que te haga confirmar o cambiar tu opinión. Sí puede haber detalles legales importantes, pero todos siguen la misma línea de lo que sabemos desde 2015. Hay menos espectáculo y algunos críticos lo han señalado amargamente... pero eso no hace al documental menos valioso sino diferente, sin más. Esta ya no es la historia de un hombre acusado por un crimen que nunca cometió, como "El Fugitivo", sino la historia de dos hombres que se pudren en la cárcel mientras nadie puede hacer nada por ellos, mientras su familia se viene abajo y los patriarcas mueren lentamente ante la cámara.

Si la primera parte era la historia de una indignación, esta segunda es la historia de una derrota. Todas las expectativas, incluso las más razonables, acaban viniéndose abajo en un solo rótulo. El negocio está a punto de quebrar. Avery está abrumado por la fama y los moscones se le acercan para aprovecharse de él. El espectáculo, ahora, está en otro lado, y sin duda los autores de esta segunda parte lo sabían. En buena parte, estamos ante el relato acerca del relato: qué hicieron los grandes medios, cómo reaccionó el público ante la primera entrega. Una cosa muy cervantina, si se quiere.

El problema, constantemente, es Kathleen Zellner. Siento decir esto porque en realidad yo no tengo ni idea de quién es Kathleen Zellner, pero la televisión no tiene nada que ver con quién es la gente sino con lo que parece ser, mucho más en un serial que se basa en la premisa "No te fíes de nadie". Zellner es demasiado mediática, en ese sentido, demasiado espectacular, como si fuera a contrasentido respecto a la narrativa del resto del documental. Zellner es el tipo de persona que la cultura popular estadounidense nos ha mostrado como sospechosa: alguien para quien tuitear forma parte de su trabajo, una especie de presidente Trump, con sus exclamativas y todo.

Son demasiadas horas de discursos triunfalistas y análisis minuciosos y muy pocos segundos investigando por qué esos esfuerzos no llevan a ningún lado, es decir, ¿cuánta gente puede odiar realmente a Steven Avery hasta el punto de quedar ciegos ante tanta prueba que se vende continuamente como decisiva? En realidad, supongo, la razón no hay que buscarla en el odio sino en el simple tedio, la pereza, el "statu quo". No movais el avispero, dejadlo como está. Conseguir "que la familia de Teresa Halbach descanse por fin" no depende tanto de la verdad sobre su asesinato sino del hecho de que el estado haya cumplido con su labor: adjudicarse el monopolio de la violencia.

Es obligatorio que, igual que hay dudas en un lado, las haya en el otro: ¿por qué la familia de Halbach está tan satisfecha con la versión oficial? ¿Por qué todos los jueces, uno pot uno, rechazan sin más las peticiones de un nuevo juicio? Al final volvemos a lo mismo: la culpa es del sistema. Y puede que sea verdad y por lo tanto ahí ya no hay indignación sino impotencia y no hay espectáculo sino pura monotonía, pura desidia, la llamada de la mañana, la llamada de la tarde y la llamada de la noche... En definitiva, que sí, te hace pensar, como hacía pensar "The Confession Tapes" pero de tanto pensar acabas planteándote incluso si no te estarán engañando las dos partes.

Más que nada porque suele pasar.

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Leí "Omega", de Bruno Galindo y Víctor Lenore, sobre el disco de Enrique Morente y Lagartija Nick. Me gustó. Yo en realidad había comprado "Cajas de música ifíciles de parar", acerca del disco de Nacho Vegas, pero me encontré con un error de imprenta como una catedral. En el fondo, salí ganando: el libro sobre Morente está bien, algo deslavazado -como el propio Morente- pero bien. Un libro de los que te puedes leer sin haber escuchado en tu vida el disco del que trata ni cualquier otro disco de Morente. De hecho, el libro consigue que me lo acabe sin siquiera provocarme ningún interés en reparar mi error y escuchar "Omega" cuanto antes. No hace falta. Sé que no me va a gustar, o al menos lo intuyo. No lo consideren una crítica sino un acierto: si lo sé es porque Galindo y Lenore me lo han dejado suficientemente claro. Como detalle, la editorial se ha comprometido a enviarme el de Nacho Vegas y el escrito a propósito de "Una semana en el motor de un autobús", el mítico disco de Los Planetas.

Disco que, por supuesto, tampoco he escuchado.

martes, octubre 23, 2018

Deal with it, rock and roll...


 La imagen es la de un hombre de cuarenta y un años arrastrándose por el suelo a las tres y media de la mañana. Un hombre que cada vez que intenta incorporarse siente el peso del vértigo sobre su cuerpo y necesita volver al parqué, apoyarse en los codos como un recluta patoso, y llegar al dormitorio. Un hombre que se despertó media hora antes ya mareado y cuyo mareo le obligó a tumbarse en el sofá y ahora busca consuelo en la cama, un consuelo silencioso para que su mujer no se despierte, para que su hijo no se preocupe...

Cuando consigue tumbarse, piensa que el vértigo puede ser un ictus y que quizá esté haciendo el tonto con tanta demora y tanto no querer molestar. Por otro lado, está cómodo. Mientras no se mueva, cabeza sobre la almohada, está cómodo y no tiene sueño porque ya no tiene sueño nunca o al menos no ese sueño plácido que te va llevando y te acuna. El sueño, ahora, hay que trabajárselo y es el sueño del que no sabe dónde vivirá en un año, dónde trabajará, a qué colegio irá su hijo, cuántos miembros tendrá su familia, cómo podrá pagar cualquiera de esos cambios...

El sueño de alguien que no disfruta de su trabajo, que no disfruta de sus horarios, que con los años ha aumentado su capacidad para disfrutar de cada vez menos cosas. Un sueño a intervalos: dos horas dormido, dos horas despierto, dos horas dormido... un sueño angustioso, en cualquier caso. A menudo sueña que no tiene responsabilidades, que todo es como era antes, con red. Un hombre que busca ganar dinero -porque necesita dinero- en lugares donde sabe que no lo va a encontrar y que a la vez se siente incapaz de seguir mendigando donde puede que sí le den limosna.

Un hombre, ya digo, que cree que puede tener un ictus y entonces su hijo, ¿qué?; entonces, su esposa, ¿qué? Un hombre que se sentiría culpable si se muriera ahí mismo y quizá por ello repite la operación a la inversa: se tira de la cama al suelo, repta en dirección al salón y se arroja de cualquier manera al sofá, donde ha dejado su móvil para consultar los síntomas. Síntomas que, por supuesto, no coinciden con lo suyo porque lo suyo -él lo sabe- es una mezcla de ansiedad, de angustia, de frustración, de rabia y de agotamiento.

Al día siguiente, el hombre repetirá sus rutinas porque ya las ha aceptado tal y como son y la alternativa sería deshacerse de ellas, pero eso es inviable. Un hombre, hasta cierto punto, condenado, así se siente y así se resigna. Al menos su mente. Su cuerpo, no. Su cuerpo, cada cierto tiempo, le recuerda que así no puede seguir. ¿Y él qué hace? Sigue de todos modos. Sigue porque ha dejado de buscar alternativas y, como le pasó a Pedro con el lobo, si a estas alturas viniera con que está deprimido o algo así, nadie le creería. Sus problemas son demasiado banales como para que nadie se los tome en serio: vive en el barrio de Chamartín, tiene un hijo precioso, una mujer maravillosa, cobra un buen sueldo de funcionario, sus alumnos le respetan, ha publicado más libros de los que probablemente soñara jamás y Facebook le recuerda cada día todo lo que fue: director de revistas, organizador de festivales, entrevistador de estrellas del cine, de la música, del deporte...

Su vida sin sueño es, pues, una vida soñada y sus vértigos no son nada ante lo que Sean Bateman no pudiera contestar con un "Deal with it, rock and roll". Lee mucho. Ve series de vez en cuando -ahora está con la segunda temporada de "Making a Murderer"- y no va al cine por una cuestión de apatía más que otra cosa. Durante años, en medio de las agitaciones veinteañeras, un amigo le sugería que se rindiera, que la paz estaba en la rendición. Ahora siente que se ha rendido y que en vez de alivio siente algo parecido a una traición a sí mismo. Como si él ya no fuera él. Problemas unamunianos.

Da igual. El hombre se queda en la cama mientras su mujer se encarga del niño -preocupado, este se acerca cada cinco minutos para despertarle y verificar que está bien, que no le pasa nada- y luego, ya se sabe, la rutina. No una rutina a lo Steven Avery, claro, por eso nadie entiende la queja, probablemente ni siquiera él mismo, pero una rutina de alfombras al tinte y barbas afeitadas e informes de ausencia para el centro laboral. Fitter, happier...Un hombre que sabía que, probablemente, su vida acabaría convirtiéndose en una canción de Radiohead pero que nunca imaginó que fuera a ser esa.

jueves, octubre 18, 2018

Björn Borg, John McEnroe y Manuel Jabois



En su artículo del miércoles en El País, Jabois escribe esto:

Panero dice que salió a la calle gritando: “¡Éramos tan felices!”, que es una de mis frases favoritas de todos los tiempos porque siempre tengo la sensación de haber sido feliz, nunca de serlo. Y a veces pienso que ciertas felicidades, como ciertos amores, se sabe que lo han sido con tanto retraso que uno se pasa la vida maldiciendo haber estado, no estar.

Yo también repetía "¡Éramos tan felices!" cuando era adolescente y yo tampoco sabía a qué me refería. Probablemente, Jabois y yo vimos "El desencanto" en el mismo pase de televisión, puede que en La 2 y puede que en Canal Plus. No sé, tengo la cinta de VHS por algún lado. Por supuesto, todo ese párrafo podría haber aparecido en este blog y me jugaría lo que fuera a que ha aparecido de forma casi literal varias veces porque Jabois y yo compartimos la misma estética y las mismas referencias.

La diferencia, quizá, es que yo no puedo imaginar esa frase sin la noche en el Desert con la Chica Langosta y sus amigas. Mis parrafadas ni siquiera alcohólicas pero con el inimitable tono arrastrado tan Panero, tan Michi, tan de vuelta de todo a los diecinueve años. Del mismo modo, no puedo imaginar aquella noche y aquella perorata sobre el desencanto sin escuchar de fondo el viento gélido que da inicio al "Planet Telex" de Radiohead y te transporta a su estribillo: "Everything is broken, everyone is broken", que es mi estado de ánimo habitual y supongo que, de alguna manera, lo que me hace interesante.

*

Pero, interesante, ¿para quién? Cuando leo el artículo, escribo inmediatamente a Manu algo así como "me asusta hasta qué punto somos tan parecidos" y él me contesta, muy amablemente, como siempre, que yo soy su gran referente en temas de melancolía y nostalgia. No sé cómo tomármelo así que me lo tomo a bien. Sinceramente, con Jabois yo siempre he tenido una relación muy de Salieri y Mozart, aunque en realidad nunca haya visto la película y la película tampoco tenga mucho que ver con la realidad. En cualquier caso, soy uno de los referentes de Manu y eso está bien porque desde luego Manu es uno de mis referentes y es el Mozart de esta generación y eso lo llevo diciendo desde antes de que le contrataran en El Mundo, cuando se dedicaba a los Apuntes en Sucio sin más y hablaba de Massimo Ghirotto.

Supongo que todo esto confirma mi malditismo, que, estéticamente, no tiene por qué estar tan mal. El problema es que la estética se acaba colando siempre en la ética y no puedo evitar un cierto sentimiento de rabia, de injusticia. Un sentimiento que no es nuevo y del que Manu no tiene culpa alguna pero que me corroe: una especie de "¿por qué tengo que ser yo el maldito?, ¿por qué tengo que escribir yo en mi blog que no lee casi nadie que soy uno de los referentes de uno de los mejores escritores del país?, ¿por qué tengo que ir a Valdemoro a explicar el pasado simple en vez de escribir, sin más, mejor o peor, igual que Salieri componía, mejor o peor y gozaba de un cierto respeto?". En definitiva, ¿por qué demonios no existo si las palabras son casi idénticas?

La Chica Diploma no tiene muy claro que deba escribir estas cosas porque cree que a Manu le puede sentar mal pero yo sé que a Manu no le va a sentar mal porque Manu no tiene arte ni parte en esto. Manu no obliga a nadie a escribir mil veces: "Lean al gran Jabois". Manu se limita a escribir y a hacerlo como los ángeles. Yo me limito a escribir y a gritar en mi propio ágora, en mi diminuto tonel al sol: "Hey, que yo también puedo hacerlo. No tan bien, claro, pero suficiente"... y después me pongo a preparar la siguiente clase. Además, yo quiero a Manu y Manu me quiere a mí. No nos vemos, apenas conseguimos mantener conversaciones de más de diez minutos y la única vez que conseguimos quedar para hacer algo juntos -ver una película- resultó que el cine estaba cerrado. Pero nos queremos. Quizá porque un día, una madrugada, vimos a Michi Panero repetir su frase y pensamos que en el futuro podríamos intentar ser como él... sin tener muy claras las consecuencias.

*

Por cierto, el artículo iba sobre la película sobre la rivalidad entre Borg y McEnroe, así que la busco en Filmin y me pongo a verla. Está bien. Quizá se queda un poco a medias: no sé si a alguien a quien no le guste el tenis le va a poder gustar la película y a la vez no sé si el verdadero amante del tenis va a pasar por alto las abundantes faltas de coherencia y de "raccord" dentro de los partidos. Por lo demás, no acabo de ver en la película rivalidad alguna porque McEnroe en todo momento parece una excusa para hablar de Borg, como el propio personaje se queja ya en los primeros diez minutos.

De McEnroe, pese a lo que le dice Peter Fleming en una secuencia, se sigue hablando incluso 35 años después de su esplendor. Todos le conocemos. Conocemos sus victorias y conocemos sobre todo su vida licenciosa y su gusto por el espectáculo. ¿Qué sabemos de Borg? Poca cosa. La película le coloca en el lugar que merece: como uno de los tres candidatos a mejor jugador de todos los tiempos junto a Roger Federer y Rod Laver. Un hombre que ganó seis Roland Garros, cinco Wimbledons consecutivos, jugó (y perdió) cuatro finales del US Open y ni siquiera se dignó a pisar Australia más de una vez y quizá porque le pillaba de paso para cualquier otra cosa.

Todo esto antes de los 25 años, porque a los 26 ya estaba (parcialmente) retirado. ¿Hasta dónde podría haber llegado de haberse tomado en serio su profesión, de no haberse quemado tanto de torneo en torneo, de haber conseguido vencer de verdad todas esas pasiones internas que le obligaban a acabar con todo, a echarse a perder en yates y discotecas hasta acabar en la bancarrota? Hay en Borg mucho de Panero y por lo tanto mucho de Jabois y mucho de mí, solo que yo, insisto, tampoco me tomo tan en serio mis obligaciones estéticas.

martes, octubre 16, 2018

Tres días en Cádiz



Lo primero de lo que nos damos cuenta nada más llegar al apartamento es que las vistas al mar están tapadas por un inmenso crucero fondeado en el puerto. A mí me parece hasta cierto punto divertido porque lo enorme me fascina, en general, de ahí mi pasión por Nueva York. A la Chica Diploma, no tanto: primero, porque ella necesita el mar; segundo, porque intuye que hay ahí algo de estafa: los que nos vendieron las vistas tienen que saber que esas vistas acostumbran a estar impedidas durante casi todo el año.

Y así, en efecto, al crucero del viernes le sigue el crucero del sábado, algo más pequeño, con su bandera francesa. Sigue el enfado pero reconozco que sigue la fascinación: todas esas ventanas de camarote como pequeñas celdas de una cárcel modelo. Un edificio de Moratalaz en horizontal y navegando por el Atlántico. Cuando era joven y estaba soltero -no recuerdo en qué etapa, supongo que en 2001- llegué a fantasear con unirme a uno de esos cruceros como quien se apunta a clases de inglés para conocer gente. Así de solo estaba. Mi madre me dijo que si realmente me sentía así, un crucero no era lo mejor que podía hacer, así que hice alguna otra cosa, aunque no recuerdo cuál.

Por lo demás, el apartamento está bastante bien; pensado para cuatro personas pero habitado solo por dos. Casi como un acto reflejo, enciendo la televisión y paso por distintos canales locales -Chiclana, San Fernando...- hasta llegar a Paramount Channel, donde están echando "Suéltate el pelo", la poco conocida continuación de "Sufre mamón". Creo que la vi en el cine y desde luego la he visto en televisión después, pero no recuerdo nada de la trama: David Summers acoge a una fan enamorada y desvalida y la fan se la juega con unas fotos comprometidas, pactadas con su novio fotógrafo y chantajista. Summers acaba pagando una millonada y encerrado en la cárcel, por abuso de menores.

Es una película a tener en cuenta cada vez que en sus entrevistas los Hombres G insisten en ese discurso revisionista de "No, si nosotros no éramos pijos". Da igual: es una película de Manolo Summers y por lo tanto es divertida y está bien hecha y aparece el Madrid de mi infancia y todo bien, solo que tenemos que irnos porque para ver "Suéltate el pelo" igual no hacía falta pagar dos billetes de tren ni alquilar ningún apartamento con vistas fallidas. Así que nos vamos y paseamos y comemos -demasiado- y acabamos en una terraza al lado de un hotel, en una plaza donde la Chica Diploma se toma una tarta sin gluten y yo, un descafeinado solo.

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Es la segunda vez que estamos en Cádiz. La primera fue en febrero de 2013. Eso lo sé porque lo he mirado en el archivo de este blog, no porque me acuerde. Llegamos en avión a Jerez, pasamos una noche en Cádiz, otra en Arcos de la Frontera y es posible que una tercera en algún otro lugar. Mi padre estaba muy enfermo y nosotros aún no nos habíamos casado. Lo bueno de espaciar tanto las visitas y tener tan mala memoria es que no hay rutinas a las que atenerse. Cualquiera que me conozca sabe que yo soy un animal de costumbres hasta la exageración. En Cádiz no hay costumbres así que lo mismo salimos hacia la izquierda que hacia la derecha, cenamos en la plaza de la catedral o comemos en "La gorda".

Nos gusta mucho la ciudad y la disfrutamos. No solo la tranquilidad pero también la tranquilidad. Cádiz no es la ciudad más bonita del mundo pero no lo necesita y lo lleva bien. El mar no es el de Cefalú ni el de Corralejo, pero es un mar, está ahí, se puede ver y acabas llegando a un pacto por el cual si tú no molestas a la ciudad, si no molestas a nadie, en general, nadie va a venir a molestarte a ti. Por un momento, pienso en hacer una escapada veraniega, la escapada veraniega que me queda pendiente, y alquilar un apartamento parecido a este pero durante tres semanas, para escribir, para leer, para agarrarme a la ficción de que vuelvo a ser yo.

Sin embargo, Cádiz se queda demasiado en el medio: es exótica pero no lo suficiente, está lejos pero no todo lo que quisiera, así que la primera noche de insomnio la paso mirando pisos en Fuerteventura y hoteles en Alicante. Por alguna razón que desconozco, reservo un avión en Iberia, pero resulta que lo hago en la página estadounidense de Iberia y se empeñan en cobrarme en dólares. Cuando llamo al servicio de atención al cliente, una chica muy educada -¿Sheila?- me dice que no me preocupe, que no habrá ningún problema. Está claro que no me conoce.

*

El domingo es un día a medias. Ni estamos allí ni estamos aquí, de vuelta. La Chica Diploma ya se levanta pensando en todos los pacientes que tiene el lunes y yo tengo aún las clases de la semana por preparar. Con todo, es de los mejores días. Damos un paseo hacia la otra parte de la ciudad, junto al otro lado del mar y paramos cada media hora para ir al baño. Nosotros somos así. Hablamos sobre brechas generacionales y sobre futuros probables. Hablamos sobre el Niño Bonito, cuando estuvimos con él en Conil -acababa de cumplir un año- y terminamos todos en un hospital.

Hablamos. Estamos juntos. Nos vemos. Si el lunes significa la vuelta al trabajo, significa también no volver a ver a la Chica Diploma. Despedirse a las nueve de la mañana del coche después de dejar al enano en la guardería y saludarse a las diez y media de la noche, cuando ambos llegamos derrumbados del trabajo. No sé si algo va bien o algo va mal cuando Cádiz representa lo sensato, lo estable y Madrid representa lo imprevisible, la improvisación constante: el ascensor que se queda parado entre dos plantas, el libro con portada de Nacho Vegas y contenido de Enrique Morente o la niña que se empeña en abrazar el Niño Bonito a la entrada de clase mientras él le repite: "Ahora no, ahora no" con su flemático sentido de la oportunidad.

jueves, octubre 11, 2018

Moridos



Por la noche, tengo pesadillas. La verdad es que no sé si son exactamente pesadillas sino más bien sueños angustiosos, en los que todo lo que puede ir mal va mal y el estrés del día se prolonga durante la madrugada. El resultado es que ya desde la mañana voy completamente zombi, yo diría que ausente, como si la cosa no fuera conmigo en ningún aspecto. Leo mis libros, cumplo mis rutinas, "I go through the motions", que dicen los americanos, pero sin ningún tipo de entusiasmo o de pesadumbre. Algo mecánico.

Quizá envejecer sea esto. No lo sé. El otro día, la Chica Diploma me decía que yo debería haber nacido millonario. Estoy de acuerdo. Todo lo que suponga una obligación me hace conectar inmediatamente el piloto automático. Creo que nunca he conocido a alguien menos sacrificado en mi vida y cuando digo "sacrificado" quiero resaltar el punto de verdadero sacrificio, de dejarse la piel. Yo me puedo dejar la piel en que la tarea salga bien pero por una mera cuestión del deber, nada de estética ni de moral en el asunto.

Por ejemplo, ya por la tarde, en Valdemoro. Sigo ausente. No es que me sienta especialmente culpable porque la mayoría de mis alumnos tampoco parecen cómodos estando ahí. Llevan todo el día trabajando o estudiando, los ejercicios son complicados, no han tenido tiempo de estudiar ni de hacer los deberes y están perdidos. Además, su guía, en vez de cogerles de la mano y tranquilizarles, se limita a cortar ramas y seguir adelante. De vez en cuando les dedica un mohín o una mirada recriminatoria o directamente se desespera en voz alta. Ellos me miran como si no supieran qué hacer para agradarme, como si todo eso que tanto me enfada -que no sepan bien inglés, que no utilicen las fórmulas correctas, que no se tomen tan en serio lo que no deja de ser una actividad más dentro de una apretada agenda- no fuera culpa suya sino de mi propia exigencia.

Probablemente, tengan razón.

*

También pienso -continuamente, porque yo soy un hombre con la necesidad de sentirse juzgado; absuelto o condenado, eso me da más igual, pero en continuo proceso- si estoy siendo suficientemente profesional. A veces pienso que no, que la propia sensación de ausencia ya es una manera de hacer mal mi trabajo. A veces pienso lo contrario: que conseguir aguantar las cinco horas, tratar todos los contenidos, dar todas las explicaciones, buscar los ejercicios necesarios y resolver dudas justo cuando tu mente está en cualquier otro lugar solo se explica precisamente desde la profesionalidad.

Eso no quiere decir que no haya muchas cosas buenas. Ayer, por ejemplo, al acabar la clase, un alumno se me acercó para preguntarme cuánto me había costado mi libro de María Estuardo. Ya dije en su momento que Zweig es en Valdemoro como Faulkner en el pueblo aquel de Saza. Yo entiendo que el subtexto de la pregunta no era económico y que probablemente el chico no vaya a comprarse nunca el libro. Lo más plausible es que fuera una especie de mensaje, un "soy de los tuyos", un "me pasaría toda la tarde leyendo sobre María Estuardo antes que estar aquí repitiendo el puto presente continuo".

*

El Niño Bonito va de excursión al Museo Sorolla. La actividad funciona porque al volver a casa nos repite como un papagayo: "Joaquín Sorolla era un pintor valenciano". Lo más parecido a un pintor que ha visto en su vida es Papá Pig, en el capítulo ese en el que se pone una boina francesa, sale al jardín y empieza a pintar un paisaje. En cualquier caso, el propio personaje de Sorolla le fascina como referencia temporal. Su primera pregunta es: "¿Tú existías cuando existía Joaquín Sorolla?" y la respuesta, lógicamente, es "no".

El niño hace sus cálculos y continúa: "¿Existía la abuela Cuca?". Su abuela (su bisabuela, de hecho) Cuca murió este verano y no ha soltado el hueso desde entonces. La mosca continuamente detrás de la oreja. "No -le digo- la abuela Cuca, tampoco" y ahí es cuando ya me decido a mirar en internet y compruebo que Sorolla murió en 1923, así que mi propia abuela sí que vivía -tenía cuatro años, como Álvaro ahora- y por lo tanto, "existió" durante ese tiempo a la vez que Sorolla. Se lo digo, pero parece confuso. Para explicárselo mejor le enseño una foto que me mandó mi madre en la que salimos mi padre, mi abuela y un yo preadolescente justo en la bahía de San Vicente de la Barquera, un sitio que conoce perfectamente.

Le explico quién es cada uno y me contesta "Ya, pero están moridos, ¿no?". Sí, están moridos. "No tienes papá ni abuela", insiste, con un tono que mezcla la compasión con un cierto miedo. "No, no tengo papá ni abuela pero tengo un hijo precioso", le digo, y le parece una buena respuesta. Yo tampoco quiero arruinarle la infancia con estas cosas, así que cambio de tema inmediatamente. Me explica que por la tarde, el Valladolid le ha ganado al Huesca con dos goles de Héctor -su primo de un año y medio-. No sé cómo ha conseguido meter a Héctor en sus fantasías de cromos Panini. A la mañana siguiente, se queda llorando en el colegio. No es lo habitual, pero es que ese día tiene piscina y le da el mismo pavor que le daba a su padre cuando tenía su edad.

Nos abrazamos y nos besamos un buen rato, para que esté tranquilo, pero la tranquilidad -mi tranquilidad- solo llega cuando ya me estoy yendo, miro para atrás y me doy cuenta de que dos niñas le están abrazando y dando besos entusiasmadas, supongo que porque han visto las lágrimas, han visto al padre alejarse y han preferido dejarle claro que lo que cuenta es lo que existe y no lo que existió, fuera eso cuando fuera.

lunes, octubre 08, 2018

El reino



Rodrigo Sorogoyen debutó en el mundo del largometraje con la interesantísima película "Ocho citas", dirigida junto a Peris Romano y que ya mostraba una capacidad fuera de lo habitual para adentrarse en la psicología de los personajes y contar historias desde sus márgenes. Es cierto que quizá Peris -"Los miércoles no existen"- ha ahondado más en ese enfoque, pero Sorogoyen supo llevar el concepto de cita bastante más lejos en la magnífica "Stockholm" y acabó zambulléndose en el "thriller" con la notable "Que Dios nos perdone" y sobre todo con el angustioso cortometraje "Madre".

Todo eso, más la omnipresente figura de Antonio de la Torre -parece que fuera el único actor en España, quizá junto a Javier Gutiérrez, capaz de llevar él solo el peso de toda una película- son razones suficientes para acercarse un jueves por la mañana a ver "El reino", un filme sobre tramas de corrupción en partidos políticos de comunidades que tienen costa y donde todo es tan obvio que en ocasiones el mismo empeño de querer ocultar el nombre del partido en cuestión resulta un poco pueril.

Durante una hora aproximadamente, la película funciona. Sin grandes excesos, pero funciona. Todo está en su sitio, al menos, y eso se agradece en una película de suspense, donde la media hora final es la que separa a los dioses de los bárbaros. Sin entrar en demasiados detalles, digamos que De la Torre está metido en un lío de corrupción junto a otros compañeros tanto o más influyentes, que ese lío tiene varias ramificaciones, que tiene que ver con adjudicaciones de terreno y que una de las subtramas tiene que ver directamente con la cúpula del partido en Madrid. Si le suman a eso la presencia de unas libretas con anotaciones a mano de quién pone dinero y quién lo recibe, tienen el caso Gürtel ante sus narices y para eso, quizá habría sido mejor llamarlo "Gürtel" y dejarse de historias, pero, en fin, se entiende la prudencia.

El problema de la película es precisamente esa media hora final en la que De la Torre se convierte en un héroe de acción, accidente con coches volando incluido, se pone a luchar contra el sistema sin que acabamos de entender por qué -sí, de acuerdo, el orgullo, pero un orgullo un poco inverosímil- y no solo intenta demostrarnos que todo el mundo en España es un corrupto, sino que todos los corruptos se tapan entre sí: los políticos, los empresarios, los constructores, los bancos, los medios de comunicación... y ahí ya desbarra por completo desde el punto de vista narrativo, porque ese colofón con Bárbara Lennie haciendo de Ana Pastor y el sermón del Padre De la Torre es francamente prescindible, como si, partícipe de la paranoia de su protagonista, al propio guion se le hubiera ido la cabeza.

Así, la película no tiene final como tal y eso es algo asombroso. Tiene panfleto pero no tiene final. No se sabe qué pasa con las libretas ni con el juicio ni se llega a saber por qué ese hombre no ingresa en la cárcel si tanto poder tiene EL PODER. Da igual. El espectador descubre después de casi dos horas que todo ha sido una excusa para que Sorogoyen nos explique lo cabreado que está con los poderes fácticos, probablemente los mismos que estén de alguna manera produciendo o publicitando su película o la de tantos otros compañeros, igual que Marcuse y sus compañeros de Frankfurt llamaban a la revolución subvencionados por la Fundación Guggenheim.

No voy a ocultar mi parte de satisfacción en la crítica al periodismo "indignado" y puedo estar de acuerdo en que La Sexta -no se la menciona por su nombre, pero en fin...- es lo que es: un invento de Planeta para hacer caja con la política. Algo muy Lara, por cierto. Ahora bien, si eso da para un documental, que se haga ese documental. De momento, yo me conformaba con ver una película. Aún más, una película de Sorogoyen. Encontrarse con esto no puede dejar de ser una decepción.

*

En torno a Stefan Zweig y la cultura de la violación (y hablamos de uno de los intelectuales más moderados y sensatos de su tiempo):

(...) Probablemente -uno cree estar viendo la escena-, (María Estuardo) se permite a veces con él una de esas frívolas confianzas, uno de esos coquetos descuidos femeninos, que en su momento ya fueron fatales para Chastelard y para Rizzio. Quizá se queda a solas largo tiempo con él en sus aposentos, charla con más confianza de lo que la prudencia impone, bromea, juega, se chancea con él. Pero este Bothwell no es ningún Chastelard, no es un romántico que toca el laúd y un trovador, no es un Rizio, un advenedizo adulador; Bothwell es un hombre de sentidos ardientes y duros músculos, un hombre instintivo que no retrocede ante ninguna osadía. A un hombre así no se le puede desafiar y excitar a la ligera. Abruptamente, la coge, aferra a la mujer, que se encuentra ya hace mucho en un estado espiritual vacilante e irritado (...), la toma por sorpresa o la viola. (¿Quién puede medir la diferencia en tales momentos, en que el querer y el defenderse concurren en medio de la embriaguez?)"

Pero, luego, que si se quejan demasiado. Por cierto, Kavanaugh, al final, consiguió su puesto como juez del Tribunal Supremo, por supuesto.

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Uno empieza hablando de Sorogoyen, pasa a Stefan Zweig y acaba con Aitana, de OT. Sin embargo, me sigue pareciendo que hay mucha más vida en Aitana, mucho más zeitgeist, que en los otros dos personajes: Aitana, hace dos semanas, creo, en el plató del programa que le dio la fama, intentando tomarse un serio una cosa que le han compuesto y que se llama "Teléfono" y dándose cuenta en mitad de la actuación del sinsentido de todo ello. Justo ahí, donde ella se lucía cada lunes con una voz portentosa haciendo versiones de clásicos bien preparados y bien trabajados. Entonces, el ataque de ansiedad. Aitana empieza a exagerar las poses, desafina descaradamente y recurre al grito innecesario. Después, se abraza al presentador, parece estar a punto de echarse a llorar y repite "no pasa nada, no pasa nada", frase que asegura decirse a sí misma unas veinte veces cada día.

Aitana tiene diecinueve años y es imposible no sentir una enorme compasión hacia ella. Se podría hablar de su talento pero para eso hacen falta años y canciones. Queda la adolescente, o la post-adolescente, perdida en un mundo de presiones constantes: una compañía de discos dispuesta a sabotear su carrera a cambio de rentabilizar cuanto antes la inversión, que ya están los de la siguiente promoción a punto de salir del horno, y unas amistades algo indeseables que se empeñan en publicitar toda su vida privada y seguir convirtiendo en espectáculo -espectáculo de baja estofa, de culebrón barato- lo que en algún momento debería empezar a ser música. Aparte, el intento constante de agradar a los fans, un intento imposible y perverso, que debe de venir de fuera, del que le repite "sin tus fans, no eres nadie; sin tus fans, no más Bernabéus, no más discos de oro, no más prime time".

Y así, Aitana pide perdón de nuevo (da la sensación de que lleva un año pidiendo perdón por todo, sin que nadie acierte a entender por qué), envía una carta pública para que la sigan queriendo, lamenta no "informar" lo suficiente de lo que le está pasando y luego vuelve a desaparecer. "Lo que le está pasando", he dicho, pero todos sabemos que se refiere a Cepeda, que pide perdón por no compartir con quién se acuesta o se deja de acostar una chica de diecinueve años, algo que no debería importarle a nadie. Menos mal que ya está el propio Cepeda -como ha estado desde el primer momento, por otro lado- para informarnos y pedir comprensión y no sé qué.

De Aitana, ahora mismo, solo cabe esperar una cosa: que salga de ahí corriendo y cuanto antes. Que vuelva a ser ella y no quien ella cree que los demás quieren que sea. Y que si quiere ser cantante, que lo intente. Que lo intente de verdad. En el Bernabéu o en el Búho Real, eso, llegados a este punto, es lo de menos.

miércoles, octubre 03, 2018

María Estuardo, Brett Kavanaugh y chicos con vértigos



En el autobús toca leer "María Estuardo", de Stefan Zweig. Es el rato de tranquilidad, de calma antes de la batalla. Unos tres cuartos de hora de presunta paz y concentración, normalmente aderezados con música a todo volumen por los altavoces y discusiones acaloradas por teléfono. Aun así, Zweig cumple su labor, que es conseguir que el lector se evada. Donde los historiadores buscan el dato, la conexión factual, el número que explica, Zweig se limita a transmitir su pasión. Obviamente, eso tiene sus riesgos. Durante años, se ha tenido a su biografía sobre María Antonieta como auténtico canon respecto al personaje y los estudios posteriores han acabado demostrando que igual a Zweig se le fue un poco la mano en el dramatismo.

No importa. En rigor, quien quiera un libro de historia tiene fácil acceso a él -por las mañanas, cuando no me quedo dormido encima de la cama, completamente derrumbado tras otra noche de insomnio, leo unas cuantas páginas de "Postguerra", de Tony Judt- y quien quiera un novelón dramático ambientado en un tiempo más o menos reconocible, también puede encontrarlo en el aeropuerto. Zweig queda en el medio: su escritura es impecable; su facilidad para hilar un hecho con el otro, envidiable. Sus interpretaciones psicológicas son más discutibles y no cabe duda de que Zweig era ante todo un psicólogo, como buen austriaco, pero son verosímiles y vienen con preaviso: el "yo" del autor asoma la patita desde la introducción.

Por lo demás, parece que Zweig provoca sentimientos enfrentados en Valdemoro. A Mise le encanta. Coge el libro al pasar junto a mi mesa y contempla admirada el nombre. "Me encanta cómo escribe este hombre", dice. A Yaiza no le gusta tanto. Dice que se le hace un poco pesado a veces y, sí, a veces puede resultar un poco estomagante, supongo. Es un hombre de otro siglo en demasiados aspectos y eso no siempre es fácil de ligar con la inmediatez del ahora. Un hombre anclado en "el mundo de ayer", como él mismo escribió justo antes de suicidarse. No importa, a Yaiza le puedo perdonar eso y mucho más... si es que realmente esto mereciera una disculpa, que no lo creo, y en cualquier caso, no tarda en prestarme el libro sobre Calvino.

En cuanto a Zweig, como digo, se suicidó con una evidente falta de "timing", en 1943, cuando Hitler parecía tener la guerra ganada... y solo dos años antes de su derrumbamiento. De eso va "Postguerra", precisamente, y es inevitable leer a Judt y pensar en cómo habría afrontado Zweig un libro así. Cómo habría hecho de una sucesión de cifras y nombres propios una auténtica epopeya. Exactamente, lo que uno necesita cuando tiene que pasarse tres horas al día yendo a y viniendo del extremo sur de la Comunidad de Madrid.

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Hablando de "timing", encuentro una reflexión en Facebook sobre las acusaciones de violación hacia Brett Kavanaugh, candidato de la administración Trump al Tribunal Supremo. Al parecer, la "alt-right" se encuentra muy indignada por que todas esas mujeres hayan decidido callar durante años y hablar solo ahora, cuando el fiscal está a un paso de convertirse en una de las figuras más importantes del país. El argumento, apunta Melissa Hunter, es precisamente el contrario: si esas mujeres hablan ahora es porque su violador puede convertirse en un referente público de justicia. Suficientemente doloroso es reconocer que te han violado en privado como para tener que hacerlo delante de los medios.

Por supuesto, Kavanaugh puede haber violado de hecho a todas esas mujeres o no, yo eso no lo sé y lo tendrán que demostrar los tribunales o quien sea. Sí me molesta, como a Hunter, que se desconfíe sistemáticamente del testimonio de mujeres agredidas. Me molesta no porque crea en los linchamientos ni en la justicia popular ni en que la sola palabra de una sola persona ya debe servir para emitir un juicio, sino porque son demasiados los casos de abusos silenciados y tolerados a lo largo de los años como para al menos callar la boca cuando surge uno nuevo y no andar con burlas o insultos hacia la denunciante en cuestión.

Puede, incluso, que Kavanaugh no creyera que lo que estaba haciendo fuera violación ni abuso ni nada parecido sino solo "pasar un buen rato". Los chicos de La Manada desde luego lo creían y la defensa iba un poco en esa línea: "¿cómo iban a saber ellos que ella no se lo estaba pasando bien si no salía corriendo?". Luego, cuando salen corriendo a la primera señal ambigua, son feminazis. ¿Existe algo así como "la cultura de la violación"? Sí, existe. ¿Implica a todos los hombres sobre la faz de la tierra? No, no lo creo, pero todos los hombres sobre la faz de la tierra hemos visto películas, hemos leído libros y hemos recibido consejos que nos han invitado a pensar que las mujeres, más o menos, son nuestra posesión. O nuestra o de otro. Es complicado aceptar que en un momento dado has podido actuar siguiendo esa corriente dominante, pero la reflexión es necesaria. Y en el caso de Kavannaugh, claro, la denuncia.

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La conversación empieza con un "no, si aquí (en Barcelona) no se nota nada, la gente normal está tan tranquila" y acaba con un "aunque la verdad es que cuando nos mudamos de piso descartamos algunas zonas por miedo".

*

Los recuerdos de hoy: mucho Plastic Bertrand -la canción ideal de todo "bala perdida" sin ínfulas, para todo lo demás, Serge Gainsbourg- y alguna referencia, una vez más, al José Alfredo y al Toni 2. La frase en el post de hace siete años: "¿Quieres jugar, Guille? Muy bien, ¿pero quieres ganar? Porque luego ganar te da vértigo". Yo gané. Y ahora, claro, a ver como explico los mareos.

jueves, septiembre 27, 2018

Insomnio



Del hospital, recuerdo el frío y los nervios. La primera noche, empapado en sudor mientras el aire acondicionado me obligaba a pedir otra manta en pleno mes de agosto. "Morir en Villalba", me repetía a mí mismo, "morir en Villalba", como si aquello tuviera un punto irónico del destino o fuera un colofón estético a algo, vete a saber el qué. Me pusieron en una planta llena de chavales jóvenes que se alborotaban en cada cambio de turno como si aquello fuera un patio de instituto. A mí me parecía bonito. Supongo que porque en realidad no me estaba muriendo, los análisis iban saliendo mejor y el alta parecía algo más factible sin necesidad de pasar por ningún quirófano.

El frío y los nervios, en cualquier caso. Eso y los programas matinales de televisión. Los anuncios de micropréstamos y casas de apuestas sucediéndose uno tras otro como si fueran plenamente conscientes de que una cosa lleva a la otra. La dependencia. La horrible sensación de dependencia, de vulnerabilidad, de ser uno más, un nombre asociado a unos síntomas. Yo, el especialito, uniformado con mi pijama azul dos tallas más grande, peleándome con el gotero por los pasillos...

Las noches también, claro. Todas las que vinieron después de la primera. Cuando todo el mundo se va y te quedas solo. Solo en un hospital. Puede que a los demás les viniera fatal que yo estuviera enfermo pero el que estaba solo en un hospital a las once, las doce, la una, las dos... sin poder dormir ni con ansiolíticos ni con calmantes intravenosos era yo. Las noches en el hospital con sus ruidos, sus murmullos, sus luces que se encienden regularmente y sus encantadores enfermeros universitarios que te toman la tensión y se aseguran de que la buscapina no se acabe nunca.

*

Aunque el insomnio estaba antes y está después, tampoco dramaticemos. El insomnio de media noche, de levantarse al baño y no poder volver a dormirse. El insomnio de la urgencia matinal por levantarse , a cualquier hora, no sea que me vaya a perder algo... y ahora, inédito, el insomnio de no poder siquiera conciliar el sueño, de la aceleración de llegar a casa a las diez y media después de cinco horas sin parar de hablar y con la adrenalina a tope.

En una película española de los noventa, un jovencísimo Ernesto Alterio se bajaba al bar casi de madrugada y pedía un café mientras se tomaba unas pastillas. El camarero, Manuel Manquiña, le soltaba con su característico acento gallego: "Somníferos con café, extraña combinación". A mí la frase me hizo gracia porque durante años mezclé alcohol y ansiolíticos en mis noches perdidas (lo que, por otro lado, probablemente no le hiciera ningún bien ni a mi hígado ni a mi vesícula ni a nada). El alcohol, para dormirme; los ansiolíticos, para mantenerme despierto.

Curiosamente, el otro día echaron la película en la tele, en ese maravilloso ciclo de cine español de La 2 del que tan poco se habla. No solo salía Ernesto Alterio, sino que ahí estaban en sus gloriosos veintialgo Candela Peña, Alberto San Juan, Willy Toledo, Ginés García-Millán, Fele Martínez, Cristina Marcos, María Pujalte e incluso un muy secundario Antonio de la Torre. Una mezcla de "Airbag", "El otro lado de la cama" y "Tesis", con Chete Lera representando a "Familia" y "Abre los ojos". Lo divertido es que no fui capaz de recordar nada de la película hasta que no apareció la escena en cuestión. Demasiado drogado o demasiado dormido, aún no sé muy bien la explicación.

*

El niño nos explica que no tiene novia, así que "tiene que buscarse una nueva". No sé qué ha podido pasar porque llevaba con la misma chica al menos seis o siete meses, lo que para mí, incluso a los 35 años, habría sido un récord. Le explicamos que tampoco es necesario tener una novia, pero nos dice que, si no, otra de sus compañeras no le va a dejar jugar con ella en el patio. Las guarderías como nuevas discotecas con extrañas reglas de admisión y las ex novias con pañal como nuevos machacas.

El otro día le pregunté por la chica que le gustaba cuando tenía dos-tres años (el chico promete). No nos acordábamos del nombre pero al final caímos los dos. "Sigue siendo mi novia", afirmó, "en ningún momento dijimos que habíamos dejado de serlo". La lógica de los mayores en boca de los pequeños lleva al absurdo, pero eso es algo y normalmente algo divertido. La lógica de los pequeños en boca de los mayores resulta francamente agotador.

lunes, septiembre 24, 2018

Ultrashow



Viernes por la noche en Luchana. Los grupos de chavales de poco más de veinte años buscando chupitos y un poco de música española. Luchana no es Malasaña. Luchana, de ser algo, sería más bien Huertas, aunque con más mezcla, más terrazas y más media de edad. En una de las esquinas han abierto un sitio enorme dedicado a los e-games. No es mala idea: puedes ir a jugar ahí con los amigos mientras te tomas algo en vez de quedarte en tu cuarto otro fin de semana. Todo en orden salvo que la gente que quiere quedarse en su cuarto los fines de semana en realidad no sienta culpabilidad alguna.

Me dedico a dar vueltas por algo que en algún momento fue "mi barrio" y así ha quedado para siempre: no solo Luchana, en sentido estricto, sino Santa Engracia, Olavide, y, bajando, Sagasta, incluso Churruca. Ahora que es el barrio de otros, uno se siente un poco solo, especialmente cuando lo único que queda es andar y andar hasta que empiece la actuación de Miguel Noguera y, así, uno puede pasar tres o cuatro veces por delante del mismo bar, amagar con meterse dentro a tomar algo y ver un partido y comprobar una vez tras otra que ni hay partido ni hay ganas de tomar nada, para, a continuación, seguir andando.

Al menos hasta las diez y media. Once menos cuarto, tal vez. Según Noguera, el espectáculo comienza exactamente a las 22.56. Dice que lo ha visto en el reloj, lo que quiere decir que tiene un reloj para medir cada parte y no pasarse ni quedarse corto. Lo que quiere decir que, probablemente, no quiera estar ahí, o desde luego no más de lo que le exigen. Hay días que a todos nos pasa algo parecido. Vas al trabajo, haces lo que esperan de ti, puede incluso que te diviertas en momentos puntuales pero en realidad hubieras preferido hacer otra cosa, estar en otro sitio.

A Noguera se le nota. No hace un drama de ello, al revés, se muestra casi retador. En un momento dado dice "nos queda aún una hora" y el chiste está precisamente en que todos sabemos que él no va a estar ahí una hora más ni de coña y él sabe que a nosotros tampoco nos apetece estar ahí sentados otros sesenta minutos. Miguel Noguera como lugar de paso y, así, el Ultrashow. Todavía algunas situaciones maravillosas, aún algún arranque de entusiasmo pero, en general, la sensación de ver algo ya demasiadas veces repetido. Lo que no quiere decir que no vayamos a ir de nuevo a verlo, por supuesto, porque igual te encuentras con la Chica Selectiva o igual te pierdes una genialidad absoluta. Frente al tedio controlado del humorista que repite el mismo monólogo dos veces cada tarde y finge que se lo está pasando de puta madre, Noguera al menos no engaña a nadie.

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Los recuerdos de Facebook. Como si no bastara con la melancolía propia. Hoy, al parecer, hace muchos años, estuve en San Sebastián o en la Toscana o subí medio borracho la Corredera Alta de San Pablo, pasé al lado del Cine X con Daniel Pérez Prada y Saida Benzal y al separarnos me puse a berrear -tres de la mañana, puede que cuatro- el "¿Por qué me llamas a estas horas?" de Standstill, y a continuación, "Los días raros", de Vetusta Morla. "Mi barrio" y yo, el vecino loco, perdido, o más bien extraviado.

Vendríamos del Picnic o, quién sabe, quizá del José Alfredo, o del sitio ese que se puso tan de moda en la propia Corredera, que tenía dos plantas y que ahora es una peluquería. O que la última vez que pasé por ahí era una peluquería, nunca se sabe con determinadas calles. Subí -decía- la Corredera, bajé hasta Fuencarral, esquivé chinos vendiendo cerveza en el metro de Tribunal y torcí justo antes de Pachá para llegar a casa. Entonces, al parecer, escribí la siguiente escena sacada de "The sportswriter", de Richard Ford, y la colgué en mi muro:

"- Ajá. A mí igual. - Da una ridícula calada a su cigarrillo y exhala todo el humo en la atmósfera del área comercial- ¿Y cómo te interesaste por eso? ¿Leíste algo en alguna parte?

- Fui a la universidad. Luego me hice mayor y fracasé en todo lo demás, así que era lo único que podía hacer".

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Ricky Gervais, en efecto. Con matices, eso sí. Ricky Gervais fue uno de los promotores de Suede en sus tiempos más oscuros, pero de alguna manera estaba de pasada y solo fue a uno o dos conciertos. Brett Anderson le recuerda, pero todo hace indicar que es un recuerdo inducido, es decir, que había más promotores fracasados pero ninguno acabó presentando los Golden Globes y escandalizando a todo Hollywood. Entre otras cosas. Así que, en términos estéticos, diríamos que la vida musical de Justine Frischmann empieza en Suede con su novio Brett Anderson y un chico regordete que resulta ser Ricky Gervais y acaba grabando un vídeo sobre su última gira del que se encarga una estudiante de origen indio, completamente desconocida, y que con los años resultará ser M.I.A.

A Ana, la de "Otto y Ana", le encantaba contar su vida uniendo casualidades. Como Justine se ponga a ello un día, le sale una teleserie de Netflix.

jueves, septiembre 20, 2018

Mañanas negras como el carbón



He llegado a la parte en la que Brett Anderson conoce a Justine Frischmann y se enamoran. Para un devoto del "brit pop" de los 90 es algo así como el momento en el que Paul va a su primer concierto de John con los Quarrymen. De momento, todo son buenas palabras. En general, Brett Anderson tiene buenas palabras para todo el mundo en su libro y mantiene ese tono lánguido, nostálgico que tenían la mayoría de sus canciones, especialmente las primeras. Como si, en cualquier momento, ese chico fuera a marcharse cabizbajo de la habitación sin que nadie sepa por qué.

Sobre Anderson y Frischmann escribí en su momento para la revista JotDown y supongo que alguna verdad contaría. Lo descubriré en las próximas horas, me temo. Cuando se habla de esa generación y se centra todo en Blur y Oasis o en el "Common People" de Pulp, se comete una injusticia tremenda. Suede fue el primer grupo en tener éxitos comerciales dignos de ese nombre, especialmente con "Animal Nitrate", a finales de 1992, cuando Blur aún andaba con "She´s so high" y de Oasis, directamente, no se sabía nada. Por su parte, ninguno triunfó en Estados Unidos como triunfó Elastica, aunque las drogas acabaran tan fugazmente con su música.

Si volvemos a Anderson, su canción "So young" fue el mayor himno de nuestra generación. Si no se te saltan las lágrimas con ese "let´s chase the dragon" es que no eres humano. El mayor himno de la generación anterior, al menos de la parte más pija, sigue siendo el "Being Boring" de los Pet Shop Boys, cuyo vídeo sigue estando entre los mejores de la historia. No es casualidad que Anderson se pasara horas tarareando "Rent", según él mismo confiesa. De aquel primer disco de Suede, recuerdo el impacto de la portada, esos dos cuerpos andróginos desnudos y difuminados casi. Recuerdo haberla repetido varias veces, como el pastor negro de "Amanece que no es poco" que sacaba a las ovejas para "hacer estampas".

En cuanto al libro en sí, está bien. Cierta envidia, en ocasiones, porque es una adolescencia dura pero es una adolescencia y eso siempre provoca envidia en un cuarentón y además es una adolescencia en Londres, que no es poca cosa. Tengo curiosidad por ver cuándo sale el nombre de Ricky Gervais, al que siempre se menciona como su primer manager... pero no sé si saldrá. Básicamente, porque no sé si de verdad Ricky Gervais fue su primer manager o si es una de esas cosas que se inventa un tío y lo sube a la Wikipedia. Hasta ahora, el mejor momento es ese en el que Anderson y Frischmann dan vueltas por Londres y se paran fascinados ante una pintada que dice "Modern Life is Rubbish", unos tres años antes de que Justine se marchara con Damon Albarn, el cantante de Blur, y unos cinco años antes de que Blur consiguiera la fama con un disco que llevaba esa pintada como título.

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Empezaron las clases. Con el tiempo, uno se va acostumbrando, pero los primeros días tienen algo de ensayos generales con público. Se supone que nada puede ir mal, pero a la vez notas demasiado los nervios y la torpeza. Luego está la parte de actuación en la que nadie repara cuando se habla de la docencia. La parte "ridi, pagliaccio" de dejar a un lado todos tus problemas, todas tus dudas, toda tu vida y durante dos períodos de dos horas y media volcarte en la diferencia entre el pasado simple y el pasado continuo e intentar ser el tío más enrollado del mundo o al menos parecerlo.

Es un papel desagradable, al menos en sus inicios. Algo así como "Poochie" cuando aparecía en "Rasca y pica". Nadie te conoce, nadie sabe qué pintas ahí. Luego, con el tiempo, se van acostumbrando y a diferencia de Poochie ningún guionista puede mandarte al cielo. Hay quien prefiere dejar claro desde el principio que la clase es suya y quienes preferimos jugar a que la clase es de todos. Obviamente, es mentira, pero para cuando se dan cuenta tú ya tienes la energía y confianza suficiente como para reclamar sin complejos el trono y ellos ya están demasiado agotados como para andar organizando rebeliones.

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Este verano le expliqué a mi hijo que su abuelo estaba muerto. No tenía sentido esperar mucho más. Cuando me preguntó por mi padre, me limité a decir algo del tipo "se fue al cielo", lo que le generó una ansiedad tremenda porque no entendía que alguien pudiera irse al cielo si no tenía alas. Durante días, sus preocupaciones fueron por ese lado. Un abuelo enterrado puede sonar algo lúgubre, pero un abuelo al que no conozco vigilando desde el cielo como uno de esos globos que le compramos en las ferias y que acaban irremediablemente escapándosele de los dedos es mucho más inquietante.

Esto fue en julio. En agosto murió su bisabuela. Fue algo repentino, con sus ventajas y sus desventajas. A falta de agonía, hubo emergencia y no hay manera de saber qué es mejor. El niño captó la emergencia y el llanto porque el niño no es idiota. La Chica Diploma y sus padres hicieron todo lo posible por asistir al entierro -estábamos en Cantabria, de vacaciones, mañanas de playa y noches de cromos y escalopes- y al final lo consiguieron. En medio quedó, de nuevo, el niño: si subir al cielo sin alas ya era complicado, ¿por qué demonios te enterraban primero, por qué tantos impedimentos?

Por lo demás, no parece que haya sido una experiencia traumática. Sigue sin entender que te puedes poner malo y no curarte porque eso para él es inconcebible. El otro día, en pleno ataque de mocos, nos miraba desesperado y nos decía: "¡pero dadme una medicina!". Le habíamos dado como tres o cuatro a esas alturas y los mocos no desaparecían porque los mocos son tercos, eso lo sabe cualquiera mayor de cuatro años. Él, sin embargo, mantenía su fe cientificista en que todos sus males respondían a nuestra falta de esfuerzo en curarle. La muerte, en este momento, no es para él sino una enorme negligencia.

lunes, septiembre 17, 2018

Y ahora, lo importante



Tardé bastante en comprar y leer "Y ahora, lo importante", de Beatriz Navas. Básicamente, tenía miedo. Yo también llevé mis diarios noventeros de adolescente y también hablé de Juegos Olímpicos, Exposiciones Universales, chicos y chicas por las calles de Malasaña y conciertos en Aqualung o en el Pabellón de la Ciudad Deportiva. Temía ser demasiado quisquilloso, no saber dejarme llevar, pasarme la lectura puntualizando tal o cual dato...

No fue el caso. El libro me encantó a todos los niveles. Obviamente, está editado. Es posible que Beatriz Navas tuviera esa vida social y su familia tuviera el dinero necesario para mantenerla pero hay momentos en los que el diario parece más una agenda cultural que otra cosa. No importa. La combinación de "esto es lo que pasaba fuera" y "esto es lo que pasaba dentro" está perfectamente equilibrada y, de sobrar algo, prescindiría de los titulares de los periódicos. Si la pared queda bien con dos capas, es innecesario añadirle una tercera.

Beatriz Navas acaba de terminar octavo de EGB cuando empieza el diario. Por entonces, yo estaba ya en primero de BUP y la vida no me cundía tanto. No hablo solo de los partidos del "Dream Team" o los conciertos de Nirvana, incluso de Mudhoney, sino a las discotecas, que por entonces conocía solo de oídas: Morasol, porque estaba al lado de mi casa y porque de vez en cuando la Chica Langosta se asomaba los viernes por la noche. Die Mauer, por supuesto, la meca de las discotecas "light"... En las noches de 1992, yo quedaba con mi hermano y jugábamos al ordenador. Nada de borracheras ni de "petting" en casas ajenas. Nada de fiestas de la espuma. Todo eso empezó, para mí, un poco después. De hecho, yo podría escribir la continuación de ese libro, llevarlo hasta 1993 y que tuviera un punto más duro, más dramático, porque todo era dramático en mis diarios, empezando por mí, que directamente parezco gilipollas en cada página.

En cualquier caso, ahí están las referencias comunes: el Jazz Madrid, el Hotel California, La Vía Láctea... A veces, se echa en falta la sorpresa del descubrimiento, pero tampoco recuerdo si yo utilizaba el diario para describir sentimientos o me limitaba también a los hechos. Cuando menciono todos esos nombres, cuando los leo en libros ajenos, lo que viene a mi mente es la sensación de que un mundo nuevo se abría ante mí: las primeras copas, los primeros flirteos, el humo de la tercera planta del Jazz o la melancolía siempre instalada en el Desert. En cualquier caso, Navas y yo estamos de acuerdo en el punto de partida; "lo importante" era lo importante. Lo importante eran los chicos y las chicas, la ilusión y los desengaños. Es un buen título y es un buen libro. Mejor, por tanto, que se haga corto.

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Luego, hay otras lecturas, claro. Mencionaré dos: Bea ya no es Bea, por supuesto, como Guille no es Guille, faltaría más. Bea es Beatriz Navas Valdés, la recién nombrada directora general del ICAA. Hay un abismo entre una cosa y la otra. La niña de trece años que descubre los rincones de Prosperidad, de Arturo Soria y de Alameda de Osuna y la profesional de la que depende buena parte del sector audiovisual de este país, con su gesto hierático en la mayoría de las fotografías. Lo primero que uno piensa cuando acaba el libro es "tengo que conocer a esta chica, tengo que conseguir tomar un café con ella y pasar la tarde compartiendo recuerdos", pero luego llega el estatus, el respeto al estatus, y las ganas se convierten en una ilusión vacía. Es probable que Navas Valdés haya escrito este libro sobre su adolescencia precisamente para no tener que hablar más sobre su adolescencia. Yo no hablaría de otra cosa, pero es que yo soy un tipo muy raro.

La segunda lectura es puramente literaria: es fácil imaginar al personaje Bea en "Historias del Kronen". Hasta cierto punto, es su versión femenina y algo más joven. Aunque no llega a decir nunca dónde vive, las referencias apuntan a algún lugar entre Arturo Soria y la Alameda de Osuna -¿Conde de Orgaz, quizá?-, es pija pero coquetea con la música independiente y los garitos de mala muerte. Ella misma reconoce que pasa tardes en el propio Kronen de Francisco Silvela y probablemente compartiera colegio con Mañas o con cualquiera de sus amigos. Lo que no sé es cuánto duraría Bea en ese círculo nihilista, más que nada porque Carlos no deja de ser una especie de Clay ("Menos que cero") moderado, y Bea, de Blair, no tiene nada.

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En Palermo, desayunábamos con una pareja de italianos mientras en la tele sacaban a un Salvini eufórico abrazando a Orban y anunciando "un nuevo eje" dentro de la Unión Europea contra la inmigración. La relación de Italia y Hungría con el fascismo durante la II Guerra Mundial es conocida. Que Salvini y Orban parecen nostálgicos de ese "eje", esas bravuconadas y esos genocidios, también. Mientras veía al ministro de interior italiano repitiendo aquello de "Italia para los italianos" como si fuera Garibaldi o Mazzini o Cavour y el país estuviera lleno de tropas austriacas de ocupación , me preguntaba qué pensaría aquella pareja que desayunaba sin hablarse. Qué pensaría la dueña del "Bed and Breakfast", siempre con ese gesto de fastidio.

Nunca lo sabremos. Puede que la vida bajo el fascismo sea así o puede, más bien, que el fascismo se imponga en el silencio. Cuando uno mira la cantidad de apellidos italianos que pueblan medio mundo, empezando por Estados Unidos, se pregunta si no sería mejor ser algo prudente con el tema de la inmigración. Cuando recuerda, además, lo que se decía de los italianos al llegar a Chicago, a Boston o a Nueva York -"delincuentes, mafiosos, asesinos, ladrones..."- cuadra aún menos que se repita el tópico tan impunemente con el que viene desde más abajo.

Luego, aparte, está el hecho de que aquello era Sicilia y no Milán. Sicilia, que para la Liga Norte es y ha sido siempre África, como lo es Nápoles o lo es en realidad Italia, puesto que ellos solo creen en la Padania, coincidente hasta cierto punto con la República de Saló de Mussolini. El fascismo consiste, entre otras cosas, en convertir a cualquier conciudadano en extranjero, apátrida, inmigrante en la tierra de los justos. De la Liga Norte ya lo sabemos todo y quien no se acuerde tiene la serie "1992" para recordar sus orígenes. Lo que no sabíamos es que Bosco era Salvini, sin matices. Un matón pululando por Europa y estableciendo ejes por las bravas.

En tiempos de escrutinio de políticos, en tiempos de tesis y cum laudes, me pregunto si realmente es necesario ser tan minuciosos mientras el mundo se tambalea. Quizá convendría limitar el escándalo y no convertir todo debate en un espectáculo. Es importante que los políticos sean conscientes de su responsabilidad y limiten las trampas. También es importante que la ciudadanía no se enzarce en los detalles porque vienen tiempos horribles y el problema que nos vamos a encontrar probablemente vaya más allá de si las citas de un trabajo sobrepasan o no determinado límite. O a lo mejor no, a lo mejor, me equivoco, pero eso seguro que ya lo ha decidido usted antes de llegar hasta esta última línea.

jueves, septiembre 13, 2018

Ozark



Por la noche, cuando el niño se duerme, vemos "Ozark". No sé si somos los únicos. La serie me parece un prodigio de guion y de interpretación pero nadie habla de ella. Cuando se estrenó, quizá, pero luego cayó en un olvido incomprensible. "Ozark" es una serie sobre narcos donde los narcos no salen. Toda su violencia está desatada en el primer capítulo y a partir de ahí lo que sigue es la violencia de los demás, una violencia desesperada. El terror en su expresión más pura. Al narco, al gran narco, de hecho, no se le ve, aunque se le intuya todo el rato y parezca un niño jugando a los dados mientras mira muerto de risa a los protagonistas.

Habrá a quien le cueste creerse algunas cosas porque la verosimilitud no es el punto fuerte de la serie, pero sumergirse en el universo "Ozark", como sumergirse en cualquier universo Netflix, supone aceptar unas reglas propias: cualquiera de tus vecinos puede ser una amenaza, cualquiera de tus vecinos puede ser un medio para un fin. En esa sucesión de subtramas me dejo llevar como pocas veces. Sé que va a haber un giro inopinado y en vez de desesperarme, me monto en la ola y que me lleve donde quiera. Igual que en "Breaking Bad" buena parte de la personalidad de los personajes se refleja en un plano de sus coches, "Ozark" es una serie de embarcaderos y caravanas. Mundo rural estadounidense. Como si quisieran explicarnos que la bruja de Blair no necesita un bosque para convertirse en una pesadilla.

Por lo demás, es una serie tremendamente femenina y en eso le doy la razón a la Chica Diploma. Las mujeres son las que toman las decisiones, al menos las más sensatas. No tienen por qué ser guapas y perfectas porque son listas, muy listas. Cuidan y a la vez dirigen. Los hombres están perdidos sin ellas y posiblemente por eso no las abandonan. Jamás. Y aquel que, en su prepotencia, intente desafiarlas, estará condenado a fracasar.

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Las mañanas quedan para"Better Call Saul". Tampoco sé si soy el único que la sigue viendo, ya en su cuarta temporada. No sé cuántos se han quedado conmigo y cuántos se han marchado cabizbajos, hartos de esperar a Jesse Pinkman y Walter White sin éxito. Cada nueva entrega se anuncia su presencia y esa presencia no llega nunca, pero casi mejor así, casi mejor la intimidad de Jimmy, Kim y Mike, esos tres entrañables perdedores. No digo que "Breaking Bad" no fuera una serie de perdedores, porque en el fondo lo era. El hombre más poderoso del mundo no dejaba de ser el gerente de "Los Pollos Hermanos". Lo que digo es que en "Better Call Saul" ya no hay límites para la estética. Sigue habiendo tiroteos, sangre y amenazas. Sigue habiendo suciedad, polvo y desierto. Pero, como decía antes, eso no son sino medios para un fin mayor, el fin de la belleza.

Porque en "Better Call Saul" sobre todo hay belleza. Cada plano es una obra de arte, cada diálogo -cada silencio, más bien- requiere de toda nuestra atención. El empeño de los guionistas por no explicar nada es sobrehumano: donde cualquiera decidiría poner una frase e irse a dormir de una vez, ellos siguen buscando el plano, el gesto, el objeto que defina la escena. Teniendo en cuenta todo el dinero que generó la serie original, es de suponer que en realidad esto no es más que un deleite, un exceso, una recreación. Absténganse impacientes, podría decirse, pero yo tengo todo el tiempo del mundo.

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Paul McCartney saca nuevo disco y se lanza a la enésima gira de promoción. En estos tiempos de cotejar documentos, estaría bien que alguien comprobara si va alterando las respuestas. Más que nada porque las preguntas son siempre las mismas y lo llevan siendo desde hace cincuenta años: ¿por qué os separasteis?, ¿por qué dejasteis de tocar en directo?, ¿cómo es/fue tu relación con John y los demás miembros de la banda? Si yo fuera Paul McCartney o si Paul McCartney fuera un personaje de uno de mis relatos, desde luego me preocuparía por cambiar las versiones. Inventar nuevas verdades que nadie pueda comprobar: John está muerto, George está muerto, Ringo tiene 78 años y suficiente hace con seguir adelante con su propio grupo. Linda murió hace mucho y Yoko pasa de los 85...

Sin embargo, da la sensación de que Paul se lo sigue tomando en serio y nada apunta a que se atreva a contar una sola mentira. Cada día que pasa, cada día que investigo, me convenzo más de que los Beatles no fueron sino una creación de Paul McCartney. Sí, por supuesto, nada habría pasado sin John Lennon, pero Lennon siempre estuvo perdido, confuso, en su propio mundo... La música era de los tres -¿de los cuatro?- pero LOS BEATLES, como marca, como empresa, como nombre en la batería de Ringo y en la portada del disco, eso es un invento de McCartney y hace bien en mantener la llama encendida porque, a la vez, sin los Beatles, Paul no es nada y no creo que él se haya molestado demasiado en ocultarlo.

Es tan exacto en los recuerdos que incluso las últimas y polémicas declaraciones en las que habla de cómo se masturbaba en casa de John o de cómo les llenaban los hoteles de putas, ya viene perfectamente documentado en los libros de Philip Norman y es más que probable que él mismo haya servido de fuente. La fascinación por Brigitte Bardot y el nombre de Winston Churchill como remedio para precoces. También podría ser al revés, por supuesto: que Paul McCartney haya leído todos los libros de Philip Norman y de tantos otros y se dedique a repetir lo que viene ahí pero nunca sucedió. Que le guste más la historia que la vida. La narrativa que la realidad. Paul, desde luego, podría hacer eso perfectamente: no solo crear algo, sino perfeccionarlo. En eso, no ha habido nunca otro igual.