miércoles, mayo 15, 2013

Porque nosotros llevamos el fuego


Mi padre aparece en la fotocopia de una entrevista para un periódico local de Santander. Su foto encabeza el texto, fechado en marzo de 2001, es decir, cuando aún tenía 46 años. Para hacerse a la idea de lo joven que murió mi padre hay que irse a las distancias medianas, pensar que en esa entrevista, ya empezado el nuevo siglo, tenía solo diez años más de los que yo cumplí ayer.

En la foto, papá tiene su característico pelo largo y su barba ya canosa con un aire a ruso anarquista del siglo XIX. Me sorprende su capacidad para posar, una capacidad que yo desconocía. Mi padre siempre se alejó de cualquier cosa parecida a la fama y hacía bien. Nunca quiso ser jefe de nada, no quiso tener más responsabilidades de las necesarias, sus apariciones públicas eran fugaces y tenían que ver con cursos de física y meteorología. Al parecer, en Santander le llamaban "Javi Chubascos". Creo que me suena el apodo pero muy vagamente, como si hubiera querido olvidarlo y no lo hubiera conseguido del todo.

Cuando le enseño la fotocopia, la Chica Diploma se sorprende de lo mucho que se parece a mí. Tiene razón. Los ojos y algo del gesto, solo que yo no podría fingir tanta calma para un periódico. Yo me pondría a lanzar fuegos artificiales al instante y quedaría como un exaltado. Mi padre, en cambio, sostiene su cigarro y se esconde en su pelo con ese punto bogartiano de "que nada ni nadie me moleste nunca más".

Javi Chubascos.

Es el día después del cumpleaños y en la línea 6 hay retrasos de hasta 28 minutos de reloj en los andenes. No tengo la posibilidad de echar de menos a mi padre en el día a día porque mi padre no existía en el día a día. Ni en 2001 ni en 2012. Existía en mis cumpleaños, eso sí, año tras año: la llamada de rigor a principios de mayo para anunciarme la fecha exacta de su llegada a Madrid y la comida con la abuela el mismo día 14 o el día 15, si no conseguíamos cuadrar la cita.

Por eso mismo hoy es un día duro, porque la muerte significa que ya no habrá más llamadas ni más citas ni más comidas y 36 años son muy pocos para resignarse a eso. Después de todo, puede que no fuera un gran padre pero era un padre y un padre, ya saben, es mejor que la tristeza.

El cumpleaños, por lo demás, fue maravilloso. Una amiga me felicitó por estar "en la cresta de la ola" y a mí me dio mi tradicional ataque de pánico. Si algo he heredado de mi padre es mi desprecio absoluto por estar "en la cresta de la ola". El problema es que no he heredado sus defensas ni su naturalidad ni he conseguido jamás ser consecuente con ese desprecio, es decir, que me paso la vida intentando hacer cosas maravillosas que todo el mundo admire para después, cada vez que me acerco, decir: "No, si a mí todo esto en realidad me da igual" y decirlo sin falsas modestias porque yo lo que quiero, como decía Nudozurdo, es que me quieran. Punto. Y supongo que escribir libros o artículos es una manera como otra cualquiera de hacerte con esa fantasía pero lo que cuenta, lo que realmente cuenta es que luego tus amigos llenen la Petisqueira por ti.

Amigos que no escriben, que no publican, que no pretenden estar en la cresta de la ola y que como mucho, de vez en cuando, ganan Biznagas de Plata, pero obviamente esa no es la razón por la que están ahí.

Así que, en esas estamos, tratando de ser el desconocido más conocido del país, que, si uno lo piensa, es justamente lo que me diferencia de mi padre, un desconocido pura sangre, sin matices, cuando un comentario en Twitter me recuerda de repente aquel libro de Cormac McCarthy en el que cada vez que el hijo le preguntaba al padre por qué había que hacer bien las cosas, el padre le contestaba: "Porque nosotros llevamos el fuego" y pienso que quizás eso fue lo que a mi padre le faltó decirme en su momento, que lo realmente importante en una relación paterno-filial es sentar a tu hijo en el sofá y explicarle las cosas con esas mismas palabras: "Nosotros llevamos el fuego", y que tu hijo entienda, que no debe de ser tan fácil.

Solo que yo sí hubiera entendido, o creo que lo hubiera entendido porque de verdad creo que la única posición moral aceptable es la de asumir que el fuego solo lo podemos llevar nosotros y que si no se extinguirá para siempre -"solo quiero ser una buena persona", decía mi padre, borracho, de madrugada, presumiblemente avergonzado- y vivir con ello, al margen de los arribas y los abajos y la dignísima gente rastrera. Llevar el fuego. Hasta el final. Como en la novela, en la que, lógicamente, el padre muere pero el hijo sigue. Solo porque hay que seguir. Y punto.