Llegar a casa y escuchar "Instant street", la parte de amor doliente, la parte de "I´ve had enough", la parte de "lo nuestro es imposible", sin rencores, la voz del cantante de dEUS calentándose y con la voz las palabras. Ahora todo será distinto, ahora iré por la calle del instante, aprovecharé el presente y no me andaré con fábulas. "La calle del instante", eso tiene que ser Nietzsche. En otra canción hablaban de Diógenes pero sin mencionarlo. Augenblick. Zaratustra. Recuerdos del día que compré el disco en cuestión, Semana Santa de 1999, Toulouse, una FNAC a las afueras. Una FNAC en lo que no era la zona estudiantil, que para nosotros era tierra de dioses y bárbaros.
El discurso civilizado, moderado, razonable para una ruptura razonable, moderada, civilizada. You´re probably right, seen from your side, that I´ve been lucky... but I´ve been meaning to crack all week. Quiero decirte que me has hecho la vida imposible pero no te lo voy a decir porque tengo más clase que eso. Pero la voz se calienta. Las palabras suben de tono y con las palabras, el ritmo de la batería y la guitarra y el coro de fondo termina la letra diciendo "This time I´ll go for instant street, this world is a soul-less excuse for all abuse and parenthesis. The fly-specked windows and the stinking lobbies they´ll remain all the same, all the same...". El instante que no es sino la repetición de todo lo anterior.
Sí, eso tiene que ser Nietzsche. Eso tiene que ser la Chica Langosta y su colchón en medio de una casa de Toulouse, pero esto no es otro post repetitivo sobre la Chica Langosta, es un post sobre mí: llegar a casa y poner "Instant Street" y silbarla por la calle, silbarla por el metro, línea 1 de Pinar de Chamartín a Tribunal. El final, la parte final, eterna, donde ya lo que se calientan son las guitarras y los teclados y todo parece Arcade Fire en una melodía recurrente, hipnotizante mientras se oye de fondo "This time I´ll go...". Silbar esas pocas notas en bucle como silbaba el otro día el principio de "Un día en el mundo", calle Fuencarral, segundos antes de escuchar que alguien silbaba, también ajeno en su mundo, la parte final de "Los días raros".
Principios y finales. Eso es todo. Instantes que son principios y finales y lo son todo el rato.
Leer "Libertad" de Jonathan Franzen mientras se suben dos chicas que piden dinero por tocar el teclado, un chico que pide dinero por tocar el saxofón, una señora rusa que canta, un hombre de mediana edad que simplemente pide dinero porque no le queda otra. Mantener la vista en el libro. El instante. El vecindario donde los niños se inscriben frases de Pearl Jam en las correas de los relojes. La gran novela americana. La repetición de la gran novela americana con sus porches y sus educadas discusiones entre vecinos. Educadas, civilizadas, respetuosas y todo el rollo.
Llegar a Tribunal, finalmente, y afrontar las últimas escaleras, por una vez en funcionamiento. Cruzarme con dos chicos que vienen de la línea 10 y escuchar como uno le dice al otro, ante el cuarto o el quinto tramo consecutivo: "¿Qué es esto, una broma?" Olviden todo lo que les hemos dicho hasta ahora. Comer con una chica a la que miraba en clase de matemáticas hace 25 años cuando la profesora explicaba algo, cualquier otra cosa. Teoría de conjuntos, por ejemplo. Fijar citas y exponer narrativas. Una cosa es la narrativa y otra es la narración. La narrativa tiene sentido, la narración no tiene por qué tenerla. Artículo para El Imparcial, reportaje para JotDown. Lo de siempre: el principio y el final. La narrativa es un principio, un final y un enfoque. La narración puede ser cualquier otra cosa. Un instante, si quieren. Una adivinanza.
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