martes, enero 26, 2016

Hilo musical para la muerte de Black



"Wonderful life", a los once años, en una comida en casa de Juan Carlos Pampliega... pero no solo "Wonderful life", claro, también "Comedy", esos tiempos en los que incluso en las cintas ponían las mejores canciones al principio no fuera que te cansaras de darle al botón de "FF". Recuerdos de "The big one", "I can laugh about it now" y "You´re a big girl now". Recuerdos de radiofórmula, por supuesto, como dice Héctor Martín en Twitter, pero es que yo era un niño muy Los 40 Principales, un niño de levantarse los sábados a las nueve para apuntar los nombres de todos los que iban saliendo y compararlos con la lista AFYVE de ventas.

Black en Madrid, puede que fuera 1989, puede que fuera 1990. Yo quería ir al concierto como había ido poco antes -también con Pampliega- al de Michael Jackson en el Calderón. No pudo ser. Puede que a mi madre no le disgustara el cantante pero la idea de que un niño de doce años se plantara solo en el Palacio de los Deportes o Aqualung o donde demonios programaran a este perro verde estaba fuera de cualquier discusión.

Aquel no fue mi primer concierto en solitario, así que tuvo que ser el de Roxette en el Pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid, en el invierno de 1991, junto a unas compañeras del Willoughby y la Eva Primigenia. A mí no me hacía falta fingir entusiasmo por la música para intentar conquistar a ninguna chica pero es cierto que cuando una se me metía entre ceja y ceja todas las canciones me hablaban de ella, incluso las de los Fine Young Cannibals...

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... O las de Eurythmics. Aquellas tardes de octavo de EGB cantando "It´s alright, baby´s coming back", desgastando la casete de sus grandes éxitos, uno tras otro. Un preadolescente de extremos y términos medios, como debe ser. La Eva Primigenia de excursión de fin de curso y yo esperándola en clase, ropa de verano, la esperanza en forma de canción de Paul McCartney.

Es curioso lo de los Eurythmics, en cualquier caso. Es curioso lo de Annie Lennox, para ser más exactos, porque en los ochenta Annie Lennox se codeaba con los más grandes e incluso creo recordarla cantando "I need a man" en Wembley en aquel "quién es quién" de la música pop que fueron los conciertos por África. Duetos con David Bowie, discos en solitarios con canciones tan maravillosas como "Why?" (I may be mad, I may be blind, I may be viciously unkind... but I can still read what you´re thinking) o aquella vuelta al redil en forma de "Revival", salpicada por éxitos muy puntuales como "Don´t ask me why" o, sobre todo, la excelsa "I saved the world today", que durante años se convirtió en un modo de vida.

Lennox tenía el atractivo de la androginia, una ambigüedad en la que también sabía manejarse a la perfección David Bowie, por supuesto. Quizá esa pose misteriosa fue la que le llevó a Peter Jackson, al Señor de los Anillos y al Óscar a la mejor canción. De todo esto hace ya demasiado tiempo. Tendremos que esperar a que se muera para empezar con las reivindicaciones y darnos cuenta de que era una artista descomunal. Dos artistas descomunales, porque Dave Stewart sabía estar en la sombra y sabía sacar de la nada canciones tan desesperadas como "Lily was here", solo que esta prefirió compartirla con Candy Dulfer.

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Todo era anodino, un letargo de fin de semana con el breve hiato del "Da ya think I´m sexy" de Rod Stewart y el "One way or another" de Blondie. Entonces el móvil echaba humo en forma de mensajes, señales destinadas en su mayoría a la Chica Estrella del Pop, la esquiva Chica Estrella del Pop con sus visitas esporádicas y su alejarse y acercarse como si la vida fuera un baile de Ian Brown.

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Nos llevaron a Sitges. Era el último día de enero o el primero de febrero, no lo recuerdo bien. Era un día de invierno, en cualquier caso, y todo era sol y playa y entusiasmo veinteañero. Por la mañana ya estábamos viendo el hotel. Nos alojábamos en un cinco estrellas de la Avenida de Sarriá y las noches eran plegarias no siempre atendidas. Para impresionarnos -para ayudarnos a impresionar a nuestros clientes, que al fin y al cabo eran los suyos- nos subieron al escenario de la sala de reuniones, levantaron un enorme telón y pusieron a todo volumen el pomposo "Con té, partirò", de Andrea Bocelli.

Por un momento, en medio de una burbuja de felicidad, me sentí el rey del mundo. Lo recuerdo perfectamente pero no puedo dar muchos más detalles: estábamos todos -o casi todos-, nos queríamos, éramos jóvenes, guapos y jugábamos con el talento que nos daban los dioses. Enfrente, un montón de butacas vacías y los focos solo apuntándome a mí, en lo alto, como si mi sola presencia exigiera ya un aplauso.

No era un sueño, pero lo parecía. Lo parecía. La vida, la narrativa era eso.